La Marinera salió, dándose toda la prisa que le permitían sus pies
guiados por sus casi inválidos ojos, mientras el padre se esforzaba en
desnudar al herido. Quitóle la ropa exterior con el esmero imaginable,
dejándole sólo la rota camisa; y por medio de pañuelos y ropa blanca
que desgarraba, estancó como pudo la sangre que manchaba la frente y
el cuello del guerrero vencido. Durante estas operaciones, Telmo se
quejaba sordamente. Pero al querer descalzarle el borceguí del pie
derecho, fué un grito tan agudo y lastimero el que lanzó la criatura,
que Rojo se detuvo, sin resolverse á terminar la operación.
—¿Te duele mucho, rapaz? ¿Te duele mucho?—preguntóle afanosamente.
No contestó el muchacho, volviendo á su amodorramiento febril.
Indudablemente no estaba su cabeza para discursos, ni su lengua para
explicaciones. Sólo al cabo de dos ó tres largos minutos, balbuceó la
exclamación de todos los maltratados, de todas las víctimas:
—¡Agua, agua!.... Tengo sed.
El padre llenó un vaso y lo acercó á los labios del niño, que bebió
con ansia, dejando caer otra vez sobre la almohada la frente. Rojo
apoyó en ella la mano.... Temperatura altísima, sequedad y aridez de la
piel invadida por la calentura. Buscó Rojo una silla, la colocó á la
cabecera, y la ocupó alterado y sombrío. Por dentro sentía una ternura,
un delirio de doloroso afecto, que le ahogaban; pero la manifestación
de aquel íntimo sentimiento, tan natural en la paternidad, era ruda,
concentrada, como todo en él.
Tascando el freno de la impaciencia que aguija al que á la cabecera
de un ser amado aguarda al médico y con él la certidumbre, quizá la
salvación, Rojo meditaba sobre el suceso, y entreveía en él una nueva
humillación agregada al ya innumerable catálogo de las que le habían
ulcerado el espíritu. Sólo que ésta dolía más, porque daba en la carne
viva, en el sentimiento que, enérgico y soberano hasta en la fiera
montés, es en el hombre más fuerte que la muerte,—porque es amor.
¿Por qué le habían apedreado á su niño? ¿Era razón desahogar en Telmo
los odios que infundía Juan Rojo? ¿Era justo dejar al muchacho,
agonizando, bañado en sangre, en un lugar desierto? ¿Qué daño hacía á
nadie la criatura? ¿No habría para ella perdón, olvido, indulgencia?
¿No era Telmo una persona como las demás? ¿Por qué le ponían fuera de
la ley—hasta el extremo de matarle á pedradas?
Interrumpió estas reflexiones el rodar de un carruaje, que resonaba
sobre el seco piso de la carretera como sobre sonoro pavimento de
metal, y la voz de la Marinera, apresurada, loca de júbilo, resonó
gritando:
—Señor Rojo.... ¡Gracias á la Virgen de la Guardia! ¡Ay qué suerte!
¡Dar yo la vuelta por la calle del Peñascal, pasar delante de la
capilla de la Angustia.... y oir rodar el coche del Sr. de Moragas!
¡Ay qué chillido di! Me agarré á la puerta del coche.... conté lo que
pasaba.... Y el Sr. de Moragas, como es tan humano, en seguidita mandó
dar vuelta al cochero.... ¡Alabada sea la Virgen! Le he de rezar hoy
mismo tres Salves.
Apeábase ya Moragas de su cansada berlinita, saltando con movimiento
vivo y juvenil, y atravesando la puerta del rancho sin mirar siquiera
á Rojo, fuese derecho á la cama en que Telmo yacía, diciendo con voz
alta, animada, cariñosa, de médico que al entrar en casa de los pobres
sabe que debe ante todo consolar al afligido:
—¿Qué pasa? ¿Quién se ha perniquebrado? ¿Un niño? Travesuritas, ¿eh?
Ahora arreglaremos esa cabeza rota.
Inclinábase ya hacia el doliente, cuando la luz que Rojo había
descolgado y aproximado alumbró de lleno el rostro del padre. Es
indecible el asombro que expresó el de Moragas al reconocer á su
cliente de por la mañana, _al_ de los dos duros tirados á la calle.
Ira, pasmo, menosprecio, chispearon en sus redondas pupilas, que
giraron con furor, en las finas múltiples arrugas de su frente, en
su abierta boca, en sus puños instantáneamente crispados.—«¡Usted,
usted!»,—repitió con las variadas expresiones de los sentimientos que
le agitaban.... Y serenándose de pronto por la misma fuerza de su
cólera, y mirando al niño que gemía opacamente y al padre que bajaba
los ojos y quería ocultarse, pronunció en tono grave é incisivo:
—El niño, ¿es de V.?
—Mío, sí.... Es mi hijo,—declaró Rojo con apagada y terrosa voz.
—Pues esa es la peor enfermedad de cuantas pueden sobrevenirle, y esa,
ni se la curo yo, ni se la cura nadie,—replicó el médico volviendo la
espalda y dirigiéndose hacia la puerta.
Aún no había dado tres pasos, cuando sintió que una mano se atornillaba
al faldón de su levita, atirantándolo de un modo violento. Volvióse
con repugnancia; miró de alto á abajo á Rojo como se mira á un sapo muy
feo, y dijo, vibrando las palabras cual otros tantos restallidos de
tralla:
—No me toque V., ó haré un desatino. Ya bastó el atrevimiento de por la
mañana. Los duros que dejó V. sobre mi mesa los arrojé á la calle, por
no conservar nada en que V. hubiese puesto las manos.
Rojo soltó al Doctor; pero dando rápida vuelta, maniobró de suerte que
vino, colocándose delante, á caer á sus pies sin decir palabra. Moragas
se detuvo. El niño gemía.
—Está muy malito. Herido. No sé qué tiene roto en su cuerpo. Sr. D.
Pelayo, ¡por el alma de su madre!
Don Pelayo siguió ganando terreno hacia la puerta, pero en ella
encontró otro obstáculo: la Marinera, que le apostrofaba con energía.
—Señor, caridad. La caridad no distingue de personas, señor. Y el
inocente no tiene la culpa de nada. Dios, nuestro Señor, nos manda
caridad hasta con los perros.
Moragas luchaba consigo mismo; no entre encontrados sentimientos, que
es lucha fácil, casi elemental, sino entre sentimientos análogos, todos
amasados con aquella generosidad semi-quijotesca y semi-filantrópica
que, diga lo que quiera el vulgo, no está reñida con las tendencias
positivas del científico. Abandonar á un enfermo, parecíale, dentro
de su profesión, monstruoso; y detenerse en _aquella_ casa, cuidar al
enfermo _aquel_, era, en su entender, una degradación, una especie de
estigma que debía verse después en las manos. Moragas había prodigado
los socorros de su ciencia á personas bien viles. Sabía de memoria las
huellas hediondas que marca el vicio en el cuerpo del disoluto y de la
ramera. Aunque hombre delicado en su vida interior y en el pulcro aseo
de su persona, jamás había retrocedido ante ninguna enfermedad, por
repulsiva que fuese: y al asistir á la humanidad doliente, gracias á
una maravillosa analgesia, hija de la firme voluntad—esa analgesia que
hacía decir á un santo que las llagas del leproso huelen á rosas—perdía
el sentido del olfato, dominaba los del tacto y de la vista, y
prescindía de la laceria para consagrarse enteramente al deber. Por
primera vez retrocedía ante una llaga moral, y su imaginación viva
redoblaba la impresión de horror, que, de puro violenta, llegaba ya
á parecerle ridícula. De todas suertes, en el carácter de Moragas,
no cabía que durase aquella lucha; de no haberse marchado en los
primeros momentos, no se iría; y el pretexto para flaquear se lo dió
la Marinera, insistiendo y repitiendo con una especie de severidad
respetuosa:
—¡Ay, señor!... ¿pero va á dejar al inocente? Señor, Dios no manda eso.
Mire que es una crueldad semejante porte.
—¿Es V. madre de ese niño?—preguntó Moragas.
—¡Ay! ¡no señor, alabado sea Dios!—contestó espontánea y vivamente la
Marinera.—Mi marido es un hombre de bien, botero del Muelle....
Á su pesar sonrió Moragas; se estiró los puños, canturreó, y como
el que se determina pensando «pecho al agua» se dirigió al catre del
herido.—Con la pericia del veterano en estos penosos reconocimientos,
comprobó muy en breve que el chico tenía rota la cabeza por dos partes;
y descalzándole sin hacer caso de sus lamentos, advirtió que estaba
dislocado el tobillo. De contusiones y magulladuras no se ocupó: eran
numerosas, pero sin mayor importancia. Lesión interna no parecía que
la hubiese, pero sí fiebre altísima. La Marinera alumbraba, y Rojo,
inmóvil y como estupefacto, esperaba el desenlace.
—¿Cómo ha ocurrido esto? (preguntó el médico interrumpiendo su tarea.)
¿Han sido pedradas, ó se ha caído además?
—¡Si no lo sabemos! (exclamó Rojo consternado.) Yo tuve noticia de que
el niño estaba en el castillo de San Wintila, muy maltratado.... fuí,
lo recogí, lo traje en brazos, y no le he podido sacar nada sobre el
lance.
—Debió de ser una pedrea,—advirtió la Marinera.
—Sí, pero hay magulladuras en todo el cuerpo.... Ha caído de alto, no
cabe duda,—advirtió el médico sin dejar de palpar al muchacho.
Cuando, terminada la cura, puestas las vendas, reducida la luxación,
Moragas se enderezó exhalando un «¡uf!» de cansancio evidente,
entonces—sólo entonces—se aproximó Rojo al médico, y con honda ansiedad
le preguntó:
—¿Quedará cojo el muchacho? ¿Quedará resentido del pecho?
Moragas se volvió y por primera vez desde que conocía la condición
social de su cliente, le miró cara á cara, como se miran unos á otros
los seres humanos.
La casualidad le mostraba al hombre excluido del concierto social
bajo el aspecto más capaz de conmover las fibras de su alma, aunque
sólo fuese por analogía de sentimiento. ¡Moragas, el mayor padrazo
de Marineda, el enamorado de la niñez, el derrochador de juguetes y
confites, el hombre que después de una traqueotomía había mezclado sus
lágrimas con las de la familia de la operada criatura!
Aquel fué el primer instante en que los sentimientos de Moragas, que
tanto habían de influir en el destino de Juan Rojo, sufrieron un cambio
de posición, giraron sobre su eje, por decirlo así, y á la indignación
y al horror de algunas horas antes reemplazó una especie de interés
extraño, de esa fascinación que la misma repugnancia produce, y que
se asemeja á la vocación del casto apóstol que entra en una casa de
perdición á convertir meretrices; porque la suma piedad va al sumo
mal.—No era la primera vez que advertía Moragas esa propensión, que
él calificaba humorísticamente de _manía redentorista_. Le había
costado por cierto la tal propensión graves disgustos, comprobaciones
penosas de negras ingratitudes, enredos gratuitos, molestias sin cuento
y desazones magnas.... Lo menos que le había costado, costándole
bastante, era dinero y tiempo. Sin embargo, al menor pretexto,
la inclinación resurgía en Moragas, y la perpetua ilusión del
redentorismo volvía á presentársele vestida con todos los adornos y
galas que de ordinario ostentan nuestros sueños. «Si yo (pensaba el
Doctor) acierto á nacer en la Edad Media, época en que las deficiencias
del estado social y del organismo jurídico dejaban abierto tanto
camino á la iniciativa individual, ¡sabe Dios lo que hubiese podido
hacer! Pero en la sociedad presente, no cabe duda que esta bobería de
sentir como propios los males ajenos, de meterme en lo que ni me da ni
me quita, se parece mucho al oficio de enderezar tuertos y desfacer
agravios que ya ridiculizó Cervantes.»
Al advertir que la condición y estado de Rojo ¡de Rojo! provocaban en
él los primeros síntomas de la conocida enfermedad, el _redentor_ se
rió de sí mismo. «Moraguitas, esto es el acabóse. Ahora te ha dado
por compadecerte de este _sujeto_. Ya has llegado al límite extremo
de la chifladura benéfica, hijo. No, pues aquí sí que no te suelto yo
la rienda. Á este hombre no es lícito ni considerarle como hombre. Si
quieres interesarte por algo raro y estupendo, interésate enhorabuena
por la parricida á quien viste pasar hoy, entre civiles, por la
carretera. ¡Esa podrá ser una criminal, y admitamos, desde luego, que
lo es; pero criminal _en caliente_...., criminal pasional, que al
delinquir obró, sin duda, por irresistible impulso, sin importarle
que al otro lado del foso que iba á saltar estuviese la expiación de
una muerte afrentosa....! Esa mujer, Moraguitas, es una enferma como
otra cualquiera de las que asistes.... Ahí se explica y se justifica
la compasión.... Pero con el tío este, que á sangre fría y á mansalva
ha tomado por oficio matar.... Á éste, como á una víbora se le debía
aplastar la cabeza.»
Mientras Moragas discurría así, Rojo repitió la pregunta:
—¿Quedará cojo? ¿Imposibilitado?
—No,—contestó el médico en voz severa.—Ni quedará imposibilitado, ni
cojo. Más que las lesiones, me preocupa el estado general.... Voy á
ponerle á V. unas recetas....
Apareció por allí un recado de escribir, no tan malo ni tan
descabalado como era de temer en aquel tugurio, y Moragas escribió sus
fórmulas. No se oía en la habitación más que el angustiado respirar
del padre y el quejido sordo del enfermo, al cual se acercó el Doctor,
sorprendido de que la cura, en vez de calmarle, pareciese haberle
producido más desasosiego, mayor inquietud.
—Convendría que no se moviese, por la dislocación....—observó
Moragas.—Pero, ¿quién le sujeta? Con esa calentura de caballo....
Aguarde V..... Ya delira.
Telmo, en efecto, se agitaba en la cama, y su inarticulado gemir
se convertía en palabras articuladas penosamente, aunque claras y
expresivas. El Doctor prestó oído.
—Soy valiente,—afirmaba Telmo.—¿Quién es el que me llama cobardón?
Embusteros.... Veréis si.... Tirar, que aguardo.... Os desdeñáis de
mí, porque.... ¡Piedras y más piedras, contra!.... Soy hombre para
todos.... Los cobardes vosotros.... Venga de ahí.... ¡pedrea!.... Yo
solo....
—¿Qué dice?—preguntó el padre.
—¡Bah!—respondió Moragas.—Por lo visto se han reunido muchos chiquillos
para apedrearle.... Lo que era de esperar.... ¡No se quede V. tan
espantado, hombre!—añadió irónicamente, cediendo otra vez á la
malevolencia.—¿Cómo? ¿no encuentra V. muy natural que la humanidad le
apedree en la persona de su hijo?....
—¡Es una maldad!—exclamó sordamente Rojo, apoyándose en la pared
y escondiendo la faz demudada.—Que me apedreen á mí...., santo y
bueno...., es decir...., tampoco....; pero, en fin, de apedrear....
Lo que es al chiquillo...., ¡valiente cochinada, señor de Moragas!,
y V. me perdonará que me exprese con esta franqueza...., ¡valiente
indecencia de esos pilletes sucios!
—Bien, hombre.... V. creía que no había más que echar hijos al mundo, y
que luego, aunque V..... Caramba con el hombre este....
—Pero, señor,—intervino con fuego la Marinera.—el inocente ¿por qué ha
de pagar? ¡Sólo unos corazones negros hacen eso, señor!
—Ea, déjense de historias,—ordenó el médico con hastío.—Denle eso que
dice ahí, que rebajará la calentura.... Busquen limones ó naranjas, y
que beba, que beba sin tasa naranjada fresca.... Humedecerle con el
árnica disuelta los vendajes.... Nada de comida.... ¿eh?, ni un caldo,
ni cosa ninguna.... Cuidadito....
Rojo, humilde y cabizbajo, murmuró llegándose al Doctor:
—Señor de Moragas, yo no le puedo pagar.... Es decir, que no tengo
medios...., porque V., si á mano viene no querrá...., vamos....,
tomar la pobreza que yo pueda darle.... Por el alma de su padre
no se enfade.... Si yo lo que le pido es que no me deje al rapaz
abandonado.... Si supiese que mañana había de volver....
Moragas titubeó un instante. Al fin prevaleció el impulso.
—Volveré,—contestó con firmeza.—Se lo prometo. Mañana, al anochecer.
Y en el momento de reclinarse en el rincón de su berlinita, antes que
el cochero tocase con la fusta á la yegua, Moragas oyó una voz de
mujer, que decía fervorosamente, como rezando:
—¡Dios y la Virgen de la Guardia le conserven la niñita! D. Pelayo, hoy
gana el cielo. ¡Nuestro Señor lo acompañe, que tampoco nuestro Señor se
desdeñaba de persona ninguna de este mundo!
Era la Marinera quien hablaba así.... Moragas sacó la cabeza, y para
poner coto á las bendiciones de la infeliz, contestó con gracejo y
picardía:
—Adiós, cacho de buena moza.