PRIMERA PARTE

I

En el comedor de los Extranjeros del Club Automóvil, los convidados

estaban acabando de comer. Eran las diez de la noche y los jefes de

comedor servían el café. Los mozos se habían retirado y en el salón

contiguo estaban preparadas las cajas de cigarros para los fumadores.

Había allí doce comensales, seis hombres y seis mujeres, además del

anfitrión, Cipriano Marenval, célebre industrial que había hecho una

inmensa fortuna fabricando y vendiendo una fécula alimenticia que lleva

su nombre. En torno de la mesa, adornada de flores extrañas y chispeante

de cristales y de argentería, las mujeres de dudosa moral y los amables

vividores convocados por Marenval estaban agrupados en un desorden tan

familiar como explicable, dada la excelencia de los manjares y la

calidad de los vinos, y escuchaban á un joven alto y rubio que, á pesar

de las frecuentes interrupciones de que era objeto, seguía hablando con

tranquilidad imperturbable:

--¡No! no creo en la infalibilidad humana; ni siquiera en la de los que

tienen la profesión de dictar sentencias y que pueden por consecuencia

atribuirse una experiencia particular. ¡No! no creo que en el momento en

que un ciudadano como ustedes y como yo se sienta en el banco de madera

de la tribuna del jurado se vea súbitamente iluminado por revelaciones

superiores que le otorguen la ciencia infusa. ¡No! no creo que unos

honrados padres de familia, ni siquiera los solteros, en cuanto se

endosan una toga, con ó sin armiño, no sean ya susceptibles de engañarse

ni de dictar sentencias discutibles. En resumen, reclamo el derecho de

creer en la ceguera de nuestros compatriotas en general y de los jueces

en particular y siento, en principio, la posibilidad del error

judicial!...

La concurrencia prorrumpió en voces tumultuosas, se elevó un concierto

de imprecaciones y algunas de aquellas señoras empezaron á golpear los

vasos con la hoja de los cuchillos. Los amigos del orador trataron una

vez más de imponerle silencio con sus risotadas.

--¡Maugirón, nos estás aburriendo!

--¡Una cena de multa, Maugirón!

--¡Se escurre como un macarrón, este tipo!

--¡Qué cursi es eso! ¡Pues no se ocupa de la magistratura!...

--¡Oye! Pide una plaza de fiscal...

--¡Sois todos unos idiotas! exclamo Maugirón aprovechando un momento de

calma.

--¡Qué grosero! dijo Marieta de Fontenoy. Oíd, debíamos marcharnos y

dejarle solo.

--Marenval, ¿por qué nos invitas á comer con personas que tienen

conversaciones serias á los postres? preguntó la linda Lucía Pithiviers.

--Mira, ahí tienes á Tragomer, dijo Lorenza Margillier á Maugirón, que

escuchaba impasible todos esos apóstrofes. Ahí tienes un guapo muchacho

que no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir cosas

agradables. Tengo un capricho por él, y si él quiere te planto, para

enseñarte á hacer conferencias.

--¡Digo, digo! exclamó Maugirón; ahí tienes un buen negocio, Tragomer, y

yo también. Lorenza me quiere dejar por ti... No vaciles, amigo mío,

tómala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de mi

desesperación. Pero, ante todo, dinos qué opinas sobre los errores

judiciales.

--¡Oh! basta... ¡Pues no vuelve á empezar! ¡Esta chiflado! ¡Al ateneo!

¡Hacedle tragar la servilleta!

Todas estas interrupciones surgían de un coro de carcajadas, mientras,

el convidado á quien se había dirigido Maugirón permanecía silencioso é

impasible. Era el tal un hombre como de treinta años, alto, fornido, de

cabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magníficos

ojos azules. Su boca se dibujaba grave bajo un oscuro bigote y su

barbilla afeitada ofrecía todos los caracteres de la firmeza, casi de la

obstinación. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcada

por admirables sinuosidades en las que se revelaban las facultades de

reflexión y de imaginación. Al verle de pronto serio y un poco sombrío,

la animación de los convidados se enfrió súbitamente. El viejo Chambol,

amigo inseparable de Marenval, interrogó con una especie de inquietud al

joven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegría de

aquella comida.

--¡Eh! señor de Tragomer, ¿qué le pasa á usted? ¿Es que ese charlatán de

Maugirón le ha impresionado con sus paradojas? ¿Ó es que la declaración

de nuestra gentil Lorenza le parece á V. un cataclismo social? Muy

silencioso está usted y muy triste para ser un hombre á quien se han

puesto debajo de la nariz las más hermosas muestras de una bodega sin

rival y ante los ojos los más bonitos hombros de París.

Tragomer levantó la frente y una sonrisa iluminó su semblante.

--Lorenza es encantadora, pero si aceptase su proposición, no me

perdonaría el haberla hecho dejar á Maugirón y éste me guardaría rencor

por habérsela quitado. No arriesgaré, pues, esta doble pérdida. Si me

habéis visto un momento pensativo es que reflexionaba sobre lo que acaba

de decir nuestro amigo y que bajo los excesos de elocuencia á que se ha

entregado creo que hay un fondo de verdad...

--¡Ah! exclamó triunfalmente Maugirón. ¿Lo veis? Tragomer, noble bretón

cuya sinceridad está fuera de duda, puesto que no quiere engañarme con

mi... amiga que se le ofrece sin ambages, comparte conmigo la opinión

que yo he tenido el honor de desarrollar ante esta honrada

concurrencia... Habla, Tragomer; tú debes tener argumentos para estos

mogigatos que me chillaban hace un momento y ahora te escuchan con la

boca abierta porque tomas esos aires tenebrosos que les hacen esperar

revelaciones sensacionales. ¡Anda, amigo mío, rompe los diques de tu

elocuencia, convéncelos, aplástalos, á Marenval sobre todo, que ha

estado innoble conmigo, interrumpiéndome continuamente, como si

estuviese yo elogiando alguna falsificación de su fécula, que es, dicho

sea de paso, la más sospechosa porquería que se ha fabricado nunca en

los dos hemisferios!

--¡Adiós! ya se disparó... exclamó Marenval con desesperación. ¿Quién

detiene ese molino de palabras?

--¡Cállate! gritó el coro de convidados.

--¡Tragomer! ¡Tragomer!

Y los cuchillos golpeaban los vasos en cadencia, con un ruido

ensordecedor. El joven Maugirón hizo un signo con la mano para reclamar

silencio y con voz aflautada dijo:

--El señor vizconde Cristián de Tragomer tiene la palabra sobre el error

judicial y sus fatales consecuencias.

En seguida se volvió á sentar y un silencio profundo se produjo, como si

todos los concurrentes sospechasen que Cristián tenía revelaciones

importantes que hacer.

--No ignoráis, dijo entonces Tragomer, que partí hace dos años para un

viaje al rededor del mundo que me ha tenido alejado de París y de mis

amigos hasta el otoño último. Durante esos veinticuatro meses he

recorrido numerosos y variados países y paseado por ellos mi

aburrimiento y mi tristeza. Tenía serias razones para dejar la Francia.

Una gran pena había alterado mi vida. Un suceso misterioso, todavía

inexplicable para mí, había producido la prisión, el procesamiento y la

condena de mi compañero de la juventud, de Jacobo de Freneuse...

--¡Sí! nos acordamos de aquel deplorable asunto, dijo Chambol, y aun

creo que Marenval era algo pariente ó aliado de la familia de Freneuse y

que este pobre amigo estuvo muy afectado por el escándalo horrible que

produjo el proceso.

--No es divertido, ciertamente, dijo Marieta de

Fontenoy, para un hombre como Marenval, que es la corrección y la

elegancia mismas, el ver á uno de sus parientes en el banquillo de los

acusados.

Marenval dirigió á la hermosa muchacha una sonrisa de agradecimiento y,

tomando una actitud solemne, declaró:

--Aquello me podía hacer un daño inmenso ante el mundo, en el que

acababa de entrar y al que había conquistado, me atrevo á decirlo, por

el lujo de mi casa, por la esplendidez de mis fiestas y por mis

escogidas relaciones. No hacía falta más para hundirme por completo. Yo

era ya un industrial enriquecido en los artículos alimenticios, variedad

social difícil de imponer en los círculos y de implantar en la buena

sociedad, y tenía que pasar de repente á la situación de pariente de un

condenado á muerte... ¡La cosa no era halagüeña!

--Bien puedes decir, amigo mío, afirmó Lorenza Margillier, que para ser

un _snob_, tuviste una entrada que no fué ordinaria...

--Yo no soy un _snob_, dijo vivamente y en tono de protesta Marenval.

Solamente, me gusta la distinción en todo. Toda mi vida ha transcurrido

en el trato de gente nauseabunda y ya estoy harto. ¡No quiero ya ver más

que personas correctas!

--¡Te dejarías azotar por tutear á un duque!

--Tienes razón, Marenval; debemos fijar siempre nuestra vista en las

alturas.

--¡Y buscar á los que nos desprecian!

--En todo caso, corrí gran riesgo de ser despreciado á causa de ese

maldito asunto! replicó Marenval con aire ofendido. Así, podéis creer

que la cosa me hizo brotar canas...

--¿Dónde las tienes?

--¿Te las tiñes?

--¡Para no exponerlas á enrojecer!

--Pero, eso sí, cumplí mi deber con la familia de Freneuse, pues me puse

á la disposición de la madre del desgraciado y culpable Jacobo.

--¿Culpable? interrumpió bruscamente Tragomer. ¿Está usted seguro?

Á esta pregunta, tan directamente formulada, se produjo un efecto de

estupor.

--He participado, por desgracia, de la convicción de los magistrados,

del jurado y de la opinión pública, dijo Marenval, pues, en realidad,

era imposible dudar. El mismo acusado, en medio de sus protestas, de su

exasperación, no encontró ni un argumento, ni un hecho que citar en su

defensa. Ni una declaración le fué favorable, y en cambio hubo en contra

suya veinte de las más abrumadoras. ¡Oh! Se puede decir que todo

contribuyó á perderle, su misma imprudencia, su conducta anterior, todo,

en fin. Me duele en el alma hablar así, pero me obliga á ello el

convencimiento. No creo, no puedo creer en la inocencia de ese

desgraciado, á menos de ser un insensato. Es imposible dudar que mató á

su querida, la encantadora Lea Peralli.

--¿Para robarla? añadió irónicamente Tragomer.

--Él mismo había empeñado, el día anterior, en el Monte de Piedad, todas

las alhajas de la víctima.

--Entonces, ¿por qué matarla, pues que ella misma le había dado todo

cuanto tenía?

--Las papeletas valían, lo menos veinte mil francos... Jacobo debía una

suma igual á la caja del círculo. La deuda fué pagada en el momento

preciso, las papeletas fueron presentadas el mismo día y las alhajas

desempeñadas... Lea Peralli vivía aún en ese momento; murió aquella

misma noche... ¡Ah! Ese maldito asunto está muy presento en mi

espíritu.

--Sí, todo lo que acaba usted de contar es exacto, repuso Tragomer; el

pobre Jacobo desempeñó las joyas, pero negó siempre haber vendido las

papeletas. Pretendía que el verdadero asesino las había robado y

desempeñado las alhajas antes de que el crimen fuese conocido. Pues

bien, si Jacobo no hubiera cometido el crimen por el cual fué condenado,

¿qué diríais?

Esta vez el bello Cristián no pudo dudar de que se había apoderado de su

auditorio. Todos se callaron y sus ojos fijos en él con apasionado

ardor, sus actitudes violentadas por una intensa curiosidad, indicaban

el interés que había sabido excitar en todos los espíritus.

--¿Y entonces? preguntó, por fin, Marieta.

--Entonces, dijo lentamente Tragomer, creo que se ha cometido en este

asunto un error judicial y que nuestro amigo Maugirón hablaba hace un

momento con mucha razón.

--Yo he conocido mucho á Lea Peralli, dijo Lorenza Margillier. Era una

muchacha muy agradable y que cantaba deliciosamente.

Los demás perdieron la paciencia y, no pudiendo contentarse con tan

poco, exclamaron:

--¡La historia! ¡La historia! ¡En esto hay una historia!

--Sí, por cierto, respondió tranquilamente Tragomer; pero no esperéis

que os la cuente.

--¿Por qué no?

--Porque sé que tengo que habérmelas con las diez lenguas mejor cortadas

de París, y no quiero que mi secreto...

--¿Hay un secreto?

--Que mi secreto corra mañana por las calles, por los salones y por los

periódicos.

--¡Oh!

Aquello fué un grito de reprobacción general y el mismo Maugirón

abandonó el partido de Cristián y se pasó al enemigo, gritando más

fuerte que todos.

--¡Abajo Tragomer! ¡Fuera Tragomer!

Pero el noble bretón les miraba con sus hermosos y tranquilos ojos, y

escuchaba impasible sus maldiciones, el codo sobre la mesa y la barba

apoyada en la mano. Dejó que se exhalase el descontento general y dijo

con voz sosegada:

--Si el señor Marenval quiere escucharme, voy á contarle lo que sé.

--¿Y por qué á él y no á nosotros?

--Porque él está unido á la familia de Freneuse y porque, como él decía

hace un instante, esos sucesos le han hecho sufrir grandemente. Es,

pues, equitativo darle hoy ocasión de sacar algún provecho...

--¿Y cómo?

--Eso es lo que me propongo explicarle dentro de un momento...

--¡Muy bien! ¡Nos pone en la puerta, por añadidura!

--Maugirón, te perdono; has encontrado la horma de tu zapato. Tragomer

es todavía más fastidioso que tú.

--¡Como! ¿No dejáis quedarse ni á Chambol, el indispensable Chambol?

--Son las once, dijo Tragomer, y la ópera reclama á Chambol: hoy hacen

_Coppelia_. Si no va por allí, ¿qué dirán las bailarinas?

--¿Veis, amigos? Nos esforzamos por ser buenos y no se nos hace

quedar...

--¡No! Marenval; excusas insistir para que nos quedemos...

--¡Es inútil que nos supliques; somos inflexibles Nos vamos, Marenval,

nos vamos.

--Entonces, no hagáis el tonto, dijo Marenval con solemnidad. Las

circunstancias, como veis, son graves. Dejadme amablemente con Tragomer.

Y en recompensa...

--¡Ah! ¡ah! Un regalo! exclamaron las damas.

--¡Bueno! sí, un regalo, dijo Marenval. Mañana, en todo el día,

recibiréis un recuerdo mío.

Las mujeres batieron palmas. La generosidad de Cipriano era conocida: el

recuerdo sería de valor. Maugirón entonó, con la música de la marcha del

Profeta:

--¡Marenval! ¡Honor á Marenval!

Y todos entonaron en coro el himno solemne hasta que el héroe de aquel

homenaje les interrumpió diciendo:

--¡Silencio! Vais á hacer venir los comisarios del círculo. Sed

razonables y marchaos con orden. Un beso y buenas noches.

Todas aquellas bonitas caras se aproximaron á los labios glotones de

Marenval y se rozaron con su rudo bigote. Se cruzaron unos cuantos

apretones de manos y la alegre cuadrilla pasó al salón inmediato para

vestirse. Marenval cerró la puerta, y una vez solo con Tragomer, se

sentó de nuevo, encendió un cigarro y dijo al joven:

--Ahora, podemos hablar.

--Bien sabe usted, querido amigo, los lazos de cariño que me unían desde

la niñez á Jacobo de Freneuse. Hemos sido compañeros de colegio y

servido juntos en el regimiento. Nuestra existencia ha sido, por decirlo

así, común. He participado de todas sus locuras juveniles. No hemos sido

ciertamente muy moderados en nuestros placeres y con frecuencia hemos

dado lugar á críticas, pero estábamos llenos de ardor y de fuerza y

merecíamos un poco de indulgencia.

--Usted sí, amigo mío, usted, que siempre ha conservado, aun en los

excesos, una corrección perfecta; pero Jacobo...

--Sí, bien sé; Jacobo pasaba los límites y no sabía detenerse á tiempo.

Era un exagerado y así en los goces como en las penas iba hasta el

último extremo... Le he visto llorar arrepentido en los brazos de su

madre, como un niño, después de alguna calaverada gorda, lo que no le

impedía repetirla el día siguiente. Lo peor del caso era que la fortuna

de su familia no permitía las prodigalidades á que él se entregaba, por

lo que, disipada la herencia de su padre, mi desgraciado amigo tuvo que

estar á cargo de su madre y de su hermana.

--¡Ah! querido amigo, ahí es donde yo dejé de comprenderle y me hice

severo para él. Mientras no hizo más que derrochar su capital, le juzgué

imprudente, sabiendo que era incapaz de bastarse á sí mismo, pero no le

vituperé. Cada cual tiene derecho de hacer lo que quiere de su dinero.

Uno atesora y otro malgasta; cuestión de gusto. Pero imponer sacrificios

á los parientes, estar á cargo de dos pobres señoras para ir después á

correrla con mujeres perdidas, creo que merece todas las severidades.

--No es usted el único que piensa de ese modo; todos los consejos que le

dí entonces estuvieron conformes con los principios que usted sustenta

muy justamente. Pero Jacobo, arrebatado por la fuerza de las pasiones,

no tuvo en cuenta mis advertencias. Me respondía que á mi me era fácil

la moral, porque la basaba sobre cien mil libras de renta; que los ricos

tenían gran facilidad en predicar la virtud á los que están sin un

céntimo y que, ciertamente, si él pudiera no contraer deudas, sería el

hombre más feliz del mundo. Y las contraía, lo sé por experiencia. Si le

hubiera dejado hacer, hubiera dado al traste con mi caja, pero, aunque

le quería tiernamente, tuve que calmar su afición desmedida á pedirme

prestado, porque vi que muy pronto me pondría en apuro, sin salir de

ellos él mismo. Por otra parte, la señora de Freneuse me suplicó que no

fomentase con mi dinero los desórdenes de Jacobo. La pobre señora creía

que se detiene un caballo desbocado tirándole de las riendas, como si

toda presión y toda resistencia no sirviesen, por el contrario, para

exasperar su locura.

--¿No existió en aquel momento un proyecto de enlace entre la señorita

de Freneuse y usted?

Tragomer palideció y su cara tomó una expresión dura y dolorosa. Sus

ojos se hundieron bajo las cejas y su color azul se ensombreció como un

lago sobre el cual pasa una negra nube. Bajó la voz y dijo:

--Me recuerda usted uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Sí, yo

amaba y amo aún á María de Freneuse. Iba á casarme con ella cuando

ocurrió la catástrofe... Parece que estoy viendo á la madre de Jacobo

cuando llegó á mi casa una mañana, medio loca de dolor y de espanto, se

dejó caer en un sofá, pues no podía tenerse en pie, y me dijo

sollozando: acaban de prender á Jacobo... en casa... hace un

momento...

--¿Se acababa de descubrir la muerte de Lea Peralli?

--Sí, se acababa de encontrar en el cuarto de Lea una mujer muerta de un

tiro de revólver y con la cara enteramente desfigurada por la herida...

--¡Una mujer! repitió Marenval, muy extrañado de la forma de la frase y

del tono en que Tragomer la había dicho. ¿Acaso duda usted que la muerta

fuese Lea Peralli?

--Lo dudo.

--Pero, amigo mío, replicó Marenval con viveza, ¿por qué no ha dicho

usted eso más pronto? ¿Al cabo de un año viene usted á aventurar una

opinión tan extraordinaria? ¿Quién le ha impedido á usted hablar en el

momento del proceso?

--En aquella época no tenía las mismas razones que hoy para dudar.

--Pero, ¿cuáles son esas razones? ¡Diablo! ¡Me hace usted saltar con su

sangre fría! Cuenta usted cosas que le hacen á uno caerse de espaldas,

con el tono de un caballero que está leyendo los carteles de los

teatros... ¿Por qué cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado á

Lea Peralli?

--Pues, sencillamente, porque Lea Peralli está viva.

Esta vez Marenval se quedó aturdido. Abrió la boca, pero no acertó á

articular ningún sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y toda su

emoción se tradujo en un movimiento de cabeza y un chasquido de manos,

aplicadas con fuerza al borde de la mesa. Pero Tragomer no le dió tiempo

para reponerse y añadió en seguida:

--Lea Peralli está viva. La he encontrado en San Francisco, hace tres

meses, y justamente porque tuve el convencimiento de que la tenía

delante, di por terminado mi viaje y he vuelto á Francia.

El entusiasmo que este relato produjo en Marenval fué más fuerte que su

escepticismo. Se levantó, dió la vuelta al comedor y dijo con voz

entrecortada:

--¡Increíble! ¡Asombroso! Este Tragomer... Ahora comprendo por qué ha

hecho marcharse á los demás... ¡Vaya un escándalo que hubieran armado!

¡Este sí que es asunto!

Cristián, con mucha calma, le dejaba agitarse y hacer exclamaciones de

asombro y esperaba que su interlocutor volviese á él, atraído por su

violenta curiosidad. No le miraba; su vista parecía seguir una visión

lejana mientras una triste sonrisa se dibujaba en sus labios. Después de

un instante de silencio, dijo lentamente:

--Cuando pienso que Jacobo está rodeado de bandidos, encerrado en un

presidio por un crimen que no ha cometido, se apodera de mí una profunda

tristeza. No hay destino más espantoso que el de un desgraciado que oye

afirmar violentamente su culpabilidad, que oye probarla, á quien se

arroja en un calabozo y se pone en incomunicación, y que al oirse

insultar en el despacho del juez de instrucción y en el banquillo, sufre

en público la agonía moral y física del más atroz martirio y repite á

los demás y á si mismo hasta volverse loco: ¡Soy inocente! Sus protestas

son acogidas con voces y sarcasmos. Los jueces se dicen: ¡qué monstruo!

Los jurados piensan: ¡vaya un malvado endurecido! Los periodistas hacen

á su costa frases ingeniosas y el público entero se deja llevar por

ellos. He aquí un hombre cuya suerte está decidida sin apelación

posible. La sociedad, por medio de sus jueces, le ha puesto el estigma

de asesino y es preciso que lo sea para siempre. No tratéis de discutir;

la ley está ahí y detrás de ella los jueces, que nunca se engañan, pues,

como se ha dicho aquí hace un momento, el error judicial no existe, es

una impostura inventada por los periodistas. Si de vez en cuando se

rehabilita algún condenado, cuya inocencia ha logrado salir á luz, casi

siempre después de muerto el víctima, ha sido que una facción poderosa

ha logrado arrancar á la justicia infalible la confesión de su error. Y

aun entonces se retracta de mala gana. Si, por una gran casualidad, el

sentenciado vive todavía, la fuerza pública, en vez de darle

solemnemente todo género de excusas, en vez de reparar el daño moral y

material que ha sufrido aquel hombre, confiándole un puesto honroso y

lucrativo, le declara á regañadientes que está libre y le pone en la

calle diciéndole, poco más ó menos: "Anda, buen mozo, y que no te dejes

pescar otra vez..." ¡Oh, justicia! ¡Hermosa justicia! ¡Bien pagada, muy

condecorada y grandemente honrada justicia! ¡Yo te admiro!

Al decir esto Cristián prorrumpió en una carcajada. Ya no era el frío y

tranquilo Tragomer, del que se burlaban amablemente las muchachas por

encontrarle demasiado reservado. La sangre asomaba á su tez y sus ojos

brillaban. Se volvió hacia Marenval, que no acertaba á decir palabra, y

continuó:

--Hace dos años que Jacobo está agonizando bajo el peso abrumador de una

condena no merecida. Su madre está en duelo y su hermana, desesperada,

quiere hacerse religiosa. Y todo porque un bribón desconocido ha

cometido un crimen y con extremada habilidad ha sabido atribuírselo á

ese infeliz, quien por su parte no parece sino que lo había preparado

todo de antemano, á fuerza de desorden, de imprudencia y de locura, para

que se le supusiese culpable y para que le fuese imposible probar que no

lo era.

Marenval empezaba á estar inquieto. Los comentarios de Cristián sobre la

pretendida infalibilidad de los jueces habían enfriado su entusiasmo.

Encontraba que el interés del relato había languidecido y con todo el

rigor de un crítico que reclama un corte en el diálogo, dijo:

--Nos estamos extraviando, Tragomer: volvamos á Lea Peralli. Me ha dicho

usted que la encontró. Pero, dónde, en qué circunstancias... Eso es lo

que yo quiero saber. Ahí está el nudo de la intriga. Dejemos lo demás

para otra ocasión y hábleme usted de Lea Peralli. Estaba usted en San

Francisco y se encontró con ella. ¿Dónde? ¿Cómo?

--De un modo tan sencillo como inesperado. Había yo llegado el día

anterior con Raleigh-Stirling, el famoso _sportman_ escocés, que se

dedica á la pesca del salmón y al que había encontrado en el lago salado

capturando monstruos. Se vino conmigo, dispuesto á seguir su pesca en

Sacramento, y yo me entretuve en cazar en el Canadá, donde maté algunos

bisontes. Hacía, pues, algunas semanas que ambos vivíamos en el desierto

y fué para nosotros un cambio agradable el encontrarnos en medio de la

animación civilizada de una ciudad, entre compañeros amables.

Precisamente, el banquero más rico de la ciudad, Sam Poetor, era

pariente de mi compañero de camino, y en cuanto supo nuestra llegada,

nos envió á buscar en su coche, hizo recoger nuestros equipajes en el

hotel y de grado ó por fuerza nos instaló en su casa. Era el tal un

solterón de cincuenta años, y rico como lo son los de aquel país, vivía

como un príncipe sin privarse de ningún placer. El primer día, después

de una comida excelente, nos dijo: "Esta noche hay ópera: se canta

Otello, por Jenny Hawkins, que hace de Desdémona, y el gran tenor

italiano Novelli, en el personaje del moro. Iremos, si queréis, á oirlos

en mi palco. Si os aburrís, volveremos á casa ó nos iremos al círculo

Californiense; como queráis." Á las diez entrábamos en el proscenio de

Pector y nos encontramos un público entusiasmado con los cantantes, que

realmente tenían talento, pero que estaban secundados por detestables

artistas que convertían la representación, fuera de las escenas de los

protagonistas, en un verdadero escándalo musical. Jenny Hawkins no

estaba en escena ni apareció hasta el final del acto. Al verla,

experimenté la impresión muy clara de conocer á la mujer que acababa de

presentarse ante mí. Era una morena de facciones acentuadas, ojos

atrevidos y aventajada estatura. Se adelantó hacia el proscenio y empezó

á cantar. En el mismo instante, como si la memoria me acudiese

repentinamente, me di cuenta del parecido que me había chocado. Jenny

Hawkins era el vivo retrato de Lea Peralli, pero una Lea tan morena como

rubia era la otra, más alta y más gruesa. La impresión que experimenté

fué sumamente penosa. Me volví á mirar hacia el público para no ver

aquel fantasma que allá, en el fin del mundo, venía á recordarme

precisamente las dolorosas circunstancias que me habían hecho

expatriarme. Pero si no la veía, oía su voz, que cantaba la hermosa

melodía de la plegaria. Con mucha frecuencia había oído cantar á Lea

cuando iba á su casa con Jacobo, pero no reconocía su voz. Era la misma

y no lo era, así como la cara de Jenny era la de Lea y sin embargo se

diferenciaba de ella en ciertos detalles. Y después, ¿cómo había de ser

aquella cantante Lea Peralli, que había muerto en la calle Marbeuf dos

años antes y cuya muerte expiaba Jacobo en la Numea? ¡Locura! ¡Ilusión!

Encuentro fortuito que no podía tener ninguna consecuencia. Sensación

que duraría el espacio de una velada y que se desvanecería en cuanto

cayese el telón. ¡Ay! La terrible realidad que aquel parecido evocaba en

mí se grabaría en mi alma más irrevocable que nunca. Pensaba yo todo

esto mientras oía cantar á la artista y, sin embargo, la emoción que

había sentido al verla aparecer en escena había sido tan viva, que quise

comprobarla por un nuevo examen. Me volví y miré á aquella mujer. Estaba

arrodillada en un reclinatorio, con la hermosa cabeza apoyada en las

manos cruzadas y con los ojos fijos en el cielo como para implorarle. Me

estremecí. Por segunda vez y con mucho mayor intensidad que la primera,

tuve la sensación de que Lea Peralli estaba delante de mí. Una noche, en

que Jacobo la había maltratado, después de una de sus violentas y

frecuentes querellas, la vi arrodillarse así delante del sillón en que

su amante estaba recostado. En aquel momento me parecía verla con los

codos en los brazos del sillón y la mejilla apoyada en las manos

cruzadas, dirigiendo á Jacobo una sonrisa tierna y suplicante. Era la

misma fisonomía, la misma actitud, la misma mirada, la misma sonrisa.

¿Era posible que existiera tal semejanza, no ya tan sólo física, sino

moral? Aquella prueba afirmó mi creencia más de lo que yo deseaba y una

turbación extraordinaria se apoderó de mí. Me incliné hacia el banquero

y le pregunté:

--¿Conoce usted á esta Jenny Hawkins?

--Ciertamente. Es la tercera vez que viene á cantar en San Francisco y

siempre ha tenido mucho éxito.

--¿Ha hablado usted con ella?

--Más de diez veces. He cenado con ella cuando era querida de mi amigo

John-Lewis Day, el gran tratante en oro del Sacramento. Es una muchacha

muy amable.

--¿Qué edad cree usted que tendrá?

--Podrá tener, acaso, unos veinticinco años. Parece de más edad en la

calle que en la escena, porque allí no está pintada, y además la

existencia de artista en expedición aja mucho la belleza de una mujer.

Es muy agradable. En este momento no tiene á nadie; si le gusta á usted,

le presentaré.

El pensamiento de encontrarme en presencia de aquella mujer hizo latir

violentamente mi corazón y debí palidecer, porque Pector se echó á reir

y me dijo:

--¡Diablo! ¿Tan impresionable es usted, querido? ¿Ó es que está usted

bajo el imperio de la abstinencia? La verdad es que la hospitalidad de

las indias de los lagos no es muy halagüeña, ¿verdad?

La bulliciosa alegría del americano me dió tiempo para reponerme y

continué mi interrogatorio.

--Jenny Hawkins ¿habla el inglés sin acento extranjero?

--Le habla con mucha pureza, pero usted sabe que en América, como en

Francia, tenemos diversas pronunciaciones, según las provincias. No me

sorprendería que Jenny fuese canadiense. Hay un ligero matiz francés en

su manera de acentuar ciertas palabras.

--Habla asombrosamente el italiano...

--¡Oh! Ha tenido forzosamente que aprenderlo en interés de su carrera.

Todas las compañías que pasan por aquí cantan en italiano ó en

alemán...

--¿Es de carácter alegre?

--No; mas bien melancólico.

--¿Y el cabello que enseña en su papel es suyo ó es una peluca? ¿Es

realmente morena?

--¡Qué cosas tiene usted! ¿Qué puede importar eso? ¿No lo gustan á usted

las mujeres si no son de un color determinado? Con los tintes no se

puede hoy saber si una cabellera es natural. ¿Quiere usted saber mi

opinión? Pues creo que Jenny es naturalmente morena, pero que debe

haberse pintado de rubio en otro tiempo...

--¡Rubia! exclamó muy turbado. ¡Tiene un ligero acento francés y se ha

teñido de rubio!

--¡Vamos! querido, ya verá usted cómo todo le sale á pedir de boca:

Jenny resultará, de fijo, una verdadera morena y una falsa americana...

Pero baja el telón. Vamos al escenario, si usted quiere; hablaremos con

la _prima donna_ y la invitaremos á cenar.

--Otro detalle, dije. ¿Cuánto tiempo hace que Jenny viene á América?

--Seguramente, hace tres años.

--¡Tres años! ¿Y con el nombre de Hawkins?--¡Claro está!

Todas mis combinaciones caían por tierra ante aquella afirmación de que

la cantante era conocida en san Francisco hacía tres años y con el

nombre que llevaba actualmente, ¿Cómo podía haber sido Lea Peralli en

París y Jenny Hawkins en América, al mismo tiempo? Lea había pasado un

año entero ante mí, hacía dos solamente, en aquel cuarto de la calle

Marbeuf donde una mañana se la encontró muerta. Esa doble presencia era

inadmisible. La identidad de la americana estaba establecida con

claridad y, sin embargo, era la viva imagen de la desgraciada cuya

muerte expiaba Jacobo. Una fuerza más poderosa que el razonamiento, que

la verosimilitud y que la cordura me oprimía el pensamiento y me repetía

á pesar de todo: "Es Lea Peralli".

Salimos del palco y atravesamos el pasillo del vasto teatro. Con una

llave que sacó del bolsillo abrió Pector la puerta de comunicación y

pasamos desde la luz de las lámparas eléctricas á las tinieblas de los

bastidores. Seguí á mi guía, que evolucionaba entre los trastos, los

accesorios y las decoraciones con la seguridad de un antiguo abonado.

Todo el mundo le saludaba al pasar y el director de la compañía se

precipitó ante él como si fuese un soberano. Pregunté el porqué á

Raleigh-Stirling y me respondió flemáticamente que su pariente era uno

de los cuatro propietarios del teatro que ponían aquella magnífica sala

á disposición de los empresarios, casi de balde, á fin de que ni sus

conciudadanos ni ellos mismos careciesen de placeres artísticos. Desde

aquel momento nos conducía el empresario en persona. Subimos un piso,

seguimos el corredor de los cuartos de los artistas y nos detuvimos ante

una puerta á la que nuestro guía llamó discretamente, diciendo:

--¿Se puede, mi querida miss Hawkins?

--¿Quién está con usted? preguntó desde el interior una voz que no era

la de la cantante.

--El señor Pector y dos amigos suyos.

--Que pasen.

La puerta se abrió y la doncella nos recibió en un saloncillo que

precedía al cuarto de vestirse de Jenny. Por la puerta entreabierta

venía hasta nosotros una viva luz, un olor de agua de tocador y un

susurro de palabras. De pronto se oyó una vocalización; era que la

cantante ensayaba, sin cuidarse de nuestra presencia, mientras cambiaba

de traje.

La doncella entró á reunirse con su señora y nosotros nos quedamos solos

en el saloncillo. Pector y Raleigh se sentaron al lado de la chimenea,

mientras yo, invenciblemente atraído por aquella puerta entreabierta,

avanzaba á pasos ligeros, la cabeza inclinada, aprestando el oído y

escuchando los más vagos rumores. Me apoyé en la pared de modo que era

posible verme desde dentro por la rendija de la puerta. De pronto oí

cerca de mí una exclamación comprimida y esta palabra dicha en francés y

en voz baja:

"¡Cuidado!" y en seguida mi nombre "¡Tragomer!"

En el momento se cerró la puerta y todo quedó en silencio. Sin embargo,

yo no había soñado; esta vez estaba seguro de haber oído, y la palabra

"cuidado" precediendo á mi nombre había sido pronunciada por una voz

masculina. Todo este asunto se presentaba en tales condiciones de

misterio que se apoderó de mí una impaciencia febril y sin cuidarme de

lo que pudieran pensar mis compañeros, di un paso para abrir aquella

puerta que de modo tan singular acababa de cerrarse y penetrar en el

cuarto tocador, cuando la puerta se abrió y dió paso á Jenny Hawkins.

La artista se adelantó sonriente y con mirada segura. Sus ojos se

fijaron en mí antes que en los demás y no vi que se turbaran. Sus labios

expresaban un gracioso descuido y me hizo un signo amistoso con la

cabeza, con esa acogida fácil que caracteriza á los artistas,

acostumbrados á recibir los homenajes de los desconocidos, como

príncipes en medio de la multitud. Pector salió á su encuentro y nos

presentó, á su primo y á mí. Al oir mi nombre la cantante inclinó la

cabeza con un ligero matiz de extrañeza y de interés, y dijo alegremente

á Pector:

--¡Ah! Un noble francés... ¡En América! Es raro... ¿El señor habla

inglés?

--Sí, señora, dije sin esperar más; lo hablo bastante mal para

expresarme, pero bastante bien para adivinar á usted.

De propósito recalqué la palabra "adivinar", pero la cantante no pareció

comprender el alcance amenazador que había yo dado á mi respuesta.

Sonrió y me ofreció la mano diciendo:

--Tengo mucho gusto, caballero, en conocer á usted.

Debo confesar que en aquel minuto decisivo no había en Jenny Hawkins más

que muy poca cosa de Lea Peralli. Como en esos retratos borrados por el

tiempo en los que no se distingue más que las facciones debilitadas del

modelo, el parecido se atenuaba y la muerta desaparecía empujada por la

viva. En vano buscaba ya los detalles que hubieran podido recordarme á

Lea Peralli. La actitud de la mujer que tenía delante no era la misma

que la de la infeliz asesinada. La sencilla alegría, el aire risueño y

las actitudes infantiles que caracterizaban á la italiana, estaban

reemplazadas en la inglesa por la fría altivez, la grave seguridad y la

firme actitud de una artista segura del público y de sí misma.

--No puedo reteneros mucho tiempo conmigo, á pesar del placer que en

ello tendría, dijo Jenny; tengo que bajar á escena para el último acto.

¿Cómo han encontrado ustedes á Novelli? ¡Qué bien ha cantado! ¡Es un

gran artista!

--Su éxito no puede compararse más que con el de usted, dije, pero yo

atribuyo en él al compositor más parte que la generalidad.

--Sí, respondió Jenny inclinando ligeramente la cabeza. Este papel no es

el mejor de mi repertorio. Si viene usted á oirme la _Traviata_, le

gustaré más.

--No lo creo, dije con atrevimiento. Me sería muy penoso ver á usted

morir en escena.

La cantante levantó la cabeza, fijó su mirada en la mía y dijo:

--¿Por qué?

--Porque esa muerte me traería punzantes recuerdos.

Jenny se echó á reír.

--¡Ah! Es usted impresionable y sentimental, como buen francés... ¿Qué

tiene de común la música de Verdi con esas impresiones pasadas?

--Se lo explicaré á usted, si así lo desea...

--No tengo tiempo, y es lástima.

--Pues bien, amiga mía, dijo Pector; ¿quiere usted cenar con nosotros

esta noche, después de la ópera?

--Lo agradezco mucho, pero estoy muy cansada y necesito cuidarme la voz.

--Entonces, pregunté, ¿me permite usted verla en su casa mañana?

--Con mucho gusto. Vivo en el hotel de los Extranjeros, plaza de la

Villa. Después de las cuatro, si á usted le parece. Tomaremos una taza

de té y hablaremos.

Me incliné sin responder, y Jenny nos estrechó la mano á mis compañeros

y á mí, nos acompañó hasta el corredor y volvió á su cuarto, cuya puerta

cerró cuidadosamente.

Fuera ya de la presencia de aquella mujer, recobré la facultad de

analizar, de discutir y de comprender. Si no hubiera oído pronunciar mi

nombre por aquella voz masculina que salía del cuarto tocador, acaso

hubiese renunciado á establecer entre Lea Peralli y la cantante una

relación que se hacía más vaga á medida que yo precisaba mis

observaciones. Pero había oído aquellas palabras. ¿Quién era aquel

hombre que me conocía y que advertía á Jenny que tuviese cuidado cuando

yo apareciese?

La identidad de las dos mujeres, debilitada por las diferencias de

aspecto y de expresión que había observado, así como por las

imposibilidades materiales de tiempo, de condición y de nacionalidad que

se deducían de las noticias de Pector, se encontraba restablecida por la

intervención de aquel desconocido que, evidentemente, me señalaba á

Jenny como peligroso. Á este pensamiento acudían á mí todas mis

angustias y me sentía poseído por una viva curiosidad. Poco me importaba

ya la cantante; lo que yo deseaba era saber quién era su compañero,

aquel francés que me conocía y cuya presencia debía, por sí sola,

aclarar la situación.

Llegados al palco, Pector me dijo:

--¿Nos quedamos?

--La verdad es, respondí, que me duele un poco la cabeza. Hace seis

meses que no asisto á fiestas semejantes y todas las notas de la

partitura me bullen en el cerebro. Creo que me vendría bien tomar el

aire.

--Entonces despediré el coche y volveremos á pie.

Á poco tiempo salimos á la calle y nos pusimos á pasear por los inmensos

barrios de la ciudad, fumándonos un exquisito cigarro. La casualidad nos

llevó á la plaza en que está erigido el monumental edificio del

Ayuntamiento.

--¿Dónde está el hotel de los Extranjeros? pregunté.

--Enfrente de nosotros; esa gran fachada iluminada. No es una casa de

diez y siete pisos como las de Nueva York; aquí tenemos sitio abundante

para edificar. ¿Quiere usted entrar? Hay un magnífico _restaurant_...

Pector servía á maravilla mis designios con su manía americana de pasear

por los sitios públicos y de entrar en todos los cafés á tomar un

emparedado y un _cocktail_. Acababa yo de formar el proyecto de esperar

á Jenny delante del hotel para sorprenderla con su compañero. Un

presentimiento me decía que habría de volver con él y que allí, en un

segundo, podría yo saber el secreto de aquella mujer. Porque, no era

posible dudar; Jenny tenía un secreto. Seguí á mis compañeros al

interior del hotel, me senté con ellos á una mesa llena de esos

refrescos que abrasan el cuerpo, y pasado un rato llamé al mozo.

--¿Á qué hora acaba el teatro?

--Á eso de las doce.

--Gracias.

Pector me preguntó riendo:

--¿Cómo es eso? ¿Quiere usted acechar á Jenny Hawkins?

Parecía que el americano había leído en mi pensamiento.

--En verdad, respondí, me gustaría ver cómo es en la calle después de

haberla visto en la escena. Las mujeres pierden de tal modo cuando dejan

el traje y la pintura... Así, si no vale la pena, suprimo mañana mi

visita.

--Créame usted; vale la pena.

--¡Qué diablo! Voy á verlo.

--Vaya usted, pues. Aquí le esperamos.

Salí precipitadamente, aprovechando aquella libertad de acción

conquistada con tanta suerte y que tanto deseaba. Ya no me faltaba más

que obtener de la casualidad el favor de encontrar al paso á la

cantante. El portero, á quien di un dollar, se encargó de darme

noticias.

--Milord, esa señora baja del coche en el zaguán, atraviesa el

vestíbulo, sube por esa escalera y se mete en su habitación, que está en

el primer piso... No tardará en llegar...

Salí á la acera y me levanté el cuello del gabán. Hacía frío aquella

noche, aunque estábamos en abril, y, fumando y paseando, me decidí á

esperar. El piafar de los caballos y el ruido de las ruedas, me

advirtieron á los pocos momentos que llegaba la diva. El portero se

adelantó para ayudarla á bajar, se abrió la portezuela, y Jenny,

cubierta de pieles, descendió ligera, enseñando una pierna admirable.

Miró al rededor, me echó una mirada sin conocerme, pues escondí la cara

en el cuello del gabán y arrojé una gran bocanada de humo, y

dirigiéndose á una persona que estaba en el interior del coche, dijo en

francés:

--Vamos, amigo mío.

Cuando el interpelado se disponía á bajar, me dirigí hacia él. En aquel

momento me creí seguro de poseer la clave del misterio, pero el hombre,

que sacó un poco la cabeza, me vió y se volvió á meter vivamente en el

carruaje. No le oí más que esta palabra dicha en un tono breve y como de

advertencia:

--¡Jenny!

Aquella voz era la misma que había oído en el teatro. La cantante,

alarmada, se aproximó á la portezuela, se inclinó hacia el interior y

dijo, volviéndose hacia el cochero:

--Plaza del...

Giró sobre sus talones, entró como un relámpago en el vestíbulo y

desapareció. El coche dió la vuelta y partió rápidamente sin que me

fuese posible ver al que le ocupaba. El portero se aproximó y me dijo.

--Hermosa mujer, milord. El caballero no ha subido esta noche con

ella... Si milord quiere escribirla, yo puedo entregar la carta.

Dí otro dollar á aquel complaciente criado y volví á entrar en la sala

donde Pector y Raleigh estaban saboreando sus licores nacionales.

--Y bien ¿qué hay? preguntó el banquero.

--Decididamente tenía usted razón. Vendré mañana.

Nos fuimos á dormir, pero la mañana siguiente, á la hora del desayuno,

entró Pector en el comedor con una carta en la mano.

--Mi querido vizconde, me dijo, no tiene usted suerte en sus aventuras

galantes. El director de la Ópera acaba de avisarme que la compañía

italiana no hace función esta noche. La Hawkins cogió anoche frío y no

puede cantar; pero como debe estar pasado mañana en Chicago, se va ahora

mismo en el rápido. Adiós cita. Aquí tiene usted una carta que le han

traído y en la que Jenny se excusa, sin duda.

Abrí el sobre y en un cuadrado de bristol en una de cuyas esquinas se

veía la cifra J.H., rodeada por el lema _Never more_, leí estas líneas:

"Siento infinito privarme de su visita que me hubiera causado gran

placer, pero los artistas no son siempre dueños de su voluntad. Parto

para Chicago y Nueva York, donde permaneceré algunas semanas. Si los

azares del viaje le llevan á usted por allí, celebraré que me conceda

una compensación. Un amistoso apretón do manos. Jenny Hawkins".

Me quedé pensativo. Mis dos compañeros se burlaron de lo que ellos

llamaban mi sentimentalismo, pues no podían sospechar las graves

preocupaciones y los punzantes cuidados que me producía aquella brusca

partida. Después de los incidentes que se produjeron al ponerme en

presencia de la cantante, su indisposición, fingida sin duda, y su

empeño en huir de mí eran una confirmación de mis sospechas, casi una

confesión.

Reflexioné profundamente sobre aquella situación. Si Lea Peralli, por un

encadenamiento de circunstancias inexplicables para mí, vivía, mientras

Jacobo de Freneuse sufría una condena por haberla matado, era evidente

que este misterio encubría una monstruosa iniquidad. Adopté, pues, la

resolución irrevocable de esclarecer y reparar el mal causado á mi

infeliz amigo. Pero no era en América, vasto continente por el que Jenny

Hawkins andaba errante, donde yo podía seguir una pista, proceder á una

averiguación y tratar de restablecer la verdad. Allí estaba solo, sin

apoyo ni recursos, completamente desarmado. El crimen se había cometido

en Francia; en Francia, pues, convenía intentar la revisión del proceso,

y la precaución más elemental que era preciso adoptar era evitar todo

contacto con Jenny y con su compañero desconocido. Convenía dejarles

reponerse do su alarma y hacerles tomar confianza á fin de sorprenderles

mejor cuando llegase el momento. Era, pues, preciso, ante todo, que no

oyesen hablar más de mí.

Tomada esta resolución, me atuve absolutamente á ella. Atravesé la

América, me embarqué en Nueva Orleans y he llegado á París hace tres

semanas. Durante este tiempo me he ocupado en reanudar mis relaciones,

un tanto enfriadas por una ausencia de diez y ocho meses, y en buscar

una ocasión de romper las hostilidades. Esa ocasión ha llegado esta

noche. Á usted, amigo Marenval, á quien he contado mi aventura, le

pregunto; con la gran fortuna que usted posee, con su afición á las

cosas que no son comunes, con el atrevimiento que muestra al contrariar,

cuando le parece oportuno, las ideas corrientes, ¿quiere usted colaborar

conmigo para rehabilitar á un inocente y confundir á un culpable? La

empresa no tendrá nada de vulgar y, desde luego, no está al alcance de

cualquiera. Además, Jacobo es pariente de usted y si logramos nuestro

objeto será para usted un verdadero triunfo, una página asombrosa en la

historia de este tiempo, que se distingue por su escepticismo y su

futilidad. Al terminar el siglo XIX, cuando nadie cree ya en nada, no

puede menos de hacer brillante efecto un justiciero, un enderezador de

entuertos.

Marenval escuchó el relato de Tragomer con una atención apasionada,

palpitando por sus episodios y estremeciéndose por sus peripecias.

Pasado algún tiempo confesó que nunca se había sentido tan poseído y que

una voz secreta le había murmurado al oído: ¡Marenval, ahí tienes un

asunto asombroso, en el que puedes ser el héroe!... Cuando Cristián

terminó, Marenval recobró el uso de la palabra y estalló como una

caldera cuyas válvulas han estado demasiado comprimidas.

--Pues bien, Tragomer, no siento el empleo de esta velada. ¡Oh! Acaba

usted de infundirme calor, amigo mío! ¡Qué historia! Ha tenido usted un

gran acierto en contármela, porque, en efecto, soy el hombre que usted

necesita. Conmigo no se juega. Conozco los negocios y los hombres, y

también las mujeres... ¡Oh! amigo Tragomer... ¡Cómo ha debido usted

quemarse la sangre durante la travesía dando vueltas á toda esta

aventura! Pero desde este momento, vamos á poner en juego todos los

resortes y el asunto va á marchar...

Cristián interrumpió á su impetuoso compañero.

--Sobre todo, prudencia. Ni una palabra inoportuna. Usted no sospecha

todas las dificultades en que podemos tropezar.

--¡Cómo! ¿Dificultades? Todo el mundo nos va á ayudar, la justicia, los

poderes públicos, el jefe del gobierno... En cuanto tengamos pruebas

serias del error cometido, todos se apresurarán á repararlo. Lo único

delicado que tiene el asunto es las averiguaciones.

--Todo es delicado, dijo Tragomer. No cuente usted con el concurso de la

justicia; su primer pensamiento será desconfiar y el segundo resistir á

nuestros esfuerzos. Para nadie es agradable confesar que se ha

equivocado y menos para la justicia, que, por profesión, no admite que

pueda estar sujeta á error. Bien sabe usted cuánto tiempo, cuánto

trabajo, cuánta voluntad y cuánta influencia han sido menester para

lograr las escasas rehabilitaciones que ha consentido la magistratura,

arrancadas casi todas por la política. No venda usted, pues, la piel del

oso, puesto que aún no le hemos matado. Contamos con buenos elementos,

la inmensa fortuna de usted, sus grandes relaciones, su tenacidad y su

inteligencia. Y si usted me lo permite, añadiré mi valor y mi voluntad.

--Sí, por cierto, querido Cristián, exclamó Marenval estrechando las

manos del joven. Entre los dos realizaremos nuestro fin. Yo seré

silencioso y circunspecto, lo prometo. No tendrá usted que llamarme al

orden.

--Está bien. Óigame aún durante un minuto. Tengo que dar á usted algunos

datos complementarios. En primer lugar Jenny no está ya en América, sino

en Inglaterra.

--¡En Inglaterra! ¿Está cantando?

--Está en Londres, en el _Princess-Theâtre._ Lo he leído estos días en

los periódicos. Además, la casualidad me ha servido mejor que yo podía

esperar y me ha proporcionado datos preciosos sobre el hombre misterioso

que acompañaba á la cantante en San Francisco.

--¿Le conoce usted?

--Creo conocerle. La otra noche estaba yo jugando al _bridge_ con unos

amigos, en el círculo, cuando, en la mesa inmediata, uno de los

jugadores derribó la pantalla de su bujía al encender un cigarro y la

prendió fuego. El que jugaba con él dijo entonces vivamente: ¡Cuidado! y

yo me estremecí al oir esa palabra, pues reconocí la entonación y el

acento del que la pronunció en el cuarto de Jenny Hawkins. Me volví

prontamente y miré al que acababa de hablar. Él me vió volverme y

también me miró. Nuestras miradas se cruzaron, investigadoras, y en la

suya leí claramente este pensamiento: este hombre me ha reconocido.

Fingió una sonrisa y dijo alegremente:

--No quememos el material, ¿verdad Tragomer?

--Y ese hombre, ese socio del círculo, que trataba á usted tan

familiarmente... ¿quién era?

Tragomer se puso sombrío; la animación de su semblante dejó plaza á una

intensa palidez y dijo, bajando la cabeza:

--Era el conde Juan de Sorege, el amigo intimo, el compañero de locuras

de Jacobo de Freneuse cuando éste era libre y dichoso...

Marenval expresó el más completo asombro; su fisonomía tomó un aspecto

de desolación.

--He aquí, dijo, el último nombre que yo esperaba. Todo resulta oscuro é

inexplicable. ¿Cómo sospechar que Juan de Sorege ha cometido el crimen?

¿Para qué? ¿Con qué pretexto? Si á alguien es imposible acusar es á él.

Estamos detenidos en los primeros pasos.

--No se desanime usted tan pronto, replicó gravemente Cristián. Nada es

imposible ni inverosímil. Tropezamos con la personalidad de Sorege y con

su cualidad de amigo de Jacobo. No comprendemos qué interés ha podido

tener en perder á ese inocente, pero no dude usted que daremos con los

móviles que le impulsaron. Porque es él, ¿entiende usted?, es él quien

estaba en San Francisco, él el culpable. Me costará trabajo probarlo,

pero lo probaré de un modo irrefutable. Para establecer la culpabilidad

de un acusado hacen falta presunciones numerosas y evidentes, y aquí no

sólo tenemos que perseguir á un criminal, sino rehabilitar un inocente.

Es, pues, preciso tener tres veces más certidumbre que en un asunto

ordinario y eso es, precisamente, lo que debe animarnos. Cuanto más

difícil es la misión que uno se impone, más brillante es el éxito. ¿Está

usted pronto á ayudarme?

--Sí y á pesar de todo, dijo Marenval con energía.

El bretón miró á su compañero con firmeza.

--Está bien; es usted el hombre que yo esperaba. Venceremos.

Miró el reloj y añadió:

--Es la una de la madrugada; bastante hemos hablado por hoy. ¿Nuestro

pacto de alianza está firmado?

--Empeño mi palabra. Si hay que hacer gastos, yo me encargo de ellos. Si

se presentan peligros...

--Son de mi cuenta...

--Poco á poco, protestó Marenval. No me ha comprendido usted. Los

peligros á medias. Quiero arriesgarlo todo con usted, como un hermano.

--¡Muy bien! Así será.

Se estrecharon la mano y entraron en el círculo por una puerta interior.

En el fondo del abismo: La justicia infalible · 第 11 / 24 题