Hay en París casas que inspiran tristeza y otras que infunden alegría.
En las fachadas se lee la desdicha ó la felicidad como en la fisonomía
de los seres vivos. Existen casas que atraen y casas que repelen: en las
unas parece que los habitantes deben estar colmados por todos los
favores del cielo; en las otras podría creerse que han de caer todos los
males de la humanidad sobre los que allí se alberguen.
Entre todas esas casas silenciosas y negras, hechas para el duelo, la
tristeza y la mala suerte, ninguna más lúgubre que la situada en la
calle de _Petits-Champs,_ número 47 duplicado, ante la cual se detuvo
muy temprano, el primer día de Pascua de Navidad, el coche de Cipriano
Marenval. El visitante dijo con aire de importancia al cochero:
--Pedro, pasee usted el caballo, al paso, durante un cuarto de hora;
tiene mucho calor... Yo estaré aquí un rato y hay una corriente de aire
atroz en esta calle.
Marenval se subió el cuello de su gabán de pieles, alzó los ojos hacia
la puerta que se abría delante de él y, ya mal humorado sin más que
haber mirado aquel pasaje poco atrayente, entró resueltamente en el
patio. En el fondo había un edificio de aspecto monacal, fachada
ennegrecida por el tiempo y ventanas cubiertas con persianas, como ojos
cerrados, y al que se subía por una escalera de cuatros escalones
verdosos á causa de las lluvias. Marenval llamó y un timbre resonó en la
casa turbando el silencio con un ruido sacrílego. Al cabo de un momento
el visitante vió á través de los vidrios un viejo que se dirigía á abrir
la puerta. El criado, agradablemente sorprendido, quitó á Marenval el
gabán y le dijo con tierna familiaridad:
--Sí, Señor, las señoras están en casa y se van á alegrar mucho de ver
al señor, después de tanto tiempo...
--Están tan tristes, amigo Giraud, tan tristes, que es difícil ponerse
al mismo diapasón que ellas... Por muy afligido que uno esté, teme
ofender su dolor al tratar de consolarlas.
--Sí, señor, es verdad, dijo el criado bajando la cabeza; no tienen
consuelo.
--¿Y cómo están de salud?
--Están bien, señor; no se puede decir que están mal... ¡Ah! si su
espíritu estuviese lo mismo... ¡Pero no lo está! no, no lo está.
--En fin, Giraud, no hay que desesperar. ¿Quién sabe? Todo puede
cambiar.
--¡Oh! no, señor; no hay esperanza alguna... Pero, con su permiso, si
el señor quiere servirse entrar, iré á anunciarle á las señoras.
Marenval entró en un vasto salón un poco sombrío y espléndidamente
amueblado con una sillería antigua de tapicería. En las paredes se veían
algunos cuadros notables, restos de una buena colección dispersada por
ventas sucesivas. En los ángulos había unas vitrinas vacías. Todo allí
atestiguaba un lujo bruscamente desaparecido y del que sólo quedaba el
noble orden de una habitación en otro tiempo suntuosa.
Era fácil ver que los habitantes de la casa no estaban habitualmente en
aquella pieza aparatosa, pues no se veían allí los objetos familiares á
dos mujeres inteligentes y activas. Todo en aquel salón era correcto,
frío, lúgubre. Se abrió una puerta y el criado se presentó de nuevo.
--Si el señor quiere tomarse la molestia de seguirme, la señora le ruega
que tenga la bondad de subir á su habitación.
Marenval subió por una escalera de piedra con barandilla de hierro
forjado y al llegar al primer piso, donde comenzaba una oscura galería,
encontró una joven de alta estatura y vestida de negro, que se
adelantaba á recibirle. Giraud desapareció sin ruido y Marenval se
encontró, algo cortado, frente á la señorita de Freneuse que le alargó
la mano sonriendo tristemente. Pero ¡qué desgarradora melancolía en la
expresión de aquel hermoso semblante! Sus ojos negros, dulces y
profundos, mortificados por las lágrimas, presentaban un círculo
azulado, y su frente admirable, coronada de cabellos rubios ondulados y
recogidos sin coquetería, daba á aquella altiva fisonomía un aire de
incomparable nobleza.
Marenval miró un instante á su hermosa pariente, movió tristemente la
cabeza y dijo en tono afectuoso:
--Y bien, María, ¿sigue usted tan poco razonable?
--Siempre tan desgraciada, señor de Marenval.
--¿Y su madre de usted?
--Va usted á verla.
La joven introdujo á Cipriano en una pequeña pieza, especie de santuario
en el que la señora de Freneuse había reunido todo lo que le recordaba á
su hijo, retratos, libros, dibujos, que representaban allí al que la
infeliz mujer no había dejado de llorar, á pesar de sus faltas. Se
levantó de una butaca baja mostrando una fisonomía pálida bajo sus
cabellos blancos y, dulce y resignada, dió las gracias á Marenval por su
visita, si no dichosa por ver alterada la soledad de su existencia,
agradecida por un paso que denotaba un recuerdo afectuoso.
Marenval se sentó y dirigió la vista hacia un magnífico retrato que
representaba un elegante joven de cara franca y alegre. Una amarga
sonrisa plegó los labios de la señora de Freneuse. La pobre madre dejó
al visitante contemplar un rato el lienzo y dijo con voz ahogada y casi
sin timbre:
--Ahí tiene usted lo que él era. ¿Cómo estará ahora? ¿Qué habrán hecho
de él? Hace dos años ha sido imposible conseguir que se deje hacer una
fotografía, que estábamos dispuestas á pagar muy cara... No ha querido
que pudiésemos verle con el pelo rapado, la barba afeitada y con el
traje de penado.
--¿Tienen ustedes noticias suyas?
--Las recibimos con regularidad.
--¿En qué situación se encuentra?
--Materialmente, no puede quejarse... Es joven y fuerte... Y, después,
parece que no lo tratan mal. Hace poco le han hecho entrar en la
oficina, donde parece que presta buenos servicios. Su existencia es así
menos miserable... Pero, moralmente...
--¿Sigue afirmando su inocencia?
Á esta pregunta, el pálido semblante de la señora de Freneuse se iluminó
por una llama pasajera, sus ojos brillaron, y exclamó, con voz en la que
se notaba aún cierto vigor:
--Hasta morir declarará que no ha cometido ese crimen atroz, que no ha
podido cometerle. Mi hija y yo,--¿entiende usted, Marenval?--no
cesaremos de afirmarlo así. Ha habido en contra de Jacobo un conjunto de
circunstancias abrumadoras que han podido engañar á los hombres hasta
hacerles juzgarle sinceramente, pero nosotras, su madre y su hermana,
repetiremos con él hasta el último suspiro que es inocente.
Marenval miró á las dos mujeres con expresión de asentimiento y dijo,
levantando la cabeza:
--Es absolutamente mi opinión.
Á estas palabras, que Marenval decía por primera vez delante de aquella
madre desolada, la señora de Freneuse se irguió, se puso encarnada y
dijo con repentina vivacidad:
--Marenval ¿qué significa esto? Jamás ha estado usted tan afirmativo...
Hay más; yo acusaba á usted de no participar de nuestra ardiente
convicción.
Ha parecido usted siempre más humillado que asombrado por lo ocurrido y,
de pronto, toma usted una actitud diferente... Ya lo oyes, María, no es
el mismo; ha cambiado por completo. ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Será que ha tenido
usted alguna buena noticia? ¿Acaso, después de haber desesperado,
podríamos...?
--¡Poco apoco! interrumpió Marenval, un poco desconcertado al ver aquel
furioso ataque y creyendo haber dicho demasiado. Usted era injusta al
acusarme de no tener fe en la inocencia de Jacobo. Bien sabe usted que
le he defendido con la energía de un hombre á quien el mundo englobaba
malignamente en la catástrofe ocurrida. Sí, en aquellos momentos vi en
toda su desnudez la canallada de los hombres. Todo lo que la envidia, la
bajeza y la maldad pueden inventar para manchar una personalidad
honrada, se intentó entonces contra mí. He padecido con esta desdicha
tanto como ustedes mismos, pues durante más de un año todo el mundo, en
París, me ha llamado solamente "el primo de Freneuse". Hasta sé de
algunas almas caritativas á quienes no faltaba nada para insinuar que yo
también merecía ir á presidio. Y todo ¿por qué? Porque soy rico, porque
me divierto, porque tengo un hermoso hotel, un buen monte, magníficos
caballos y un proscenio en la Ópera... La verdad es que todo esto es
más que suficiente para echar un hombre á galeras... ¡Tengo amigos que
querrían verme en ellas! ¿Puede usted pensar lo que estas buenas
personas habían dicho de mí en el momento de la desgracia? En aquella
hora peligrosa no le he parecido á usted heroico, querida prima;
confieso que en parte ha tenido usted razón. Hubiera podido mostrarme
más caballeresco y colocarme más resueltamente al lado de usted, pero
hay que tomar las personas como son. Yo soy un poco nuevo en el mundo en
que vivo; no hace aún diez años que salí de las pastas alimenticias y,
¡qué diablo! no se me tiene en la misma consideración que á un
Montmorency. Los hombres son iguales ante la ley, pero no ante el mundo,
y así me lo han hecho ver. Esto explicará á usted muchas cosas que le
parecerían oscuras. No temo ahora confesarlo, porque tengo la conciencia
de ser tan adicto á ustedes, que habrán de perdonarme fácilmente un día
mis debilidades aparentes.
La señora de Freneuse escuchó con aire sombrío las explicaciones de
Marenval. Temía que aquella afirmación de la inocencia de Jacobo, que
tanto le había conmovido, no tuviese otro objeto que servir á los
tardíos escrúpulos de su pariente, pero las últimas palabras
pronunciadas por éste parecían inspirarse en esa convicción y la pobre
mujer se sintió de nuevo presa de la mayor ansiedad.
--¿Ha venido usted solamente para hacerme esa profesión de fe, que
agradezco? dijo la pobre madre. Doy á usted las gracias por su afectuosa
actitud. Las simpatías son preciosas, por lo mismo que son raras.
Agradeceré á usted con toda mi alma, Marenval, que no nos abandone.
--¡Abandonar á ustedes! exclamó el excomerciante. ¿Me creen ustedes
capaz de ello? Yo les probaré que soy fiel y valiente y que...
Un gesto de la señorita de Freneuse le detuvo en aquel movimiento de
expansión. Más tranquila que su madre, la joven, desde el principio de
la entrevista, había estudiado la actitud de su pariente y había visto
todo lo que tenía de embarazosa y violenta. Entre las seguridades del
Marenval presente y las reticencias del Marenval pasado había tal
desacuerdo, que eran necesarias muchas palabras para ponerlas en
armonía. Un orador mucho más elocuente que Marenval hubiera fracasado en
tal empresa. Pero, por fortuna, la madre y la hija no habían retenido de
cuanto había dicho sino el calor de su discurso y se habían sentido
penetradas de una alegría secreta al recobrar un rayo de esperanza. La
señorita de Freneuse resumió en dos palabras la situación:
--Mi querido primo, usted no creía antes en la inocencia de mi hermano y
ahora, por una razón que no conozco, cree en ella.
Marenval dirigió á las dos mujeres una mirada de entusiasmo y dijo con
una expresión que les arrancó las lágrimas:
--¡Es verdad! Ahora creo que Jacobo es inocente. Pero no basta creerlo;
hay que probarlo. Está muy bien que nosotros, en familia, nos consolemos
con buenas palabras, pero no olvidemos que el fin único de nuestros
esfuerzos debe ser una rehabilitación ruidosa. ¿Han pensado ustedes en
intentarla?
La señora de Freneuse bajó la cabeza con desanimación.
--¿Cómo podemos pensar en ello? La más horrible desgracia del mundo es
sentirse impotente, no ya para demostrar la realidad de un hecho en el
que una cree como en Dios, sino para discutir, siquiera, su posibilidad.
Estamos hace dos años anonadadas bajo el peso abrumador de la condena. Y
me atrevo á confesar á usted, Marenval, que para no dudar de la
inocencia de mi hijo he tenido que apartar la vista de las acusaciones
dirigidas contra él, pues, examinadas una por una, son de tal manera
graves, terribles, probadas, que hubiera tenido que negar la evidencia y
eso era para mí un terrible suplicio. He tenido, pues, que refugiarme en
una especie de negación fanática, que excluye todo razonamiento, toda
claridad, y que es tan sólo el grito de mi corazón de madre. No creo en
el crimen de Jacobo porque Jacobo es mi hijo y un hijo mío no ha podido
cometerle. Á todos los argumentos, á todas las pruebas he respondido
siempre, desde el fondo de mi conciencia: ¡Es mi hijo! ¡Es inocente!
Pero, amigo mío, si tuviera que demostrar su inocencia, ¿qué hacer?
¿Dónde encontrar la fuerza de inteligencia suficiente para anular las
pruebas acumuladas? ¿Cómo convencer á los jueces? El mismo abogado de
Jacobo, ese admirable señor Duranty que defendió á mi pobre hijo con tan
apasionada elocuencia, me decía, después de la vista: ¡Yo no sé! Cuando
le oigo gritar que no es culpable, creo. Cuando estudio la causa, dudo.
--¡Oh! sí, querida prima. Las pruebas acumuladas contra él eran
decisivas. Yo mismo fuí cegado por ellas, puedo confesarlo puesto que
estamos hablando con toda franqueza. He creído durante mucho tiempo que
el pobre Jacobo, enloquecido, arrebatado por la necesidad de dinero,
pudo, en un momento de irresponsabilidad... Sí, he admitido que pudo
ser criminal. Pero desde ayer he cambiado por completo y soy tan
ardiente partidario de la inocencia de ese muchacho como antes estaba
dispuesto á creer en su culpa.
--¿Y por qué desde ayer? preguntó la señorita de Freneuse. ¿Por qué esa
modificación de su espíritu? ¿Quién la ha causado? ¿Ha sabido usted
algún hecho que ilumine la situación con una luz nueva? Mi madre nos ha
declarado sus esfallecimientos, pero yo no he participado de ellos,
sépalo usted. Cuando todo el mundo abandonaba á mi desgraciado hermano,
yo, en toda conciencia, he permanecido fiel á su causa. He buscado y
busco aún el medio de explicar este misterio impenetrable. Puede usted,
pues, hablar; me encontrará preparada á escucharle y á comprenderle.
Marenval miró á la joven con enternecimiento.
--Sí, ya sé, María, que usted no ha transigido y ha desterrado de su
corazón á todos los que no hicieron causa común con usted en aquellas
terribles circunstancias. Anoche hablé con un hombre que amaba á usted
tiernamente y al que usted alejó sin piedad...
La fisonomía de la señorita de Freneuse se puso sombría. La joven se
irguió mostrando su alta estatura. Sus labios se estremecieron, pero no
pronunciaron ni una palabra. Todo, en su actitud, demostraba un doloroso
desdén.
--Se trata de Cristián Tragomer... Añadió Marenval.
Pero se calló, al ver que aquel nombre producía un efecto tan
inesperado.
--Me figuraba que quería usted referirse al señor de Tragomer, dijo
fríamente María. Pues bien, querido primo; si quiere usted complacerme,
no me hable jamás de él. Mi madre y yo le hemos borrado de nuestro
recuerdo como él nos borró de su corazón. En la hora en que teníamos
necesidad de todos nuestros amigos, él dió el ejemplo de la deserción, y
su abandono, lo confieso, fué el que más nos afectó en aquellos tristes
momentos. Era mi prometido; se avergonzó de mí; ya no le conozco.
--Tragomer ama á usted todavía.
--Me alegro, dijo María con firmeza. Eso le hará sufrir...
Se pasó la mano por la frente, se volvió hacia su madre, que escuchaba
en silencio, y dijo arrodillándose en un taburete cerca de ella:
--Perdón, mamá. He distraído al señor Marenval de una conversación cuyo
fin espera usted con impaciencia, para hablar de cosas miserables. No
volverá á suceder.
--Querida niña, dijo Marenval con bondad; tendremos ocasión de vernos
con frecuencia, pues vamos á emprender una campaña que puede ser larga.
No violentemos nada, ni en lo que se refiere á las cosas ni en lo
relativo á las personas. Día vendrá en que se aclaren muchos puntos y se
expliquen muchas actitudes. En este momento no quiere usted que le hable
de Tragomer; más adelante, quién sabe si me pedirá que se le traiga.
Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer en su
servicio, acaso sea más indulgente. En todo caso, debe usted saber que
él es la causa de que esté yo aquí. Yo no pensaba intentar nada en
beneficio del desgraciado Jacobo, lo confieso humildemente, pero ese
diablo de Cristián me ha sublevado con unas noticias tan inesperadas,
que no he podido permanecer indiferente...
--Pero, en nombre del cielo, ¿qué ha descubierto? dijo la señora de
Freneuse con tal expresión de angustia que su hija la abrazó para
calmarla.
Marenval movió la cabeza con aire de importancia.
--Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podría hablar.
El éxito, que es posible, se obtendrá solamente al precio de una
discreción absoluta. Una palabra imprudente lo comprometería todo.
Esperemos. Nunca ha habido probabilidades más favorables, pero tiene
usted que consentir en marchar á ciegas por la ruta que vamos á
emprender.
--¡Oh! ¡Dios mío! Si la salvación tiene ese precio, consiento en todas
las pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos años vivo en una
tumba; gracias á usted, penetra en ella un débil rayo de luz. ¡Bendito
sea usted por el bien que me hace!
--Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima,
hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En interés de
todos, pido á usted, pues, que me responda sin reticencias.
--Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo no
recuerde podrá precisarlo mi hija.
--Entre los amigos de Jacobo, había uno más intimo, más querido que los
demás y que se había criado con él; el conde Juan de Sorege.
La señora de Freneuse respondió vivamente:
--Sí, Juan de Sorege... Era un excelente muchacho, de muy buena
familia. Quise mucho á su madre, que murió siendo Juan muy joven...
Éste creció con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante su
juventud... Fué menester que contrajeran relaciones nuevas, las que
tanto daño han hecho á mi hijo, para separarlos...
--¿No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compañías?
--Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, y
precisamente por no alternar con ciertas personas, se apartó de mi hijo,
con gran disgusto mío, pues su influencia no podía menos de serle
favorable.
--De modo que considera usted á Sorege como un buen amigo de Jacobo...
--Como el mejor que pudiera tener.
--¿Era rico ese joven?
--No; y precisamente por eso se alejó de mi hijo, pues no quiso contraer
deudas para asociarse á sus gastos... ¡Ese fué el principio del
desastre!
--Perdóneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. ¿Cuando Jacobo
conoció á esa desgraciada mujer que le condujo á la locura... á esa Lea
Peralli, estaba todavía Sorege en buena amistad con él?
--Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo á propósito de
esa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle á romper con
ella. Llegó á escribirle que su amada le engañaba y á ofrecerle el medio
de sorprenderla.
--¿Y esa carta existe?
--La entregué á la justicia y debe figurar en la causa. La encontró
nuestro criado en el cuarto de Jacobo... Á consecuencia de esto, se
produjo un violento altercado entre mi hijo y su amigo... Estuvieron á
punto de batirse... Pero amigos comunes arreglaron el asunto.
--¿No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor ó de hostilidad
hacia su antiguo amigo, después del acontecimiento?
--No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca más que confianza y
simpatías hacia el señor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundo
pensaba como yo en mi casa.
--¿Quién le era desfavorable?
--Mi hija, primeramente, á quien siempre desagradó Sorege, y después
nuestro criado Giraud, que nunca le pudo tragar.
--¡Ah! ¿María encontraba sospechoso al amigo de su hermano?
--No me hagan ustedes decir lo que no pienso, replicó vivamente la
señorita de Freneuse. De ningún modo querría dañar en vuestro concepto
al conde de Sorege. Tiene un carácter que no me agrada; no hay más.
--¿Y qué carácter es el que usted le atribuye?
--Se mostraba altanero y burlón, y á mí me cuesta trabajo soportar ese
modo de ser. Calculaba fríamente y no obraba jamás á la ligera. Era un
hombre práctico ante todo. Lo contrario del pobre Jacobo que no
reflexionaba jamás y se metía en las dificultades sin saber cómo saldría
de ellas. Yo reprendía el aturdimiento del uno, pero lamentaba la
previsión del otro. Encontraba exceso en los dos y si mi hermano me
parecía loco, Sorege me resultaba demasiado hábil.
--¿Hábil hasta la astucia?
--No lo sé, querido primo; lo que he dicho no es más que una impresión.
Nunca he sabido cómo se conducía el señor de Sorege en la vida sino por
lo que contaba mi hermano, y éste no podía hablar con libertad delante
de mí. Mi impresión, pues, no se ha confirmado por hecho alguno, pero se
ha fijado muy clara en mi mente y ha permanecido en ella.
Marenval miró á la señora de Freneuse y dijo:
--Ese juicio no se puede considerar como desfavorable en los tiempos que
corren. Un individuo demasiado hábil tiene condiciones excepcionales,
hoy en día, para lograrlo todo. Pero María juzga al señor de Sorege
desde un punto de vista especial, como hombre de mundo y no como hombre
de negocios. Eso es lo que hace su censura perfectamente comprensible.
En resumen, para la señora de Freneuse, Sorege es un hombre honrado al
que ha sentido ver alejarse de su hijo; para María, Sorege es un mozo
frío y calculador, decidido á hacerse sacar las castañas del fuego y qué
no vacila en herir un poco al vecino al hacer su negocio.
--¿Pero por qué esas preguntas? dijo la señora de Freneuse.
--Se nos ha dicho que seríamos interrogadas, mamá, dijo la joven
sonriendo, pero no que se nos explicaría nada. Tengamos paciencia.
La anciana hizo un gesto de resignación.
--Ya estamos acostumbradas...