El rostro de Moragas, que por su excesiva movilidad y flexibilidad
parecía á veces de goma elástica, se dilató de sorpresa, y á renglón
seguido, por extraña inmixtión del elemento humorístico en aquella
conversación tan fúnebre y acerba, disparó el Doctor la mayor y más
franca carcajada que habían oído jamás las paredes de la barraca de
Rojo.
—¿Conque para cura? Bien.... ¡De primera! Si V. no me lo dice, capaz
hubiese sido yo de adivinarlo. ¡Para cura! Pues ahora, si no tiene V.
inconveniente.... sírvase decirme cómo ha pegado el gran brinco, desde
el hisopo hasta....
Un ademán expresivo completó la frase. Rojo, dócilmente, con ese
tonillo enfático que la clase social más inferior adopta para narrar
los sucesos de su propia vida, respondió:
—Estudié hasta dos años de latín en el Seminario de Badajoz. Y me
entraba bien el estudio....
—¿Es V. extremeño?
—No señor. Nací en Galicia. Mi padre era de aquí, y mi madre
portuguesa. Pero la carrera de mi padre, que era militar y de alta
graduación, nos hizo viajar por toda España. En Badajoz nacieron
algunos de mis hermanos.... porque tuve once; y esos quedamos
huérfanos, y cada uno tiró por su lado, á vivir como pudo.
—¿De modo que sentía V. vocación al estado eclesiástico?
—Sí, señor.... ó por lo menos creía sentirla entonces. Á esa edad
casi no sabe uno lo que le conviene.... ¡psch! ¡Si lo supiera cuando
es más viejo! En el Seminario estaban contentos de mí. Pero el señor
Obispo,—que medio me tenía ofrecida una capellanía,—luego se negó á
dármela.... y yo no vi esperanzas de salir adelante con la profesión.
—¿Qué hizo V.?
—Me dediqué á seguir la carrera de maestro normal.... Tan pronto como
la hube terminado, un amigo mío me tomó de pasante para un colegio
que dirigía. El colegio iba sosteniéndose.... así.... aleteando, á
trompicones. Lo malo es, que de allí á poco quebró.... Y cáteme V. otra
vez en la calle.
—¡Mal sino!
—Entonces caí soldado.
—¿Y qué tal? ¿Cogió V. el chopo?
—¡Qué remedio! Como no pintase en la pared los cuartos para
redimirme.... Y puedo decir á boca llena que quedaron mis jefes
satisfechos de mi porte. No recibí una reprensión, porque obedecí
como una máquina. Los jefes son los jefes, y ellos á mandar y
nosotros á callar. Pues yo...., ¡vamos!...., como sabía algo más
que mis compañeros...., y obedecía igual que un recluta...., fuí
ascendiendo...., primero á cabo...., á sargento después.... Y así que
cumplí mi tiempo, conseguí ir á Lugo, á _regentear_ una escuela.
—Veo que tenía V. vocación de maestro,—observó Moragas.
—No me disgustaba la profesión....,—aseveró Rojo;—sólo que andaba
traspasado de necesidad.... ¡He pasado mucha miseria entonces.... y
después! Lo peor fué que me enamoré de una gallega....
La frase, bien sencilla y con ribetes cómicos, fué pronunciada en
tono tan singular, que Moragas no sonrió. Parecióle como si en la
auscultación moral que practicaba, de repente se hubiese presentado un
sonido especial, delator del verdadero asiento de la dolencia. «Aquí
está el mal», le decía su instinto médico, aplicado entonces á la
patología del espíritu. «Aquí tienes la clave. Hasta ahora no supiste
lo que traías entre manos: la enfermedad se te aparecía embozada,
sorda, latente, rebelde á toda investigación. Ya cogiste el hilo....
¡Tira del cabo, que ya sacarás el ovillo de esta alma!....»
—¿Dice V. que se enamoró de una gallega? (preguntó en alta voz).
Pero.... eso.... ¿qué? ¡Se habría V. enamorado de tantísimas mujeres!
Al cabo era V. joven....
—No, señor. Yo no me enamoré de muchas mujeres.... Siempre fuí de buena
conducta, que nadie pudo poner tacha en mis costumbres. Como si toda
la vida tuviese cincuenta años.... Ya ve: salí del Seminario, y.... lo
mismo que si no saliera. Nunca me tentaron las rapazadas ni los vicios
que veía en otros.
—Pero, en fin (interrumpió Moragas), esa vez se enamoró V. de veras.
—Tan de veras, que me casé, señor.
—¡Ah!—exclamó expresivamente Moragas.
—Y como V. conoce...., la situación del hombre casado se diferencia
muchísimo de la del soltero. Yo hasta entonces no había tenido ansia
por el mañana: íbamos saliendo del día, y lo que es para mí solo,
pelado.... con una taza de caldo había de bastarme y sobrarme. Pero
llegaron la mujer y los hijos.... y vi el mundo de otra manera. Con mi
escuela no tenía ni para arrimar el puchero á la lumbre. No se pagaba;
á cada paso choques con el Ayuntamiento, por si cobro ó si no cobro, y
si se me adeudan ó no se me adeudan mensualidades.... Aquello no era
vivir, señor de Moragas, y crea V. que mil veces le faltaba á uno el
ánimo para todo.... para todo absolutamente. Me acordé entonces de que
yo conocía bastante á Don Nicolás María Rivero, que tenía la sartén por
el mango.... Me fuí á Madrid, y le vi á él, y también á otro pez muy
gordo, de esta tierra, que me acuerdo que me dijo.... asimismo como yo
se lo digo á V.: «Vuélvase á Lugo.... Antes de que esté V. allá, se
habrá largado el huésped.» ¡Y el huésped era el rey Amadeo! Fué verdad.
No llegara yo á los Nogales...., y proclamada la República. Aquel señor
no se olvidó de mí: me envió á Orense, con un destino....
—¿Destino? ¿Qué destino?
—En la policía—respondió Rojo en voz más baja y sorda que de ordinario.
—¿De orden público? ¿Mangas verdes?
—No señor.... Aquella fué otra policía, que existía entonces, y ahora
se me figura que tal vez no la habrá.... Como la Guardia civil se
reconcentraba en los pueblos por las trifulcas, el campo quedaba
entregado á las partidas facciosas.... En Orense y Lugo, sobre todo,
las aldeas estaban tan mal, que de un día á otro se recelaba un
levantamiento. Á mí me colocaron á las órdenes del gobernador de
Orense, que por cierto era muy exaltado en ideas. Yo salía á registrar
las casas de los curas carlistas, y antes de que saliese, aquel señor,
encerrándose conmigo en el despacho, me decía: «Vaya V. Rojo, registre,
allane, prenda, entre á saco, haga barbaridades.... Firme en esos
carcundas de puñales, que esos son los demonios, esas son las fieras
que nos traen á mal traer....» Pero yo....
—¿V. se opuso?—preguntó Moragas, buscando un rayo de esperanza y de
luz.—¿V. se negó?
—¡Ya se ve que me negué, mientras no tuve un papel, una orden por
escrito, bien clara y terminante! Lo que se ordena de palabra, en el
aire se rubrica. Allá va el mandato.... y el hombre que lo cumple,
cuando está más satisfecho, se encuentra ahogado y comprometido. La ley
tiene que estar escrita, y en no estando escrita, ya no es ley. Así
es que yo.... ¡vamos, sin alabarme!, no me apoqué, ni por voces que me
daba el Gobernador. Me cuadré, me puse tieso. «Vengan unas letritas
de su puño, señor Gobernador, y entonces hablaremos y se hará lo que
V. S. disponga. Yo no me meto á allanar una morada sin que me suelten
un papel. Papel en mano, que se me ponga delante el mundo.» Y el
Gobernador no tuvo más remedio que aflojar el papelito.... Con él hice
yo cosas.... tremendas.
—¿Lo declara V. mismo?—interrumpió con severidad Moragas.
—¡No señor...! Cuando digo tremendas.... es un modo de hablar, porque
yo no hice más ni menos de lo que me mandaron: en nada me extralimité.
Como V. comprenderá, mi obligación era cumplir las instrucciones,
obedecer á rajatabla, y no meterme en más honduras.
—Eso es lo que repruebo (articuló Moragas frunciendo el entrecejo
severamente, gesto que trazaba, sobre su frente de goma, pensativas
arrugas). ¿Cree V. que si me escriben ahora en un papelito «cometerás
tal atrocidad» y voy y la cometo, estoy libre de culpa?
Rojo titubeó, no encontrando argumentos contra Moragas.
—Pues señor,—articuló lentamente,—yo creo, con perdón de V., que en
respetando la autoridad y obedeciendo á las leyes establecidas, nadie
delinque, nadie falta. Y la prueba es que no se me exigió miaja de
responsabilidad por semejantes hechos. Yo era mandado, y con obedecer
me salvaba. No faltó quien me dijese en aquel entonces: «Verás, verás.
Ahora este revoltijo se lo lleva la trampa, y los vidrios rotos los
pagas tú.» Y yo, con mi papel en el bolsillo y la firma del Gobernador
más clara que las estrellas, de todos me reía. Bien quisieron echarme á
presidio...., ¡pero narices!
—¿Y qué hizo V.,—preguntó Moragas, cada vez más interesado,—al llevarse
la trampa aquello y acabársele á V. el oficio de allanar casas de
curas? ¿Se dedicó V. al.... de ahora?
—Entonces—contestó el hombre sombríamente, recapacitando para recordar
el nuevo peldaño de la escala social que rodara,—entonces.... me metí á
comisionado de apremios.
—¡Magnífico!—dijo Moragas, riendo sarcásticamente.—¡Muy bien pensado y
muy en carácter! La Revolución perseguía con el hierro y el fuego las
ideas; la Restauración fué más práctica, y organizó la persecución de
los bolsillos.... Reclutó una jauría de sabuesos...., ¡y á cazar!
—Pero, señor,—objetó Rojo,—las contribuciones hay que cobrarlas, y lo
que es por su fino gusto no las pagaría nadie.
—Cuando son excesivas y brutales,—respondió colérico Moragas,—cuando
pesan tanto que revientan al contribuyente.... V. suponga un Estado
bien regido, donde haya abundancia y economía, y crea V. que ese Estado
no necesita comisionados de apremios. En fin, el caso es que V....
—Señor.... Yo tenía entonces la niña, que este rapaz nació después....
Y era preciso mantenerlos....
—Esa ya es una razón de mejor ley,—contestó Don Pelayo.
—Pero yo no sería comisionado de apremios si fuese una mala
acción,—declaró Juan Rojo con curioso alarde de dignidad, que casi
desconcertó á Moragas.—Yo, ni en esa ni en las demás acciones de vida
he faltado, porque sé muy bien qué es delito y qué no es delito, y
podría ahora mismo someter á un juez todos mis actos, seguro de que
no tendría por qué avergonzarme. Yo soy honrado á carta cabal; yo, si
encuentro en la calle millones, los devuelvo á su dueño; yo respeto
como el que más lo que debe respetarse; pero era cuestión de dar de
comer á mi familia.... y serví al Estado, lo mismo que lo servía, pongo
por caso, el Delegado de Hacienda....
El argumento debió de impresionar á Don Pelayo, que ó no supo ó no
quiso replicar por entonces palabra. Callaba también Rojo, y reinaba en
el pobre camaranchón embarazoso silencio. De pronto se le ocurrió al
Doctor una pregunta, que produjo en su interlocutor sacudida muy honda.
—Y.... con su mujer...., ¿se llevaba V. bien?
Rojo tembló súbita y visiblemente, y respondió, siempre temblando, en
voz apenas perceptible:
—Muy bien.... No teníamos una palabra más alta que otra.
—«He dado en lo vivo»....—pensó Moragas.—«Aquí está la brecha; aquí
encontramos los tejidos no gangrenados por la putrefacción del
_legalismo_. Bien. Por ahí el bisturí; por ahí el termo-cauterio».... Y
en voz alta:
—Su mujer de V...., ¿vive?
—Sí, señor,—contestó lacónicamente la casi extinguida voz.
—Y....—Moragas no se atrevió á decir más, porque le imponía el temblor
de Rojo, á la vez que su instinto médico seguía diciéndole: «Esa es la
carne viva. Registra sin miedo.» Completó la fórmula interrogadora con
una mirada circular, que expresaba algo parecido á lo que sigue: «Y si
vive su mujer de V., ¿cómo es que no se encuentra á la cabecera del
niño, ó aseando esta leonera un poco?»
Rojo callaba. Un suspiro entrecortado salió de su pecho. Luego dió dos
ó tres palmaditas en la rodilla del pantalón, y murmuró:
—Mi perdición fué venirme de Orense á Marineda. Si yo no vengo aquí....
Aquí me engañaron. Porque yo fuí engañado, señor de Moragas. El atender
á consejos.... ¡Y lo harían con buena intención probablemente! Como
me veían lleno de necesidad.... Me persuadieron, me dijeron: «No seas
bobo. Esto es una ganga, una chiripa.» Yo les respondía (tan cierto
como que ahora está V. ahí, sentado en ese banco): «¡Pero si _no voy á
saber_!.... ¡Pero si _voy á hacer la plancha_!».... Y me contestaban,
asimismo como le digo á V.: «Aquí no habrá que _trabajar_ nunca. Los
veinte años se pasan, sin que se ejecute ni á un gato.... Y te embolsas
treinta y siete duritos cada mes, por estarte cruzado de brazos,
paseando las calles.... ¡Treinta y siete duritos!» Ya ve V. que la cosa
es para tentar á cualquiera....
—¿Y.... quiénes le decían á V. eso?
—Los amigos....
Moragas sonrió.
—Y su mujer de V., ¿qué opinaba?
Rojo, al nombre de su mujer, contrajo de nuevo la fisonomía. Al fin
pronunció, acelerando las palabras y como el que se disculpa:
—_Aquella_ decía que de ningún modo; que ella no se había casado _para
eso_.... Pero al mismo tiempo, la verdad: el dinero le tenía que saber
bien; porque ya V. ve, criando y aficionada á las comodidades y muy
amiga de la casita llena y de la rica ropa blanca....
Estas palabras salieron quebradas como sollozos. Diríase que Rojo se
dirigía á su propia mujer y discutía con ella.—Moragas empezaba á
comprender toda la historia de aquel hombre. Estaba viendo á la mujer,
delicada, hacendosa, refinada cuanto es posible dentro de su clase,
y no refinada en lo material tan sólo, puesto que retrocedía ante la
infamia, aunque esa infamia reportase holgura, ropas limpias y descanso.
—De todos modos,—prosiguió Rojo como deseoso de cambiar el giro
de sus explicaciones,—fué mi perdición, señor, que la tenía Dios
determinada allí. ¿Á que no quiere V. creer que había lo menos seis
ó siete aspirantes á la plaza, que ya presentaran sus solicitudes, y
con las grandes aldabas, con grandes empeños de todas clases, mientras
yo no metí ni una triste cuña? Á la verdad, no sabía yo mismo lo
que deseaba.... Por el aquel de que me estaban pinchando y hurgando
para que pidiese.... escribí mi solicitud, diciendo que había sido
sargento y añadiendo mis certificaciones, y la presenté así, sin más
ni más.... ¡Mire V. lo que es el destino de las personas! Á los ocho
días, decretada á mi favor, y los de las recomendaciones, á la luna de
Valencia.
—Y....,—preguntó Moragas, como quien echa la sonda en un paraje
de gran profundidad,—y.... V.... en la guerra.... ó.... en otras
circunstancias.... ¿había tenido ya.... ocasión de.... de herir.... ó
matar á alguno?
—¿De herir? ¿De matar?—contestó Rojo con indefinible expresión de
extrañeza y protesta.—¿De matar? ¿De herir? En los cincuenta y cinco
años que llevo de vida, _no me acuerdo de haber hecho daño á nadie con
mis manos_. No entré en acción formal nunca. Si los jefes me mandasen
disparar contra el enemigo, dispararía, ¡qué remedio! Pero el caso no
llegó. Á mi cargo corrió un año entero la instrucción de quintos, y
ninguno puede quejarse de que yo le haya cascado un revés siquiera.
—Pues entonces.... ¿cómo pensaba V. arreglárselas con.... el oficio que
iba á tomar?
—¿No le digo,—replicó Rojo dolorosamente,—que fué una cosa que _vino
así_? Yo calculaba: vamos viviendo y cobrando, que ocasión habrá de
pensar lo que conviene, cuando lleguen las apuradas. Podía suceder que
no llegasen nunca; podía uno morirse sin que llegasen.... y no servía
de nada el consumirse antes de tiempo.... Por lo pronto, cobraba mi
sueldecito; vivíamos; entretanto, quizás saltase otra colocación; y....
calma y aguardar. Sólo que vino la gorda, como pasa siempre en este
mundo, cuando menos se esperaba.... y me encontré atado de pies y
manos.... con _la obligación delante_....
—Inconcebible parece—exclamó Moragas—que pudiese V. resolverse á....
—Y ¿qué quería V. que hiciese? No me había de resistir á la ley. ¿No
conoce V., Don Pelayo, que eso era imposible? ¡Ay qué bien se habla! El
que manda manda, y los que estamos debajo obedecemos.
—¡Pudo V. decir que no.... y veríamos quien....!
—Me obligarían....
—¿Cómo?
—Me llamarían al despacho del jefe de la ronda secreta.... y....
allí....
Rojo hizo el ademán de juntar los dos pulgares por su cara externa, y
el gesto del que sufre un dolor cruel. Moragas mostró expresivo asombro.
—¡Tormento!—exclamó espantado, recordando las afirmaciones de Lucio
Febrero y comprendiendo la verdad que encerraban.
Rojo sólo contestó con una inclinación de cabeza, clavando la quijada
en el pecho. Moragas apretó los puños y soltó un terno á media voz.
Dominóse al cabo de algunos segundos el filántropo, y dejando caer
sobre Rojo una mirada mitad compasiva, mitad irónica, preguntó:
—¿De modo que.... por fin.... tuvo V. que.... _trabajar_? ¿Y cómo se
las compuso? Porque V. _no sabía_....
—_No sabía_.... ¡ya se ve que no! Y temía.... vamos.... un fracaso,
no fuera á alborotarse el público, y á silbarnos ó apedrearnos....
Pero salí del apuro, porque el hijo del _oficial público_ que había en
Marineda antes que yo, vino á verme y me dijo: «No se aflija, Rojo,
que yo le ayudaré. Saldrá bien del compromiso. ¡Palabra de honor! Yo
no he trabajado nunca; pero no necesito: ya sé como se hace, y hasta
parece que me lleva afición á hacerlo. Si tuviese como V. los méritos
del servicio militar, para mí y no para V., sería la plaza. Ahora ya
la tiene V. y por muchos años la disfrute. Pero no pase cuidado, que
hemos de quedar _con honra_. Yo subiré con V. al tablado haciendo de
ayudante, por si hubiese la menor dificultad; yo le prepararé los
chismes, que han de estar como la propia seda, y yo le explicaré allí
la habilidad.... Este es el oficio del aguador, que se aprende al
primer viaje.» Y así fué. Tan bien lo hizo, que le regalé tres duros.
Fuera de dar vuelta á la cigüeña...., puede decirse que á aquel lo
despachó el muchacho.
Moragas se contenía. Á seguir su impulso repentino haría alguna
barbaridad muy gorda. Pero bajo el movimiento de indignación había un
sentimiento persistente de conmiseración indefinible. El alma abyecta y
entumecida de Rojo era su presa. El apóstol laico no quería renunciar á
la romántica obra de misericordia.
—Y.... ¿cuántas veces volvió V. á.... trabajar?—preguntó conteniéndose.
—Cinco.