El Doctor aún no acababa de resolverse. Estaba en uno de esos períodos
en que el corazón pide más descanso que lucha. ¡De cuán endeble
contextura es la hebra del destino humano! ¡Cuán insignificante puede
ser el movimiento psíquico que tal vez decide de una existencia!
Moragas miró á los vidrios de su ventana y notó que hacía un sol
radiante, un día de Junio espléndido y no caluroso; y por esto y por
la simpatía que le inspiraba Lucio, pensó, «pecho al agua»; se puso el
sobretodo gris, y bajó las escaleras de muy buen talante.
Hállase enclavada la Cárcel de Marineda al extremo inferior del Barrio
de Arriba; por un lado mira al mar, por otro—donde tiene su principal
entrada—á una plazoleta irregular y en declive, entre cuyas baldosas
crece la hierba. El aspecto de esta plazoleta es de los que enamoran
al artista y desazonan al edil fomentador de reformas urbanas. Á la
derecha, el gótico caserón de un noble; á la izquierda, la alta pared
de la Audiencia; en primer término callejuelas y calles, y allá en el
fondo, azul bahía.—Construida en el último tercio del siglo pasado,
la Cárcel de Marineda guarda algunas fúnebres memorias de nuestros
disturbios políticos: enséñase el calabozo de donde salieron varios
liberales para la horca, y ciertos realistas á tripular un barco que
en mitad de la bahía se desfondó, arrastrando al abismo su tripulación
maniatada.
—¿Sabe V.—pronunció Moragas deteniéndose antes de franquear la
puerta—que la Cárcel es angustiosa y triste ya antes de que se ponga
en ella el pie? Esas rejas triples, comidas de orín, parecen telarañas
urdidas por la coacción y el aburrimiento.
—Pues sepa V. que ésta es una de las mejores de España. ¡Hay cada
cárcel por ahí! En algunas viven los reos con los pies metidos en
agua.... ó en cosa peor. Acuérdese V. de lo que charlamos hace tiempo
en el Espolón: la idea de que el acusado es torturable no se ha
extinguido, ni mucho menos.—Esta Cárcel—añadió Lucio deteniéndose y
agarrando familiarmente al Doctor por la solapa—es un portento de
construcción, al decir de los inteligentes en arquitectura. Ahí le
contarán á V.—caso que tenga la paciencia de escucharlo—que si el
carcelero deja caer al suelo en su habitación el manojo de llaves del
edificio, se oye el estrépito desde cualquier celda, y que á su vez el
carcelero, desde su habitación, no pierde ripio de cuanto pasa en las
celdas de los presos.... Á pesar de tales maravillas de acústica, por
las rejas bajas entran botellas y más botellas de aguardiente, y el
último día que estuve á ver á mi defendida, había un preso curándose
de dos puñaladas, causadas en riña después de una juerga.... ¡Qué
mundo, este mundo penal!.... ¡Y decir que ahí, y no en los infolios
apolillados, está el Derecho futuro, el que crearemos! Entre V., que
ya verá tristezas.... aunque ahí nadie se queja ni llora: todos son
estoicos desde que pasan ese umbral.
Entraron, y se puso á sus órdenes un empleado solícito, acostumbrado
á las visitas de Lucio Febrero, que andaba en la Cárcel como por su
casa. Moragas, no familiarizado con el lugar, miraba con desolación
las paredes revestidas de suciedad inveterada, de mugre que parecía
exudación del delito; deletreaba los rótulos trazados sobre ellas con
humo, y resistía, á fuer de médico, el tufo indefinible, mezcla de
vahos de rancho insípido y de gente desaseada, que flotaba por los
pasillos y hasta en los patios. Aunque los dos amigos iban derechos
al departamento de mujeres, situado en el piso alto, Febrero arrastró
á Moragas hacia el patio principal, donde tomaban recreación los
hombres. Los presos, que llevan por sistema fingir indiferencia hacia
cuanto viene de fuera, no cambiaron de postura ni interrumpieron sus
ocupaciones. La mayor parte de ellos, fuerza es decir que en nada se
ocupaba: entregados á la detestable holgazanería carcelaria, paseábanse
en grupos por el estrecho recinto, charlando ó canturreando á media
voz, y clavando de soslayo en Febrero miradas frías y hostiles. Moragas
sentía aquellas ojeadas alevosas, que se le hincaban como navajillas en
el rostro. Un preso, en particular, le inspiró tan súbita repugnancia,
que de buen grado se iría á él para retarle y abofetearle. «¡Vaya
un pájaro!»—murmuró dando con el codo á Febrero.—El pájaro merecía,
en efecto, alguna atención, por más que su tipo no ofreciese una
singularidad propia de Marineda, sino una variedad, común tal vez en
todos los establecimientos penales del universo. Era el Adonis del
presidio; el que en París se llama _pâle voyou_, en Madrid chulapo,
y en Cantabria carece de nombre propio, por ser planta exótica: mozo
imberbe, de quebrada color, con cierta perfección de formas que en vez
de atraer repelía, como repele una lámina obscena. Vestía camiseta
sucia, que descubría el arranque del cuello y el resalte de las
tetillas; pantalón de paño crema, ceñido como el de los _bailaores_, y
botas prietas, nuevecitas, de caña clara. La cabeza llevábala desnuda,
y pegado el cabello á las sienes en reluciente gancho. Andaba con
indecoroso meneo de caderas, y en provocativa actitud se aproximó al
grupo de Moragas y Febrero, como diciendo: «Mírenme Vds., aquí está un
_mozo cruo_.» El celador que acompañaba á los dos amigos empujó con
disimulo á Febrero, y llegándose al oído de Moragas, susurró guiñando
el ojo: «Á ese lo mantiene y lo viste y lo habilita de todo una....»
Mas ya solicitaba la atención de Moragas otro asunto; acababa de
divisar, en el ángulo fronterizo del patio, á dos criaturas, que
representarían á lo sumo de nueve á once años.
—¡Vea V.!—exclamó, dirigiéndose á Febrero.—¡No pensé que también
hubiese _micos_!
Los chicos, acurrucados en el suelo, se levantaron á la voz del
celador, que les dijo imperiosamente: «Aquí.» Acercáronse los dos:
el mayorcillo, altivo, serio; el menor, risueño, cínico, ostentando
en la carita esa expresión picaresca, que acompañando á la inocencia
tiene algo de celestial, y que marchita por el vicio encoge el
corazón.—«Á ver, ¿por qué estarán aquí este par de peines?»—exclamó
el Doctor, alargándoles con disimulo no sé qué plata menuda. Iba á
explicarlo Febrero, pero el celador se adelantó.—«El más pequeño es
el que escaló una chimenea para abrir la puerta á los ladrones cuando
entraron á coger los cálices y las alhajas en San Efrén. El otro....,
que parece de once años, pero tiene ya sus doce y medio.... es el que
en el Campo de Belona dejó seco á un asistente de una puñalada en la
ingle.»—Moragas clavó los ojos en el precoz homicida.
—¿Es verdad eso?—preguntó con más lástima que enojo.—No alzas del suelo
tanto como mi bastón...., ¿y ya has matado á un hombre?
Al mismo tiempo le consideraba con sorpresa, notando que parecía el
muchacho aquél un niño filipino; su cara era terrosa, juanetuda,
inexpresiva; sus ojos oblicuos, su boca pálida.
—¿Por qué hiciste _eso_?—repitió Moragas con insistencia.
—Porque el asistente pegaba á mi hermano,—contestó el chico en ronca
voz de pollo que muda para engallar.
Febrero desvió la atención de Moragas señalándole la puerta de una
celda baja, al través de la cual asomaba el bulto de un hombre.
—Allí tiene V. al coautor del crimen de la Erbeda; el sentenciado á
muerte....
El Doctor se volvió con viveza, pero Lucio le contuvo poniéndole la
diestra sobre el brazo.
—Acerquémonos con disimulo.... Ese individuo me aborrece desde que
defendí á su cuñado, porque cree que yo traté de echarle encima toda
la culpabilidad.... Si le dirijo la palabra, baja la cabeza, y no me
responde.... Pero desde aquí le verá V. muy bien.
—¡Qué facha tan siniestra!—exclamó Moragas.
El asesino, recostado en la jamba de la puerta, miraba al patio, y la
luz del sol le hería de lleno. Efectivamente, su cara y su aspecto
eran característicos. Moragas reparó en su cabeza deprimida, con
pelambrera sombría, semejante á las pelucas de los villanos de comedia;
en su mirar zaino, su siniestra palidez, su cara mal proporcionada,
más desarrollada del lado derecho, sus manos grandes y nudosas, su
prominente y bestial mandíbula. Bajo la blusa y el pantalón de lienzo
se adivinaba un cuerpo vigoroso, y el zapato de lona dibujaba el pie
aplanado y recio de la plebe aldeana. La posición que había adoptado
arrimándose á la puerta era algo penosa, por hallarse sujeto con
grillos, que le impedían cruzar las piernas.
—Éste sí que no engaña,—murmuró Moragas.—¡Qué pedazo de bruto! ¡Vaya un
protagonista para un _crimen pasional_!
—Pues ahí verá V.,—contestó Febrero.—Si la gente fuese observadora,
sólo con mirarle á la geta se reiría de los patéticos apóstrofes de
Nozales y de todo aquello del _culpable ardor_ y del _fuego criminal_.
¿Ese hombre inspirar pasión? ¡Caballeros! Es un másculo de las edades
prehistóricas; es el oso de las cavernas.... Subamos, y observe V.
el contraste entre el Romeo y la Julieta, que desde arriba puede
contemplarle, si se le antoja.... ¡Pero no le contemplará! ¡Si algún
alivio puede tener la desgraciada, es encontrarse libre de semejante
fiera! Y le advierto á V. que cuando le preguntan á él, jura en tono
plañidero que ella le incitó, que ella le perdió....
Subían, mientras Febrero hablaba así, por las escaleras húmedas
y pinas, y dejando atrás las cocinas apagadas y solitarias, de
ennegrecido y sórdido fogón, llegaban al departamento de las presas.
Oíase en el pasillo el aullido fúnebre y prolongado de una loca
furiosa, encerrada en celda aparte, en tanto que se expedienteaba
calmosamente su envío al manicomio. Cuando penetraron en las cámaras
destinadas á las mujeres, pudo el Doctor creerse metido en un infierno
con vistas al paraíso.
Eran pardas y bisuntas las paredes; negra y rebajada la techumbre;
carcomido el piso; reducidísimo el espacio para el rebaño de presas
que se apiñaba en pie, buscando apoyo en las ruines tarimas,—donde
sólo convidaba al sueño flaco jergón mal surtido de _poma_ ó paja
de maíz seca;—mefítica la atmósfera, y triplicados los polvorientos
barrotes que la retasaban. Mas al través de los hierros, tan próxima
que casi metía por ellos jirones de raso turquí, estaba la bahía
amplia, majestuosa, rielando bajo el sol, poblada de gentiles minuetas,
de chalanas, de pesados lanchones, y señoreada por un magnífico
trasatlántico, el _Puno_, que con las calderas trepidando aún, mal
borrado el penacho gris de su alta y fina chimenea, acababa de fondear,
y sobre cuya cubierta hormigueaban los pasajeros, aguardando la
falúa de la Sanidad para arrojarse á los columpiadores esquifes....
Indiferente, buena sin propósito de serlo,—como la naturaleza misma,—la
bahía enviaba á las reclusas el perpetuo socorro de un aire salobre y
vivificante, que en aromáticas bocanadas se introducía burlando las
rejas....
El celador advirtió á Moragas que de aquellas hembras,—exceptuando
la parricida,—ninguna estaba allí más que por leves faltas, hurtos,
_agarros de moño_, cosa insignificante, que á muchas las permitía
alardear aún de mujeres de bien. Sin embargo, con la misteriosa
fraternidad que en la prisión se establece, todas trataban cordialmente
á la sentenciada á morir.
Sentada en un rincón, vestida de riguroso luto, la divisó Moragas,
avisado por un codazo de Febrero. «La individua»—pronunció más con los
ojos que con la boca el abogado, y el médico se fué derecho hacia ella.
La reo se levantaba ya por respeto á su defensor, y daba felices días;
y al oir por vez primera su voz delgada y tímida, Moragas experimentó
la misma impresión aguda é intensa de piedad que había notado al
verla cruzar la carretera entre guardias civiles. Acaso fué mayor,
más punzante, porque veía á la criminal enflaquecida, encorvada, lo
mismo que si sus espaldas soportasen, no en sentido figurado, sino en
realidad, el terrible _peso de la ley_. Por su reducida estatura y
magrura extrema, parecía un muchacho disfrazado en ropas femeniles:
bajo su mantón negro, cruzado á pesar del calor, no se distinguía forma
de mujer, y el pañolito de zaraza con lunares, avanzando sobre la
frente, envolvía en marco de sombra el rostro color de cera, afilado,
sumido. Moragas contemplaba aquellas facciones menudas, aquellos ojos
enrojecidos por el insomnio, y aquella boca contraída que no presentaba
ningún signo característico de sensualidad.
—¿Qué tal? ¿Cómo vamos?—preguntó el defensor llegándose á la reo, en
tono que quería ser campechano y jovial.
—Así.... así....—contestó la mujer penosamente.
—Ahora te han mudado de habitación, ¿eh? Aquí estás mejor—observó
Febrero. (La habitación no era mejor ni peor que la otra.)
—Psch.... Sí, señor.... Bien estoy en todas partes—murmuró la presa
con apagado acento, recalcando un poco la palabra _bien_.
—¿Y.... de ánimos? Mira, ya sabes que no te permito abatirte,—añadió
Febrero en tono de médico que ordena al paciente vomitivos ú otra
medicina repugnante.
—De ánimos.... muy mal, señor....—respondió la sentenciada, fijando
sus ojos, grandes, obscuros y de mirada dura, en el abogado.—Sueño
cosas.... Ayer.... soñé que estaba ya en el cadalso mismo.
—¡Valiente simple!—exclamó Febrero, riendo forzadamente.—Como me
vuelvas á soñar bobadas semejantes.... Ya te he dicho cien veces que
el Supremo casará la sentencia, y aunque no la case es igual, porque
gestionaremos el indulto. Y de todos modos.... ¡tonta! ¡Si aún tenemos
por delante el verano entero! En tiempo de vacaciones no funcionan los
tribunales.... Bien sabes que hasta el otoño lo menos no puede _pasar
nada_....
La presa no contestó. Bajó los ojos, y un leve estremecimiento agitó su
cuerpecillo.
—Mira,—añadió el defensor;—para que veas que no te olvido un momento,
aquí te traigo á una persona muy respetable y muy influyente, el Doctor
Moragas.... Puede hacer muchísimo por ti.... si.... si llegase _el
caso_.... Verás como.... entre todos....
Moragas se aproximó más á la reo, envolviéndola en aquella ojeada
penetrante y alentadora que sabía tener á la cabecera del enfermo
desahuciado. La mujer á su vez levantó la vista, y el médico alargó
la mano y cogió la de la culpable, apoyando la yema del pulgar en la
muñeca para apreciar la pulsación. La piel estaba fría y ligeramente
sudorosa; el pulso retraído, casi insensible.
—Ánimo,—profirió á su vez Moragas, pero en tono completamente distinto
del de Febrero, con fe, ardor y persuasión comunicativa.—Ánimo. Dé V.
gracias á Dios, que hoy es un buen día para V. ¿Á V. qué le parece?
¿Tengo yo cara de mentir ó de engañar? Pues yo afirmo que no irá V. al
palo.
Por la muñeca que Moragas oprimía se precipitó un arroyuelo vivo y
rápido de caliente sangre; activóse el pulso, y la piel adquirió suave
temperatura. La mujer fijó en Moragas la humedecida y brillante mirada
de sus ojos, exclamando:
—V. tiene cara de decir verdad.
—Pues valor y esperanza, y no soñar más con el cadalso....
—¿No me matarán?
—¡No, y no, y no!
No se daba Don Pelayo cuenta exacta de lo que decía: no hablaba su
razón, sino su voluntad, algo que le traía á la boca frases imprudentes
de esperanza y consuelo. ¿Cómo podía él impedir que aquella mujer
pereciese en el patíbulo? ¿Cómo?.... «Pues no se me antoja que muera.
Moraguitas, esta partida hay que ganarla.... ¡Vergüenza para ti si no
la ganases!....»
Cuando médico y abogado, abandonando el recinto de la prisión, salieron
á beber con ansia el aire del mar, Febrero se detuvo y dijo al Doctor
en tono reflexivo:
—Estoy persuadido de que á la gente del pueblo se la trastea como se
quiere, y que podemos hacerles mucho bien, no alumbrando su razón,
sino utilizando su credulidad. Deja V. á mi defendida cual yo no
la he dejado nunca.... Lo mismo que un guante. Esa mujer tiene una
particularidad propia de criminales: ya sabe V., la escasez de reacción
vascular.... y la insensibilidad. No la he visto ponerse colorada ni
una vez sola, ni nunca he sorprendido que derramase una lágrima. Pues
hoy, al hablarla V., se ha encendido y se le han humedecido los ojos.
Ha hecho V. bien.... Le ha perdonado V. lo peor del castigo, que es su
_idea_ y su _temor_. ¡Morir! Hemos de morir todos...., y quién sabe si
antes que ella. En lo único que le llevamos ventaja, es en ignorar la
hora. ¡Cuántos tísicos asistirá V. que á la primer hoja que caiga!....
Lo cruel no es matar, sino martirizar lentamente con el miedo: la ley
aquí, inspirada en el criterio de Cáñamo, premedita el asesinato y
lo realiza con ensañamiento progresivo; cada día que pasa añade una
tortura: el insomnio, los sueños espantosos, el despertar temblando,
las últimas horas, en que ya se cuenta por segundos.... Esa mujer
mató, es cierto; pero el muerto pasó, casi sin sufrir, del sueño á la
eternidad; y la ley, en represalias, la tiene medio año con el garrote
delante de los ojos.... Crea V. que esa mujer ya expió su crimen sólo
con lo que lleva pensado estos días. En fin, V. le ha proporcionado
algún alivio.... Hay mentiras benéficas.
Moragas no contestó al pronto. De una fosforera de plata sacó un
fósforo para encender el cigarrillo. Afianzó los lentes, acarició sus
solapas, y de improviso, dando á Febrero un empellón muy expresivo,
dijo lentamente:
—Y V., ¿qué diría si no fuesen mentiras?.... Vamos, ¿qué diría V.?
Febrero sonrió con incredulidad afectuosa, y agarrándose del brazo del
Doctor, respondió:
—No crea V. que no sé yo los vientos que corren en altas esferas....
Aunque interesen Vds. á medio Congreso y á medio Senado, y á
_Lagartijo_ y al Nuncio...., tiempo perdido. Éstos van al palo...., y
yo me largo por no verlo, ni oirlo, ni leer un periódico, ni abrir una
carta en cuatro meses.
—Yo no soy diputado, ni senador, ni torero, ni
plenipotenciario....,—afirmó Moragas, deteniéndose y despidiendo hacia
el mar una bocanadita de humo;—pero.... Basta; chito; cada uno se
entiende.
—¿Qué,—preguntó Febrero humorísticamente,—va V. á escalar la Cárcel ó
á practicar una mina? Déjese V. de eso, Doctor. La vida de un ser más
ó menos, créame V., nada importa. Lo único serio, y lo único que se
debe defender á capa y espada, son las ideas. Cuando sucumbe una idea,
es cuando procede tocar á muerto, llorar, vestir luto.... Lo demás....
¡Psch!