Marenval se levantó

--Querida prima, dijo en el tono más afectuoso; dejo á usted, pero

volveré á verla muy pronto. Nuestras conferencias serán frecuentes, lo

que espero que no les será desagradable. Estoy impaciente por aclarar á

ustedes la situación, pero antes es preciso que me la aclare á mi mismo.

Al bajar, si ustedes lo permiten, voy á hablar con el buen Giraud.

Marenval estrechó la mano de la anciana y María acompañó á su aliado por

varias piezas desamuebladas y tristes hasta llegar al vestíbulo. Una vez

allí, dijo á Marenval dirigiéndole una límpida mirada:

--Suceda lo que quiera, gracias por el consuelo que nos ha traído usted.

No olvidaré nunca que ha sido usted el primero que ha participado de

nuestra convicción en cuanto á la inocencia de mi pobre hermano.

Marenval movió la cabeza.

--No es usted justa, mi hermosa prima, porque el primero que ha

participado de esa convicción no se llama Marenval, sino Tragomer.

María frunció las cejas, hizo un nuevo ademán afectuoso y, sin añadir ni

una palabra, volvió á entrar en las habitaciones.

Giraud presentó á Marenval su gabán de pieles.

--Un instante, amigo mío, dijo el antiguo fabricante de pastas; tengo

que decir á usted dos palabras antes de marcharme. ¿Dónde hablaremos sin

que se nos moleste?

--Si el señor quiere entrar en el recibimiento, no habrá riesgo de que

nadie entre... ¡No! Jamás viene nadie... Marieta está en la cocina y

la doncella arriba, en el cuarto de costura. Estoy á las órdenes del

señor... ¡Ah! aquí el servicio de la puerta es una ganga... ¡Esto es

una tumba! ¡Una verdadera tumba!

Marenval se apoyó en la chimenea para no sentarse dejando en pie al

viejo criado de cabello blanco. El comerciante enriquecido tenía esos

rasgos de delicadeza y se mostraba siempre dulce con los humildes.

--Giraud, dijo; tengo que hablar á usted de su señorito y de los amigos

de éste... Hay cosas que los padres no saben nunca y que son siempre

conocidas de los servidores... He preguntado á las señoras y quiero

ahora interrogar á usted. Respóndame, pues, con toda franqueza y sin

omitir nada.

--El señor puede estar tranquilo; contaré cuanto sepa. No tengo nada que

temer ni que perder. Cualquier daño que pudiera hacérseme no sería mayor

que el que sufrí el día en que prendieron á mi pobre señorito. Un

muchacho que se encaramaba en mis rodillas cuando era pequeño y al que

iba á buscar al colegio todos los domingos cuando estaba estudiando.

¡Ah! señor, cuántas infamias hay en el mundo... No son las personas

honradas las mejor tratadas.

--¡Entonces, está usted también convencido de la inocencia de Jacobo?

--¿Convencido, señor? Eso es poco. Pondría mi cabeza en un tajo á que

no tuvo nada que ver en todo aquel asunto. No había más que verle en el

primer momento cuando vino á buscarle aquel salvaje de comisario, para

saber que no había hecho nada y que no sabía siquiera de qué se trataba.

Si yo no hubiera reprimido mi primer movimiento, entre Miguel, el

cochero, y yo, hubiéramos metido en la cueva, como un paquete, al tal

comisario y le hubiéramos guardado allí hasta que el señorito se hubiera

puesto en salvo. Una vez libre, él hubiera sabido demostrar que no había

matado á aquella mujer... ¡Él, señor, él, matar una mujer! ¡Un joven

que se hubiera arrojado al agua para salvar un perro de la muerte! ¡Hase

visto estupidez semejante! Matar á aquella mujer... ¿Para qué, si la

amaba? ¿Para robarla? ¡Buena idea! El pobre muchacho le había dado

cuanto tenía. ¡Oh! Ella estaba muy celosa de él. Una tarde, en que vino

á hablarle, estaba como loca de pena. Se estuvo en el vestíbulo, sentada

al lado de la ventana y llorando como una Magdalena. Me ofreció todo lo

que yo quisiera, su portamonedas, una sortija con un brillante, para que

la dejase subir al cuarto del señorito Jacobo. Por más que le decía:

"Pero, señora, si el señorito no está en casa... ¿Qué adelantará usted

con ver su cuarto? Podría usted encontrar á su madre ó á su hermana y,

ya ve usted, ¡qué escándalo! ¡No piense usted en tal cosa!", ella me

respondía sollozando? "¡Oh! ¡Preferiría matarme!" Yo estoy convencido de

que se suicidó... Cuando se lo conté al juez de instrucción, éste se

encogió de hombros. Esos señores de la justicia no son muy amables.

Parece que su idea era otra, pues cuando yo volvía á la carga y quería

explicar las razones en que me fundaba, me interrumpió secamente

indicándome que, según él, estaba divagando. Yo no divagaba, sin

embargo, señor, y así como llevo de vida sesenta y cinco años sin haber

hecho mal á nadie, el señorito Jacobo no ha matado á esa mujer. ¡No! No

la ha matado.

Marenval escuchó atentamente al criado. Había conservado la paciencia

necesaria en su antigua profesión para no violentar al cliente. Sabía

muy bien que después dé los intentos y de las vacilaciones, los negocios

se deciden, y esperaba un detalle imprevisto, una circunstancia nueva en

el relato apasionado de Giraud. Nada de lo que acababa de oir tenía

novedad y se decidió á abordar el asunto que más le interesaba

dilucidar.

--¿Qué influencia cree usted que han podido tener en la conducta de

Jacobo los amigos que le rodeaban?

--¡Oh! señor, eso es muy difícil juzgarlo. El señorito estaba en

condiciones muy especiales. Vivía en casa de su madre, viuda, y tenía en

casa una señorita joven. No podía, por tanto, recibir aquí mucha gente

y, exceptuando el señor Tragomer y el señor de Sorege, no conocíamos á

sus amigos. Á los demás los veía en el círculo, en el teatro, en las

carreras, en sociedad. Bien sabe usted que él iba á todas partes, que

todo el mundo le invitaba y que él no se hacía rogar cuando se trataba

de reír y de divertirse. Era muy vehemente, ¡Oh! Demasiado... y toda

esa locura que le ha perdido, era heredada de su padre. ¡El difunto

señor de Freneuse era terrible! Usted le ha conocido en sus últimos

años. ¡Ah! señor, se puede decir que la pobre señora no ha tenido

grandes atractivos en la vida. Si la señorita María, que es una santa,

no la hubiera compensado con su dulzura y su amabilidad, la señora

hubiera sido una verdadera mártir.

Marenval volvió suavemente al asunto que le preocupaba.

--No le pregunto á usted nada sobre el señor Tragomer; éste no tiene

nada oculto para mi y me parece enteramente recomendable. Pero quisiera

saber la opinión de usted acerca del señor de Sorege.

Giraud vaciló un instante; pero había prometido decir lo que pensaba y

cumplió su palabra:

--Con el respeto debido, señor, diré á usted que ese es un canalla.

--¿En qué se funda usted para tratarle tan duramente? preguntó Marenval,

algo extrañado por aquella vehemencia.

--En nada, señor. Nunca le he visto cometer una acción reprensible ni

decir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla.

--Pero, en fin, Giraud, ¿por qué es usted tan severo con ese joven que,

según usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio?

--Es un instinto, señor, y eso no se discute. Hay en la calle de al lado

un estanco al que yo iba todos los días, desde hace diez años, á comprar

mi paquete de rapé. Nunca pude acostumbrarme á la cara de aquel

estanquero, y siempre que intentaba darme la mano, retiraba yo la mía.

Sin embargo, todo el mundo le estimaba y estaba muy bien visto en el

barrio. Pues bien, señor, hace tres meses, el tal se ha fugado con los

fondos del gobierno y los del propietario del estanco y se han

descubierto horrores. En el barrio fué general el asombro al ver que un

hombre, al parecer, tan honrado era un despreciable tunante. El señor me

creerá, si quiere; pero es la verdad que con el señor de Sorege me

sucede lo mismo que con el estanquero. Se ha mostrado siempre bien

educado, hasta afable conmigo, pero había en su cara un no sé qué que me

repelía y que me hace decir sin vacilar: ese hombre es un canalla y se

verá el día menos pensado.

--¿Venía aquí á menudo?

--Sí, señor, venía mucho al principio; y hasta llegué yo á sospechar

que pensaba en casarse con la señorita María. Pero su asiduidad no tardó

en cambiar de forma y cesó ante el señor de Tragomer. La verdad es que

el tal Sorege veía desaparecer rápidamente la fortuna de la casa, pues

estaba demasiado al corriente de las locuras de su amigo y acaso las

fomentaba lo suficiente para saber á qué atenerse respecto al dote de la

señorita. Estaba seguro de que el hijo de la casa dejaría en la calle á

su familia. Creo en la inocencia del señorito Jacobo, pero no estoy

ciego y sé todas sus acciones reprensibles. Todas esas dilapidaciones,

todos esos extravíos le han sido bien echados en cara el día de la

desgracia. Sus hechos anteriores han pesado duramente sobre él cuando ha

tenido que justificarse. El tal Sorege sabía bien que las señoras darían

hasta el último céntimo por no comprometer su nombre en asuntos

sospechosos, y como el señorito Jacobo era presa de una banda de

granujas, su suerte era fácil de adivinar. ¡Ay! señor, el pobre no tuvo

tiempo de arruinar á la familia; el destino se encargó de poner coto á

su conducta. Estoy seguro, sin embargo, de que las señoras preferirían

estar reducidas á pedir limosna á ver al señorito donde está.

--Eso no admite duda, Giraud. Pero, volviendo á Sorege, ¿sus relaciones

con Jacobo eran menos asiduas en los últimos tiempos?

--En casa, sí, pero fuera, ¿quién lo sabe? Para mí, señor, el conde de

Sorege, con su aparente buena conducta, ha sido el genio malo del

señorito. Él le ha creado las dificultades y los apuros; él le ha dado

los peores consejos; gozaba viéndole hundirse. ¿Por qué? No lo sé; pero

tenía una razón para desear la pérdida y la ruina de su amigo. Una

tarde, cuando los negocios del señorito Jacobo iban peor, el señor de

Sorege estaba con él en su cuarto y yo bajé para prepararles el té.

Cuando volví á entrar, estaban tan acalorados que no se fijaron en mí, y

además el señorito no ocultaba nunca lo que hacía, pues no era un

solapado como el otro. Entonces oí á mi señor que decía con animación:

"Sí, esta existencia es ya imposible... Me iré ó me saltaré la tapa de

los sesos..." ¡Si hubiera usted visto entonces la cara del Sorege! Sus

labios se plegaron para desaprobar, pero sus ojos brillaban de júbilo.

¡Y su amigo le decía que estaba en el último extremo! ¡Oh! Ese día ví el

odio que se albergaba en aquel corazón. ¿Por qué odiaba á mi señorito?

¿Qué le había hecho su amigo Jacobo? Era tan ligero, tan imprudente, tan

loco, que podía muy bien ofender á un amigo sin querer y sin saberlo.

Mucho hubiera deseado oir el resto de la conversación pero esperaron que

me marchara para seguir hablando. El señorito Jacobo se paseaba agitado

como un tigre mientras yo colocaba el té sobre la mesa; estaba pálido y

con los puños crispados. Algo muy serio debía sucederle aquel día,

porque el señorito Jacobo tomaba habitualmente las cosas á juego y era

preciso mucho para hacerle salir de su descuido. Al cerrar yo la puerta,

el señor Sorege reanudó la conversación y dijo: "Estas loco, pobre

muchacho. ¡Tienes ya á Lea y te vas á meter..." Tuve que cerrar y

renunciar á oir el resto. Aquella vez, señor, la única en mi vida, tuve

deseo de escuchar á la puerta, aunque no sea este un procedimiento

conveniente para un criado que se estima; pero mis costumbres de

discreción pudieron más y me fuí sin saber lo que acaso hubiera sido tan

interesante que supiese. Porque se trataba de esa Lea, que ha perdido al

señorito Jacobo, que estaba loca por él. Si no entendí mal, en aquel

momento lo que el señor Sorege quería decir era que su amigo se había

metido en una nueva intriga con otra mujer. Pero, ¡Dios mío! ¿No tenía

bastante con la italiana, esa perdida, que derretía el dinero como

manteca y había convertido al señorito Jacobo en jugador para

aprovecharse de las ganancias y dejarle á él los apuros de las pérdidas?

¡Ah! señor, ¡qué mala mujer! ¡Si se supiera lo que una mujer así puede

dañar á un pobre muchacho débil y vanidoso! Bien lo hemos aprendido, por

nuestra desgracia...

--¿Cuál fué la actitud del señor de Sorege en el momento de la

catástrofe?

--Muy buena, señor, muy buena.

--¿Cómo así?

--Ese señor, que no parecía muy alterado, vino en el primer momento á

ponerse á las órdenes de la señora. Estaba tranquilo y frío y su actitud

indicaba la preparación. Nada era en él natural; parecía un actor... No

sé si me hago comprender bien...

--Perfectamente.

--El señor Tragomer, en cambio, estaba como loco y no acertaba á

pronunciar palabra. El Señor Maugirón lloraba á lágrima viva. Todos

habían perdido la cabeza menos el señor de Sorege que conservaba toda la

suya. Me pidió las llaves y estuvo largo rato registrando los cajones

del señorito. Pero el comisario de policía había registrado ya y no

había nada que encontrar. Todo su empeño era hallar una fotografía. Me

pidió noticias: una gran tarjeta, que estaba en el cajón de los cigarros

y que yo había debido ver. Le dije que sabía dónde estaba; el señorito

la había puesto el día anterior en su saco de viaje. No bien lo hubo

oído, se arrojó sobre ella, así, literalmente, y ris... ras... la hizo

veinte pedazos en un segundo sin que yo pudiese impedirlo... Tampoco

pensé en ello... ¡Una fotografía de mujer! La cosa no era

extraordinaria ni preciosa, sobre todo en el momento de la catástrofe.

Después he pensado en aquella prisa del señor de Sorege para destruir el

retrato y esto me ha preocupado, pero no he podido comprender qué motivo

tuvo para obrar así. Después de todo, acaso lo hiciese en interés del

señorito Jacobo; acaso también fuese en su propio interés. Después de

las pruebas de simpatía que Sorege dió en el primer momento á la señora,

se fué separando poco á poco de la casa. No le acuso por ello; ha hecho

lo que los demás. En la causa, declaró con mucho calor en favor del

señorito Jacobo y según he sabido, pues no siempre pude estar presente,

trató de probar su inocencia y de atenuar su responsabilidad. En fin,

todo el mundo aprobó su conducta y la señora le dió las gracias. ¡Buen

provecho le haga! Desde entonces no le he vuelto á ver. Mi pobre cabeza

se ha debilitado mucho con la soledad y con la pena, lo que,

seguramente, me habrá hecho olvidar muchos detalles. Pero lo

absolutamente cierto es que el señor de Sorege no era un amigo sincero

del señorito Jacobo, al que envidiaba y que el día en que le vió perdido

aparentó querer salvarle porque estaba seguro de no lograrlo.

El viejo se calló. Sus manos temblaban de emoción y sus mejillas estaban

surcadas por gruesas lágrimas. Marenval, en tanto, reflexionaba

profundamente. Por fin el criado, viendo que su interlocutor no le hacía

más preguntas, se atrevió á formular una á su vez.

--Si el señor me permitiera preguntarle por qué razón vuelve sobre ese

triste pasado. Seguramente no es por curiosidad ni por el placer de

remover esos malos recuerdos. ¿Acaso espera el señor un cambio en la

situación?

Marenval salió de su meditación, miró al criado con un interés que nunca

le había manifestado y dijo, poniéndole una mano en el hombro:

--No se sabe lo que puede ocurrir, amigo Giraud. En este mundo no hay

nada definitivo más que la muerte, y Jacobo está vivo y aun creo que en

buena salud.

--¡Era tan joven y tan vigoroso! Pero la pena... el arrepentimiento...

¡Eso destruye! Además, el clima...

--No es malo, Giraud; no tiene nada de malo. En cuanto á los informes

que he venido á tomar; eran indispensables. Se trata del matrimonio del

señor de Sorege.

--¡Casarse! Oiga usted, señor; no soy más que un pobre hombre y el señor

de Sorege es un conde, tiene fortuna, relaciones, todo. Pues bien, si yo

tuviera una hija, preferiría que se quedase para vestir imágenes á

casarla con él.

Marenval se echó á reír.

--Tranquilícese usted. Creo que el negocio ha fracasado. Gracias por sus

confidencias, Giraud; creo que me serán útiles.

Se puso el gabán de pieles, hizo un signo amistoso al criado y

acompañado por él salió al patio, se dirigió á su coche y dió orden de

conducirle á casa del señor Tragomer. Eran las cuatro. El coche rodaba

al trote cadencioso del caballo, y Marenval, arrebujado en un rincón,

reflexionaba sobre los datos contradictorios que acababa de oir acerca

del personaje que le interesaba.

Por una parte la señora de Freneuse tenía á Sorege por un perfecto

caballero que había ejercido saludable influencia sobre su hijo. Por

otra, María declaraba que el amigo de su hermano le había desagradado

siempre y que le creía más hábil que leal. En fin, lo que era más grave

y verdaderamente interesante, la opinión del criado de confianza. Éste

había estado en condiciones de ver y de juzgar. Si es cierto que no hay

grande hombre para su ayuda de cámara, con más razón no hay fingimiento

posible para el criado que todo lo ve y lo oye.

Forzosamente Giraud había observado á su señor y á los amigos de su

señor. Todos habían pasado por el tamiz de sus observaciones diarias y

su convicción era por fuerza la más justificada. Por otra parte, en lo

que contaba acerca de las relaciones de Sorege y de Jacobo había muchos

detalles verosímiles. ¡Qué rayos de luz esclarecían la conducta de aquel

hombre, dado lo que sospechaba Marenval! No era posible comprender aún,

pero las grandes líneas del asunto empezaban ya á dibujarse.

Á no dudar, Sorege había intervenido en el negocio. ¿Cómo? ¿Á qué

título? Este era el punto oscuro ó, mejor dicho, este era el asunto

mismo. En lo ocurrido dos años antes había habido circunstancias

difíciles de explicar, aun cuando nadie ponía en duda la personalidad de

Lea. Ahora todo era incomprensible. Marenval recordaba algunas protestas

de Jacobo, que nadie había tenido en cuenta.

Cuando Jacobo fué preso, estaba en el Havre y nunca pudo explicar

claramente qué había ido á hacer allí. Nadie había comprendido tampoco

por qué se detuvo veinticuatro horas en vez de tomar el vapor y salir

para América. ¿Qué esperaba? La acusación decía: un cómplice. Pero

¿cuál? Había sido imposible encontrar ninguno. ¿Sería Sorege? Marenval

se lo preguntaba y no encontraba una respuesta aceptable. Si Sorege

había sido cómplice ¿quién era la mujer muerta en la calle de Marbeuf?

Porque no había que perder de vista que, en realidad, se había cometido

un crimen y que si Lea Peralli vivía, otra había sido asesinada en su

lugar.

Entonces, ¿quién era esa otra y quién el matador? Aquí el problema se

presentaba sin solución. Si, en rigor, se veía el interés que Jacobo

pudo tener en matar á Lea, no era posible comprender por qué había

asesinado á otra mujer. El buen Cipriano no había nunca brillado por su

inventiva y por muy lealmente que se rompía la cabeza buscando la clave

del enigma, no podía encontrarla. Adivinaba que había un misterio en

todo esto, pero no se sentía con fuerzas para descubrirle.

En este instante un capricho del pensamiento le hizo ver las

dificultades con que iba á tropezar voluntariamente y las molestias que

le iban á resultar. ¡Qué! Á su edad, cuando tenía todo lo necesario para

ser dichoso, una inmensa fortuna, buena salud, una sociedad agradable,

amigos afectuosos y cuantas mujeres pudiera desear, pensaba meterse en

el laberinto de una rehabilitación muy problemática, porque un audaz le

había hecho ver que podría representar en este asunto un buen papel...

¿No era el mejor de todos vivir lo más agradablemente posible, apartando

de sí toda complicación? Su existencia era dichosa, ¿convenía hacerla

insoportable por continuas alarmas y sacudidas? ¿No era mejor dejarse

llevar blandamente por la corriente del río, en vez de remar con furia

para abordar á orillas sembradas de peligros?

¡Ah! Durante aquellos momentos en que dejó hablar á su razón de hombre

de mundo, Marenval se vió muy perplejo y pudo echar sobre su destino de

perfecta claridad. Vió todo lo que arriesgaba y, para gloria suya, se

decidió por el peligro, cuando no tenía más que pronunciar una palabra

para asegurar su tranquilidad. Un hermoso movimiento de su ánimo pudo

más que todo. La madre y la hermana de Jacobo, irremediablemente

desoladas, y aquel desgraciado joven sufriendo á miles de leguas un

ultraje y una vergüenza inmerecidos, se evocaron en su ánimo con fuerza

irresistible.

Después de todo y pensándolo bien, sus amigos del círculo, sus camaradas

de la vida de fiesta, las bellas jóvenes de la aristocracia, que no

tenían para él sino miradas indiferentes, las muchachas que le tuteaban

y le trataban como á un abuelo generoso, pero sin deferencia alguna, le

interesaban muy poco. Todos los que componían su público, por cuya

admiración trabajaba con tanto ardor desde que se retiró de los

negocios, se agruparon en su mente como en un cuadro, y le pareció que

todos aquellos árbitros del éxito y del renombre dirigían hacia él sus

miradas como para preguntar:

"¿Á que se decidirá? ¿Adoptará la causa de los oprimidos ó sacrificará

la inocencia á su ociosidad? ¿Podremos incluírle entre las

personalidades que llaman la atención en cuanto se presentan en

cualquier parte, ó seguiremos mirándole por encima del hombro, como á un

advenedizo? ¿Será, en fin, un héroe ó un hombre vulgar?"

Á esta conclusión, Marenval dió un salto en los almohadones do su

berlina. Su cara se puso roja, apretó los puños y dijo en voz alta, como

respondiendo á todos aquellos personajes que, burlones ó benévolos, le

acechaban para juzgarle en última instancia:

"¡Se han burlado de mí, me han desdeñado; pues bien, ya verán de lo que

es capaz Marenval! ¡Aunque supiera que en el fondo de este asunto estaba

el mismo diablo, iré á ese fondo y le pondré en claro, como si fuera una

cuenta de mercancías."

El coche se detuvo en este momento y Marenval pensó: "Ya no es tiempo de

retroceder; me he empeñado á mí mismo mi palabra. Vamos á ver qué piensa

Tragomer de las noticias que le traigo." Descendió de la berlina y entró

en la casa.

En el fondo del abismo: La justicia infalible · 第 13 / 24 题