Era de las últimas del verano aquella tarde, y mejor podríamos decir de
las primeras del otoño, si bien ha de advertirse que en Cantabria la
otoñada vence en paz, en hermosura, en esplendor, al estío.—El campo,
segado ya, presentaba la nota melancólica del rastrojo sobre la tierra
algo resquebrajada por la sequía; pero en cambio el follaje de ciertas
plantas ociosas, que pueden permitirse el lujo de no morir hasta el
invierno, brotaba más lozano y tupido que nunca, y las tapias de las
quintas que caen al camino real se ufanaban con una soberbia diadema de
rosas, viña virgen, clemátida y bignonia.
También el minúsculo jardín del doctor Moragas lucía sus mejores
preseas. Había un magnolio que, de puro joven, no echara flor en
todo el año; pero las últimas ráfagas de calor estimularan sin duda
sus vírgenes yemas, y un ánfora blanca como la nieve, cerrada aún,
pero que ya comenzaba á delatarse indiscreta por su fragancia sutil,
alboreaba entre las charoladas hojas. Nené, que avizoraba la flor
nueva desde días atrás, se deslizó despacito, con paso vacilante,
hacia el cenador donde su padre leía un periódico,—tan embelesado, por
más señas, que ni sintió acercarse á la criatura, ni atendió á los
reiterados llamamientos de su vocecita fina como el oro.—Los renglones
que absorbían á Moragas eran de un suelto concebido en estos términos,
_plus minusve_: «El Tribunal Supremo ha desechado el recurso de
casación interpuesto contra la sentencia condenatoria de los reos del
famoso crimen de la Erbeda, del cual tienen ya extensa noticia nuestros
lectores. Se cree que la prensa y sociedades de Marineda gestionarán
vivamente el indulto, para evitar un día de luto y duelo á la culta
capital de Cantabria.»
—¡Papáaa!—chilló la voz de la niña algo encaprichada y rabiosa
ya.—¡Papáaa! ¿Tá sodo?
—No, preciosa.... No estoy sordo,—respondió el padre, riéndose mal de
su grado.—Á ver, ¿qué ocurre? ¿No me dejarás leer?
—For del buebo abió.... Amela. Queo for. ¡For, for!
—¡Amén! La vas á coger tú misma de la rama....
El Doctor aupó á la chiquilla, y ésta agarró la preciosa magnolia
semicerrada aún, destrozándola, porque no podían cortarla sus
deditos.... Por fin, entre hija y padre separaron del árbol la
codiciada prenda, y Nené, apenas hubo conseguido apoderarse de ella,
salió corriendo cuanto se lo permitían los vestigios de aquella
debilidad orgánica mal curada aún, en dirección de la casita. Nené
tenía sus planes respecto al aprovechamiento de la primer magnolia del
jardín.
Apenas el Doctor se vió libre del tirano, recobró su periódico con
diestra febril, y releyó el suelto, cual si no lo hubiese entendido,
á pesar de ser tan trivial y claro. Apretóse la barba y arrugó el
ceño como quien medita sobre muy arduos problemas; luego se levantó
y fué lleno de agitación á pasear por la única y angosta calle
de árboles del huertecillo. El sol jugaba sobre la hierba de los
recuadros, dorándola y prestando á todo un tinte pacífico y alegre.
Moragas hablaba solo, lanzando frecuentes exclamaciones, gesticulando,
porque para él la reflexión era acción, movimiento y marejada interna
imposible de reprimir. «Ahí tienes, Moraguitas, el conflicto que se te
viene encima.... Anda, hijo, ahora es cuando tienes que apretar las
clavijas tú.... ¡Valiente derrota la que se te prepara! Ni Waterlóo....
Has ofrecido interponerte entre aquella mujer y el garrote.... Pero
fué como si ofrecieses la luna, ¡infeliz!.... La agarrotarán.... y
tendrás paciencia. No son ahora los tiempos poéticos del _Caballero
de Maison Rouge_, que por medios inverosímiles y romancescos sacaba
á las cautivas de las mazmorras....» Mientras pensaba así, en los
repliegues secretos de la intención y de la voluntad alentaba otra
cosa, una singular esperanza, que tenía el ímpetu y la energía del
presentimiento, ó mejor dicho, del cálculo de probabilidades fundado
en datos íntimos, cuyo valor sólo él podía estimar. Sin saber lo que
hacía, se recostó en el cenador de viña virgen, y fué arrancando hojas
de púrpura, secas, que crugían entre sus dedos....
Por ser tan chico el huerto de Moragas, oíase desde el jardín el ruido
del tránsito por la carretera, y Moragas, en medio de su distracción,
entreoía á ratos el susurro de cierto diálogo infantil. ¿Con quién
hablaba Nené? ¿Con algún pordioserillo de los que se agazapan en la
cuneta á esperar el paso de los carruajes? No, porque si así fuese,
ya habría venido á reclamar de su padre una mota para socorrer la
necesidad.... Y la cháchara seguía, se animaba, salpicada de risas y
exclamaciones gozosas.... ¿Con quién?.... Moragas acabó por salir de
su absorción, movido por resortes de curiosidad. Subió la escalera
del jardín, cruzó el comedor, y salió á la puerta de la salita....
Se quedó medio petrificado, como si hubiese visto la famosa geta
clásica de la Gorgona...., aunque á la verdad no veía sino la cabeza
ensortijada, graciosa, resuelta, de Telmo Rojo, tan próxima á la
cabecita blonda de Nené, que casi se tocaban.
Los dos niños estaban jugando á un juego que consistía en construir
con las piedras ó guijos que en montón habían acumulado los camineros
para recebar el firme, nada menos que una fortificación en toda regla.
Nené no tenía idea de qué es fortificación, y había principiado
por confundirla con otro edificio público, exclamando: «¡Casa papá
selo!» (es decir, en su idioma, _iglesia_); pero Telmo, constante en
sus malhadadas aficiones bélicas, se tomara el trabajo de explicar
detenidamente á la chiquilla las diferencias capitales que existen
entre una iglesia y una fortificación, y el uso especial á que ésta
se destina.—«Mira, aquí no hay curas, ni santos, ni Virgen de los
Dolores.... Esta casa está llena de soldados.... que van con sus
fusiles, ¿no sabes?; pon, pon, pon....; y luego tocan la corneta....:
tararí, tararí. Y luego el oficial que los manda....: media vuelta á
la derecha.... ¡arrr! Después vienen los cañones...., que se colocan
aquí...., y son pá espatarrar al enemigo....; ¡booum! ¡booum! Á cada
disparo, mueren un ciento...., ó mil...., ó muchísimos más. ¡Si vieses
qué bonito! Y viene el Capitán General, galopando...., patatrás...., y
el Estado Mayor...., patatrís, patatrís....; y el fuerte está en medio
del mar...., ¿no sabes?, como San Roque.... y el barco que entra en
bahía lo saluda....»
Nené, á cada palabra de Telmo, soltaba la carcajada y batía palmas,
loca de júbilo. Es indudable que no comprendía toda la profundidad de
la enseñanza de su novísimo amigo, pero sí la sonoridad, el brío y gala
de aquello del _¡patatrís!_ y el _¡booum!_ Con los aterciopelados ojos
fijos en el rostro del muchacho; con la cándida boca entreabierta; con
las manos trémulas de gozo y los pies danzando, Nené seguía el curso
de arquitectura militar, y tomaba á puñados, como podía, el guijo,
queriendo contribuir á la pronta terminación del fuerte.
Recobrado ya el Doctor de su impresión primera, dió dos pasos, resuelto
á agarrar de un brazo al chico y estrellarle contra el montón de
piedras.... ¡Porque atrevimiento y descaro necesitaba el hijo de
Juan Rojo para fraternizar con la niña de Moragas, angelito cándido,
conservado entre algodones, capullo que un día había de ser la rosa
blanca del jardín social, el misterioso sagrario que se llama _una
señorita casadera_! ¡Nené jugando con el hijo de Rojo—con aquella hez
de la sociedad, marcada en la frente, lo mismo que por candente hierro,
con afrentosas cicatrices de pedradas! ¡Nené y Telmo juntos!.... ¡La
niña, alegre como hacía tiempo que no estaba; animada, encendidas las
mejillas; los bracitos abiertos para abrazar, el rostro tendido al beso
del único niño que no puede ser besado!
Sentía Moragas nuevamente la cólera de los primeros momentos, la que le
moviera á arrojar por la ventana los dos duros, la que le aconsejara
retirarse de la barraca de Rojo sin curar las heridas de Telmo, y
la que entonces le impulsaba á deshacer al muchacho, despertando en
su alma instintos de destrucción tan salvajes, que acaso su misma
fuerza los consumió instantáneamente, como á la astilla la llama
impetuosa que brota de su seno.... Durante cinco segundos, el Doctor
fué capaz, en la intención, de un crimen.... y aquel vértigo, en su
misma horrible fiebre de ira y de sangre, traía aparejada la reacción,
correspondiente á la acción por lo enérgica y súbita.... «¿Eres tú
el que quieres redimir, hacer milagros, salvar á un ser humano del
patíbulo y á otro del envilecimiento? ¿No te has comprometido á que
este niño tenga carrera y porvenir, y sea acogido por la sociedad sin
que le echen en cara su origen? ¡Pues buen principio vas á dar á tu
obra de misericordia si se te ocurre deshacerle á puntapiés, aplastarle
contra los guijarros como á un bicho venenoso! Pretendes rehabilitar al
muchacho.... Empieza por no cerrarle tu casa y no negarle el beso de
paz de tu hija.»
Mientras pensaba, ó más bien, sentía así, imponiéndosele el sentimiento
vestido de repentina luz y hermosura, acercábase Moragas á la puerta y
Telmo le veía.—Los guijos se le cayeron de las manos; la diestra buscó
en la cabeza la boina, y la arrancó con respetuoso apresuramiento; el
muchacho se cuadró...., y el médico, serio, resuelto, como si penetrase
en una sala de hospital rellena de apestados, tendió la mano, la colocó
sobre la rizada vedija del chico, y murmuró:
—Me alegro de verte, Telmo.... Entra, entra, que te daremos de merendar.
Pagó al contado la buena acción del Doctor, el ver pintada en el
semblante de su protegido una impresión vivísima de felicidad y
gratitud, que lo transformaba. Pudo entonces advertir Moragas el
carácter fisionómico de Telmo, aquella especie de vanidoso candor, de
engreimiento cómico dentro de su edad, pero casi trágico en fuerza del
contraste que ofrecía con la habitual situación del chico rechazado
y humillado. Los que aceptan la humillación sin protesta, adquieren,
ó una expresión de resignación sublime—son los menos—ó de bajeza
siniestra y vengativa—y es lo más común esto último.—Telmo distaba
de ambos extremos; mostrábase víctima de una injusticia, y ni la
comprendía ni la quería sufrir. Él conocía intuitivamente el valor de
su alma; reconocíase capaz de grandes proezas.... y le admiraba cada
día más que, en vez de tratarle como á un perro, no le hubiesen puesto
ya al frente de la guarnición de Marineda, ó no le reservasen el mando
de uno de aquellos buques tan hermosos de la escuadra, la _Villa de
Madrid_ ó el acorazado que se construía en el astillero....
Dejando á Nené y á los guijarros, subió las dos escaleritas, penetró en
la sala, y acercándose al médico, dijo con desembarazo, aunque no sin
sobresalto interior:
—Me mandó mi padre que viniese aquí. Dice que V. ofreció que yo
entraría en una Escuela, y que luego me buscaría colocación, y que me
darán trabajo donde quiera, y que aprenderé un buen oficio. Pero yo....
—¿No quieres trabajar?—preguntó Moragas, que ya sonreía, tendido en una
mecedora y examinando mejor al chico.
—Sí, señor; pero....
—¿Pero qué? Vamos á ver, di....
—De ser algo,—exclamó Telmo resueltamente—quiero ser militar.
—Ya caerás soldado.
—No, militar toda la vida.... Oficial, vamos.
—¡Pues es una friolera! ¿Y para qué quieres tú ser oficial,
arrapiezo?—preguntó el Doctor entre bondadoso y grave.
—Para tener soldados, y ganar muchas batallas, y llevar espada y....
ensartar por los hígados á quien me insulte.
Moragas calló, reflexionando, y en vez de sublevarse contra semejantes
propósitos, los encontró simpáticos y bien puestos. En aquel ser que
aspiraba con todas las energías de su alma á la rehabilitación, caía
á maravilla la aspiración militar, y podía considerarse vocación
verdadera. Aún no sabía Moragas si era posible, y ya le pareció ver al
muchacho con sus estrellas, sus galones, su teresiana y su espada al
cinto.
—Irás á la Escuela y al Instituto,—afirmó con calor.—¡Y luego.... Dios
dirá!—Atiende bien.... Vas á llevarle este recado á tu padre.... Te
tomo en mi casa, conmigo.
—¿Con V.... aquí?
La impresión fué tan profunda, tan trastornadora, que bajo el bronceado
de la piel curtida por el aire, se vió esparcirse un tinte de palidez.
Telmo no sabía lo que le pasaba. Era un júbilo egoísta, invencible,
soberano, que tenía visos de dolor. En el alma del niño, la proposición
de Moragas tomaba forma, no sólo de libertad, de redención de la
afrenta, sino de mágica traslación, desde el rancho sucio y lúgubre, al
oasis de un jardín poblado de flores de magnolia, semejantes á la que
Nené traía en la mano, y donde jugarían siempre, siempre, á levantar
fortificaciones.... ¡Qué dicha inesperada, embriagadora! Perder de
vista el barrio del Faro, apartarse del cementerio, dejar la casucha,
y.... esto no lo definía Telmo.... que á definirlo, lo hubiese
rechazado su buen corazón....; pero _allá dentro_ era verdad....;
¡no vivir más con su padre, no respirar el hálito maldecido que
asfixiaba!....
—¿No te quieres tú venir aquí?—preguntó Moragas, advirtiendo también
una satisfacción interior originada por motivos muy diferentes de los
que causaban la de Telmo.
—Yo.... querer....,—tartamudeó el chico.—Yo.... ¿Me quedo ya esta
noche?....
—¿Esta noche?.... ¡Vamos, que no tienes tú prisa!—contestó el Doctor,
risueño.—Esta noche no podrá ser, mico; porque necesitamos permiso de
tu padre. Todo se andará.... Mira, estoy pensando que es mejor que no
le adelantes nada.... No te asustes: se lo diré yo mismo.... Llévale
el recado siguiente: que no pase cuidado por ti.... y que un día de
éstos, como tendré que visitar en aquel barrio, allá iré.... y que me
espere.... Oye tú, Nené. Tira esas piedras y esa tierra, grandísima
calamidad, que me pones perdido.... Así, limpita la Nené.... ¿Quieres
tú que este niño meriende con nosotros ahora?
Sonrió la criatura de un modo angelical; alargó la enlodada mano como
para agarrar á Telmo, y con la cabeza más aún que con la vocecilla de
oro, dijo tres veces:
—Quero, quero, quero.
Y luego, en tono reflexivo, como de quien da solución á un grave
problema, añadió esto que repetiremos, con su traducción al pie:
—No le amos uce.... (No le damos dulce.... porque ése es para mí todo,
y más que hubiera.) No le amos roco (tampoco se me antoja que él venga
á comerse mi rosco). Le amos buebo fito (le damos un huevo frito). Ete.
(Éste; la consabida flor de magnolio, en el estado que supondrá el
lector.)