Y no pudo volver Moragas á la mañana siguiente, porque Nené amaneció
enferma. Empezó por fiebrecilla catarral, y siguió por una de esas
calenturas que en pocos días agotan la naturaleza de una criatura
pequeña, como viva corriente de aire que activa la combustión de
delgado cirio. Se marchitaron las mejillas de Nené; leve capa vidriosa
cubrió sus dulces pupilas negras; sus manitas enflaquecieron,
descubriendo los tiernos huesecillos bajo la piel flácida. El Doctor
lo olvidó todo; encerróse con la criatura; no revolvió libros, porque
comprendía los orígenes del mal, pero se abrazó con él cuerpo á cuerpo,
y á fuerza de reconstituyentes y de cuidados exquisitos, empezó Nené á
manifestar una sombra de mejoría. Y la mejoría se fué graduando, y se
iniciaron los antojitos de golosinas y de juguetes.... Moragas entrevió
la posibilidad de llevarse á su niña á la Erbeda, y allí restaurarla
por completo en fuerzas, en alegría y en vitalidad. «Tenemos Nené»; le
decían sus estudios y le repetía la esperanza.—Un día salió disparado
á comprar un juguete nuevo, norte-americano, unas enormes mariposas
mecánicas que volaban solas; y al soltarlas en la habitación de la
convaleciente, y oir que se reía de los aletazos que pegaban contra la
pared los pintorreados mariposones, acordóse por vez primera, con vago
remordimiento, del hijo de Juan Rojo.
Como toda persona impresionable, Moragas solía caer de la cumbre del
entusiasmo al fondo del desaliento. En el camaranchón del verdugo le
había parecido empresa fácil la de rehabilitar el chico, sacándole de
la atmósfera de ignominia donde vegetaba. Hallábase dispuesto entonces
á vencer preocupaciones y antipatías, violentar las puertas de escuelas
y talleres, salir fiador, y realizar en un solo día la salvación
de Rojo y la de Telmo. Rojo no mataría más: Telmo sería obrero ó
estudiante.... Y ahora, á un mes de distancia, el plan se le figuraba
impracticable y absurdo. Advertía la ligadura de la voluntad, el hielo
que cohibe la acción y sólo veía las dificultades y hasta el lado
comprometido y semigrotesco de su proyectada empresa. «¿No hay por ahí
otros muchachos á quien proteger? He ido á fijarme en ese, precisamente
en ese.... ¡Moraguitas! ¿Dónde metes tú, en Marineda, al hijo del
verdugo? Todo el mundo torcerá el gesto apenas le nombres....»
Pararon estas fluctuaciones en aplazar y ganar tiempo. Dióse á sí
propio la excusa de que nada se puede emprender durante el verano,
y el verano iba aproximándose ya. «En estos meses todo se paraliza.
Época de vacaciones.... La gente se larga al campo.... Yo también
quisiera darme una vueltecilla.... ¡Los colores que echará Nené en la
Erbeda! Y para iniciar la campaña redentora.... mejor á principios de
invierno.» Contribuyó á apagar las ardorosas resoluciones de Moragas
el hallarse Telmo ya curado de sus descalabraduras. El niño, sano y
bueno y correteando por la calle del Faro, parecíale menos digno de
compasión. Hasta sintió Moragas, por egoismo del cariño á su hija,
cierta hostilidad contra Telmo, tan robusto y vigoroso, más despejado,
más resuelto, más marcial que nunca, y crecido dos pulgadas lo menos.
«La salud de este bigardo la quisiera yo para Nené....» Al punto,
reaccionando su generoso carácter, Moragas quedó descontento de sí
mismo, en un estado de ánimo especial, comparable al sufrimiento.
Sentía como si llevase atravesada una barra de metal frío y duro,
cuyo peso gravitaba sobre su alma y la deprimía. «Más tranquilidad
es no ver el ideal ni de cien leguas, que verlo y no alcanzarlo»,
pensó el médico.—Siempre que el recuerdo de Juan Rojo cruzaba por su
memoria, sentía Don Pelayo la impresión de humillante impotencia que
causa al deudor el aspecto del acreedor,—del acreedor mudo, que espera
sin reclamar el préstamo.—El estado moral de Don Pelayo lo conocen
y padecen todos cuantos hombres, sin llegar á justos, perfectos ni
santos, pueden llamarse buenos, sensibles y altruistas. El santo no
sufre: cumple sin temor: su voluntad es de una pieza. El bueno....
cumple ó no cumple, pero siempre le sangra la herida de la piedad.
Lo que más obligaba á Moragas á no olvidarse de Rojo, eran las
conversaciones relativas al crimen de la Erbeda. Ni en el campo ni en
la ciudad se hablaba de otra cosa. Según lo vaticinado por Priego, el
tal crimen había tenido gran resonancia, hasta en la prensa de Madrid,
donde se le consagraron extensos telegramas y largos artículos, alguno
tomado de los diarios de Marineda. Esperábase la vista pública como se
espera un acontecimiento: se sabía que asistirían á ella Paco Rumores,
un hijo de Marineda, admitido como noticiero en el diario de mayor
circulación de España; que Don Carmelo Nozales preparaba un informe
brillantísimo, preludio de su traslado á la Audiencia de la corte; y
que, no obstante su resistencia y repugnancia á exhibirse en Marineda
como letrado, Lucio Febrero había tenido que encargarse de defender á
la parricida.
Moragas resolvió asistir al juicio oral. Pero á última hora se lo
impidió la hija de la marquesa de Veniales, casada hacía siete meses
con un ingeniero, y tan enemiga de perder tiempo, que, al cumplirse
ese plazo mínimo, aumentaba la especie humana con una criatura. Fué
el lance apretado y peligroso, y Moragas no pudo apartarse del potro
de tormento donde gemía la prematura madre. Á la misma hora en que
entraba en el mundo una niña sietemesina, los jurados y la Audiencia
sentenciaban á salir de él á una mujer y un hombre; los reos de la
Erbeda, sentenciados á garrote vil, «como era de esperar», que dijo
Cáñamo.
Unánime estuvo la prensa aquella noche y la mañana siguiente,
poniendo en las nubes el informe de Nozales, y revelando descontento
y extrañeza ante la defensa de Febrero. Fiel á los moldes clásicos
de la oratoria forense, _Grocio y Pufendorf_ pronunció una especie de
invocación á las Furias del derecho penal, esmaltando su oración de
vengadores apóstrofes. Para el objeto sirvióle de mucho á Nozales el
ligero baño literario que poseía, y la acusación de _Batilo_ contra
los dos asesinos de Castillo le hizo el caldo gordo, sin que por nadie
fuese notada la coincidencia de ideas y frases, que pudiera parecer
resultado de la coincidencia de crimen. Lo mismo que Meléndez Valdés
en 1821, Nozales habló del desenfreno, perversión y abandono brutal
de las costumbres, de la funesta disolución de los lazos sociales,
de la inmoralidad que por doquiera cunde y se propaga con la rapidez
de la peste, del olvido de todos los deberes, y presentó como rasgo
característico de la época el hacer escarnio del nudo conyugal;
habló de la consternación de la patria ante tan horrendo atentado,
perseguido con las mayores penas desde la antigüedad remota hasta la
época presente; citó una ley del Fuero Juzgo y otra del título de _los
omecillos_ en las Partidas; y terminó con el parrafeo efectista de
cajón en estos informes, encareciendo á los jueces la trascendencia del
veredicto y la importancia de la misión que la sociedad les confía,
la necesidad de reprimir inexorablemente el crimen y de inspirarse,
no en una compasión reñida con la ley, sino en el recuerdo de la
víctima «que ya no puede hablar y desde otras regiones contempla á la
sociedad y á los jueces». La concurrencia, pendiente de los labios de
Nozales, prestó también afanosa atención á Lucio Febrero; sólo que,
hacia el segundo tercio de la perorata del joven letrado, principió
á desorientarse, y al final, confesando que «todo aquello podría ser
muy científico», convino en que era raro y sospechoso, y aun funesto á
la sociedad, de cuyas manos arrancaba el consabido rayo vengador que
Nozales, con artístico ademán, fingiera vibrando sobre las cabezas
malditas de los reos. Además, ¿no era un sofisma evidente, una falta
de lealtad jurídica, el empeño de demostrar que la parricida, al
entregarse á un amante, y al concertar después con él la muerte
de su esposo, no obedecía á sugestiones de la lascivia, sino á las
de un terror profundo, de esos que extravían y ciegan, al terror
de que el amante la acogotase, y luego al terror de que el marido,
cumpliendo amenazas tan reiteradas y horribles como verosímiles,
la ahogase una noche, entre el silencio de la alcoba conyugal? ¿Á
qué venía apoyar tesis tan rara con citas de obras de medicina, que
demuestran la obcecación y trastorno moral que produce el miedo en
el alma humana, y sobre todo en la femenil, donde la educación y la
costumbre riegan y cultivan ese sentimiento? ¿Por qué Febrero no
citaba obras de Derecho penal? ¿Por qué no admitía la versión natural
y corriente de la bribona que, á fin de dar gusto al cuerpo, toma
un galán, y para mejor disfrutar del galán suprime al marido? Nada,
está visto que estos jurisconsultos de ahora se agarran á un clavo
ardiendo con tal de declarar al reo irresponsable.... Había que oir á
Cáñamo en los pasillos de la Audiencia de Marineda. «Les digo á Vds.
que, á este paso, la sociedad se hunde, se desploma.... Como que se
quita la piedra angular, fundamento de todo el edificio.» Renació la
tranquilidad al saberse el veredicto del jurado, prueba de que la
sociedad no se desplomaba aún. ¡La apuntalaría muy en breve un doble
cadalso!
Á los dos ó tres días de hacerse pública la sentencia, entró en el
gabinete de Moragas Lucio Febrero, y el abogado tendió al médico una
mano que ardía.
—¿Sabe V.—dijo arrojándose en el diván—que tengo calentura por las
tardes?
Moragas le pulsó. Sí; había elevación de temperatura, pero casi
insensible.
—Tal vez sea—dijo—una manifestación palúdica; pero se me figura que lo
que tiene V. puede llamarse berrinche.
Lucio no contestó al pronto: dudaba entre callar ó espontanearse. Al
cabo, poniéndose de pie y con la expansión de quien destapa el alma:
—Me voy de Marineda—exclamó.—Me meteré en la montaña, á cazar, lo que
falta del verano, y con eso tal vez me salvo de una hepatitis. ¡Felices
Vds. los que no se reprimen, los que dan válvulas á la ira como al
entusiasmo! ¿Dice V. que poca fiebre? Pues yo pensé tener cuarenta
grados y varias décimas.
Moragas se rió, y murmuró, apoyando cariñosamente ambas manos en los
hombros del abogado:
—¡Qué á pechos lo ha tomado V.! No lo creí. Es verdad que la causa
metió ruido, y que Nozales puso toda la carne en el asador.
—Toda la carne.... Sí, la carne manida; carne de un siglo. Pero el
pensamiento del auditorio contaba justamente la misma fecha que los
argumentos de Nozales. ¡Les habló el lenguaje que entendían!....
—Y V. en chino—advirtió Moragas.—Aquella teoría del crimen por miedo
sería muy ingeniosa en los _Assises_ de París.... Lo que es por acá....
V. se pasó de listo, Sr. D. Lucio.
—¡De lo que me pasé fué de sincero!—exclamó apesadumbrado el joven
defensor.—Á veces la verdad no es verosímil; yo lo olvidé, quise
hacerla brillar en todo su esplendor, y sólo conseguí espesar
la sombra. Nozales sí que estuvo acertado. Hay para uso de los
tribunales, una especie de aleluyas del hombre malo y bueno que
se aplican indistintamente á cualquier criminal: es una máscara
clásica, como esas figuras alegóricas de yeso que representan las
Virtudes, ó las Estaciones del año.—¡La humanidad es tan variada, tan
diferente entre sí!.... ¡Cada alma es un mundo! Pero Nozales, y los
magistrados.... ¡Cargue el diablo con ellos!
—Vamos, ¿ve V. como nadie es de bronce?—advirtió Moragas.—Se ha tomado
V. interés por su defendida.... ¿Qué tiene de particular?
—No, Moragas.... No es eso,—respondió Febrero esforzándose en hablar
sin violencia ni cólera.—Ella.... me es casi indiferente, y el querido,
antipático. Mi interés es puramente ideológico. Me importan.... como
concepto. Veo que _ella_ va á morir.... no por criminal, sino por
miedosa. Su crimen es horrible, nauseabundo; tiene circunstancias que
espeluznan; conformes; pero si se atendiese á lo interno.... ella no
debía morir.
—¿Cree V. que deba morir en garrote mujer ninguna?—preguntó Moragas
fogosamente.
—Ya sabe V. cómo pienso en ese asunto.... No soy abolicionista.... Pero
las mujeres, puesto que la ley las considera _menores_ para infinidad
de casos, y el derecho político las excluye, debieran encontrar ante el
derecho penal la protección y la indulgencia que se deben al menor.—¡Y
váyales V. con esto á los señores del margen!—Esa criminal de la
Erbeda, por ejemplo, no hubiese cometido el crimen si no fuese educada
bajo el régimen del _terror viril_. Me ha contado su historia. De niña,
la pegaba su padre para obligarla á pisar tojo. De muchacha, en las
romerías, la sacaban los mozos á bailar á empellones ó zorregándola
un varazo.... ¡galantería _rusticana_! De casada, su marido no la
solfeaba mucho (por eso dijo Nozales, parodiando á Meléndez Valdés,
que era hombre de _bondoso_ carácter); pero un día que vino más
borracho que otros, la quiso meter en el horno y arrimar lumbre....
Sobreviene el querido.... y.... la conquista un día, por violencia,
con amenazas y golpes; establecen el concubinato.... el marido los
pilla casi infraganti, y hace la vista gorda.... sin duda por temor al
Cirineo...., pero así que éste vuelve la espalda, agarra á su mujer de
las muñecas, la lleva ante el horno...., la suelta después...., y por
frases, por miradas, por intuición, ella comprende que el propósito es
firme, que su marido tiene determinado matarla y sólo espera ocasión
propicia. Así la va asesinando poco á poco, de susto. Al acostarse le
dice siempre: «Cuando menos pienses te despiertas en la eternidad.» Y
la mujer suprime el sueño, quiere que no la sorprendan, poder resistir,
gritar.... ¿Comprende V. el estado psíquico que determina el no dormir
en muchos meses? Naturalmente confía sus terrores al querido, que
se alarma también por cuenta propia...., y claro, surge la idea del
crimen.... Ahí tiene V. la génesis.... ¡Miedo!
—Pues nadie lo ha creído, sépalo V.—advirtió Moragas.—En el concepto
general, el esposo murió porque estorbaba....
—Dejarlo—respondió Febrero suspirando.—¿Qué más da? Yo me voy de caza,
de pesca, de monte...., de cualquier cosa.... Y no oiré, ni entenderé,
ni me tropezaré con Cáñamo, ni con Nozales, ni con Don Celso Palmares,
que después de andar diciendo que se moriría sin firmar una sentencia
de muerte, ha firmado ésta.... Me libraré del espectáculo ridículo
de la versatilidad de las muchedumbres; no veré á los mismos que hoy
clamaban «vindicta pública», telegrafiar á los Diputados y Senadores
para conseguir ese otro absurdo que llaman indulto....
—¿Sentiría V. que indultasen á su defendida?
—Sé que no la indultarán: corren vientos de severidad. Pero el indulto
me subleva. Ó no condenar, ó no perdonar á capricho. La clemencia
ministerial (ni real es) corre parejas con la justicia histórica....
Ea, adiós, Señor Don Pelayo; á menos que quiera V. acompañarme á
la Cárcel.... Voy á despedirme de esa infeliz, y á darle ánimos,
haciéndola creer mil embustes. ¿Me ayuda V. á mentir? ¿Sí? ¡Cuánto me
alegro!