VI

La exasperación de Moragas tardó en disiparse más de diez minutos:

paseábase de arriba abajo por su gabinete de consulta, olvidado

de todo, hasta de la presencia de Nené. Sentía esa desazón, ese

malestar sordo é irritante que se apodera de nosotros después de una

sacudida nerviosa que no reporta placer al organismo. Las injurias

despreciables, las disputas largas con personas de poco caletre ó

de mala educación, las ingratitudes odiosas, la vista de un insecto

repugnante, diversas causas morales y físicas, engendran tan penoso

estado de ánimo. El Doctor principió á sentir alivio mediante una

circunstancia puramente accidental: el sol, venciendo al fin la

neblina, batió alegremente en los cristales; como si aquel rayo

benéfico la atrajese, Nené se acercó, é intimidada aún, con hechicera

zalamería, preguntó en su lengua de trapos:

—No yeve.... ¿Amo alea?

Acostumbrado á la sutil interpretación filológica que requería la

charla de Nené, Moragas comprendió perfectamente, y tradujo sin

vacilar: «¿Papá, no ves que no lloverá hoy? Vámonos á la aldea.»

Moragas acostumbraba, despachada ya la diaria consulta, mandar que

enganchasen la berlinita ó el milor, tomar consigo á Nené, y emprender

un paseíto de tres kilómetros hasta su quinta en miniatura, enclavada

al margen del camino real, en el alto de la Erbeda, graciosa aldeílla

poblada de lavanderas y panaderas y salpicada de casas de campo.

Cuatro tapias, ni muy altas ni muy recias; un trozo de verja de hierro

que permitía ver desde la carretera los cenadores de madreselva y la

fuente del jardín; un palomarete en el patio; sobre quince gallinas

ponedoras; hasta dos docenas de frutales; cuatro ó seis coníferas de

moda; alguna col y mucha enredadera, animaban á la diminuta morada

donde el Doctor pasaba las mejores horas de su vida.—¿Y qué más

podía necesitar un hombre de estudio y pensamiento, sino aquella

sala fresca y silenciosa, aquel despacho donde las clemátidas y las

francesillas se metían por la ventana á curiosear los libros, aquella

galería encristalada que brindaba el siempre movido espectáculo de la

carretera, aquel palomar lleno de nidos y arrullos, aquel comedor que

tenía en los chineros, en vez de ricas porcelanas, limpios cristales

y blancas lozas, entreveradas con camuesas olorosas de la anterior

cosecha—porque no había otro frutero?

Además, en la aldea veía el Doctor una excelente compensación

higiénica para la vida urbana, que á la larga podía ser funesta á

Nené. Viudo desde pocas horas después de venir al mundo la criaturita

en quien tenía puesto lo mejor de sí mismo, el Doctor la cuidaba como

la cuidaría una madre.... fisióloga. La delicadeza y suavidad de

aquella tierna florecita le tenían siempre alerta, sólo que en vez

de abrigarla contra el cierzo y la helada detrás de las paredes de

cristal de un invernáculo, quería someterla á un tratamiento que la

permitiese vegetar al aire libre, desafiando la inclemencia de las

estaciones. «Rusticar á Nené» era el programa. Esto de la rusticación

se ejecutaba tan al pie de la letra, que cuando estaban en la Erbeda

padre é hija, la criatura se chapuzaba en el pilón, se enfangaba en el

bebedero de las gallinas, rodaba abrazada á un pato, se revolcaba en

el polvo y sacaba su linda madeja rubia hecha una perdición: todo con

gran contentamiento del padre, que regañaba mucho si por casualidad la

veía limpia. «Vamos, hoy me han tenido á esta chiquilla debajo de un

fanal.... Á ver si juegas, á ver como te me presentas bien marrana....»

Así, pues, cuando no apretaba el trabajo, cuando en Marineda había

epidemia de salud y ninguna señora de la clientela de Moragas estaba

próxima á _bifurcarse_, el Doctor se iba á la Erbeda después de su

consulta, y unas veces regresaba al caer la tarde, para la visita, y

otras se quedaba á dormir, lo cual era ya el colmo de la expansión.

Cuando podía lograr tanta fortuna, dedicaba la noche á leer de política

ó de ciencia, sobre todo de aquellas cuestiones palpitantes de la

moderna medicina que llevan involucrado algún problema metafísico,

algún misterio del espíritu, alguna generalización filosófica. Si

Moragas estudiaba por obligación la medicina curativa, por recreo

andaba siempre á vueltas con los mal conocidos resultados de la

sugestión, con las revelaciones de la frenopatía y con los efectos de

ciertas substancias tóxicas sobre el cerebro humano. Gustábale mucho el

estudio de las que llamaban nuestros padres enfermedades mentales, y

era franco admirador de los médicos modernos que aplican atrevidamente

á los problemas del orden moral el método positivo y analítico de la

ciencia presente. Como de esto se escribe mucho en el día, y Moragas lo

hacía venir todo de París en grandes remesas, sus orgías de lectura

tenían el retiro de la Erbeda por testigo y cómplice.

No hay que decir si asentiría gustoso á la proposición de Nené. Al

cuarto de hora de haber visto aquel primer rayo de sol después de una

mañana nublada, el padre y la niña, sentada en brazos de su niñera,

corrían al trotecillo de la yegua por el camino real. Ya sabemos que

era la tarde de esas apacibles de la más temprana primavera, que dan

ganas de entonar el cántico de _Fausto_ «Cristo resucitó». Sobre el

diáfano azul del cielo, agraciado por copos de nubecillas blancas y

finas como pluma de cisne, revoloteaban las primeras golondrinas; y en

el aire había la frescura sana y entonada de la buena estación. Nené

gorjeaba muy contenta, mirándose los calcetines, que por ser calados

la tenían reventando de orgullo. La criatura no permitía á su padre

separar la vista de los calcetines famosos. Apenas volvía el Doctor la

cabeza para mirar á las quintas que festonean el camino, al paisaje ó

á la gente de á pie ó de á caballo, ya estaba Nené agarrándole de la

solapa, y obligándole á bajar las narices. «¡Mia tacetines...., mia

tacetines de ujo! ¡Y ayer (Nené siempre decía _ayer_ por _mañana_),

ayer tú ayoha me tompas entanados, y vedes, y amailos...., toos talaos,

de ujo, talaos!» Y la chiquilla trincaba un dedo de su padre, y lo

paseaba de malla en malla, riendo. «Talaos así.»—«Bueno, preciosa....,

te compraré horror de calcetines, calados así...., pero no me arranques

el dedo.» Después de un intervalo de dos minutos, volvía á su tema la

Nené, preguntando á su manera si le sería lícito enseñar los calcetines

á las gallinas y á los _Espíritus Santos_ (las palomas), y á _Bismar_,

el mastín, á ver si eran de su agrado. Con la charla de la niña, lo

agradable del paseo y la esperanza de una tarde aldeana deliciosa,

Moragas se sentía como si le hubiesen hecho de nuevo el alma. De la

irritación de antes, ni rastros. La llegada á la quinta y la irrupción

en la huerta fueron triunfales.

Salió á recibirles el hortelano, vejezuelo ochentón, como una tapia

de sordo, quitándose respetuosamente el serón de paja que le cubría la

chola. Y el Doctor, encaminando la voz de modo que fuese derechita al

tímpano, le dirigió la pregunta sacramental: «¿Qué hay de novedades,

Sr. Jacinto?»

—Novedades....—contestó lentamente el patriarca.—Novedades.... Que el

viento tronzó una _pola_ de la _cacia_ de flor...., y que un _vidro_

de la galería está hecho pedazos...., y que la gallina pedriscada está

clueca...., y que ayer noche mataron á un hombre en la parroquia.

—¿Mataron á un hombre?—repitió Moragas sin gran sorpresa, porque sabía

la condición belicosa y levantisca de los mozos erbedanos, y creyó que

se trataría de alguna riña de taberna.

—Á la fuerza lo mataron de noche (prosiguió el hortelano, creyendo que

su amo le preguntaba la hora del suceso). Es Román, el carretero que

iba y venía á Marineda con carretos de paja y de leña, y con sacos de

trigo. Apareció esta mañana en el monte de Sobrás...., ¿ve? allí....

(y el viejo señalaba hacia un punto bastante próximo). Toda la cabeza

le hicieron miajas con una piedra ó sabe Dios con qué.... Dice que

parece un _Ceomo_....

—Quimera ó robo; nada, sobrevino una pendencia (pensó Moragas,

metiéndose hacia su despacho, deseoso de un par de horitas de pacífica

y jugosa lectura). Mas apenas daba principio á un capítulo de un libro

nuevo de Maudsley, vió entrar despavorida á la niñera, y pegó un salto

en el sillón, temiendo que se tratase de alguna peripecia ocurrida á

Nené.

—¡Señorito, señorito! (Moragas conservaba, no obstante su pelo blanco,

aire muy juvenil, y las criadas le _señoriteaban_ á todo trapo.)

¡Señorito...., asómese...., que ahí va el Juzgado á prender á los que

mataron á ese carretero!

La muchacha hablaba con el tono medroso que adopta la gente del

pueblo para referirse á la Justicia, á la cual nombra con inflexiones

de terror que no tiene quizá para los ladrones ni para los

asesinos.—Moragas se levantó y se asomó á su galería, que dominaba el

camino, fijándose con cierta curiosidad en el grupo. Iban delante, en

malos caballejos, el Juez y el Secretario; seguíanles á pie dos parejas

de la Guardia civil, cuatro hombres de rostro atezado y militar, de

ágiles y airosas piernas bien modeladas por las polainas de camino; y

detrás, á lo que puede llamarse sin metáfora _distancia respetuosa_,

sobre una docena de aldeanas y chiquillos, pelotón que iba engrosándose

á medida que la comitiva avanzaba. Moragas conocía al Juez, y aun había

asistido en cierta grave dolencia á un hermano suyo; y al movimiento

de cabeza y la sonrisa con que el representante de la ley le saludó,

contestó vivamente gritando:

—Adiós, Priego.... ¿Quieren Vds. subir y refrescar? ¿Una botellita de

cerveza?

—Tantas gracias.... Ahora, imposible—contestó Priego deteniendo un

instante á su jaco, que no deseaba otra cosa.—Á la vuelta. Llevamos

prisa.

—¿Y.... eso?—preguntó con significativo gesto el Doctor.

—¡Hmmm!—contestó el Juez en tono significativo, que respondía

plenamente á la expresiva interrogación de Moragas, dando á entender

del modo más claro:—«No crea V. que se trata de un crimen vulgar.

Se me figura que hay tela.» Y tocando rápidamente al sombrero, los

dos funcionarios consiguieron de sus monturas un mediano trotecillo,

alejándose el grupo, que, al desaparecer en la revuelta, dejó, en

opinión de Moragas, cierto silencio extraño en la atmósfera.

Intentó el médico recomenzar la lectura, pero no pudo. Sus ideas habían

tomado otro giro; su fantasía, distraída y excitada, seguía al grupo,

asistiendo á las escenas siempre dramáticas y grotescas á veces, que

acompañan á eso que se llama en lenguaje técnico _levantar el cadáver_.

Existe en todo hombre, en el menos literato, en el último burgués, lo

que puede llamarse un _novelista natural_, capaz de urdir en pocos

minutos treinta argumentos complicados y estrambóticos. Moragas poseía

en alto grado esa facultad: tenía de sobra imaginación, aun dentro de

la esfera de sus estudios profesionales; y, sin ser precisamente de la

condición de aquel individuo que se murió de pena porque al vecino le

habían sacado el chaleco corto, ello es que se interesaba mucho en los

asuntos ajenos, con verdadero interés altruista; no por curiosidad,

como tantos, sino por la condición esencialmente expansiva y generosa

de su carácter. Dos minutos antes, le era indiferente el suceso de la

muerte del carretero Román; pero después de la indicación del Juez, su

fantasía trabajaba sobre el tema del crimen y del enigma probable que

se encerraba en él. Al pronto no se dió cuenta del verdadero origen de

aquella excitación, mas no tardó en comprender que se relacionaba con

el extraño cliente que había acudido pocas horas antes á su consulta.

«Quienquiera que sea el asesino, valdrá más que aquel tunante. ¡Si

yo creyese que es lícito asesinar científicamente á algún prójimo,

lo creería de ese bicho.... que ni prójimo conceptúo siquiera! ¡Así

reviente de los malos hígados que Dios le dió! Pero vamos, que hoy es

día de piedra negra. _Aquel individuo_ por la mañana, y por la tarde

este suceso.... que aún no sabemos en que parará.» Para distraerse,

Moragas bajó al jardín, tamaño como un pañuelo, dió vueltas por sus

_calles_, que más parecían callejones, se enteró del estado de salud

de legumbres y hortalizas, mandó espallerar un pavío, hizo fiestas á

_Bismar_, se indignó porque dos ó tres insolentes babosas se comían el

fresal con todo el descaro del mundo...., y al mismo tiempo no cesó de

atisbar por la verja el instante en que regresase «la Justicia».

Un poco antes de la puesta del sol, oyó un vocerío y divisó un tropel

de gente que bajaba por la carretera, en dirección de la ciudad.

Moragas se encaramó al miradorcillo que, desde el ángulo de la tapia,

registraba el camino perfectamente. Abría la marcha, como siempre,

turba de pilluelos descalzos, de esos que van adonde hay ruido y drama

callejero, y que se reclutan lo mismo en los lavaderos de la Erbeda que

en las plazuelas marinedinas: seguían, graves y ceñudos, los cuatro

números de la Benemérita, y entre ellos caminaba, sueltas las largas

trenzas sobre el vestido de oscuro percal, una mujer joven. Cuando

pasaba la comitiva por debajo del mirador de Moragas, el sol poniente

alumbró de lleno la figura de la presa. Representaba de veintiséis á

veintiocho años: tenía el rostro cubierto de palidez; era menudita de

cara y cuerpo, de facciones delicadas y regulares, de formas cenceñas,

y con cierta pureza de líneas en el contorno del seno, alto y pudoroso,

sobre un talle plano. El pelo muy negro, partido á ambos lados,

alisado sobre las sienes y colgando atrás en dos trenzas, contribuía á

prestarle expresión y aspecto de recato casi místico. Moragas sintió

una impresión profunda de sorpresa. ¿Por qué llevaban entre Guardias

civiles á aquella criatura? ¿Sería posible que fuese una criminal?

La multitud, que seguía al grupo de los Guardias y la presa, se

componía de gente aldeana. Iban en actitud más triste que hostil, con

caras y actitudes de gente que acompaña á un entierro. Sólo algunos

hombres y algunas viejas cuchicheaban, mostrando indignación. Había

mujeres que alzaban las manos al cielo; otras señalaban á la presa;

muchas volvían la cabeza hacia atrás, mirando al objeto que cerraba la

comitiva: uno de esos carros del país, de primitiva forma, con rueda

sin radios, que caminaba lentamente, al paso de la yunta de bueyes

rojizos, muy animados por la carga relativamente tan ligera. En efecto,

detrás de la armazón de entretejidos mimbres que otras veces serviría

para retener el carreto de arena ó piedra, no se distinguía sino un

bulto de poca alzada, cubierto con groseros paños; Moragas no necesitó

mirarlo dos veces para conocer que era un cuerpo humano, un cuerpo

muerto.... Ni en los paños, ni alrededor del bulto, ni por parte alguna

se veía mancha ni señal de sangre, y, sin embargo, Moragas creía notar

en todo el carro un tono bermejo.... Era que el sol se ponía, y su luz

oblicua inflamaba cuanto tocase....

Ya había desaparecido la turba en la revuelta del camino; ya no

se oían sus voces, y aún Moragas no se había meneado del mirador.

Le dejara profundamente pensativo aquella muchacha, tan débil, tan

dulce en apariencia, llevada á la cárcel entre una muchedumbre

acusadora. El aspecto de la mujer le había despertado viva curiosidad,

parecidísima al interés. Tenemos, ó, por mejor decir, tienen las

personas del carácter de Moragas, de esos chispazos compasivos,

que con repentina vehemencia se apoderan del alma. Moragas era lo

que en la época de Rousseau se llamó _hombre sensible_, y lo que

hoy nuestro endurecimiento nombra, con cierto matiz de desdén,

_persona impresionable_. Su profesión dolorosa, lejos de embotarle la

sensibilidad, se la refinaba cada día. Con la misma vivacidad con que

había arrojado por la ventana los dos duros de la consulta de Rojo,

hubiese bajado entonces.... ¿á qué? Á cometer la ridiculez de ofrecer

un refresco, una moneda, un consejo, una sonrisa, algo que tuviese

forma consoladora, á aquella mujer tan pálida, de mirada tan fija, de

labios tan convulsivamente apretados, de tan modesto porte....

Diez ó doce minutos hacía que ni el polvo levantado por la comitiva

se veía flotar en la atmósfera, cuando Moragas descendió de su

observatorio, porque se oía el trotecillo de dos jacos, y no dudó que

fuesen las monturas del Juez y del Secretario, los cuales volverían

cumplida su tarea de iniciar las diligencias sumariales. Así era

en efecto: el trote se detuvo ante la puerta de la quinta, y los

funcionarios descabalgaron prontamente. El Doctor comprendió que

aceptaban el refresco, del que debían de estar bien necesitados, y al

tiempo que salía á recibir á sus huéspedes, llamó á la niñera, dando

órdenes para que la cerveza, la grosella, los pasteles, que por fortuna

había traído de Marineda calentitos, se sirviesen en la mesa de piedra

del cenador.

Entró el Juez con sobrealiento de hombre rendido de fatiga, limpiándose

el sudor de la frente, y más serio y preocupado que antes. Era rubio,

grueso, flemático, jovial, y no solía ahogarse en poca agua, por

donde Moragas infirió que lo que así le preocupaba tenía que revestir

verdadera gravedad. Al encontrarse en el cenador, donde corría un

fresco deleitoso, y los jazmines olían regaladamente, y la cerveza

sonreía en el limpio tanque, la fisonomía de Priego se sosegó y aclaró,

y exclamando, como lo haría cualquiera en su caso, «¡Uff!», se derrocó

en el banco de madera rústica, y contestó á lo que preguntaba su

huésped, más con los ojos que con la lengua.

—Pues.... ¡cosa gorda.... gorda! Ó mucho me engaño, ó este crimen va

á dar que hablar, no sólo aquí sino en la prensa de la corte.... ¡Ay,

qué agradecido quedo á esta bebida! He sudado el quilo, y como no era

cosa de que el Juez se pusiese á refrescar con vino en la taberna....

Sí, yo también pensé, al recibir el parte, que se trataba de una

riña....; aquí son el pan nuestro de cada día, porque no he visto gente

más dispuesta á andar á estacazos que la de estas parroquias. Pero ya

desde que tomé los primeros vientos comprendí que era algo más.... Y á

la verdad me hizo poca gracia, porque si los periódicos dan en jalear

estas cosas, raro es el juez que sale bien librado. Que si fué, que si

vino, que si debió hacer esto ó lo otro.... Y á nadie le gusta salir á

pública vergüenza. ¡Señor! Esta cerveza conforta.

—Y la mujer que va presa, ¿qué papel juega en todo ello?—preguntó con

afán Moragas.

—¡Una friolera! ¿La ha visto V. tan.... así.... que parece que no rompe

un plato? Pues ó mucho me engaño.... ó es autora material.... ó por lo

menos coautora é instigadora del crimen. Es la mujer del muerto....,

mejor dicho _la viuda del interfecto_,—añadió Priego festivamente,

empezando á mascullar un pastelillo de hojaldre.

Moragas se había quedado pensativo.

—¿Dice V. que esa mujer?....

—¡Como V. la ve! Por ahora, en rigor, es prematuro todo cuanto se diga;

y sin embargo, apostaría yo mi toga á que fué _ella_.

—¿Ella sola? ¿Cree V. que ella sola habrá asesinado al marido?

—Sola, no. El amante debe de ser cómplice.

—¿Hay amante?

—Ya lo creo. En las aldeas, si V. escarba bien, salen sapos y culebras,

lo mismo que en las grandes capitales. Somos de igual pasta aquí ó

acullá. Hay amante, y lo mejor del caso es que parece ser un cuñado....

uno que estuvo casado con la propia hermana del muerto. Yo no he tomado

aún declaración á nadie, más que á la mujer que va presa, la cual, por

ahora, no ha contestado sino vaguedades; yo tampoco insistí mucho; todo

se andará, y al principio se debe tantear más que ahondar; pero los

civiles habían charlado con las comadres de la aldea, y desde que me

informaron de que ella y el cuñado.... (Priego juntó las yemas de los

índices), dije yo para mí...., tate, aquí tenemos el hilo.

—¿Y ha preso V. al cuñado?

—Se le busca.... Ya caerá. El tunante, por aparentar, dijo ayer que se

marchaba de la parroquia, que iba á Marineda á no sé qué diligencias

y menesteres.... y en vez de marcharse á la noche, se largó de

madrugada, realizado ya el gatuperio.... La hazaña (prosiguió el Juez,

comprendiendo por la fisonomía de Moragas que oía con avidez los

detalles) debió de suceder ayer noche, cuando Román el carretero volvía

de llevar un carreto de arena á dos leguas, al alto de Chouzas. Á la

cuenta, él solía venir algo _peneque_. No sé cómo harían el pájaro y la

pájara para sacarlo de casa y convencerlo de que se fuese al montecito,

donde lo despacharon á hachazos, deshaciéndole la cabeza....

—La tiene terrible (confirmó el Secretario). Parece una sandía

machacada.... Lo que á mí me llama la atención es ver allí tan poca

sangre, cuando debía estar inundado el suelo....

—Eso es raro (indicó Moragas). Me huele á que lo matarían en otro

sitio.... Verdad que por ahora....

—Estamos empezando, Sr. Moragas; estamos empezando (respondió el Juez,

que no empezaba, sino que acababa de atizarse el segundo tanque del

_Gallo_). Ahora también les toca á Vds. emitir dictamen.... Ahí va

la víctima, en su propio carro, á que le hagan en Marineda el debido

reconocimiento y una autopsia formal.... Y en poniendo á buen recaudo

la pájara y el pájaro, ellos cantarán y todo saldrá á relucir....

Advierta V. que no hace seis horas que he tenido conocimiento del caso

(añadió el Juez, que no se hallaba, realmente, muy descontento de sí

mismo y de su penetración y sagacidad para coger desde luego una pista).

—¿Y.... ella?—preguntó Moragas que no perdía de vista á la acusada.

—Ella...., ella, tan agua mansita y tan modosa como V. la ve, debe

de tener un rejo de mil diablos. Estaba tranquila, igual que V. está

ahí, rodeada de dos ó tres vecinas que la acompañaban, desde que se

descubrió el cadáver, y sin echar ni una lágrima. Tampoco las echó

cuando la interrogué apretándola un poco, y cuando ordené la detención.

Á mis preguntas ha contestado sin fanfarronería, sin miedo, sin

precipitación, con una calma asombrosa, diciendo que su marido volvió

anoche á la hora de costumbre; que cenaron en paz; que la mandó

acostarse, diciendo que él tenía que salir, y que dejase la puerta

entornada; y que, como muchas noches se entretenía en la taberna, ella

se durmió, y sólo á la madrugada, al despertarse, echó de menos al

marido, sabiendo á cosa de las once que había aparecido muerto en el

pinar.—Le digo á V. que la individua....

—¿Tiene hijos ese matrimonio?

—Sí: una chiquilla de tres años.... Su abuela queda encargada de

ella....

—Y V. cree que ella y el cuñado fueron los autores.... ¿y para qué?

—¡Bah! ¿Para qué había de ser? (exclamó riendo el funcionario.) ¡Parece

mentira que V. haya sido despensero antes que guardián! Para que nadie

les estorbase; para verse libres y campar por sus respetos.

El médico movió la cabeza. El crimen se le aparecía como un drama

vulgar del adulterio; pero no pensaba lo mismo de la heroína, en la

cual olfateaba algo extraño, algo digno de aquel misterioso interés

que sentía despertarse en su mente de observador y de curioso del

espíritu. Acaso influía bastante en esta disposición de su alma, la

coincidencia de haber visto y hablado, por la mañana, al hombre que

probablemente desenlazaría el drama, apretando el gaznate y deshaciendo

las vértebras de aquella mujer tan joven y de tan apacible aspecto:

perspectiva que tenía la virtud de hacer saltar á Moragas. ¡La sola

idea de ver alzarse el cadalso, y para una mujer, le ofendía como un

ultraje hecho á su misma persona! Nervioso ya, preguntó á Priego:

—Y esa mujer.... ¿irá al palo?

—No creo (respondió el Juez con cierta entonación clemente).—Yo supongo

que autora, lo que es autora.... El guisado lo haría el querido. Ella

sacará la inmediata. Y confiese V. que la merece.

Algo iba á contestar Moragas, que pensaba sobre el particular muchas

cosas, pero le cortaron la palabra sus huéspedes, levantándose como el

que tiene prisa de marchar. Vió el Doctor al través de la verja que

estaba enganchado su coche, y propuso á los funcionarios llevarles á

Marineda. Siempre irían mejor que en un penco de alquiler, y ganando

tiempo: así como así, él aún tenía que hacer alguna visita antes de

cenar. Accedieron; fiaron sus monturas á un espolista; subieron al

cochecillo, que empezó á rodar con sosiego; y la divina paz de la

tarde; la hermosura de la ría que se divisaba á lo lejos teñida de

carmín por el último y ya expirante reflejo del sol; la quietud del

viento; la frescura de primavera y de verdor temprano que enviaban

los campos en plena germinación; las madrugadoras enredaderas que, ya

algo floridas, se asomaban á las tapias de las quintas de recreo....,

todo fué causa de que ni Moragas ni sus acompañantes volviesen á

mentar el crimen, que parecía profanación de la sagrada hermosura de

la naturaleza. Rendida por una tarde de _rusticación_, llena de polvo,

con manchas en el traje, y barro en aquellos calcetines tan monos, Nené

dormía.

La piedra angular: novela · 第 23 / 35 题