XII

Una fúnebre pausa siguió á la respuesta de Rojo. Moragas se quedó

helado. Aquella cifra le confundía como puede confundir un sofístico

raciocinio. El hombre que tenía delante había ejecutado _cinco veces_

el movimiento de brazo que manda á otro hombre á la eternidad.

Así que Don Pelayo dominó el estupor, preguntó de un modo incisivo:

—Y diga V.... ¿Y la primera vez.... al menos.... no tuvo V.... algún

hormigueo en la conciencia? ¿Ó se quedó V. perfectamente tranquilo?

—La primera vez—respondió la tenebrosa voz de Rojo—los ocho días

después, ó tal vez quince.... soñaba de noche.... con _él_....

—¡Ah! ¡De noche! ¿_Le_ veía V.?

—_Le_ veía.

Nueva pausa y silencio más atroz.

—¿Y.... después?—insistió Moragas.

—Después.... Por eso á veces un hombre.... Sólo el que pasa por ciertas

cosas.... Si no fuese que apenas podía dormir, no bebería yo ni media

copa de caña en mi vida.

—¿Empezó V. entonces á beber caña?

Rojo guardó silencio. Aquella confesión salía en jirones, sangrienta,

magullada, como la intermitente queja que arranca el paroxismo del

dolor; y Moragas, acostumbrado á ver y curar tantas heridas, comprendía

que lo más grave, lo más hondo, lo más amargo de todo no acababa de

ascender á la superficie. No podía Moragas adivinar qué clase de

cadáver dormía en el fondo, pero lo presentía, allá, muy abajo, en

los últimos senos de un pozo de ignominia, vergüenza y desesperación

humana. Su instinto infalible seguía gritándole: «Por aquí, por

aquí.... están las últimas telas del corazón, de ese corazón que lo

mismo les late á los filósofos que á los jueces, á los criminales que

á los verdugos; la porción augusta que existe en este miserable lo

mismo que en ti....»

—Y.... preguntó expresiva y lentamente, clavando los ojos en su

interlocutor y pesando con la mirada, por decirlo así, sobre su

espíritu.—Y.... su mujer de V.... ¿qué decía de esos malos sueños con

reos agarrotados? ¿No soñaba también ella?

—Esas son cosas que no importan nada,—declaró torvamente Rojo.—De eso

más vale no hablar. Estamos gastando aquí conversaciones que no vienen

al caso.... y ahora.... sería bueno atender al chiquillo.

«Tu caerás», pensó Moragas. «No te me escapas. Ya sé por dónde te

duele. ¡La fibra universal! Esa es la que responde siempre. Amor,

paternidad.... Habría que ser fabricado de bronce para no resollar

por ahí.... Y me parece que tú resuellas, y fuertecito.... Pues si

resuellas.... por ahí te atacaremos. Del concepto limitado de _marido

y padre_, puedo hacerte pasar al general de _hombre_. Me costará

trabajillo sacar á flote la _humanidad_; pero por lo mismo....

Yo te trabajaré. ¡Ah, si el Padre Incienso y el Padre Fervorín

sintiesen estos pujos redentores que siento yo! Lo que me indigna es

el contrasentido de que los tales Padres serán capaces de absolver

tranquilamente al verdugo, á la media hora de haber agarrotado á su

prójimo.... ¡y en cambio le negarían la absolución si le diese por

sostener que la misa puede ó debe decirse en castellano!»

Hecho este aparte, un tanto candoroso y sin medula, el filántropo miró

otra vez á Rojo, fija y hondamente. Dos imágenes se enlazaban en su

fantasía: la de la presunta parricida de la Erbeda y la del ser maldito

á quien quería redimir. Vió á la mujer estrangulada por el hombre, con

permiso de las leyes.... «No será», calculó para sí. «Este individuo no

volverá á quitar la vida á nadie. Moraguitas, ó eres un bolonio, ó de

esta vez has concluido con el verdugo de Marineda.»

El propósito le infundió singular animación y hasta alegría. Aquella sí

que era hazaña bonita, verdadera redención. ¡Salvar una existencia y

dignificar un alma!

—Oiga V... pronunció con irresistible fuerza.—V. es un hombre á quien

todos desprecian. ¿Está V. convencido de ello?

—Pero es una injusticia grandísima.

—No lo es. Sin embargo, quiero concederle á V. que lo fuese. Escúcheme

con atención. Esa injusticia, ¿la paga ó no la paga su hijo de V.? ¿Por

qué le tenemos ahí en esa cama, destrozado á pedradas el cuerpo?

—¡Porque hay gente muy bárbara en el mundo!

—Veo—exclamó Moragas con energía—que no quiere V. avenirse á la razón.

Veo que desea V. que su hijo continúe en la misma situación social.

Pues, ¡buenas noches! Busque V. médico.

Rojo emitió un quejido informe, de súplica y protesta, tendiendo las

manos como para detener á Moragas.

—Precisamente—añadió el Doctor, que á pesar de haberse despedido

no se movía de la silla—estaba yo dispuesto á tomarme interés por

el muchacho, y á servirle de algo para resolver el problema de su

educación y de su porvenir.

No respondió Rojo con palabras, pero repitió el ademán de postrarse

ante el Doctor. Éste se desvió, poniéndose en pie y mostrando

intenciones de retirarse.

—Hablemos claro—dijo parándose en mitad del camaranchón.—Á ver si V.

me entiende. ¡Puedo ser útil á su hijo y servirle.... de mucho! ¿Qué

educación le da V.? Apostemos que ninguna.

—¿Y qué culpa tengo yo, señor? ¡De todos lados le echan! En las

escuelas privadas no le quieren. En las del Ayuntamiento, el fantasmón

del Alcalde me dice que no tiene cabida, porque es hijo de padre

acomodado. Si va al Instituto, le acabarán de matar á pedradas. Intento

ponerle á que aprenda un oficio, y el dueño de la fábrica de dorados

le admite un día, y al siguiente le planta en la calle, porque los

aprendices se le declaran en huelga.... ¿Es injusticia, ó no? ¡Mi hijo

es tan bueno como ellos! ¡Á lo mejor ellos tendrán padres ladrones!

—¡Que los tengan!—objetó Moragas.—¡Lo peor es ser hijo de V.! Y si no

lo confiesa V. ahora mismo.... no vuelve á verme el pelo en toda su

vida.

Rojo exhaló un grito sofocado, un grito que no se oía casi, un grito

que lloraba.

—Pues bueno.... lo confieso, sí, señor.... Confesado.... El demonio lo

hace.... ¡Ser hijo mío es lo peor del mundo!

—Y un hijo de V. no tiene más camino que sucederle en el _cargo_....

—¡Eso no! ¡Primero le ahogo.... con las manos.... sin instrumentos!

Al pronunciar estas palabras fué Rojo, corriendo desatentadamente,

á batir contra la pared de tablas del mísero rancho, ocultando el

rostro en el rincón. Moragas se llegó á él, y casi á su oído murmuró,

tuteándole por repentina inspiración de su retórica de apóstol:

—¡Yo puedo salvar á tu hijo y hacerle hombre como los demás....; yo

puedo darle oficio honrado y hasta instrucción y carrera superior, si

sirve para el caso!....

Rojo se volvió, y, mirando al médico cara á cara, exclamó:

—¡Pues gana V. el cielo; porque obra de caridad como ella!....

—No...., no gano cielo ninguno...., porque no lo haré de balde.

El padre se quedó callado, sin adivinar en qué moneda le iban á exigir

el pago de la buena obra.

—¿Estás dispuesto á pagar?—insistió Moragas.

Rojo miró á la cama donde reposaba Telmo, y, sin vacilar, respondió con

firmeza sobrehumana:

—Sí, señor. Pagaré.

El Doctor guardó silencio, como si quisiese dejar que se grabase en el

ambiente la promesa de Rojo. Pasados unos instantes, repitió:

—¿Pagarás?

—¡Está dicho.... y basta! V. haga que mi hijo deje de ser aborrecido de

todos y que no se vea en el caso de tomar mi oficio, y yo....

—Veremos,—advirtió Moragas.—No me fío todavía. ¡Temo,—añadió,

mezclando tratamientos,—que si yo le digo á V. «haz esto ó haz lo

otro», V. me salga con que la ley.... y con que la obligación!....

—No señor. Juan Rojo hará lo que V. le mande. ¿Ha oído? Lo que V.

le mande. Soy un hombre de bien; á nadie causé daño sino por orden

superior; pero como V. tiene tantos enemigos.... ¡si hace falta dar un

susto!....

—¡Bárbaro!—respondió Moragas.—No hago caso de este rasgo de

estupidez.... Ya sabrás lo que exijo de ti.... y si te queda un adarme

de sentido moral, me obedecerás con pleno convencimiento de que llevo

razón.... Y si has de obedecerme, empieza ya. Dime al punto por qué no

vives con tu mujer.

—Pero á V. ¡qué le importa eso!—gimió Rojo.—Yo no quiero saber de

ella.... Se marchó....

—¿Con otro?

—Bueno; ¿y si fuese con otro?.... ¡Dios la perdone! Yo bien perdonada

la tengo.... ¡Que Dios mire por ella, porque yo lo único que sé es que

es madre de mi hijo.... y.... abur!

—Ya no pregunto más....—dijo Moragas, sintiendo una emoción tan

dramática que le pareció ridícula.—Perdonar siempre, es la ley

verdadera, ¡y no esas que acatas tú! ¡Yo también haré que perdonen á tu

hijo!.... Adiós, que volveré.... Hasta mañana.... ¿Entiendes? ¡Hasta

mañana!

La piedra angular: novela · 第 28 / 35 题