Se ha confirmado en todas sus partes la noticia del diario madrileño.
Desechado el recurso de casación, los reos de la Erbeda van á ser
puestos en capilla.
Hoy, lo mismo que hace cinco meses, hierve Marineda, y en casas, en
casinos, en cafés, en las fuentes y tabernas—que son los casinos
y cafés de la plebe—no se habla sino de una mujer y un hombre....
Mas, ¡cómo ha variado el acento con que los nombres de la pareja se
pronuncian! ¡Cuán diversas las palabras que los califican! ¡Qué vuelta
tan rápida ha dado la veleta de la voluntad! ¡Qué inconciliables los
impulsos de antes y los de ahora!
La fermentación más activa es en las redacciones de los diarios. Van
y vienen telegramas, abusando de la consabida fórmula de «evitar un
día de luto á una población cultísima». El primer telegrama lo ha
lanzado la prensa liberal, tomando por abogado intercesor al famoso
_Santo_ cántabro, al gran jurista y antes omnipotente político, paño
de lágrimas de toda la gente de su provincia que anda por el mundo á
caza de gangas y colocaciones. Y el Santo ha respondido ya, en tono
cordial y afectuoso, lamentando no pesar hoy lo que bajo el mando de
Sagasta, é indicando que, de todas suertes, dispuesto se encuentra á
hacer lo posible y lo imposible para contentar á sus conterráneos. Y
los marinedinos, al saber la respuesta, refunfuñan quejosos, murmurando
que si se tratase de Compostela.... ya lo arreglaría todo muy bien el
_Santiño querido_.—Por su parte, la prensa conservadora y afín acude
á Don Ángel Reyes, prohombre del partido, y contrincante del _Santo_.
«Á ver si, por competencia....» Pero el telegrama de Reyes, franco y
decisivo como su carácter, viene á verter un jarro de agua fría sobre
las esperanzas de la prensa. «Gestionaré, pero desconfío enteramente
del éxito.» Tal es la respuesta lacónica del hombre para quien ya se
está mullendo la poltrona del Ministerio de Gracia y Justicia....
No por eso se desalientan los _indultistas_; sólo que su imaginación,
abandonando los caminos de la probabilidad racional, busca sendas
nuevas, novelescas y raras. Se interesa al Cardenal Arzobispo de
Compostela, á fin de que éste dirija un telegrama al Vicario de Cristo,
y Su Santidad, en muy patéticas frases, transmita á la Regente la
súplica. Funciona el alambre, enviando elocuente excitación al marqués
de Torre-Cores, poeta célebre, nacido en Marineda y residente en la
corte de España, á fin de que haga milagros con la lira y con la voz,
suplicando por todas partes misericordia para los infelices reos. Y,
sin duda, para animar con el ejemplo á Torre-Cores, el vate local y
oportunista Ciriaco de la Luna se siente inspirado, y da á luz nada
menos que tres extensas composiciones en tres periódicos distintos,—una
«Oda á la Clemencia», una «Descripción de los últimos instantes de
un reo de muerte», con lema de Víctor Hugo, y una «Deprecación á la
reina y á la madre», con lema de Antonio Arnao.—Roto el hielo, menudean
páginas lacrimosas en los diarios marinedinos; pero flota ya en la
atmósfera la convicción de que para los de la Erbeda no se ablandará
ningún corazón magnánimo; de que subirán al palo á su hora, y esa hora
está más próxima de lo que las autoridades confiesan—es ya inminente.
«Se ha indultado demasiado en estos dos años»,—dice en confianza
Nozales el fiscal.—«Conviene en indultos, como en todo, cierto _tira_ y
_afloja_, y ahora corresponde el _tira_.»
Salía el Doctor Moragas, en las primeras horas de la tarde, de visitar
á un enfermo de ictericia, el magistrado Don Celso Palmares,—aquél
que se había propuesto terminar su carrera sin firmar una sentencia
de muerte, y sin embargo firmara la de la Erbeda.—Moragas saltó á su
berlina, que le estaba esperando, y dió orden al cochero de dirigirse á
la oficina telegráfica. Apeóse á la puerta y despidió su coche allí,
subiendo aprisa las escaleras y metiéndose por los pasillos tenebrosos,
sucios y alfombrados de colillas. Moragas llevaba encargo de Palmares
de llamar por telégrafo al hermano del magistrado, residente en
Córdoba, pues Palmares se sentía enfermo de verdad, y ansiaba tener
á su cabecera alguna persona querida.—Y á Moragas le corría prisa
desempeñar la comisión, para atender luego á quehaceres muy urgentes,
de suma importancia, en el barrio de Belona....
Interceptaba la taquilla la espalda de un hombre, que accionaba
entregando al telegrafista la minuta de un parte «urgente, muy
urgente». Leyó el telegrafista en alta voz, y Moragas pudo oir:
«Subsecretario Gracia Justicia.... En nombre caridad ruégole interese
Ministro Reina indulto reos Erbeda evitar día nefasto capital
dignísima.» Dudaba el empleado, al deletrear la firma. «¿Es Arturo
Cándamo?» «No, Cáñamo, Cáñamo», repitió el que expedía, con visos de
desagrado é impaciencia al ver que no estaban familiarizados _allí_
con su apellido; y como se volviese, pudo cerciorarse Moragas de que
el caritativo suplicante del indulto era ni más ni menos que _Siete
patíbulos_....
—¿V. pedirá lo mismo?,—exclamó éste confianzudamente, saludando al
Doctor.—Ese telegrama que trae V. en la mano será para algún pájaro de
cuenta de Madrid.
—Nada de eso....,—declaró Moragas.—Yo no pido indultos, ni cabezas
tampoco. Y V., ¿qué milagro?, ¡V. el defensor de la última pena....!
—Y eso, ¿qué tiene que ver?,—respondió Cáñamo con asombro.—Yo exijo
justicia, y al mismo tiempo reconozco los fueros de la piedad. ¿No
he de admirar al Monarca, ejerciendo la prerrogativa más hermosa y
más sublime? Pero Vds. los positivistas y materialistas son duros de
corazón, carecen de entrañas, y quieren despojar al jefe del Estado de
la preciosa facultad de inclinar, con una palabra de conmiseración,
la balanza de la ley.... ¡Ah! ¿Ni aun siendo el jefe del Estado una
mujer se conmoverán Vds., al verla suspender con un gesto la caída
de la terrible cuchilla? Ahí tiene V. los frutos de la ciencia sin
alma.... ¿Que dos pesetas?,—añadió, mudando de tono y dirigiéndose
al telegrafista.—Á ver...., ¿son más de quince palabras? Sí, sí; ya;
corriente.... Voy por los sellos....
Transmitió Moragas el parte entretanto, y una sonrisa retozó en sus
labios, mientras evocaba su memoria, clara y distinta, la imagen de
Lucio Febrero, el cual á tales horas subiría cerros y cruzaría arroyos
en pos de algún bando de perdices, allá por las breñas del fragoso
distrito de Mourante, y olvidaría, paladeando el divino beleño que
nos dan á beber la naturaleza y la soledad, que hay en el mundo reos,
verdugos, prensa que pida indultos y Ministros que los aconsejen ó
desaconsejen....
—«Donde la ciencia acaba, empieza el sentimiento, y en los dominios del
sentimiento, es real lo absurdo»—pensaba el Doctor cuando envuelto en
su capa ascendía á pie la agria cuesta irregular que, en espera de una
majestuosa rampa futura, es por hoy único acceso al barrio de Belona.—Y
una esperanza loca y sin límites, un orgullo delicioso en que flotaba
su espíritu como al caer en el éter azul, le incitaron á volverse y
mirar, desde la altura, á Marineda tendida á sus pies. Nunca tanto como
en aquel instante decisivo y supremo resaltara á sus ojos la semejanza
de la linda ciudad con un cuerpo de mujer, bien ceñida por torneado
corsé la delgada cintura, y sueltos á partir de ella los pliegues de la
faldamenta amplia y rumorosa. Dos conchas llenas de esmeraldas parecían
los dos mares, el de la Bahía y el del Varadero, que comprimían á
derecha é izquierda el esbelto talle de la ciudad; y el nevado caserío,
con sus fachadas de miles de cristales, heridas por el Poniente, fingía
sobre aquel talle primoroso el culebreo de un bordado de lentejuelas
destellando á la luz de una tea roja.... «Yo te evitaré el espectáculo,
Marineda» murmuró el Doctor galantemente, como si prometiese algo á
una dama. «El día del crimen querías la muerte de los culpables, y hoy
quieres su vida. Voy á dártela.» Y corrió, lo mismo que si tuviese
veinte años....
Ante una barraca ó garita pintada de almazarrón, de las que se
acurrucan á la sombra del Cuartel, y que desde cierta distancia parecen
sarta de corales, adorno del siniestro _Campillo de la Horca_, un corro
de gente plebeya rodeaba un cuerpo humano sin duda—un cuerpo humano, lo
único sobre que se inclina tan muda y piadosa la curiosidad popular.
Alguien reconoció á Moragas, aunque iba embozado y á paso tan furtivo y
cauteloso; y las voces de «¡Venga, venga aquí, Don Pelayo!» detuvieron,
mal de su grado, al médico, que pretendía escurrirse.—Llegóse, y
rompiendo por entre la multitud, vió en el suelo á una muchacha
pobremente vestida, fea, desmedrada, raquítica, de rostro azulado mejor
que pálido: la sostenían dos caritativas mujeres, y ella, con los ojos
cerrados y sumidos, entreabierta la boca, hundida la nariz, respiraba
congojosamente, ó más bien arqueaba; Moragas reconoció desde el primer
instante el estertor preagónico. «¡Una desgracia como otra cualquiera,
señor de Moragas!» murmuró oficiosamente un agente de la ronda, que
andaba por allí, acercándose á Don Pelayo. «Es Orosia, la hija del
borrachón de Anteojos, un zapatero de viejo que trabaja en esa barraca
que V. ve; mejor dicho, quien trabajaba era la chica; el padre no hace
más que andar empalmando curdas.... La hija tuvo ayer por la mañana un
vómito de sangre, y—(aquí guiñó un ojo el agente) debió de ser de algún
golpe _mal dado_ que el bruto del padre le pegaría en el estómago con
la _forma_, porque lo tenía de costumbre.... Y dice que esta madrugada
la oyeron quejarse mucho las vecinas, porque el padre la hizo venir
por fuerza al trabajo, y la infeliz no podía con su alma.... Ahora la
encontramos así.... ¿Qué hacemos?»
—Una silla ó un colchón para llevarla á su casa—respondió Don Pelayo.
—¡Á su casa!—objetó una vecina sollozando.—¡Ay señor! Á la mía
vendrá.... La suya está cerrada; la madre, que es cigarrera, se lleva
la llave en el bolsillo, porque tiene miedo de que el maldito borracho
le pegue fuego á todo.... Pero traigan mi colchón, que no tenemos más
que uno.... y allí la pondremos.... Tú, Cándido, ve á avisar al cura de
la parroquia.... ¡y Dios quiera que alcance!
—No alcanzará,—respondió Moragas, que pulsaba á la moribunda.—De todos
modos, que vaya.... Y á ver si la pudiésemos trasladar.... ¡Ese colchón!
Ya lo traían, y Orosia fué tendida en él sin haber recobrado la
conciencia de sí misma, en aquel deliquio de muerte que era preludio
de resurrección á vida menos horrible y amarga. Su ropa, desabrochada
por los conatos de socorro de las buenas mujeres, y rota á trechos,
dejaba ver algunos fragmentos de mortificada desnudez, y sobre las
pobres carnecitas flacas, amoratadas equimosis y huellas, frescas aún,
de crueldades brutales. Las comadres se limpiaban los ojos con el pico
del pañuelo de algodón; algunos hombres juraron y profirieron sordas
amenazas. El colchón fué levantado en vilo por las cuatro puntas, y
la comitiva se puso en marcha, dirigiéndose hacia el domicilio de la
compasiva dueña. Mas al llegar allí se vió que Don Pelayo acertara de
medio á medio. Orosia no necesitaba ya de humano socorro, y en cuanto
al espiritual, si Dios no la hubiese perdonado.... Dios no sería lo que
es _Él_, en grado eminente y sumo.