La agencia dramática Campistrón está establecida en un piso tercero
interior de la calle de Lancry, y allí, retirado de la escena después de
una carrera llena de incidentes realizada en los teatros de provincia,
el antiguo primer tenor se ocupa en proveer á sus ex directores del
personal que necesitan para todos los géneros. La señora de Campistrón,
más conocida con el nombre de Glorieta, tuvo un momento de reputación
como cantante de café concierto. Ahora ayuda á su marido á dar
audiciones, á montar espectáculos mixtos, á aconsejar á los aficionados.
Porque Campistrón no se limita á colocar en las provincias á las
desechadas de los teatros de París, sino que se encarga también de
proporcionar á los dueños de casa espectáculos á la medida, comedias,
revistas, óperas cómicas y, en general, todo lo que se necesita para
montar una reunión en pocas horas.
Sus negocios marchan bien y ha tenido que alquilar otro cuarto del mismo
piso para establecer en él un diminuto escenario, donde da las lecciones
y hace los ensayos y al que llama pomposamente su conservatorio.
Campistrón no es un simple agente dramático; es también un innovador,
pues ha inventado un nuevo método de canto: el canto de vientre.
--No se respira con el pecho, declara con su voz _del Profeta_, un poco
enronquecida; se respira con el vientre.
Por su procedimiento ha cambiado ya numerosos barítonos en bajos y no
escasos tenores en barítonos, sin contar los que ha dejado afónicos.
Pero él continúa imperturbable su degollina vocal. Vive de su agencia,
pero la desprecia; en cambio su profesorado no le da más que
obligaciones, pero eso le enorgullece. Los ladinos que quieren buenos
ajustes conocen bien lo que tienen que hacer; dicen que cantan según el
método Campistrón y en seguida son presentados como fenómenos de arte
por el vanidoso agente.
Siguiendo las indicaciones de Frecourt, Tragomer y Marenval se bajaron
un día, á eso de las cuatro, ante el número 17 de la calle de Lancry. La
portera que estaba en su casilla bruñendo un perol, respondió á Marenval
en tono malhumorado:
--La escalera de enfrente. Si es para un ajuste, tercero de la
izquierda; si es para una lección, de la derecha.
Al ver que los dos hombres parecían vacilar, añadió:
--No es posible engañarse... Cuando oigan ustedes chillar es que han
llegado.
Tragomer se echó á reir y dijo:
--Gracias, señora.
--No hay de qué.
La buena mujer continuó frotando su cacharro y Tragomer oyó que gruñía:
--Más comienchos con mucho gabán de pieles y sin un céntimo en el
bolsillo.
--Mi querido amigo, dijo Marenval mientras subía la húmeda y mal oliente
escalera, esa mujer nos ha tomado por un galán joven y un barba que
buscan contrata, y hasta nos ha expresado su desdén con frases poco
correctas...
--Tiene usted que acorazarse contra todas estas impresiones, Marenval.
Nos veremos en muchos casos semejantes.
--No me quejo, amigo mío; lo hago constar. Por otra parte el hecho no me
molesta lo más mínimo.
Tragomer se detuvo en el segundo al oir en el piso de arriba violentos
gritos.
--Oigo chillar, como dice la señora del perol; señal de que nos
aproximamos.
Subieron otro tramo empinado como una escala.
--¡Uf! exclamó Marenval. Este es un tercero que vale por dos. Déjeme
usted tomar aliento, Tragomer; usted trepa como una ardilla...
Se detuvieron delante de una puerta en la cual se leían estas
inscripciones en letras negras: _Campistrón agente dramático. Lecciones
de declamación y canto_. Nuevo Método; y en un papel pegado con cuatro
obleas, esta advertencia manuscrita: ¡_Llamad fuerte_! La recomendación
no era inútil, porque en las profundidades del departamento se estaba
desencadenando una tempestad de gritos cavernosos, como si se practicara
una operación quirúrgica muy dolorosa á un paciente bien despierto.
--Vamos á ver; estamos en la puerta de la izquierda, la de las
lecciones, dijo Tragomer; hay, pues, que llamar á la de la derecha, la
de los ajustes.
En este lado las inscripciones decían: _Agencia Campistrón_. Contratas.
Informes. Representaciones de todas clases. De 10 á 5. E.L.P.
--E.L.P., dijo Marenval; esto quiero decir: empujad la puerta.
Así lo hicieron y al abrirse la puerta apareció ante su vista una pieza
triste, empapelada con un papel ajado y dividida en dos mitades por una
balaustrada de madera. Detrás de la balaustrada estaban escribiendo dos
empleados de lastimoso aspecto y en la primera parte de la habitación
esperaban algunos hombres y algunas mujeres sentados en vetustas
banquetas. Uno de los empleados levantó la cabeza, dejó la pluma, miro á
los dos visitantes y reconociendo en ellos unos clientes poco comunes,
se levantó de su asiento y dijo:
--¿Qué desean ustedes, señores?
--Hablar al señor Campistrón, respondió Tragomer.
--Está ocupado en este momento, pero si ustedes quieren hablar con la
señora...
Marenval y Tragomer se consultaron con la vista.
--No hay inconveniente, respondió Marenval.
El empleado abrió una puerta practicada en la balaustrada y salió á la
antesala. Llamó á una puerta y entró con aire misterioso. Al cabo de un
instante salió y dijo:
--¿Quieren ustedes seguirme?
Las personas que esperaban en las banquetas, hacía mucho tiempo sin duda
y acaso con poca esperanza, produjeron un murmullo de protesta contra
aquella preferencia otorgada ante su vista.
--¡Siempre pasa lo mismo! Estaremos de plantón hasta que se cierre y nos
dirán que volvamos mañana... Campistrón no era tan orgulloso cuando
cantaba conmigo la _Favorita_ en Perpiñán...
Marenval y Tragomer no oyeron más; estaban en un gabinete severamente
amueblado de _reps_ verde, donde sentada detrás de una mesa de despacho,
una mujer regordeta y demasiado rubia acababa de firmar una contrata con
una guapa muchacha muy pintada y que olía fuertemente á almizcle. La
señora de Campistrón dijo á los visitantes indicándoles un sofá:
--Siéntense, señores; soy con ustedes. Después dijo á la joven:
--Aquí tiene usted. Partirá usted mañana y empezará á trabajar la semana
que viene. Tendrá usted cien francos el primer mes y ciento cincuenta el
segundo...
--Está convenido, mi querida señora de Campistrón... ¿Es Rouen una
población de recursos?
--Ciudad de guarnición, hija mía, célebre por su riqueza y su buen gusto
artístico... Los hombres son allí un poco zorros, pero serios; se puede
contar con ellos... En cuanto al público, es como la sidra del país,
tan pronto dulce como agria... Eso depende de los años. ¡Buen viaje,
amiguita, y que sea usted exacta en los pagos.
La muchacha dirigió á Tragomer una viva ojeada y una graciosa sonrisa á
Marenval, y doblando su contrata se la metió en el pecho, no sin enseñar
como al descuido la batista de la camisa, y se marchó dejando la
atmósfera saturada de perfumes. La señora de Campistrón se sentó al lado
de los visitantes.
--¿En qué puedo servir á ustedes, señores? dijo en tono insinuante.
--Dispénsenos usted, señora, contestó Tragomer; el paso que nos
atrevemos á dar cerca de usted es bastante delicado. El señor y yo
buscamos á una cantante que anda corriendo el mundo en una compañía
lírica, y hemos tenido la idea de dirigirnos al señor Campistrón, que
según se nos ha dicho, no tiene rival en esta clase de informes, á fin
de saber dónde puede encontrarse ahora esa compañía.
--No han contado ustedes en vano con nuestra competencia en este ramo,
señores, dijo con énfasis la agente consorte, y mucho me sorprendería el
no poder informarles exactamente. Tenemos aquí el repertorio y el
itinerario de todas las compañías que se forman en París ó en Londres, y
las familias de los artistas vienen con frecuencia á preguntarnos á
dónde deben dirigirles las cartas. ¿De qué compañía se trata?
--De la de Novelli.
--¡Ah! ¿Novelli? continuó la buena señora con cura desdeñosa. ¡Una
vocecilla blanca!... Un buen tenor para los que gustan de ese tipo de
voz... Eso no tiene éxito en Francia. Aquí hace falta timbre... Y el
timbre no se adquiere emitiendo la voz por la nariz... Si Campistrón
estuviese aquí, él les explicaría su método... Para saber dar timbre no
hay como Campistrón... Pero ustedes dispensen... ¿Cómo se llama la
persona que les interesa?
--Miss Jenny Hawkins.
Al oir este nombre la cara de la señora de Campistrón cambió
repentinamente, sus mejillas se hincharon, su barbilla se hizo saliente,
sus cejas pintadas su juntaron, marcando en su frente una barrera
fomidable, dió una fuerte palmada y dijo con voz amarga:
--¡Ah! ¡Jenny Hawkins! ¡Hacía mucho tiempo que no oía hablar de tal
persona! ¡Jenny Hawkins! Me alegro de que no esté aquí Campistrón,
porque hubiera tenido una impresión dolorosa...
--¿Cómo así, señora?
--Campistrón ha tenido grandes disgustos con la artista de que se
trata... Pero, dispénsenme ustedes, eso importa poco... Sin duda uno
de estos señores se interesa por Jenny...
--No, por cierto, señora, respondió Tragomer, que veía contrariado que
aquella mujer terminaba las confidencias apenas empezadas. Se trata,
sencillamente, de un asunto de herencia.
--¿Hereda? exclamó la gruesa rubia con acento de indignación. ¿Va á
heredar? No hay como esas muchachuelas para tener una suerte
semejante... ¡Oh! Voy á llamar á Campistrón. ¿Permiten ustedes?
Cogió un tubo acústico, sopló fuertemente y dijo en el portavoz:
--Campistrón, ven en seguida. Hay aquí unos señores que te van á contar
cosas curiosas...
Aplicó el aparato al oído, escuchó y dijo con vivacidad:
--Deja ese imbécil á tu ayudante y ven. Te digo que vale la pena. Que
haga escalas mientras te espera.
Unos pasos pesados resonaron en la pieza inmediata, se oyó una voz
sonora y el moreno, barbudo y bigotudo Campistrón entró con noble
ademán, se inclinó sonriendo, con la mano en el pecho, como un cantante
que sale á recibir los aplausos, y dijo modulando la voz como si
cantara:
--Servidor de ustedes, señores. ¿De qué se trata?
--¡Ah! Prepárate á desmayarte, Campistrón, contestó la gruesa rubia.
Estos señores buscan á Jenny Hawkins para una herencia.
Campistrón adoptó la actitud de Hipócrates rehusando los presentes de
Artajerjes. Cerró los ojos, volvió la cabeza y extendió los brazos, como
si la herencia fuese para él, y respondió en el registro grave:
--¡Esperaba no oir hablar más de aquella ingrata!
--¿Ven ustedes, señores? ¿Qué es lo que yo les decía? Campistrón,
domínate; se trata de responder á estos señores. Quieren saber dónde
está la compañía de Novelli.
--¡Novelli! ¡Novelli! dijo desdeñosamente el antiguo tenor. Sí, por
cantar con ese polichinela napolitano me dejó Jenny. ¡Una muchacha que
yo hubiera colocado en la Ópera si hubiera querido escucharme! Pero no;
se empeñó en cantar de pecho... ¡Ella, cantar de pecho! ¡Horror! Pues
bien, no, señores, á despecho de todo, mi enseñanza hizo su efecto. Á
pesar de Novelli y de la escuela italiana, esa mujer canta de
vientre...
¿Fué con el pecho ó con el vientre con lo que habló Campistrón? Marenval
y Tragomer no pudieron saberlo; ello fué que se estremecieron y que los
vidrios temblaron al formidable rugido que salió de la boca del tenor.
Pero Campistrón se calmó pronto. Sus momentos de cólera eran teatrales y
no duraban sino el tiempo de producir efecto. Se pasó la mano por la
frente, sonrió y dijo:
--Por lo demás, señores, no se llama Jenny Hawkins, sino Juana Baud. He
conocido mucho á su madre...
La señora de Campistrón se enfadó y repuso con una acritud que
impresionó á su altisonante esposo:
--¡Mira! Habla de la hija, pero no de la madre. ¡Bastantes disgustos he
tenido con la tal mujer, que tanto te persiguió! Pues la hija no te
miraba con malos ojos... Señores, este hombre ha sido magnífico; lo es
todavía. Y todas las mujeres, sí, todas, estaban con él como locas...
habla, pues, á estos señores y no cuentes tus historias...
Campistrón abrió un libro y dijo, golpeando en las hojas con la palma de
la mano:
--He aquí, señores, la marcha de las grandes compañías del universo.
¿Quieren ustedes saber dónde está Lassalle?
Volvió varios folios y dijo:
--El 17 de este mes, en Bucharest... El 21, en Budapesth... El 23, en
Viena, el...
--Pero ¿y Novelli? interrumpió la señora de Campistrón.
--Novelli y su compañía se encuentran en este momento en Veracruz...
Desde allí van á Méjico y á Tampico, después pasan á la Guyana... bajan
á las Indias Neerlandesas, tocan en Colombo y vuelven á Europa en la
primavera para hacer la temporada de Londres...
--¡Ah! dijo Tragomer, ¿Jenny Hawkins irá á Londres?
--En el mes de mayo cantará en _Covent-Garden_...
--Y diga usted, señor Campistrón, ¿en qué época exacta se marchó de
Francia?
--Partió hace dos años con Novelli.
--Dos años... ¿Está usted seguro?
--Segurísimo; en el mes de agosto trabajaba todavía conmigo... Mi
señora puede decirlo y nuestro acompañante puede atestiguarlo... Toda
la casa lo afirmará... ¿Pero con qué objeto?
--Nadie sabe lo que puede ocurrir, dijo gravemente Marenval. Conviene
que tengamos certeza sobre ese punto...
--Pues bien, señores, hay más. Ella, que pagaba con mucha exactitud las
lecciones, se marchó sin satisfacer las del último mes. No le acuso por
ello, dijo Campistrón con nobleza; los artistas no somos mercaderes...
Trabajamos de buena gana por la gloria... Hago constar solamente el
hecho. He escrito á la interesada para reprocharle el haberse marchado
sin advertírmelo, sin decirme adiós... Ni siquiera me ha respondido...
Y no era que quisiera tener un autógrafo suyo... Poseo aquí más de
veinte cartas.
--¿Podría usted enseñarnos una?
--Declaren ustedes antes, señores, que no quieren abusar de esa carta
para hacer daño á una mujer, dijo Campistrón con acento de dignidad,
poniéndose una mano sobre el corazón. Juana Baud ha sido muy amada...
¡Era tan hermosa! ¿Pueden ustedes darme su palabra de que no hay celos
de por medio?
--Se la doy á usted, dijo Tragomer, por el señor y por mí.
--Entonces, señores, voy á complacerles... Mujer, busca en la taquilla
la letra B... Aquí todo es administrativo; de otro modo no nos
entenderíamos.
La señora de Campistrón abrió un mueble y se puso á buscar los papeles.
Tragomer, deseoso de completar sus noticias, continuó:
--Ha dicho usted, señor Campistrón, que Juana Baud era muy hermosa...
¿Tiene usted, por casualidad, algún retrato suyo?
--Su fotografía, con una dedicatoria llena de efusión... Mujer, tráela.
--Aquí está, dijo la señora de Campistrón.
Y entregó á su marido una tarjeta álbum que el cantante contempló con
satisfacción y con rabia al mismo tiempo.
--Sí, hela aquí... ¡Es la ingrata! Se puede decir, señores, que el
cielo le ha dotado de sus más preciosos dones, la estatura, el andar, la
expresión... ¡Oh! la expresión... Pero juzguen ustedes mismos.
Entregó el retrato á Tragomer, que le cogió con verdadera ansiedad.
Vaciló antes de mirarle; una ojeada iba á decidirlo todo. Si la
fotografía representaba á Jenny Hawkins, tal como la había visto en San
Francisco, la partida se perdía y habría que creer en una semejanza
sorprendente entre la cantante y Lea Peralli. Pero si no era Jenny...
Miró de repente el retrato y lanzó un grito:
--¡No es Jenny Hawkins!
--¡Vamos, caballero, dijo Campistrón con una sonrisa de condescendencia,
usted bromea! Es Juana Baud, y como Juana Baud es Jenny Hawkins, no
puede haber error.
Tragomer no respondió, abstraído en mirar el retrato, que representaba
una hermosa joven morena, de alta estatura, admirablemente formada,
desnudos los brazos, escotada y sonriendo con expresión soñadora. Ni un
rasgo de la mujer del teatro de San Francisco. Había pues, á no dudar,
error de persona. Si Jenny Hawkins era Juana Baud, existía una
sustitución de estado civil y Lea Peralli vivía con un nombre que no era
el suyo. Pero, entonces, ¿quién era la muerta?
Aquí Tragomer se estrellaba contra realidades abrumadoras. La mujer
asesinada en la calle Marbeuf era Lea Peralli. Todo el mundo la
reconoció y el mismo Jacobo no puso en duda su identidad. Á falta de la
cara, enteramente desfigurada por los tiros, su alta estatura, su
magnífica cabellera rubia, los vestidos que tenía puestos, las sortijas
encontradas en sus dedos, todo, en fin, atestiguaba que la mujer muerta
era, en efecto, la querida de Jacobo. Y sin embargo, no era ella, puesto
que ahora Tragomer, después de haber sospechado que vivía, estaba cierto
de que llevaba un nombre distinto del suyo.
Miró de nuevo la fotografía. Juana Baud era tan morena como rubia Lea
Peralli, pero la estatura era la misma y tenía los mismos dientes
deslumbradores en una boca encantadora. Tragomer recordaba que lo único
que se podía reconocer en la cara destruída de la muerta era una boca
que dibujaba con sus blancos dientes una sonrisa siniestra. Juana Baud
tenía la misma boca que Lea Peralli.
--¿Quiere usted, dijo Tragomer, confiarme esta fotografía? Me haría
usted un buen servicio. Me comprometo á devolvérsela á usted antes de
dos días. Y para que usted sepa con quién está hablando, aquí tiene mi
tarjeta...
Campistrón echó una ojeada á la tarjeta que le ofrecía Tragomer y se
inclinó con mucha deferencia.
--Estoy á las órdenes del señor vizconde... ¿Será, sin duda, para
enseñar el retrato al notario de la testamentaría?
--Precisamente, señor Campistrón. Unos amigos míos están interesados en
esta liquidación, que amenaza ser espinosa; hay que establecer la
identidad de los herederos, y de aquí la utilidad del retrato y de la
escritura de Juana.
--Ya comprendo.
--La señorita Hawkins ¿era de carácter agradable?
--¡Ella! exclamó la señora de Campistrón al mismo tiempo que su marido;
no me hable usted. ¡La violencia misma! ¡Una pólvora! ¡Y qué ligera de
manos!
--¡Mujer!... interrumpió el tenor.
--¡Déjame! Todo el mundo la conoce... ¡Pues y el lenguaje! Ni las
verduleras del mercado cuando disputan... Es verdad que no ha sido
educada por ninguna duquesa. La madre de Juana... Sí, Campistrón,
aunque me eches esas miradas terribles; la madre era cualquier cosa, y
la hija tenía á quien parecerse. Un día dió aquí de bofetadas á Bonnand
el tenor, porque no quería apresurar el movimiento en el dúo de
_Carmen_... Ningún hombre ha podido nunca tenerla á su lado, tan mala y
tan viciosa era, y... en fin, caballero, á nadie le gusta tener por
amiga una individua que persigue á los hombres y á las mujeres á la vez.
--¡Bueno! exclamó Campistrón; ya estás contenta. Ya has vaciado toda tu
hiel sobre esa pobre muchacha... Sí, señores, no era precisamente un
modelo de virtud, pero tenía una voz soberbia, antes de caer en poder de
Novelli...
--Dispense usted, interrumpió Tragomer: ¿la conocía Novelli antes de
encontrarla en Inglaterra?
--Nunca la había visto.
--¿Ha cantado en Inglaterra con el nombre de Baud antes de marchar á
América con el de Hawkins?
--Sí, señor. Tuvo una contrata para la Alhambra, donde había hecho ya
una temporada. Aquello no era realmente digno de ello... Pero no se
presentó á la dirección. Hasta hubo un proceso y Jenny Hawkins fué
condenada á pagar.
--¿Jenny Hawkins ha cantado en Inglaterra desde hace dos años?
--No, señor, cantará por primera vez después de ese tiempo en la
primavera próxima.
--¿De manera que nadie se acordará de Juana Baud transformada en Jenny
Hawkins?
--Como usted lo dice. ¡Se olvida tan pronto! Y además esa muchacha
figuró tan poco antes de dedicarse á la ópera...
--¿Hay artistas que hayan alternado en otro tiempo con Juana Baud, en el
Conservatorio, por ejemplo, ó en su casa de usted, que pudieran
reconocerla?
--En Francia, en París sobre todo, sí, hay algunos; pero en Londres
sería una casualidad.
--Gracias, señor Campistrón, ya sé todo lo que quería saber, dijo
Tragomer. Agradecemos á ustedes su amable acogida.
--Con mucho gusto, señor vizconde, con mucho gusto. Las personas como
usted están seguras de ser recibidas aquí con toda deferencia. Si
podemos serles útiles en nuestra modesta especialidad, ponemos en ello
todo nuestro esmero... Espectáculos de salón, revistas, pantomimas,
canciones... todo lo que divierte é interesa al espíritu... Pero
permítanme que les entregue unos prospectos de la casa...
Marenval y Tragomer salieron con las manos llenas de papeles y
llevándose la fotografía. Campistrón les acompañó hasta el descansillo
de la escalera con mil muestras de obsequiosa política, mientras que el
discípulo cuya lección había sido interrumpida por la visita se
desgañitaba haciendo escalas. Bajaron la mal oliente y húmeda escalera y
vieron de nuevo á la portera, que ahora estaba mondando cebollas y que
los siguió con una mirada desdeñosa hasta la puerta de la calle.
--¡Y bien! Tragomer, dijo Marenval, ¿quiere usted tener la bondad de
explicarme qué significa la conversación que ha tenido usted con esa
gorda tan pintada y con su ridículo esposo? Porque, por mi honor, no
comprendo ni una palabra.
--Alégrese usted, Marenval, dijo Cristián; nuestra averiguación ha dado
un paso inmenso. Á esta hora tengo la prueba de que Jenny Hawkins no es
la mujer que se cree. Ahora es preciso que hablemos con un magistrado,
pues entramos en la fase más complicada del asunto.
--Entonces, ¿qué va á pasar aquí?
--Algo muy interesante, Marenval. Vamos á luchar paso á paso contra el
error en beneficio de la verdad... Ayer, estábamos expuestos á
rompernos el cráneo; hoy marchamos hacia un fin visible. Toda la
cuestión consiste en convencerse de que Juana Baud no es Jenny Hawkins,
y tengo la prueba en el bolsillo. Esta fotografía con la firma de la
discípula de Campistrón, prueba hasta la evidencia la sustitución de
personas. Y ahora será preciso que la Hawkins nos esplique por qué no
tiene las facciones de Juana Baud, sino las de una persona que se
supone haber sido muerta hace dos años, precisamente en el momento en
que Juana Baud se alejaba de Inglaterra, cambiaba de nombre, se ocultaba
de todos los que pudieran conocerla y se creaba una personalidad
enteramente nueva. ¿Comprende usted ahora, Marenval?
--Empiezo á comprender. Pero, querido amigo, ¿vamos á echarnos á
perseguir á Jenny Hawkins? La empresa podría llevarnos lejos si la moza
está recorriendo el mundo.
--Tranquilícese usted. No se trata, por ahora, de viajar. Eso vendrá,
acaso, más tarde. Jenny Hawkins tiene que venir á Londres y no puede
escapársenos. No se falta á los contratos con un teatro inglés sin pagar
una indemnización formidable... Así pues, vendrá, y allí podremos hacer
lo necesario. La temporada de Londres no creo que asustará á usted.
--Al contrario. Si no hay más que pasar el estrecho será para mí un
placer.
Llegaron en este momento al _boulevard_ Magenta, donde habían tomado la
precaución de dejar el coche, y Tragomer dijo á Marenval:
--Ahora, tenemos que habérnosla con la magistratura. Usted me ha hablado
de ver á Pedro Vesín y estoy pronto á dar ese paso... Hace veinte años
que le conozco y de levita ó de toga, no me da miedo.
--¿Cuándo quiere usted verle?
--Cuanto antes, mejor.
Marenval miró el reloj.
--Las cinco. Ya no estará en el palacio de Justicia. Vamos á su casa,
¿quiere usted?
--Excelente idea.
--Calle de _Matignon_, dijo Marenval al cochero.
Cuando Tragomer dijo á su compañero que no temía á Pedro Vesín ni de
levita ni de toga, sabía de quién hablaba. El tipo del magistrado
moderno estaba bien representado por aquel abogado de cuarenta años,
guapo, galante, espiritual, muy elocuente y muy aferrado al código pero
que olvidaba completamente sus graves funciones cuando estaba en
sociedad y sólo se ocupaba en gozar de la vida entre hombres de talento
y mujeres amables. Soltero, rico, apasionado por lo bello, buen poeta á
sus horas, unido en amistad con todos los pintores notables y literatos
célebres de París, Pedro Vesín había hecho de su casa un brillante
centro, en el que se daban cita, los domingos, todos los aficionados de
buen gusto y los artistas distinguidos.
Las comidas de la calle de _Matignon_ eran célebres. No concurrían á
ellas más que hombres y en vano algunas señoras de la alta sociedad,
atraídas por los relatos que oían, quisieron ser invitadas. Se mantuvo
la consigna y los secuaces de Epicuro que frecuentaban la casa del
magistrado no vieron turbada su tranquilidad por la intervención de las
mujeres.
Pedro Vesín que había vuelto del palacio de Justicia hacía una hora,
estaba sentado al lado del fuego y leyendo pacíficamente, cuando su
criado le anunció la visita de Tragomer y Marenval. El magistrado dejó
el libro, pasó al salón y dijo saliendo al encuentro de los visitantes
con la mano extendida:
--Mi querido vizconde, y usted, primo, sean bien venidos. ¿Qué buen
viento les traer?
--Venimos á hablar al magistrado, dijo Marenval gravemente.
--No esperéis, sin embargo, que vaya á ponerme la toga, dijo el juez
riendo. Vénganse á mi gabinete y allí estaremos más cómodos.
Les condujo á la pieza de que acababa de salir y les dijo indicándoles
dos butacas:
--Siéntense ustedes. Vamos á ver; ¿han cometido ustedes algún crimen?
--¡No! Tranquilice usted su conciencia, contestó Tragomer, no venimos á
implorar por nosotros mismos. Se trata de un desgraciado por cuya suerte
nos interesamos.
El magistrado se puso serio. Su cara, á la que daban expresión una barba
ya plateada por algunas canas y unos ojos reflexivos, tomó un aire de
atención.
--Escucho á ustedes, dijo.
--Ante todo, mi querido amigo; ¿se acuerda usted en sus líneas
principales, á bulto, del proceso de Jacobo de Freneuse?
--No sólo me acuerdo de las grandes líneas, sino de todos los detalles,
dijo Vesín. Verán ustedes por qué. Mi colega Fremart, que estaba de
servicio en la Audiencia y debía ocupar el sitio del ministerio público
en ese asunto, se puso enfermo, y el jefe me encargó de estudiar los
negocios de la quincena de modo que pudiera suplir á Fremart si no podía
asistir á las vistas. De este modo tuve entre manos la causa Freneuse.
La estudié con mucho interés, porque, como todo el mundo, había
encontrado á ese joven en sociedad y su familia me inspiraba vivas
simpatías. No lo conocía con bastante intimidad para recusarme, pero sí
para formar un serio empeño en poner en claro aquella conmovedora
aventura. No tuve ocasión de tomar la palabra y me alegré, pues hubiera
sido penoso para mí acusar á aquel joven y lo hubiera hecho sin
indulgencia alguna, pues estaba convencido de su culpa.
--¡Ah! dijo Tragomer; usted encontró en la causa la prueba de la
culpabilidad de Freneuse...
--Terminante, amigo mío; menos la confesión del culpable, no era posible
tener pruebas más completas.
--¿Entonces, usted no pone en duda que fué condenado justamente?
--Ni lo dudo ni puedo dudarlo. Tendría que estar loco para decir lo
contrario. Fremart, con el que hablé del asunto, era de la misma opinión
y el Fiscal del supremo también. Solamente por una concesión sentimental
del Jurado, hecha al buen aspecto del acusada, á sus protestas, á sus
lágrimas, á la admirable dignidad de la declaración de su madre y á la
respetabilidad de la familia, ese pobre diablo logró salvar la cabeza.
Sin eso, se iba á una sentencia de muerte, y el tribunal tenía una
convicción tan cerrada, que no hubiera rebajado la pena.
--Pues bien, amigo mío, dijo Tragomer; hoy lo deploraría doblemente, lo
que es un argumento muy serio contra la pena de muerte. El tribunal
hubiera enviado al cadalso un inocente.
--¡Vamos! ¡Vamos! Tragomer, dijo el magistrado con sonrisa burlona; no
hablemos de ligero. Es fácil declarar que un condenado es inocente, pero
es menos cómodo probar que no es culpable.
--Eso es, sin embargo, lo que intentamos Marenval y yo.
Pedro Vesín miró con curiosidad á sus interlocutores, se puso serio y
dijo:
--¿Ustedes? Dos hombres de sociedad, sin conocer nada del procedimiento
y seguramente muy sinceros y extraños á toda intriga. ¿Y por qué tal
resolución? ¿En nombre de quién? ¿Con qué interés?
Marenval tomó la palabra y dijo muy sencillamente:
--En nombre de la humanidad y en interés de la justicia.
El magistrado conocía á los hombres y sobre todo á Marenval. Le había
tenido siempre por una inteligencia mediana, nula en lo que no fuera su
comercio, muy vulgar y más preocupado de gozar de su gran fortuna que de
procurarse honores. Le había visto alejarse de la familia Freneuse en el
momento en que más debía acercarse á ella y esta falta de heroísmo del
antiguo fabricante de pastas, no había modificado su opinión sobre la
generosidad humana. Así pues, al oirle hablar tan resuelta y noblemente
aguzó el oído. Para que Marenval fuese afirmativo hasta ese punto, era
preciso que su nueva convicción tuviese una base seria.
--¿Creen ustedes, pues, en un error judicial? dijo observando con
cuidado á sus amigos.
--Creemos en ese error. La familia no ha cesado jamás de creer en él y
el condenado ha protestado siempre su inocencia.
--Siempre ó casi siempre sucede lo mismo. Nos pasaríamos la vida
revisando procesos si hiciéramos caso de las reclamaciones de los
parientes y de las protestas de los interesados. Son raros los que
confiesan y os vais á asombrar cuando os diga que ha habido procesados
que se confesaban culpables y no lo eran. Pero esta es una excepción de
las que, según la lógica, confirman la regla general.
--Convendrá usted, sin embargo, dijo Tragomer, que resultaría
extraordinario que un hombre fuese condenado por la muerte de una mujer
si esta mujer estaba viva.
Esta vez la incredulidad del magistrado se manifestó sin reserva. Hizo
un gesto de conmiseración y respondió muy despacio:
--Amigo mío, no caigamos en las complicaciones novelescas. ¿Como quiere
usted hacer admitir á un perro viejo de los tribunales, como yo, que un
juez de instrucción haya podido enviar á la Audiencia un procesado si no
se hubiera cometido un crimen? ¿Olvida usted que he visto la causa, el
acta de defunción, la diligencia de confrontación, el interrogatorio del
acusado, que no negó estar en presencia del cadáver de su querida, y, en
fin, todo, todo... ¡Vamos á ver! No somos niños y no debemos decir
chiquilladas...
--Todo eso cae por tierra con una sola palabra, dijo Tragomer. Se ha
condenado á Jacobo la Freneuse por haber matado á Lea Peralli, y Lea
Peralli vive.
--¿Usted la ha visto? preguntó el magistrado con acento burlón.
--Y la he hablado.
--¡Oh¡ ¿Cuándo?
--Hace tres meses, próximamente.
--¿Dónde?
--En San Francisco.
--¿Y ella ha declarado ser Lea Peralli?
--No, por cierto. Ha hecho algo más; ha huído para sustraerse á mis
investigaciones. Si se hubiera quedado hubiera yo vacilado acaso, pero
se esquivó, lo que es para mí la prueba más concluyente.
--Ha sido usted engañado por un parecido.
--¡No! ¡no! Era ella. El cuidado que ha tenido de cambiar de nombre, de
disfrazar la voz, de no hablar en francés, de volver á dar á su pelo el
color natural ó de ponerse una peluca y, en fin, el espanto que
experimentó á mi vista y que la puso en fuga... ¡Era ella!
--¿Y quién diablos era entonces la pobre mujer que se encontró muerta y
que está enterrada en su lugar?
--Algún día se lo diré á usted. Ahora no lo sé.
--¡Ah! He aquí el lado flaco, exclamó el magistrado. Así sucede siempre.
En todos estos asuntos de reivindicación de inocencia hay siempre un
punto en que todo se viene abajo y en que se manifiesta la
inverosimilitud de la tesis. Véase el asunto Lesurques. ¡Cuántos
esfuerzos por obtener su rehabilitación! Todavía hay gentes que creen en
la duplicidad de la persona de Lesurques. La familia ó lo que queda de
ella, pues todo esto es muy antiguo, asegura la inocencia del condenado,
se discute, se estudia, se aducen pruebas, todo va bien hasta el momento
en que se encuentra en Lieusaint la espuela de plata de Lesurques, y
entonces ¡pataplún! todo se derrumba. ¡Adiós las pruebas serias! Se cae
en el melodrama, en el que basta enternecer para ganar la partida.
Construirán ustedes un edificio que llegará hasta cierta altura, pero
una base falsa le hará venirse al suelo.
--¡Es usted terriblemente escéptico, dijo Marenval impresionado.
--Es mi oficio, replicó Vesín. Los hombres de justicia no podemos tragar
todo lo que se nos presenta. ¡Buena la haríamos si nos diera por creer
ciegamente lo que nos cuentan! La mentira es la esencia misma de la
humanidad. ¿Creen ustedes que se hace jurar sin objeto á los testigos
que dirán la verdad, bajo pena de trabajos forzados? Pues se sabe bien
que, aun así, no dicen más que lo que quieren ó lo que pueden. Hay que
tomar y dejar. Unos son imbéciles, otros mal intencionados. En cuanto á
los niños, hay que temerlos, pues son presa de una especie de histerismo
inventivo que les hace contar historias, las más veces falsas. Por eso
hay que desconfiar también. Para un magistrado, el escepticismo es el
principio de la sabiduría.
--Pero, en fin, ¿admite usted que la justicia pueda engañarse?
--Lo admito entre nosotros, en la intimidad, dijo Vesín riéndose; pero
en público no lo admitiría de ningún modo. Sé que se representa á la
justicia con una benda en los ojos, pero ese disfraz es un accesorio que
no tiene valor más que para los poetas. La justicia, que es, en suma, un
poder arbitrario, debe ser inmutable é infalible, pues de no ser así no
sería posible aceptarlo. Y si el respeto á la justicia no fuese la
piedra angular de la sociedad iríamos á parar en la anarquía. Por eso es
imposible admitir que la justicia se engañe. El litigante que sucumbe
después de agotar todos los medios del procedimiento, tiene veinticuatro
horas para maldecir á los jueces; después debe someterse. El condenado
cuyo recurso de casación ha sido desestimado, no tiene más que
inclinarse bajo el peso de la sentencia. Esta es la opinión del
magistrado, que no puede tener otra. Así se explicarán ustedes las
resistencias que la administración opone siempre á toda demanda de
revisión en el orden penal. Todo error, por raro que sea, es una grieta
peligrosa en el edificio judicial. La ley ha adoptado muchas y
minuciosas precauciones. Una demanda de revisión pasa por una red en la
que debe necesariamente quedarse enredada si no es sólida como el acero.
Y cuando sale, es después de unos plazos y en condiciones tales que
equivalen á no conceder nada. Aun la legislación actual es mucho más
liberal que la antigua. Antes no había revisión más que en el caso de
que otro procesado fuese condenado, por el mismo crimen y por otra
sentencia; y aun, si se reconocía la inocencia de un condenado, era
preciso indultarle. No había otro medio de hacerle salir de presidio.
--¡Pero eso era monstruoso! exclamó Marenval. ¡Cómo! Un desgraciado,
perseguido injustamente, que ha sufrido la angustia de la detención, de
la cárcel, del juicio, y que ha cumplido una parte de la pena, ¿no puede
ser objeto más que de una medida de clemencia y no de un acto de
justicia?
--Algo es algo. Hoy, basta un hecho nuevo que pueda establecer la
inocencia del sentenciado para que se pueda pedir la revisión. En el
asunto que nos ocupa, el hecho nuevo sería la existencia de Lea Peralli.
--¿No es suficiente?
--Lo sería si estuviera probado. ¿Pero cómo lo probarán ustedes? Su
declaración no será apoyada por nada ni tendrá más valor que el de una
opinión, que comparada con todos los testimonios y todas las pruebas del
proceso, será de un peso muy escaso. Me piden ustedes mi opinión y se la
doy. Es poco halagüeña, pero debo ser sincero.
--Puede usted decirlo todo y con entera franqueza, dijo Tragomer. Mi
convicción es sólida y no cambiará. Marenval y yo podremos modificar
nuestro plan para llegar al fin que nos proponemos, pero nada nos hará
desistir. ¡No habría ya descanso para nosotros si abandonásemos á ese
desgraciado sabiendo que es inocente.
--Veo á ustedes animados de las más nobles intenciones, pero, permítanme
que lo diga, las más aventuradas. La convicción de ustedes, basada en la
semejanza de una mujer viva con la víctima de Freneuse, es muy frágil,
pues no se funda más que en razones de sentimiento; el dolor de la
familia, las protestas del condenado, Pero ustedes olvidan que cuando
Freneuse fué preso, se preparaba á marcharse al extranjero. Tenía
consigo cuarenta mil francos cuya procedencia no pudo explicar. Estaba
notoriamente arruinado, acribillado de deudas, y había pagado el día
anterior sesenta mil francos á la caja del círculo, del que le iban á
expulsar. Y, coincidencia extraña, las alhajas de Lea Peralli, conocidas
por su gran valor, habían desaparecido. Se hicieron pesquisas y se
adquirió la prueba de que habían sido empeñadas en el Monte de Piedad en
cien mil francos. Estuvieron empeñadas dos días y al siguiente fueron
rescatadas por una señora que se cubría la cara y, muy probablemente,
por cuenta de uno de esos compradores de papeletas que pululan por
París. Freneuse reconoció que había empeñado los brillantes entregados
voluntariamente por su querida, pero niega la venta de las papeletas y
pretende haberlas entregado á Lea Peralli con un pagaré de cien mil
francos, que según él, hubiera recogido su familia, lo que hacía
desaparecer su deuda con aquella muchacha. Ahora bien, el pagaré fué
presentado al vencimiento y remontando de firma en firma hasta el primer
endosante, ¿qué se encuentra? Á Jacobo la Freneuse! Es, pues, evidente
que recobró el billete después del crimen, y hasta es probable que sólo
le cometiera para apoderarse de ese documento. Y él le puso en
circulación al día siguiente, pues, notadlo bien, entre el
descubrimiento del crimen y la detención de Jacobo, pasó un día. ¿Y
tratan ustedes de poner en movimiento toda la máquina judicial bajo la
fe de un parecido más ó menos cierto? ¡Qué locura! Desde los primeros
pasos tropezarán con dificultades morales y con imposibilidades
materiales tan serias, que tendrán que detenerse.
--Si quisiera discutir, respondió Tragomer, lo haría acaso con más
facilidad de lo que usted cree. Pero ¿para qué? No haríamos más que
cambiar vanas palabras. Aunque yo le adujese argumentos aceptables,
usted no los aceptaría. Lo que hace falta es traer la prueba de que Lea
Peralli existe. Lo importante es anunciar á Jacobo que la que creía
muerta está viva. Porque observe usted que él la cree muerta bajo la fe
de vuestras afirmaciones. El procesado no dudó de vuestras pruebas. Le
enseñaron una mujer desfigurada que tenía la estatura, el pelo, los
vestidos y las sortijas de Lea Peralli, y aterrado por la angustia,
cegado por el dolor, dirigió apenas una mirada de espanto á la víctima
extendida en la horrible losa del depósito de cadáveres. Volvió la
cabeza y asintió á todo lo que se le afirmaba. ¿Cómo podía negar la
evidencia? Lea, asesinada en su casa, ¿podía ser otra que Lea? Él no
podía decir más que una cosa, y esa la proclamaba con toda la fuerza de
su conciencia; que no era él el asesino. Cogido en las tramas de la
instrucción, anonadado por un conjunto de pruebas en las que se revelaba
una mano horriblemente hábil, no podía hacer más que protestar. Así lo
hizo constantemente y con furor, hasta exasperar á los jurados y á los
jueces. Porque el desgraciado parecía cínico y era inocente. Si todos
los que tenían que formular una opinión sobre su culpabilidad no
hubieran estado imbuídos en el sumario, si hubieran querido reflexionar
un poco sobre la semejanza que existe entre el estupor indignado de un
acusado que no puede probar su inocencia y la insolencia endurecida de
un culpable que se aferra en negar su crimen, hubieran vacilado en el
momento de pronunciar la sentencia. Pero prevenidos, seguros de antemano
de la culpabilidad, atestiguada por hombres en quienes tenían una
merecida confianza, estaban irresistiblemente propensos á condenar y
condenaron en conciencia. Cuando se les enseñe la mujer viva, tendrán
que confesar que se han equivocado. Se averiguará entonces quién era la
muerta y es probable que nos encontremos en presencia de un horrible
complot urdido para perder á un inocente.
--Mi querido amigo, dijo el magistrado; todo eso es pura novela y no
realidad. Usted sueña despierto. Eso pasará. Pero permítame usted
decirle que si por una gran casualidad consiguiera reunir pruebas
suficientes de lo que dice, podría jactarse de producir una sensación
extraordinaria. El rango social del sentenciado, la resonancia que tuvo
la causa y la personalidad de los enderezadores de entuertos de la
justicia, darían á este asunto un sesgo particular. Por mi parte, no me
contrariaría presenciar su triunfo de ustedes, pero no olviden que no
creo en él y que les he predicho un fracaso seguro.
--Pues bien, dijo Tragomer; si nuestros esfuerzos son vanos, tendremos,
al menos, la tranquilidad de haber cumplido con nuestro deber. ¿Verdad,
Marenval?
--Sí, querido amigo. Lo que acabo de oir á Vesín, me decide por
completo. Yo estaba un poco dudoso, lo confieso, aun después de las
seguridades que usted me había dado. Pero, en verdad, la infalibilidad
de la justicia es un dogma tan difícil de admitir como la infalibilidad
del Papa. Nadie en el mundo es infalible y, por mi nombre, que me voy á
dedicar con usted á probarlo. Si hay dificultades materiales las
venceremos; tengo dinero para ello. Las dificultades morales las
dominaremos con su inteligencia de usted. Mi fortuna y su talento
lucharán como buenos aliados y veremos si en los tiempos que corren hay
todavía Bastillas en cuyo fondo se pongan al abrigo de la discusión los
prejuicios, las aberraciones y los errores. ¡Cómo pues! El siglo ha
progresado hasta el punto de que los socialistas tienen la pretensión de
apoderarse mañana de todo lo que yo poseo, y en medio de esta ruina de
todos los derechos, de todas las autoridades y de todas las jerarquías
solamente la justicia ha de ser intangible... ¡No, por cierto! Si la
justicia quiere ser respetada, es preciso que sea humana. ¡Si no, será
arrastrada por el impulso general!
--¡Bravo! Marenval, exclamó Vesín, llega usted á ser elocuente.
¡Adelante, héroes! ¡Combatid! ¡Mis votos os acompañen! Usted está
retirado de los negocios; la empresa que ahora acomete le entretendrá.
Más vale esto que jugar al _poker_ ó que tallar en el _baccará_. Si
tienen ustedes necesidad de un consejo, yo se lo daré como _dilettante_.
No me consolaría nunca si ustedes me tuvieran por un espíritu cerrado á
la razón y á la piedad. Pero la lucha que van á emprender, recuerden
bien que se lo he dicho, es la del puchero de barro con el de hierro. He
hablado á ustedes como amigo. Diríjanse á cualquier magistrado y según
el humor en que se halle, les dirá con ironía que se metan en la malla
dirigiéndose al ministro del ramo, ó les declarará con indignación que
van á dirigir un reto á la justicia.
--Dirigimos, en efecto, ese reto, exclamó Marenval.
--Pero no nos dirigiremos á nadie más que á usted, añadió Tragomer.
Quería hablar con un hombre competente antes de meterme á fondo en este
asunto. Á pesar de la buena acogida de usted y de la cordialidad de sus
palabras, comprendo que nos estrellaremos en todas partes contra una
resistencia profesional y sistemática. La magistratura no abandona su
presa. Es un principio para ella y una garantía para la sociedad. Todo
acusado debe convertirse en sentenciado y todo sentenciado debe ser
culpable. Está bien. Sé lo que quería saber y obraré en consecuencia.
--¿Puedo preguntar á usted dónde piensa ir á parar? preguntó con
curiosidad el magistrado.
--Entendámonos, dijo Tragomer. Hasta ahora he hablado al magistrado; voy
á hablar al hombre, al amigo. Una indiscreción sobre lo que vamos á
intentar Marenval y yo podría tener tales consecuencias, que sería
locura exponernos á ella.
Pedro Vesín miró á los dos compañeros con cuidadosa gravedad.
--¿Acaso duda usted de mí? ¿Tendré que rogarle que se calle, después de
haber solicitado sus confidencias?
--No, dijo Tragomer, y la prueba es que voy á explicárselo todo.
--Y yo les doy mi palabra de olvidar en seguida lo que haya sabido.
Tragomer y Vesín se estrecharon afectuosamente la mano. El vizconde
encendió un cigarrillo y dijo con tanta calma como si se tratase de una
expedición de placer:
--Como usted comprenderá, el negocio para nosotros es no asustar á los
verdaderos culpables. Si por desgracia se informasen de nuestros
proyectos, tomarían sus precauciones y ¡adiós!, écheles usted un
galgo... Bastaría que Lea Peralli desapareciese, para que todo viniese
por tierra. Y yo supongo que el tunante que ha puesto el lazo en que
cayó Jacobo de Freneuse, sería muy capaz de deshacerse de ella si lo
creía necesario. Aunque usted me hubiera mostrado la máquina judicial
pronta á funcionar para la revisión del proceso, aunque me hubiera usted
asegurado la buena voluntad del ministro, hubiera yo renunciado á
someter, por ahora, el asunto á la justicia y á presentar los hechos
nuevos que harían necesaria la revisión. Al primer ruido, todas las
pruebas desaparecerían y nos encontraríamos desarmados. Lo primero es
tener en nuestra mano á los culpables y no dejarlos escapar. Entonces
avanzaremos. Tenemos, pues, que hacer averiguaciones y ¿quién sabe?
acaso tomar resoluciones graves que nos serán impuestas por los
acontecimientos. Desde luego debemos ponernos en relación con Jacobo, á
fin de que sepa que existe Lea Peralli y para juzgar con él, hablando
larga y maduramente, sobre las consecuencias que trae consigo este hecho
inesperado.
--¿Pero van ustedes á ir á Numea? exclamó Vesín con mal contenido
asombro.
--Vamos á ir á Numea, declaró fríamente Marenval.
--Allí, dijo Tragomer, nos pondremos de acuerdo con Freneuse sin que la
administración adivine nuestros proyectos. Escribir es peligroso, pues
se abren las cartas de los penados y se leen sus respuestas.
Estudiaremos, pues, la situación de viva voz y veremos qué debemos
hacer.
--Tragomer, usted no lo dice todo, exclamó con emoción el magistrado; á
pesar de todo, desconfía de mí... ¿Trata usted de hacer evadirse á
Jacobo la Freneuse?
Tragomer sólo respondió con una sonrisa pero Marenval se irguió y dijo
con extraordinaria energía:
--Y aunque así fuera, ¿qué? ¿Cree usted que estando convencidos de que
ese muchacho es inocente, le vamos á dejar podrirse en el presidio? ¡Le
robaremos, pardiez! Eso será divertido. Ya que hacemos el viaje, nos
proporcionaremos esa pequeña distracción.
--Pero hay guardias, una guarnición, un barco vigilante, dijo Vezín.
¡Eso es una locura! Afrontan ustedes responsabilidades espantosas si les
prenden, y para prenderles no se tendrá inconveniente en matarles...
--Eso es cuenta nuestra, respondió Marenval. Puede usted creer, querido,
que al meterse uno en semejantes aventuras, hace el sacrificio de su
existencia. Por otra parte, estamos decididos á defendernos...
--No me digan ustedes ni una palabra más; les encuentro insensatos. Me
están ustedes haciendo un capítulo del Monte-Cristo. Atrasan ustedes
cincuenta años, mis buenos amigos. Pero quiero creer que á los primeros
pasos se encontrarán con tales dificultades, que no llevarán adelante su
empresa. Créanme; si han de tener ustedes alguna esperanza, estará en la
tramitación legal de una instancia. Escriban una memoria, diríjanla al
ministro y unas buenas pesquisas de la policía podrían...
--Echarlo todo á perder, interrumpió Tragomer. Sé con quién tengo que
habérmelas. Es preciso trabajar en la sombra ó fracasaremos...
--Y queremos lograr nuestro propósito, añadió Marenval.
--¿Cómo van ustedes á ir á la Nueva-Caledonia?
--En un yate que fletaremos. Nos conviene tener á nuestra disposición
los medios más perfectos y más rápidos.
--¿Se presentarán ustedes á las autoridades coloniales?
--Sí, como viajeros.
--¡Ah! dijo el magistrado, que se puso pensativo. Es una de las cosas
más extraordinarias que he visto hace mucho tiempo. Se dice que este fin
de siglo es eminentemente práctico, egoísta y anti-sentimental. He aquí
un caso que puede hacer pensar á los filósofos. ¿Qué van á decir los que
aseguran que se ha perdido en Francia la energía individual? Nos
encontramos en presencia de un caso de exaltación como no se veían sino
en las ardientes épocas revolucionarias. Lo que van ustedes á intentar
es tan insensato, que son capaces de lograrlo, pues, en suma, solamente
las empresas inverosímiles tienen alguna probabilidad de éxito. Se pone
uno en guardia contra los sucesos sencillos y probables. Pero un golpe
de audacia llevado á cabo por personas frías... ¿por qué no ha de
resultar? ¿Cuándo piensan ustedes marcharse?
--Lo más pronto posible. En cuanto hagamos nuestros preparativos y
lleguemos á Inglaterra.
--¿Van ustedes á fletar un vapor inglés?
--Sí. No queremos que un armador y una tripulación franceses participen
de nuestra responsabilidad.
Se levantaron. La noche avanzaba llenando con sus sombras el gabinete y
en la semioscuridad del crepúsculo las caras perdían su aspecto real.
Marenval se estremeció creyendo estar rodeado de espectros. Un
sentimiento de angustia se apoderó de su corazón y sintió una especie de
vértigo al oir decir á Vesín con voz fúnebre:
--En efecto, el caso sería grave. Una causa criminal para los que fueran
presos, y si había habido, por desgracia, algún hombre muerto...
--Trataremos de hacer las cosas suavemente, balbucéo Marenval.
--En todo caso, si no atentan contra la piel de los demás, ustedes
exponen la suya. Los reglamentos de los presidios no son dulces y las
represiones son terribles.
--Sabemos á lo que nos exponemos; dijo Tragomer. Obedecemos á
consideraciones que no pueden ser pesadas con los riesgos que haya que
correr.
--¡Y por nada retrocederemos!
--¡Diantre! dijo Vesín; si no me retuvieran mis funciones, me iría con
ustedes nada más que por hacer el viaje. Pero un fiscal en tal
expedición resultaría algo fuera del cuadro.
--Convengo en ello, dijo Tragomer; pero consuélese usted; le traeremos
fotografías.
Aquella grave conversación acabó en broma. Vesín volvió el conmutador de
la electricidad y una viva luz inundó la pieza, produciendo reflejos
brillantes en los esmaltes y en las porcelanas y haciendo brillar los
dorados de los cuadros. Todo aquel lujo moderno que se revelaba
repentinamente al brotar la luz, hacía tan completo contraste con los
proyectos que se acababan de exponer en la oscuridad, que los tres
hombres se miraron, como si quisieran afirmar su realidad. Pero Tragomer
sonreía tranquilo y resuelto y la claridad había devuelto á Marenval
todo su valor.
--Nos veremos dentro de tres meses, dijo Vesín, pues no emplearán
ustedes más tiempo en ir y volver. Si entonces puedo serles útil en
algo, tendré en ello mucho placer!
--Amigo mío, si logramos nuestro propósito, vendremos tan llenos de
pruebas que será imposible rehusarnos justicia.
--Amén, dijo el magistrado. Buen viaje y hasta la vuelta.
Les ofreció la mano y añadió:
--Acaso son ustedes insensatos, pero lo que van á hacer no es vulgar y
les admiro de corazón.
--Querido amigo, dijo Tragomer, yo arriesgo la empresa porque amo á la
señorita de Freneuse y trabajo por mí mismo al intentar la
rehabilitación de su hermano. Mi mérito es, por tanto, muy débil. El
verdadero héroe es Marenval, pues se sacrifica por el honor.
Á estas palabras que le tocaban en lo más profundo de su ser, Marenval
palideció, las lágrimas brotaron de sus ojos y sin poder hablar,
permaneció temblando de emoción ante sus amigos. Por último movió la
cabeza, dió un suspiro que pareció un sollozo y contestó, arrojándose en
los brazos de su pariente:
--Adiós Vesín. Usted sabe á qué atenerse. Si me atacan y yo no puedo
defenderme, sosténgame usted. No permita que digan que soy un viejo
imbécil.
Repitió con aire extraviado:
--¡Adiós!
Y cogiendo el brazo de Tragomer, salió como si marchase á la muerte.
V
M. Harvey poseía uno de los más hermosos hoteles de la plaza de los
Estados Unidos. Le había parecido patriótico vivir en la plaza que lleva
el nombre de su país, lo que, según él, le hacía vivir al mismo tiempo
en París y en América. Por su gusto, sin embargo, hubiera vuelto hacía
mucho tiempo á su país, si su hija no se hubiera opuesto resueltamente
declarando que en modo alguno quería abandonar la Europa. El padre había
dicho entonces á su hija:
--Querida mía, si quieres obrar á tu capricho, cásate, porque yo también
tengo los míos y quiero vivir, en lo posible, de un modo que no me
resulte enteramente desagradable.
--¿Pero qué tiene de desagradable vivir en un país donde encuentra usted
todo lo necesario para ser dichoso?
--Yo no lo soy si no vivo en América seis meses del año, por lo menos.
--Veo que sigue usted siendo un verdadero salvaje.
Á esta insolencia filial, Harvey respondió con sonrisa indulgente:
--Es posible. Yo mismo lo creo.
--Me casaré, entonces, puesto que eso simplificará la vida para usted y
para mí.
--¿Y con quién, querida mía? ¿Con un europeo ó con un americano?
--Con un europeo y, probablemente, con un francés. Para gente ordinaria
tengo bastante con mis hermanos. Quiero vivir con un hombre bien
educado.
--Eres libre.
--Lo sé; y usted lo será también después de mi boda.
Aquel ganadero que había desplegado tanta energía para fundar su fortuna
y crear sus ranchos; aquel hombre que poseía cientos de miles de bueyes
pastando en las fértiles praderas indianas, no había podido nunca luchar
contra la voluntad de miss Maud y como hombre práctico ante todo, había
tomado el partido de obedecerla, lo que evitaba las discusiones y
simplificaba las relaciones de familia. El espectáculo que ofrecían los
Harvey, padre é hijos, en América, conducidos por aquella morenilla
delgada y débil, era sumamente curioso. En la cabeza de miss Maud había
muchas más ideas de las que podían producir los cerebros de sus
hermanos. La voluntad de la muchacha, matizada con una nerviosidad
debida al perfeccionamiento do la raza, recordaba la tenacidad de su
padre. Harvey lo sabía y se complacía en ello. Con frecuencia decía:
--Mis tres hijos juntos no valen lo que mi hija. Si la naturaleza no se
hubiera equivocado y la hubiera hecho varón, esta muchacha hubiera
aumentado en diez veces mi fortuna; mientras que los jóvenes no harán
más que gastarla.
Tenía por ella una alta estimación, lo que es la mayor prueba de afecto
en un americano. También decía, hablando de ella.
--Mi hija sabe gastar el dinero.
El yanqui quería decir con esto que Maud sabía ser pródiga cuando las
circunstancias lo exigían, y económica en la vida diaria: Hacía un año
que se había instalado con ella en Francia y se aburría soberanamente,
pues no comprendía las minucias y las delicadezas de la vida parisiense.
Acostumbrado á expresar siempre redondamente su modo de ver, causaba el
asombro general emitiendo opiniones tan singulares por su fondo como por
su forma. La ingenuidad de aquel americano resultaba discordante con las
sutiles hipocresías de la sociedad en que vivía, y cuando hablaba, sin
cuidarse de las protestas ni de las exclamaciones de las damas, se
hubiera dicho que estaba tirando pistoletazos en una pajarera.
Era tan rico, que en todas partes se le acogió con entusiasmo. El gran
mundo parisiense no está ya cerrado como en otro tiempo. Los cambios
económicos que se han producido en Francia han modificado la base de las
fortunas, y la nobleza, arruinada por su ociosidad, ha tenido que
transigir con la aristocracia del dinero, produciendo así un primer
fenómeno de nivelación social. Dentro de poco tiempo no habrá más que
dos castas, la de los ricos y la de los pobres, que continuarán la lucha
secular por la posesión de la autoridad y de la inteligencia.
En un mundo tan abierto á la influencia del dinero y en el que las
colonias extranjeras están como en su casa, Harvey no podía menos de ser
bien acogido. Recibía, tenía un yate, sabía prestar quinientos luises
sin reclamarlos jamás y tenía una hija elegante, original y con un dote
colosal. No hacía falta tanto para conciliarle todos los favores. Había
sido recibido en el Club automóvil, formaba parte de la sociedad de los
Guías y era miembro influyente de la Unión de los yates. Pero se
aburría, sin embargo. Para aquel salvaje, como le llamaba su hija, la
atmósfera de los salones era asfixiante. Bostezaba en la Ópera, ganaba y
perdía sin emoción grandes sumas al juego y no estaba contento más que
sentado en el pescante de su _mail_, guiando cuatro caballos del
Kentuki, ó á bordo de su yate de mil doscientas toneladas, un verdadero
transatlántico tripulado por sesenta hombres y armado de seis cañones,
con los cuales hubiera podido defenderse, pero que no le servían más que
para saludar á los puertos.
La persona del conde de Sorege le fué antipática desde el primer
momento. Aquel personaje circunspecto y glacial que no decía nunca sino
la tercera parte de lo que pensaba y no miraba jamás á los ojos de las
personas, le desagradaba extraordinariamente. Era el antípoda de su modo
de ser. Cuando su hija le participó que se había comprometido con aquel
joven, se atrevió á hacer algunas observaciones.
--¿Estás segura, Maud, de que el señor de Sorege es el hombre que te
conviene? ¿Has estudiado su carácter y crees no arrepentirte de haberle
dado tu palabra?
Miss Harvey expuso tranquilamente á su padre las razones que habían
decidido su elección.
--El conde Juan es de buena familia, y en Francia, padre mío, como en
todas partes, hay bueno y malo, verdadero y falso. Es necesario no
dejarse servir género de pacotilla. Todo el mundo sabe que nosotros, los
americanos, no somos inteligentes en muchas cosas, y por eso tratan de
hacernos aceptar cuadros copiados, tapicerías rehechas, objetos falsos y
nobles sin autenticidad. Es, pues, preciso mirar muy de cerca,
informarse, comprobar, para no ser engañado y esto es lo que he hecho.
El señor de Sorege está emparentado con todo lo mejor, tiene una regular
fortuna, está agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla
inglés muy correctamente y es un joven muy bien educado... He aquí por
qué me he comprometido con él.
--No mira jamás; parece un buho...
--Pues á mí me mira muy bien.
--¿Sabe, al menos, montar á caballo? Nunca se le ve más que en los
salones.
--No es un gaucho, seguramente, pero irá á pasear con nosotros cuando
queramos...
--¿Es cazador?
--Todos los franceses lo son.
--¿Sabe tirar un tiro con puntería?
--No supongo que sea un Buffalo-Bill... Pero no creo que pensemos
hacerle perseguir bisontes ó cazar osos grises.
--Creo que toda la fuerza de ese hombre está en la cabeza, dijo Harvey
con desdén, y que sus brazos y sus piernas no valen gran cosa.
--Habla muy bien y esto es lo que me gusta. Para los ejercicios
corporales, tendrá usted á mis hermanos; para los del espíritu á mi
marido.
--En fin, Maud, eres libre.
El yanqui acogió á Sorege con perfecta cordialidad, pues no entraba en
su carácter discutir sobre asuntos ya resueltos. Le dió golpes en las
rodillas capaces de aplastar un búfalo y observó con placer que el joven
no flaqueaba. La prueba de los _cocktail_ fué también favorable á
Sorege, que era de esas personas que beben sin riesgo porque hablan poco
y no se aturden con su propia excitación. Montó en el _mail_, supo coger
las riendas en un momento en que Harvey se fingió cansado, y ejecutó
vueltas perfectas á gran velocidad sin que pareciese hacer esfuerzo
alguno.
En el Havre visitó el yate y mostró tener el aplomo de un marino.
Harvey, en una palabra, no pudo cogerle en falta en ningún punto y tuvo
que reconocer que su futuro yerno era un _sportman_ muy completo. Pero á
pesar de todo no se sentía unido á él por una de esas simpatías que le
eran tan fáciles y tan necesarias. Entre Sorege y él había siempre un
velo, el de los párpados que ocultaban habitualmente la mirada de aquél.
Para probar á su yerno de un modo más completo, pretextó la necesidad de
hacerle conocer sus hijos, de enseñarle sus propiedades, de explicarle
sus empresas, y le llevó consigo á América. Cuando volvieron, la opinión
de Harvey era la misma. Confesaba que no tenía nada de que acusar á
Sorege más que de no gustarle. Hablando de él, decía á su amigo y
compatriota Weller:
--Durante los tres meses que hemos vivido con el conde, no le he visto
cometer una incorrección ni decir una inconveniencia. Usted me creerá,
si quiere, Sam, pero hubiera dado diez mil dollars por sorprenderle
blasfemando ó abrazando á una camarera de á bordo. Pero ni lo más
mínimo. Ese hombre es demasiado perfecto y me da miedo.
Acaso la resistencia opuesta por Harvey á aquel proyecto de enlace
excitó á miss Maud á encontrar á Sorege más aceptable. Nunca mostró
tanta prisa por casarse que al volver su prometido. Hasta entonces sus
relaciones con Sorege no habían sido para el mundo más que una
coquetería sin importancia, pero al volver á París el conde fué
declarado futuro marido. Entonces se difundió la noticia en los círculos
parisienses y la supo Tragomer. El ganadero era demasiado conocido en el
mundo que se divierte para que no le hubiera encontrado Marenval. Su
modo de conocerse sirvió de texto durante veinticuatro horas á las
murmuraciones de la buena sociedad. Se daba una comida en casa de una
americana conocida por su excentricidad de lenguaje y por su afición
inmoderada á la música. Ambas personas habían sido mutuamente
presentadas por la dueña de la casa:
--El señor Marenval. Mi compatriota Julio Harvey.
Sir Harvey ofreció entonces la mano á Marenval, con una franca sonrisa:
--¡Ah! Marenval y compañía, ¿verdad? Conozco á usted muy bien. Hace
veinte años que _Harvey and Cª_ provee á Chaminade, de Burdeos, todo el
pino para las cajas de embalaje de su casa de usted... ¡Tanto gusto!
La cara que puso Marenval, cuya única ambición consistía en hacer
olvidar las pastas y las féculas origen de su fortuna, proporcionó á la
concurrencia un precioso rato de diversión. De aquella presentación
databa la antipatía manifiesta de Marenval por Harvey y, en el fondo,
por todos los americanos, á quienes englobaba en el desdén que le
inspiraba el ganadero. Cuando miss Maud pasaba delante de él, brusca,
decidida y ruidosa, Marenval le dirigía miradas de conmiseración y tenía
por incomprensible que nadie quisiera casarse con aquella marimacho.
Cuando supo que el elegido era el conde de Sorege, bromeó diciendo:
--Son tal para cual... ¡Un hipócrita con una desvergonzada! ¡Qué
dichoso cruzamiento!
En los días en que Tragomer y Marenval estaban preparando su viaje,
fueron invitados á comer en casa de la señora de Weller y se encontraron
allí con Harvey, su hija y su futuro yerno. Sorege estaba siendo objeto
de una verdadera revista por parte de la colonia americana y sufría
filosóficamente todos los cumplimientos de los compatriotas de su
prometida. Al ver entrar á Marenval y Tragomer, un ligero fruncimiento
de cejas acusó solamente su contrariedad. Su sonrisa amistosa no se
borró y escuchó con tranquilidad á su suegro cuando éste le explicó las
antiguas relaciones comerciales dé _Harvey and Cª_ y Marenval y
compañía.
Pero cuando Tragomer fué presentado á miss Maud por Sam Weller y se
habló del viaje al rededor del mundo realizado por el joven, Sorege
observó contrariado que el ganadero manifestaba por Cristián una
repentina simpatía. Después de la comida, que había sido suntuosa,
rápida y acompañada de música, lo que hizo imposible toda conversación y
simplificó así las relaciones entre los convidados, reduciendo la comida
á una simple manifestación gastronómica, los invitados se repartieron
por los admirables salones del hotel Weller. Los hombres se fueron á
fumar en el despacho de Sam.
En aquella habitación están coleccionados los más hermosos cuadros de la
escuela de 1830, comprados á peso de oro por el fastuoso americano. El
_Degüello en una mezquita_ de Delacroix, fraterniza con el _Concierto de
los monos_, de Decamp, y la _Merienda de los segadores_, el mejor cuadro
de Millet, hace pareja con la _Danza de las ninfas _, de Corot. _La
puesta del sol_, de Díaz, _la Orilla del río,_ de Dupré, los _Grandes
bosques agostados_ de Rousseau, disputan la admiración á las preciosas
praderas de Trayon y á los magníficos estudios de Messonnier. En cuanto
Harvey encendió un cigarro, se dirigió á Marenval y á Tragomer, que
estaban sentados no lejos de Sorege, y les dijo señalando á los cuadros
de su amigo:
--Sam Weller tiene una hermosa galería, pero si ustedes vienen á mi casa
del Dakotah, verán que mis cuadros valen tanto como los suyos. Solamente
que yo no tengo más que pintores antiguos... Rembrandt, Rafael, el
Ticiano, Velázquez, Hobbema...
Marenval miró á Harvey de reojo é interrumpió:
--Esos son los que se copian más fácilmente.
--Sí, pero los míos son todos originales.
--Eso es lo que creen todos los coleccionadores, y como los que les
venden cuadros cuidan de no contradecirles...
--¿Pero Sam Weller no tiene más que cuadros auténticos?
--¡Um!... dijo Marenval con acento de duda.
--Los pintores que los han hecho son conocidos y hay todavía personas
que se los vieron pintar.
--¿Y sus Rembrandt y sus Hobbema de usted, quién los garantiza? replicó
Marenval con ironía. ¿También se les ha visto hacer?
--Los franceses sois incrédulos, dijo Harvey con calma. Yo he comprado
mis cuadros y cuando hayan estado treinta años en mi galería y los hayan
visto todas las personas que me conocen, nadie dirá, si quiero
venderlos, que puedan ser falsos, pues saldrán de mi casa y yo soy muy
conocido.
--El razonamiento, dijo Tragomer, no deja de ser justo. El pabellón da
valor á la mercancía. Hay cuadros, pagados muy caro, que no han tenido
más mérito que el nombre del coleccionador.
--Ustedes se burlan de los americanos, continuó Harvey, porque somos
espíritus sencillos; nos consideran ustedes casi como salvajes, que
bailan cuando se les enseñan unas cuantas bolas de cristal pintado. Hay
algo de verdad en ese juicio, pero nuestra sencillez pasará. Nos
formaremos y el día en que lleguemos á conocer nuestras propias fuerzas,
prescindiremos de Europa y nos fabricaremos nosotros mismos nuestros
cuadros falsos. Desde hace veinte años hemos hecho progresos
considerables y cada vez nos perfeccionamos más. Ya les enviamos á
ustedes cueros, maderas, máquinas, caballos, trigo, y acabaremos por
enviárselo todo.
--¡Y quién sabe si también cañonazos! dijo con acritud Marenval.
--¡No lo quiera Dios! respondió Harvey. Seríamos unos hijos ingratos y
despreciables, pues todo se lo debemos á las naciones de Europa, que nos
han creado, y especialmente á Francia, que nos ha dado la libertad.
--¡Es una noble respuesta! dijo Tragomer.
--En América estimamos á los franceses.
--Y vuestras hijas los aman más que ustedes, interrumpió Marenval.
Harvey sonrió.
--Es cierto, dijo. Los franceses son amables, finos, bien educados...
No tienen más que un defecto; el de amar demasiado á su país... Ellos
no van bastante á los demás países, y hay que venir al suyo... No digo
esto por el señor de Tragomer, que es un viajero infatigable. Pero,
usted, Marenval, con su fortuna, ¿por qué no viaja usted?
El defecto capital de Marenval era la vanidad. No pudo pues privarse del
placer de deslumbrar á Harvey, y dijo, sin calcular el alcance de sus
palabras:
--Pues bien, será usted complacido, Harvey, porque voy á hacer un viaje
á ultramar con Tragomer...
No terminó, porque la mano de Cristián, le apretó fuertemente el brazo.
El conde de Sorege, que estaba fumando con beatitud sentado en un
sillón, sin que pareciese prestar atención á lo que se hablaba, se
levantó y se aproximó al grupo del que Harvey era el centro. El
ganadero, interesado por la noticia de Marenval, preguntó:
--¿Y dónde irán ustedes, si no es indiscreción?
Marenval permaneció mudo y Tragomer se encargó de las explicaciones.
--Tenemos el proyecto, Marenval y yo, de hacer una expedición al
Mediterráneo. Llegaremos hasta Smirna y volveremos por Túnez y Argel.
--Sí, dijo Harvey con indulgencia, es un bonito viaje para empezar. Se
conoce que el señor de Tragomer quiere ahorrar molestias á Marenval ¿Se
marea usted?
--No he navegado nunca, confesó Cipriano, pero no creo que sea más
difícil que cualquiera otra cosa.
--Para un hombre libre, amigo Marenval, no hay sensación comparable á la
de sentirse dueño de su barco en medio del Océano, entre el cielo y el
agua. Allí se está verdaderamente en presencia de Dios... Pero en ese
lago interior apenas perderán ustedes de vista las costas... Vénganse
ustedes conmigo en mi yate; les llevaré á donde quieran... Hace tiempo
que tengo gana de ir á Ceilán; esa será una ocasión.
--Gracias, Harvey, respondió Marenval; para prueba nos basta ese lago
interior, como usted llama desdeñosamente al Mediterráneo, que es muy
traidor, entre paréntesis...
--¿Y en qué barco irán ustedes?
--Tenemos en tratos un yate, dijo Tragomer; el que sirvió á lord Spydell
para ir al Cabo el año último. Es un vaporcito de sesenta metros de
largo, de buenas condiciones marineras y que anda doce nudos. La
tripulación se compone de veintiséis hombres. La arboladura tiene dos
palos, lo que permite servirse de las velas y ahorrar el carbón...
--Y hasta hay á bordo cuatro buenos cañones, añadió Marenval, que
parecía decidido á hablar siempre que debía callarse.
--¿Y qué piensan ustedes hacer con esa artillería? dijo una voz burlona.
¿Van ustedes á bombardear Malta ó á tomar Trípoli?
Tragomer se volvió y se encontró con Sorege, que sonreía de un modo
enigmático.
--Los cañones estaban á bordo y los hemos dejado. ¿Quién sabe? Las
costas de Marruecos no son muy seguras; no hace mucho tiempo los piratas
apresaron un barco de comercio. Si hace falta podremos defendernos.
--Marenval, en efecto, sería una buena presa; le exigirían un enorme
rescate... Pero la idea del viaje ha sido repentina. Me parece que no
pensaba usted en eso hace pocos días, cuando hablamos...
--La verdad es que Marenval me anima, dijo Tragomer con descuido. Por mi
gusto hubiera descansado todo el invierno. Diga lo que quiera M. Harvey,
la locomoción intensiva durante un año es muy fatigosa. Pero
descansaremos en las costas cuando queramos. Seguramente estaremos en
los puertos más tiempo que navegando. Y acaso llevemos con nosotros
algunos amigos... Yo he pensado en Maugirón. Con él estaríamos seguros
de comer bien; él se ocuparía de eso.
--Entonces, dijo Sorege, si vamos á Niza y á Mónaco, ¿encontraremos á
ustedes?
--Seguramente, amigo mío y si usted quiere ir á encontrarnos en
Marsella, tendremos mucho gusto en llevarle por mar dentro de quince
días.
Al oir esta proposición la fisonomía de Sorege se tranquilizó. Movió la
cabeza y dijo en tono cordial:
--Agradezco á ustedes vivamente su amabilidad, pero no puedo alejarme de
París. Miss Harvey extrañaría con razón mi partida y yo no tendría gusto
alguno en marcharme. Seguiré á ustedes, pues, con el pensamiento.
--Entretanto, amigo mío, interrumpió Tragomer, que temía verse
descubierto por su astuto interlocutor, va usted á presentarme á miss
Maud Harvey como ha prometido...
--Con muchísimo gusto, á menos que M. Harvey no desee hacer él mismo esa
pequeña ceremonia... Como navegante le debe á usted toda clase de
deferencias...
--Sí, por cierto, dijo flemáticamente el americano. Creo, señor de
Tragomer, que á mi hija le gustará conocer á usted...
Pasaron al salón, donde la señora de Weller, en el centro de un grupo de
señoras, estaba haciendo funcionar un admirable fonógrafo que acababa de
recibir de América. El aparato era la última palabra del progreso y
reproducía exactamente las voces humanas y los sonidos de los
instrumentos. Una cuadrilla de indios cantaba una canción semi-salvaje
que hacía entonces furor en todas las poblaciones americanas y bailaban
una danza desordenada. Todo estaba exactamente reproducido, hasta las
pisadas epilépticas de los bailarines y los aullidos de entusiasmo de
los espectadores.
--Ahora, si ustedes quieren, dijo la dueña de la casa, oirán á la Patti
y á Mac-Kinley...
Harvey y Tragomer se aproximaron á miss Maud, y en el momento en que
Mac-Kinley empezaba á decir: _Fellow citizens of the senate_..., el
ganadero, señalando á su hija el joven, dijo:
--Te presento al vizconde de Tragomer, un amigo de tu futuro marido...
Miss Harvey, mi hija.
La delgada fisonomía de la americana se esclareció con una sonrisa.
Señaló á Cristián una silla al lado de su sillón y dijo en tono un poco
autoritario:
--Siéntese usted. Celebro mucho hablarle; deseaba conocerle hace mucho
tiempo. Algunos amigos míos me han hablado de usted con frecuencia.
--Su prometido...
--¡No! El señor de Sorege no ha pronunciado jamás su nombre de usted. Y,
sin embargo, sé que ha sido su amigo durante muchos años. No debe usted
extrañar el verme tan bien enterada; soy curiosa y me gusta saber lo que
atañe á las personas con quienes entablo relaciones... ¡Y no las hay
más importantes que las del matrimonio! Me alegro, pues, de conocer á
los que han rodeado á mi futuro marido: se juzga muy bien á las personas
por las que les acompañan... ¿Por qué Sorege no habla nunca de usted?
¿Están ustedes regañados?
Tragomer, algo sorprendido por aquel atrevimiento, inclinó un poco la
cabeza para disimular su embarazo. Le repugnaba dar á miss Harvey
informes falsos y no quería declarar el enfriamiento de sus relaciones
con Sorege. Una palabra dicha por ella á su promedito bastaría para
ponerle en guardia.
Tan poco enfadados estamos, que si su padre de usted no me hubiera hecho
el honor de presentarme, iba á hacerlo Sorege mismo.
--¡Tanto mejor! Yo quisiera que el señor de Sorege tuviera muchos
amigos como usted... Parece que los tuvo muy malos en otro tiempo...
¿Quién era aquel Freneuse, que tan mal acabó?
Al oir aquella pregunta imprevista, Cristián se puso rojo y miró
atentamente á miss Harvey. Desde que tenía que habérselas con Sorege
desconfiaba de todo. Sospechó que la americana servía inconscientemente
de cómplice al hombre de las miradas ocultas y que aquella prueba había
sido preparada como un lazo. Quiso entonces penetrar hasta el fondo del
pensamiento de miss Maud y dijo:
--Ese pobre Freneuse, señorita, era un infeliz muchacho que conocíamos
el señor de Sorege y yo desde la infancia y cuyas aventuras han sido
causa de una gran aflicción para todos los que le tratábamos.
--¿Por qué el señor de Sorege tiene tanta repugnancia en hablar de esas
aventuras y del que fué su protagonista?... Nunca he podido sacar de él
mas que respuestas vagas y lloronas sobre este asunto.
--Pero, señorita Maud, ¿por qué esa curiosidad?
--¡Ah! Hay entre mis conocimientos muy malas lenguas que critican todo
lo que se hace sin su intervención... Se ha criticado mucho mi proyecto
de matrimonio con el señor de Sorege y como no se encontraba nada
reprensible en su conducta, han recurrido á la de sus relaciones... De
este modo he tenido que conocer ese desgraciado asunto de Freneuse. Ha
habido quien me ha hecho entender que habiendo el conde vivido en
intimidad con un culpable, no sería imposible que él llegase á serlo.
Como es natural, he acogido esos absurdos con el desprecio que merecen;
pero he interrogado á Sorege sobre su antiguo amigo y él, que es tan
dueño de sí mismo, se ha turbado y ha parecido estar en un suplicio.
Entonces me propuse poner en claro lo que hubiese en el asunto.
--Pero, señorita, me cuesta trabajo comprender que una joven como usted,
sin inquietudes y sin cuidados, aplique su atención á asuntos tan
dolorosos como el que usted evoca. Y en todo caso, si el hecho de haber
sido amigo de Jacobo de Freneuse es comprometedor, permítame usted
harcerla observar que yo también fui amigo suyo.
--Sí, pero usted le defendió, usted no teme hablar de él, ni se pone
violento cuando se pronuncia su nombre... Tengo la costumbre de pensar
muy claramente y de hablar con mucha franqueza. En este asunto de
Freneuse hay algo que me choca en lo que se refiere al señor de Sorege.
¿Qué es? Usted debe saberlo; dígamelo.
Cristián permaneció impasible.
--No tengo nada que decir á usted, miss Maud, sino que Jacobo de
Freneuse no ha cesado de afirmar su inocencia y que algunos amigos suyos
no han creído en su culpa, á pesar de las apariencias y á pesar de las
pruebas.
--¿Y usted es de esos amigos?
--Sí, soy uno de ellos.
--¿Y no ha hecho usted nada hasta ahora para probar que no se engaña?
--¿Qué he de hacer? La justicia ha pronunciado su fallo.
--¿Y si se ha engañado?
--La justicia no se engaña, aunque es algunas veces engañada, que no es
lo mismo.
--¿Había, pues, en ese asunto alguien que tuviera interés en engañar á
la justicia?
--Acaso.
--¿Le conoce usted?
--No, no le conozco.
En este momento Sorege, inquieto al ver que la conversación de Tragomer
y de su prometida se prolongaba, apareció en la puerta del salón. Miss
Harvey le hizo seña con el abanico de que se aproximara y con todo el
ímpetu incontrastable de su naturaleza, le dijo:
--Venga usted por acá. Estoy encantada de que mi padre me haya
presentado al señor de Tragomer, que me está interesando mucho con el
asunto de Freneuse, sobre el cual nunca he podido arrancar á usted ni
una palabra. ¿Por qué no me ha dicho usted que le creía inocente?
--¡Quisiera creerlo! dijo Sorege con voz sorda.
--Tiene usted menos sencillez de espírtu ó menos indulgencia que el
señor de Tragomer, porque él admite la inocencia de su amigo.
El conde inclinó la cabeza con tristeza.
--Tragomer tiene muchas razones para querer que Jacobo sea inocente; por
eso afirma lo que desea...
--¿Qué razón es puede tener que usted no tenga? Era amigo de aquel
desgraciado como usted, no más.
--¿No ha dicho á usted entonces los lazos que le unían á la familia
Freneuse?
Miss Maud fijó en Tragomer su clara mirada. El joven se sonrió.
--Es verdad; la señorita de Freneuse era mi prometida cuando ocurrió la
catástrofe que echó por tierra todos nuestros proyectos. ¡Oh! Confieso
que fué por mi culpa... No tuve constancia ni firmeza para desafiar y
despreciar la opinión pública y sufrí débilmente la influencia de
cobardes consejos. Me alejé un poco de esas desgraciadas señoras y
cuando volví hallé la puerta cerrada y los corazones llenos de desdén...
Por eso he paseado por el mundo entero mi tristeza durante diez y
ocho meses, sin lograr calmarla. Aquí tiene usted mi historia, que es la
de todos los amigos de Jacobo de Freneuse, y ahora comprenderá usted
porqué á Sorege le es desagradable hablar de este asunto.
--Le hubiera agradecido que me confesase la verdad, como agradezco á
usted mucho su franqueza... Comprendo la resolución de la hermana de
aquel desgraciado... Yo no perdonaría nunca una falta de valor moral...
Me explico que se tenga miedo delante de un tigre ó de un león. Es
un efecto físico que no se puede razonar, pero creo que sería inexorable
para un desfallecimiento intelectual. Después de volver del viaje, ¿ha
hecho usted alguna tentativa para ver á su antigua prometida ó á su
madre?
--No, dijo sordamente Tragomer; sé que sería inútil...
--¿Y usted, conde, no las ha vuelto á ver?
--Nunca.
Miss Harvey se quedó un instante pensativa. Después dijo, con una
expresión de melancolía que contrastaba con su habitual vivacidad:
--La suerte de esas pobres mujeres es de lo más triste que se puede
soñar. ¿Siguen creyendo en la inocencia del joven?
--Siempre.
--¿Y no hacen nada?
--¡Qué quiere usted que hagan?
--¡Si yo estuviera en su lugar haría algo! No es admisible el estarse
llorando y meditando en un rincón cuando se ha cometido una injusticia.
Yo, señor de Tragomer, si uno de mis hermanos hubiera sido víctima de
una maquinación semejante, no hubiera tenido ni un instante de descanso
hasta hacer proclamar su inocencia; hubiera gastado para ello mis
fuerzas, mi inteligencia y mi fortuna, pero no hubiera dejado al
inocente en presidio aunque tuviera que arrancarle de él á la fuerza con
una cuadrilla de filibusteros...
Á estas últimas palabras Sorege prorrumpió en una carcajada que produjo
un ruido falso. Su mirada pasó por los entreabiertos párpados hasta
fijarse en la cara de Tragomer para estudiarla con inquieto cuidado.
--Usted es, dijo, una verdadera amazona, miss Maud... Pero esas cosas
no se hacen tan cómodamente como usted cree. Para guardar á los penados
hay buenas tropas, sólidas fortificaciones y rápidos navíos que recorren
las costas.
--¡Parece usted encantado por ello! contestó con vivacidad la joven. La
verdad es que no lo comprendo. Hay momentos en que parece que odia usted
á su antiguo amigo.
--¡Odiarle! no; pero le vitupero severamente por haber malgastado tan
torpemente su vida y alterado la de los demás. No tenía más que seguir
tranquilamente el camino que se le ofrecía y por su afición á los
caminos extraviados se hundió en tal cloaca de vicios que fué imposible
impedir que se perdiera. Le guardo rencor por eso, miss Maud, por eso
solamente, y así pruebo una vez más mi amistad.
--Pero, si está usted aún preocupado por ese muchacho, ¿por qué no
participa de la creencia de su amigo? ¿Por qué no trata de discutir la
culpa del condenado?
--¡Ah! Eso es imposible. Nos estrellaríamos contra la evidencia, dijo
Sorege con fuerza. Negar los hechos materiales y reconocidos, probar, lo
inverosímil, cerrarse á la evidencia, no es empresa para un ser sensato.
Se puede gemir, lamentar maldecir, revolverse contra el buen sentido;
pero combatir contra la verdad, ¿para qué?
--Sorege tiene razón, miss Maud, dijo fríamente Tragomer. Lo comprendo
tan bien que mis convicciones son enteramente platónicas. Si hubiera
algo que hacer, ya lo hubiera intentado, esté usted segura. Precisamente
porque todo lo creo inútil he tomado el partido de viajar para
distraerme.
--Puesto que viaja usted, ¿por qué no va á ver á ese desgraciado?
Tragomer se estremeció y se preguntó una vez más si la americana estaría
de acuerdo con Sorege para hacerle hablar. Pero la audacia misma de la
pregunta destruía esa suposición. La joven estaba sencillamente influida
por el genio aventurero de su raza, por el desconocimiento de los
obstáculos que caracteriza á las grandes fortunas y por la inconsciencia
de las leyes que es propia de la mujer.
--¿Ir á Numea? preguntó Sorege con su voz falsa. ¡Triste expedición!
--No tendría valor, dijo Tragomer, para ver en la abyección un hombre á
quien he conocido bello y brillante. ¡Cómo estará después de dos años de
vida común con aquellos innobles compañeros! El carácter se rebaja
pronto, el cuerpo se gasta y las malas costumbres se apoderan del
hombre. El presidio convierte un individuo inteligente y fuerte en un
ser envilecido y degradado... Prefiero no ver ese espectáculo que me
causaría profunda pena...
--Y, sin embargo, usted le cree inocente y se resigna á pensar que vive
en esas miserables condiciones, sin tratar de sacarle de ellas. Va usted
á pasearse por el Mediterráneo de modo de poder desembarcar en Cannes ó
en Montecarlo, lo que es muy agradable y muy higiénico. Allí no verá
usted espectáculos tristes, si trata de no mirar á los tísicos. Me
habían dicho que los franceses eran los últimos enamorados de la Quimera
y que no se cometía en el mundo una heroica locura sin que tomasen parte
en ella. Celebro ver que han adquirido sentido práctico y que antes de
tomar una resolución consultan sus intereses. Señor de Tragomer, buen
viaje. Tengo mucho gusto en haber conocido á usted. Probablemente, habrá
usted vuelto de su expedición en la primavera; si quiere venir con mi
padre y conmigo á la isla de Wight, á donde iremos como todos los años,
hará un viaje muy de su agrado, pues se divertirá sin emociones ni
disgustos.
Al hablar así miss Maud miraba al joven con una sonrisa violenta que
daba á su cara expresión de desdén extraordinario. Sorege intervino con
aire paternal.
--¿Pero hay que estar loco, miss Maud, para agradar á usted? No es justo
sermonear á Tragomer por mi causa. ¿Por qué exigirle una sublimidad de
que yo no le doy el ejemplo? Esta noche está usted de humor regañón, y
en este caso aquí estoy yo para servir de blanco. Pero, por favor, que
se salven los transeuntes.
Miss Harvey se echó á reir.
--Después de todo, conde, tiene usted razón, como decía su amigo, y él
también la tiene. He hecho mal en ponerme agresiva.
--¡Los pueblos nuevos! dijo Sorege. Ya pensarán como nosotros, razas
cansadas.
La joven ofreció la mano á Tragomer y le dijo con su amabilidad
acostumbrada:
--Me he exaltado un poco; espero que me dispensará usted.
--Con mil amores, dijo el bretón; y con más motivo todavía, puesto que
Sorege es el que ha hecho el gasto.
Todos rieron y el mismo Sorege se dignó alegrar un poco su impasible
fisonomía.
--Ahora, dijo la americana, no me interesa ya permanecer aquí y me voy.
Hizo una señal á su padre y se alejó seguida de Sorege. Marenval, que
acechaba á su compañero hacía largo rato, se acercó entonces y preguntó,
no sin inquietud:
--¿Qué diablos de conferencia han tenido ustedes los tres en ese rincón?
Por los ademanes, me parecía que la conversación era grave.
--Y no se engañaba usted. Á poco me ofrece miss Maud llevarme ella misma
á la Nueva Caledonia...
--¡Usted se chancea!
--No, por cierto. Y esto, delante de Sorege. Todavía tiemblo.
--¿Entonces la hija después del padre? ¡Pero esta familia tiene la manía
de pasear á la gente por el mar!
--Me ha hecho sufrir un verdadero interrogatorio á propósito de Jacobo
de Freneuse...
--¡Bah! ¿Para qué?
--Eso quisiera yo saber. He sospechado un instante que Sorege había
preparado esta encerrona para cogerme... Pero no; estaba tan violento
como yo... Todo ha sido casual... En todo caso pienso, en un momento
dado, sacar partido de la entrevista. Miss Harvey no permanecería
indiferente á nuestros esfuerzos en favor de Freneuse. Si hay necesidad
de pedirle su ayuda en una circunstancia decisiva, no la creo mujer de
regateárnosla.
--¿Contra su prometido?
--Hasta contra él.
--¿Está usted seguro de no haber dejado adivinar nuestros proyectos?
--Completamente. He preferido dejar que esa muchacha se burle de mí. En
este momento le inspiro una deplorable opinión. Yo haré que la
modifique.
--¿Se va usted?
--Sí, tengo que terminar aún algunos preparativos y que arreglar algunos
negocios.
--¿Dónde nos veremos mañana?
--Á las tres, en casa de la señora de Freneuse. Quiero tratar de verla y
cuento con usted para que me reciba.
--Hasta mañana, pues.
El sombrío hotel de la calle de _Petits-Champs_ pareció despertar de su
lúgubre silencio cuando el timbre de la puerta resonó, impacientemente
movido por Tragomer.
Giraud salió á abrir, sonrió á Marenval y se quedó estupefacto al ver á
Tragomer. Su cara volvió á tomar el aspecto taciturno y cuando Marenval
le preguntó:
--¿Están visibles las señoras?
--Para el señor, ciertamente, respondió el criado, pero no sé si el
señor de Tragomer...
El acento lleno de censuras de aquella frase interrumpida impresionó
profundamente á Tragomer. Desde el primer paso veía exactamente los
sentimientos que había para él en aquella casa. ¡Aquel hombre que en la
niñez le llevaba á su casa después de jugar con Jacobo, y que le daba
paternalmente golosinas y caricias, dudaba si sus señoras querrían
recibirle! El hotel de los Freneuse aparecía silencioso y desolado,
Jacobo no estaba allí ya, el criado se presentaba encorvado, tembloroso
y triste, y él volvía á entrar como un extraño en aquella mansión antes
abierta y risueña...
--Haga usted el favor, Giraud, de anunciar á las señoras mi venida; voy
á esperar en el saloncillo donde...
Al decir estas palabras tan llenas de recuerdos para él, las lágrimas se
agolparon á sus ojos.
--¡Ah! señor Cristián, exclamó el criado conmovido. Nuestro Jacobo no le
hará á usted compañía como en otro tiempo... Pero creo que no le ha
olvidado usted y que le quiere todavía... ¡Oh! Bien pensaba yo que era
imposible que hubiese abandonado á su amigo como los otros...
--No, Giraud, no le he abandonado. Ya tendrá usted la prueba. Pero es
importante que hable con la señora de Freneuse. El señor Marenval va á
pedir que me reciba. Condúzcale usted y yo esperaré que me llamen.
Entró en la pieza donde Marenval había interrogado tan largamente á
Giraud acerca de Sorege, y el criado y Cipriano se encaminaron al salón
en el que aquella madre desconsolada pasaba su existencia sin esperanza.
La hija estaba trabajando silenciosamente en el hueco del balcón. Fuera
de los detalles corrientes de la vida, las dos mujeres no hablaban nada:
estaban tan de acuerdo que no necesitaban palabras para comprenderse.
La puerta se abrió y apareció Marenval detrás de Giraud. La señorita de
Freneuse dedicó al recién llegado una amable sonrisa, se levantó y
ofreciendo la mano á Cipriano le condujo hasta su madre.
--Había prometido volver muy pronto, queridas primas, dijo el antiguo
comerciante, y aquí estoy para traer á ustedes mejores esperanzas que la
última vez.
--¿Ha sabido usted algo favorable á nuestra causa? preguntó turbada la
señora de Freneuse.
--Sí, ciertamente, muy favorable... Pero ante todo, no quiero que se me
atribuya á mi solo el mérito de lo que se ha logrado. En este asunto he
tenido un aliado hábil y perseverante á quien se debe la parte más
importante de los resultados obtenidos;... es Tragomer.
La frente de María se oscureció, pero Marenval no se desconcertó por
eso.
--Es indispensable que le vean ustedes. Sólo él podrá darles los
importantes datos que posee, pues él es quien los ha obtenido á fuerza
de perseverancia y de sagacidad.
La señora de Freneuse miró á su hija para ver cómo acogía esta petición.
La joven hizo un movimiento de protesta, palideció y dijo, sin embargo:
--Recíbele, madre mía, si tienes en ello interés. Yo me retiraré.
--¿No puedes mostrarte menos rigurosa?
--Nunca olvidaré lo que ha hecho, bien lo sabes.
--Sin embargo, si repara su falta y trabaja con nosotros por la
rehabilitación de tu hermano...
--Para convencerme necesito algo más que vanas palabras, dijo la joven
con amargura.
Llamó y dijo á Giraud, que apareció en la puerta:
--Haga usted subir al señor de Tragomer.
Y sin decir más, pasó por delante de su madre y de Marenval y salió.
--¡Ese pobre Cristián! dijo Cipriano á la señora de Freneuse. Cuando
usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer, será usted
su abogado cerca de María. Es preciso no desanimar á un hombre tan útil.
¡Diablo! ¿Qué sería de nosotros sin él?
Tragomer entró. Durante un momento permaneció indeciso en la puerta,
buscando con la vista á María, y no vió más que á la señora de Freneuse
enlutada y con el cabello blanco. Sus labios se conmovieron, sus ojos se
pusieron húmedos y sin poder articular palabra, Cristián fué á
arrodillarse con respeto filial ante aquella mártir. La anciana abrió
los brazos y ambos confundieron por un instante sus lágrimas. Por fin la
señora de Freneuse se separó, enjugó sus ojos y dijo mirando
afectuosamente al joven:
--Gracias, Cristián, por haber vuelto. Por unos minutos ha hecho usted
resucitar el pasado. Veamos ahora qué ha hecho para que el porvenir sea
mejor.
Tragomer se levantó, se apoyó en la chimenea y contestó, dirigiéndose
tanto á Marenval como á la madre de Jacobo:
--He adquirido la convicción, más aún, la certeza, de que la mujer por
cuya muerte fué condenado Jacobo, vive.
--¡Lea Peralli! exclamó con estupor la anciana.
--Lea Peralli. Ha habido en este asunto una parte misteriosa que estoy
en vías de aclarar y no retrocederé ante nada para conseguirlo. Nuestro
amigo Marenval me ayuda valerosamente, animado del mismo deseo y del
mismo ardor que yo. Al fin de nuestra empresa esta la declaración de
inocencia de su hijo de usted. Esto es lo que vamos á tratar de
realizar.
--¿Pero cómo?
--Mañana salimos para un largo viaje por mar. Nos vemos precisados á
costear por el Mediterráneo á fin de aparecer en Niza, en Nápoles, en
Palermo y en Alejandría, engañando así á los que nos observan. Pero
repentinamente cambiaremos de rumbo, pasaremos el canal de Suez, nos
lanzaremos á todo vapor en el mar de las Indias y, por Colombo,
llegaremos á la Nueva Caledonia. Allí bajaré á tierra, veré á Jacobo y
le plantearé las formidables preguntas que deben esclarecer por completo
la oscuridad de que tan hábilmente han sido rodeados los pormenores del
crimen.
--¿Van ustedes á verle? exclamó la madre juntando las manos con ademán
suplicante. ¡Oh! Llévenme con ustedes.
--No podemos. La presencia de usted á bordo sería una confesión de
nuestros proyectos. Por el contrario, es preciso que cuide usted de
salir alguna vez durante nuestra ausencia, para que todo el mundo sepa
que está en París.
--¡Todo el mundo! ¿Quién tiene interés en vigilarme y en temerles á
ustedes?
--El ó los cómplices, ó los culpables mismos, en cuyo lugar sufre y
expía Jacobo... Si los ponemos en guardia pueden escaparse. Para
apoderarnos de ellos, es preciso, que caigamos encima como un rayo...
--¿Pero yo los conozco? preguntó con angustia la anciana.
--No me pregunte usted, respondió Tragomer; conténtese con la esperanza
que le doy. Después de haber vivido durante dos años en el
aniquilamiento y en el dolor, puede usted volver á la esperanza y á la
alegría.
--¡La alegría! ¡Ay! Nunca la recobraré, aunque vuelva á ver á mi hijo.
Estas pruebas rasgan el corazón por toda la vida. Véame usted; estoy
encorvada, blanca y arrugada como una octogenaria y no tengo cincuenta
años. Ruego al cielo que los que me han proporcionado mi horrible
tortura no sufran todo el castigo que merecen...
--¡Oh! señora, le sufrirán terrible, porque su maquinación tuvo tan buen
resultado, que se creen seguros de la impunidad. Ha sido preciso un
conjunto de circunstancias increíbles para que yo haya encontrado el
primer hecho que me abrió los ojos. De pesquisas en pesquisas, hemos
necesitado mucho tiempo y muchos esfuerzos para llegar al punto en que
estamos y aún nos queda todo por hacer.
--¿Pero tienen ustedes, al menos, esperanzas de lograr su empeño? dijo
la anciana, espantada por las restricciones de Tragomer.
--Mi querida prima, dijo Marenval, míreme usted bien. Yo no me aventuro
con frecuencia y, sobre todo, jamás lo hago á la ligera. Para que un
hombre como yo, al fin de su carrera, acomodado, dichoso, libre, rico, y
sin otro cuidado que el de vivir bien, emprenda un asunto como este en
que nos hemos comprometido Tragomer y yo, es preciso que esté firmemente
seguro del resultado... ¡Sí! Lo lograremos.
La señora de Freneuse miró con extrañeza mezclada de asombro á Cipriano
y éste añadió con acento de bondad:
--Tragomer me lo ha prometido y tengo confianza en él.
--Pero ¿cómo sabremos lo que suceda?
--Todo lo he previsto. Mi ayuda de cámara recibirá nuestras cartas y se
las traerá á ustedes; así estarán al corriente, sin recibir una
correspondencia directa. La indiscreción de un empleado ó la charla de
un doméstico podrían descubrirnos y echarlo todo á perder.
--¿Y que haré yo para responder á ustedes?
--Seguirán el mismo camino. Mi ayuda de cámara es un hombre de
confianza, como Giraud... Pueden ustedes darle sus cartas y él las
dirigirá al capitán de nuestro yate.
--Lo que encargo á ustedes desde ahora, dijo con intensa emoción la
anciana, es que abracen á mi desgraciado hijo en mi nombre y le aseguren
que mi corazón no ha dudado jamás de él y que mi pena no me ha importado
pensando en la suya. Ha cometido muchos errores y muchas faltas, pero
está pagando su mala vida con un suplicio que le limpia y le engrandece.
Díganle ustedes esto que le consolará si ha llorado y antes de
prometerle la rehabilitación háganle ver que nada es perdido en este
mundo, ni aun el dolor...
--Realizaré sus deseos, señora, dijo gravemente Tragomer; pero si usted
piensa que se puede expiar cualquier error, dígnese ser indulgente con
los que yo he cometido. ¿No querrá usted abogar por mi con la señorita
de Freneuse? Sería muy dulce para mi decirle adiós antes de marchar. Si
sigue inexorable por lo que á ella concierne, acaso quiera animarme por
cariño á su hermano. No pido ningún perdón, ninguna esperanza. Un
sencillo deseo de buen éxito y si no vuelvo, una oración.
La señora de Freneuse se levantó, pasó á la pieza contigua, donde estuvo
un instante, y volvió á aparecer seguida de su hija. Las dos mujeres
estaban pálidas y con los ojos llenos de lágrimas. María se adelantó
hacia su antiguo prometido y dijo con voz segura:
--Ha pedido usted verme, señor de Tragomer, antes de partir. Sé que va
usted á intentar la salvación de mi hermano y no puedo oponerme á ese
deseo. Aquí estoy.
Tragomer permaneció delante de ella turbado, temblando y desgraciado.
Quiso hablar, pero había prometido callarse. Su justificación le subía á
los labios y su corazón estaba lleno de pena viendo después de dos años,
adelgazada y abatida por el dolor, á la que había conocido risueña, y
dichosa. Le parecía más hermosa en el dolor que en la alegría. Su cara
había tomado un carácter de nobleza y de altivez en vez de su antigua
expresión de discuido y de candor. Se adelantó hacia ella y dijo con
dulzura:
--María...
La joven se estremeció ante los recuerdos que evocaba en su mente aquel
nombre pronunciado por su antiguo prometido. Todo el pasado desfiló por
sus ojos. Vió la casa alegre y animada, á su madre dichosa, á su hermano
mimado á pesar de sus locuras, y á ella sonriente ante un porvenir de
felicidad.
Ante ese cuadro tan dulce de la antigua vida, acabada para siempre, la
joven no pudo contener su emoción y llevándose las manos á la cara
rompió en sollozos. Tragomer, entonces, sin poder contenerse dijo con
vehemencia apasionada:
--Esas lágrimas, María, me afligen y me encantan á la vez, porque
indican que no lo ha olvidado usted todo y que su corazón no está
cerrado para siempre. ¡Oh! si, se abrirá de nuevo para mi, lo sé, y me
perdonará. Tanto haré que olvidará usted su justo resentimiento. Si
hubiera partido sin ver á usted, creo que mi empeño hubiera fracasado.
Ahora que ya no tengo ninguna inquietud, estoy seguro de triunfar. Sepa,
pues, que por usted haré todo lo que he pensado y entonces, comparando
mis errores con la reparación conseguida, llegará un día en que usted me
perdone.
María se levantó tranquila, fuerte, decidida, y mostrando á Cristián su
hermosa cara transfigurada por la esperanza, pronunció estas palabras:
--¡Logre usted su empeño!...
Tragomer lanzó un grito de júbilo y viendo la mano de María que caía con
descuido por encima de su falda, la cogió arrodillándose é imprimió en
ella respetuosamente sus labios. Después se inclinó ante la señora de
Freneuse y dijo:
--¡Vamos, Marenval; ahora partamos.
--¡Partamos! repitió Cipriano con energía.
Y abrazando calurosamente á las dos mujeres, siguió á Tragomer.