El aliado de Marenval, por su parte, no había permanecido ocioso. En
cuanto volvió de su viaje al rededor del mundo se ocupó en los cuidados
de su nueva instalación. Un hombre rico, bien emparentado y miembro de
los principales círculos, no puede instalarse como un extranjero que
viene á pasar seis meses en París. Tuvo, pues, que buscar una casa,
disponerla á su gusto, amueblarla, comprar caballos y ajustar
servidumbre. Durante unas semanas Tragomer vivió como en campaña,
ocupándose de esos menesteres, comiendo en el círculo y viendo tan sólo
á sus parientes y á algunos amigos íntimos. La comida en que había
encontrado á Marenval era la primera de ese género á que asistía. Le
había llevado Maugirón y Tragomer no sospechaba las consecuencias que
iba á tener aquella fiesta á la que concurría sin propósito alguno.
Pero el noble bretón, reflexivo, tranquilo y tenaz, desde el momento en
que cerró su convenio con Marenval no tuvo más que un pensamiento:
conseguir lo que se habían propuesto. Desde el día siguiente se puso en
campaña. Hacía dos años que tenía casi olvidado á Sorege, pues su
intimidad con él cesó naturalmente en cuanto la condena de Freneuse hizo
desaparecer el lazo que les unía. Había visto al conde muy afectado, en
apariencia, por la desgracia del amigo común y le había oído deplorar
las locuras que le habían conducido á tal catástrofe y defenderle con
generoso ardor contra las censuras de los indiferentes. Poco tiempo
después emprendió su viaje y no sabía qué había sido de Sorege.
Cuando se encontraban en el círculo, se saludaban y cada uno se iba por
su lado. Entre aquellos dos hombres que durante años habían vivido
juntos y que se tuteaban, existía una frialdad glacial y parecía que
hasta les costaba trabajo saludarse, como si se odiaran. Tragomer, sin
embargo, no experimentaba sentimientos hostiles hacia Sorege. Aun en el
tiempo en que eran camaradas, no le había querido. La naturaleza franca
y viva del uno no concordaba bien con el temperamento frío y calculador
del otro. Sorege había sido siempre reservado con Tragomer y cuando éste
se lo hacía observar á su amigo común, Jacobo respondía:
"Déjale. Hay que tomar á Juan como es; no conseguiremos cambiarle. Es un
diplomático; jamás dice lo que piensa."
Precisamente la certidumbre de que Sorege no hablaba nunca con franqueza
era lo que alejaba de él á Tragomer, el cual decía con frecuencia á
Freneuse cuando éste le acusaba de su alejamiento:
--¡Qué quieres! ¡No lo puedo remediar! No me gusta nada ese joven.
Cuando estoy al lado suyo me parece que tiene puesta una careta.
--Entonces, es un gran compañero para ir al baile de la Ópera, replicaba
alegremente Jacobo que, con su carácter turbulento, no tenía tiempo de
estudiar á sus compañeros de locuras.
Fuera de esto, no se podía menos de hacer justicia á Sorege, y Tragomer
no podía negar que el amigo de Jacobo era un hombre perfectamente
educado, instruído, elegante y de cara agradable, muy valiente, según
había probado en diversas ocasiones, y de excelente consejo cuando se le
consultaba un asunto difícil. Frisaba en los treinta años, era de
estatura mediana, cabello castaño, barba cortada en punta y algo clara,
bigote retorcido y ojos muy cubiertos con los párpados, lo que daba á su
fisonomía un aspecto de firmeza. Cuando estaba callado y su mirada
velada se deslizaba imperceptible á través de las pestañas, era
imposible adivinar lo que pensaba.
Tragomer le encontró tal como le había dejado, con el mismo aspecto frío
y seguro y el mismo modo de hablar preciso y reservado, y trató de
buscar quién le diese noticias acerca de su hombre, sin despertar la
curiosidad ni provocar una indiscreción. Para ello le pareció que el
indicado era Maugirón, una de esas gacetillas parisienses que se meten
en todas partes, que todo lo conocen y que adivinan lo que no saben.
Era Maugirón un amigo de la infancia, con el que no había para qué
gastar cumplimientos, y Tragomer, seguro de una acogida entusiasta, se
puso en camino á eso de las once y media y desde su casa, calle de
Rembrandt, bajó á pie hasta el _boulevard_ Malesherbes, donde, casi
esquina á la plaza de la Magdalena, vivía Maugirón. Este joven vividor
tenía como principio invariable el almorzar siempre en casa.
"Si queréis, decía, conservar el estómago, aun haciendo los más
continuos excesos en el comer, almorzad en casa todas la mañanas:
almorzaréis medianamente, pero eso os salvará."
Aunque resuelto á no infringir nunca esta regla, Maugirón no llevaba su
cordura hasta imponerse la obligación de almorzar solo, y como todos sus
amigos estaban seguros de encontrarle en casa á las doce, rara vez
callaba su campanilla y casi todos los días alguna voz de hombre ó de
mujer decía alegremente:
"Maugirón, un cubierto; vengo á almorzar medianamente contigo."
Entonces el sabio higienista hacía subir de la cueva los mejores vinos
y, así como por casualidad, tenía siempre delicados y suculentos platos
que ofrecer á su convidado ó convidada. Esto era lo que él llamaba
conservarse el estómago.
Aquella mañana había gran fiesta, como dijo Marieta de Fontenoy cuando
al entrar con Lorenza Margillier vió á Tragomer que estaba fumando un
cigarrillo en el cuarto de Maugirón.
--¿Dónde está el dueño de la casa? dijo Lorenza echando descuidadamente
el sombrero en un sofá y besando amablemente á Tragomer.
--Está poniéndose guapo. Y bien, Marieta, ¿no me dice usted nada?
Observo que su amiga de usted ha estado conmigo mucho más expansiva...
--Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo demás, mi
querido Cristián, si no hace falta más que un beso para contentar á
usted, no ha de quedar por tan poco. Y echó los brazos al cuello del
bretón. En seguida dijo, volviéndose con ligereza:
--¡Qué hambre da esta carne de hombre!
--Entonces, queridas amigas, á la mesa, exclamó Maugirón levantando una
cortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no les
hagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos.
Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido del
hombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal,
hermosa porcelana y rica argentería.
--Buenos días, cielito mío, dijo Lorenza. ¿Has dormido bien después de
la agitación de anoche? ¡Cuidado que te pusistes chispo, maridito,
después de comer!
--¿Yo? dijo Maugirón, yo estaba fresco como una lechuga. El que estaba
un poco... tocado era Tragomer. ¡Qué cosas nos contó, ese monstruo!
--Si, hablemos de lo que nos contó... Hizo sus confidencias á Marenval.
Á nosotros nos puso en la puerta.
--Peor para él. Nosotras acabamos de pasar la noche en la _Olimpia_.
Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con la
garganta. ¡Y viva Italia! ¡Lo que nos reímos!...
--Me gustó más la Loïe Fuller.
--¡Oh! no; hace daño á la vista.
Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un
_château Iquem_ que Maugirón les había recomendado y que parecía obtener
los sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no bebía más que
agua, dijo al dueño de la casa:
--En efecto, tu vinillo es bastante bueno... Oye, ayer encontré á
Sorege y me pareció muy serio. ¿Le ha ocurrido alguna desgracia?
--La peor de todas, amigo mío. ¡Se casa! Hubo una exclamación general.
--¡Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio... Maugirón, tu degeneras.
--El matrimonio, dijo Marieta, es una institución que se debe conservar
como oro en paño. Primero, porque sin él habría una cantidad enorme de
solteros. Después, porque los nobles arruinados no sabrían cómo
reponerse. Y por fin, porque las señoritas norteamericanas, perderían
aquí un importante mercado...
--¡Esta Marieta es asombrosa! ¿Por qué no escribes en la _Vida
Parisiense_?
--Por no oscurecer á los redactores.
--¡De modo que Sorege se casa? continuó Tragomer, que no quería que se
extraviase la conversación.
--Eso se dice por ahí, hace algún tiempo.
--¿Y con quién?
--Con una de esas americanas que preocupan á Marieta, no sin razón. Con
miss Lydia Harvey, de Minneapolis. El padre es un gran ganadero que ha
hecho una inmensa fortuna y sus hijos siguen el negocio.
--Pero Sam Harvey vive en París. Es el que ha hecho edificar ese hermoso
hotel en la avenida del Bosque de Boloña.
--Bien puede pagarlo. Los periódicos norteamericanos hablan de su
fortuna como de una de las más importantes del país.
--¿Qué tal es la muchacha?
--Pequeña, flaca, morenucha. Hay en ella sangre mejicana. Se dice que su
madre era una mestiza con la que Harvey se casó después de tener con
ella cuatro hijos. Se ha quedado en Minneapolis. La hija es una
excéntrica que dará mucho que hacer al frío Sorege.
--¿Cuándo se ha decidido ese matrimonio?
--¡Oh! Hace mucho tiempo que se entablaron las negociaciones, que han
sido eternas. Hace más de seis meses que Juan está rondando á esa
morenilla, pero parece difícil de atrapar. Ha sido preciso el viaje á
América para poner las cosas en su punto.
--¿Qué viaje á América?
--Harvey llevó á Sorege á sus propiedades el verano último. Le dijo:
Venga usted á ver mis bueyes; y Juan tomó el vapor con la muchacha.
--¡El viaje á Citerea, vamos!
Tragomer no llevó más adelante sus investigaciones. Sabía ya lo más
importante; el hecho capital estaba probado. En el momento en que creyó
reconocer la voz de Sorege en el cuarto de Jenny Hawkins, en San
Francisco, el conde estaba en América, lo que hacía verosímil su
presencia en el teatro y afirmaba con fuerza todas las consecuencias que
de ella se deducían. Sus sospechas no eran ya queméricas, sino que se
fundaban en un hecho real. Sorege estaba en América, luego no había
coartada posible. No importaba que América fuese muy grande; para
Tragomer, bastaba que Sorege hubiese atravesado el Océano, para que su
presencia en San Francisco fuese indiscutible. No había otro francés que
hubiese podido pronunciar su nombre en tales circunstancias.
Pero aquí se detenían las deducciones de Cristián. De que Sorege hubiera
pasado por San Francisco en la misma época que él y de que estuviera en
el cuarto de Jenny no se deducía que fuese un criminal. Y, sin embargo,
si Jenny Hawkins era Lea Peralli... Al llegar á este punto, Tragomer se
encontraba ante un oscuro abismo que en vano intentaba sondar. Adivinaba
la profundidad de la sima y los horrores que ocultaba, pero no podía
romper las tinieblas de que estaba llena.
Entonces pensó que su empeño era cuestión de tiempo. "No puedo
pretender," se decía, "resolver de golpe un problema tan arduo y tan
complicado y que han estudiado ya de buena fe jueces competentes y
sabios, sin encontrar la solución. Si Sorege es culpable, si es
cómplice, si solamente conoce la verdad y la encubre tan infamemente, es
que tiene un grave interés en hacerlo así, y siendo tan dueño de si
mismo y hábil y calculador por excelencia, ha debido tomar todas las
precauciones para ponerse á salvo de una sorpresa. Pero él ha estado en
América, ha pasado por San Francisco y atribuía gran importancia á no
ser visto por mí y más, acaso, á no ser visto en compañía de Jenny
Hawkins. Esa mujer es, pues, quien tiene la clave del secreto." Los
convidados interrumpieron estas meditaciones.
--¡Qué! El matrimonio de Sorege te infunde esa melancolía... Estás
hecho un simple.
--Querido Cristián, no hemos querido causarte pena.
--¿Tanto quieres á Sorege?
--Pues no es un muchacho muy simpático.
--¡Es guapo!
--Pero tan frío...
Tragomer preguntó:
--¿Le habéis conocido queridas?
--¡Oh! No es hombre de amar á una de nosotras, dijo Lorenza. Ha debido
buscar relaciones discretas y económicas. Me ha hecho siempre el efecto
de un zorro consumado.
--¡Como que las mujeres de la buena sociedad no cuestan tan caras como
nosotras! exclamó Marieta. Pregunta á Maugirón cuánto ha pagado en casa
de Doucet y en casa de Worth cuando le honraba con sus favores la
hermosa señora de...
--¡Nada de nombres propios! interrumpió Maugirón.
--¡Bah! como si no lo supiera todo París... Por mucho que te ocultabas,
mi pobre amigo, no engañabas á nadie y menos al marido. Tú mismo me has
confesado, tú, tú mismo, que esa señora te saqueaba de tal modo, que te
habías arreglado conmigo para hacer economías.
--¡Á tu salud, Lorenza! Tú eres una mujercita que no compromete...
--¡Oye, grosero!
--Desde el punto de vista del dinero, se entiende, porque en cuanto al
corazón...
Se levantaron de la mesa y pasaron al salón, donde Tragomer, viendo que
eran las dos de la tarde, se despidió á fin de volver á su casa á
esperar á Marenval. Se habían dado cita para cambiar noticias después de
sus respectivas averiguaciones. Tragomer estaba acabando de vestirse
para ir á comer al círculo, cuando Marenval, que salía de casa de la
señora de Freneuse, llegó á la calle de Rembrandt. El industrial tenía
un aire grave y casi solemne.
--Ha sido usted exacto, dijo Cristián. ¿La voluntad no ha flaqueado
desde ayer? ¿Esta usted decidido á marchar adelante?
--¡Más que nunca! Lo que he oído en casa de la señorita de Freneuse no
es para desanimarme. La paciencia y el valor de esas dos mujeres, amigo
mío, son admirables. ¡Ellas tampoco dudan! ¡Ah! ¡Qué alegría les ha
causado mi intervención! Se puede decir que han sido tan cruelmente
abandonadas por todo el mundo...
Tragomer hizo un ademán de protesta.
--¡Oh! No lo digo por usted, amigo mío, dijo en tono bondadoso Marenval,
sino por mí mismo. Sé que usted ha sido alejado por la señorita de
Freneuse, mientras que yo me alejé voluntariamente y no estuvo nada bien
lo que hice. Un caballero hubiera obrado de otro modo, pero yo no era en
ese caso un caballero, sino un millonario mal desvastado aún de su
comercio y que temía perder sus nuevas relaciones. Me arrepiento de mi
conducta y quiero repararla... ¡Por vida de!... y lo lograré, gracias
al concurso de usted. Después veremos si alguien se atreve á
vituperarme.
Cristián escuchaba á Marenval con visible impaciencia deseando hacerle
una pregunta.
--¿Ha hablado de mí la señorita de Freneuse?
--Sí.
--¿En qué términos?
--Escuche usted, Tragomer; no estamos aquí para decirnos cumplimientos,
¿verdad? Pues bien, María es severa para con usted. He aquí lo que ha
respondido textualmente cuando yo les aseguré el afecto y la adhesión de
usted: "Nos ha abandonado á mi madre y á mí; yo le he borrado de mi
recuerdo como él nos borró de su corazón."
Cristián bajó la cabeza con tristeza.
Acaso tiene derecho para tratarme tan duramente, dijo, pero le falta
indulgencia. En el paroxismo del dolor, se negó á ver hasta á los que
querían permanecer fieles y facilitó así el abandono. Á su lado no
hubiera yo sido tan débil; su deseo de resistir á la mala fortuna me
hubiera dado energía. Nos hubiéramos animado mutuamente. Pero su pena
altanera juzgó en definitiva á los que no se declararon abiertamente en
favor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qué dirán, lo
confieso humildemente, pero si María quiere reflexionar, comprenderá
cuántas circunstancias atenuantes militan en mi favor.
--Su madre defiende á usted y lo disculpa... ¡Es horroroso! Esa pobre
mujer confiesa, ella misma, que aun estando convencida de la inocencia
de su hijo, se ve en la imposibilidad de probarla. ¿Cómo, entonces, no
perdonar á los extraños un poco de vacilación, sobre todo cuando se
ofrecen á reparar su falta?
Cristián movió dolorosamente la cabeza y cambió de conversación.
--¿De modo que en la casa nadie ha cambiado de convicción?
--Están más firmes que nunca. Solamente que no saben nada acerca de
nuestro hombre, ó saben tan poco que no vale la pena de hablar de ello.
Impresiones morales, nada más. Lo que equivale á decir que vuelvo de
vacío.
Yo tengo más noticias. He sabido que Sorege se va á casar con miss Lydia
Harvey y que ha estado en América.
--He aquí por qué desapareció durante seis meses. ¡Miren el disimulado!
¿Y se casa con la chica de Harvey? ¡Bonita fortuna! El padre no se deja
ahorcar, ciertamente, por veinte millones de dollars. Pero tiene, lo
menos, seis hijos y los varones son siempre mejorados en América. Sin
embargo, es un buen capital. Pero ¿cómo concilia usted los proyectos
matrimoniales de ese mozo y sus relaciones can Jenny Hawkins?
--No los concilio; pongo en presencia los hechos para estudiarlos. Unas
relaciones con Jenny Hawkins no excluyen un proyecto de boda con Miss
Harvey; al contrario. Si la querida ambiciona el dinero, debe animar á
Sorege á casarse con una mujer rica. Además, el matrimonio sería un
medio de ocultar lo que puedan tener de peligrosas las relaciones de
Sorege con la cantante, y es muy admisible que Jenny favorezca ese
proyecto, sobre todo si quiere conservar su amante. Por fin, si Sorege
tiene el proyecto de expatriarse y marcharse á vivir en Nueva York, para
defenderse contra toda investigación, esa boda se explicará
perfectamente.
--Todo eso es razonable, dijo Marenval. Lo indispensable sería saber
exactamente quién es esa Jenny Hawkins.
--Solamente Sorege podría decírnoslo y él se guardará bien de hacerlo. Á
no ser que...
--¿Y bien?...
--Á no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse.
Marenval hizo oir una especie de silbido que le servía habitualmente
para expresar sus dudas.
--Sí, pero, vaya usted á buscarle. ¡Está lejos!
--¡Bah! dijo Tragomer; veinte días de travesía en un barco que ande
regularmente.
Marenval hizo un movimiento de asombro.
--¡Qué! ¿Piensa usted ir á la Nueva Caledonia?
El bretón miró tranquilamente á Cipriano.
--¿Por qué no, si fuera preciso?
El antiguo comerciante dirigió una mirada de terror á su asociado y
pensó: "¡Dios mío, en qué berenjenal me he metido! Este hombre es
terrible y no retrocederá por nada. Habla de ir á la Numea como de tomar
el tren para Marsella. Se planta en los antípodas con una facilidad
increíble... Pero ¿y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozar
de la vida? ¿Estoy loco?"
Cristián no le dejó tiempo de concluir.
--Esta sería una magnífica ocasión para usted de mostrarse un verdadero
_sportman_, ocultando así hábilmente detrás de ese viaje de placer las
graves causas de nuestra expedición. Vea usted, amigo Marenval, cómo los
Vanderbilt vienen continuamente á Francia desde América y cómo Goron
Bennett se encuentra con más frecuencia en Niza que en Newport. No le
aconsejaré á usted que compre una isla en la embocadura del San Lorenzo
como ha hecho su rival. Creo que le bastará anunciar en el círculo, con
aire de indiferencia, que va usted á hacer conmigo una expedición á
Alaska, por ejemplo. ¡Vería usted el efecto! Los periódicos se
apoderarían de la noticia y estaría usted en evidencia durante ocho días
por lo menos. Desde ese momento formaría usted parte del gran estado
mayor de los _sportmen_ para quienes no existe la distancia, que mandan
en el mar y que son, en suma, los verdaderos príncipes en esta época de
la clase media, ¿Acaso le desagradaría á usted todo esto? ¿No tendría
usted, siendo fuerte y vigoroso, el valor de arriesgar una partida
semejante?
Marenval, un poco asustado, pasó por muchos sentimientos contradictorios
durante la exposición de Tragomer. Por el pronto, lo repugnaba la idea
de una larga permanencia en un barco. La inconstancia de los vientos y
la agitación de las olas le inspiraban un prudente terror. Se estremecía
pensando que tendría que acostarse en un estrecho camarote contra cuya
pared se estrellarían sin tregua las olas amenazando destruírla. ¿Cómo
dormir con tales emociones? Por otra parte estimulaba su orgullo la idea
de entrar en el rango de los grandes señores modernos que dominan todas
las dificultades materiales por la fuerza del dinero. Después de todo
¿no podía él intentar lo que otros realizaban? ¿Tan aventurado sería el
imitar su ejemplo? Acaso sus terrores eran iguales á los de los que en
otro tiempo hacían testamento antes de montar en el tren. El progreso,
pensaba, lo ha simplificado y facilitado todo. Los viajes por mar eran
partidas de placer reservadas solamente á los millonarios célebres por
su lujo y su _confort_. No sería mucho lo que tendrían que sufrir en sus
frecuentes travesías, pues, ciertamente, no gastarían tanto dinero en
procurarse molestias. El nombre de esos millonarios, no cabía dudarlo,
estaba en todas las bocas y el _sport_ mas costoso, el más raro y el más
brillante era el _yachting_. ¿Por qué no había él de figurar entre los
diez ó doce soberanos de la mar? ¿No tenía los medios? Nadie sabía lo
rico que él era, y esta vez no se podría dudar de su fortuna viéndole
alternar con los más grandes y tirar el dinero á manos llenas.
El temor, sin embargo, se volvió á apoderar de él. Nunca había navegado
más que para ir del Havre á Trouville y de Calais á Douvres, y aun en
estas cortas travesías había tenido tiempo para sentirse malísimo. Sin
embargo, en la fiebre del momento no se acordaba de aquellas molestias.
Pero la adquisición de un navío, su organización, el ajuste de la
tripulación y del capitán, ¡qué dificultades tan insuperables para él!
Pensó vagamente que todo eso era más que difícil, imposible de realizar
y sintió un alivio delicioso. Entonces miró á Tragomer tratando de reír.
--Pero, querido amigo, usted no conoce obstáculos. Para navegar hace
falta un barco, y éste no se construye tan de prisa...
--¡Bah! dijo el bretón, se encuentran alquilados todos los que se
quiera. Los puertos de Levante están llenos de yates magníficos que
están á la disposición de los aficionados. Si su decisión de usted es
firme, encontrará en quince días un yate bien acondicionado, con una
tripulación escogida y un buen capitán. Es una industria inglesa. Se
alquilan los yates como las casas de campo y hasta se encuentra donde
elegir.
--¡Ah! dijo Marenval estremeciéndose. ¿Tan fácil es?
--Todo es fácil con dinero. En el orden material casi no hay límites.
Solamente se encuentran en el orden moral. Hay todavía conciencias que
no se compran, lealtades que no tienen precio y virtudes que desafían
toda subasta; digámoslo en honor de la humanidad. Para todo lo demás,
golpee usted de cierto modo su bolsillo y tendrá cuanto le plazca. Pero
no se ponga usted en camino tan pronto, querido amigo; tenemos todavía
mucho que hacer aquí, aun admitiendo que alguna vez necesitemos
emprender ese viaje. Por el pronto, quiero ver á Sorege y hablar con él.
--¡Qué! ¿Va usted á descubrir nuestras baterías?
--Están ya descubiertas, no lo dude usted. Conviene pues que tengamos la
ventaja de saber cómo se defiende nuestro hombre. Obraré con prudencia,
esté usted tranquilo. Pero es necesario que trate de ver su juego.
--¿Y yo, qué debo hacer?
--Usted debía tratar de saber quién es Jenny Hawkins, de dónde viene,
qué hace. Y acaso fuera también conveniente que hablase con algún
magistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial.
¿Conoce usted al fiscal del Supremo?
--No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesín, es fiscal.
Vesín es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Le
he conocido niño y me quiere mucho. Iré á verle.
--Es lo mejor.
Marenval tuvo un momento de vacilación y luego preguntó:
--¿Está usted satisfecho de mí?
--Asombrado, sencillamente. No lo hubiera creído capaz de tal denuedo.
Yo había pensado: Marenval ha entrado en campaña en seguida porque tiene
un alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamente
se ha exaltado, pero eso no durará. Á las primeras dificultades
retrocederá y me dejará continuar solo mi camino. Porque soy testarudo y
estoy decidido á salirme solo con mi empeño. No admito que una empresa
comenzada se quede sin terminar, á menos que no se demuestre que es
imposible. Pero usted no sólo no ha retrocedido sino que acepta todas
las dificultades con la calma de un hombre resuelto. Su valor de usted
es extraordinario.
Marenval bajó la cabeza.
--No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, en
el fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente á
fuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hay
riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi
naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegaré á dominarla
por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un
desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo,
no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber
confiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si es
preciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.
Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquí
uno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser
tímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo que
pensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto le
juzgaba digno de estima.
--Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en el
pequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro plan
para mañana.
--Convenido. Pero le veo á usted vestido para salir; ¿quiere usted que
le lleve á alguna parte?
--Bueno; á la Magdalena.
Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se veía crecer
á sus propios ojos. Tragomer, porque tenía esperanza de rehabilitarse
ante la señorita de Freneuse.
Sorege estaba en el círculo cuando Tragomer, á eso de las siete, entró
en el salón. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo de
socios y mostraba en la conversación aquella fisonomía firme y fría que
ocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecían
medio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento íntimo;
cara de diplomático precavido y astuto, que también podía ser de
traidor. Tragomer no se aproximó al grupo y Sorege no hizo ni un
movimiento para ir hacia su antiguo amigo.
Tragomer cogió de la mesa un periódico ilustrado pero no tuvo tiempo de
volver dos páginas. Maugirón le tocó en el hombro.
--¿Vas á comer?
--Sí, contigo, si quieres.
--Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt.
--Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias.
Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados á la
música más eruditos de París. Conocía todas las partituras, todas las
escuelas y todos los cantantes desde hacía treinta años. Hablaba
enternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos de
Yvette Guilbert en el _Diván Japonés_. Su eclecticismo era absoluto y
hablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que de
Reszké, el gran tenor dramático. Á este propósito decía: "Hay,
evidentemente, una jerarquía de géneros, pero cada uno de ellos es
notable en grado igual."
Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejor
dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar
después de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de la
Ópera, con la que tenía dos hijos.
El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuesta
y todos se dirigieron á la mesa.
Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ó
cincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados,
solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como
Tragomer. Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras
más pequeñas en los rincones y en el salón inmediato.
--Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todo
menos de tu sempiterna música.
Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer.
--Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina,
de estrategia, de pintura, de política?
--No hables, lo prefiero.
--Aunque rabies, espera un poco... Canción de Silvain, los Dragones de
Villars, acto segundo, escena..., dijo Frecourt riendo.
--¡Vaya! Ya se desató.
--Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas,
los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.
--¿Oyes, Frecourt? Los salvajes.
--¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorio
obligado de los festines.
--¿Á que vas á pedir _tziganes_?
--Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan las
cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforas
en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los _tziganes_
de ese tiempo.
--¿Se iban ya entonces con ellos las princesas?
--Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reina
y no era más que poeta...
--¡Digo! Si hubiera sido músico...
--Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo.
--Estaban borrachas... Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quiso
tocar lo que ellas le pedían.
Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso.
--¡Ah! Maugirón, aquí te cojo, exclamó Frecourt; ahora eres tú el que
canta. Una multa; que traigan champagne...
--¡Qué herejías dicen estos músicos! ¡Champagne! Yo que tú pido
limonada. Vais á probar un _Château Lafite_ como no se bebe en ninguna
parte. Yo se lo he proporcionado al círculo, porque habéis de saber que
el encargado de los vinos no sabe de eso ni jota.
La comida continuaba y en todas las mesas subía poco á poco el tono de
las conversaciones. Era la hora benéfica en que los estómagos contentos
reparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirón estaba
benévolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en la
mesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonreía, menos enigmático
que de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelería y Tragomer,
que estaba silencioso, se volvió hacia Frecourt y le dijo en tono
indiferente:
--Usted, que conoce á todos los cantantes del universo, ¿quién es Jenny
Hawkins?
--¿Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli?
Pues es, sencillamente, Juana Baud.
Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento.
--¡Juana Baud! Es un nombre francés.
--Lo mas francés del mundo. Juana Baud ha cantado operetas en
Variedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo el
papel de una de las acompañantes de la princesa de Mantua, en
_Périchole_. Era bonita y bien formada y su voz prometía; pero era
preciso estudiar y la tal Juana se divertía demasiado para ocuparse en
el solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir.
--Pero, interrumpió Tragomer, ¿llevaba entonces su nombre?
--Se hacia llamar Juana Baudier. ¡Oh! Usted, Tragomer, no ha podido
conocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Además esa muchacha
era en aquella época completamente ignorada.
--¿Qué edad puede tener?
--Unos treinta años.
--¿Qué señas tenía?
--Era morena, de facciones regulares, magníficos ojos negros y boca algo
grande con unos dientes como perlas. Una mañana desapareció y no se ha
vuelto á oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, que
suena infinitamente mejor que Juana Baud ó Baudier. Los ingleses la
creen compatriota y eso les halaga.
--¿Cuánto tiempo hace que se marchó?
--Debe hacer unos tres años. Pero si esto interesa á usted, hay una
persona que le enterará exactamente:
--¿Quién?
--El agente de teatros Juan Campistrón; es el que recluta las compañías
y conoce todo el personal, hasta el que no trata con él.
--¿Dónde vive ese agente?
--¿Campistrón? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce.
--¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre toda
esa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente de
gorgoritos?
--Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuencia
cuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramos
querido hacer competencia á los _Menus-Plaisirs_. El tal Campistrón hace
de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador
de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo
Tell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas... Es un
tipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.
--¡Nos estás aburriendo con tu cómico de la legua! interrumpió
furiosamente Maugirón... No sé cómo te sufre Tragomer.
--Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer.
Tú no entiendes de nada, Maugirón, en cuanto te sacan de catar vinos.
Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite... ¿De modo, Frecourt,
que usted ha conocido á esa Juana Baud?
--Sí, amigo mío, la conocí en el Conservatorio en la clase de Achard.
Tenía una preciosa voz de _mezzo-soprano_, pero vivía en una continua
_juerga_, y eso es malísimo para los órganos vocales. Llegaba siempre al
_faubourg Poissonnière_ en una preciosa berlina tirada por un caballo de
ciento cincuenta luises... Y era de ver la cara que ponía Ambrosio
Thomas... ¡Decadencia y corrupción! decía levantando los brazos al
cielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarse
con un accésit; y por cierto que armó un tumulto en la sala á causa de
su traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella época la
mantenía Salveneuse, que pegó de palos en el _boulevard_ á Armando
Valentín por haber escrito una crónica feroz contra su amiga. Juana Baud
abandonó el arte durante cinco ó seis años y corrió en grande con los
jóvenes más á la moda... Después, un día apareció en Variedades, donde
enseñó, en una Revista, el más bonito par de piernas y el seno más
sólido que se habían visto hacía mucho tiempo.
--Pero dí, Tragomer, ¿es verdad que te divierte este cronicón de
bastidores?
--Claro que sí. Fumo, descanso, y estoy bien.
--Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, al
que me parece estar viendo con su perro, sus patillas teñidas y su
pantalón ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo... Apuesto
á que nos va á hablar ahora de Valentino y de Markowski.
Tragomer se echó á reír.
--¡Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejos
jóvenes... Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.
--¡Ah! querido amigo; si le divierten á usted las historias de aquel
tiempo, las sé más asombrosas.
--No, dijo vivamente el barón; sigamos con Juana Baud; el asunto está
empezado; acabémosle.
--¿Pero qué te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado
Maugirón. ¡Es inaudito lo simple que estás esta noche!
--No comprendes, Maugirón, contestó gravemente Tragomer. Algún día te
daré explicaciones y te quedarás asombrado.
--En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que parece
que es palpitante.
Y Maugirón se puso á fumar con aire de mal humor. Sirvieron el café
mientras que varios socios salían ya del comedor y la intimidad del
lugar se hacía mus grande. Frecourt aventuró un codo sobre la mesa y
prosiguió:
--Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado á hacer fortuna. Tuvo
un hotel en la calle de la _Faisanderie_ y un tren suntuoso. De entonces
datan sus relaciones con Woreseff y también su pasión por Sabina Leduc.
--¡Anda con Dios! No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esa
clase de mujeres!
--No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión,
porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año de
los restos de su lujo. Después, acosada de cerca por sus acreedores, se
eclipsó para reaparecer en el extranjero con el nombre de Jenny
Hawkins... El hotel fué vendido y no se oyó hablar de ella, si no es
alguna vez en los periódicos. Jamás ha vuelto á París, como si guardase
rencor á la gran ciudad de su desilusión.
Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieron
hacia los salones. Sorege, extendido en un sillón, parecía digerir la
comida con una satisfacción completa.
Tragomer dejó á sus compañeros, se aproximó al joven y tocándole en el
hombro por encima del alto respaldo del sillón, le dijo:
--Buenas noches, Juan, ¿estás bueno?
Sorege abrió los ojos y lanzó á Tragomer una rápida mirada; en seguida
sus pupilas velaron de nuevo los misterios de su pensamiento. Una vaga
sonrisa se dibujó en sus delgados labios y con voz tranquila respondió:
--¡Calla! Tragomer, ¿estabas ahí? ¿Por qué no has comido en la mesa
grande con nosotros?
--Maugirón me guardaba un puesto en su mesa. Por cierto que he sabido
una noticia importante para ti. Me han dicho que te casas.
Un ligero estremecimiento agitó la boca de Sorege, que continuó
sonriendo.
--¡Ah! ¿Habéis hablado de ese proyecto?
--¡Proyecto! Pero ¿no es seguro?
--¿Lo es algo en el mundo?
--¿Y es una americana tu elegida?
--Sí, una persona encantadora, miss Harvey... ¿La conoces?
--No tengo ese honor, pero cuento con que querrás presentarme á ella.
--Con mucho gusto, aunque eres un compañero peligroso con tu musculatura
y tu aspecto de vigor... Estos primitivos de América tienen un culto
por la fuerza...
Tragomer observaba á Sorege con todas sus facultades; escuchaba las
entonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nada
acusaba agitación en el conde, excepto un pequeño temblor de la boca,
que podía ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada á su
interlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tono
amenazador:
--Dime; ¿has conocido á miss Harvey durante tu viaje á América? Sorege
no levantó los ojos, siguió cerrado é impasible, pero se levantó
lentamente, cogió un cigarrillo y le encendió en la chimenea, como si
quisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondió:
--No, la conocí antes. Su padre fué quien me llevó á América.
Tragomer se quedó desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamente
atacado, tendría miedo, perdería la cabeza y negaría el viaje, ó
aparecería, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero su
adversario no perdía la cabeza tan fácilmente y jamás se asustaba.
Cristián tuvo muy pronto la prueba. Sorege abrió los ojos por completo,
mostró su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se echó
francamente á reír.
--¿Y tú, te has divertido en tu viaje? No parecía que te divertías mucho
en San Francisco, en el magnífico palco en que oías Otello...
Entonces fué Tragomer el que perdió pie. No sólo no se ocultaba Sorege
sino que salía al encuentro de las explicaciones.
--¿Me viste, acaso?
--¡Diablo! No había medio de no verte. Viniste á bloquearme en el cuarto
de una cantante cuando yo tenía más necesidad de conservar el incógnito.
--¿Por qué?
Sorege se sentó á horcajadas en una banqueta, de modo que el calor y la
claridad de la chimenea le diesen en la espalda y dijo con admirable
tranquilidad á Tragomer, que, estupefacto, se había sentado al lado
suyo:
--Figúrate tú que estando en San Francisco con M. Harvey y sus hijos, la
casualidad me hizo encontrar á una antigua amiga á la que no había visto
en tres ó cuatro años y que estaba corriendo el mundo en busca de
fortuna...
--¿Jenny Hawkins?
--La misma. No he de andar en hipocresías contigo. Hacía dos meses que
mi futuro suegro me llevaba dando tumbos por sus ranchos, lo que me
resultaba monótono. Aquella muchacha me hizo una acogida calurosa y la
ocasión, la primavera... Salí de toda aquella cuaresma americana con
una buena cena á la europea...
--¿Estabas entonces en el cuarto cuando yo entré?
--Estaba allí cuando te presentaste con tus dos yanquis. Puedes
figurarte que no me dí prisa á mostrarme. Tú me hubieras abrazado; mi
presentación á tus indígenas era inevitable; éstos hubieran hablado de
nuestro encuentro y Harvey y sus hijos hubieran sabido que yo me iba á
picos pardos, lo que, contando con el pudor anglosajón era para mí un
serio contratiempo... Preferí, pues, suprimir el abrazo... ¿Me guardas
rencor?
Tragomer se había repuesto y estaba reflexionando. La explicación de
Sorege era ciertamente aceptable y hasta verosímil, pero aquel relato,
para un espíritu tan prevenido como el de Cristián, adolecía de exceso
de habilidad, estaba demasiado bien compuesto y establecido y revelaba
la preocupación de engañar. Tragomer quiso llevar hasta el último
extremo á aquel admirable actor y obligarle á mostrar todos tus
recursos.
--No te guardo rencor, puesto que tuviste interés en obrar de ese modo.
¿Pero me conocía también Jenny Hawkins?
--¿Por qué?
--En el momento en que se cerró la puerta, tú dijiste en voz baja:
"¡Cuidado! ¡Tragomer!..."
Sorege frunció imperceptiblemente las cejas. Acaso se sentía algo
rudamente apurado y empezaba á ponerse de mal humor. Con cierta sequedad
respondió.
--¿Oíste? ¡Ladino! Tienes buen oído. Pues bien, sí, Jenny te conocía. Y
de un modo muy sencillo. Yo te había visto desde mi localidad en cuanto
entraste en el teatro, pero ella, como artista interesada en conocer el
público y en descubrir á sus amigos, te había observado y visto que eras
extranjero. En cuanto llegué á su cuarto me habló de tu yanqui y de su
compañero. "Juraría que es francés" dijo.--Y parisiense,
respondí--¿Sabes quién es?--Cáspita, es mi mejor amigo--Tráemele--Tú
bromeas. Si Tragomer te gusta, espera que yo me vaya." Jenny me llamó
tonto. Yo no podía contarle que si no quería ser visto con ella era
porque me iba á casar y salí del paso fingiendo una escena de celos. Por
eso, cuando entraste me apresuré á cerrar la puerta diciendo como
advertencia tu nombre y como amenaza ¡cuidado!
Tragomer no discutió aquel relato un poco largo. Tenía prisa por
esclarecer los hechos en su conjunto.
--Entonces eras tú el que venía con ella en coche después de la
representación?
--Naturalmente. Bien nos contrariaste con tu aparición repentina en el
momento en que me disponía á bajar del coche. Íbamos á cenar juntos.
--¿Y os separásteis allí, sin volver á veros?
--¡Por supuesto! dijo Sorege con alegre abandono. En cuanto te decidiste
á entrar en el hotel, volvió á salir Jenny y fué á reunirse conmigo en
el carruaje. En vez de cenar en el hotel de los Extranjeros, fuimos á
_Golden House_. Justamente al salir de allí, á las dos de la mañana,
Jenny cogió frió y una ronquera que le obligó á suspender la
representación y á marchar á Chicago.
--¿Marchaste con ella?
--Puedes figurártelo. Allí nos indemnizamos cumplidamente de los
embarazos que nos habías causado. Y ahora, á mi vez, ¿quieres explicarme
qué furor te entró de espiar á aquella pobre Jenny como lo hiciste?
--¡Bah! ¡Esa es buena! La encontraba encantadora y observé que un
personaje misterioso ocupaba el sitio que yo ambicionaba. Quise saber á
qué atenerme y ver el partido que podría sacar. Prontamente me convencí.
Sorege, con los ojos cerrados, fumaba sonriendo.
--La cosa es muy sencilla... Hemos sido rivales durante veinticuatro
horas. Á no ser por el diablo de mi suegro y de sus _cow-boys_ de hijos,
te hubiera presentado yo mismo sencillamente y de muy buena gana, y
hubieras participado de mi buena fortuna. Eso se hace entre amigos,
sobre todo de viaje.
Tragomer dejó pasar unos instantes y después, como si le acometiese de
nuevo la curiosidad, preguntó:
--¿Dónde conociste á Jenny Hawkins!
--¡Ah! ¿eso te preocupa? Pues bien, sal de dudas. La conocí en Londres,
en la Alhambra, donde cantaba y bailaba, sin que se pudiese sospechar
que llegaría á ser una estrella.
--¿No es italiana? preguntó bruscamente Tragomer.
Los ojos de Sorege se abrieron y dijo con voz seca, solo detalle que
tradujo un poco su emoción:
--¿Por qué ha de ser italiana? ¿Porque canta en italiano? Todas las
cantantes saben esa lengua; es para ellas indispensable; pero eso se
aprende en veinte lecciones.
--En todo caso, no es ni inglesa ni americana. Mis yanquis de San
Francisco me lo dijeron.
--Si lo sabes, amigo mío, ¿por qué me lo preguntas?
--Para saber si tú lo ignoras.
--Podría ignorarlo perfectamente, pues el pasado de esa amable muchacha
no me interesa gran cosa, pero no lo ignoro, querido Cristián. Me entero
por gusto de lo que se refiere á las personas que trato, aunque sea de
pasada, y estoy al cabo de la calle acerca de Jenny Hawkins.
--Que no se llama así.
--No, dijo fríamente Sorege, se llama Juana Baud, ó Baudier, y es
francesa. ¿Estás contento, Tragomer?
En el tono de estas palabras hubo tal acento de sarcasmo, que Cristián
apretó los puños de rabia. Su interlocutor parecía decirle: "¡Busca,
desgraciado, que no encontrarás nada! No me cogerás en ningún renuncio.
Hace una hora que te traigo y te llevo contándote mentiras para hacerte
descubrir á Juana Baud, que es un personaje real, en cuya autenticidad
te vas á estrellar."
En este mismo momento Tragomer adquirió la certidumbre de que Jenny
Hawkins no era Juana Baud y de que en esto estaba el nudo de la intriga.
Era preciso descubrir debajo de Juana Baud á Lea Peralli. Porque la
máscara con que la cubría Sorege era doble á no dudar. El conde había
levantado la de Jenny y mostrado á Juana; no había nada más que esperar.
Cristián, por otra parte, tenía un interés capital en no agriar sus
relaciones con Sorege. Tomó, pues, un tono jovial y respondió:
--Perfectamente. Veo que eres el mismo de siempre; muy avisado y cauto
en cuanto haces. En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala
cualidad.
--Trato de razonar un poco. Hay tantas personas que dan vueltas como
palominos atontados... Bastantes ocasiones hay de romperse la cabeza
sin divertirse en escoger los malos caminos.
--Cuando te cases ¿irás á vivir en América?
--Dios me libre. América, como has podido ver, es un país imposible.
Tanto valdría vivir en una manufactura de provincia, en medio de la
agitación de los negocios y sin ningún recurso para distraerse. Los
americanos que han hecho fortuna saben bien que su país es inhabitable
como no sea para ganar dinero. Por eso se apresuran á venir á
establecerse en Europa. Si se les quisiera jugar una mala pasada, no
había más que obligarles á vivir en sus _United States_. Se morirían de
fastidio.
--Por eso sus hijas manifiestan tan decidida propensión á casarse con
franceses ó ingleses.
--Si tienes en ello alguna idea, en las relaciones de Harvey quedan
algunas encantadoras _misses_, muy rubias, de talle largo y piernas
cortas y la barbilla un poco maciza, que tienen dotes apetecibles. Hay
que cruzar las razas, Tragomer.
--Sí, esas son las nuevas cruzadas. No estoy de esa opinión por el
momento. Pero daré con mucho gusto la enhorabuena á tu prometida por la
buena elección que ha sabido hacer.
--Pues bien, te llevaré á casa de Harvey una de estas noches. Se beben
allí licores extraordinarios. Tú no los extrañarás mucho.
--Lo que haré será no beber nada.
Ambos reían con perfecta seguridad de buenos muchachos sin segunda
intención. Al verlos y al oirlos no se hubiera sospechado la gravedad de
las palabras que habían cambiado ni la importancia de los intereses que
andaban en juego. Sin embargo, si alguien hubiera tocado el cuello de
Sorege, hubiera observado que le tenía empapado en sudor como si acabara
de dar una larga carrera. Los dos amigos se levantaron y, familiarmente
cogidos del brazo, pasaron á la sala de juego y se aproximaron á la mesa
del _baccará_.
--¿Juegas ahora? preguntó Tragomer.
--De vez en cuando, para pasar una hora.
--¿Y ganas?
--Algunas veces.
Tragomer miró á Sorege y dijo tristemente:
--No eres entonces como el pobre Jacobo. Ese no ganaba nunca.
Por muy dueño que fuese de sí mismo, Sorege se estremeció al oir aquel
nombre. Su cara se cubrió de palidez y, casi en voz baja, replicó:
--En el juego que él hacía era imposible ganar.
Tragomer, entonces, sacudió la cabeza y dijo con voz firme:
--Sobre todo cuando hay que habérselas con adversarios que señalan las
cartas...
Los ojos de Sorege aparecieron chispeantes y sus labios temblaron, como
si fuese á dejarse llevar á alguna declaración imprudente. Pero logró
dominarse, dió tres pasos para dejar á Tragomer y volviendo en seguida
hacia él, le dijo:
--¡Cada cual es dueño de su destino, Tragomer! Si el desgraciado Jacobo
estuviese aquí, él mismo te lo atestiguaría.
Levantó la cabeza orgullosamente, dirigió á Tragomer un ademán de
despedida y se alejó.