XIII

Y no pudo volver Moragas á la mañana siguiente, porque Nené amaneció

enferma. Empezó por fiebrecilla catarral, y siguió por una de esas

calenturas que en pocos días agotan la naturaleza de una criatura

pequeña, como viva corriente de aire que activa la combustión de

delgado cirio. Se marchitaron las mejillas de Nené; leve capa vidriosa

cubrió sus dulces pupilas negras; sus manitas enflaquecieron,

descubriendo los tiernos huesecillos bajo la piel flácida. El Doctor

lo olvidó todo; encerróse con la criatura; no revolvió libros, porque

comprendía los orígenes del mal, pero se abrazó con él cuerpo á cuerpo,

y á fuerza de reconstituyentes y de cuidados exquisitos, empezó Nené á

manifestar una sombra de mejoría. Y la mejoría se fué graduando, y se

iniciaron los antojitos de golosinas y de juguetes.... Moragas entrevió

la posibilidad de llevarse á su niña á la Erbeda, y allí restaurarla

por completo en fuerzas, en alegría y en vitalidad. «Tenemos Nené»; le

decían sus estudios y le repetía la esperanza.—Un día salió disparado

á comprar un juguete nuevo, norte-americano, unas enormes mariposas

mecánicas que volaban solas; y al soltarlas en la habitación de la

convaleciente, y oir que se reía de los aletazos que pegaban contra la

pared los pintorreados mariposones, acordóse por vez primera, con vago

remordimiento, del hijo de Juan Rojo.

Como toda persona impresionable, Moragas solía caer de la cumbre del

entusiasmo al fondo del desaliento. En el camaranchón del verdugo le

había parecido empresa fácil la de rehabilitar el chico, sacándole de

la atmósfera de ignominia donde vegetaba. Hallábase dispuesto entonces

á vencer preocupaciones y antipatías, violentar las puertas de escuelas

y talleres, salir fiador, y realizar en un solo día la salvación

de Rojo y la de Telmo. Rojo no mataría más: Telmo sería obrero ó

estudiante.... Y ahora, á un mes de distancia, el plan se le figuraba

impracticable y absurdo. Advertía la ligadura de la voluntad, el hielo

que cohibe la acción y sólo veía las dificultades y hasta el lado

comprometido y semigrotesco de su proyectada empresa. «¿No hay por ahí

otros muchachos á quien proteger? He ido á fijarme en ese, precisamente

en ese.... ¡Moraguitas! ¿Dónde metes tú, en Marineda, al hijo del

verdugo? Todo el mundo torcerá el gesto apenas le nombres....»

Pararon estas fluctuaciones en aplazar y ganar tiempo. Dióse á sí

propio la excusa de que nada se puede emprender durante el verano,

y el verano iba aproximándose ya. «En estos meses todo se paraliza.

Época de vacaciones.... La gente se larga al campo.... Yo también

quisiera darme una vueltecilla.... ¡Los colores que echará Nené en la

Erbeda! Y para iniciar la campaña redentora.... mejor á principios de

invierno.» Contribuyó á apagar las ardorosas resoluciones de Moragas

el hallarse Telmo ya curado de sus descalabraduras. El niño, sano y

bueno y correteando por la calle del Faro, parecíale menos digno de

compasión. Hasta sintió Moragas, por egoismo del cariño á su hija,

cierta hostilidad contra Telmo, tan robusto y vigoroso, más despejado,

más resuelto, más marcial que nunca, y crecido dos pulgadas lo menos.

«La salud de este bigardo la quisiera yo para Nené....» Al punto,

reaccionando su generoso carácter, Moragas quedó descontento de sí

mismo, en un estado de ánimo especial, comparable al sufrimiento.

Sentía como si llevase atravesada una barra de metal frío y duro,

cuyo peso gravitaba sobre su alma y la deprimía. «Más tranquilidad

es no ver el ideal ni de cien leguas, que verlo y no alcanzarlo»,

pensó el médico.—Siempre que el recuerdo de Juan Rojo cruzaba por su

memoria, sentía Don Pelayo la impresión de humillante impotencia que

causa al deudor el aspecto del acreedor,—del acreedor mudo, que espera

sin reclamar el préstamo.—El estado moral de Don Pelayo lo conocen

y padecen todos cuantos hombres, sin llegar á justos, perfectos ni

santos, pueden llamarse buenos, sensibles y altruistas. El santo no

sufre: cumple sin temor: su voluntad es de una pieza. El bueno....

cumple ó no cumple, pero siempre le sangra la herida de la piedad.

Lo que más obligaba á Moragas á no olvidarse de Rojo, eran las

conversaciones relativas al crimen de la Erbeda. Ni en el campo ni en

la ciudad se hablaba de otra cosa. Según lo vaticinado por Priego, el

tal crimen había tenido gran resonancia, hasta en la prensa de Madrid,

donde se le consagraron extensos telegramas y largos artículos, alguno

tomado de los diarios de Marineda. Esperábase la vista pública como se

espera un acontecimiento: se sabía que asistirían á ella Paco Rumores,

un hijo de Marineda, admitido como noticiero en el diario de mayor

circulación de España; que Don Carmelo Nozales preparaba un informe

brillantísimo, preludio de su traslado á la Audiencia de la corte; y

que, no obstante su resistencia y repugnancia á exhibirse en Marineda

como letrado, Lucio Febrero había tenido que encargarse de defender á

la parricida.

Moragas resolvió asistir al juicio oral. Pero á última hora se lo

impidió la hija de la marquesa de Veniales, casada hacía siete meses

con un ingeniero, y tan enemiga de perder tiempo, que, al cumplirse

ese plazo mínimo, aumentaba la especie humana con una criatura. Fué

el lance apretado y peligroso, y Moragas no pudo apartarse del potro

de tormento donde gemía la prematura madre. Á la misma hora en que

entraba en el mundo una niña sietemesina, los jurados y la Audiencia

sentenciaban á salir de él á una mujer y un hombre; los reos de la

Erbeda, sentenciados á garrote vil, «como era de esperar», que dijo

Cáñamo.

Unánime estuvo la prensa aquella noche y la mañana siguiente,

poniendo en las nubes el informe de Nozales, y revelando descontento

y extrañeza ante la defensa de Febrero. Fiel á los moldes clásicos

de la oratoria forense, _Grocio y Pufendorf_ pronunció una especie de

invocación á las Furias del derecho penal, esmaltando su oración de

vengadores apóstrofes. Para el objeto sirvióle de mucho á Nozales el

ligero baño literario que poseía, y la acusación de _Batilo_ contra

los dos asesinos de Castillo le hizo el caldo gordo, sin que por nadie

fuese notada la coincidencia de ideas y frases, que pudiera parecer

resultado de la coincidencia de crimen. Lo mismo que Meléndez Valdés

en 1821, Nozales habló del desenfreno, perversión y abandono brutal

de las costumbres, de la funesta disolución de los lazos sociales,

de la inmoralidad que por doquiera cunde y se propaga con la rapidez

de la peste, del olvido de todos los deberes, y presentó como rasgo

característico de la época el hacer escarnio del nudo conyugal;

habló de la consternación de la patria ante tan horrendo atentado,

perseguido con las mayores penas desde la antigüedad remota hasta la

época presente; citó una ley del Fuero Juzgo y otra del título de _los

omecillos_ en las Partidas; y terminó con el parrafeo efectista de

cajón en estos informes, encareciendo á los jueces la trascendencia del

veredicto y la importancia de la misión que la sociedad les confía,

la necesidad de reprimir inexorablemente el crimen y de inspirarse,

no en una compasión reñida con la ley, sino en el recuerdo de la

víctima «que ya no puede hablar y desde otras regiones contempla á la

sociedad y á los jueces». La concurrencia, pendiente de los labios de

Nozales, prestó también afanosa atención á Lucio Febrero; sólo que,

hacia el segundo tercio de la perorata del joven letrado, principió

á desorientarse, y al final, confesando que «todo aquello podría ser

muy científico», convino en que era raro y sospechoso, y aun funesto á

la sociedad, de cuyas manos arrancaba el consabido rayo vengador que

Nozales, con artístico ademán, fingiera vibrando sobre las cabezas

malditas de los reos. Además, ¿no era un sofisma evidente, una falta

de lealtad jurídica, el empeño de demostrar que la parricida, al

entregarse á un amante, y al concertar después con él la muerte

de su esposo, no obedecía á sugestiones de la lascivia, sino á las

de un terror profundo, de esos que extravían y ciegan, al terror

de que el amante la acogotase, y luego al terror de que el marido,

cumpliendo amenazas tan reiteradas y horribles como verosímiles,

la ahogase una noche, entre el silencio de la alcoba conyugal? ¿Á

qué venía apoyar tesis tan rara con citas de obras de medicina, que

demuestran la obcecación y trastorno moral que produce el miedo en

el alma humana, y sobre todo en la femenil, donde la educación y la

costumbre riegan y cultivan ese sentimiento? ¿Por qué Febrero no

citaba obras de Derecho penal? ¿Por qué no admitía la versión natural

y corriente de la bribona que, á fin de dar gusto al cuerpo, toma

un galán, y para mejor disfrutar del galán suprime al marido? Nada,

está visto que estos jurisconsultos de ahora se agarran á un clavo

ardiendo con tal de declarar al reo irresponsable.... Había que oir á

Cáñamo en los pasillos de la Audiencia de Marineda. «Les digo á Vds.

que, á este paso, la sociedad se hunde, se desploma.... Como que se

quita la piedra angular, fundamento de todo el edificio.» Renació la

tranquilidad al saberse el veredicto del jurado, prueba de que la

sociedad no se desplomaba aún. ¡La apuntalaría muy en breve un doble

cadalso!

Á los dos ó tres días de hacerse pública la sentencia, entró en el

gabinete de Moragas Lucio Febrero, y el abogado tendió al médico una

mano que ardía.

—¿Sabe V.—dijo arrojándose en el diván—que tengo calentura por las

tardes?

Moragas le pulsó. Sí; había elevación de temperatura, pero casi

insensible.

—Tal vez sea—dijo—una manifestación palúdica; pero se me figura que lo

que tiene V. puede llamarse berrinche.

Lucio no contestó al pronto: dudaba entre callar ó espontanearse. Al

cabo, poniéndose de pie y con la expansión de quien destapa el alma:

—Me voy de Marineda—exclamó.—Me meteré en la montaña, á cazar, lo que

falta del verano, y con eso tal vez me salvo de una hepatitis. ¡Felices

Vds. los que no se reprimen, los que dan válvulas á la ira como al

entusiasmo! ¿Dice V. que poca fiebre? Pues yo pensé tener cuarenta

grados y varias décimas.

Moragas se rió, y murmuró, apoyando cariñosamente ambas manos en los

hombros del abogado:

—¡Qué á pechos lo ha tomado V.! No lo creí. Es verdad que la causa

metió ruido, y que Nozales puso toda la carne en el asador.

—Toda la carne.... Sí, la carne manida; carne de un siglo. Pero el

pensamiento del auditorio contaba justamente la misma fecha que los

argumentos de Nozales. ¡Les habló el lenguaje que entendían!....

—Y V. en chino—advirtió Moragas.—Aquella teoría del crimen por miedo

sería muy ingeniosa en los _Assises_ de París.... Lo que es por acá....

V. se pasó de listo, Sr. D. Lucio.

—¡De lo que me pasé fué de sincero!—exclamó apesadumbrado el joven

defensor.—Á veces la verdad no es verosímil; yo lo olvidé, quise

hacerla brillar en todo su esplendor, y sólo conseguí espesar

la sombra. Nozales sí que estuvo acertado. Hay para uso de los

tribunales, una especie de aleluyas del hombre malo y bueno que

se aplican indistintamente á cualquier criminal: es una máscara

clásica, como esas figuras alegóricas de yeso que representan las

Virtudes, ó las Estaciones del año.—¡La humanidad es tan variada, tan

diferente entre sí!.... ¡Cada alma es un mundo! Pero Nozales, y los

magistrados.... ¡Cargue el diablo con ellos!

—Vamos, ¿ve V. como nadie es de bronce?—advirtió Moragas.—Se ha tomado

V. interés por su defendida.... ¿Qué tiene de particular?

—No, Moragas.... No es eso,—respondió Febrero esforzándose en hablar

sin violencia ni cólera.—Ella.... me es casi indiferente, y el querido,

antipático. Mi interés es puramente ideológico. Me importan.... como

concepto. Veo que _ella_ va á morir.... no por criminal, sino por

miedosa. Su crimen es horrible, nauseabundo; tiene circunstancias que

espeluznan; conformes; pero si se atendiese á lo interno.... ella no

debía morir.

—¿Cree V. que deba morir en garrote mujer ninguna?—preguntó Moragas

fogosamente.

—Ya sabe V. cómo pienso en ese asunto.... No soy abolicionista.... Pero

las mujeres, puesto que la ley las considera _menores_ para infinidad

de casos, y el derecho político las excluye, debieran encontrar ante el

derecho penal la protección y la indulgencia que se deben al menor.—¡Y

váyales V. con esto á los señores del margen!—Esa criminal de la

Erbeda, por ejemplo, no hubiese cometido el crimen si no fuese educada

bajo el régimen del _terror viril_. Me ha contado su historia. De niña,

la pegaba su padre para obligarla á pisar tojo. De muchacha, en las

romerías, la sacaban los mozos á bailar á empellones ó zorregándola

un varazo.... ¡galantería _rusticana_! De casada, su marido no la

solfeaba mucho (por eso dijo Nozales, parodiando á Meléndez Valdés,

que era hombre de _bondoso_ carácter); pero un día que vino más

borracho que otros, la quiso meter en el horno y arrimar lumbre....

Sobreviene el querido.... y.... la conquista un día, por violencia,

con amenazas y golpes; establecen el concubinato.... el marido los

pilla casi infraganti, y hace la vista gorda.... sin duda por temor al

Cirineo...., pero así que éste vuelve la espalda, agarra á su mujer de

las muñecas, la lleva ante el horno...., la suelta después...., y por

frases, por miradas, por intuición, ella comprende que el propósito es

firme, que su marido tiene determinado matarla y sólo espera ocasión

propicia. Así la va asesinando poco á poco, de susto. Al acostarse le

dice siempre: «Cuando menos pienses te despiertas en la eternidad.» Y

la mujer suprime el sueño, quiere que no la sorprendan, poder resistir,

gritar.... ¿Comprende V. el estado psíquico que determina el no dormir

en muchos meses? Naturalmente confía sus terrores al querido, que

se alarma también por cuenta propia...., y claro, surge la idea del

crimen.... Ahí tiene V. la génesis.... ¡Miedo!

—Pues nadie lo ha creído, sépalo V.—advirtió Moragas.—En el concepto

general, el esposo murió porque estorbaba....

—Dejarlo—respondió Febrero suspirando.—¿Qué más da? Yo me voy de caza,

de pesca, de monte...., de cualquier cosa.... Y no oiré, ni entenderé,

ni me tropezaré con Cáñamo, ni con Nozales, ni con Don Celso Palmares,

que después de andar diciendo que se moriría sin firmar una sentencia

de muerte, ha firmado ésta.... Me libraré del espectáculo ridículo

de la versatilidad de las muchedumbres; no veré á los mismos que hoy

clamaban «vindicta pública», telegrafiar á los Diputados y Senadores

para conseguir ese otro absurdo que llaman indulto....

—¿Sentiría V. que indultasen á su defendida?

—Sé que no la indultarán: corren vientos de severidad. Pero el indulto

me subleva. Ó no condenar, ó no perdonar á capricho. La clemencia

ministerial (ni real es) corre parejas con la justicia histórica....

Ea, adiós, Señor Don Pelayo; á menos que quiera V. acompañarme á

la Cárcel.... Voy á despedirme de esa infeliz, y á darle ánimos,

haciéndola creer mil embustes. ¿Me ayuda V. á mentir? ¿Sí? ¡Cuánto me

alegro!

La piedra angular: novela · 第 29 / 35 题