Despertóse la capital marinedina comentando, rumiando,
desfigurando,—iba á decir _saboreando_ la noticia del crimen de la
Erbeda, si no me pareciese calumnia, porque realmente los marinedinos
no son tan ávidos de emociones fuertes como los parisienses, y el
malsano gusto de la sangre y del cieno les subleva el paladar. Algo,
no obstante, habían conseguido estragarlo la creciente invasión de la
sección criminal en la prensa de la Corte, el noticierismo que registra
al día, y con minuciosidad digna de más alto objeto, los pasos,
movimientos, actos y dichos más insulsos y vulgares del criminal sujeto
á la acción de la ley, desde que la fuerza pública le echa el guante,
hasta que los hermanos de la Paz y Caridad depositan en el nicho sus
despojos.
El vulgo de Marineda, como el vulgo de todas partes, había ido, gracias
á la prensa, acostumbrándose á la terminología jurídica y penal, á
cierta crítica aguda de la ley y de sus representantes é intérpretes,
crítica que, si no ponía el dedo en la llaga, era por lo menos indicio
de ese descontento social que clama por renovación, pidiendo agua
fresca de nuevos manantiales. Andaba mezclado en este movimiento de
la opinión marinedina, como en todos los movimientos de la opinión,
algo de mecánico y pueril y algo de inspirado y fecundo; combinación
que, transformada en instinto, ayuda sin saberlo á los verdaderos
precursores conscientes de la marcha progresiva de la humanidad.
Ello es que aquella mañana, con la primera luz diurna; con las
primeras devotas que madrugaron á oir las misas de los Jesuítas;
con los primeros barrenderos que, mal despiertos aún, comenzaron á
adecentar las calles y expulsar de ellas á canes y gatos errabundos;
con las primeras mujerucas de las cercanías, de cesta en ruedo, que
despertaron á los vigilantes de consumos para abonarles la _alcabela_;
con las primeras criadas ó amas hacendosas que salieron á aprovechar la
comprita de temprano; con los primeros _lulos_ que desatracaron para
inquietar á la sardina y á la merluza; con las primeras cigarreras
que entraron en la Fábrica; con el bureo matinal de una población
que cuenta por decenas de millar sus habitantes, que tiene doce ó
catorce periódicos, seis ú ocho fábricas entre grandes y chicas,
Audiencia, Capitanía general, Colegiata, Instituto, puerto, movimiento
aduanero.... y todas las etcéteras que aún pueden añadirse en honra y
justo encarecimiento de la gentil capital de Cantabria, se esparció,
rodó, creció, dió mil vueltas, adquirió más formas que un Proteo y
tuvo más versiones que la Biblia, el horrendo y memorable crimen de la
Erbeda.
Según unos, tratábase de un marido beodo y brutal que amenazaba y
pegaba constantemente á su mujer, y á quien ésta, en un arranque de
cólera provocado ya por tanto abuso, hiciera picadillo á hachazos.
Según otros, la pasión de un pobre jornalero por la esposa de su cuñado
le había inducido á matar á éste en la soledad de un pinar. Según
los que parecían mejor enterados, había de todo un poco: el marido
maltrataba á su mujer, el cuñado la quería, ella se entendía con el
cuñado, y entre los dos tramárase la muerte, la cual no se ejecutara
en despoblado, sino en la propia morada de los esposos, en ocasión de
dormir confiadamente la víctima en el nupcial lecho, teniendo á su
lado á una inocente criatura, niña de tres años.—Fué esta horrible
versión la que prevaleció, la que con los rayos del sol, según ascendía
á la mitad del cielo, fué esparciéndose siniestra y categórica por
la indignada ciudad; la confirmaron plenamente los periódicos de la
mañana, que se cantaron y repartieron entre nueve y nueve y media, y á
eso de las once voceóse un extraordinario, especie de hojilla volante
muy borrosa, que noticiaba la captura del amante y su ingreso en la
cárcel pública.
Á buen recaudo los dos criminales, no por eso se calmó la efervescencia
de las conversaciones: más bien arreció á la hora del almuerzo.
La tarde, en vez de apaciguar los ánimos, los encrespó, por ser
precisamente la hora en que se forman en Marineda—y en todas partes,
pero especialmente en pueblos donde por fin algo se trafica y
negocia—los corrillos, los grupos de esquina, las tertulias de las
tiendas, los _peñascos_ de las sociedades, los areópagos de banco de
paseo, con otras manifestaciones de la sociabilidad humana. La opinión
matutina de un pueblo es siempre democrática: la forman las clases
madrugadoras, trabajadoras, pobres, y estas condenan el _crimen_
con menos dureza, como si comprendiesen que es una enfermedad aguda
á que están predispuestos los que ya padecen otras dos, crónicas y
siniestras, _miseria_ é _ignorancia_. La opinión vespertina—que acaba
por prevalecer—la condensan los burgueses, siempre más severos, más
recelosos de la indulgencia y más celadores del orden moral externo.
Por la tarde, pues, cuando la marea de discusiones y comentarios
fué creciendo y reventando en espuma contra las _peñas_ de las dos
sociedades _directivas_,—cada cual por su estilo y en su terreno,—que
se llamaban la _Pecera_ y el _Casino de la Amistad_, fué cuando un
redactor de diario marinedino, encargado de telegrafiar á importante
publicación de la corte, pudo fiar al alambre estas palabras: «Reina
verdadera indignación todas clases sociales. Excitados ánimos
coméntanse detalles horribles».
Nosotros, deseosos de ilustrar como compete la opinión del lector, nos
guardaremos bien de llevarle á la _Pecera_, frívola reunión de _pollos_
y _gallos_ (todavía en Marineda se dice así) desocupados y enemigos
de calentarse los cascos metiéndose en honduras científicas. Para
ellos, el drama de la Erbeda fué un tema de charla profana, humorística
y picante. Para el _Casino de la Amistad_, sobre todo para cierto
senado (no en el sentido etimológico de edad, sino en el simbólico de
respetabilidad y cordura) el drama de la Erbeda fué muy otra cosa: dió
ocasión á que se luciesen profundos conocimientos jurídicos y á que se
aquilatasen y depurasen intrincados y difíciles puntos de derecho penal.
Como que allí se congregaban, asociados por la comunidad de gustos y
profesiones, Celso Palmares, magistrado de la Sala de lo criminal en
la Audiencia marinedina; Carmelo Nozales, fiscal de la misma; el nunca
bien ponderado jurisconsulto Arturito Cáñamo, alias _Siete patíbulos_;
D. Darío Cortés, delegado de Hacienda, persona muy ilustrada; el
brigadier Cartoné, á quien no faltaba su _tinturilla_; y algunas veces
¡atención! el joven abogado Lucio Febrero, sobrino de un Presidente
de sala muy anciano, que había muerto en Madrid. Lucio Febrero tenía
fama de gran talento—de uno de esos talentos exagerados, peligrosos,
revolucionarios, de los cuales se suele hablar en provincias, y aun
fuera de ellas, en el mismo tono que se emplea para nombrar una caja
rellena de fulminato de mercurio.... ¡qué digo!.... ¡de panclastita...!
También solían entretejerse en este círculo, de tan competentes
entidades formado, otras profanísimas, que no conocían ni de vista
á Justiniano, pero que (si puede decirse sin irreverencia notoria)
toreaban de afición. Mirándolo bien, ¿qué pito tocaba en ciertas
cuestiones el mismo brigadier Cartoné? ¿Qué sabía de leyes el director
del _Horizonte Galaico_? ¿Qué el bueno de Castro Quintás, enriquecido
con la honesta industria de fabricar bujías esteáricas? ¿Qué Ciriaco
de la Luna, modelo de honrados propietarios rurales, nata y espejo
de detestables poetas? ¿Qué Mauro Pareja, desertor momentáneo de
la _Pecera_, solterón incorregible? ¿Qué Primo Cova, el sempiterno
guasón? ¡Qué otros tantos como ellos podríamos citar!, y forman aquel
núcleo,—renovado en algunos de sus elementos por la inevitable entrada
y salida de militares y empleados, pero bastante fijo, en el fondo,
para que se pueda calcular de antemano cuál género de opinión y forma
de discusión prevalecerán en él.
Cuenta el _Casino de la Amistad_ entre sus atractivos mayores el de
un encristalado vestíbulo, desde el cual la mirada avizor registra
muy á su gusto la arteria principal de la población, ó sea la calle
llamada Mayor por antonomasia, aunque no lo sea en tamaño, sino sólo en
importancia y concurrencia. No presume este vestíbulo de compararse á
la _Pecera_, que debe precisamente su nombre á los altos cristales que,
rodeándola por tres lados, la convierten en una especie de transparente
caja; pero en fin, tal cual está, difícil es que á los tertulianos de
la _Amistad_ se les escape una rata, y el vestíbulo tiene bastante
partido, sobre todo desde que cesa el frío y se puede tomar allí café.
Los días de marejada de noticierismo, el vestíbulo rebosa, y las sillas
se desbordan de sus estrechos límites, pretendiendo invadir hasta el
arroyo—porque aceras, dígase la pura verdad, no las posee la calle
Mayor....
La tardecita del estreno del crimen, no bajaría de treinta personas el
grupo. Era aquello el _grand complet_. Se discutían las versiones,
se depuraban, y se iba cristalizando la definitiva, la que ya no se
discute. Mauro Pareja—alias _el Abad_—gran _indiscretista_, tenía
noticias de la mejor tinta posible; como que acababa de echar un
párrafo con Priego, el juez que había estado en la Erbeda á levantar
el cadáver y á instruir diligencias. Pareja pronunciaba _instruir_
con cierto retintín, añadiendo que no era su ánimo violar cosa alguna
y menos el secreto de un sumario tan tiernecito, impúber por decirlo
así; pero que seguramente, transcurridas las horas reglamentarias, se
elevaría á prisión provisional la detención de la esposa y cuñado del
_interfecto_, y se dictaría auto de procesamiento contra ambos, porque
juntos habían hecho la gracia. Añadía Pareja otra noticia de interés:
Priego descansara de su «penoso cometido» en la quinta de D. Pelayo
Moragas, y Priego creía que Moragas estaba.... enamorado, ó punto
menos, de la reo, según se deshacía en elogios de su aire modesto y
simpático, el recato de sus modales y la dulzura de su rostro.
Menos que esto se necesitaba para aguzar la malicia de los oyentes.
«¿Pero Moragas la conoce?—¿Qué apostamos á que le lavaba á Moragas
la ropa sucia?—Claro, de la Erbeda los dos....—Un idilio....»—Todas
estas chanzonetas, agridulces en los más, y sólo en alguno amargas,
cesaron por encanto al ver perfilarse sobre el fondo de la venerable
botica conque principia la calle Mayor, la figura á un mismo tiempo
atildada y suelta, la cabeza canosa y el cuerpo juvenil y cenceño de
Don Pelayo. Venía más que nunca perfilado y peripuesto, de gabán gris
y chaleco blanco, de terso y fino piqué; el sombrero, algo ladeado y
encajado sin descuido, los guantes prietos, en los labios la sonrisa,
departiendo con una señora cliente suya, la marquesa de Veniales, á
quien acababa de encontrarse sin duda. Cuando iban llegando cerca del
Casino, despidióse la señora para entrar en una tienda, y Moragas,
serio ya, como hombre que al quedarse solo recobra una preocupación,
siguió caminando, fijos los ojos en las baldosas. Entonces Cartoné, que
era campechano, le ceceó: «Moragas, psí, amigo Moragas....»
Moragas entraba rara vez en el Casino, ni en la Pecera, ni en ninguno
de los círculos y sociedades de Marineda. No le sobraba el tiempo; su
existencia estaba llena como un huevo, y apenas concebía el pugilato
de ociosidad que congregaba, á la misma hora y en torno de la misma
mesa, todos los días, á las mismas personas. Sin embargo, apresuróse á
acceder á la indicación de Cartoné, y aceptó, en defecto de una taza de
café, que entre horas le encalabrinaría los nervios, un sorbete, que
se trajo del café más próximo, pues no tenía botillería el Casino. Y
principiaron á llover sobre Moragas preguntas y bromas. «Aquí se trata
de detenerle á V. como complicado en el crimen de la Erbeda.... ¿No fué
su lavandera de V. la que mató al marido? Á ver, que declare el testigo
D. Pelayo Moragas....»
—¡Alto!—dijo Moragas festivamente.—Ni aun como testigo me pueden á
mí meter en ese berengenal. Esta mañana, cuando leí los periódicos,
pensaba para mis adentros: ¿no es raro que, viviendo ella en el mismo
lugar donde tengo mi huertecillo, no conozca á esa mujer? Puede que
sea de las pocas de allí que yo no haya visto, ni mirado. Y no es mal
parecida....
—¡Hola!
—¡Vamos!
—¿Conque guapa ella?
—Guapa.... no. Lo que tiene es un aire de compostura, un buen modo....
que gustan y sorprenden, por lo mismo que contrastan con el hecho que
se le atribuye.... Y digo que se le atribuye, porque en realidad, por
ahora, nada se ha concretado.
—Hombre, pónganos V. en el secreto.... Sus noticias son autorizadas....
Ha conferenciado V. ayer con Priego....
—¡Conferenciar!....—Y Moragas se rió, descabezando por medio de la
boca del barquillo la pirámide del sorbete.—Si es que estaba yo en la
galería...., y como Priego pasaba cansado y fastidiado de la tarea,
entró á refrescar con un tanque de cerveza alemana.... Ni él mismo
sabía gran cosa. Eran los primeros instantes....
—¡Respetemos el secreto del sumario!—dijo Primo Cova.
—Vds. lo meten á barato,—observó con melancolía el magistrado D. Celso
Palmares, sacudiendo una cabeza amarillenta, pálida, color de legajo
viejo, asaz entristecida por el tono telarañoso del cabello ralo;—pero
nosotros.... nosotros, á cargar con la cruz. Esperaba yo que en esta
Audiencia no se ofrecería nunca un caso así....
—Lo que es de ésta....—interrumpió Carmelo Nozales, el fiscal,—me da
espina de que el Sr. D. Celso no podrá mantenerse fiel á su propósito
de jubilarse sin haber firmado una sentencia de muerte....
La fisonomía del magistrado se enlobregueció más aún, y sus cejas se
fruncieron, como indicando gran desagrado en la conversación. Mauro
Pareja comprendió que ésta era muy indiscreta, y la torció, llevándola
al terreno de la actualidad.
—Lo cierto es que crímenes de este calibre no se ven todos los días, si
se confirma la versión última.... que parece la verdadera....
—¿Qué versión?—preguntó Lucio Febrero, el cual llegaba en aquel mismo
instante y se incrustaba en el círculo, sin tomarse ni el trabajo de
dar las buenas tardes.
Su llegada produjo impresión. Las cabezas se volvieron hacia él; los
ojos buscaron sus ojos.
—¿Así está V.?—exclamó Moragas.—¿Tanta afición á la _criminología_,
tanto revolver autores franceses, italianos y rusos, y desdeña V. la
parte experimental? Porque, para V., el estudio de un crimen es como
para mí el de un caso patológico.... mal que le pese al amigo señor
Cáñamo, que á cada cosa que V. hace ó dice toma el cielo con las manos.
—¿Yo?....—murmuró el jurisconsulto aludido, con una sonrisa que quería
parecer almíbar y era rejalgar muy cargadito de arsénico.—No; si á
mí el Sr. Febrero ya me lleva convencido. Tales argumentos me va
presentando, que me rindo: no hay diferencia alguna entre el criminal
y el hombre de bien, y á los reos los debe sentenciar el tribunal.... á
comerse una libra de yemas.
Lucio Febrero—mozo de buen talle y gallarda figura, digno sobrino
carnal de aquel hermoso anciano que conocimos en _Morriña_—se sonrió
con indulgencia irónica, mirando serenamente á Arturito Cáñamo, el
cual, por su parte, evitaba la mirada del joven abogado, á quien de
muerte aborrecía. Ha de saberse que Cáñamo, acabado de establecer en
Marineda, con propósitos de barrer—calculaba para sus adentros—los
_demás_ bufetes importantes, y persuadido de que para conseguirlo
necesitaba filosofar de palabra y en letras de molde, Arturito Cáñamo,
digo, era un implacable penalista, y ya tenía escritos dos folletos
abogando por la pena capital—por lo cual los marinedinos, que no
carecen de travesura, le habían puesto el apodo de _Siete patíbulos_,
y, bien que con menos éxito, el de _Una horca en cada esquina_,—así
como al fiscal Nozales le llamaban _Grocio_ y _Pufendorf_, por su
afición á citar á estos dos tratadistas siempre juntos, como si fuesen
uno solo.—Al aparecer en Marineda Lucio Febrero, con su aureola de
brillantes estudios, con el prestigio de su figura y de su dicción
enérgica, y con la arrolladora fuerza de sus ideas «disolventes»,
Cáñamo presintió, venteó en él al rival, al que podía cerrarle para
siempre el camino de la fama y de la gloria. Á la verdad, Febrero
siempre advertía que no pensaba fijarse en Marineda, sino que residía
allí temporalmente, para evacuar ciertos negocios de intereses
relacionados con la testamentaría de su madre; pero ¿no sería hábil
disimulo? ¿No llevaría el maquiavélico fin de ir insinuándose con
el público y minándole á él, á Cáñamo, el terreno donde principiaba
á sentar el pie? ¿No tenía Cáñamo en Febrero el enemigo natural que
acosa á cada ser? Y aunque así no fuese, ¿cabía la menor duda de que
Febrero había de eclipsar y deslucir á Cáñamo, y era el innovador, el
nihilista, el anarquista del derecho penal, que con sus insensatas pero
fascinadoras teorías había de arruinar las esperanzas de Cáñamo.... y
el edificio social por contera?
Los ojos de _Siete patíbulos_ vagaban por la mesa, huyendo la franca,
risueña y desdeñosa ojeada de Febrero: sin embargo, continuó,
exagerando su sonrisita empapada en hiel.
—Señores, lo dicho: el Sr. Febrero ha llevado el convencimiento á mi
ánimo. Ya me tienen Vds. convertido...., á la blasfemia, al ateísmo
jurídico, al materialismo, al darwinismo desenfrenado y radical. Nada:
discípulo me hago del señor Febrero; hay que amoldarse á los tiempos
y dejarse ir con la corriente. Aquí me tienen Vds. dispuesto á ser
protector y defensor de todo asesino.... ¡Digo asesino! ¡Si no los hay!
El Sr. Febrero me los identifica con el hombre intachable.... Para él
tanto monta el que estrangula á la madre que le dió el ser y el que la
cuida y vela amoroso....
Volvió Febrero á mirar á Cáñamo fijamente, ya con más desprecio que
chunga, y buscando en el bolsillo la petaca, respondió alzando los
hombros al ataque de su adversario. Era Febrero vivo, apasionado, y
su temperamento sanguíneo-nervioso le impulsaba á la discusión, como
impulsan al atleta á la lucha sus músculos de hierro: no obstante,
había resuelto—y era hombre que se cumplía las palabras á sí propio—no
dejarse conducir al terreno polémico por _Siete patíbulos_. Dos ó
tres frases sueltas, más ó menos contundentes ó festivas...., con eso
sobraba. Á Cáñamo este sistema le llevaba al frenesí.
—La verdad—aseveró Palmares—que las teorías del amigo Febrero son....
fuertecillas, fuertecillas. Echan por tierra la administración de
justicia.
—Si se aplicasen al ejército—observó Cartoné—me lo tenían Vds.
disuelto en una semana. Sembraría en las filas la indisciplina y la
insubordinación.... Repito que no había ejército posible.
—Ni administración pública—arguyó el delegado de Hacienda.—Tenemos
que penar severamente los atentados contra la propiedad, sea pública
ó privada. El concepto del delito es la base de la responsabilidad
administrativa. Sin embargo, me parece que Vds., al pinchar al amigo
Febrero (que ya nos deja por cosa perdida y renuncia á defenderse), le
atribuyen teorías que él no profesa, ó al menos interpretan las que
profesa de un modo muy violento, extremándolas y dándoles un alcance
que no tienen. ¿Me equivoco, Febrerito?
—Usted lo ha dicho, Sr. Delegado—respondió Febrero sacando la primer
chupada de un pitillo y enarcando las cejas, movimiento que trazaba dos
ó tres arrugas sobre su tersa frente, bien calzada de negro pelo.
—Pues claro está, (apoyó Moragas, gran admirador y simpatizador
de Febrero). El que oiga á Cáñamo, pensará que Lucio se empeña en
convertir á la sociedad en presidio suelto, y que va á fundar premios
para el que saque los hígados á su suegra y se meriende una chuleta de
niño recién nacido.... Lo que hace Febrero es estudiar esas cuestiones
desde un punto de vista científico, y nada más.
—¡Ah!....—vociferó Arturito, cuyos ojos parados y abultados, que
Primo Cova comparaba á dos huevos duros, se inyectaron de sangre y
bilis.—¡Ah!, pues ahí esta precisamente el error, ¡el error funestísimo
y de espantosas consecuencias! El punto de vista en que hemos de
colocarnos para estudiar cuestiones tan trascendentales, no ha de ser
científico, sino moral, moraal, moraaaal.... Es decir, que ese arduo,
arduísimo problema, pertenece de derecho á la esfera de las ciencias
morales y políticas.... No, señores; no es con el criterio de la
materia inerte y ciega, del fatalismo y del determinismo absurdos,
de Epicuro y _Busnér_, de la piedra que cae, ni con el escalpelo del
anatómico en la mano, como han de decidirse ciertas cosas.... Sólo que,
en estos días aciagos, los partidarios de la evolución y la selección,
el atavismo y la transmisión hereditaria, los ciegos esclavos de la
filogenia y la embriogenia, se obstinan, menoscabando nuestra dignidad,
arrastrándola por el lodo, en borrarnos el carácter de racionales, y
en equipararnos al orangután, ó sea al mono antropomorfo, ¡como ellos
dicen!....
Al oir esta erudita parrafada, Palmares, el magistrado, se puso aún
más tétrico, lo mismo que si ya se viese orangután hecho y derecho, ó
le estuviesen enseñando por un cristalito la jeta de los antropomorfos
de que descendía; Moragas, con disimulo y por debajo de la mesa,
hizo burlescamente el ademán del que da cuerda á un reloj, y Pareja,
asestándole un codazo á Cartoné, dijo alto:
—Á ver, á ver qué contesta Febrero. Me parece que el discurso no tiene
vuelta. ¿Será V. capaz de pulverizar á Cáñamo?
—Bien seguro está Cáñamo de que yo le pulverice—respondió el joven
letrado determinándose á hablar y tirando el cigarrillo.—¿Cómo quieren
Vds. que uno se atreva á discutir con persona de conocimientos tan
vastos? La mitad de las cosas que acaba de nombrar Arturo, yo no sé lo
que son, ni si se comen con cuchara. De manera....
—De manera que si V. toma á guasa estas cuestiones,
entonces....—exclamó con ira Cáñamo.
—Eso no, ¡vive Dios!—replicó Febrero, á cuya cara trigueña subió una
llamarada de sangre, y cuyos ojos brillaron.—¡Eso no! Tan por lo serio
las tomo.... que no las discuto con V.
—Señor mío, esa apreciación.... sobre todo entendida al pie de la
letra....
—Señor mío, es V. muy dueño de entenderla al pie de lo que le
plazca.... y de continuar ilustrándonos....
—¡Quiá! (respondió verdoso de despecho _Siete patíbulos_); si quien
nos ha de ilustrar es V. De V. aprenderemos aquella peregrina y
curiosa noticia, de que el _crimen_ empieza en el reino vegetal....
¿Qué, Vds. no lo sabían? Pues Sr. Palmares, Sr. Nozales, el mejor día
tendrán Vds. que juzgar y condenar á cadena perpetua á algún puñado
de alfalfa ó á algún pimiento.... porque según el Sr. de Febrero....
(¿á que no se atreve ahora á repetir la excentricidad?) hay plantas
delincuentes, plantas ladronas y plantas asesinas.... asesinas, pero no
crean Vds. que así de cualquier modo, sino con premeditación, alevosía,
ensañamiento.... ¡todas las agravantes!
—Y diría la verdad el que lo dijese—advirtió Moragas recordando
algo que había leído en su _Revue de Psychiatrie_. Son las _plantas
insectívoras_.... Ya lo creo que asesinan....
Las carcajadas del grupo no dejaron á Moragas explicar el fenómeno.
Arturito había ganado mucho terreno al convencer á su adversario de
sostener tan extravagante tesis. Febrero hacía señas á Moragas de que
callase, pero Moragas insistió:
—Según eso, ¿se reirán Vds. de la criminalidad en las bestias? Pues
la hay, y penalidad también. ¿No se acuerdan de que, en la Biblia, la
ley de Moisés condena á muerte al buey que cause la de un hombre? ¿No
hemos leído hace poco en los diarios que habían procesado á un toro, no
recuerdo por cual desaguisado análogo?
—Sí, todo eso es muy lógico—silbó Arturito, encarándose con
Moragas;—admitamos que son criminales las berenjenas, y criminales los
grillos...., ¡con tal que no lo sea el hombre! Vds. quieren suprimir
la noción del crimen; y al suprimir la noción del crimen, la de la
responsabilidad; y con la noción de responsabilidad, la del libre
albedrío; y suprimida la del libre albedrío, á tierra la del castigo; y
con el castigo, la de la vindicta pública, ó sea la conciencia social,
y otra noción más altísima, si cabe: la noción de....
—Eche V. nociones—interrumpió Febrero—y así que acabe, ¡hágame el favor
de permitir que me cuenten la última versión del crimen! Supe ayer que
se ha cometido un parricidio en la Erbeda; pero dicen Vds. que hay
nuevos datos, y yo, entretenido con unos libros que me llegaron por
correo, no he cogido un periódico local esta mañana.