XII

Cuando Sorege volvió á su hotel después de la terrible velada en que

Jacobo se apareció para confundirle, se sumió en una profunda

meditación. No era hombre de perder el tiempo en sentimentalismos é iba

siempre derecho á su objeto. Toda la cuestión para él era saber lo que

podía temer ó esperar de Lea y hasta qué punto la cantante daría armas á

Jacobo contra él.

No podía dudar que Lea le odiaba; se lo había dicho y repetido mil veces

y, aun el día antes su furor por tenerle que sufrir se había roto en

violencias y en injurias que le hacían aquella mujer más deseable. Era

de esos monstruos á quienes gusta oir los gritos de su víctima y que se

deleitan viendo lágrimas. El amor en él tenía un fondo de crueldad.

Deseaba á Lea, pero la execraba y sujetándola á sus caprichos, se daba

el placer de degradarla.

Que aquella mujer, á la que había tratado como una esclava, tomase

contra el un desquite terrible, si la ocasión se presentaba, estaba muy

en el orden. Él lo hubiera hecho en su lugar y ni le ocurría la idea de

que Lea vacilase en hacerlo. En cuanto Jacobo y ella se confíen sus

faltas recíprocas, pensaba, su alianza contra mi será un hecho. Pero

¿qué puede hacer Lea? Su esfera de acción está limitada por el miedo de

comprometerse. ¡Perderme! Es tentador para ella, pero lo peor es que se

pierde al mismo tiempo. ¿Y qué comparación cabe entre el daño que puede

causarme y el que puede hacerse á sí misma? Ninguna. Me puede acusar de

doblez, de engaño, pero tiene que confesar al mismo tiempo que ha hecho

una muerte. Y sí me acusa ¿á quién podrá convencer? No hay testigos y su

testimonio es único. Para Jacobo y para su camarilla de amigos ese

testimonio tiene algún valor; ante un juez no tendría ninguno. No tengo,

pues, gran cosa que temer por ese lado. Pero el perjuicio moral que esa

miserable puede hacerme bastaría para vengarla. Me desacreditaría, me

comprometería sin remisión y esto os lo que no sufriré por nada del

mundo. ¿Cómo evitarlo?

Reflexionó mucho tiempo mientras fumaba un cigarro, y en las espirales

de humo azulado que subían hasta el techo veía pasar vagamente las

imágenes de Jacobo y de Lea, tan pronto lánguidas y cansadas, como

activas y triunfantes, pero siempre juntas, unidas por el mismo deseo y

ligadas por el mismo interés. Se levantó de pronto, disipó con un ademán

aquella visión, que se desvaneció con el humo, y se puso á pasear por el

cuarto, dejando escapar palabras entrecortadas, fugas de su hirviente

pensamiento, escapes de vapor do una caldera.

--¿Qué puedo arriesgar? Un duelo con Jacobo ó con Tragomer... No les

temo ni al uno ni al otro. ¿Una acusación por falso testimonio ante los

tribunales? ¡Tontería! ¿Á qué les conduciría eso? No pueden nada contra

mí... Y yo puedo mucho todavía... Es preciso que hable con esa

estúpida Lea y que sepa lo que ha confesado á Jacobo... Y sobre todo

que la impida escribir nada... En fin, es indispensable que

desaparezca... ¡La aterrorizaré, si es preciso! ¡me teme y me obedecerá.

Una vez que se haya marchado, representare mi papel valerosamente... No

puedo salir del paso sino con audacia... Pero ante todo es preciso

cobrar fuerzas. Se acostó y se durmió hasta el día.

Á la misma hora en que Sorege abría los ojos, después de haber dormido

como si tuviera la conciencia tranquila, Jacobo estaba en el yate

encerrado en la cámara con Marenval y Tragomer. Empezaba á levantarse la

claridad gris y brumosa que alumbra las mañanas de la capital inglesa y

se iniciaba el movimiento de los obreros en el muelle. Pero la atención

de los tres hombres no se dirigía hacia el espectáculo de aquella

actividad incesante y metódica que forma el sello del trabajo inglés. No

les interesaba nada de lo que pasaba al rededor de ellos, preocupados

con el relato que Jacobo les estaba haciendo de su conversación con Lea.

--Todo lo que nos figurábamos resulta exacto, dijo Tragomer, y

tendremos la prueba irrecusable.

--Lea debe entregármela esta noche.

Llegamos á nuestro objeto, dijo Marenval con entusiasmo.

--Tenemos al monstruo acorralado, dijo Tragomer, pero estad seguros de

que hará una formidable defensa. Por su audacia de anoche, cuando no

estaba descubierto sino en parte, se puede juzgar lo que podemos esperar

de él cuando ya se conoce toda la verdad. Es preciso atacarlo con toda

energía, pues si no lo ponemos en seguida fuera de combate, se revolverá

y tendremos que sufrir un choque desesperado. Ante todo, debemos, por

honradez, prevenir á Harvey. Si le dejamos ignorar lo que es el hombre

que piensa admitir en su familia, tendrá derecho para hacernos cargos.

Por otra parte, he prometido á su hija decírselo todo.

--Esto va á dar un golpe mortal á las aficiones nobiliarias de las

americanas, dijo Marenval. Si por nuestro dinero, dirán, no podemos

pagarnos maridos de confianza, más nos vale quedarnos solteras.

--Habrá que avisar también á Vesín. Su concurso nos ha sido muy útil y

es justo que sea de los primeros en saber el éxito de nuestros

esfuerzos.

--Y prevendremos en seguida á mi madre de que todo va por buen camino,

dijo Jacobo.

--Yo iré, si quieres, ahora mismo á ver á la señora de Freneuse, dijo

Tragomer.

--Sí, querido Cristián, respondió Jacobo sonriendo. Eso te corresponde

porque eres el iniciador, el primero que vió en la oscuridad y mostró á

Marenval la pálida y lejana luz que te guiaba.

--Cuando pienso en lo que ha sucedido desde hace seis meses, dijo

Cipriano con sencilla expansión, me parece estar soñando. Me veo todavía

en el comedor del círculo, cuando después de marcharse Maugirón con las

mujeres, Tragomer empezó á contarme esta historia. Al principio su

relato me pareció imposible, después empezó á interesarme la verdad que

se vislumbrada y por fin me sentí como loco. Sentía un deseo terrible de

entrar en el asunto y al mismo tiempo un miedo atroz de las

complicaciones que iba á afrontar... ¡Ah! debo confesarlo; sin el

ascendiente que tomó sobre mí Tragomer desde aquella noche, hubiera

abandonado la empresa. Pero me impulsó, fuerza es decirlo. Y una vez el

dedo meñique en el engranaje, tuvo ya que pasar todo el cuerpo. Después,

la visita á la señora de Freneuse, las confidencias de Giraud, la

entrevista con Campistrón... ¡Ah! querido Jacobo; aquéllo era

extraordinario. Cada paso que dábamos en nuestro camino, veíamos más

claro. Jamás dos hombres han corrido aventura más interesante. Ir en

busca de un Nansen ó de un Andrée no era nada en comparación con el

interés de nuestra empresa, pues no sólo íbamos á socorrer á un hombre,

sino á descubrir la verdad. Vezín lo vió bien cuando nos dijo: "No van

ustedes á lograr nada, pero les envidio la tentativa que van á hacer y

si yo no tuviera una posición oficial, me iría con ustedes". Pues bien,

después de haber ido contra viento y marea, henos aquí en el puerto, con

Jacobo delante de nosotros y la verdad en el bolsillo. Es un hermoso

éxito del que espero ha de hablarse por mucho tiempo.

--La verdad no está todavía en nuestro bolsillo, dijo Jacobo, pero lo

estará esta noche.

Tragomer movió la cabeza con aire preocupado.

--Mientras no tenga en la mano las pruebas materiales, la confesión de

la culpable, no estaré tranquilo.

--¡Bah! ¿Qué teme usted todavía? preguntó Marenval impaciente.

--Que Sorege haga desaparecer á Jenny Hawkins antes de que escriba su

declaración. Conozco la autoridad despótica que ese bribón ejerce sobre

la desgraciada mujer. La fascina, la aturde, la espanta. Me la escamoteó

en mis barbas, en San Francisco, con una destreza prodigiosa. Es hombre

para encontrar un medio de alejarla y, después, ¡échala un galgo!

--¡Por vida de!... Prevengamos á la policía inglesa, exclamó Marenval

con la violencia de un hombre á quien se discute una victoria que

considera ya obtenida. No nos dejemos vencer á última hora por ese

malvado. Se burlarían de nosotros.

--No tengáis miedo, dijo Jacobo; he tomado mis precauciones. Lea se ha

comprometido á permanecer encerrada en su casa y á no recibir á nadie

hasta esta noche. Mañana se marchará y Sorege no podrá contar más que

con nosotros. Hagamos, pues, lo convenido. Tú, Cristián, vete á llevar

la buena noticia á mi madre. Usted, Marenval, á casa de Vesín. Yo iré á

ver á miss Harvey y allí nos encontraremos todos después.

En cuanto Sorege despertó y tomó su desayuno, tomó un coche de alquiler

y se dirigió á _Tavistock-Street_. Nunca el tal hacía las cosas á medias.

Había dormido y comido bien y se sentía dueño de sí mismo. Lo importante

era hablar á Lea. Si lo conseguía, no desconfiaba de traerla á su

partido. Ante todo era preciso saber qué se había tramado entre ella y

Jacobo. Al detenerse el coche ante la casa, salió Sorege de sus

meditaciones. Saltó al portal y subió vivamente la escalera.

Un viejo _gentleman_, vestido con un pantalón roto, una levita adornada

con numerosas manchas y un sombrero de copa, estaba ocupado en lavar

concienzudamente el suelo del portal. Pero en la actitud, en la

fisonomía y en el traje extremadamente miserable, Sorege observó

detalles que le llamaron la atención y lo hicieron sospechar si aquel

hombre sería un polizonte. Miró por el hueco de la escalera mientras

subía lentamente y el hombre había dejado de lavar el suelo y le seguía

con la vista. Llegado al segundo, Sorege llamó. Ningún ruido en el

interior, ningún golpe de puertas, ni el más ligero rumor de pasos. Un

silencio de casa vacía. Llamó de nuevo y esperó con el corazón agitado.

Nada se oyó. Sorege tenía la convicción de que Lea estaba en su casa y

no quería abrir y veía claramente que entraba en lucha con él y estaba

ganada por sus adversarios. Palideció de cólera, pero resistió las ganas

que tenía de echar la puerta abajo de un puntapié y entrar por fuerza.

El _gentleman_ de los guiñapos y del sombrero de copa, que había dejado

de lavar, le hizo ser razonable. Si hago ruido, pensó y ésta idiota de

mujer llama, puedo ser conducido al puesto de policía. No arriesguemos

el tener que entrar en explicaciones. Permaneció todavía un instante

escuchando á través de la puerta y le pareció oir como un vago rumor de

respiración. Pensó que acaso Lea escuchaba también acechando con ansia

su partida, y como si hablase á una sombra dijo en voz muy baja:

--Jenny, sé que está usted ahí. ¡Loca! Ábrame usted. Va en ello su

salvación... Los momentos son preciosos... La engañan á usted...

Escúcheme...

La sombra no respondió y Sorege, con el corazón henchido de rabia, hizo

un gesto de amenaza y se decidió á bajar lentamente la escalera. El

_gentleman_ de los harapos se había vuelto á poner á su limpieza, y al

pasar Sorege se llevó la grasienta mano al sombrero y dijo con voz

ronca:

--¿Busca usted á la joven del departamento amueblado? Ha salido por todo

el día...

Sorege no se dignó siquiera responder... Miró al hombre de alto á bajo

y salió. Subió al coche que le esperaba y se hizo llevar á _Hyde-Parck_.

Eran las diez. Bajó en la esquina de _Piccadilly_ y se dirigió al jardín

á pie. Su cara expresaba una gran contrariedad por aquel primer fracaso.

Evidentemente Lea le hacía traición, pero ¿qué habría dicho? ¡Las

mujeres son tan hábiles para presentar las cosas bajo el aspecto que más

les conviene! Sin confesar toda le verdad, ¿no había podido echar sobre

él la responsabilidad? Á este pensamiento cerró los puños y su semblante

se contrajo. Como él mismo decía anteriormente, no había testigos y esto

que le favorecía podía también hacerle daño, pues si bien él podía negar

toda participación en el crimen, Lea por su parte, podía afirmar que era

él quien le había cometido ó ayudado, al menos, á cometerle. La

seguridad de los dos había siempre dependido de su unión. De acuerdo,

podían defenderse; separados, estaban perdidos.

Allá, en la orilla de aquel precioso río artificial rodeado de verde

musgo y sobre el cual inclinaban los árboles sus hojas nacientes, Sorege

tuvo conciencia de su pérdida inevitable y tembló de miedo y de cólera.

Pero no pensó en capitular; antes al contrario, se afirmó en el

propósito de luchar hasta el último extremo, aunque hubiera de perecer.

Una sonrisa crispó sus labios. ¡Perecer! sí, pero no solo. ¡Sucumbir!

muy bien, pero no sin vengarse.

Los jinetes empezaban á aparecer por las anchas avenidas del bosque. Los

coches rodaban al trote de sus tiros, los más hermosos del mundo. La

vida elegante renacía en su diario y monótono esplendor. Sorege no pudo

soportar el espectáculo de la tranquilidad ajena y se metió un el

interior del parque, por el lado de _Kensington_, donde paseó como unas

dos horas esperando el momento de ir á casa de Julio Harvey. Entró en

una fonda de _Regent-Street_, comió como de costumbre, y dando las dos,

llegó al hotel de _Grosvenor-Square_.

Subió la gran escalera y en el primer piso encontró al ayuda de cámara

que le esperaba con la misma respetuosa deferencia de siempre, y que le

introdujo como todos los días en el saloncillo donde miss Harvey tenía

costumbre de estar. La joven americana estaba sentada al lado de la

chimenea, donde ardía un claro fuego de leña. La ventana, en cambio,

estaba abierta y dejaba entrar el sol á raudales. Maud se levantó al ver

entrar á su prometido y salió á su encuentro sin que nada indicase en su

actitud un cambio de disposiciones respecto de él. Tenía la cara jovial

y la mirada tranquila, pero, por azar sin duda, sus manos estaban

ocupadas en una labor bastante voluminosa en la que estaba trabajando, y

no pudo dar la mano á Sorege. Le indicó un asiento enfrente de ella,

dejó la labor sobre la mesa y cerró la ventana.

--El sol empieza á nublarse, dijo, y hace fresco. Esta primavera

inglesa es glacial.

--¿Hace mejor tiempo en América?

--¡Oh! En América todo es mejor. Las estaciones no engañan, ni los

hombres.

Sorege levantó la cabeza. La alusión era directa; el ataque comenzaba y

había que responder inmediatamente.

--¿Ni las mujeres tampoco, sin duda?

Por los ojos de miss Maud pasó una llama.

--¡Las mujeres menos que nadie! dijo con orgullo.

Sorege la miró con aquellos ojos medio cerrados que no dejaban adivinar

su pensamiento pero que tan bien seguían el de los demás, y dijo en tono

seguro:

--Pues bien, miss Maud, hay que probarlo. ¿Qué significa la acogida que

me hace usted?

La joven se levantó ligeramente de su sillón y replicó:

--Señor conde, se lo diré á usted cuando me haya explicado por qué dejó

condenar, sin defenderle, á su amigo Jacobo de Freneuse...

Sorege hizo un gesto desdeñoso.

--¡Ah! ¿Volvemos á eso? Pues pregúnteselo usted á el mismo. Anoche le ha

visto usted en su casa bajo el nombre de Herbert Carlton, y es de

esperar que sabrá explicar á usted, mejor que lo hizo á los jueces, las

circunstancias que le comprometieron. Una condena es siempre una mala

nota entre personas honradas... No se condena á la gente con tanta

facilidad... Y si América es el país de la sinceridad, Francia es el de

la justicia.

--¡Bella frase! ¡Muy hermosa! Pero sé que habla usted con facilidad y no

habrá usted de satisfacerme con palabras.

--¿Hemos llegado al caso de tener que disculparme con usted?

--Estamos en el caso preciso de que cada cual sepa á qué atenerse. Hace

un momento enumerábamos las cualidades de nuestros países. América

posee, entre otras, una que domina en todos sus actos: el sentido

práctico. Yo soy enteramente americana en ese concepto y quiero, si me

caso con usted, señor de Sorege, no tenerme que arrepentir de llevar su

nombre.

--Tiene usted muchísima razón, miss Maud, pues es lo único que aporto al

matrimonio, ó poco menos. Pero ¿sospecha usted que mi nombre pueda estar

comprometido?

--Señor conde, hay muchas maneras de estarlo. Se puede estar

comprometido materialmente por malos negocios que conducen á la quiebra.

Esto no tiene importancia para nosotros los americanos. El que cae,

puede levantarse. Es el eterno movimiento de báscula del comercio y de

la industria; la cuestión está en acabar en lo alto. Pero á lo que

atribuímos una transcendencia enorme es á la integridad moral. Para una

joven que se respeta, es tan imposible casarse con un hombre que ha

cometido una acción deshonrosa, como con un criado negro ó un esclavo

chino.

Sorege sonrió. Entreabrió los párpados y dijo con tranquilidad perfecta:

--¿De qué se me acusa? Porque se me acusa de algo, no puedo dudarlo, y

para justificarme es preciso que conozca las calumnias que se han

inventado contra mí.

--Deseo con toda mi alma que sean calumnias, porque me avergonzaría de

haber puesto mi mano en la de usted si hubiese hecho lo que se le

atribuye...

--Pero, ante todo, ¿quiénes son los que declaran contra mí?

El señor de Tragomer, el señor de Marenval y por fin, el mismo señor de

Freneuse...

--¡Freneuse! Era de esperar; necesita echar la culpa á alguien...

¡Tragomer y Marenval! También se explica; el uno es amigo y el otro

pariente...

--¡Pero usted también era su amigo! Y eso es lo que hace incomprensible

su conducta. ¿Por qué no tiene usted para Freneuse la adhesión absoluta

de Tragomer? ¿Por qué no tiene usted la ciega confianza de Marenval?

¿Por qué, cuando en otra época hablaba á usted de este asunto, me daba

respuestas evasivas y ahora hostiles? ¿Hay un secreto entre los dos? Sea

usted franco y diga qué les ha separado y qué les separa todavía.

--Su crimen, dijo Sorege fríamente, y su condena. Es, por cierto,

bastante. ¿Piensa usted que si yo hubiera perdido hasta ese punto la

memoria, el mundo no me hubiera recordado que Jacobo de Freneuse fué

arrancado por los gendarmes del banquillo de los acusados y conducido

con esposas primero á la cárcel y después á presidio? Mi alejamiento,

que usted convierte en un crimen, es el mismo de todo el mundo. Un

infeliz que cae tan bajo, es un apestado del que todos se apartan con

horror. Esto no es, acaso, sublime, pero si muy humano. Nadie elige un

presidiario por compañero habitual. Cuando la sociedad ha arrojado lejos

de ella por una severa condena á un hombre indigno, no es el momento de

irle á buscar para hacerle caricias y glorificarle. Yo no soy más que un

hombre y no un san Vicente de Paul. Y por otra parte, ¿obraron de otro

modo Tragomer y Marenval? El desgraciado Jacobo fué un paria para ellos

como para todos los que le conocían. El abandono fué completo y la huída

general. ¿Á qué vienen hoy á acusarme? Tragomer ha necesitado dos años

para cambiar de opinión y eso, ¿sabe usted por qué? Porque ama á la

señorita de Freneuse y no ha podido olvidarla aunque lo ha procurado

viajando por el mundo. En cuanto á Marenval, es un _snob_, á quien se

hace ir á donde se quiere sin más que prometerle que hablarán de él los

periódicos. Esos señores han tenido el deseo de arrebatar á Freneuse de

su prisión y traérsele á Europa y han ejecutado su plan con una suerte

rara. Ya está el condenado en libertad. Pero de eso á probar su

inocencia hay la misma distancia que de la Nueva Caledonia á Inglaterra.

Y no es acusando á diestro y siniestro á todo el mundo como lograrán

probar que un juez de instrucción, doce jurados, tres magistrados y la

justicia en masa se han engañado groseramente y enviado un inocente á

presidio.

--Á no ser que se pruebe, dijo miss Harvey, que las apariencias fueron

arregladas tan hábilmente que fué imposible no creer en la culpa de ese

desgraciado.

--¡Oh! eso lo dicen todos los condenados... Es muy fácil... Pero en

cuanto á dar una prueba...

--¿Y si esa prueba existiera?

Sorege se puso lívido, sus ojos lanzaron un relámpago y exclamó:

--¿Qué prueba?

--La confesión del crimen por su autor.

--¿Y ese autor, ¿quién es?

--Una mujer. ¿Tendré que decir á usted su nombre? ¿Cuál, en este caso?

Porque se le conocen tres: el que usted nos dijo al introducirla aquí,

Jenny Hawkins, la cantante de _Covent-Garden_; Juana Baud, la fugitiva

que usted hizo venir á Inglaterra hace dos años; y Lea Peralli, la

miserable con la cual maquinó usted el complot contra Jacobo de

Freneuse. Esto es muy claro, señor de Sorege; ahora se trata de

responder sin más ambigüedades.

--¿Y Jenny Hawkins me ha hecho esas acusaciones?

--Y las renovará por escrito. Se ha comprometido á ello formalmente.

De todo lo hablado, la despierta inteligencia de Sorege no retuvo más

que ese futuro: las renovará. Luego Jenny no había escrito nada todavía.

Entrevió la salvación y tuvo un acceso de hilaridad que sonó de un modo

extraño en el silencio del salón.

--¡Ah! ¿Conque escribirá? ¡Y á mi, qué me importa! Por dinero se hará

escribir á esa individua todo lo que se quiera. ¿ Qué le cuesta eso? Se

marchará con la música á otra parte llevándose el bolsillo bien repleto,

y todo se reduce á cambiar otra vez de nombre. El mundo es grande.

Italia y España están á su disposición... Las mujeres de teatro saben

disfrazarse y engañan al mundo fácilmente. ¿Qué importa un escrito

destinado á satisfacer la envidia ó el rencor de ciertas personas? Esta

noche, miss Maud, traeré á usted, si lo desea, un mentís formal de todo

lo que se afirma contra mi, firmado por esa muchacha. Y en cambio

reclamaré que se me enseñe el escrito en que me acusa.

--Escuche usted. No quiero olvidar que he sido su amiga. Más le vale á

usted confesar francamente lo que tiene que reprocharse, que insistir en

negar contra toda evidencia. Se pierde usted, se lo juro... Esa mujer

no miente cuando se acusa... Ni Tragomer, ni Marenval, ni Freneuse

mienten...

Sorege se levantó bruscamente y dijo con acento furioso:

--¿Si no son ellos, soy yo?

En este instante se abrió la puerta y apareció Julio Harvey, rojo de

indignación.

--¡Pardiez! sí, es usted, puesto que es preciso decírselo. ¿Hase visto

obstinación semejante? Mi hija le ha tratado con demasiada

consideración... Yo no hubiera tomado tantas precauciones.

Sorege hizo un gesto terrible.

--¿Cómo llama usted al modo con que se conduce conmigo? dijo. Esto se

llama en todos los países del mundo una emboscada. ¡Estaba usted

apostado para escuchar y sorprenderme!... ¡Vamos! Llame usted á sus

acólitos. Ya es tiempo de que nos veamos cara á cara.

El Sorege circunspecto y discreto que ordinariamente se veía había

desaparecido. Sus duras facciones estaban impregnadas de una indomable

energía, sus ojos, entonces muy abiertos, echaban llamas, y se erguía,

terrible, pronto á atacar y á defenderse. Detrás de Harvey, habían

aparecido Tragomer, Marenval y Jacobo. Sorege les englobó á todos en el

mismo insulto:

--¡Estabais escuchando en las puertas! Aproximaos, señores, y veréis más

cómodamente. Doy un mentís formal á los que me acusan. No he sabido más

de lo que dije anoche al señor de Freneuse, y muy tarde ya para

utilizarlo en su favor. En cuanto á su conducta personal con sus

antiguos amigos, más vale no hablar de ella, y si no se acuerda de los

servicios que le prestó Lea Peralli, es un ingrato...

Tragomer hizo un movimiento tan violento hacia Sorege, que Jacobo le

puso la mano en el brazo para detenerle.

--Las cuentas que haya podido tener con Lea Peralli, dijo, serán

saldadas entre ella y yo. Las que tengo con el señor de Sorege son de

tal naturaleza, que, por su interés, le invito á no insistir en

ellas...

--¿Qué tengo que temer? preguntó audazmente el conde.

--¿Usted? ¡Nada! dijo Jacobo fríamente. Otro hombre temería la deshonra.

--¡Me insulta usted! exclamó Sorege lívido.

--Había dicho á usted que no insistiera, continuó Jacobo con calma. Nada

tiene usted que ganar en ello y me asombra su tenacidad. Creí á usted

más hábil. Pero en vista de que usted quiere que se digan las palabras

decisivas, va á ser complacido. El que se ha portado con un amigo que le

abría con toda su confianza su corazón, como usted se ha portado

conmigo, es el último de los miserables, señor de Sorege. He visto en el

presidio de que vengo muchos malvados, pero ninguno tan perfecto como

usted.

--¡Eso es lo que usted quiere, un duelo conmigo, que le levante y que le

lave!

--Se engaña usted. No busco tal duelo. Le juzgo á usted pero no me

dignaré castigarlo.

--¿Se ha vuelto usted cobarde? dijo en tono burlón Sorege. ¡No le

faltaba á usted más que eso!

--Me he vuelto paciente, dijo dulcemente Jacobo, y lo pruebo.

--¡Pues bien, séalo usted por completo!

Dió tres pasos y levantando el brazo, trató de pegar á su antiguo amigo

en la cara. En este instante la fisonomía de Jacobo se transfiguró y se

puso espantosa. Cogió el brazo á Sorege, rechazándole con fuerza, y dijo

articulando un grito de furor:

--¿Tendré que matar á este hombre?

Se calmó instantáneamente, soltó al conde y dijo dirigiéndose á miss

Harvey:

--Perdone usted, señorita. No quería que fuese usted testigo de una

escena de violencia, pero me han obligado.

Sorege se volvió hacia miss Maud y dijo con imperturbable audacia:

--He prometido á usted pruebas, miss Harvey, y suceda lo que quiera, se

las daré.

Saludó á Julio Harvey con un movimiento de cabeza y mirando

despreciativamente á Tragomer, á Marenval y á Jacobo, dijo en tono

altanero:

--¡Nos veremos, señores!

--No se lo deseo á usted, dijo Marenval con desdén.

Sin responder, Sorege fué hacia la puerta y salió. Cuando hubo

desaparecido todos los presentes se sintieron como libres de un enorme

peso. Miss Maud se acercó á su padre y le dijo con sonrisa un tanto

forzada:

--Perdóneme usted por haber resistido á sus consejos queriendo casarme

con ese personaje. No le había á usted engañado su golpe de vista y

había juzgado con acierto.

--Querida mía, un hombre que no es aficionado á los caballos, ni á los

perros, ni á los barcos, y que no mira jamás de frente, no puede ser

honrado. Eras libre y te dejaba hacer. Pero creo que causarás un gran

placer á tus hermanos cuando les digas que has puesto en la puerta á ese

caballero.

--¡Un _snob_! murmuró Marenval. ¡Me ha llamado _snob_!... Por mi vida,

que me las ha de pagar.

--¡Silencio! dijo Cristián en voz baja. No es hora de recriminar, sino de

tener actividad. Con un mozo como Sorege todo es de temer mientras no le

hayamos puesto á buen recaudo. Ya habéis visto cómo se ha defendido.

Dejemos á Jacobo y vamos á casa de Vesín.

Los hermanos de Maud acababan de entrar y estaban desarticulando los

hombros de los visitantes de su padre á fuerza de hercúleos apretones de

manos. Tragomer y Marenval aprovecharon la confusión para desaparecer.

Al pasar oyeron á miss Maud que decía á Jacobo, sentado á su lado:

--Su madre de usted y su hermana no deben vivir esperando el resultado

definitivo de esta empresa... Quisiera conocerlas. Usted me presentará

á ellas, ¿verdad?

Jacobo respondió:

--Sí.

En la escalera se detuvo Marenval y dijo con aire malicioso:

--¿Sabe usted lo que pienso, Cristián? Que miss Maud está á punto de

enamorarse de nuestro amigo. Esa americanita es novelesca como una

alemana...

--Y no le disgustaría hacerse francesa.

Sorege salió de casa de Harvey temblando de furor. Ya en la calle se

desahogó jurando terriblemente, hasta el punto de escandalizar á un

guardia que hacía tranquilamente su servicio. Al principio anduvo sin

objeto ni saber á dónde iba. La sangre le hervía y su cabeza parecía

querer estallar. Aquel hombre frío había perdido la calma y se

encontraba en uno de esos momentos en que no se da importancia á la

vida, ni propia ni ajena. Si con una palabra hubiera podido aniquilar el

hotel Harvey y todos los que en él estaban, la afrenta que acababa de

sufrir hubiera sido terriblemente vengada. Sorege anduvo calles y calles

rumiando sus reveses y su cólera. De pronto se detuvo; se encontraba

detrás de _Withe-Hall_ y se puso á pasear delante del palacio pensando

profundamente.

Á pesar de sus precauciones y de sus estratagemas todo se venía abajo

por culpa de aquel miserable Freneuse. Las mentiras y las perfidias

acumuladas para perderle no habían servido para nada. Arrojado al fondo

de un abismo tan profundo que parecía imposible salir de él, Jacobo

subía hacia la luz, hacia la libertad, hacia la dicha, y él tenía que

asistir impotente á aquel cambio de fortuna. Un deseo claro y terminante

de venganza se impuso á su pensamiento; necesitó herir á su enemigo

aunque él tuviese que sucumbir al mismo tiempo. En el trance en que se

encontraba había que jugar el todo por el todo. Sorege no dudó é hizo de

antemano el sacrificio de la vida, con tal de aniquilar á Jacobo.

Entonces decidió volver á casa de Lea. Ella debía decidir de su triunfo

ó de su pérdida; ella sola podía proporcionarle medios de defensa. Si

Lea quería, si él lograba una vez más dominarla, fuese por la

persuasión, fuese por la violencia, todo se podría arreglar. Tomó por el

_Strand_ y se dirigió hacia _Tavistock-Street_. Eran las cuatro cuando

pasó por _Charing-Cross_.

Sorege pensaba: Lea comerá en su casa antes de ir al teatro, según su

costumbre. Si esta mañana no estaba en casa cuando me presenté, la

encontraré seguramente ahora. Cueste lo que cueste, por cualquier medio,

es preciso que logre hacerme escuchar por ella aunque no sea más que un

cuarto de hora. Que yo la vea, que mis ojos se fijen en los suyos y la

obligaré á obedecerme. Su voluntad será paralizada por la mía.

Llegó á la casa, entró y observó con satisfacción que el polizonte de

por la mañana no estaba en el portal. Subió vivamente y llamó á la

puerta del departamento. Nadie respondió; el mismo silencio de abandono.

Permaneció escuchando un largo rato y no percibió señal alguna de vida

en la casa. Sorege tembló al pensar que acaso Lea se había marchado para

no encontrarse enfrente de él. Si Jacobo la había hecho mudarse, ¿cómo

encontrarla en aquella inmensa población? Y la hora avanzaba, y el

peligro se hacía cada vez mayor. Era preciso impedir á toda costa que la

traición se consumara. Si Lea había hablado había que impedir que

escribiese, pero para esto había que verla, y la puerta seguía cerrada,

y la casa parecía vacía. Sorege dijo en voz alta:

--Aunque tenga que estar aquí hasta la noche, la he de ver.

Se sentó en un escalón y allí permaneció en la oscuridad, emboscado como

un cazador al acecho. Al cabo de un instante dijo otra vez:

--Esta loca tiene miedo de mí, que vengo á salvarla, mientras que los

otros la engañan y la pierden.

Ni un aliento, ni un rumor que revelase la presencia de un ser viviente.

La cólera se apoderó de Sorege. Se levantó y dijo estremeciéndose de

impaciencia:

--Aunque tenga que echar la puerta abajo, yo sabré si esta mujer se

oculta de mí.

Retrocedió dos pasos y se arrojó con tal fuerza contra la puerta, que

esta no quedó, evidentemente, en estado de recibir otro golpe. En el

mismo instante se abrió la puerta y Lea, muy pálida, apareció en el

umbral. Con un ademán indicó la casa á Sorege y dijo con voz cansada:

--Puesto que no puedo escapar á su persecución, entre usted.

Sorege entró sin replicar, dichoso por haberlo logrado á pesar de su

resistencia, y augurando bien de aquella primera ventaja. Se sentó en el

saloncillo sin que nadie se lo indicara y Lea permaneció en pie, con los

brazos cruzados y mirándole con aire preocupado.

--¿De modo que te has pasado al enemigo? dijo Sorege en tono sardónico.

¿Qué te han prometido para que te vuelvas contra mí?

Lea no respondió.

--¡Sin duda te han asegurado la impunidad! ¿Pero cómo es eso posible?

Lea Peralli viva supone Juana Baud enterrada. Y si es Lea quien la mató,

no fué Jacobo de Freneuse. ¿De qué modo, por qué prodigio se establecerá

la inocencia del uno y se salvará al mismo tiempo á la otra?

Lea respondió con acento dolorido:

--¿Y quién permite á usted creer que yo quiero salvarme?

--¿Entonces buscas tú misma la expiación?

La cantante irguió su frente soberbia y dijo con gran tranquilidad:

--¿Por qué no?

--¿Has llegado á tal grado de debilidad que ya no quieres defenderte?

--Estoy cansada de astucias, de engaños, de fugas y de misterios. Todo

antes que volver á empezar la vida que arrastro hace dos años.

--¡Sí! ¡Quéjate todavía! Nunca has estado tan favorecida. Has logrado la

celebridad y la riqueza. ¡No parece sino que la sangre es un abono para

la dicha! ¿Y vas á despreciar todas estas hermosas condiciones de vida?

¡Vamos! Reflexiona, porque la cosa vale la pena.

--¡Me canso de ser una mentira viviente!

--¡Sí! ¡Será mejor que seas la sinceridad muerta! Estás divagando,

querida. ¿Sabes lo que te espera si desempeñas el papel que te ha

aconsejado la camarilla de Freneuse? El presidio, por lo menos, y acaso

el patíbulo.

--¡Estoy pronta!

--¡Vamos á ver, Lea, no estamos representando el cuarto acto de la

_Hebrea_! No se trata ahora de hacer gorgoritos en la cavatina. Aquí

todo es real, serio y decisivo. No hay que jugar con la justicia, que no

tiene nada de benévola. Con ella no hay laureles artísticos que valgan.

Esos hombres togados te condenarán duramente si te dejas coger. Óyeme

con buen sentido solamente un cuarto de hora y después eres libre de

hacer lo que quieras. ¿Está convenido, verdad? En primer lugar, veamos,

¿qué te ha dicho Jacobo? ¿Qué te ha pedido? ¿Qué le has prometido tú?

¿Os habéis visto ayer después de la maldita velada de Harvey? Hacía

mucho tiempo que no os hablabais y no ha debido reinar entre vosotros la

mayor cordialidad. ¡Debe guardarte rencor! ¡Y á mí me odia de muerte!

Puedes comprender, querida, que nuestros destinos están estrechamente

ligados y que permitir que me hieran mis enemigos es herirte tú misma.

Sorege podía hablar á su antojo; Lea no trató de interrumpirle ni una

sola vez. Apoyada en la chimenea y con el codo sobre la guarnición,

jugaba maquinalmente con una larga aguja de sombrero, de cabeza de oro

incrustada de zafiros. Pinchaba con distracción el _peluche_ de la

chimenea y no parecía prestar la menor atención á lo que decía Sorege.

Éste no perdió la paciencia, pues sabía que con aquella naturaleza

violenta y arrebatada era necesaria la astucia, y continuó sus

argumentos.

--El objeto de Jacobo era evidentemente obtener de tí una confesión.

Sospechaba lo más gordo del negocio y necesitaba conocerle en detalle,

que es lo que da á los hechos toda su fuerza é inspira á las personas

una certidumbre. ¿Te ha hecho hablar?... ¿Qué le has dicho? ¿Cómo ha

logrado convencerte? ¿Qué comedia ha representado? ¿Acaso ha fingido que

te ama todavía?

Á esta última insinuación, dicha con una voz dulzarrona, la vió

estremecerse y comprendió que había dado en el clavo.

--¿Qué le cuestan las frases de ternura? Conoce tu credulidad ¡Ha

abusado de ella tantas veces! ¡Unas cuantas palabras cariñosas, una

promesa de olvido, acaso una esperanza de reconciliación!

El proyecto de iros muy lejos á olvidar las horas malas para no

acordaros sino de vuestro antiguo amor. ¿No es eso?

Una gran palidez se apoderó de la cara de aquella mujer. Sus ojos se

pusieron sombríos y su aliento se hizo corto. Sufría horriblemente.

Entonces Sorege, con una risa en la que sonaba la venganza, añadió:

--Si, sin duda alguna; y tú has caído en la red. ¡Vamos! Ya era tiempo

de que yo viniese para hacerte volver á la razón.

Lea levantó la cabeza y dijo con gravedad:

--¡Es verdad! Ya era tiempo, en efecto.

--¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Sorege triunfante.

Lea le miró con sublime desprecio.

--Ha comprendido usted mal. Todo este día que he pasado encerrada, sola

y reflexionando, ha estado lleno de malas horas. El peligro infunde

sospechas y yo sé que corro peligros. El deseo de salvarnos nos hace

cobardes, y á pesar de las promesas que se me han hecho, me preguntaba

con angustia si no tendría que temer algún engaño. He reflexionado para

decidir si cumpliría el compromiso que he adquirido ó si me sustraería á

él por la fuga. Cuando usted ha llegado, dudaba. Ahora estoy resuelta.

--¿Te vas?

--Me quedo.

--¡Te pierdes!

--Pero salvo á un inocente.

--¡Estás loca!

--Ya me lo ha dicho usted y ha habido instantes en que he podido

creerlo, pero usted mismo acaba de volverme al sentimiento de la verdad

y de la justicia. En pocos minutos se ha mostrado usted tan bajo, tan

cobarde y tan miserable, que no puedo dudar del buen derecho de aquel

contra quien usted se encarniza. Tenía la bochornosa debilidad de dudar

entre la salvación de Jacobo y la mía: usted me ha aconsejado. Ya no hay

duda posible. Entregarme de nuevo á un monstruo como usted, sería

completar mi crimen.

Sorege dió un salto al oir el ultraje y dijo, ya de pie:

--¿Así recompensas los servicios que té he prestado? ¡Me he comprometido

por ti y me entregas á mis enemigos!

--Yo no he sido más que un instrumento de odio en las hábiles manos de

usted. Ahora lo veo. El mal que yo he hecho, usted lo ha concebido y

premeditado y es más responsable que yo. Usted no se ha comprometido por

salvarme, me ha perdido para satisfacer su odio. Yo he sido siempre su

víctima, siempre sublevada y ahora implacable...

Sorege dijo en tono burlón:

--¡Vamos! Ya tenemos, por fin, la verdad. ¿Qué arma vas á dar contra mi

á ese héroe de tu última novela?

--Mi confesión escrita y firmada para probar su inocencia y mi crimen.

Sorege se dirigió hacia ella.

--¿Dónde está ese papel?

--¡Qué le importa á usted!

--Vas á dármelo ahora mismo.

--¡Jamás!

--¡Ah! Estúpida criatura ¡Ten cuidado! Me conoces bastante para saber

que no dudaré en hacerte pedazos, si es preciso para mi seguridad.

--Puede usted buscar. No encontrará nada.

--¿Le has enviado ya?

--Esta mañana.

--¡Mientes! Acabas de decirme que hasta mi llegada habías vacilado...

Lea hizo un movimiento al verse adivinada é instintivamente volvió los

ojos hacia un escritorio, cerca de la ventana. Sorege se arrojó á él de

un salto y á pesar de los esfuerzos que ella hacía para impedírselo,

conteniéndola con una mano y registrando con la otra, se apoderó de una

carta en cuyo sobre estaba escrito el nombre de Jacobo.

Sorege se apartó con aire sombrío, miró á Lea profundamente y dijo:

--¡Aquí está! ¡ No creía que fueses capaz de denunciarme!

--¿De qué le sirve á usted coger ese papel? gritó la cantante

encolerizada. Si usted la destruye, puedo escribir otra declaración.

--Por eso voy á tomar mis precauciones en consecuencia. Siéntate á esa

mesa.

Y mostró á Lea el escritorio del que había cogido el papel. La cantante

no contestó, ni se movió siquiera. Sorege se llegó á ella, la cogió

bruscamente por un brazo y la empujó hasta la silla colocada delante del

escritorio.

--Ahora, escribe.

--¿Qué?

--Sencillamente esto: "La pretendida confesión que posee el señor de

Freneuse me ha sido arrancada con amenazas de muerte. Libre y dueña de

mi misma, me retracto de ella completamente. Jamás he cometido el crimen

de que se me obliga á acusarme."

Lea le miró con tranquilidad.

--¿Y después?

--Nada más.

La cantante se levantó y ambos quedaron cara á cara, sin contenerse ya y

respirando el odio y la violencia.

--¡Por el diablo! ¡Si no escribes, estúpida, te aplasto.

Cogió la mano de aquella mujer y la apretó con toda su fuerza. Lea

enrojeció de dolor y de cólera y trató de desasirse, pero él la tenía

como con una tenaza de acero.

--¡Me hace usted daño! ¡Déjeme!

--¡Obedece!

--¡No!

--¡Obedece!

Lea lanzó un grito desesperado y se retorció, con las lágrimas en los

ojos.

--¡Oh! Me martiriza usted... ¡Cobarde!

--¡Obedece, mal bicho, ó te rompo el brazo!

Aquel hombre cataba espantoso de furor y el pensamiento de un asesinato

aparecía en sus ojos. Lea cayó de rodillas enloquecida. Cerca de ella la

aguja de acero y cabeza de zafiros, verdadero estilete, estaba caída en

la alfombra. Lea la cogió con la mano izquierda y se levantó. Sorege le

dió un tremendo empujón hacia la mesa.

--¡Vamos! ¡Despachémonos! No tengo tiempo de andar en contemplaciones.

No tienes la mano tan estropeada que no puedas escribir... ¡Pronto!

Lea permaneció como atontada, de pie, sin moverse, y él le dió un golpe

violento en un hombro.

--¿Vamos á volver á empezar?... ¡Ira de Dios! Te voy...

No dijo una palabra más. Dando un grito de rabia, Lea se volvió y le

hirió en la garganta con la larga aguja. Sorege se quedó de pie, con los

ojos fijos y una sonrisa estúpida en los labios. Sus brazos se abrieron

y buscaron en el aire un punto de apoyo. Trató de arrancarse el estilete

de acero que tenía clavado, dió dos pasos vacilantes, sus rodillas

flaquearon y cayó dando un suspiro aterrador. Al caer, la aguja se lo

introdujo hasta la cabeza de zafiros. Sufrió una convulsión que le hizo

volverse de espalda y se quedó inmóvil.

Inclinada sobre él, Lea le vió contraído, terrible, inerte. No había

corrido ni una gota de sangre. La aguja tapaba herméticamente la herida

y su punta había llegado al corazón. Con pasos cauteolosos, como si

temiese despertar de su espantoso sueño al que temía más muerto que

vivo, se echó un abrigo por la espalda y huyó á la calle. Sin saber lo

que hacía, tomó la dirección de su teatro. Eran las seis.

Pasó por delante del conserje, que le dijo:

--Señora Hawkins viene usted con mucho adelanto. Aquí tiene su llave. La

doncella no ha llegado todavía. ¿Va usted á comer en su cuarto?

Lea no respondió y subió la escalera que conducía al primer piso. Siguió

un largo pasillo, abrió una puerta y entró en la habitación que le

servía de salón de recibo. Se sentó, sin encender luz, y se puso á

llorar desesperadamente, lanzando desgarradores sollozos.

Aquella noche miss Harvey llegó á su palco, contra toda costumbre, al

tiempo de levantarse el telón. Capuleto estaba presentando su hija á los

señores reunidos en su palacio. Julieta sonreía, pero una gran tristeza

velaba la gracia de su semblante. Cantó con brillantez febril el vals y

la escena del encuentro con Romeo le valió una entusiasta salva de

aplausos.

La artista no saludó, como si permaneciese indiferente al favor del

público. Dijo con acento profundo la frase:

_Y la tumba será nuestro lecho nupcial_.

Bajó el telón y no volvió á levantarse, á pesar de los gritos

entusiastas de todo el público. Nunca la Hawkins y Novelli habían

cantado mejor, según la impresión unánime de todo el teatro. La

representación empezaba de tal modo, que tenía que acabar en un gran

triunfo. Harvey y sus dos hijos estaban en el palco, donde reservaban un

sitio para Marenval. Tragomer y Jacobo tenían otro palco más oculto á

fin de no dejarse ver. Habían comido con la señora de Freneuse y María y

el tiempo se había deslizado tan dichoso en la dulce intimidad de la

familia, que estaban dando las once cuando los dos amigos entraron en el

teatro.

El cuarto acto llegaba á su fin. En cuanto bajó el telón, Tragomer fué

al palco de Harvey y Jacobo se metió entre bastidores. Conforme estaba

convenido, quería ver á Lea y recibir de ella la declaración escrita que

debía servir para rehabilitarle.

Conducido por un celador, llegó al primer piso, y envuelto en una

atmósfera enrarecida y perfumada Jacobo siguió el corredor como un

enamorado que va á ver á su bella, según opinaron de aquel elegante

joven los que se cruzaron con él en el camino, y se detuvo ante una

puerta á la que su conductor llamó discretamente. La doncella abrió y

Freneuse vió á la cantante tendida en un diván y rodeada de ramos y

canastillos de flores. Pálida, inmóvil, vestida con el blanco traje

nupcial, parecía la hija de Capuleto dormida con el sueño remedo de la

muerte. Al ver á Jacobo no hizo ni un movimiento; una triste sonrisa se

dibujó en sus labios y dijo dulcemente:

--Llega usted tarde, amigo mío. He tenido un gran éxito... Vea usted

estas flores... Me aclaman, me envidian... Soy un hermoso ídolo

¿verdad? ¿Quién no querría estar en mi puesto?

La doncella salió, y apenas se cerró la puerta Lea se levantó de un

salto y toda cambiada, la cara contraída, la voz temblorosa, dijo

llevándose á Jacobo al punto más apartado de la pieza:

--Mírame bien... ¿No me encuentras nada nuevo en la mirada? ¿Soy la

misma mujer?

--¿Qué tienes? preguntó Jacobo, asustado por su agitación. ¿Qué ha

sucedido?

--Lo que debía suceder fatalmente, respondió Lea con una actitud de

extravió. Sorege ha venido á mi casa...

--¿Y le has recibido?

--No he tenido otro remedio. Ofrecía estarse allí hasta que saliera. No

podía escapar. ¡No se evita lo inevitable! Te lo había dicho... Lo

sabía... Mi suerte estaba decidida...

--¿Pero á qué se ha atrevido? preguntó Jacobo, que empezaba á estar

inquieto.

--Á todo aquello de que es capaz...

Lea se quitó los brazaletes y dijo enseñando en sus brazos las huellas

de los dedos de Sorege:

--Casi me ha roto el brazo para obligarme á desmentir mi declaración...

Creo que me hubiera matado...

--¿Y has obedecido?

La cantante levantó la frente, miró á Jacobo á los ojos y con una

sonrisa que recordaba á la tierna, fiel y enamorada Lea de otros

tiempos, contestó:

--¡No! No he obedecido, Jacobo, no porque se trataba de mi vida, sino

porque quería salvar la tuya...

--¿Entonces?...

Lea bajó la voz y dijo con aire aterrado:

--Se trataba de él ó de mí, Jacobo; era preciso elegir y he elegido. ¡Ya

no hará daño á nadie! La declaración que yo debía darte está en su

bolsillo; allí la encontrarán... Yo no me atreví á cogerla... Está

caído en el suelo en el salón de la casa de _Tavistock-Street_, con los

ojos terriblemente abiertos y la boca todavía amenazadora...

--¿Le has matado?

--¡Cállate, desgraciado! No se debe saber eso hasta mañana. Es preciso

que yo esté libre hasta el fin del espectáculo. Aún no he terminado mi

misión. Me pagan y tengo que cantar. Precisamente esta noche está el

público loco conmigo...

Al decir esto, tenía un aire tan extraño, que Jacobo creyó que el

cerebro de aquella mujer no había podido resistir las duras pruebas que

venía sufriendo, y se había vuelto loca. Pensó llamar y no creyó lo que

le decía. Pero vió en los ojos de la infeliz un pensamiento de

desesperación tan terrible, que tuvo el presentimiento de una desgracia

inmediata.

La voz del traspunte se oyó en el pasillo:

--Á escena para el último acto...

Y al pasar cerca de la puerta:

--Miss Hawkins, ¿se puede empezar?

--Sí, respondió Lea tranquilamente, ya bajo.

Cogió de un canastillo una orquídea blanca con manchas rojas y dijo

presentándosela á Jacobo:

--Guárdala en memoria mía. Esta flor es como mi alma; ensangrentada y,

sin embargo, pura...

--Lea, dijo Jacobo asustado, pide un momento de descanso; no estás en

posesión de ti misma...

--¡Sí! Jamás he estado más segura de mi... Es el acto de la muerte,

Jacobo; verás qué bien le canto... Anda, vete á verme. Lo quiero...

Jacobo trató de detenerla, de calmarla.

--¡Lea!

La cantante lo miró profundamente, le dirigió otra sonrisa y se arrojó

en sus brazos en un movimiento apasionado, diciéndole:

--Dame un beso, ¿quieres? Es la última vez que estamos juntos. Permíteme

que al partir lleve en la frente el recuerdo de tus labios.

Jacobo se prestó dulcemente á ese capricho y ella entonces le apretó

contra su corazón con una fuerza extraordinaria y exclamó:

--¡Oh! Si me hubieras amado siempre, viviría y sería dichosa...

Hizo un ademán de desolación y prosiguió:

--¡Ay! ¡Ya no es tiempo! ¡Adiós!

Le echó un último beso con la punta de los dedos y se lanzó fuera. Ya la

orquesta ejecutaba el sublime preludio del acto de las tumbas. Jacobo,

turbado y lleno de preocupación, entró en la sala y se reunió con

Tragomer. El acto había comenzado y Romeo estaba cantando. Jacobo se

inclinó al oído de Cristián y murmuró:

--No sé qué va á pasar, pero Lea ha perdido la cabeza. Acaba de decirme

que esta tarde ha ido Sorege á amenazarla, á violentarla, y que ella le

ha matado.

--¡Dios mío! exclamó Tragomer. Pero ella, entonces, la desgraciada...

--¡Mírala! Está aterradora...

Con la palidez de la muerte en las mejillas, Julieta se levantó de la

tumba y fué á caer en los brazos de su amante. Con voz que parecía

velada por el crepúsculo de la noche eterna, la hija de Capuleto

esperaba la embriaguez de su dicha al despertarse sobre el corazón del

bien amado. Después el veneno hacía su efecto y Romeo palidecía,

sucumbiendo. Julieta le retuvo con fuerza, como si se acusase de aquella

muerte que él se daba por su amor. En seguida arrancó de la cintura de

Romeo el puñal que de ella pendía y echando á la aguda hoja una mirada

de dichoso alivio, pronunció como un grito de libertad esta frase:

"¡Ah! ¡Bendito puñal! ¡Eres mi último recurso!"

Y con firme brazo se asestó una puñalada en el mismo sitio en que había

herido á Sorege. Siguió de pie, pero la voz se extinguió en sus labios.

Un hilo de sangre surgió de la garganta y se deslizó por el traje

blanco. Sus ojos se nublaron. Novelli se levantó en este momento y se

arrojó sobre su compañera gritando:

--¡Socorro! ¡Se ha herido!

Un espantoso rumor partió de todos los puntos de la sala. Los

espectadores, de pie, miraban aterrados. La cantante agitó lentamente la

mano como para decir que todo era inútil. Bosquejó una sonrisa,

esperando que la recogería Jacobo. Su belleza era tan brillante en aquel

momento supremo, que los tres mil espectadores que ocupaban el teatro se

callaron como por una fuerza misteriosa, y se oyó el último suspiro que

se exhalaba de los labios de la artista. Vaciló como una flor cortada, y

cayó muerta en aquella misma escena en que acababa de triunfar su arte.

* * * * *

M. Melville, avisado por teléfono, salió de _Scotland-Yard_ y se dirigió

al domicilio de la cantante. Sorege estaba tendido en la alfombra del

salón, lívido y horrible. En el bolsillo de su levita se encontró la

declaración de Lea probando la inocencia de Jacobo, que fué enviada á la

embajada francesa por la policía de Londres. Vesín marchó á París, á fin

de activar la revisión del proceso. Los Harvey en su yate y Marenval,

Tragomer y la familia de Freneuse en el _Magic_, se habían dirigido á

Cowes.

Los jóvenes pasaron dos meses deliciosos en la intimidad de una

existencia activa y libre, navegando por el tranquilo mar ó anclados en

las radas del Solento. La belleza de María, realzada por la esperanza,

brilló entonces con todo su esplendor. La joven se mostró encantadora y

tierna con Cristián, como si quisiera hacerle olvidar los pasados

rigores.

Jacobo sencillo, dulce, un poco grave, y tan diferente de si mismo que

era imposible reconocerle, se complacía en hablar con miss Harvey que le

pedía interminablemente el relato de sus aventuras y de sus miserias. El

joven confesaba sus errores, sus locuras y sus faltas y describía los

sufrimientos de su vida con una humildad y una emoción, que conmovían

profundamente á la americana. Jacobo no demostraba el ardor y la fuerza

de la juventud sino para remar y montar á caballo con los hijos de

Harvey, y aun éstos tenían que rogárselo vivamente así ellos como la

señora de Freneuse, inquieta por las tendencias místicas de su hijo y

deseosa de verle volver á los gustos de la vida normal. Con este mismo

fin la madre de Jacobo favorecía la intimidad de su hijo con miss Maud.

Pero pronto quedó sentado que nada modificaría en las horas de felicidad

los proyectos madurados en las de angustia.

El mes de agosto expiraba y Julio Harvey anunciaba el propósito de

marchar á Portsmouth para hacer provisiones de carbón y de víveres á fin

de volver á América. Tenía que arreglar negocios en su país y sus hijos

debían volver á los prados para vigilar las ganaderías. Miss Maud se

resignó á acompañar á su padre, pero quería llevarse con ella á las

señoras de Freneuse y á Jacobo.

--El proceso, decía, que consagrará la inocencia de su hijo de usted, no

será resuelto hasta dentro de algunos meses. ¿Qué van ustedes á hacer

hasta entonces? Si vuelven á Francia no podrán vivir sino muy retiradas

y probablemente el señor de Freneuse tendrá que constituirse en prisión,

pues hasta que se pronuncie la nueva sentencia le considerarán como

culpable. Vénganse, pues, con nosotros á Nueva York... Dejaremos á mi

padre y á mis hermanos ir á Dakota y nosotros nos instalaremos

tranquilamente en Newport. El señor de Tragomer nos acompañará, pues á

Marenval le creo muy deseoso de volver á París.

--Véngase usted, Tragomer, decían los _cow-boys_; iremos hasta las altas

mesetas á tirar á los bisontes. Hay todavía hermosas manadas, y

acamparemos en las tiendas con los _Cherokees_... Allí verá usted

potros, como no los hay en el mundo, que corren veinticuatro horas sin

descansar... Pescaremos el salmón en los _creeks_... Hay rincones

donde se cogen piezas que datan del diluvio... ¡Unos monstruos! Venga

usted, Tragomer, venga usted... Cuando tengamos á Jacobo en el suelo

americano, le pondremos en forma... Es un buen _sportman_; no hay que

dejarle hacerse cura.

Miss Maud se encargó en persona de intentar el esfuerzo supremo. Una

noche en que se paseaba con Jacobo por la cubierta del _Magic_, en la

rada de Cowes, se detuvo repentinamente y se apoyó en la borda del yate.

El mar estaba fosforescente. Por todos lados las luces eléctricas

marcaban el sitio de los barcos anclados y un viento tibio y ligero

cantaba en las vergas. Innumerables estrellas bordaban el cielo en sus

resplandores de oro pálido. La joven estaba mordisqueando una rosa y

miraba al mar sin decir palabra. Jacobo, á su lado, escuchaba

distraídamente una música que se oía á lo lejos en la oscuridad. Miss

Maud se levantó y dijo, fijando en la cara de Jacobo sus ojos

perspicaces:

--Señor de Freneuse, conviene hablar esta noche sinceramente, para que

no tengamos después ni penas ni arrepentimientos. Usted tiene proyectos

que afligen á su madre y á su hermana. No hablo de sus amigos, entre los

que nos contamos, pues la autoridad que pueden tener sobre usted es muy

débil comparada con la de esas dos mujeres que tanto han llorado por

usted. Existe ademas otra afección que puede tener una influencia

decisiva en la vida de un hombre. Y aun esa es preciso que el que la

provoca, la sienta.

Se detuvo un poco confusa, tanto por la gravedad de la confidencia como

por la dificultad de completarla. Pero era un espíritu enérgico y

continuó atrevidamente:

--Ha hecho usted muchas locuras, pero las ha expiado con muchos

sufrimientos. Está usted, pues, en paz consigo mismo. ¿Por qué insiste

usted en dejar el mundo á pesar de la pena que causa á su familia? Debe

usted ciertas compensaciones á las que han sufrido por su causa. En fin,

si una mujer, conmovida por sus desgracias, interesada por su

rehabilitación y sinceramente enamorada de usted, se ofreciera á cuidar

las heridas secretas de su corazón, á curarlas y á cifrar su dicha en

hacer de usted el hombre que debe ser, ¿rechazaría usted esa ternura?

Levantó su frente en la que brillaban la inteligencia y la voluntad, y

prosiguió:

--Yo soy esa mujer que le ama y que le ofrece la mano. Si usted la

admite, tendrá en mi una compañera resuelta y adicta. El bien que usted

se propone hacer á la humanidad á cambio del mal que de ella ha

recibido, lo haremos juntos. Todo lo que pido es que me hable usted

francamente para saber si debo esperar ó resignarme. Diga Usted sí, y

vamos juntos á ver á mi padre y á que yo abrace á su madre de usted con

todo mi corazón. Diga usted no, y mañana parto, para que no me vea usted

llorar.

Maud ofreció su mano y Jacobo la vió pálida, en la clara noche, y con

los ojos brillantes de emoción. El joven se inclinó con respetuoso

dolor:

--Aunque mi sinceridad aflija á usted, miss Maud, voy á obedecerla

hablando francamente. Estoy conmovido hasta lo más profundo de mi ser

por su generosa y caritativa afección. Usted ha sido impulsada, cosa

digna de una mujer, por la obra de dulzura y de piedad que desea

realizar cerca de un desgraciado. Pero yo me juzgo más severamente que

usted y sé cuántas manchas contiene todavía ese corazón que usted cree

purificado. Mido mejor que nadie la profundidad de mi caída y no creo

que un ángel como usted pueda levantarme tan fácilmente. No me siento

digno de usted, mis Harvey, y lo confieso con una humildad muy

meritoria, llorando de agradecimiento por su bondad.

Cogió su mano y llevándosela á los labios la mojó con sus lágrimas.

Después continuó con voz alterada:

--En fin, preciso es que se lo confíe á usted como á todos mis otros

amigos; no soy libre de disponer de mi. He hecho un voto. En el momento

más grave de mi vida, cuando se estaba decidiendo mi salvación ó mi

pérdida, juré dedicarme á Dios si me permitía volver á mi familia y á mi

país y probar mi inocencia.

Dios me oyó y ya no me pertenezco. Me entrego al que después de haberme

castigado justamente, tuvo piedad de mí. Perdón, miss Maud. Si una mujer

podía realizar la obra que usted había soñado, esa mujer es usted.

Solamente Dios habrá sido preferido.

Maud le miró por última vez y comprendió que todo había acabado. Suspiró

y dejando caer en el mar la flor que tenía en los labios, como caían en

la nada los ensueños acariciados por su pensamiento, pronunció esta sola

palabra.

--¡Adiós!

Y desapareció por el puente, como una sombra.

El día siguiente el yate de Julio Harvey zarpó en dirección de la costa

inglesa.

En el fondo del abismo: La justicia infalible · 第 23 / 24 题