XI

El rostro de Moragas, que por su excesiva movilidad y flexibilidad

parecía á veces de goma elástica, se dilató de sorpresa, y á renglón

seguido, por extraña inmixtión del elemento humorístico en aquella

conversación tan fúnebre y acerba, disparó el Doctor la mayor y más

franca carcajada que habían oído jamás las paredes de la barraca de

Rojo.

—¿Conque para cura? Bien.... ¡De primera! Si V. no me lo dice, capaz

hubiese sido yo de adivinarlo. ¡Para cura! Pues ahora, si no tiene V.

inconveniente.... sírvase decirme cómo ha pegado el gran brinco, desde

el hisopo hasta....

Un ademán expresivo completó la frase. Rojo, dócilmente, con ese

tonillo enfático que la clase social más inferior adopta para narrar

los sucesos de su propia vida, respondió:

—Estudié hasta dos años de latín en el Seminario de Badajoz. Y me

entraba bien el estudio....

—¿Es V. extremeño?

—No señor. Nací en Galicia. Mi padre era de aquí, y mi madre

portuguesa. Pero la carrera de mi padre, que era militar y de alta

graduación, nos hizo viajar por toda España. En Badajoz nacieron

algunos de mis hermanos.... porque tuve once; y esos quedamos

huérfanos, y cada uno tiró por su lado, á vivir como pudo.

—¿De modo que sentía V. vocación al estado eclesiástico?

—Sí, señor.... ó por lo menos creía sentirla entonces. Á esa edad

casi no sabe uno lo que le conviene.... ¡psch! ¡Si lo supiera cuando

es más viejo! En el Seminario estaban contentos de mí. Pero el señor

Obispo,—que medio me tenía ofrecida una capellanía,—luego se negó á

dármela.... y yo no vi esperanzas de salir adelante con la profesión.

—¿Qué hizo V.?

—Me dediqué á seguir la carrera de maestro normal.... Tan pronto como

la hube terminado, un amigo mío me tomó de pasante para un colegio

que dirigía. El colegio iba sosteniéndose.... así.... aleteando, á

trompicones. Lo malo es, que de allí á poco quebró.... Y cáteme V. otra

vez en la calle.

—¡Mal sino!

—Entonces caí soldado.

—¿Y qué tal? ¿Cogió V. el chopo?

—¡Qué remedio! Como no pintase en la pared los cuartos para

redimirme.... Y puedo decir á boca llena que quedaron mis jefes

satisfechos de mi porte. No recibí una reprensión, porque obedecí

como una máquina. Los jefes son los jefes, y ellos á mandar y

nosotros á callar. Pues yo...., ¡vamos!...., como sabía algo más

que mis compañeros...., y obedecía igual que un recluta...., fuí

ascendiendo...., primero á cabo...., á sargento después.... Y así que

cumplí mi tiempo, conseguí ir á Lugo, á _regentear_ una escuela.

—Veo que tenía V. vocación de maestro,—observó Moragas.

—No me disgustaba la profesión....,—aseveró Rojo;—sólo que andaba

traspasado de necesidad.... ¡He pasado mucha miseria entonces.... y

después! Lo peor fué que me enamoré de una gallega....

La frase, bien sencilla y con ribetes cómicos, fué pronunciada en

tono tan singular, que Moragas no sonrió. Parecióle como si en la

auscultación moral que practicaba, de repente se hubiese presentado un

sonido especial, delator del verdadero asiento de la dolencia. «Aquí

está el mal», le decía su instinto médico, aplicado entonces á la

patología del espíritu. «Aquí tienes la clave. Hasta ahora no supiste

lo que traías entre manos: la enfermedad se te aparecía embozada,

sorda, latente, rebelde á toda investigación. Ya cogiste el hilo....

¡Tira del cabo, que ya sacarás el ovillo de esta alma!....»

—¿Dice V. que se enamoró de una gallega? (preguntó en alta voz).

Pero.... eso.... ¿qué? ¡Se habría V. enamorado de tantísimas mujeres!

Al cabo era V. joven....

—No, señor. Yo no me enamoré de muchas mujeres.... Siempre fuí de buena

conducta, que nadie pudo poner tacha en mis costumbres. Como si toda

la vida tuviese cincuenta años.... Ya ve: salí del Seminario, y.... lo

mismo que si no saliera. Nunca me tentaron las rapazadas ni los vicios

que veía en otros.

—Pero, en fin (interrumpió Moragas), esa vez se enamoró V. de veras.

—Tan de veras, que me casé, señor.

—¡Ah!—exclamó expresivamente Moragas.

—Y como V. conoce...., la situación del hombre casado se diferencia

muchísimo de la del soltero. Yo hasta entonces no había tenido ansia

por el mañana: íbamos saliendo del día, y lo que es para mí solo,

pelado.... con una taza de caldo había de bastarme y sobrarme. Pero

llegaron la mujer y los hijos.... y vi el mundo de otra manera. Con mi

escuela no tenía ni para arrimar el puchero á la lumbre. No se pagaba;

á cada paso choques con el Ayuntamiento, por si cobro ó si no cobro, y

si se me adeudan ó no se me adeudan mensualidades.... Aquello no era

vivir, señor de Moragas, y crea V. que mil veces le faltaba á uno el

ánimo para todo.... para todo absolutamente. Me acordé entonces de que

yo conocía bastante á Don Nicolás María Rivero, que tenía la sartén por

el mango.... Me fuí á Madrid, y le vi á él, y también á otro pez muy

gordo, de esta tierra, que me acuerdo que me dijo.... asimismo como yo

se lo digo á V.: «Vuélvase á Lugo.... Antes de que esté V. allá, se

habrá largado el huésped.» ¡Y el huésped era el rey Amadeo! Fué verdad.

No llegara yo á los Nogales...., y proclamada la República. Aquel señor

no se olvidó de mí: me envió á Orense, con un destino....

—¿Destino? ¿Qué destino?

—En la policía—respondió Rojo en voz más baja y sorda que de ordinario.

—¿De orden público? ¿Mangas verdes?

—No señor.... Aquella fué otra policía, que existía entonces, y ahora

se me figura que tal vez no la habrá.... Como la Guardia civil se

reconcentraba en los pueblos por las trifulcas, el campo quedaba

entregado á las partidas facciosas.... En Orense y Lugo, sobre todo,

las aldeas estaban tan mal, que de un día á otro se recelaba un

levantamiento. Á mí me colocaron á las órdenes del gobernador de

Orense, que por cierto era muy exaltado en ideas. Yo salía á registrar

las casas de los curas carlistas, y antes de que saliese, aquel señor,

encerrándose conmigo en el despacho, me decía: «Vaya V. Rojo, registre,

allane, prenda, entre á saco, haga barbaridades.... Firme en esos

carcundas de puñales, que esos son los demonios, esas son las fieras

que nos traen á mal traer....» Pero yo....

—¿V. se opuso?—preguntó Moragas, buscando un rayo de esperanza y de

luz.—¿V. se negó?

—¡Ya se ve que me negué, mientras no tuve un papel, una orden por

escrito, bien clara y terminante! Lo que se ordena de palabra, en el

aire se rubrica. Allá va el mandato.... y el hombre que lo cumple,

cuando está más satisfecho, se encuentra ahogado y comprometido. La ley

tiene que estar escrita, y en no estando escrita, ya no es ley. Así

es que yo.... ¡vamos, sin alabarme!, no me apoqué, ni por voces que me

daba el Gobernador. Me cuadré, me puse tieso. «Vengan unas letritas

de su puño, señor Gobernador, y entonces hablaremos y se hará lo que

V. S. disponga. Yo no me meto á allanar una morada sin que me suelten

un papel. Papel en mano, que se me ponga delante el mundo.» Y el

Gobernador no tuvo más remedio que aflojar el papelito.... Con él hice

yo cosas.... tremendas.

—¿Lo declara V. mismo?—interrumpió con severidad Moragas.

—¡No señor...! Cuando digo tremendas.... es un modo de hablar, porque

yo no hice más ni menos de lo que me mandaron: en nada me extralimité.

Como V. comprenderá, mi obligación era cumplir las instrucciones,

obedecer á rajatabla, y no meterme en más honduras.

—Eso es lo que repruebo (articuló Moragas frunciendo el entrecejo

severamente, gesto que trazaba, sobre su frente de goma, pensativas

arrugas). ¿Cree V. que si me escriben ahora en un papelito «cometerás

tal atrocidad» y voy y la cometo, estoy libre de culpa?

Rojo titubeó, no encontrando argumentos contra Moragas.

—Pues señor,—articuló lentamente,—yo creo, con perdón de V., que en

respetando la autoridad y obedeciendo á las leyes establecidas, nadie

delinque, nadie falta. Y la prueba es que no se me exigió miaja de

responsabilidad por semejantes hechos. Yo era mandado, y con obedecer

me salvaba. No faltó quien me dijese en aquel entonces: «Verás, verás.

Ahora este revoltijo se lo lleva la trampa, y los vidrios rotos los

pagas tú.» Y yo, con mi papel en el bolsillo y la firma del Gobernador

más clara que las estrellas, de todos me reía. Bien quisieron echarme á

presidio...., ¡pero narices!

—¿Y qué hizo V.,—preguntó Moragas, cada vez más interesado,—al llevarse

la trampa aquello y acabársele á V. el oficio de allanar casas de

curas? ¿Se dedicó V. al.... de ahora?

—Entonces—contestó el hombre sombríamente, recapacitando para recordar

el nuevo peldaño de la escala social que rodara,—entonces.... me metí á

comisionado de apremios.

—¡Magnífico!—dijo Moragas, riendo sarcásticamente.—¡Muy bien pensado y

muy en carácter! La Revolución perseguía con el hierro y el fuego las

ideas; la Restauración fué más práctica, y organizó la persecución de

los bolsillos.... Reclutó una jauría de sabuesos...., ¡y á cazar!

—Pero, señor,—objetó Rojo,—las contribuciones hay que cobrarlas, y lo

que es por su fino gusto no las pagaría nadie.

—Cuando son excesivas y brutales,—respondió colérico Moragas,—cuando

pesan tanto que revientan al contribuyente.... V. suponga un Estado

bien regido, donde haya abundancia y economía, y crea V. que ese Estado

no necesita comisionados de apremios. En fin, el caso es que V....

—Señor.... Yo tenía entonces la niña, que este rapaz nació después....

Y era preciso mantenerlos....

—Esa ya es una razón de mejor ley,—contestó Don Pelayo.

—Pero yo no sería comisionado de apremios si fuese una mala

acción,—declaró Juan Rojo con curioso alarde de dignidad, que casi

desconcertó á Moragas.—Yo, ni en esa ni en las demás acciones de vida

he faltado, porque sé muy bien qué es delito y qué no es delito, y

podría ahora mismo someter á un juez todos mis actos, seguro de que

no tendría por qué avergonzarme. Yo soy honrado á carta cabal; yo, si

encuentro en la calle millones, los devuelvo á su dueño; yo respeto

como el que más lo que debe respetarse; pero era cuestión de dar de

comer á mi familia.... y serví al Estado, lo mismo que lo servía, pongo

por caso, el Delegado de Hacienda....

El argumento debió de impresionar á Don Pelayo, que ó no supo ó no

quiso replicar por entonces palabra. Callaba también Rojo, y reinaba en

el pobre camaranchón embarazoso silencio. De pronto se le ocurrió al

Doctor una pregunta, que produjo en su interlocutor sacudida muy honda.

—Y.... con su mujer...., ¿se llevaba V. bien?

Rojo tembló súbita y visiblemente, y respondió, siempre temblando, en

voz apenas perceptible:

—Muy bien.... No teníamos una palabra más alta que otra.

—«He dado en lo vivo»....—pensó Moragas.—«Aquí está la brecha; aquí

encontramos los tejidos no gangrenados por la putrefacción del

_legalismo_. Bien. Por ahí el bisturí; por ahí el termo-cauterio».... Y

en voz alta:

—Su mujer de V...., ¿vive?

—Sí, señor,—contestó lacónicamente la casi extinguida voz.

—Y....—Moragas no se atrevió á decir más, porque le imponía el temblor

de Rojo, á la vez que su instinto médico seguía diciéndole: «Esa es la

carne viva. Registra sin miedo.» Completó la fórmula interrogadora con

una mirada circular, que expresaba algo parecido á lo que sigue: «Y si

vive su mujer de V., ¿cómo es que no se encuentra á la cabecera del

niño, ó aseando esta leonera un poco?»

Rojo callaba. Un suspiro entrecortado salió de su pecho. Luego dió dos

ó tres palmaditas en la rodilla del pantalón, y murmuró:

—Mi perdición fué venirme de Orense á Marineda. Si yo no vengo aquí....

Aquí me engañaron. Porque yo fuí engañado, señor de Moragas. El atender

á consejos.... ¡Y lo harían con buena intención probablemente! Como

me veían lleno de necesidad.... Me persuadieron, me dijeron: «No seas

bobo. Esto es una ganga, una chiripa.» Yo les respondía (tan cierto

como que ahora está V. ahí, sentado en ese banco): «¡Pero si _no voy á

saber_!.... ¡Pero si _voy á hacer la plancha_!».... Y me contestaban,

asimismo como le digo á V.: «Aquí no habrá que _trabajar_ nunca. Los

veinte años se pasan, sin que se ejecute ni á un gato.... Y te embolsas

treinta y siete duritos cada mes, por estarte cruzado de brazos,

paseando las calles.... ¡Treinta y siete duritos!» Ya ve V. que la cosa

es para tentar á cualquiera....

—¿Y.... quiénes le decían á V. eso?

—Los amigos....

Moragas sonrió.

—Y su mujer de V., ¿qué opinaba?

Rojo, al nombre de su mujer, contrajo de nuevo la fisonomía. Al fin

pronunció, acelerando las palabras y como el que se disculpa:

—_Aquella_ decía que de ningún modo; que ella no se había casado _para

eso_.... Pero al mismo tiempo, la verdad: el dinero le tenía que saber

bien; porque ya V. ve, criando y aficionada á las comodidades y muy

amiga de la casita llena y de la rica ropa blanca....

Estas palabras salieron quebradas como sollozos. Diríase que Rojo se

dirigía á su propia mujer y discutía con ella.—Moragas empezaba á

comprender toda la historia de aquel hombre. Estaba viendo á la mujer,

delicada, hacendosa, refinada cuanto es posible dentro de su clase,

y no refinada en lo material tan sólo, puesto que retrocedía ante la

infamia, aunque esa infamia reportase holgura, ropas limpias y descanso.

—De todos modos,—prosiguió Rojo como deseoso de cambiar el giro

de sus explicaciones,—fué mi perdición, señor, que la tenía Dios

determinada allí. ¿Á que no quiere V. creer que había lo menos seis

ó siete aspirantes á la plaza, que ya presentaran sus solicitudes, y

con las grandes aldabas, con grandes empeños de todas clases, mientras

yo no metí ni una triste cuña? Á la verdad, no sabía yo mismo lo

que deseaba.... Por el aquel de que me estaban pinchando y hurgando

para que pidiese.... escribí mi solicitud, diciendo que había sido

sargento y añadiendo mis certificaciones, y la presenté así, sin más

ni más.... ¡Mire V. lo que es el destino de las personas! Á los ocho

días, decretada á mi favor, y los de las recomendaciones, á la luna de

Valencia.

—Y....,—preguntó Moragas, como quien echa la sonda en un paraje

de gran profundidad,—y.... V.... en la guerra.... ó.... en otras

circunstancias.... ¿había tenido ya.... ocasión de.... de herir.... ó

matar á alguno?

—¿De herir? ¿De matar?—contestó Rojo con indefinible expresión de

extrañeza y protesta.—¿De matar? ¿De herir? En los cincuenta y cinco

años que llevo de vida, _no me acuerdo de haber hecho daño á nadie con

mis manos_. No entré en acción formal nunca. Si los jefes me mandasen

disparar contra el enemigo, dispararía, ¡qué remedio! Pero el caso no

llegó. Á mi cargo corrió un año entero la instrucción de quintos, y

ninguno puede quejarse de que yo le haya cascado un revés siquiera.

—Pues entonces.... ¿cómo pensaba V. arreglárselas con.... el oficio que

iba á tomar?

—¿No le digo,—replicó Rojo dolorosamente,—que fué una cosa que _vino

así_? Yo calculaba: vamos viviendo y cobrando, que ocasión habrá de

pensar lo que conviene, cuando lleguen las apuradas. Podía suceder que

no llegasen nunca; podía uno morirse sin que llegasen.... y no servía

de nada el consumirse antes de tiempo.... Por lo pronto, cobraba mi

sueldecito; vivíamos; entretanto, quizás saltase otra colocación; y....

calma y aguardar. Sólo que vino la gorda, como pasa siempre en este

mundo, cuando menos se esperaba.... y me encontré atado de pies y

manos.... con _la obligación delante_....

—Inconcebible parece—exclamó Moragas—que pudiese V. resolverse á....

—Y ¿qué quería V. que hiciese? No me había de resistir á la ley. ¿No

conoce V., Don Pelayo, que eso era imposible? ¡Ay qué bien se habla! El

que manda manda, y los que estamos debajo obedecemos.

—¡Pudo V. decir que no.... y veríamos quien....!

—Me obligarían....

—¿Cómo?

—Me llamarían al despacho del jefe de la ronda secreta.... y....

allí....

Rojo hizo el ademán de juntar los dos pulgares por su cara externa, y

el gesto del que sufre un dolor cruel. Moragas mostró expresivo asombro.

—¡Tormento!—exclamó espantado, recordando las afirmaciones de Lucio

Febrero y comprendiendo la verdad que encerraban.

Rojo sólo contestó con una inclinación de cabeza, clavando la quijada

en el pecho. Moragas apretó los puños y soltó un terno á media voz.

Dominóse al cabo de algunos segundos el filántropo, y dejando caer

sobre Rojo una mirada mitad compasiva, mitad irónica, preguntó:

—¿De modo que.... por fin.... tuvo V. que.... _trabajar_? ¿Y cómo se

las compuso? Porque V. _no sabía_....

—_No sabía_.... ¡ya se ve que no! Y temía.... vamos.... un fracaso,

no fuera á alborotarse el público, y á silbarnos ó apedrearnos....

Pero salí del apuro, porque el hijo del _oficial público_ que había en

Marineda antes que yo, vino á verme y me dijo: «No se aflija, Rojo,

que yo le ayudaré. Saldrá bien del compromiso. ¡Palabra de honor! Yo

no he trabajado nunca; pero no necesito: ya sé como se hace, y hasta

parece que me lleva afición á hacerlo. Si tuviese como V. los méritos

del servicio militar, para mí y no para V., sería la plaza. Ahora ya

la tiene V. y por muchos años la disfrute. Pero no pase cuidado, que

hemos de quedar _con honra_. Yo subiré con V. al tablado haciendo de

ayudante, por si hubiese la menor dificultad; yo le prepararé los

chismes, que han de estar como la propia seda, y yo le explicaré allí

la habilidad.... Este es el oficio del aguador, que se aprende al

primer viaje.» Y así fué. Tan bien lo hizo, que le regalé tres duros.

Fuera de dar vuelta á la cigüeña...., puede decirse que á aquel lo

despachó el muchacho.

Moragas se contenía. Á seguir su impulso repentino haría alguna

barbaridad muy gorda. Pero bajo el movimiento de indignación había un

sentimiento persistente de conmiseración indefinible. El alma abyecta y

entumecida de Rojo era su presa. El apóstol laico no quería renunciar á

la romántica obra de misericordia.

—Y.... ¿cuántas veces volvió V. á.... trabajar?—preguntó conteniéndose.

—Cinco.

La piedra angular: novela · 第 27 / 35 题