IX

Jenny Hawkins volvía á su casa, á las diez de la mañana, cargada de

flores que acababa de comprar en el mercado de _Covent-Garden_, y su

doncella le dijo al abrir la puerta:

--Un caballero espera en el salón á la señora.

--¿Quién es?

--Aquí tiene la señora su tarjeta.

Juana Hawkins cogió el cuadrado de cartulina y leyó: El conde Juan de

Sorege. Jenny no se tomó tiempo para quitarse el sombrero y el abrigo.

Dió el brazado de flores á la doncella, abrió la puerta del salón y

entró. Sentado cerca de la ventana, en aquella pieza amueblada de un

modo macizo y sin gracia, á la inglesa, Sorege se entretenía en mirar la

calle. Se volvió vivamente y al ver á la joven venir hacía él fresca,

sonriente y animada por su paseo matinal, dijo:

--El triunfo de anoche no ha fatigado á usted, según veo, pues se ha

levantado tan temprano...

Sorege le ofreció la mano, pero Jenny pareció no ver su movimiento y se

acercó á un espejo donde se quitó el sombrero y se arregló el cabello

mientras hablaba:

--¿Estaba usted en el teatro? La ópera fué muy bien... Novelli fué muy

aplaudido... y yo no poco.

La cantante se sentó cerca de Sorege en una silla baja, al lado de la

chimenea.

--Sí, estaba en el teatro y no era solo á devorar á usted con los ojos;

había otras personas que se interesaban igualmente por usted...

--¿Su prometida de usted y el buen Julio Harvey, sin duda? dijo Jenny en

tono irónico y con una viva mirada.

--Sí, ciertamente. Miss Harvey y su padre eran de los que más admiraban

á usted, dijo Sorege, aunque no fuera más que á título de compatriotas.

Pero no me refería precisamente á ellos, sino á dos antiguos conocidos;

Cristián de Tragomer y Marenval.

Las facciones de la cantante adquirieron gran dureza. Sus párpados, al

cubrir los hermosos ojos grises, proyectaron una sombra sobre la cara y

su boca se crispó.

--¿Acaban de llegar? preguntó.

--Llegaron ayer mañana. Venía á advertir á usted para que no se

sorprenda si se ve repentinamente en su presencia.

Jenny hizo un gesto de cansancio.

--Creía poder contar con más seguridad. ¡Siempre este cúmulo de

inquietudes y de recelos cuando creo haberlos alejado definitivamente.

--De usted depende, en efecto, asegurar su porvenir contra toda

investigación importuna, dijo con placidez Sorege. No tiene usted más

que representar su papel y hacer aquí lo que hizo en San Francisco, para

evitar todo peligro. Nada tiene usted que temer de Tragomer aquí, donde

es usted conocida de todos sus compañeros, de su director, del público y

de los americanos que la aplauden hace dos años. Todos afirmarían, si

fuera preciso, que es usted Jenny Hawkins. No hay más que un ser en el

mundo que no se dejaría engañar por su metamorfosis y cuya presencia no

podría usted afrontar sin peligro. Pero, ése no vendrá. Le hemos metido

vivo en una tumba tan segura como la que tendría estando muerto. Puede

usted, pues, vivir tranquila. Será preciso solamente que tenga usted la

energía que sabe demostrar cuando hace falta. Es usted, Lea, una

verdadera mujer, capaz de todas las generosidades y de todas las

infamias. Yo la adiviné y por eso la amo.

--No, Juan; si usted me amó fué porque yo amaba á Jacobo y usted le

odiaba, dijo la cantante con tristeza. Yo también conozco á usted y sé

que tiene un alma atroz. ¡Oh! Es usted hábil y sabe ocultar sus

verdaderos sentimientos. Yo he estado engañada durante mucho tiempo

creyendo en su adhesión y en su ternura, pero he acabado por ver claro

en su espíritu, á pesar de su doblez, y he encontrado en él la perfidia,

la envidia, la crueldad. Jacobo fué ciertamente muy indigno, muy

traidor, muy cobarde. ¿Pero qué decir de usted que aprovechó su

indignidad, su traición y su cobardía para arrastrarle á la perdición?

¡Quién sabe si no abusó usted de mi credulidad y no era el desgraciado

tan culpable como usted quiso probarme! Ahora, Sorege, desconfío de

usted, porque sé de lo que es capaz.

Los ojos de Sorege, ocultos según costumbre, se dirigieron claros y

penetrantes á Jenny, y la expresión de astuta dulzura que ofrecía su

cara desapareció de repente. El conde se irguió decidido y amenazador:

--¿Qué es eso? dijo con voz áspera. ¿Tenemos dudas? ¡Dios me perdone!

¿Acaso remordimientos? ¿Está usted loca? ¿Olvida usted en qué

condiciones intervine para sacarla del atolladero cuando la enloquecía

el terror? ¿Es que va usted á ser ingrata, querida? Eso sería una

debilidad y una gran imprudencia. No podemos evitar ciertos

inconvenientes--porque se trata de inconvenientes, no de peligros--más

que permaneciendo fuertemente unidos. Yo no la abandonaré, siempre que

usted misma no se haga traición. ¡Qué diablo! Yo creí que tenía usted

más estómago. ¿Es usted capaz de perder pie, como una francesa, en vez

de tenerse firme, como verdadera italiana? Las de aquel país saben odiar

y vengarse; tienen sangre en las venas. ¿Tan pronto ha olvidado usted lo

que hicieron Jacobo y la otra?

--¡No! no lo he olvidado. Si la memoria de mis sufrimientos no me

hubiera sostenido, no hubiera podido vivir... Y, sin embargo, he pasado

noches terribles teniendo ante los ojos el espantoso cuadro de aquella

mujer muerta...

Jenny dijo estas palabras en voz baja y, sin embargo, Sorege dirigió al

rededor una rápida mirada como para asegurarse de que nadie había podido

oir.

Con paso de gato fué á la puerta, la abrió silenciosamente, miró á la

pieza contigua para ver si estaba vacía y volvió con el mismo paso

felino hacia la joven.

--Se trata de no decir ni hacer tonterías, dijo con dulzura. Vamos á

ver, Lea, no tienes para qué atormentarte. Yo estoy aquí para defenderte

si hace falta. Si Tragomer te molesta yo me encargo de hacerle entrar en

razón. Ven aquí, no pienses más que en tus triunfos y ponme buena cara,

¡qué diablo! No nos vemos tan á menudo y bien sabes cuánto te amo...

Sorege cogió la mano de Jenny y besó sensualmente su puño delicado y su

fresco brazo. La joven le rechazó con dureza.

--¡Oh! Nada de hipocresías... ¿Olvida usted que va á casarse dentro de

unas semanas?

Sorege se echó á reir.

--¿Y qué prueba eso? ¿Vas á pretender que no te amo porque me caso con

esa mina de dollars que se llama miss Harvey? No hago sino un negocio,

hija mía; no puedes ignorarlo. Cuando me haya casado y sea muy rico,

olvidarás fácilmente el matrimonio para participar de la riqueza.

Jenny Hawkins permaneció un momento silenciosa y después dijo en tono

grave y resuelto:

--Escuche usted, Sorege. Ha llegado el momento de que nos expliquemos

francamente. Nos conocemos demasiado para tratar de engañarnos sin

ninguna utilidad. Usted me ha amado, es cierto, pero ¡qué amor tan

triste y tan vergonzoso! Yo he sucumbido á su voluntad y me he entregado

porque me tenía usted en un peligro de muerte. Ha sido usted feroz

conmigo. ¿Recuerda usted la primera noche que pasé en Boulogne cuando

huía á Inglaterra con el nombre de Juana Baud? Usted me amenazó, me

aterrorizó, y si alguna vez un hombre abusó de una mujer, ese hombre fué

usted, aquella noche... Me forzó usted gritándome: "Ó mía ó en la

cárcel". Si no hubiera cedido, hubiera usted sido capaz de ir á

denunciarme antes de que pudiera tomar el vapor. ¿No es verdad? Me

entregué rechinando los dientes de furor, con la cara inundada de

lágrimas de angustia y sublevada de asco y de odio, mientras que usted,

monstruo, parecía encantado por mis estremecimientos de espanto y de

cólera... Cuanto más le rechazaba, más enloquecido estaba usted por la

pasión. No parecía sino que era mi resistencia lo que usted apetecía y

que gozaba más de su victoria que de su amor.

Sorege respondió impasible, con los ojos medio cerrados y sonriendo

fríamente:

--Hay algo de verdad en lo que dices, pero exageras. Yo no soy un amante

vulgar, pero no soy un sádico ¡qué diablo! No me es indispensable oir

salir gritos de dolor de una bonita boca para gozar besándola. Me

permito solamente hacerte observar, querida Lea, que tu razonamiento

carece de sutilidad, pues me manifiestas tu intención de rehusarme toda

bondad al mismo tiempo que me demuestras que has comprendido la energía

diabólica de que soy capaz. Vamos, chiquita mía, coordina tus ideas. Si

yo soy un mozo tan terrible como acabas de decir, haces mal en

provocarme, pues debes estar segura de antemano de que te obligaré ó te

aniquilaré...

Ambos se miraron esta vez descaradamente como dos adversarios que miden

sus fuerzas. Pero Lea bajó los ojos la primera y, bien por cálculo, bien

por verdadera sumisión, respondió:

--No me amenace usted. Esto es, bien lo sabe, lo que soporto menos

fácilmente. Lo que me ha animado contra usted ha sido su brutalidad

primera. No desconozco los servicios que usted me ha prestado, pero

¿para qué recordármelos tan duramente? Si se propusiera incitarme á la

resistencia no obraría de otro modo, á no ser que su ferocidad le haga

acariciar como los tigres, con las uñas...

Lea sonreía, pero la risa temblaba en sus labios, y si Sorege hubiera

levantado los párpados no le hubiera gustado la sonrisa de aquella

mujer. Pero acaso la veía, pues tenía el tal extrañas facultades.

--Muy bien, amiga mía, dijo; veo que te vas calmando y haces bien. He

venido ahora para hablarte de los encuentros á que estás expuesta. Esta

noche vendré sin objeto aparente. Esta _Tavistock-Street_ es un sitio

muy bien escogido porque es céntrico y aislado. Reconozco en esto tu

tacto habitual...

Se levantó y tomó el sombrero como un visitante próximo á marcharse.

Pero en él el último momento era siempre el más importante y la última

frase la de más valor.

--¡Ah! Olvidaba decirte el principal objeto de mi visita... Master

Julio Harvey da una comida pasado mañana y quiere conseguir que cantes

en su casa.

Jenny Hawkins palideció y dijo con voz temblorosa:

--¿Quién encontraré allí? ¿Qué nueva emboscada me prepara usted? ¿Qué

atroz prueba quiere hacerme sufrir?

Sorege respondió tranquilamente:

--La última prueba. Después serás dueña de tu destino y no tendrás nada

que temer. Hasta podrás prescindir de mi si eso te agrada. Así habrás

probado á Tragomer y á Marenval que eres Jenny Hawkins y que nunca serás

para ellos sino Jenny Hawkins. ¿No vale la pena de arriesgar el golpe?

Sé firme y yo te probaré que soy el hombre que te he dejado suponer.

¿Vendrás? Tengo que dar una respuesta á mi suegro y sobre todo á mi

futura, que arde en deseos de conocerte. En su entusiasmo á la francesa,

pretende que eres asombrosa... Asómbrala más de lo que espera, querida

amiga, y harás acto de justicia.

Sorege reía y Lea estaba asombrada de su audacia. Pero eso mismo le

inspiró confianza.

--Está bien, dijo. Iré.

--Perfectamente. Voy de paso á encargar el brazalete que master Harvey

te va á ofrecer. Mi hombre es galante, aunque pastor, y se permite

gastar quinientas libras en adornar con perlas el brazo de Jenny

Hawkins. Hasta la noche, pues.

Atrajo á sí la cantante, le dió un beso fraternal en la frente y salió

silenciosamente con su paso misterioso. Cuando desapareció, Lea se dejó

caer desesperada en una butaca.

--¡Qué suplicio! He pagado bien cara mi salvación al precio de esta

esclavitud...

Apoyó la cara en la mano y se puso á reflexionar dolorosamente. Cuando

la doncella fué á anunciar que el almuerzo estaba dispuesto, la encontró

en el mismo sitio, con la mirada fija y la boca contraída, repasando en

la memoria sus tristes recuerdos.

Á la misma hora dos señoras enlutadas y envueltas en largos velos

bajaron de un coche y, no sin inquietud, echaron en derredor una mirada.

Una actividad ruidosa reinaba en el muelle del Támesis, lleno de

trabajadores ocupados en descargar los _steamers_ alineados á lo largo

del puerto. El río arrastraba sus olas amarillentas entre las carenas

negras de los navíos y por el puente de Londres rodaban en incesante

desfile los coches y los ómnibus. En lo alto de la ribera se levantaba

la Torre alta y misteriosa y la entrada de los _docks_ De Santa Catalina

mostraba su amontonamiento de mercancías.

Amarrado cerca del muelle un yate, enano rodeado de gigantes, elevaba su

pabellón tricolor entre las banderas azules de Inglaterra. La de más

edad de las dos damas mostró á la otra el yate:

--Ahí está _Magic_, dijo; descendamos al muelle.

Por una escalera de piedra bajaron hasta la orilla y pasando entre los

obreros, los corredores, los marineros y los mendigos, se dirigieron

hacia el tablón que unía el yate con el muelle. Al aproximarse, un joven

alto y moreno apareció en la borda y salió á su encuentro.

--Aquí está el señor de Tragomer dijo la más joven levantándose el velo

como con prisa de ver mejor.

María de Freneuse apareció entonces y sosteniendo á su madre, que

temblaba de emoción, le ayudó á subir los escalones que conducían al

puente.

--Bien venidas, señoras, dijo Cristián descubriéndose. Se espera aquí

con febril impaciencia su llegada...

María levantó los ojos hacia Cristián, como para asegurarse de que esas

palabras no significaban más de lo que decían, y vió la hermosa cara del

joven ennegrecida por el viento del mar y por el sol de los trópicos y

con una expresión radiante de triunfo.

--¿Está ahí? preguntó la joven.

--En el salón.

María le ofreció la mano al llegar á la escalera, no se sabe si para que

se la besara ó para apoyarse al bajar, pero ello fué que Cristián sintió

por primera vez la alegría de que se le entregase aquella mano que

durante dos años le había rechazado tan duramente.

--Venga usted, madre mía, dijo la joven precediendo á la anciana.

Entraron en la semioscuridad del puente. Se abrió una puerta, se oyó un

grito ahogado y enfrente de ellas, tal como lo conocían cuando era

dichoso, bello, joven y sonriente, apareció Jacobo tendiéndolas los

brazos. La señora de Freneuse, pálida como una muerta, permaneció un

instante inmóvil, devorando con los ojos á aquel hijo á quien creyó no

volver á ver; estalló después en sollozos y ocultó el rostro con las

manos como si temiera que se disipase aquella visión deliciosa. Se

sintió transportada más bien que conducida á un sillón y cuando abrió

los ojos encontró á su hijo de rodillas que la miraba llorando.

--¡Oh! querido hijo ¿eres tú? balbució la pobre mujer. ¿Es posible que

seas tú? Dios ha hecho por nosotros un milagro.

--Sí, querida madre, dijo gravemente Jacobo, pero nuestros fieles amigos

lo han ejecutado. Les debemos mucho, porque no sólo han salvado mi vida,

sino el honor de nuestro nombre.

--¿Cómo pagarles jamás?

--¡Oh! no hablemos de eso. El agradecimiento es dulce cuando se dirige á

corazones nobles y querer pagar es privarse de un goce muy grande. Pero

tranquilícese usted. Nuestra deuda es de las que se pagan cómodamente,

al menos en lo que se refiere á uno de mis salvadores...

María se ruborizó á estas palabras de su hermano, pero no apartó los

ojos de Tragomer y dibujó en sus labios una sonrisa. Volvió en seguida á

Jacobo á quién no se cansaba de ver, de tocar y de besar. Marenval,

apoyado en la pared de la cámara presenciaba esta escena conmovedora sin

tratar de contener su enternecimiento. Estaba esperando hacía dos meses

el momento de poner á Jacobo en los brazos de su madre y se prometía

goces deliciosos. Con frecuencia decía á Tragomer: "¡Será una escena

extraordinaria!" Después tuvo que confesar que él, Marenval, un perro

viejo de la vida parisiense, gastado y escéptico, se había emocionado

más de lo que esperaba y había llorado como un majadero. Se inclinó al

oído de Marenval y le dijo:

--Dejémoslos juntos. Volveremos dentro de un instante. Me escuecen los

ojos y necesito tomar el aire.

Salieron sin que las dos mujeres, en su egoísta alegría, advirtiesen

siquiera su ausencia. Estaban ocupadas en indemnizarse de toda la

ternura de que habían estado privadas dos años.

--¿Estás seguro, querido hijo, de que no corres aquí ningún peligro?

--No, á condición de no dejarme ver. Si mis enemigos sospechasen mi

presencia podrían denunciarme. Pero esta situación no se prolongará.

Dentro de unos días no tendremos que tomar precauciones para vernos.

--¡Qué delgado estás y qué pálido!

Pues he mejorado mucho desde hace dos meses... Ahora tengo pelo y

bigote al menos... Si me hubierais visto cuando me escapé, os hubiera

dado lástima...

--¡Tanto habrás sufrido!

--Sí, madre mía, pero he sufrido útilmente. Encerrado en aquella tumba

con la certidumbre de no salir jamás de ella, he reflexionado, he

examinado mi vida pasada y la he juzgada con severidad. Así he llegado á

pensar que estaba pagando, con dureza, acaso, pero muy justamente, las

faltas que había cometido. Un último favor del destino colocó á mi lado

un sacerdote excelente, el capellán del presidio, que se interesó por mi

desgracia al verme tan diferente de mis compañeros de expiación. Se

dedicó á conducirme al bien y de sublevado y furioso, me convirtió en

dulce y resignado. Despertó en mi alma las creencias de la infancia y me

mostró el cielo como supremo recurso y la oración como único consuelo.

Si durante aquellos largos días, dedicados á un trabajo grosero y

repugnante, y aquellas interminables noches ardientes y febriles, no

hubiera tenido la idea de Dios para calmar mi espíritu, me hubiera

vuelto loco ó me hubiera matado. Había tomado esa resolución al llegar,

después de pasar sesenta y cinco días encerrado en una jaula con la

escoria del género humano, sin oir más que palabras infames, cantos

obscenos y proyectos de venganza y viviendo ante la boca de un cañón

cargado de metralla. La existencia me pareció imposible de soportar y

me propuse escapar de ella dándome muerte.

--¡Desgraciado niño! gimió la señora de Freneuse poniendo sus

temblorosas manos sobre la cabeza de su hijo... ¡Un suicidio!...

--¡Oh! no, madre mía; hubiera sido inútil. Desde el primer día mis

compañeros me tomaron odio. Me llamaban aristócrata y niño mimado. Hay

una jerarquía hasta entre esa gente abyecta, y los más infames son los

más respetados. Al verme tan diferente de ellos, me tomaron por un espía

y un día en que el vigilante se ausentó por unos instantes del campo en

que trabajábamos penosamente al sol, se arrojaron en grupo sobre mí. Su

plan era muy sencillo. Estábamos arrastrando por el camino un enorme

rodillo para aplastar la piedra y decidieron echarme delante de aquella

pesada masa y pasarla por encima de mí. De este modo se trataba de un

simple accidente; me había faltado el pie y el rodillo, no pudiendo ser

detenido repentinamente, me había aplastado...

--¡Qué monstruos!

--Sí, madre mía. Así lo pensaba yo al verme cogido y sujeto en tierra y

al oírles animarse con risas espantosas á tirar del rodillo para

triturarme... No tenía más que dejarlos hacer y, según mis deseos,

estaba libre de la vida... Pero no sé qué instinto de conservación me

sublevó contra el acto feroz de aquellos hombres y en un instante, en

lugar de sufrir mi último suplicio, me defendí energéticamente. Estaba

yo todavía vigoroso, á pesar de las privaciones sufridas, y de un

empujón derribé por tierra á dos de mis verdugos. Los demás, asombrados

por mi resistencia, se echaron de nuevo sobre mí, pero de un golpe con

mi cadena eché al suelo otro... Á sus gritos y al ruido de la lucha

acudió el vigilante, que se dió cuenta de una ojeada de lo que había

sucedido y empuñó el revólver... Todo entró en orden, pero al día

siguiente el director me sacó del medio espantoso en que vivía y me

colocó en las oficinas del presidio... Allí tuve, si no más libertad,

el derecho al menos de sufrir solo, de llorar sin excitar la risa y de

rezar sin ser insultado. Entonces fué cuando mis ideas cambiaron poco á

poco y en el silencio de mi vida claustral me convertí en otro hombre.

Todo lo que más había amado en el mundo, el placer, el lujo, las

vanidades humanas, me parecieron miserias y vi claramente la perniciosa

inutilidad de la existencia que había realizado. Pensé que en la vida

había algo más que hacer que buscar el goce y que había otros hombres

que en los talleres, en las canteras, en las minas, pasaban sus días en

un trabajo penoso para ganar lo necesario y, sin embargo, no habían

merecido ser tan desgraciados. Con un poco de aquel dinero que yo

derrochaba en otro tiempo hubiera sido fácil aligerar un tanto el peso

de su miseria y hacerlos felices. Resolví entonces, si alguna vez salía

de mi prisión, consagrarme á los desgraciados en recuerdo de lo que yo

había sufrido. Confié mis pensamientos á un sacerdote admirable, que se

había encerrado voluntariamente entre criminales para moralizarlos y

salvarlos, y aquel hombre me animó, me tomó afición y se convenció de mi

inocencia. Aquel fué, querida madre, un gran alivio para mí. Cuando oí

por primera vez de una boca humana estas palabras: "Creo que no es usted

culpable," me pareció que Dios me perdonaba por medio de su

representante en la tierra y quedé penetrado de reconocimiento. Entonces

hice á ese Dios de dulzura y de confianza el voto de darme á él.

--¡Qué! Jacobo, ¿quieres?...

--Hacerme sacerdote, sí, madre mía. Al mismo tiempo que un acto de

arrepentimiento lo será de cordura. No nos engañemos; aun cuando haga

triunfar la verdad y pruebe mi inocencia, siempre estaré marcado por una

nota infamante. Una mancha como la que yo he recibido no se lava jamás

por completo. Las caras de mis amigos permanecerán frías y las manos se

me tenderán con vacilación. Á cada momento tendré que observar que si se

me acoge es por tolerancia y que las simpatías que se me demuestren son

forzadas. Será, pues, más digno retirarme de una sociedad que no estaría

abierta para mí más que por caridad. Si mis convicciones no me

impusieran el retirarme del mundo, me lo aconsejaría mi orgullo.

Permaneceré cerca de vosotras para haceros olvidar la penas que os he

causado y emplearé mi vida entera en pagaros mi deuda de ternura. Y

quién sabe si comparando lo que seré con lo que he sido, llegaréis á

pensar que la providencia aparentó perderme para salvarme mejor.

--¡Oh! no, hijo mío; por muy dulces que sean para mí tus promesas, jamás

recordaré sin estremecerme la horrible pesadilla de estos últimos años.

Mira mi semblante ajado, mi pelo blanco y mis manos temblorosas. He

envejecido veinte años en veinticuatro meses hasta parecer una

septuagenaria. ¿Había yo, acaso, cometido grandes pecados para recibir

tan duro castigo? Porque la expiación que tú aceptas se ha hecho

extensiva á tu madre y á tu hermana, y esto no es justo.

La cara de Jacobo se contrajo y su mirada se puso triste.

--Sí; por eso he de ser severo para los que me han perseguido con su

odio. Me extraviaba, madre mía, cuando hablé de misericordia, de dulzura

y de caridad. Todavía no ha llegado para mí la hora de la indulgencia;

tengo antes que condenar y que castigar...

--¿Estás seguro de lograrlo?

--Los culpables no pueden escapar; los tengo en mis manos. Me basta

presentarme para confundirlos. Su única seguridad consiste en el

convencimiento de que no volveré más. Pero si conozco sus crímenes, no

sé las razones que tuvieron para cometerlos. Mi justificación está sobre

todo en eso. Necesito probar, no sólo que he sido condenado

injustamente, sino quién fué el culpable y por qué lo fué. Á ese fin

consagraré mis últimas energías de hombre; después no quiero ser sino

indulgencia y mansedumbre.

--De modo, dijo la señora de Freneuse, que esa desgraciada mujer por

quien hiciste tantas locuras y á la que pretendían que habías matado,

está viva...

--Vive y está en Londres. Anoche cantó en _Covent-Garden_ y asistí á la

representación con mis amigos. En un palco oscuro y con la cara pintada

como un actor para que nadie me reconociese, pasé la velada en presencia

de Lea Peralli. Tragomer no se había equivocado; es ella... Pero se

conoce en su cara la huella de los remordimientos. Á despecho de su

belleza, siempre brillante, esa mujer sufre, estoy seguro. No sé qué

vértigo la arrebató en el momento de cometer la acción atroz de que yo

he sido responsable, pero estoy cierto de que la deplora y acaso esté

dispuesta á repararla. Dentro de poco sabré á qué atenerme, pues es

preciso que intente cerca de ella un paso decisivo, del que dependerá el

éxito de nuestra empresa.

--¿No podría haber otra influencia que la tuya para convencer á esa

mujer? dijo María. ¿No será accesible á la piedad? Si yo fuese á verla

para suplicarla...

--No; es imposible. Sería ponerles en guardia sin obtener ningún

resultado. Comprendo, querida María, que tienes miedo por mí y que

quieres impedirme que me exponga. Temes que enloquecida al verme, Lea

será capaz de armar escándalo, de llamar y de hacerme prender... No

temas nada. Es una mujer demasiado inteligente para recurrir á medios

tan vulgares. La discusión entre los dos tendrá un carácter muy

distinto. No temo ninguna traición ni ningún golpe de fuerza. Menos

seguro estaría si tuviera que habérmelas con mi excelente amigo

Sorege...

--¡Ah! miserable...

--Sí, muy miserable... Ese merece todo nuestro odio y todo nuestro

desprecio. ¡Pero paciencia! Esperemos á saber exactamente qué papel ha

desempeñado en el drama y yo respondo de que será castigado por todo lo

que nos ha hecho sufrir.

La fisonomía de Jacobo se puso sonriente y el joven se sentó entre su

madre y su hermana.

--Pero bastante hemos hablado de esas atrocidades y de sus autores.

Purifiquemos nuestro pensamiento y dulcifiquemos nuestro corazón.

Decidme lo que hacéis y cómo estáis instaladas en Londres. No quiero que

viváis ya tristes y encerradas; se acabaron los trajes negros y los

velos sombríos. María es una muchacha y parece una abuela. ¿Acaso su

corazón permanecerá siempre sumido en la tristeza y no se abrirá á más

dulces sensibilidades?

María se ruborizó y volvió los ojos.

--Tragomer me ha confiado sus intenciones. Sé cuál fué su proceder, pero

también conozco cuánta fué tu severidad. Cristián ha reparado un momento

de abandono con muchos meses de perseverancia y si estoy ahora entre

vosotras, á el se lo debemos, no hay que olvidarlo. Nunca sabréis, pues

yo mismo lo ignoro, los prodigios de inteligencia y de valor que ha

tenido que hacer para llegar á libertarme. Os diré lo poco que sé y esto

bastará para llenaros de admiración y de reconocimiento hacia mis dos

salvadores: Marenval y Cristián. Marenval creo que encontrará la

recompensa en su misma satisfacción. Se ha conducido como un héroe y

este convencimiento basta para hacerle feliz. Pero ¿y Cristián? ¿Cómo

pagarle si María no se encarga de esta deuda?

La señorita de Freneuse miró á su hermano y dijo con admirable sonrisa:

--Yo sabía que podría recompensarle de todo lo que iba á arriesgar por

nosotros y él también estaba seguro de que tendría en cuenta su

fidelidad. No le hago, sin embargo, la injuria de pensar que lo ha hecho

solamente para satisfacerme; creo que en su sacrificio ha entrado la

amistad en igual proporción que el amor... Pero podéis estar

tranquilos; yo me encargo de ese vencimiento...

--¿Puedo llamarle? Sería justo decirle algunas palabras de esperanza...

María asintió con un movimiento de cabeza, Jacobo tocó un timbre

eléctrico, al que no acudió el camarero, sino los patrones del yate,

Marenval y Tragomer. María, de pie en el salón, un poco pálida bajo la

cruda claridad de los tragaluces orlados de cobre, veía llegar á

Cristián. ¿Le había amado antes de rechazarlo tan duramente? Aquella

altiva y grave joven no era de las que dicen ligeramente los secretos de

su corazón. En aquel momento miraba fijamente á Tragomer, que con su

busto de gigante y sus brazos de Hércules, temblaba de emoción.

--Quería, precisamente, hablar con usted, señor de Tragomer, dijo María

con acento firme. Hace seis meses, cuando usted partió, me tendió la

mano y yo le di la mía. Por parte de usted, aquello fué pedirme que

olvidase sus agravios, y por la mía consentir. Acaso no era eso todo lo

que usted deseaba, pero yo no podía conceder más. Después ha adquirido

usted grandes derechos á nuestra gratitud y mi hermano asegura que yo

sola puedo recompensar como conviene la afectuosa adhesión que usted le

ha demostrado. Yo no soy de las que se muestran ingratas y penetrada de

agradecimiento hacia usted, estoy dispuesta á darle la prueba que me

pida.

Los ojos de Tragomer se turbaron, temblaron sus labios, quiso hablar y

no pudo. Alargó tímidamente la mano y permananeció inmóvil y mudo, con

el pecho agitado por una emoción indescriptible. María le ofreció su

mano delicada y dijo dulcemente:

--¿Quiere usted que le dé ahora la mano que usted me pedía antes de su

viaje?

Tragomer la cogió, la estrechó con efusión y llevándosela á los labios,

se inclinó como delante de un ídolo y contestó:

--¡Sí, para siempre!

--Es de usted. Pero recuerde que no se unirá á la suya sino cuando el

nombre de la que se la concede esté lavado de toda mancha. Seré su

mujer, Cristián, cuando pueda usted casarse conmigo con la aprobación de

todo el mundo.

--Esté usted tranquila, María, y usted también, señora; ese momento no

se hará esperar.

Todos eran felices y Marenval saltaba de gozo, atribuyéndose toda

aquella alegría. El tiempo pasaba rápido y ya declinaba la tarde cuando

la madre y la hija se decidieron á dejar á Jacobo. Al bajar del yate se

cruzaron con un hombre de cara distinguida y que por su aspecto parecía

francés. El desconocido se detuvo para dejarlas pasar, saludó y se entró

por el tablón al navío. Sin duda lo esperaban allí, porque Marenval, que

se estaba paseando por el puente, le salió al encuentro y dándole un

vigoroso apretón de manos, le dijo:

--Por aquí, mi querido magistrado.

--¡Silencio! dijo el visitante sonriendo; nada de nombres ni de cargos,

amigo, si á usted le parece.

Y siguiendo á su guía, bajó á la cámara. Era Pedro de Vesín, que sin

duda no iba por primera vez al _Magic_, pues conocía perfectamente el

camino. En un saloncillo de fumar situado en la popa, cerca del comedor,

encontró á Tragomer y á Jacobo, les estrechó la mano y dijo sentándose:

--Acabo de encontrar á su madre de usted y á su hermana. ¡Parecían

encantadas, las pobres señoras! Ya era tiempo de que se aclarase su

horizonte... Pero los negocios están en buen camino y traigo á ustedes

noticias que les satisfarán. El comisario especial encargado de vigilar

á Jenny Hawkins ha llegado y se ha puesto en relación con M. Melville,

el jefe de la policía inglesa, un hombre de primer orden que va á tomar

por su cuenta la dirección de las operaciones. La demanda de proceso

contra Jenny no está muy adelantada... Si consideramos á la cantante

como americana es sumamente difícil detenerla en Inglaterra por un

crimen cometido en Francia y por el cual se ha dado ya sentencia. Si le

devolvemos su verdadero nombre de Lea Peralli, se convierte en italiana

y esto es otra complicación. Si estuviera en Francia todo sería fácil;

un mandamiento de arresto y asunto terminado. Pero en este diablo de

Inglaterra estas cosas son mas incómodas... No hay país donde la

libertad tenga más garantías... La cosa llega hasta la licencia...

Esta es la tierra de promisión para los malvados.

--¿Qué va entonces á hacer ese comisario? preguntó Tragomer.

--Vigilar estrechamente á la cantante y á Sorege y estar pronto á

intervenir, si llega el caso. De todos modos nos informará

minuciosamente de lo que hagan vuestros adversarios. Yo estoy en

vacaciones y no intervengo en este asunto más que como particular; un

amigo vuestro y nada más. He dejado en París mi título y mis funciones.

El ministro de la Justicia, á quien fui á visitar con el fiscal del

Tribunal supremo, se interesa prodigiosamente en este asunto. Es un

ardiente liberal á quien gustaría que en su tiempo ocurriese la

reparación de una gran injusticia. Nos han fastidiado mucho, desde hace

algún tiempo, con las revisiones aventuradas y estamos encantados de

intentar una ventajosa. Así verá el mundo entero que nos anima el puro

amor de la verdad y de la justicia. Esto es lo que ha dicho el jefe, é

inmediatamente se ha puesto de acuerdo con la policía para que todo se

haga rápida y silenciosamente.

--¿Y qué ha dicho el ministro de nuestra expedición á Numea? preguntó

Marenval frotándose las manos.

--Eso, querido amigo, es lo que se llama un caso reservado y no se ha

hablado de él. El informe sobre la evasión ha llegado á París, pero es

imposible deducir cargo alguno contra ustedes. Las precauciones tomadas

por Tragomer para disfrazar su identidad han engañado á la

administración. Según el gobernador fué un barco inglés el que dió el

golpe y se fué después á la Australia á todo vapor. Si ustedes no se

jactan de su hazaña, están á cubierto de toda responsabilidad. Una vez

que tengamos en nuestras manos las pruebas de la inocencia del señor de

Freneuse, bastará que se constituya preso para que las cosas sigan su

curso regular. Pero ahí está el punto capital; esas pruebas es preciso

que sean materiales y todo depende de que podamos producirlas. Si no

pueden ustedes obtener la confesión del verdadero culpable, la situación

del señor Freneuse será muy grave y tendrá que tomar el camino de la

América del Sur para vivir libre de persecuciones. La verdad es que

nunca he visto asunto tan difícil ni tan peligroso. Todo es en él

irregular y las leyes resultan lamentablemente pisoteadas. Confieso, sin

embargo, que era imposible salir de otro modo.

--¿Desde que está usted en Londres, ha visto á Sorege? preguntó

Tragomer.

--Comí ayer con él en casa de Harvey. Se habló de usted y con magnífica

impudencia, le estuvo elogiando.

--Paciencia; no me elogiará siempre. Esta es una cuenta pendiente entre

los dos, que yo me reservo. Quiero decirle de una vez para siempre lo

que pienso de su carácter y de sus perfidias. Si no resulta tan

comprometido en compañía de Jenny Hawkins, que tengamos que dejarle

arreglárselas con el comisario.

Pedro de Vesín movió la cabeza.

--¡Ah! el mozo es muy fuerte para que pueda usted reducirle tan

fácilmente. Está metido en una partida de tal índole, que se defenderá

con furor. Piense usted que se trata para él de ser ó de no ser, como

dice muy bien sir Enrique Irving. Si triunfa, tiene los millones de

Julio Harvey, sin contar el gusto de haberse burlado de nosotros. Si

fracasa... ¡Ah! amigos míos, entonces será peligroso. El tigre

acorralado, seguro de su pérdida, querrá hacer algunas víctimas...

¡Cuidado con él en ese momento!

--Yo he matado tigres, dijo tranquilamente Tragomer, y la cosa no es tan

terrible... Usted no hace justicia á Sorege; es infinitamente más

terrible.

Jacobo había asistido á todo este diálogo sin pronunciar ni una palabra

y como absorto en sus reflexiones. Se hubiera podido creer que no oía.

Pareció, sin embargo, escuchar con interés las últimas palabras de

Cristián, pues dijo, poniendo suavemente la mano en el brazo de su

amigo:

--Nadie tiene derecho de disponer de Sorege sin mi consentimiento. No

pertenece á nadie más que á mi y no pienso abandonarlo ni aun á la

justicia. Tendré la piedad suprema, que él no tuvo conmigo, de

sustraerlo á la vergüenza. Si su infamia ha sido tal como la sospecha

Tragomer, me reservo el derecho de juzgarle y de castigarle.

Tragomer bajó la cabeza.

--Es justo, dijo, y nada tengo que contestar.

--En cuanto á Lea Peralli, continuó Jacobo, no esperaréis mucho tiempo

sin saber á qué ateneros. Mañana mismo tendremos una solución.

Vesín y Marenval se levantaron.

--¿Viene usted á comer conmigo? dijo el magistrado á su pariente.

--Sí, voy á vestirme y me voy con usted. Dejaremos á estos jóvenes

hacerse sus confidencias.

--¿Á dónde van ustedes? preguntó Tragomer.

--Al _Savoy_. Es donde se come mejor.

--Y más caro.

--No comerán ustedes mejor que á bordo.

--Es posible, dijo el fiscal riendo; pero no olvide usted que,

moralmente, los jueces no deben comer en la misma mesa que los

procesados.

--Hasta mañana, pues.

--Hasta mañana en casa de Julio Harvey.

X

Julio Harvey habitaba un hermoso hotel en _Grosvenor-Square_. Tenía casa

puesta en Londres como en París y todos los años su hija le llevaba dos

meses á Inglaterra. Uno ó dos de los hijos de Harvey se decidían con

frecuencia á ir á ver á su padre á Londres, pues en Inglaterra se

encontraban más en su centro que en Francia, cuyas costumbres, ideas y

gustos les resultaban insufribles. Aquellos robustos jóvenes se ahogaban

en los estrechos límites de las conveniencias sociales y muy á menudo

sentían deseos de quitarse el frac en plena reunión y de meterse la

corbata blanca en el bolsillo. La vida al aire libre de los ingleses les

ofrecía un atractivo que compensaba las tristezas de los salones.

Al salir de una comida ó de una representación se embarcaban en el

Támesis ó recorrían cincuenta leguas en ferrocarril para ir á cazar

zorros y volvían frescos y contentos cuando habían roto algunos remos ó

reventado algún caballo. Su padre les envidiaba, pero él estaba

severamente sujeto por miss Harvey, que no lo dejaba hacer todo lo que

quería.

La sociedad americana de Londres, tan favorablemente acogida por la

_gentry_ como la de París por el gran mundo, rivaliza en lujo con las

familias más aristocráticas de Inglaterra y tira el dinero por la

ventana con más fastuoso abandono todavía que en París. No parece sino

que esos advenedizos de la fortuna, que apenas cuentan un siglo de vida

nacional, quieren asombrar al viejo mundo con la exhibición de su

extraordinaria vitalidad. Los ingleses, aun envidiando esa expansión de

fuerzas y esa potencia un poco insolente, no pueden evitar cierta

predilección hacia aquellos hijos ingratos que se emanciparon de su

madre. No olvidan que corre por sus venas la misma sangre y como abuelos

indulgentes se sonríen ante las travesuras americanas, hasta el día en

que comprendan, con su sentido práctico, que tienen interés en

fomentarlas. Entonces la alianza anglo-sajona será un hecho en ambos

mundos, y el águila norte americana y el león inglés harán sus rapiñas

de concierto.

Por el momento sus relaciones se limitan á veladas y comidas entre

millonarios, preludios de bodas que cruzan la sangre de los nobles de la

conquista con la de los ganaderos de puercos y explotadores de minas. La

estadística de los matrimonios por los cuales las _misses_ de Chicago,

de Nueva-York ó de Filadelfia han entrado en las más ilustres casas

inglesas, es muy curiosa. Se ve en ella que la Inglaterra ha recogido

más de cien millones de dollars en forma de dotes. Y los periódicos del

nuevo mundo, en competencia con las agencias matrimoniales, facilitan

las transacciones publicando la lista de las jóvenes disponibles en los

Estados Unidos, con la cifra de sus capitales.

Cuando la industria conyugal se exhibe de ese modo, se facilita

singularmente el cambio de buenas relaciones entre los países

productores de maridos y las regiones cultivadoras de mujeres.

La familia Harvey tenía, pues, un pie en Francia y el otro en

Inglaterra, pero Francia triunfaba, puesto que el conde de Sorege había

sido admitido como futuro esposo. Sin embargo, desde que Tragomer llegó

á bordo del _Magic_ y se presentó en casa del ganadero, parecía que el

prestigio de Sorege había disminuído. Los dos hermanos más jóvenes,

Felipe y Edward, estaban en aquel momento en Londres, y su entusiasmo

por la fuerte complexión de Cristián fué muy significativa. El _cow-boy_

Felipe declaró sin ambages á su hermana que hubiera debido escoger al

noble bretón.

--Ese, decía, es de los nuestros. Monta á caballo como el viejo Pew, que

nos ha educado; es incansable andando; maneja la carabina y el cuchillo;

ha pescado en los grandes lagos... ¿Por qué, con tu dinero, no has

encontrado un muchacho vigoroso como el conde Cristián, en lugar de

buscarte ese bicho de Sorege? Puesto que Julio Harvey y Cª. pagan el

dote que tu quieres, debías haber escogido lo mejor.

--Pero, Felipe, había respondido miss Maud, lo mejor en las praderas no

es lo mejor en los salones. Estando yo decidida á vivir en Europa, es

acaso preferible que sea la mujer de un hombre tranquilo que de un

torbellino, como tú y los demás hermanos.

--Como es para ti, es justo que sigas tu capricho, añadió Edward; pero

si piensas en tu descendencia, tienes más interés en casarte con un

hombre robusto que con un alfeñique. En fin, allá tú.

--Además, dijo la joven, nada prueba que el señor de Tragomer me hubiera

querido; y, según él mismo me ha dicho, su corazón no está libre.

--¡_All right_! Entonces, no hay más que hablar.

La preferencia de sus hermanos por el sencillo, altivo y rudo Cristián,

influyó seguramente en miss Maud, pues desde que, una semana antes,

llegó el _Magic_, fué á visitarle dos veces é invitó á Cristián y

Marenval á comer en casa de su padre. Además, casi todas las mañanas

encontraba á los dos franceses en _Hyde-Parck_, donde se paseaba á

caballo con sus hermanos y al paso, lo que ponía á aquellos dos

centauros en un estado de abatimiento lamentable. Pero se indemnizaban

después con una buena partida de _cricket_, en la que Tragomer manejaba

el mazo con un vigor que había contribuído no poco á conquistarle el

favor de los hermanos de Maud.

El día anterior al en que las señoras de Freneuse estuvieron en el yate,

Marenval y Tragomer estaban dando su paseo ordinario, cuando en la

orilla de la Serpentina encontraron á miss Maud que iba á pie, seguida

de un lacayo y de su coche.

--¿Dónde están sus hermanos de usted, miss Maud? preguntó Cristián.

--En el círculo de los Arqueros, donde según parece hay una apuesta de

las más interesantes. Paseemos juntos.

--Con mucho gusto.

Se colocaron á uno y otro lado de la joven y tomaron su paso. Después de

un momento de silencio, Cristián dijo con voz discreta:

--¿Se acuerda usted, miss Maud, de una conversación que tuvimos hace

seis meses, el día en que tuve el honor de ser presentado?

--Sí, perfectamente, y he pensado después en ella con un particular

interés. Se trataba de su antiguo amigo Jacobo de Freneuse y lo que

usted me contó me impresionó vivamente. Estaba usted tan seguro de la

inocencia de ese desgraciado, que muchas veces me he preguntado qué se

podría hacer en su favor.

--Bien claramente lo dijo usted aquella noche, continuó Cristián

sonriendo. Y hasta me maltrató usted un poco porque no intentaba nada en

favor de mi amigo. Yo, exclamó usted, si un hermano mío hubiera sido

condenado injustamente, no me detendría ante nada para libertarle. El

mismo Sorege bromeó agradablemente sobre esto, sin lograr que usted se

calmara, tan enfadada estaba usted conmigo. Por fortuna se calmó después

y nuestra amistad no ha sufrido por aquella primera impresión.

Miss Harvey miró fijamente á Cristián.

--¿Por qué vuelve usted sobro ese asunto, puesto que no le fué

favorable? Conozco á usted ya lo bastante para creer que lo hace por

algo. ¿Hay alguna novedad sobre Freneuse? ¿Acaso ha adquirido usted la

prueba de su inocencia?

Tragomer siguió andando, con la cabeza inclinada y sin mirar á la joven.

--¿Se puede hablar con usted en confianza? miss Harvey. ¿Las mujeres de

su país saben ser discretas cuando se les pide que lo sean? Eso les

daría una gran superioridad sobre las mujeres de Europa, que son

incapaces de resistir al deseo de hablar y dejarían cortar la cabeza á

su mejor amigo con tal de soltar lo que tienen en la punta de la lengua.

--Las mujeres de América, en ese punto, somos hombres, dijo miss Harvey.

Puede usted confiarles un secreto, seguro de que se dejarán matar antes

que revelarlo. Somos aún medio salvajes y tenemos los defectos y las

virtudes de tales.

--Pues bien, entonces tendré confianza en usted y le contaré la mitad de

mis proyectos... Veo en la cara de Marenval que me quisiera ver más

reservado, pero, ¡que diablo! yo me arriesgo...

--Arriésguese usted, querido amigo, dijo Marenval, pero empiece por

advertir á miss Harvey las consecuencias que puede tener nuestra empresa

para cierta persona que le toca muy de cerca...

Maud se detuvo bruscamente y palideció.

--¿Se refiere usted al señor de Sorege?

Tragomer movió la cabeza.

--Marenval ha hecho bien de plantear en seguida la cuestión como debe

ser planteada. Ya ve usted, miss Harvey, como á la primera palabra se ha

turbado, y qué peligroso es poner en conflicto su sinceridad con su

interés.

Las mejillas de la joven americana se tiñeron de rojo. Echó á andar y

dijo en tono decidido:

--¿Luego es cierto que Sorege está metido en el asunto en cuestión? Pues

no crean ustedes que mi carácter me consiente ilusionarme en lo que le

concierne. ¿Qué mujer sería yo si pudiendo saber la verdad respecto del

hombre cuyo nombre debo llevar, rehusase el conocerla? Si ha cometido

una mala acción, ¿la habría cometido menos porque yo me case con él?

Taparme los ojos para no ver sería imitar al avestruz, que esconde la

cabeza creyendo evitar el peligro. El señor de Sorege no tiene fortuna,

no es un genio, no posee una instrucción excepcional; no tiene más que

su nombre. Si ese nombre no está sin mancha, no le quiero por nada del

mundo.

El golpe fué seco y duro como un latigazo. No se podía dudar de la buena

fe de la joven, en cuyos ojos brillaba la franqueza.

--Pues bien, va usted á oir la verdad puesto que quiere saberla. En

lugar de irnos á pasear por las costas de Egipto y de Siria, Marenval y

yo hemos atravesado el istmo de Suez y por el mar de las Indias y

Batavia llegado á la Nueva Caledonia. Con nombre y documentos falsos he

bajado á tierra, he visto á Jacobo de Freneuse y el día siguiente,

Marenval y yo, después de una espantosa escaramuza, le hemos arrebatado

á viva fuerza.

--¿Es posible? exclamó miss Harvey entusiasmada. ¡Marenval y usted! ¡Dos

franceses, dos hombres del gran mundo, han hecho eso! ¡Oh! Si Felipe y

Edward lo supieran, perderían la cabeza...

--¡Silencio! Precisamente es necesario que no lo sepan, interrumpió muy

bajo Tragomer.

--¿Entonces, han traído ustedes á ese pobre muchacho?

--Está á bordo de nuestro barco.

--¿En el Támesis?

--Delante de los Docks. Su madre y su hermana van á verle mañana mismo;

para ello han llegado ocultamente á Londres, pues su presencia aquí

daría mucho que pensar y sólo obrando misteriosamente podemos lograr

nuestra empresa.

--¡Las buenas señoras! ¡Qué felices van á ser! ¡Ah! Quisiera presenciar

su alegría... Pero, díganme ustedes, porque esta aventura me apasiona,

¿han navegado ustedes millares de leguas por amistad al señor de

Freneuse? ¡Ustedes, dos parisienses, han abandonado su París, sus

placeres, sus costumbres, y viajado tanto tiempo, arriesgando sus

vidas!...

--Marenval la arriesgó en efecto, dijo Cristián, pues por poco recibe

una bala de revólver... Y si le hubiera usted visto en aquel

momento... ¡Estaba soberbio!

Miss Harvey ofreció la mano con entusiasmo á Marenval y con una

vibración en la voz que conmovió á Cipriano hasta el fondo del corazón,

añadió:

--No pensé que usted se convertiría en un héroe; pero los franceses son

capaces de todo... ¿Y usted, qué hacía en ese momento, señor de

Tragomer?

--Tragomer, dijo Marenval, estaba en el agua con Jacobo, sosteniéndole,

animándole bajo una lluvia de balas y en un sitio en que pululan los

tiburones... Sí, miss Harvey, el episodio fué vivo... Tuvimos que

echar á pique la lancha de la Administración para escapar á sus ataques;

pero no hemos tirado ni un tiro, aun en defensa propia, pues no

queríamos tirar contra franceses. ¡Oh! ¡De buena nos escapamos! Aseguro

á usted que por la noche, cuando corríamos á toda velocidad, comimos con

buen apetito...

--Su amigo estaba con ustedes, salvado por ustedes. ¡Qué alegría! ¡Y qué

agradecimiento el suyo!

--Estaba como loco, pero recobró después su lucidez. Nos hemos

comunicado nuestros descubrimientos y lo que él sabía y ha resultado

clara la prueba de su inocencia.

Miss Harvey reflexionó un instante y dijo después con gravedad:

--¡Y esa inocencia era conocida de Sorege, según ustedes!

--No cabe duda.

--¿Podrán ustedes probarlo?

--Resultará claramente de la prueba que vamos á intentar y para la cual

necesitamos el concurso de usted. Vea, pues, de lo que se trata. Pasado

mañana comemos en casa de su padre de usted con algunos de sus amigos.

Manifieste usted desde hoy el deseo de tener en su casa esa noche á la

cantante Jenny Hawkins, de _Covent Garden_. Sorege la conoce y si usted

sabe pedirlo, servirá de intermediario para llevar á la artista.

--Así se hará. ¿Y después?

--Nada más. El resto queda de nuestra cuenta. Es indispensable que sea

usted prudente y no diga ni una palabra á Sorege. Tiene usted amigos en

su casa á quienes obsequiar, ha oído en el teatro á Jenny Hawkins y

tiene el capricho de hacerla venir... Si él hace objeciones, insista

usted, pero no nos descubra.

--Esté usted tranquilo.

--Yo pediré á usted solamente una invitación para un joven inglés amigo

mío, que irá por la noche á su casa de usted á tomar una taza de te.

--¿Cómo se llama?

--Para todo el mundo se llamará sir Herbert Carlton; para usted, Jacobo

de Freneuse.

--¡Dios mío! ¿Qué intentan ustedes? preguntó miss Maud con inquietud.

--Ya lo verá usted. Puesto que este asunto le apasiona, va usted á

asistir á una de sus peripecias más importantes. Usted me incitó á

arriesgarlo todo para salvar á mi amigo; ahora es preciso que me ayude á

llegar hasta el fin, suceda lo que quiera.

--Les ayudaré lealmente, señor de Tragomer, y si hay quien tiene algo

que ocultar, peor para él. Lo primero es defender á las personas

honradas.

--Cuando Jacobo de Freneuse se presente, dijo Cristián, mire usted bien

á Jenny Hawkins y á Sorege. Por muy dueños que sean de sí mismos, nos

entregarán su secreto por el extravío de sus ojos y la palidez de sus

semblantes. Usted conoce _Macbeth_ y sabe cuál es el espanto del asesino

coronado cuando ve levantarse en medio del festín la sombra de su

víctima. Examine usted á su prometido y á la cantante y verá

reproducirse la tragedia. Pero tenemos que habérnoslas con personas

temibles. En una situación parecida la Hawkins se dominó admirablemente

y acaso ahora intente burlarnos. Con ningún pretexto le permita usted

comunicar con Sorege ni salir del salón. Desde el momento en que Jacobo

de Freneuse esté en presencia de sus adversarios, sólo él debe

combatirlos, sin ayuda, á su placer. Usted no hará más que impedir que

se le escapen...

--Doy á usted mi palabra de que así será.

--Ahora, separémonos y hasta mañana.

Miss Harvey subió en el coche y los dos franceses continuaron su paseo

como si no tuvieran motivo alguno de preocupación, admirando los lujosos

trenes que empezaban ya á circular por las verdes praderas del parque.

El hotel Harvey es un hermoso edificio estilo Luis XVI, edificado por el

duque de Sommerset y que el americano pagó á buen precio. El decorado

interior es lujoso y miss Maud ha tenido el buen gusto de conservar el

aspecto antiguo de los salones, de entrepaños contorneados con bonitas

aguadas á dos colores. El admirable comedor, adornado con una gran

chimenea de piedra, en cuyo retablo se ostenta un fresco de

Gainsborough, puede contener cuarenta convidados. Aquella noche, las

señoras acababan de levantarse y una quincena de caballeros, entre los

cuales estaban Cristián y Marenval, estaban haciendo los honores, según

la costumbre, á unas cuantas botellas de exquisitos licores.

Los hijos de la casa se indemnizaban del malestar que les producía el

frac absorbiendo algunos vasos _wysky_. Nuestros dos franceses no habían

apenas probado los vinos desde el principio de la comida. Julio Harvey,

que era muy sobrio á causa de la gota, resultaba un triste anfitrión.

Sorege tenía entablada una conversación, que parecía interesarle mucho,

con Geo Seligman, el gran introductor de acciones de minas de oro en el

mercado europeo. Eran las diez y ya la atmósfera empezaba á ponerse

cargada cuando Harvey dijo á sus convidados:

--Si tienen ustedes gana de fumar, vámonos de aquí, porque de seguro mi

hija va á venir pronto á rogarnos que pasemos al salón.

--Tragomer y yo vamos á reunirnos con ella ahora mismo, si usted lo

permite, dijo Marenval.

Sorege levantó la cabeza pero no siguió á sus compatriotas. Su plan de

conducta debía estar bien adaptado y no era él hombre de variarlo. Hasta

que llegase Jenny no había nada que temer y podía tomar respiro y

reservar sus medios de acción para cuando le hiciera falta emplearlos.

Marenval y Cristián atravesaron un invernadero lleno de las más hermosas

plantas tropicales y refrescado por una fuente de mármol de la que

corría un agua cristalina, y entraron en el salón, donde la señoras en

traje de baile, ofrecían un hermoso cuadro agrupadas en torno de miss

Maud.

Algunas jóvenes americanas de frescas carnes, barbilla un poco gruesa,

cabello rubio, anchos hombros y largos talles, conversaban en un inglés

silbado y gutural. Su conversación se refería á la cantante cuya

presencia estaba anunciada y que ofrecía á los invitados de Harvey un

atractivo poco ordinario. Algunas la habían oído en América, otras la

habían aplaudido recientemente en _Covent-Garden_, y todas la conocían,

pero ninguna la había visto de cerca y su reputación de artista así como

su belleza de mujer hacían que su presentación fuese un verdadero

acontecimiento.

Marenval y Tragomer fueron acogidos favorablemente. Aquellos franceses

viajeros, ricos y amables, eran simpáticos en la sociedad americana de

Julio Harvey que hasta se sentía dispuesta á perdonarles la inferioridad

de no ser de raza anglosajona, lo que no era floja prueba de

benevolencia. Miss Gower estaba contando una visita que había hecho la

semana anterior á la Patti en su castillo de Craig-y-Nos, y tenía

suspensa la atención del auditorio.

--Figúrense ustedes que hay allí un teatro en el que se pueden

representar óperas enteras. Hace poco tiempo se puso en escena un baile

en que la gran cantante hizo en mímica el principal papel...

--Para eso es excusado tener la más hermosa voz del mundo.

--No se puede imaginar el lujo de aquella casa. Los invitados tienen á

su disposición caballos de montar y coches. Los que quieren pescar,

tienen un río y un lago; los que prefieren la caza pueden cazar en los

bosques ó en la llanura... ¡Aquel es un boato real!

--En nuestro siglo los artistas son los reyes del universo. Á esos no se

les destrona, ni se les arroja á tiros, ni se les insulta en los

periódicos. En cambio no hay gracias que no se les prodiguen, ni

homenajes que no se les rindan, ni elogios que no se les tributen. Sus

listas civiles no son discutidas. Cuando envejecen, se les honra y

cuando mueren se les hacen funerales solemnes. ¿Y qué dan ellos en

cambio de todo eso?

Una voz irónica respondió:

--¡Casi nada: su genio!

Todas las miradas se dirigieron al que acababa de hablar. Era Pedro de

Vesín, que entraba. El fiscal se aproximó sonriente á miss Maud y le

besó la mano. Saludó al gracioso grupo de mujeres y apoyándose en la

chimenea, dijo:

--El cuadro que se acaba de trazar es halagüeño, pero tiene un reverso

que es preciso mostrar. En la carrera artística, como en las demás,

entra por mucho la suerte. Unos acaban en la opulencia y en la gloria y

otros desaparecen oscuros y miserables como un astro que después de

haber brillado largo tiempo, se oscurece y se apaga. Vosotros habéis

tenido un Garrick que dejó millones y está enterrado en Westminster.

Nosotros tuvimos un Federico Lemaitre que murió lleno de deudas y que

reposa bajo una humilde piedra pagada por sus últimos admiradores. No

envidiéis la suerte de los artistas; sufren hasta en sus triunfos. El

brillo de algunos está sobradamente compensado con las tristezas de

otros muchos. En resumen, dan más de lo que reciben y si ponéis en una

balanza de equidad de una parte el talento del artista y de otra los

bravos y el dinero de los espectadores, pesará más, ciertamente, el

talento.

--Tiene usted mucha razón, dijo miss Harvey. En América desenganchan los

caballos de Sarah Bernardt para tirar de su coche...

La conversación fué interrumpida por la entrada de los fumadores, que

venían conducidos por el dueño de la casa. En la entrada del salón

apareció un personaje que llevaba debajo del brazo unos cuadernos de

música. Harvey se inclinó al oído de su hija:

--Es el pianista que acompaña á la cantante. Nuestra estrella no tardará

en aparecer.

Misa Maud se aproximó al músico y le condujo al piano, que ocupaba todo

un ángulo del salón. En estos momentos llegaron otros invitados y unas

cincuenta personas se agruparon según sus simpatías. Estaba allí lo más

florido de la colonia americana y, ciertamente, los millones de todos

los que aquella noche se reunieron en casa de Julio Harvey hubieran

bastado para pagar la deuda de un estado europeo. Estaban allí los reyes

de los ferrocarriles, los príncipes de las minas de plata y los altos

señores de la cría del carnero, del caballo y del cerdo, sin contar los

soberanos del petróleo y de la construcción de vagones. Todo un Gotha de

la gran industria, del alto comercio y del agro en grande escala.

Marenval, Vesín y Tragomer se colocaron en un rincón, cerca del hueco de

una ventana, entre la puerta y el piano, donde no podía escapárseles

nada de lo que iba á pasar en el salón. Sorege estaba al lado de la

bella duquesa de Blenheim y hablaba con imperturbable serenidad. En este

momento se abrió una puerta y un lacayo, dominando apenas el rumor de

las conversaciones, pronunció estas tres palabras.

--Miss Jenny Hawkins.

En la puerta apareció la cantante, alta, esbelta, orgullosa, un poco

pálida, pero con la sonrisa en los labios. Estaba vestida con un traje

de damasco blanco adornado de encajes de oro. Un solo collar de perlas

rodeaba su cuello y una peineta de brillantes chispeaba en su cabellera

castaña. Con expresión imperiosa y casi amenazadora paseó una mirada por

el auditorio como si buscase á los que debían atacarla y al que había

prometido defenderla, y sus ojos pasaron sin detenerse por Marenval,

Tragomer y Vesín, para detenerse interrogadores en Sorege. Este, siempre

sonriendo, se levantó, atravesó el salón con admirable aplomo y fué á

ofrecer el brazo á la cantante.

Los dos de pie, en medio de la concurrencia, parecían desafiar la

suerte. La altiva frente de Jenny no se bajó y la cantante entró con

paso firme en aquel salón, donde sabía que se iba á decidir su porvenir.

Miss Maud y Harvey salieron á su encuentro y le dieron las gracias por

su amabilidad en haberse prestado á complacerles. Y los tres franceses,

desde el rincón en que estaban reunidos, no pudieron menos de admirar el

valor, la sangre fría y el orgullo con que aquella mujer desempeñaba su

papel. Apenas un movimiento un poco rápido del pecho y un ligero temblor

de sus hermosos ojos indicaban la angustia que la torturaba. Estaba en

apariencia tan tranquila como la más indiferente de las invitadas de

Harvey.

Tragomer eligió aquel momento para levantarse y saludar á la cantante.

Jenny le vió aproximarse y un escalofrío recorrió sus carnes satinadas,

pero no volvió siquiera la cabeza. Solamente al oirle dirigirle la

palabra en inglés, hizo un movimiento de sorpresa tan perfectamente

ejecutado, que Cristián se quedó lleno de admiración.

--¡Ah! ¿El señor de Tragomer, creo? dijo.

Le ofreció la mano, que él estrechó, y con una soberbia tranquilidad y

voz tranquila y pura, prosiguió:

--Hemos corrido bien los dos desde la noche en que nos conocimos...

--Usted ha obtenido nuevos triunfos, dijo Tragomer.

--Y usted hecho nuevas exploraciones. ¿Ha sido usted dichoso en sus

descubrimientos?

Aquella frase de doble sentido fué dicha con tan fina ironía, que

Cristián tembló. ¿Qué garantías de seguridad tendría aquella mujer para

burlarse así de él y en aquellas circunstancias? Pero pensó que acaso

intentaba intimidarle, y respondió:

--Pienso hacer á usted juez de esos descubrimientos, si es que le

interesan.

--Á no dudar.

Hizo un saludo con la cabeza al joven y se dirigió al piano, acompañada

por miss Harvey. Sorege fué á sentarse al lado de la chimenea y con los

ojos cerrados pareció absorberse en una atención religiosa, pero no

perdía de vista á la cantante. Se produjo un profundo silencio, el

pianista preludió y Jenny Hawkins, como para acentuar el desafío lanzado

á Tragomer, cantó el _Ave María_ de Otello, que el joven había oído en

San Francisco, en aquella velada memorable. La cantante detalló

deliciosamente las angustias y las súplicas de Desdémona. Su pura y

hermosa voz parecía haber ganado en flexibilidad y en extensión. Un

murmullo de placer partió de la concurrencia y los invitados de Harvey,

sin miedo de cometer una falta de distinción, aplaudieron con

entusiasmo. Hasta los mismos _cow boys_, dominados por el encanto de la

inspiración y estupefactos ante las sensaciones que experimentaban,

desistieron de marcharse al salón de fumar, como habían proyectado.

El piano resonó de nuevo, y radiante con su traje blanco, de pie en

medio del auditorio, al que dominaba por su belleza tanto como por su

talento, Jenny Hawkins paseó una mirada de dominación por los

concurrentes. Ahora cantaba las dolorosas quejas de la _Traviata_,

cuando la pobre mujer siente que la muerte le roza con su ala. Los

adioses á la vida, á la dicha y al amor se escapaban de sus labios en

frases desgarradoras y melodiosas. De pronto y en el momento en que

Jenny pronunciaba las últimas palabras y emitía con punzante sentimiento

las notas de la cadencia final, sus ojos se quedaron fijos, su cara se

cubrió de mortal palidez, su brazo se levantó y trazó en el vacío un

ademán de terror, la voz expiró en sus labios, y apoyada en el piano

para no caer, la cantante permaneció inmóvil, aterradora en su actitud

de trágico espanto.

Un hombre acababa de aparecer entre las cortinas de seda del salón. Y

triste, pálido, demacrado espectro formidable y doloroso, la cantante

reconoció á Jacobo de Freneuse. Los concurrentes, penetrados por aquel

espectáculo y por la actitud de la artista, que atribuían á la

inspiración, cuando no era sino terror, prorrumpieron en un transporte

de admiración. Pero ya miss Harvey se había aproximado á Jenny Hawkins y

cogiéndole la mano preguntaba:

--¿Qué tiene usted, señora, está usted enferma?

--¡Nada! balbuceó la cantante... ¡Nada!

Y con su mirada aterrada indicaba á la joven aquel personaje de pie,

inmóvil y sombrío entre las cortinas de seda. El recién llegado sonreía

ya, seguro de su poder, y no miraba á Jenny Hawkins. Sus ojos se habían

fijado en otra cara cuyas deformaciones seguía con gozo cruel. Sorege,

también de pie, se preguntaba si había perdido la razón ó si un milagro

había hecho salir de la tumba al que él había metido en ella vivo. Él

también había seguido la mirada de Jenny y visto al formidable

visitante.

Se pasó una mano por la frente y dió un paso hacia atrás, como para

huir, pero de repente vió á Tragomer y á Marenval que le observaban y

tuvo la fuerza de pensar: "Me pierdo. Un poco de resolución y salgo de

este mal paso. ¿Qué pueden ellos contra mí? Yo, en cambio, lo puedo todo

contra él"... Al mismo tiempo el recién venido saludó con la cabeza á

Tragomer, que salió á su encuentro, y los dos atravesaron el salón para

dirigirse hacia el piano, donde estaban miss Maud y Jenny Hawkins.

¿Hacia cuál de las dos se encaminaban con paso tranquilo? ¿Hacia la

dueña de la casa para saludarla ó hacia la cantante para perderla?

Viendo aquellos dos hombres venir hacia ella, Jenny dejó escapar un

sordo gemido. Le pareció que su corazón dejaba de latir y que sus

pupilas iban á apagarse. No veía y sus oídos no percibían más que ruidos

vagos... Confusamente oyó la voz de Tragomer, que decía:

--Miss Maud, permítame usted que le presente á mi amigo sir Herbert

Carlston...

Al oir estas palabras Jenny experimentó una sensación de alivio

delicioso y un rayo de esperanza devolvió la claridad á su cerebro. ¿No

habría sido juguete de una ilusión? ¿Por qué aquel hombre, que se

llamaba Herbert Carlston, había de ser Jacobo de Freneuse? ¿No podía

existir una semejanza extraordinaria y terrible? No se atrevió, sin

embargo, á mirar al recién llegado, al que adivinaba á dos pasos de

ella, y dirigió los ojos hacia Sorege al que vió con terror tan alterado

y tembloroso como ella.

En la angustia de su fisonomía vió que el desastre era inminente.

¿También él creía que su víctima había podido escaparse, á pesar de las

precauciones tomadas y de las infamias cometidas? ¿No admitía que el

Herbert Carlton pudiese ser otro que Jacobo? Ante aquella idea

experimentaba tal sufrimiento por no saber á qué atenerse, que quiso,

aun á riesgo de perderse, ver á aquel hombre, verle de frente, mirarle

hasta el fondo del corazón para descubrir su pensamiento verdadero...

Levantó los ojos y miró.

Al alcance de la mano, más pálido aún por aquellas emociones contenidas,

y al lado de Tragomer grave y atento, reconoció á Jacobo. ¡Era él! Era

aquella mirada, que conocía tan bien, aquel movimiento de los labios que

tanto había amado, aquel perfume acostumbrado, que llegaba hasta ella.

Se estremeció y, segura ya, esperó resignada su sentencia. No quiso ya

resistir á la fatalidad. Una fuerza superior se imponía á ella y después

de tanto luchar, de tanto huir, de tanto temer, se replegó sobre sí

misma y, pasiva, ofreció la garganta al cuchillo, como la fiera que se

ve cogida sin remedio.

Jacobo habló y ya la duda fué imposible.

--Doy doblemente las gracias al señor de Tragomer, puesto que me ha

hecho el honor de presentarme á usted, miss Harvey, y me ha procurado el

placer de oir á la gran artista miss Hawkins.

--¿Vive usted en Londres, sir Carlton? preguntó Maud.

--Hace una semana. Soy un pobre provinciano y llego de un país al que me

habían llevado reveses de fortuna. Me encontraba solo, abandonado é

infeliz, pero unos amigos se acordaron de mí y me han sacado de mi

desierto. Juzgue usted, pues, de la alegría que experimento esta noche y

de mi agradecimiento.

Su voz era tan triste, tan dulce, tan tierna, que Jenny se sintió

transida de dolor. Pero su enternecimiento no pudo durar mucho tiempo.

Sorege, con una audacia que no debía retroceder ante nada, iba á meterse

en la pelea y tomaba la ofensiva.

--Ha cantado usted divinamente, miss Hawkins, dijo mirando á sus

adversarios con altivez, y comprendo el placer de este caballero...

Y al decir esto parecía interrogar á su prometida y solicitar una

presentación. Miss Maud accedió á su deseo.

--Sir Herbert Carlton, un amigo del señor de Tragomer.

--Lo suponía, dijo Sorege con una ironía soberbia. ¿Pero miss Hawkins no

nos hará el obsequio de cantar la segunda estrofa de esa preciosa

melodía?

--Yo se lo ruego á miss Hawkins, añadió Jacobo.

Temblorosa ante aquella rápida sucesión de episodios, la cantante pasaba

del temor á la esperanza y de éste á la desesperación con una rapidez

capaz de agotar todas las energías. Sin embargo, luchaba todavía, y

rígida, con su traje blanco, ninguno de los que la miraban hubiera

podido sospechar la espantosa tempestad que se desencadenaba en el

corazón de aquella desgraciada.

Nuestros personajes formaban en medio del salón un grupo compuesto de

tres hombres y dos mujeres que hablaban con una calma y una corrección

perfectas. Y, sin embargo, todos eran presa del terror ó de la cólera,

sus corazones destilaban cólera y sus bocas contenían difícilmente las

provocaciones y los ultrajes.

--Voy á cantar puesto que lo desean ustedes, dijo Jenny Hawkins.

--Colocarse, señores.

Miss Maud, cumpliendo la promesa hecha á Tragomer, cogió una silla y la

llevó al lado del piano, á dos pasos de la cantante. Tragomer, Sorege y

Jacobo, como si estuvieran de acuerdo, se dirigieron á la puerta de la

estufa. Penetraron en ella y Sorege, sin vacilación, con una osadía que

asombró á sus interlocutores, dijo:

--¿Pero qué significa esta comedia, Jacobo? ¿Cómo tú, aquí, con un

nombre falso y aparentando no conocerme? ¿Qué quiere decir esa

desconfianza? ¿Dudabas del placer que tendría en verte? ¿Por qué te has

confiado á Tragomer y no á mi desde tu llegada?

En una frase la situación se planteaba claramente y sin ambages. Sorege

era audaz, pero Jacobo no podía ya ser engañado, pues le conocía. Por

eso contestó tan rotundamente como había sido interpelado:

--Estoy aquí con nombre falso, Sorege, porque soy un desgraciado que no

puede llevar el suyo verdadero. Desconfío de tí porque sospecho que

contribuíste á perderme y que estás dispuesto á hacerme traición.

--¡Yo! exclamó Sorege. ¡Yo! tu amigo de la infancia, que ha llorado tu

desgracia como si fuera suya...

--Y que continúa no haciendo nada para repararla, interrumpió

bruscamente Jacobo. ¿Desde cuándo sabes que Jenny Hawkins es la misma

mujer que Lea Peralli?

Jacobo le miraba de frente, pero Sorege no pestañeó.

--¿Estás loco? ¿Quién? ¿Esa americana? ¡Lea Peralli! Bien sabes que está

muerta. Te engaña una semejanza que á mi también me sorprendió. ¡Oh! Sé

que existe un parecido increíble!...

Tragomer le interrumpió poniéndole la mano en el brazo, y le dijo con

tristeza viéndole perdido:

--No mienta usted, Sorege. Bien sabe usted que me ha dicho que Jenny

Hawkins era Juana Baud... No puede usted salir de este paso sino por la

franqueza. Si ha cometido una falta, explíquela sin reticencias, pero no

trate de negar, porque es inútil. Cada paso que dé ya en esa vía, le

perderá más seguramente...

--¡Me perderá! interrumpió Sorege con violencia. ¡Pero que extraño

cambio de papeles! ¿Perderme yo, que no tengo nada de qué arrepentirme?

--Mientras que yo, añadió Jacobo riendo con amargura, he sido condenado

como criminal, ¿verdad? Sí, Sorege, tienes razón. Si yo soy culpable, tú

eres inocente.

--Pero, Jacobo ¿es posible? ¡Sospechas de mí! ¡Me acusas! ¿De qué?

--Voy á decírtelo puesto que tienes la audacia de preguntármelo, puesto

que no has desaparecido al verme para esquivar tus responsabilidades,

puesto que, contra toda verosimilitud, luchas todavía. Te acuso de haber

sabido desde el primer momento la existencia de Lea, cuando me juzgaban

por haberla matado. Te acuso de haber ido á declarar bajo la fe del

juramento lo que sabías que era falso, acto que constituye un crimen

para todo hombre honrado, pero que en ti, Sorege, mi amigo, mi hermano,

como decías hace un momento, es la acción más baja y más cobarde que se

puede cometer. Aquí tienes de lo que te acuso, puesto que deseabas

saberlo.

Sorege soportó aquel terrible apóstrofe con absoluta firmeza. En

realidad no le oía ni tenía necesidad de oirle. Sabía de antemano lo que

le diría Jacobo y sólo pensaba en ganar tiempo para reflexionar. Sabe,

pensaba, que Lea vive y que ha sustituído á Juana Baud. ¿Pero sabe que

la muerta fué Juana? He aquí lo esencial. Si ese punto es todavía oscuro

para él, nada hay perdido todavía. Lea está viva pero el vivir no es un

crimen. Yo puedo haber sabido su existencia hace poco tiempo. Este es el

plan. Y con rapidez maravillosa pasó á ejecutarle.

--¡Locura! ¡Locura! Estás engañado por falaces apariencias. Si no dije

nada en el momento del proceso, es porque no sabía nada. Tú has

reconocido á Lea en Jenny Hawkins; también Tragomer la reconoció; pero

yo estuve engañado más tiempo que vosotros y solamente al fin de mi

viaje, cuando Tragomer me encontró en San Francisco, logré descubrir la

identidad de la cantante. Pero he sido engañado como vosotros...

Mientras hablaba, Sorege seguía reflexionando y con la destreza de un

hábil tejedor entrecruzaba los hilos de su intriga. Es preciso, pensaba,

que yo salga salvo de aquí y que hable con Lea antes que ellos. Si lo

consigo, le haré comprender que debe marcharse. Si ella desaparece,

estoy salvado.

--¡Tú! repuso Jacobo, ¿Tú engañado? No, Sorege. Por una razón que

ignoro, tenías interés en no decir nada. Porque no voy tan lejos como

pudiera ir, ¿comprendes? y no veo en tí todavía más que un amigo infiel

que me ha abandonado en vez de defenderme. Pero si por tu desgracia

hubieras sido cómplice...

La fisonomía de Jacobo tomó una expresión terrible, se levantó y

resuelto, amenazador, dominando con toda la altura de su cabeza á Sorege

encorvado y vacilante, añadió.

--Si has sido cómplice, será preciso que me pagues todas las torturas

que he sufrido por tu causa, las oraciones de mi hermana desesperada,

las lágrimas de mi madre, cuya vida has truncado...

La cara de Sorege, se contrajo, una arruga de amargura apareció en sus

labios y con una rabia que ya no podía contener, dijo:

--¡Basta ya de amenazas! ¡Demasiada paciencia he tenido ya! Si tu madre

y tu hermana han llorado, ha sido por tus locuras y nadie es responsable

más que tú. Si has sufrido, es porque habías cometido faltas

imperdonables. Cesa ya de eludir las responsabilidades. ¿Acaso el

presidio ha convertido milagrosamente en un santo á un desgraciado

perdido por los vicios? ¿Porque fuiste condenado has adquirido el

derecho de acusar á los demás? No prescindamos por más tiempo del

sentido común. Hay aquí un hombre honrado tratado indignamente, pero ese

no eres tú, ¡Ya estoy cansado de soportar tus ultrajes! Créeme, sé

prudente y no abuses de la suerte que has tenido al poder escaparte. El

ruido no conviene á todo el mundo. Más te vale vivir pacíficamente bajo

el nombre inglés de que te sirves, que llamar la atención de un modo

peligroso. Me has rechazado, Jacobo, cuando estaba dispuesto á servirte.

Estoy libre de todo deber respecto á ti. Adiós.

Dió tres pasos hacia el salón y ya tocaba con la mano á la puerta cuando

esta se abrió por sí sola y aparecieron Marenval y Vesín. Al mismo

tiempo que ellos entró en la estufa un soplo de calor perfumado y un

rumor de aplausos. Era que Jenny Hawkins acababa de cantar.

--Cierre usted la puerta, Marenval, dijo fríamente Tragomer. El señor de

Sorege querría despedirse de nosotros demasiado audazmente, pero nos

cree más necios de lo que somos.

--¿Pretenderéis obligarme? exclamó Sorege.

--¡Obligar á usted! ¡Qué violento término! No, queremos continuar la

conversación con usted delante del señor de Vesín, fiscal de la

Audiencia de París--¡tranquilícese usted!--en vacaciones, y nuestro

amigo Marenval, á quien usted conoce bien. Cuantos más testigos haya de

lo que hemos dicho y de lo que vamos á decir, mejor. Al contrario de lo

que usted decía antes, estamos decididos á hacer todo el ruido posible.

Jacobo no se convertirá para siempre en Herbert Carlton á fin de imitar

á Jenny Hawkins por medio de esta ingeniosa sustitución. No, Sorege; no

caeremos más en sus artimañas. Está usted descubierto y en cuanto Jacobo

hable una hora con Lea Peralli, estará en situación de confundirle á

usted y de rehabilitarse, puede usted estar seguro.

Sorege hizo un ademán tan amenazador, que Tragomer se puso delante de

Jacobo. Estaban cuatro al rededor de él y toda esperanza de escapar era

ilusoria.

--¡Miserables! exclamó, abusáis de la fuerza y del número para

secuestrarme...

--¡Vamos allá! amigo, dijo Marenval; usted se burla. Llama usted

secuestro á estar en una estufa deliciosa con personas bien educadas...

Además, si usted quiere, vamos á llamar á miss Maud Harvey y á rogarla

que le guarde á su lado hasta que miss Hawkins salga de esta casa y

Jacobo con ella. En cuanto los dos se hayan marchado, tendrá usted toda

libertad para entrar en los salones y cenar con los invitados de su

suegro. No ponga usted, pues, mala cara y todo se hará correctamente.

Sorege pensó: "Si puedo estar libre dentro de media hora, aún podrá

acaso arreglarse todo".

--No tengo nada que temer, dijo. Hagan ustedes lo que les plazca. No

tenía intención de alejarme de aquí, pero me han insultado ustedes, me

han violentado, y cuento con que me concederán una reparación si los que

son honrados conservan un poco de valor...

Al hablar así miraba desdeñosamente á Freneuse y parecía provocar á

Tragomer:

--¡Cuidado, Sorege! exclamó Jacobo. No seas muy exigente esta noche,

porque acaso mañana te quede tan poco honor que sea hacerte una limosna

el responder á tu provocación.

Freneuse cambió una mirada con su enemigo, saludó á Vesín y salió de la

estufa. Jenny Hawkins, rodeada de admiradores y con la sonrisa en los

labios estaba en medio del salón. Vió de lejos á Jacobo que venía hacia

ella y se estremeció, pero no hizo un movimiento. Sus brazos cayeron á

lo largo del cuerpo como muertos, y su abanico palpitó entre sus dedos

como una mariposa herida. Jacobo se aproximaba con la mirada dura é

imperiosa.

Atravesó los grupos y aproximándose á ella logró aislarla entre mis

Harvey y él. Empezó por pronunciar algunas frases corrientes de

felicitación y en seguida, seguro de que nadie le veía más que ella,

dijo secamente:

--Vas á marcharte á tu casa y á esperarme. Dentro de media hora iré. Da

orden de que me reciban.

Lea bajó la cabeza y respondió:

--Obedeceré.

--Está bien.

Retrocedió un paso y dijo sonriendo á miss Harvey:

--Nos ha dado usted esta noche una fiesta deliciosa, y miss Hawkins ha

cantado de un modo divino.

En el fondo del abismo: La justicia infalible · 第 21 / 24 题