Á boca de noche entró Moragas una vez más en casa de Juan Rojo. Ya
pisaba sin reparo aquel cuchitril siniestro, que entonces se lo pareció
doblemente. El reverbero apenas lucía; las camas estaban por hacer, en
desorden, y no se veía á nadie en la estancia, hasta que de un rincón
sombrío salió Rojo apresurado, ofreciendo silla, y tartamudeando de
contento al ver al Doctor.
—Ya creía que no venía nunca más, Don Pelayo.
—No acostumbro faltar á mi palabra,—exclamó Moragas sentándose, y
señalando con ademán imperioso al padre de Telmo el otro asiento, único
que restaba en el camaranchón.
—Sí, señor; ya lo sé demasiado.... Pero como no venía.... yo....
me tomé la libertad.... me ha de dispensar.... de mandar allá al
chiquillo...., pues.... Y me trajo por contestación.... que V.... que
ya dispondría.... Bien puede conocer, Señor Don Pelayo, que la cosa
urge. El rapaz está perdiendo los mejores años de su vida, los que
podía aprovechar para hacerse hombre. Ó en escuela, ó en taller, ó
donde V. vea, hay que meterle.... El tiempo vuela.... yo falto de este
mundo cuando menos se piense.... y es preciso que él quede ya colocado,
para que no se le ocurra....
—Ya sé, ya sé lo que no debe ocurrírsele—advirtió Moragas.—Basta. No
necesitamos ni V. ni yo perdernos en más explicaciones. Todo lo tenemos
hablado. Le hice á V. una promesa, ¿no la recuerda? Vengo á cumplirla.
Á costa de mi crédito, de mi posición, de mi dinero, de todo lo que
soy y valgo, haré de su hijo de V. un hombre digno, admitido por la
sociedad, y á quien nadie tendrá que torcer la cara.
—¿Será así?—interrogó Juan Rojo estremeciéndose al contacto de tanta
ventura, como al de una corriente eléctrica.
—Así será.
Rojo hizo ademanes de enajenado, y Moragas, más ceñudo y grave que
nunca, añadió:
—Pero no de balde. Ya sabe V. que exijo en cambio....
—¡Todo lo que V. quiera! ¡Todo!—exclamó Juan, alzando los brazos y
manoteando como para tomar al cielo por testigo.
—¿Todo? Ahora veremos....
Recogióse Moragas como el luchador que echa atrás los codos para reunir
fuerzas; caló los lentes de oro, se sobó las manos una contra otra, y
dijo solemnemente, midiendo sus palabras:
—Dentro de doce horas, mañana por la mañana, serán puestos en capilla
los reos de la Erbeda. Pasado mañana, á las siete en punto, hay orden
de que sean agarrotados. El indulto, que se gestionó, no vendrá. No
quiere el Gobierno que la Reina ejerza su prerrogativa. Le falta á V.,
pues, día y medio para quitar la vida á dos semejantes. Vida por vida.
Exijo la de ellos, en cambio de la que doy, moralmente, á su hijo de V.
Rojo se quedó inmóvil, con la boca abierta, el semblante medio idiota.
Truncadas sílabas brotaron de sus labios.
—Yo.... don.... si.... no sé....
—¡La vida de esos dos reos....!—insistió Moragas.
—Yo...., pero cómo quiere que yo....
—V., V., y sólo V., puede ya salvársela,—prosiguió el filántropo
con energía extraordinaria, hipnotizando á Rojo al flecharle el
rayo de acero de sus pupilas.—V., y sólo V. Donde han fracasado las
Sociedades, las autoridades, el Cardenal arzobispo, los diputados, el
Papa, V. va á vencer, y sin necesidad de tomarse más trabajo que el
de decir «no». Cuando le llamen á V. para ejercer sus funciones....,
V. se niega. Que le exhortan. «No.» Que le mandan, que le gritan, que
pretenden aturdirle. «No, no.» Que le piden á V. explicaciones de su
conducta. «No.» Que le llevan á V. ante el jefe de policía, que le
quieren apretar los dedos pulgares.... Sufrir si es preciso, y «no»,
y más «no», y «requetenó» mil veces. ¡Este caso no llegará; yo estoy
á la mira; yo impediré que se le haga á V. el menor daño...., á fe
de Moragas! Duerma V. tranquilo y descanse, que no caerá un pelo de
su cabeza.... Como la negativa de V. ha de ser la misma mañana de
la ejecución, tienen que suspenderla por fuerza...., y entonces V.
publica en la prensa un comunicado, que yo redactaré, diciendo que no
quiso ejercer sus funciones, porque la conciencia le avisó de que no
es lícito en caso alguno matar á un semejante. Y de lo demás yo me
encargo, y crea V. que ya no morirán en garrote los reos.
Juan Rojo permaneció silencioso, como si acabase de desplomarse el orbe
sobre su cabeza. Y orbe era en efecto el que se le desplomaba: el orbe
de sus creencias, de sus ideas, de su noción social....
—Pero, señor....—murmuró.—Pero, señor...., yo.... Vamos, me ha de
permitir que le diga una cosa...., y es que.... la justicia...., los
criminales....
—¡Calle V.!—respondió con voz de trueno Moragas.—¿Quién es V. para
raciocinar sobre criminales y justicia? ¿Quién? ¡La justicia! Queda
ahora mismo en este barrio, tirado sobre un colchón, el cadáver de
una criatura asesinada...., la hija de Anteojos el zapatero....
¿no le conoce V.? Su padre la asesinó á fuerza de malos tratos,
de barbaridades, de golpes.... Ni un día de cárcel le costará al
malvado.... ¿Ó cree V. que todos los crímenes vienen á parar en la
vuelta que da V. al torniquete? Ahorremos palabras, que no estoy para
perder tiempo, ni para entretenerme en discusiones con V.... ¿Le
conviene á V. el trato, sí ó no? ¡La redención de su hijo por la vida
de esos reos!
—No se incomode, por Dios, señor de Moragas.... Yo.... ¡Yo haré lo que
V. mande! Se acabó.... No hay más que decir.... Y búsqueme trabajo
para mí también, porque voy á encontrarme sin pan.... Basta, lo dicho
dicho.... Cueste lo que cueste...., haré lo que V.... ¡Digo que lo
haré, Don Pelayo!
—Pues corriente,—respondió el médico levantándose, como si no quisiera
dejar enfriar la resolución de aquel hombre.—Ya está redimido su hijo
de V...., y V. también, por añadidura. Quedará lavada, con esa acción,
toda la infamia anterior. Telmo, desde hoy, corre de mi cuenta. Que
recoja su ropa.... y que se vaya allá cuando guste; hoy se le prepara
habitación en mi casa.
Decía esto Moragas andando hacia la puerta, y dando por consiguiente
la espalda á Juan Rojo. Al poner la mano en el pestillo y abrir la
boca para añadir «Adiós», hízole volverse un sonido ronco, una especie
de mugido como el de las olas del mar cuando se engolfan por estrecho
canalizo que las comprime y las desmenuza en espumosos jirones. Volteó
rápidamente. El padre de Telmo era quien rugía ó se quejaba.
—Se.... señ.... Don Pelayo, no.... entendámonos.... el rapaz....
¿Qué....?
Y adquiriendo de súbito, á impulsos del dolor, habla expedita y aun
elocuente, rompió así, colocándose ante Moragas en actitud resuelta,
como de ataque:
—No; lo que es eso sí que no lo verá V. ni ningún nacido: ¡¡¡llevarse
á mi rapaz, quitármelo á mí, que soy su padre, su padre, su padre!!!
¡Apartarlo de mi lado como si yo tuviese el cólera ó fuese un
malhechor! ¡Porque no lo soy, no señor, sino un hombre de bien, que ha
respetado siempre cuanto debe respetarse, y puedo andar por ahí con la
cabeza muy levantada, más que muchos que me hacen ascos! ¡Yo no mancho
á mí hijo, y yo no quiero apartarme de él, no quiero! ¡Es mi hijo, no
tengo otro, ni tengo sino á él en este cochino mundo!
Moragas midió á Rojo de pies á cabeza con una mirada de hielo,—de un
hielo que quemaba, de un hielo que arrancaba la piel como un latigazo;
casi sin transición pasó de este mirar despreciativo á una reacción
efusiva y piadosa; y apelando á tutear á Rojo, como hacía siempre que
deseaba influir más decisivamente en su espíritu, murmuró:
—¿Pero no ves, infeliz, que la base del bien que me propongo hacer
á tu hijo es precisamente renovarle la atmósfera? Á tu lado—no lo
comprendes—siempre será _¡el hijo del verdugo!_; un ser á quien
mirarán con asco y con menosprecio los mismos que á fuerza de ruegos le
admitan á desempeñar la ocupación más vil y peor retribuida. Tú serás
un hombre intachable y la gran persona; ¡pero... mira qué diantre!: ¡á
tu hijo, los que limpian las alcantarillas no le quieren por compañero!
No tratamos solo de que Telmo encuentre instrucción y trabajo: es
preciso que además encuentre honra, que es de lo que andamos escasitos.
¡Ah! Si no fuese por la honra....
Moragas se interrumpió, buscando un argumento concluyente y sin vuelta
de hoja. Juan permanecía inmóvil, sin articular palabra, aunque era más
aparente la fatiga de su respiración siempre difícil. De vez en cuando
movía la cabeza de izquierda á derecha, como si exclamase: «No, y no.»
Y el Doctor, práctico en incisiones profundas, le introdujo el bisturí
sin miedo, seguro de acertar.
—¡Es preciso—dijo recargando cada palabra—que ahora te desprendas de tu
hijo, para que él no tenga que imitar á los veinte años el ejemplo de
su madre, y dejarte solo con tu infamia....!
Certero había sido el corte; certero, y penetrante hasta los tuétanos.
Rojo tembló, y algo que era embrión de sollozo y lamento de agonía
murió en su garganta, á la cual llevó ambas manos, queriendo deshacer
el lazo de la corbata, que realmente no le podía oprimir poco ni mucho.
Este movimiento instintivo le recordó otro, que el Doctor le prohibía
realizar.... Pensó en los reos. Si sabían que iban á ser puestos
en capilla, ¿percibirían ellos también esta horrible constricción
del tragadero, esta sensación de convertirse la saliva en alfileres
candentes?
—Tu mujer—continuó Moragas con impasibilidad quirúrgica—se fué porque
no podía resistir que la llamasen _la esposa del verdugo_. Prefirió
perderse, y hay quien la alaba el gusto: créeme á mí. El chico, en
cuanto crezca y distinga de colores, no se resignará tampoco.... á
la mala sombra de ser tu hijo. No verá tierra por donde correr para
escapársete. ¡Ah! ¿Te creiste que podías tomar por oficio retorcer
pescuezos, y que eso era compatible con el amor, el hogar, la familia
y los recreos de la paternidad? ¡Valiente bobo! Menos malo es ser hijo
de esos reos que te quieren entregar para que les aprietes el gaznate,
que tuyo. Á los hijos de los reos no les apedrean. Esos no mataron más
que á un semejante, y tú matarás á cien, si te lo mandan, por treinta
y siete duros cada mes. Suelta á tu hijo si no quieres que él se te
huya. ¿Á que ya está rabiando por largarse de junto á ti?—añadió el
filántropo revolviendo el acero en la herida.
Rojo lanzó un grito de protesta.
—No señor... Eso, me ha de perdonar V., pero... es lo que se dice,
¡hablar por no callar! Mi rapaz está bien conmigo..., le trato
perfectamente..., hasta, en lo que cabe, le mimo... No le he levantado
la mano en mi vida... Se cumple un gusto de él primero que uno
mío... ¡El muchacho, ó es un condenado bribón..., ó me tiene que
querer!...—Así terminó, gimiendo, el padre.
—¿Sí?—pronunció Moragas con cierta ironía, guiñando los ojos y
limpiando los lentes.—Ahora vamos á salir de dudas.... Mira, tu chico
me parece que entra....
Se oían los pasos de Telmo, y su mano había levantado el pestillo; pero
notando que estaba alguien de _visita_ en el camaranchón, el muchacho
se había quedado perplejo, sin resolverse á pasar. Moragas le llamó; y
Telmo, al conocer al médico, penetró jovial y petulante.
—¡Hola, buena pieza! ¿De dónde vienes tú á estas horas?—preguntó el
Doctor para abrir camino.
—De casa de la Marinera.—Respondió el pilluelo.—Tiene los ojos
perdidos; por eso no pudo acercarse aquí hoy. Uno de los chiquillos se
queja de la cabeza. Aquello parece un hospital.
—¿Y tú te dedicabas á cuidarles?—insinuó el médico.—Se me figura que
eres un corretón, que te pasas la vida fuera de tu casa.
Telmo se encogió de hombros, y el Doctor continuó capciosamente:
—Por lo visto no estás aquí en tu centro. Debías hacer más compañía á
_papá_. Está feo que vagabundees todo el día.
—¡Y.... para la falta que hago aquí!—exclamó Telmo.—Los demás niños van
al Instituto.... Á alguna parte se ha de ir....
Diciendo así, el muchacho interrogaba con los ojos al Doctor, como
instándole á que recordase el compromiso pendiente.
—Precisamente para que tu.... puedas.... ir al Instituto, y á todos
lados.... estuve ahora.... conferenciando con tu papá. Él conviene en
que yo te proporcione medios de estudiar, y de tener carrera, y de
seguir la militar, que tanto te gusta. Sólo teme que tus compañeros
vuelvan á jugarte alguna mala pasada, como la del castillo de San
Wintila.... ¿Crées tú que te la jugarán? Dinos tu parecer....
Telmo miró á su padre y al médico, reflexionó, sintió que el instinto
se convertía en luz...., y como quien se resuelve y se echa á nado
desde una gran altura, exclamó impetuosamente:
—Estando á la sombra de V. no me la jugarán.... Si me la juegan hoy en
día.... es _por lo que es_.
—¿Quieres tú arrimarte á mi sombra?
—¡¡Caramba!!
En esta contestación puso el muchacho toda la viveza de su espíritu y
toda su alma, infantil aún, pero ya iluminada por la humillación, la
adversidad y el martirio perpetuo. Era el anhelo del cautivo que pide
que le quiten el cepo y la argolla; era el grito de fiera del egoismo
humano que aspira á la felicidad. Rojo no se movía. Representaba la
imagen del estupor, fase culminante de la pena. Pero de improviso,
por su fisonomía ruda y sin flexibilidad, desatóse la emoción como
un torrente. Giraron sus ojos, enseñando lo blanco; apretó los
labios; dilató las fosas nasales; y con el ímpetu de ferocidad animal
desarrollado en su alma por la profesión, se abalanzó al niño, con las
manos abiertas y los dedos contraídos, rígidos, deseosos de apretar
un pescuezo.... Fué instantáneo, porque sus falanges se aflojaron en
seguida, y empujando levemente á Telmo hacia el Doctor, dijo en voz que
se oía apenas:
—Lléveselo. Pero ha de ser ahora mismo. ¡Ahora mismo! No pongo más
condición. Esta noche.... que no duerma aquí. Yo.... _obedeceré_.
¡Lléveselo, por Dios y su Madre, señor de Moragas!
—No; reflexione V. bien, Rojo, antes de decidirse,—advirtió Moragas
pausadamente.—Tiene V. para pensarlo la noche.... el día de mañana....
mucho tiempo. Eso sí: desde que V. se resuelva, que sea irrevocable....
porque aquí no vale desdecirse, y ahora sí y luego no. Por lo mismo....
piénselo, piénselo.
—Pensado está,—respondió Rojo con brusca firmeza.—Sólo pido no tener
al chiquillo ni un minuto más aquí. ¡Me parece que, á lo menos, ese
favor....!
Telmo, comprendiendo á medias, miraba á su padre y al filántropo. Éste,
compadecido, transigía ya, proponiendo paliativos, queriendo aplacar el
dolor de la carne paternal, que palpitaba bajo el filo del acero.
—Verá V. á su hijo siempre que quiera.... y pasado algún tiempo,
hasta podrán Vds. reunirse....—murmuró al oído de Rojo.—La voluntaria
retirada de V. del oficio, el haber salvado dos vidas con sólo decir
_no_, le devolverán el aprecio de las gentes honradas.... Si á V.
también le redimo, hombre.... Hágase V. cargo.... ¡Si no se hace cargo
inmediatamente,—porque es V. tozudo,—ya se convencerá usted dentro de
pocos días....! Ánimo, que Telmo no se entere.... Vale más....
Juan Rojo volvió la cabeza; y acercándose á su hijo, le cogió de la
mano é hizo ademán de impulsarle hacia el Doctor. El cual, admitiendo
la dádiva, agarró activa y calurosamente la mano del muchacho.
—Mañana irá la ropa,—pronunció Rojo en voz mate, apagada, pero
resuelta.—Lléveselo, señor de Moragas. Va con gusto mío. ¡Anda; y
acuérdate de que ya.... no tienes más padre que el señor!
Telmo quiso decir algo; apretósele el corazón, mitad de alegría, mitad
de otra cosa...., y sin acción ni resistencia, se dejó conducir por
Moragas. Salieron al aire libre: detrás de ellos blanqueaba la tapia
del cementerio: delante tenían la extensión del mar; y, á la derecha,
la ciudad, alumbrada por mil luces. El filántropo sonreía: orgullo
inefable dilataba su corazón; sus pulmones bebían la brisa salitrosa;
sus pasos eran elásticos, iguales; no tropezaba en las piedras; creía
volar. ¡Más poderoso que el Jefe del Estado, acababa de indultar á dos
seres humanos y de regenerar á otros dos! Y como Telmo no le siguiese
todo lo aprisa posible, y aun volviese de vez en cuando el rostro
atrás, mirando hacia la barraca maldita, el Doctor se inclinó, echó un
brazo al cuello del muchacho, y murmuró con ternura:
—Anda, hijo mío.