IX

Pues hay detalles que espeluznan—contestó Nozales.—De una ferocidad

digna de salvajes, inconcebible, repulsiva.

—¿Está V. ya informando?—preguntó con socarronería Primo Cova.

—Como si estuviese,—replicó no sin impaciencia el Fiscal.—Ni prejuzgo

nada, ni los señores (señaló á Palmares), ni yo, ni persona alguna,

han de formar su opinión por lo que hoy se platique, sino por la luz

que arroje el sumario; pero admitamos provisionalmente que sea verdad

lo que dice la mayoría de la prensa.... y reconozcan que el crimen es

de los de patente.... Al anochecer se recoge á su hogar un trabajador

honrado, un infeliz carretero, y cena pacíficamente en compañía de su

esposa y de una inocente criatura.... Se acuesta en el lecho conyugal,

á reposar las fatigas del día.... Apenas la inicua de su mujer le

ve dormido, y dormida también á la criatura en la misma cama, ¡qué

horror! sale y se va en busca del querindango, que es por cierto el

mismo cuñado de la futura víctima.... Y vienen; y ella le entrega al

amante el cuchillo, y pone debajo de la cabeza del marido un barreño,

y descuelga el candil, y alumbra, y lo sangran como á un cerdo, allí

mismo, allí donde dormía su hija, la niña inocente, que ni siquiera

abre los ojos.... Y luego desocupan en el río la sangre recogida en el

barreño, y visten el cadáver, y el cuñado lo atraviesa en un burro y lo

deja en un pinar, no sin triturarle la cabeza á hachazos, para que se

crea que fué muerto allí, en riña ó sabe Dios como.... ¡Todo para gozar

á sus anchas una pasión impura y brutal!

El grupo escuchaba con interés tan artístico relato. Al terminar la

narración Don Carmelo, exclamó Cartoné, que juraba como los galanes de

las comedias viejas:

—¡Por vida!.... ¡Voto á sanes!

Y Moragas intervino con vivacidad:

—Sr. Nozales, no sirve.... Aquí no estamos dramatizando una acusación,

á lo Meléndez Valdés.... El honrado carretero era un borrachón muy

holgazán y muy bárbaro, que le daba á su mujer cada paliza.... Esa

noche gastaba una _curditis_ que no se podía tener; sólo así se explica

que se dejase matar sin el menor conato de defensa. Y en cuanto á que

fué por gozar de una impura pasión...., dicen que ya la gozaban sin

necesidad de matarlo, y que él estaba perfectamente al cabo de la

calle.... Así pues, algo hay ahí...., algún misterio, algún enigma

psicológico, ó fisiológico, ó las dos cosas, y á Vds., señores míos,

toca esclarecerlo.

—Ya he dicho que no prejuzgo....—advirtió Nozales mordiéndose los

labios.

—No prejuzga V.... pero acusa....

—Nada...., á estos señores, ¿sabe V. lo que hay que decirles, para que

estén contentos?—intervino _Siete patíbulos_.—Pues hay que decirles que

todo delincuente se encuentra en estado de demencia, y que sólo por

eso cometió el crimen. Yo tengo un sobrinito que pega á sus hermanas;

y cuando su madre le riñe, ¿acierten por dónde sale el chiquillo? Dice

que no lo pudo remediar: que le subió por el estómago una cosa, una

cosa...., y que, al llegar á la mano, se le convirtió en bofetada....

Estos de la _impulsión irresistible_ son como el rapaz...., y si á

aquel lo curamos á fuerza de azotes, á estos....

—¿Nos daría V. una azotaina?—interrogó Febrero mirando á Cáñamo con

soberana insolencia festiva.—Ya me lo sospechaba yo, Sr. de Cáñamo. Ya

suponía que, por gusto de V., restableceríamos en todo su esplendor

el trato de cuerda, las pesas, el potro, las cuñas, las seis azumbres

de agua echadas por un embudo, con otros modos finos de preguntar que

gastaban nuestros insignes abuelos. Y también pondríamos en vigor la

mutilación de manos y pies, la perforación de la lengua con hierro

candente, las pencas, las mujeres untadas de miel y emplumadas, los

hombres hechos cuartos y la marca roja en las espaldas.... Toda la

penalidad infamatoria y torturadora, de la cual conservan Vds. con

tanto celo lo poco que resta.... Y ¡ay del que toque á esos restos!....

¿verdad, Sr. de Cáñamo? Eso es el _Sancta Sanctorum_....

La fisonomía verdosa de Cáñamo se contrajo, y sus acentuados pómulos

palidecieron de enojo: su voz era temblona y furiosa al contestar:

—Ya.... ya.... ya sé que ahí va á parar todo...., que ese es el

objetivo de las supuestas reformas, y el fin á que tienden todas esas

infames teorías. ¡Se quiere establecer la irresponsabilidad, para, á

su sombra, echar por tierra lo único que sustenta este edificio minado

por todas partes, atacando á la sociedad en sus mismos cimientos! ¡Se

quiere alcanzar con la piqueta la base, el centro misterioso en que

descansan la paz, el orden, la justicia, la concertada marcha de todo

el organismo social! ¡Se quiere!...., ¡horror causa el decirlo!....,

¡tocar á la piedra angular, abolir la última pena!....

Al nombrar la última pena, armóse en el grupo una especie de motín:

cada cual quería emitir su opinión, objetar, afirmar, negar, discurrir.

Pero sobre la marea de tantas opiniones como iban á ilustrar el asunto,

sobresalió la voz de Primo Cova, que chillaba en agudo falsete:

—No le toquen Vds. ese punto á Cáñamo.... ¡La pena de muerte! Pues

si esa es su parte sensible.... ¿No lo sabían? Ha escrito sobre el

asunto en todos los diarios de la región, de la corte y de América, y

se calcula que el total de los artículos que lleva publicados podrá

pesar así como unos treinta quintales.... Las empresas Funerarias

se han asociado para regalarle una corona de abalorio negro.... Ha

ilustrado la materia con profundísimas investigaciones; se ha metido

en el bolsillo á Becaria, á Filangieri y á Silvela. Sólo nos ha dejado

una duda, una incertidumbre horrorosa.... ¡No ha podido decirnos

categóricamente cómo se conjuga la primera persona del presente de

indicativo del verbo _abolir_! ¡No acaba de resolver si ha de decirse

yo _abuelo_ ó yo _abolo_! Ya desesperado, optó por la solución mixta y

escribió esta copla.... ¡Verán qué copla!

«Mi abuela quiere que _abuela_

Yo la pena capital:

¡Yo no soy bolo, y no _abolo_

La garantía social!»

Grandes carcajadas corearon la impertinente gracia de Primo Cova. La

conversación perdió su carácter de seriedad, borrándose el sombrío

tinte que le comunicara el relato del crimen, y se enzarzó, entre

chanzas y epigramas, alentadas por el visible enojo del amoscado

Arturito, una contienda puramente gramatical, en que todos echaron su

cuarto á espadas sobre si debe decirse _abuelo_ ó _abolo_, causando

indignación y ardientes protestas el parecer de Don Darío Cortés,

quien afirmaba que no se dice de un modo ni de otro, sino _yo abulo_,

y alegaba autoridades y razones serias. Es increíble el fuego con que

sostuvieron tan mezquina disputa. Olvidadas quedaron las cuestiones

que habían principiado á agitarse, el grado de responsabilidad

de los criminales y la conveniencia de la última pena; y aquel

grupo—relativamente consciente, ilustrado, grave—más encrespado de

pronto que el mar en día de tormenta, rompió en frases agrias y

batalladoras, cruzó apuestas, voceó hasta echar abajo el Casino y

tener que advertirles el mozo que no gritasen, «que se oía mucho desde

fuera». Finalmente, varios campeones «se jugaron la cabeza,» por una

desinencia de mala muerte, como aquellos griegos de Bizancio que se

mataban por el modo de persignarse, ¡mientras cada vez más próximo

retumbaba el casco del caballo del invasor!

Tampoco de esto quiso disputar Febrero. Imitando su ejemplo Moragas

(que en otra ocasión no dejaría de alborotar, lo mismo que cada

quisque), al poco rato salieron juntos abogado y médico, y sin ponerse

de acuerdo, sin decirse palabra, apenas doblaron la esquina que conduce

al paseo del Terraplén, enlazaron los brazos como personas dispuestas

á platicar largamente, á lo cual les convidaba la serenidad del

anochecer y la molicie de la atmósfera, ablandada por la primavera y

entonada de vez en cuando por un hálito salitroso venido del mar. Ya

bogaba en el cielo el ligerísimo esquife de la luna nueva, y el lucero

destellaba, como una mirada fija y amorosa de la cual parece que va á

desprenderse llanto.

Ninguno de los dos hombres,—que sin estar unidos por antigua ni por

fuerte amistad, lo estaban en aquel punto por la afinidad de sus

corrientes de pensamiento y de sentimiento,—pronunció palabra hasta

verse fuera de la zona de arbolado tupido, recortado y simétrico que

forma el lucido y amplio paseo del Terraplén. Y es que por allí no

había solamente árboles, sino también seres humanos, paseantes ociosos.

Traspasada la última hilera de plátanos y acacias, encontráronse en

el Malecón, siempre solitario, y que tiene por horizonte las aguas,

entonces apacibles y suavemente rizadas, de la bahía. Moragas fué el

primero en estallar (Febrero era, aunque vehemente, más concentrado,

y tenía ya el hábito de reprimirse que adquieren á la larga los

verdaderos innovadores).

—¿Ha visto V.? ¡Qué caterva! ¡Valiente areópago! Así es que yo no pongo

el pie nunca ahí....

—Yo sí suelo ir;—respondió Febrero.—Les dejo hablar, les oigo....,

y aprendo, aunque parezca mentira. Y eso que ya delante de mí se

recatan ellos bastante. No sé de dónde han sacado que me río de lo

que dicen. Lo que no hago es tomar parte en las disputas. Eso no;

por nada del mundo. Siendo, como soy, un hombre que se cree nacido

para la propaganda, considero que para esta propaganda oral, ni están

maduras aquí las conciencias, ni preparado el terreno. No diré que

fuese enteramente mala la propaganda oral, siempre que recayese en

un auditorio escogido, capaz de recibir la idea con cierta nitidez,

y de devolverla y comunicarla, mas sin alterarla mucho. Arrojarla

ahí, en el _Casino de la Amistad_, ó en cualquier Casino, para que

la ensucien, la desfiguren y la pisoteen...., eso sí que no lo haré

yo.... Sería profanarla...., y profanarla en balde.—No crea V. que no

me ha costado aprender á reprimirme, á sonreir y á callar, cuando oigo

todo género de atrocidades y de absurdos; á no perder jamás la sangre

fría; á esquivar los ataques de los necios malignos, como ese Cáñamo,

que siempre me andan buscando las cosquillas para poder decir que me

refutan, y á imponerme por mi propia calma y retraimiento, que, tarde ó

temprano, hacen efecto en la muchedumbre. Así es que.... me reprimo y

me reprimiré, y á mí no me han de meter en ninguna danza ridícula. Ya

ve V. lo que ha sido la conversación de hoy; una serie de incoherencias

y de extravagancias, y al final una de esas cuestiones gramaticales

tan bizantinas y tan empalagosas...., de la cual sacarán todos lo que

el negro del sermón. No: no hay más propaganda que la del periódico

(sin aceptar tampoco la polémica periodística, á no ser con gente

bien educada y de mucho fuste, y claro que me refiero á periódicos

de Madrid), la del libro, y la acción parcial sobre la conciencia de

algunas personas ilustradas, serias, debidamente preparadas, y que

crean en Dios y en el progreso humano...., como cree V.

—Á pies juntillas—aseveró Moragas, deteniéndose un instante y mirando á

la bahía, espectáculo cuya magia le parecía mayor en aquel instante.—De

lo primero se me figura que no dudo jamás: de lo segundo, sólo me

entran hormigueos y escozores al verme entre mucha gente como la de

hoy.... Cáñamo, sobre todo, es un tipo.... Asusta pensar que ese hombre

aspira á la magistratura.... ¿V. cree que no sería capaz de restablecer

el tormento? ¡Como pudiese!

—¿Y qué tendría de extraño? Los tiempos del tormento están muy

próximos; son de ayer...., ¡qué digo!, de hoy; esos procedimientos se

emplean aún en muchos sitios, y si sacamos bien la cuenta, resulta

que hay todavía más humanidad que admite el tormento, que humanidad

que lo rechaza. El mundo no tiene hoy por hoy sino una cascarilla de

civilización que puede levantarse con un alfiler, apareciendo debajo

la barbarie primitiva. No hay que impacientarse: resignarse, tener

cuajo.... y hacer lo que se pueda, que unas veces me parece poco y

otras muchísimo.... según el humor de que me encuentro y el punto de

vista en que me coloco.

Hablando así, habían cruzado la parte de varga del malecón que costea

el paseo, y se acercaban al punto donde asombran y obscurecen la

superficie de la bahía muchas embarcaciones chicas, vacías, con el

velamen arriado, cruzados los remos sobre la borda, inmóviles. Un

fuerte y penetrante olor de yodo y algas subía del agua, y allá á lo

lejos, los faroles del barrio de la Olmeda trazaban sobre la superficie

deshechos rizos de luz. Sin darse cuenta de ello, nuestros paseantes

tomaron la dirección del muelle de madera ó Espolón, que les tentaba,

por ser en él á aquellas horas la soledad no ya relativa, sino

absoluta. Adelantaron por el tablado cimbrador, siempre misteriosamente

estremecido por la acción de las olas, aun en días de completa bonanza,

como era aquél. Y se internaron, se internaron, cual si al avanzar por

aquel camino que, señalando la dirección del Océano, no conducía sino

á una luz roja, adelantasen por el fatigoso y desierto _Via Crucis_ del

consabido progreso. Á uno y otro lado no tenían sino mar; la tablazón

mal junta les dejaba ver bajo sus pies agua, agua sombría; á lo lejos

distinguían la enorme mole de una fragata alemana, que había entrado en

puerto haría cosa de hora y media, y al extremo del Espolón larguísimo,

el mástil de la draga, que se erguía hacia el cielo, como afirmando lo

que Moragas acababa de reconocer tan explícitamente—Dios y el progreso

humano.

Ya en la punta del Espolón, detuviéronse los dos interlocutores, y

convidados por la apacible temperatura, se sentaron en una gruesa

viga, con el rostro vuelto hacia la extensión del mar, del cual venía

ese aire tónico y esa frescura estimulante que parecen disponer el

alma á la lucha y al peligro. La sábana de agua, limitada hacia la

derecha por gracioso anfiteatro de redondeadas montañas, extendíase sin

término á la izquierda, y á pesar de su completa serenidad, no cesaba

un instante de exhalar ese quejido que recuerda el sordo rumor de una

multitud humana, ó el bramido del viento al engolfarse en las selvas.

Moragas se volvió hacia Febrero, y en voz baja (aunque allí nadie

pudiese oirles) le susurró:

—Para mí el crimen es.... una dolencia, y el criminal, un enfermo. Y

esa dolencia puede combatirse, y muchas veces curarse. Castigarse....

¿por qué? ¿Castiga V. al que tiene un cáncer, al que sufre de una

úlcera?

—Ahí empezamos á diferir—respondió Febrero.—V. es, por lo que veo,

correccionalista. Yo.... ó voy más allá.... ó me quedo más acá....

No sé. Creo que hay un tipo humano que, por su organización, está

dispuesto á ser criminal. No piense V. que supongo que ese hombre nace

como un ser extraño, como una anomalía de la especie. Al contrario: es

la humanidad la que en su origen fué criminal toda: cuanto más atrás

vaya V., ayudado por los escasos datos científicos que ya poseemos, más

verá al hombre de las épocas primitivas ejerciendo como cosa corriente

el homicidio, el robo, la violación, el canibalismo.... Los actos que

más espantan hoy. Aún quedan en el globo ejemplares de lo que pudieron

ser las colectividades primitivas, y son los salvajes de ciertas

razas. ¿Que hacen los señores supervivientes de la edad de piedra?

Comerse los unos á los otros, entregarse libremente al instinto más

bestial.... Y lo que en los salvajes permanece en forma colectiva, en

los países que llamamos civilizados se presenta como caso aislado....

pero se presenta.... y es á lo que damos el nombre de _criminal_,

cuando realmente debía nombrarse un _aparecido_, un espectro de otra

edad, un resucitado.... ó como se dice en lenguaje científico, un caso

de _atavismo_, no porque en toda familia de criminal haya ascendientes

criminales, sino por ser criminal toda la ascendencia del hombre....

Esto que le voy indicando á V., y que Cáñamo llamaría _teorías

infames_, no es sino una aplicación, al estudio de la antropología, de

dos profundos dogmas cristianos: el de la _caída_ ó _pecado original_,

y el de la _redención_.... Por eso á la obra redentora—aunque en mínima

parte—podemos cooperar todos, grandes y chicos....

—Así lo he creído siempre—interrumpió con entusiasta alegría

Moragas.—En mi esfera, lo he practicado mucho.... siquiera para

compensar las ocasiones en que todos tenemos algo de humanidad

primitiva.... que son, por mi parte, las sexuales.... ¡Á sangre fría,

lo reconozco humildemente!....

Febrero sonrió de la sinceridad conque se expresaba el Doctor, muy

notado, en sus tiempos, de afición á faldas.

—Ya ve V.—prosiguió Febrero—que pensando yo así, no hay calumnia más

risible que la de acusarme de defensor y amigo de los criminales....

Al oir y leer ciertas críticas que se hacen de los que queremos

plantear el estudio y conocimiento racional del crimen, parece

que nuestro propósito es santificar el grillete y elevar á los

asesinos á la categoría de mártires. Yo estoy á cien leguas de ese

sentimentalismo.... ¡Pero métaselo V. en la cabeza á Cáñamo y comparsa!

—Algo de eso me pasa á mí—interrumpió Moragas.—Si no considero

precisamente mártires á los criminales, confieso que tengo para ellos

una indulgencia, una piedad especial....

—¡Ah!—exclamó el joven abogado.—Lo sé: no tenía V. que decírmelo. Vds.,

los que creen en el arrepentimiento, en la corrección y en la enmienda,

proceden impulsados por el sentimiento; empapados en ciertas ideas

profundamente cristianas, son Vds. _redentoristas_: para Vds. carece de

valor el fenómeno de la reincidencia, que tanto nos da en qué pensar

á nosotros. Pues mire V.: la sabiduría popular les desmiente á Vds.:

«El lobo dejará los dientes, pero no las mientes. Quien malas mañas

ha, tarde ó nunca las perderá. Genio y figura, hasta la sepultura....»

¡El sentimiento! No importa que V. sea todo un hombre de ciencia, ni

que en los asuntos de su profesión esté habituado á aplicar plenamente

el método experimental y positivo.... En esto del estudio del crimen,

procede V. también por sentimiento, lo mismo que Cáñamo.... ¡No se

asuste! El necio de Cáñamo obedece al sentimiento; pero al sentimiento

malo, inconfesable, indigno, del rencor, el miedo y la venganza. El

criminal, para él, es un enemigo personal; el verdugo, un aliado y un

defensor; el patíbulo, la piedra angular. ¿Quién lo duda? Cáñamo se

inspira en la primitiva ley de la humanidad, que fué la del talión: ojo

por ojo y diente por diente. Y así como todavía viven entre nosotros

ejemplares de humanidad primitiva, todavía ese espíritu de venganza

personal subsiste en los códigos. El origen de la idea de justicia es

egoísta; empieza por el sentimiento de la propia defensa; en cuanto

al concepto puro, desinteresado, moral, de justicia.... ese todavía

está en estado de lo que los alemanes llaman _werden_. ¡La Humanidad

es una persona colectiva que, con los siglos, va mejorándose y

arreglándose.... y tal vez acabe por llegar á ser la gran persona!....

¡Vea usted por donde yo también resulto _correccionalista_.... pero no

del _individuo_, sino de la _especie_!

—¿De modo que V.... no condena en absoluto la pena capital, que á mí me

parece una ignominia de la sociedad?—preguntó alarmado el Doctor.

—No la condeno en absoluto; no por cierto—confirmó el abogado con

cierta solemnidad.—Lo que proscribo sin rebozo y á boca llena, es la

pena de muerte como _represalias_ y el concepto de _vindicta pública_.

Eso me parece tan odioso y tan repugnante, que.... le voy á confesar

á V. mi debilidad: á pesar del interés que debieran inspirarme esa

clase de estudios, y la obligación que en cierto modo me he impuesto de

practicarlos, los días anteriores á una ejecución, cuando principian

á anunciarla los periódicos, me entra un desasosiego, una especie de

cuartana de león, y tan perturbado me pongo, que tengo que marcharme

al campo. Es una ridiculez, y yo desearía curarme de ella, porque

realmente.... me conviene, nos conviene á los innovadores, en este

terreno, y en todos, mucha sangre fría; la impasibilidad conque

Vds. los médicos amputan un miembro ó registran un tejido.... Sí,

créalo V.; el enemigo que principalmente necesitamos combatir es el

sentimiento, los entes metafísicos que obstruyen el camino de la

razón.... Necesitamos ser un témpano.... ¡un témpano que piensa!

—Yo creo, amigo Lucio—objetó Moragas—que en eso no la acierta V. Para

todo hace falta ímpetu, calor y entusiasmo. La razón alumbra, pero sólo

mueve la voluntad. La generación joven actual es fría, es demasiado

morigerada, ve demasiado los inconvenientes de la propaganda, el

ridículo, la calumnia, las contradicciones de todo género que sufren

los que prueban á batir en algún terreno las cataratas del pensar.

Los casi viejos—porque yo estoy mucho más cerca de los cincuenta que

de los cuarenta—somos los únicos que conservamos el fuego sagrado.

Aquí me tiene V. á mí, que lo que necesito es esforzarme en contener

cierto quijotismo, eso que V. llama redentorismo, que me brota á cada

instante, y que si no lo tuviese á raya, ¡qué sé yo! ¡Pues eso, eso,

y no el hielo perenne de la reflexión, es lo que se necesita para

cooperar á la obra.... para poner el granito de arena....! Carecen Vds.

de pasión....

—Puede ser.... No crea V. que no se me ha ocurrido....—asintió

Febrero.—Nuestra aspiración es puramente científica. Queremos suprimir

esas concepciones morales que nos estorban. Queremos sustituir al

estudio abstracto de la entidad _crimen_, el estudio concreto del

sujeto _criminal_. Decimos como Vds. que no conocemos _enfermedades_,

sino _enfermos_.... Fuera el ontologismo.... Al que el vulgo

llama _hombre culpable_, nosotros le llamamos únicamente _hombre

peligroso_.... Borramos la idea de _castigo_, y la reemplazamos con la

de _método curativo_.... Cuando eliminemos, nuestra acción será análoga

á la de Vds. cuando aplican una sangría suelta al hidrófobo.... Y si

vemos medio de evitar esa sangría, crea V. que la evitaremos.

—¡Eso espero!—respondió Moragas calurosamente.—¡Busquen Vds., indaguen

el modo—que debe de haberlo—para borrar de la frente de nuestra época

ese horror grotesco que se llama el cadalso, y para suprimir ese

enigma social que se llama el verdugo!

Al decir esto, Moragas creía oir, en el chapoteo del agua contra los

pies derechos y pilotes que sostenían el Espolón, la voz ronca de Juan

Rojo y los ahogados gemidos de Telmo.

—Bien sabe V. que el cadalso no está en olor de santidad para

nosotros,—respondió el joven letrado.—Tenemos mil razones para

_despreciar_, literalmente despreciar, ese aparato de la justicia,

tal cual hoy se ejerce. Observe V. el movimiento de las conciencias:

estúdielo V. y note que uno de los pocos sentimientos medio-evales

que persisten y hasta aumentan, es el _odio al verdugo_. El verdugo

es hoy más paria que en la Edad Media. Existe, indeterminada, pero

enérgica, la convicción de que no es más que _un asesino pagado por la

sociedad_. Y vamos.... raciocinando...., ¿qué más da quitar la vida

diciendo «fallamos que debemos condenar y condenamos....», que dando

vuelta á una palanca? Pues el caso es que para el magistrado, respeto,

y para el verdugo, reprobación. Note V. que en algunas naciones muy

adelantadas, verbi gracia los Estados Unidos, se aspira sólo á quitar

el verdugo, conservando la última pena. Ó se lincha,—lo cual revela

un estado anárquico, pero franco y juvenil, en que todos juzgan y

ejecutan,—ó se mata por la electricidad, en que el verdugo no existe.

De todos modos, á mí no me horripila mucho más un verdugo auténtico,

que esos sustentáculos del garrote, como Cáñamo....

—Según eso, ¿no recelaría V. entrar en relación con el oficial

público—preguntó Moragas esperanzado—estudiarle, conocerle?....

—No lo recelaré en otro círculo más amplio. Aquí no, porque....

mi reino no es de Marineda. Por lo demás, creo que el estudio del

verdugo, que está por hacer, completaría el de los criminales. Todo

verdugo es necesariamente un _caso_, una anomalía regresiva, una

monstruosidad psicológica.—Su situación es muchísimo más extraña que la

del criminal.—Pero aquí.... ¡qué diablos! Vale más no ver á semejante

alimaña.—Á quien veremos, y nos reuniremos para verla, si V. quiere, es

á la parricida de la Erbeda y á su compañero; no ahora, mientras dura

el alboroto y la vocinglería de los primeros instantes, sino después,

cuando haya sido fallada la causa; en fin, en alguno de esos períodos

en que el público olvida al criminal en la cárcel. ¿Dice V. que esa

mujer tiene aspecto dulce?

—Lo tiene;—afirmó Moragas—tanto lo tiene, que se quedará V. asombrado

si la ve. Yo no puedo olvidar su aspecto. Necesito hacer un esfuerzo

sobre mí mismo, para no erigirme en protector suyo. Amigo Febrero:

dichoso V. para quien los objetos sensibles toman forma de ecuación ó

de algoritmo. Aquí me tiene V. con medio siglo encima, con bastantes

desengaños.... y capaz todavía, por haber visto pasar á una mujer

joven, modesta, atada y entre civiles.... de ponerme completamente en

ridículo.

—¡Pues cuidadito!—advirtió Lucio.—¡Mire V. que eso quieren los

Cáñamos!

X

Despedido de Febrero, Moragas subió á su casa cinco minutos, volviendo

á bajar transformado: sin levita, sin guantes, embozado en la capa, un

tanto ladeado el honguillo. Diríase que acudía á alguna clandestina

cita, ó á algún conventículo de conspiradores.—Todo menos aturdir

entonces los barrios con el estrépito de su berlina.—Iba con ese andar

cauteloso y furtivo que se llama _paso de lobo_, y pronto salvó el

_Páramo de Solares_ y se metió, campo de Belona arriba, por la calle

del Peñascal, que había de conducirle á la del Faro.

Ya allí, seguro de que nadie le seguía ni le observaba, tendió la vista

en derredor, y registró el lugar, asaz significativo y melancólico.

Los sitios que un hombre habita y las mansiones que elige, dicen

siempre al observador algo de su espíritu y de su alma. No en balde

eligiera Rojo por residencia aquel rancho, precisamente la última

casa del pueblo, más allá de la cual.... sólo se alzaban las tapias

blancas y frías del Camposanto. Aquel hombre tenía que ser vecino de

la muerte, y vivir así, en el rancho sombrío con puertas y ventanas

bermejas, parecido á sucio paño sobre el cual se extendiesen grandes

placas de sangre. No en vano tampoco los cinco ranchos que enlazaban

el de Rojo con las demás casas de la población se encontraban siempre

deshabitados; sin duda nadie había querido ocupar aquellas barracas

siniestras, contaminadas por la inmediata vecindad del hombre

ignominia. No en vano tampoco, la campiña de los arrabales, que hasta

allí ostentara notas simpáticas, de índole labriega—un pajar ó _meda_

de paja de maíz, un carro desuncido, algún arbolillo en que las yemas

comenzaban á desabrochar, algún patatal próximo á dar flor—se revestía,

en torno del infame rancho, de tan hosca aridez, rompiendo en breñas

negras y calvas ó desarrollándose en terrenos baldíos y arenosos. Y

por último, no en vano servía de fondo al rancho y al cementerio, el

mar; pero no aquel mar de bahía suave, arrullador, rumoroso, que en

la punta del Espolón había coreado con armonioso acento un diálogo

de pensadores, sino el amplio, libre, y estruendoso Cantábrico, que

con tumbo ya ronco, ya sonoro, ya quejumbroso y lúgubre, ya airado y

furibundo, azota la escollera, muerde retorciéndose el playal, escala

los cantiles que guarnecen el pequeño promontorio del Faro, y los

corona de nevado diluvio de espuma bravía, tan pronto batida como

deshecha.

—El sitio lo expresa todo—pensaba Moragas.—Este hombre, oprobio de la

sociedad, no podía vivir sino aquí, en una especie de cubil de fiera.

Mas en buena ley y justicia, si así vive este hombre, Cáñamo y los que

piensan como él debían agruparse en un barrio especial: el barrio donde

radicasen la Audiencia, la Cárcel, el Penal, el campo de la Horca y la

misma casa de Rojo. Ellos, los que han creado á este indefinible ser,

no cumplían con menos que levantarle el entredicho y hacer respetar

en él lo que entienden por justicia.... Sí, pues váyanles con eso....

Capaces serían, por no acercarse á él, de dejar pudrirse al muchacho,

víctima del estado social de su padre.

Calculando así, y olvidando que la víspera tampoco él quería asistir

al chico (lo cual demuestra que Moragas había andado mucho camino en

veinticuatro horas), determinóse á efectuar lo que llamaba allá en sus

adentros _bajada á los infiernos_, y volviéndose y girando las pupilas,

observó si alguien podía verle entrar en el rancho. Cerciorado de que

no había por allí fisgones, apoyó la mano en el pestillo.... y este

movimiento hizo renacer la aversión y repugnancia de la víspera, algo

que podía llamarse un espanto frío, de esos que no van acompañados de

ningún temor positivo y real. Venció esta impresión; venció también la

que le produjo ver en el zaguán, arrimada á la pared, una escalera,

que le recordaba la que en otros tiempos llevaban en el sombrero los

verdugos, como símbolo de la horca; y lo mismo que en cierta ocasión se

había arrojado á un charco fétido para sacar á un niño que se ahogaba,

arrojóse al interior de la sórdida vivienda.

La Marinera no andaba por allí: sólo el padre velaba á la cabecera de

Telmo. No cruzaron palabra en los primeros instantes el Doctor y Rojo.

Éste se puso en pie, y aquél aplicó la mano á la cabeza entrapajada, y

luego el termómetro á la axila del paciente. Cuando lo sacó, sacudió

y consultó á la luz, vió que había cuarenta grados de devoradora

calentura.

—¿Ha comido?

—Ni chispa, señor. Naranjadas.

—¿Le ha dado V. la antipirina?

—Sí, señor. Todo lo que V. mandó. Por la mañana estuvo despejadito,

aunque se quejaba mucho. Se ha recargado á la tarde.

—Pues mañana ó esta noche, cuando se despeje, caldo de substancia. Tal

vez la fiebre esté sostenida por la debilidad.

—Debe de ser eso, porque delira; es decir, ahora está amodorrado, y de

repente se pone á charlar y dice cosas.... tremendas.

—¿Cosas tremendas?—preguntó Moragas dejando la capa en una silla,

porque se disponía á reconocer debidamente las lesiones del niño.—¿Y

qué cosas tremendas son esas que dice su hijo de V.?

—Siempre está con que es valiente y con que puede con todos.... y que

le tiren más piedras, que por eso no se rinde.... Todo se le vuelve

«me mataréis, me mataréis, pero no diréis que quedé vencido.... Soy el

general Haches y el general Erres.... No tengo ejército, pero basto

yo; yo defiendo el castillo.... Vengan piedras....» Sospecho, Sr.

D. Pelayo, que á esta criatura le han jugado una partida atroz los

chiquillos del Instituto: puede decirse que lo han reventado á pedradas.

—Si es así, efectivamente es tremendo.... aunque natural y explicable.

No contestó Rojo: gruñó sordamente, y volvió á instalarse, de pie, á la

cabecera del herido. Moragas, entretanto, alzaba suavemente el apósito

para reconocer el estado de las lesiones en la cabeza, y, levantando la

sábana, se informaba del dislocado pie. Deseoso, más que de reconocer

y estudiar aquellas lastimaduras físicas, de echar la sonda en otros

dolores, se volvió á Rojo:

—Supongo que V. se fijará bien en lo que hay que hacerle al niño, y

seguirá todas mis instrucciones.... Porque V. debe de querer mucho á

esta criatura.

Rojo se encogió de hombros.

—No tiene uno otra cosa,—respondió opacamente.

Cumplido el deber profesional, minuciosamente examinado el enfermo,

dadas las instrucciones de palabra y por escrito, Moragas podía

retirarse, pero consta de seguro que en vez de hacerlo, tomó una silla

y se colocó en ella como quien no tiene urgencia. La víspera por la

mañana, desmentiría él con tedio y enojo al que le pronosticase que

había de tomar asiento en semejante mansión. Haciéndose el distraído y

acariciándose maquinalmente las patillas, clavó en Rojo sus pupilas

grises, llenas de luz, y preguntó como al descuido:

—¿No tuvo V. más hijos nunca?

—Sí, señor.... otro murió de pequeñito.... de sarampión.... Era una

chiquilla.

—¡Feliz ella!—comentó Moragas en tono expresivo.—Crea V.,—prosiguió

con la misma solemnidad,—que si me llama V. á asistir á esa criatura,

y veo que su vida pende de una dosis de cualquier medicamento ó de una

sajadura de bisturí...., yo, que por salvar á un niño soy capaz de

echarme en un horno ardiendo...., creo que me meto las manos en los

bolsillos, y dejo morir sin escrúpulo á su hija de V.

Rojo ni protestó, ni mostró que le sublevasen tan duras palabras.

Su mirada, esquiva y errante, recorría las junturas del piso, y sus

labios, color de violeta, se agitaban como si quisiesen dar salida á

cláusulas mal formadas y á truncados razonamientos. Al cabo balbuceó:

—Tiene V..... tiene V. muchísima razón. El mayor favor que V. le podía

hacer al.... al angelito, era.... dejarla morir. Ella sí que está

bien. ¡Dichosa de ella!

Al oir Moragas estas expresiones, alegrósele el espíritu, pareciéndole

que tomaba buen sesgo el interrogatorio que proyectaba.

—Según eso,—preguntó,—V. comprende perfectamente cuál es su posición, y

cuál la de sus hijos, originada por la de V.

—¿No lo he de comprender?

—Pero....—insistió el Doctor,—¿lo comprende V. _por completo_? ¿Se da

V. cuenta clara y exacta del destino que le está reservado á ese pobre

rapaz que delira en esa cama? ¿Puede V. formarse idea de su presente

y de su porvenir, de los odios y las humillaciones que le deja V. por

infamante herencia, de lo que es hoy y de lo que será mañana? ¿Se hace

V. cargo de que este niño, si fuese capaz de calcular, como calculamos

los viejos, debiera, en vez de pedir á Dios que le conserve su padre,

pedir que se lo quite?

Ninguna respuesta dió al pronto Rojo á estas resueltas palabras, conque

el Doctor entraba en materia, cortando intrépidamente por lo sano.

Sólo su azoramiento pudo descubrir que el Doctor había puesto el dedo

en lo más enconado de la llaga. Al fin rompió en interrumpidas frases.

—Demasiado se hace uno cargo de todo.... No es uno ninguna persona que

ni vea ni entienda.... Y mejor es que uno ni hable ni se acuerde de

eso, porque cuando no tienen remedio las cosas....

—¡Al contrario!—interrumpió Moragas con energía.—¡Hay que acordarse de

eso....; hay que hablar de eso, y mucho! Puesto que se ha encontrado

V. con Moragas, no ha de poder decirse que el encuentro fué inútil y

vano. V. ha venido á consultar conmigo una enfermedad del cuerpo....,

y aunque tiene V. la enfermedad, y muy séria, lo de menos en V. es ese

padecimiento.... De lo que V. está enfermo es de la conciencia, y ha

contagiado V. á ese inocente, que por culpa de V. se halla fuera de

la ley y camino del presidio. ¿No le hace á V. reflexionar el hecho

que V. mismo me refiere, de que para apedrear á su hijo de V. se

hayan asociado todos los alumnos del Instituto? ¿No ve V. ahí claro el

porvenir de este chiquillo? Para apedreado le destina V., y apedreado

será toda su vida. ¿Por qué no lo estrangula V...., V. que tiene por

oficio estrangular?

Con tal vehemencia pronunció Moragas estas palabras, arrastrado por

el impulso, que Rojo se puso, más que pálido, lívido, sintiendo como

latigazos de alambre en el alma; y no sin alguna aspereza, contestó:

—Á otra cosa me podrá ganar cualquiera, pero no á querer á mi hijo, y

por mí sería rey de España. Si no lo es, no tengo yo la culpa. Una cosa

es hablar y otra pasar por los casos de la vida de un hombre. Con mis

manos no he de matar al hijo; ahora, si Dios se lo lleva...., él saldrá

ganando y yo también.

Estas últimas palabras fueron acompañadas de una especie de gemido

ronco, y Juan Rojo, olvidando ya toda etiqueta social, se derrumbó

en un escaño, escondió entre las manos la cabeza, y dió señales de

aflicción ó más bien de hosco dolor.

Moragas se levantó. Cada vez era más vivo su deseo de saber la historia

de Rojo. Sabida ésta, bien se podía calcular y comprender si Rojo era

ó no _redimible_. Empezaba á sentir Moragas la generosa fiebre, el

ansia de bajar á los infiernos para sacar de ellos un alma...., y algo

también el gustillo de mostrarle á Febrero que en todo fango, en la

ciénaga más inmunda y vil, hay una perla que á fuerza de bondad y de

abnegación se encuentra, si se busca bien.—Acercóse á Rojo y le tocó en

un hombro, estremeciéndose.... Rojo no se movió.

—No sirve apurarse ni descorazonarse. Ya le he dicho á V. que nuestro

encuentro ha de haber sido para bien. Algo he de hacer por ese niño,

que valga más que aplicarle unas vendas y reducirle una dislocación....

Rojo se puso en pie. Su cara inexpresiva, angulosa, obscura, se

iluminó todo lo que podía iluminarse.... con una luz sorda, esbozando

una especie de sonrisa, operación á que no estaban habituados sus

labios; y como si, para salvarse de morir ahogado, quisiese cogerse

á una columna, tendió los brazos hacia el cuerpo de Moragas, quien,

redentorista y todo, se echó atrás prontamente.—Lo que no hizo Rojo fué

hablar. ¿Para qué? Su actitud bastaba.

—Á ver,—ordenó Moragas, comprendiendo que ya tenía á su disposición y

arbitrio á aquel hombre.—Siéntese V. otra vez...., así...., lejos de la

cama, porque no molestemos al enfermo.... ¿Cómo se llama?.... ¿Cómo se

llama su hijo de V.?

—Telmo, señor.

—Pues para no incomodar á Telmo, póngase V. ahí...., cerca de la

ventana...., así.... Yo también traigo mi silla.... Bien.... Ahora me

va V. á contar toda su historia, punto por punto...., y cómo llegó V. á

tomar.... un oficio tan cochino y vil.

—D. Pelayo,—respondió Rojo en voz siempre ronca, y manoteando

torpemente.—V. me ha de dispensar.... Yo.... en personas ignorantes

y llenas de preocupaciones...., pues.... no me admiro de que digan

ciertas cosas. Pero de una persona ilustrada.... no deja de chocarme.

No tome á mal ningún dicho mío...., porque la mala explicación de

las personas.... Quiero decir, vamos, que eso de oficio cochino y

vil...., yo ya sé que lo dicen las mujeres de la plaza; aun ayer me

lo espetó la borrachona de la _Jarreta_; mire V. qué princesa para

despreciar á nadie.... Ahora, V., que tiene otra instrucción y otros

conocimientos...., creí, la verdad, que no diese pábulo á esas....

aprensiones. Cansado estoy...., ¡sí! ¡muy cansado! de oir á cada paso

«infamia, infamia, vileza, vileza....» Infamia, ¿por qué? Vileza,

¿por qué? ¿Qué hago yo para que todos me canten el sonsonete de la

vileza y de la infamia?—prosiguió Rojo, con la lengua ya expedita y

el habla caldeada por la indignación hasta casi adquirir el temple de

la elocuencia.—¿Robo yo el pan de nadie? ¿Soy algún criminal? ¿Soy

un falsario? ¿Falto, ni en tanto así, á la ley? ¡Nadie más que yo la

respeta.... y la cumple! ¡Á ver, señor de Moragas, si V. con su buen

talento me aclara este enigma!

Moragas oía reprimiéndose. Si al ver á Rojo humillado sentía cierta

compasión, cuando Rojo se crecía y se revolvía contra la sociedad, á

seguir su impulso, le hubiese escupido y abofeteado. El silencio de

Moragas infundió ánimos á Rojo, que prosiguió:

—Sí, señor: ¡yo soy tan hombre de bien, ó más, como cualquiera de los

que me vuelven la espalda y me tratan lo mismo que á un perro! Nadie

me podrá probar que yo haya cometido el delito más leve. ¡Delitos!

¡Crímenes! Por mí deja de haberlos: si no es por mí...., á paseo la

justicia. No soy un funcionario cualquiera.... soy el primero, el

más indispensable. Á veces paso por la calle Mayor, y están allí muy

tiesos y muy fonchos los señores de la Audiencia, el Fiscal, el mismo

señor Presidente.... Les saluda uno, y ni contestan: vuelven la cara,

y hacen que no le ven á uno.... ¡Qué risa me da!.... ¡Cómo me río....

por dentro! (Rojo se rió convulsivamente.) ¡Qué ellos sentencien....

y que yo no cumpla.... y verá V. en qué para todo eso de la justicia!

¡Figúrese V. que yo me cuadro.... y que _otro como yo_ se cuadra....

que nos declaramos en huelga los _oficiales públicos_...., y verá V.

á los magistrados con la obligación de cumplir ellos mismos lo que

sentenciaron! ¡Á los magistrados!.... Y qué, ¿no soy yo tan magistrado

como ellos? ¡Soy el magistrado último.... el que falla sin casación

posible!.... La justicia, sin mí.... ¡valiente paparrucha! ¡La

justicia.... soy yo! (gritó dándose con el puño en el pecho).

No creyó Moragas oportuno emprender la refutación de estos desesperados

sofismas, al menos por entonces. Las palabras y argumentos de Rojo le

aumentaban el deseo de saber su historia, y de remontarse hasta los

turbios orígenes de aquella existencia humana. Parecióle mejor dejar

pasar el arranque de acibarada soberbia del hombre maldito, contestando

sólo irónicamente:

—Todo eso será muy verdad, y á V. le sobrará la razón y V. será el

magistrado supremo, y, sin embargo, acaba V. de decirme no hace tres

minutos que se alegraba de haber perdido en tierna edad á una niñita,

y que, si se muriese Telmo, él saldría ganando y V. también.

—Eso es otra cosa....—afirmó Rojo.—Si me va V. por ese lado....

Preocupaciones y tonterías es lo que me rodea, y yo bien me las paso

por cualquier parte, siempre que no tropiezan en el niño.... Por

mí...., estoy contentísimo, y no me trueco por nadie,—afirmó con alarde

que desmentían sus temblorosos labios.—¡Pero.... los hijos.... duelen,

duelen muchísimo! ¡Más de cuatro cavilaciones y de cuatro noches sin

pegar ojo.... son por ellos, por ellos.... Uno puede con todo.... Y si

le solivianta lo de las infamias y de las vilezas, es porque eso le

tizna la frente al niño...., que está inocente como los mismos ángeles

del cielo!

Moragas acercó más su silla á la de Rojo; sonrió, se mordió la punta

del sedoso mostacho, limpió con el blanco pañuelo los quevedos de oro,

se los caló, estiró los puños tersos y limpios de la camisa, y guiñando

un tanto los párpados, como el que quiere reconcentrar la fuerza

visual, preguntó á Rojo:

—Diga V...., ¿V. ha estudiado en sus mocedades? ¿Ha seguido V. alguna

carrera?

Y Rojo, como el que dice la cosa más natural del mundo, respondió:

—Sí, señor.... Yo estudié para cura.

La piedra angular: novela · 第 26 / 35 题