El hombre que se había consultado con Moragas, no extrañó, al salir
de casa del Doctor, el no encontrar á su hijo. Sabía que el rapaz era
aficionado á dormir hasta muy tarde, mejor dicho, á estarse en la cama
soñando despierto, y achacó la inexactitud á pereza. Ya parecería en
casa de Rufino.... ó donde Dios dispusiese. Tomó el enfermo calle
arriba. Al pasar por delante del edificio que encierra á la vez el
Gobierno civil y el Teatro de Marineda, un instinto ó un hábito le
impulsó á buscar la sombra de los soportales, y antes de llegar á la
calle Mayor, que se columbraba á poca distancia rehirviendo en gente y
llena de animación, giró hacia la izquierda y metióse bajo otra fila
de arcos, que forman la soportalada del muelle: Era aquello el reverso
de la medalla; no cabía más marcado contraste que el de las tiendas de
la calle Mayor—surtidas, desahogadas, luciendo hermosos escaparates de
altos vidrios, bien alumbradas de noche por el claro gas—con los pobres
tenduchos y figones, y las sospechosas aguardenterías de las arcadas de
la Marina, donde celebraban sus conventículos cargadores, pescantinas,
habaneros recién desembarcados, vestidos de dril y con el rostro color
de caoba, soldadetes y carreteros del barrio de la Olmeda, que antes de
picar á su yugada para que arrastrase el horrible peso de los bocoyes
que abrumaban el carro, aguijaban su propia brutalidad con una dosis de
alcohol....
El cliente de Moragas....—á quien atribuiremos el nombre de Juan
Rojo,—se detuvo á la puerta de la aguardentería más sórdida, más
tenebrosa, la que frecuentaba gente más perdida y de donde se oían
salir voces más avinadas y palabrotas más soeces. Antes de entrar,
fluctuó un instante. Al fin el Doctor le había mandado que no bebiese
gota, que no lo catase siquiera. Luchaba en Rojo la ya imperiosa
costumbre con el instinto de conservación ó voluntad de vivir que no
abandona, ¡cosa extraña!, ni á los mismos suicidas, en el crítico
instante de atentar contra su existencia. «Cuando el médico lo
dice....» Pasados diez segundos, transigía ya con un vasito, un
vasito de á medio cuarterón, una miseria. «Poco veneno no mata»,
pensó, encogiéndose de hombros. Y tendiendo al vaso una mano mal
delineada,—larga y fuerte, de dedos rudos,—lo trasegó al gaznate.
Aquel espolazo le infundió resolución. Al salir del tabernucho era su
paso menos furtivo y cauteloso; su rostro ostentaba cierta seriedad
provocativa, arrogante, como de persona determinada á arrostrar
cualquier hostilidad, imponiéndose. «Me dan ganas de ir por la calle
Mayor», pensaba. «La calle es de todos, y quisiera yo saber quién puede
oponerse á que me pasee por donde se me antoje.» Caló más el sombrero,
metió las manos en los bolsillos del pantalón, y enhebrándose por el
callejón del Arancel, hizo irrupción en la calle Mayor,—emporio de
Marineda.
Las gentes marinedinas, no siendo en tiempo de verano, prefieren pasear
antes que anochezca del todo; y huyendo de la temperatura desapacible
y del cierzo húmedo que sopla en el Ensanche, se hacinan en la calle
Mayor, abrigada por su misma angostura. Llena estaba la calle de una
multitud muy emperifollada y muy deseosa de mirarse y divertirse,
cuando entró Juan Rojo. Éste no produjo ningún efecto; el gentío se lo
bebió. Las señoras subían y bajaban, entretenidas, ó en criticarse, ó
en observarse de reojo los trapos de cristianar, y ni vieron á aquel
hombre, que, si podía interesar al observador, debía pasar inadvertido
entre el bullicio de una concurrencia tan apiñada como brillante. De
las damas que ostentaban su mejor ropa y se paraban á saludarse y á
curiosear los escaparates de los comercios, ninguna conocía á Juan
Rojo. Si algún caballero recordaba su cara y su talle, ya se colige que
había de hacerse el desentendido. Juan miraba á diestro y siniestro,
sin encontrar más que fisonomías distraídas é indiferentes.
No obstante, á la puerta del Casino de la Amistad, en sillas colocadas
fuera del vestíbulo, Juan divisó un importante grupo. Componíanlo el
Presidente de la Diputación, el rico fabricante y concejal Castro
Quintás, el brigadier Cartoné, el novel abogado y á ratos periodista
Arturito Cáñamo, el magistrado Palmares, el Fiscal de la Audiencia D.
Carmelo Nozales, y el señor Alcalde de Marineda en persona. Rojo, al
acercarse al Casino, mitigó el paso, y puede decirse que se encaró con
el corro; miróles fijamente, y como, al parecer, no le reconociese
ninguno, saludó casi en voz alta: «Señor de Palmares.... señor
Alcalde.... felices....» Volviéronse, como picados de la víbora, el
oidor y la autoridad popular: sus semblantes se anublaron, sus labios
exhalaron una especie de sordo murmullo, que lo mismo podía ser
respuesta que injuria. Rojo, sin quitarles de encima la vista, siguió
lentamente su camino. Al extremo de la calle, donde ya se ensancha para
descender en ligero declive hacia el Teatro, y donde los paseantes
escasean, Rojo tropezó con dos personas, una niña y una mujer del
pueblo, modestamente trajeadas, que se quedaron mirándole de hito
en hito. La niña, agazapada en las faldas de la mujer, con los ojos
dilatados de terror, exclamó en voz trémula y baja:
—¡Ay madre! ¡El verdugo!
Sintió Rojo la exclamación como si recibiese una bofetada fría en el
rostro. Volvióse, y acercándose á la criatura, que ya no se agarraba á
las faldas, sino que abrazaba, convulsa, llorando á gritos, las piernas
de su madre, dijo sentenciosamente, alzando la huesuda diestra:
—Como te libres de la justicia, de mí bien libre estás.
Y continuó andando, mejor dicho, corriendo, porque había perdido
todo el aplomo facticio debido al trago y desplegado al atravesar
la calle Mayor, y otra vez predominaba el impulso de buscar los
rincones sombríos, los sitios desiertos de la ciudad, el que le movía á
filtrarse por las calles más extraviadas y sospechosas, y á preferir,
para sus salidas, las horas en que cendra su velo de neblina el
crepúsculo. Arrimado á las casas, protegido por los soportales, alcanzó
la cuesta que asciende al Cuartel de Infantería, y una vez en la
explanada del Campo de Belona, sintió cierto desahogo. Estaba ya en sus
barrios. Allí se encontraba, ya que no entre sus iguales,—pues no tiene
iguales Rojo,—al menos entre el pueblo indulgente, que perdona todo lo
que hacen los miserables _por el pan_. La sensación de bienestar de
Rojo aumentó al cruzar la puerta de Rufino.
Era la casa de Rufino una tendezuela de las llamadas antaño «de
aceite y vinagre», y donde hoy se mezclan la especiería, el petróleo
y los comestibles, con los fósforos, barajas, aleluyas, alpargatas
y otros artículos variados; por ejemplo, pastillas de jabón rosa y
verde, lechuga y botellas de cerveza. No todos los líquidos que
se despachaban allí eran de origen sajón, pues en la trastienda de
Rufino, y alrededor de una mugrienta mesa, solía enzarzarse por
las tardes la partida de brisca, jugándose muy españolas copas de
aguardiente. Hacían la partida Rufino el tendero; Antiojos, zapatero de
viejo; Marcos Leira, hojalatero y lampista, y Juan Rojo. Quizá algún
aficionado á meterse en lo que menos le importa tendrá la pretensión
de averiguar cómo podían el remendón y el artista en lata dedicar sus
tardes al cultivo de la brisca y del tute real, abandonando la lezna
y el soldador. Responderé al susodicho curioso, que las familias de
Antiojos y Marcos Leira estaban organizadas con arreglo al usual patrón
siguiente: la mujer descornándose y reventándose á trabajar, mientras
los borrachines maridos cultivaban el ocio con dignidad.... y con
brisca.
La esposa de Antiojos era operaria en el taller de Peninsulares de
la Fábrica de Tabacos; sus ágiles dedos y los de su hija mayor,
ganaban el sustento de la familia. La hija menor, raquítica, que no
había conseguido aún el suspirado ingreso en la Granera, se dedicaba
á «preparar labor» á su respetable papá, cuyo taller consistía
en una de las barracas que á manera de rojos hongos pululan á la
sombra del Cuartel de Infantería, al pie del Campillo de la Horca,
hoy Rastro.—Allí se pasaba la vida la mísera segundona de Antiojos,
esperando la problemática llegada de un parroquiano para correr á
avisar al remendón, que solía recibirla con malas palabras y mucho
peores obras. Mientras no aparecía el parroquiano, la muchacha, que,
por tener desgracia en todo hasta había recibido en la pila el feo
nombre de Orosia, no estaba ciertamente mano sobre mano ó dándose
aire con el abanico. Ella remojaba la suela; ella la batía sobre la
chata piedra, estropeándose las rodillas; ella señalaba con el punzón
las distancias del clavillo; ella cosía el material; ella enceraba el
hilo y recortaba y engrudaba las plantillas; ella abría los ojales, y
cuando Antiojos llegaba despidiendo rayos por la inflamada nariz y los
encandilados ojos, apenas tenía ya que hacer sino lo indispensable para
no perder la dignidad de _maestro_, la cual se cifraba especialmente en
_la forma_, es decir, en la hormaza de madera donde encajaba la bota ó
zapato que debía restaurar.—¡Cabra, vaca sucia, malditona!—solía decir
á Orosia en su pintoresco lenguaje.—¡Como me toques á la forma.... te
estripo!—Y la sin ventura Orosia lo ejecutaba todo.... menos tocar á la
forma, que era por lo visto la misteriosa clave del arte zapateril.
Á Marcos Leira, el hojalatero, le daba el vino por distinto lado:
por el buen humor y la sandunga. Si á la mañanita, antes de matar el
gusano, solía vérsele alicaído, con una murria siniestra, en diciendo
que se echaba al cuerpo el primer vasito de caña rubia y melosa,—esa
excelente caña que se vende en la más ínfima taberna marinedina,—ya
estaba el honrado Marcos lo mismo que unas pascuas de alegre, y
suave como el terciopelo con su esposa y sus chiquitines. Concha la
hojalatera, morena, buena moza, de fogosos ojazos, juraba y perjuraba
que no sabía ella cómo ciertas mujeres se lamentaban de que sus maridos
trajesen, al volver á su hogar, «un poquito de aquel de bebida». Sobre
este delicado punto andaban siempre á la greña la cigarrera, mujer de
Antiojos, y la de Marcos. Esta, ¡alabado sea Dios!, nunca más contenta
que cuando su cónyuge tenía «la gotita en el cuerpo». Entonces no sólo
se mostraba decidor, cariñoso, galante, sino que se tumbaba en la cama
ó salía, dejando en paz á Concha y al oficial, que trabajaban mucho
más solos. Las malas lenguas se despachaban á su gusto comentando la
inclinación de la bella hojalatera á zafarse de su esposo; pero tal vez
fuese exceso de malicia el roer los zancajos á la mujer del borrachín,
puesto que su tienda y tráfico andaban lucidísimos, dirigidos por
ella, que, siempre limpia y repeinada, semejaba una reina entre tanta
alcuza, regadera, colador, reverbero, linterna y palangana, fulgentes
como la plata bruñida. Si la hojalatera cojease del pie que los vecinos
sospechaban, su comercio no se vería tan próspero, sus chiquillos tan
saludables. Se murmuraba, ¡claro está!, ¿de quién no se murmura? No
podían avenirse las comadres del barrio del Cuartel á que la buena moza
tuviese su casa «llenita de todo», lo mismo que si el marido no fuese
un solemnísimo beodo, holgazán y jugador; y el reconcomio de la envidia
era sin duda el que las movía á atribuir tan negros móviles, no sólo al
celo y asiduidad del joven oficial de hojalatero, sino á las visitas de
algún teniente que por allí se entretenía un rato al salir del Cuartel.
Los cuatro jugadores de brisca eran cuatro ejemplares de alcoholismo
muy diferentes entre sí. Casi deberíamos descontar uno, el
especiero-tabernero Rufino. Este no bebía más caña de la necesaria
para impulsar á los otros; economizaba su vaso á la vez que colmaba
el ajeno.—Marcos Leira era el sér abyecto conducido por la bebida á
la atrofia del sentimiento del honor popular (tan enérgico como el
caballeresco), ó forzado á beber sin tino para olvidar la vergüenza,
y capaz ya hasta de soltar un chiste cuando, no recatándose de él,
agarraba el teniente á la hojalatera por el talle. Antiojos, el beodo
brutal, en quien el alcohol despertaba el sordo impulso de la locura
sanguinaria. Á veces, cuando regresaba á su casa tambaleándose,
haciendo eses sobre el pavimento desigual de las míseras callejas,
por su cerebro obtuso cruzaba purpúrea nube, y sus manos trémulas é
inciertas sentían hormigueo feroz, prurito de estrujar destruyendo....
En cuanto á Juan Rojo, pocas veces llegaba al estado de verdadera
intoxicación alcohólica: tenía la cabeza resistente, el estómago firme,
terco el pensamiento, y si la bebida le reanimaba al pronto, tardaba
mucho en abstraerle completamente de la realidad. Él no le pedía
sino olvido.... ¡y el olvido tardaba tanto en acudir! Aquel día, sin
embargo, al sentarse ante la mesa de la trastienda de Rufino, recordaba
las palabras del Doctor, y se había propuesto reprimirse. Á la primera
ronda, no bebió. Mientras daba cartas, la abstención le sumía en una
especie de marasmo,—el marasmo insufrible que no desconoce ningún
vicioso, si ha intentado la enmienda.—En el profundo y desconsolado
abatimiento que le invadía, se le hincaba en el espíritu el recuerdo de
aquel grupo sentado á la puerta del Casino. ¡Finchados de señores! ¡No
responder al saludo sino con despreciativo murmullo! ¡Ah! ¡Ya estaba
él cansado de tragar ajenjo, y si un día hablaba, le iba á acusar las
cuarenta al Alcalde, á los señores de la Audiencia, al mismo Presidente
en persona! ¿No era Rojo también _funcionario_? ¿Valía de algo lo que
_dispusiesen_ los de la Audiencia, si no estuviese _él allí_ para
cumplirlo? ¡El Alcalde! ¡Con qué altanería se había negado días atrás
á admitir al hijo de Rojo en la Escuela municipal! ¡No admitir á su
hijo en la Escuela! ¿Querían que fuese un pillete, sin instrucción ni
oficio? ¿Querían que....?
Los ojos de Juan se volvían hacia el vaso lleno. Resistió no obstante,
¡rara firmeza!, durante las primeras horas de la tardecita. Sostuvo
con heroísmo la batalla. Por fin, cuando ya el sol se acercaba á su
ocaso y los sucios vidrios de la tienda hacían más turbia la escasa
luz, aquellas sombras, cuya lobreguez caía á un tiempo sobre sus
pupilas y sobre su espíritu, fueron cómplices de la transacción.
Tendió la mano temblorosa hacia el licor, y lo apuró, sintiendo con
recóndita alegría que las sensaciones y sentimientos habituales, calor
y esperanza, acudían á su llamamiento, y que una especie de palanca
moral le soliviantaba, sacándole del pozo de hiel en que momentos antes
yacía. Una grosera chanza de Marcos le hizo reir; y, á una barbaridad
de Antiojos, contestó bromeando.—Al mismo tiempo advertía cierta
inquietud vaga, aprensión de un mal desconocido, inquietud que en
los hipocondríacos es estado normal, pero que, _a posteriori_, suele
llamarse presentimiento. ¿Dónde estaría el chiquillo?
La partida de brisca se deshacía generalmente á las cinco ó cinco y
media, porque á Juan Rojo le gustaba recogerse temprano, cenar con su
hijo y acostarse. Antiojos y Marcos no se retiraban tan pronto: ¡para
lo que se les perdía en sus casas! Allí se quedaban hasta las diez ó
las once, y Antiojos algunas veces dormía á la estrella, pues su mujer,
de ordinario paciente y sufrida, tenía días de súbita rebelión en que
atrancaba la puerta, jurando que estaba «harta de pellejos» y que á lo
mejor «hacía una» con semejante bigardón.... Salió Rojo aquel día más
tarde que de costumbre. Había cerrado la noche, pero era hermosa: una
pacífica noche de esas que anuncian la primavera y alaban al Creador.
Para ir de la tienda á su morada, tenía que dar la vuelta por la calle
del Peñascal y subir por la del Faro, no sin costear unos paredones
altos y lisos, doble línea de tapias que forman mezquina callejuela,
en invierno solada de fango, en verano de polvo é inmundicias. De
uno de los tapiales Rojo oyó como si brotase un hervor de palabras
confusas: tenían, en su turbia articulación, algo de blasfemia, y algo
también de queja y lamento amarguísimo. Sintió un impulso compasivo,
mezclado á esa sugestión de la vanidad, que nos dice, en presencia
del infortunio que podemos aliviar: «Aquí eres necesario; aquí sirves;
aquí vales.» Al pie del paredón se rebullía un informe bulto humano,
el que exhalaba aquella melopea confusa. Rojo lo reconoció. Era su
vecina la _Jarreta_, la borracha de oficio, que diariamente recogían
los polizontes en distintos puntos de la población sobre las losas
de la calle, ya en el Muelle, entre despojos de sardinería, ya en el
paseo del Terraplén, al pie de algún banco, ya en los soportales del
malecón, ya entre los puestos de la Plaza de Abastos, siempre hecha «un
templo», siempre escupiendo de aquella pestífera bocaza, entre vahos
de _perrita_, la hez y el espumarajo del lenguaje. Sin duda el ataque
fulminante de parálisis que acompaña á cierto período de la borrachera
había sorprendido á la mujerota á poca distancia de su casucha, y de
la inútil lid que sostenía con sus piernas negándose á llevarla, eran
fruto aquellos gruñidos, aquellos gemidos sordos y aquellas furiosas
imprecaciones.
Rojo se aproximó, diciendo solícito:
—Ea, señora Hilaria.... Upa.... yo la ayudo.... ya verá cómo la pongo
en camino de su casa.... en la puerta....
La borracha gruñó más fuerte: sus vidriosos ojos se entreabrieron,
fijándose en su interlocutor, primero vagos, luego atónitos. Como la
luz del farol y lo entreclaro de la noche permitiesen á la _Jarreta_
distinguir las facciones de su salvador, sus pupilas destellaron ira,
la sentina de su boca despidió una furiosa tufarada, y recobrando habla
expedita, bramó roncamente:
—¡Largo de ahí, sayón; como me toques, te escupo á la cara! No he
dado de puñaladas á nadie, ¿lo entiendes?, ni he robado tres cochinos
cuartos, ¿lo oyes?, ¡para que tú me pongas la mano en el cuerpo! ¡Con
Lucifer del infierno me voy, y no contigo! ¡Como te arrimes, llamo á
los vecinos y á la guardia de la Maestranza! ¡Arre de ahí...., que
manchas á las señoras!
V
Rojo se tambaleó. Aquello era peor que lo del saludo al magistrado y
lo de las altanerías del Alcalde. El magistrado, al fin, _aunque de la
misma escala_, era un funcionario superior, una persona de respeto....
y podía desdeñarse de.... ¡Pero que aquella hembra miserable, vergüenza
de su sexo y ludibrio de la humanidad, tuviese á menos aceptar de él,
no amistad ni trato, sino el servicio más casual, lo que se admite de
cualquiera! ¡La _Jarreta_! ¡Vean Vds. quién le hacía ascos, á él! ¡La
_Jarreta_, aquella barredura!
No contestó. La harpía continuaba vociferando. El insultado bajaba la
cabeza y se internaba ya en la calle del Faro, en dirección al Faro
mismo. Según adelantamos por esta calle, algo pendiente, dirigiéndonos
al cementerio y viendo en lontananza, sobre el erguido promontorio, la
misteriosa torre fenicia vestida por Carlos III con túnica neo-griega,
las casas van siendo más pobres, más bajas, más irregulares, hasta
que, cerca ya del cementerio, desaparecen por completo á la izquierda
del arroyo, transformado en camino real, y sólo se divisa á la derecha
hasta media docena de ranchos seguidos, compuestos sólo de una planta
baja y un desván gatero, ó _fayado_, como en Marineda suele decirse.
Los cinco primeros ranchos debían de hallarse deshabitados, porque un
papel blanco se destacaba sobre las vidrieras. En el último rancho,
lindante con el cementerio, vivía Juan. La pintura de almazarrón
que cubría uniformemente las maderas de las seis barracas, de día
trazaba una línea de sangre sobre el fondo verdoso ó plomizo del
Océano.—Llegó Rojo á su puerta, encorvado y encogido, á modo de quien
huye de la persecución de un látigo, y alzó el pestillo y se filtró
cautelosamente en la casa, como el que penetra á escondidas en el
domicilio ajeno á cometer reprobada acción. Ya dentro, echó cerillas y
encendió el reverbero de petróleo colgado de la pared.
Cual si aquella luz sirviese para iluminarle con una idea en cierto
modo consoladora, acordóse entonces nuevamente, redobladas sus
inquietudes, del niño, ¿Telmo? ¿Dónde estaría metido Telmo? Era raro no
haberle visto en todo el día, y más raro aún no encontrarle esperando
ó jugando á la puerta á aquella hora, en que el apetito, excitado por
un día entero de travesear por las calles, tenía que empujarle hacia
la cena. Cuando su padre se retrasaba en volver á casa, el chico solía
aguardarle en la de una vecina, esposa de un botero del Muelle, y
madre de cuatro criaturitas,—encanto de Telmo, pues aquella caterva
le obedecía y respetaba, por ser mayor.—Á esta buena mujer, llamada
Juliana _la Marinera_, y medio ciega de una persistente oftalmia,
acudía Rojo en demanda de servicios domésticos, que remuneraba con
bastante largueza; verbi gracia, arrimar el puchero á la lumbre, echar
algún remiendo á su ropa ó á la de Telmo, planchar tal cual camisa,
mondar patatas ó fregar el suelo—cada semestre, á lo sumo.—Trabajando
casi á tropezones, la Marinera lo hacía todo muy mal; sus remiendos
eran mapas en relieve, y sus planchaduras tostones; pero Rojo no
la trocaba por otra operaria más hábil, ya que ésta le servía con
afabilidad, y no desdeñaba el dinero de sus manos. Viendo, pues, que
Telmo no rondaba la casa propia, ni se hallaba dentro, pensó Rojo que
estaría en la de la Marinera.—Salió á enterarse.—No: tampoco el niño
estaba allí, ni había parecido en todo el santo día. La Marinera,
ocupada en echar piezas á unos calzones de su hombre, soltó al punto la
labor, y se ofreció á recorrer las casas del vecindario, por si alguien
tenía noticia del rapaz. Entretanto Rojo se volvió á su vivienda, con
esperanzas de que allí estuviese ya el niño. Pero en el momento de
entrar, una impresión parecida á la del aire helado que exhala una
sepultura le clavó en el umbral.... ¿Qué era?
En ciertos momentos de la vida, bajo el peso del miedo indefinible é
ilimitado que sobrecoge al espíritu cuando presiente un mal sin poder
apreciar su extensión, este mal desconocido reviste la forma concreta
de otro mal ó de una serie de males viejos pasados, que resucitan y
salen de la sombra como del mar el cadáver del náufrago, desfigurado,
lívido y terrible. El silencio y soledad de la morada de Rojo; la
cazuelita con el guiso, puesta sobre los tizones; la luz ardiendo; y,
más que nada, el temor, la incertidumbre, la inexplicable desaparición
del hijo, volvieron á Rojo seis ó siete años atrás, recordándole
una hora muy semejante y muy decisiva en su arrastrada existencia.
Aquella _hora_, mejor dicho, aquel _momento_, venía cerniéndose,
preparándose desde tiempo atrás, cuando llegó, y sobre todo, desde que
fué favorablemente despachada cierta solicitud pretendiendo la plaza de
_oficial público_. Rojo, sin embargo, no veía ó no quería ver cómo se
había oscurecido la densa nube. Que su mujer andaba así, distraída....
que estaba fuera de casa largas horas.... que á la de comer, si su
marido le dirigía la palabra, no contestaba apenas.... que á veces se
quedaba como embobada, pensando en las musarañas, sin entender lo que
le decían.... que en el lecho común se volvía de espaldas, encogiendo
los pies y haciéndose un ovillo para rehuir todo contacto.... que
apenas cuidaba de Telmo, ni le hacía caricias.... ¡_ella_, tan
madraza!: que las labores de la casa las desempeñaba mal y á empujones,
¡_ella_, tan hacendosa!: y que un día, porque el marido reclamaba
una comunicación íntima y tierna que de derecho le pertenecía, había
sufrido _ella_ una convulsión, resuelta en un diluvio de lágrimas,
¡_ella_, tan dócil, tan pronta en pagar su deuda de complacencia
conyugal!
Todo esto, que en realidad era para notado y advertido, no lo notaba
Rojo, tal vez porque no había sido crisis repentina, sino gradual,
insensible en sus comienzos, y porque no sería tan exacto decir que
procedía de _la solicitud_, como afirmar que ya _antes_ la indicaban
mil pormenores, síntoma fijo, pero rara vez apreciado, de las
transformaciones del corazón. El marido, si percibía la frialdad, el
hielo moral que iba cuajándose, no le atribuía la importancia que tuvo
realmente, por su concepto del _literalismo_ de la vida, que le llevaba
á estimarse _dueño_, no en sentido figurado, sino en el más real y
positivo, de aquella criatura humana. ¡Era su mujer! Le pertenecía á
él, á él solo, ¡á Juan Rojo! ¡Y por infernal que el destino de Juan
Rojo pudiera considerarse, el destino de María Roldán estaba á él
indisolublemente unido! Al casarse, María había aceptado cuanto viniese
de su esposo, lo mismo la gloria que la última infamia.... Esto lo
creía Rojo un dogma, y si le escocía la variación del carácter de
María, no por eso imaginaba que de esta variación hubiese de seguirse
nada grave y radical....
Por más imprevisto, fué más recio el golpe. Lo había sentido casi
físicamente, á manera de porrazo en el cráneo. Ahora le parecía
volverlo á sentir, porque las circunstancias exteriores le retrotraían
al cruel instante. También _aquella noche_ había notado, al entrar en
su casa, extraña soledad y medroso silencio; también yacía, sobre los
tizones del hogar, la cazuela del estofado, bien arropada, bien tapada
con el tiesto cubierto de ascuas vivas; sólo que en la alcoba, y no
en su camita, sino en el centro del lecho matrimonial, Telmo dormía
tranquilamente: la madre le había acostado allí, como para que llenase
el hueco que dejaba ella.—Y Rojo lo recordaba todo con aguda precisión:
la espera, la salida á preguntar á las vecinas «si habían visto á su
mujer», las sonrisas despreciativas, irónicas, rara vez compasivas, que
contestaron á la pregunta, la primer noticia de la fuga, no creída,
el aferrarse á la convicción de que todo era una broma que María le
daba, la noche pasada entre esa angustia del dudar que precede á la
convicción de una catástrofe y es cien veces más intolerable que la
misma certidumbre, las investigaciones desesperadas del día siguiente,
el llanto desgarrador del niño que á toda costa quería ser vestido,
lavado, atendido por _mamá_, las noticias ya seguras, adquiridas en el
Gobierno civil, de que se había visto á María en un carro, camino de
Lugo, acompañada de _un individuo_, los ofrecimientos de traerla al
ofendido esposo «por puestos de la Guardia civil», la inesperada forma
que en su espíritu tomaron el desengaño y la afrenta, convirtiéndose
en una total _renuncia del derecho_.... y el empeño que había tenido
por espacio de muchos días en representarse á María—que aún era fresca
y joven—extraviada, enloquecida por una pasión delirante, ilusionada
hasta el frenesí con otro hombre, y disculpable por la fiebre del
cariño....
Mas este concepto del motivo de la deserción conyugal, no pudo
prevalecer.... Amigotes, vecinas, guardias municipales, gente
oficiosa, se encargaron de desengañarle un día y otro día.... Qué
amor, ni qué.... ¡El _hombre_ con quien María había huído le era casi
indiferente!.... Lo había conocido puede decirse que de la noche á
la mañana, y ni las tristezas, ni las rarezas, ni las distracciones
anteriores tenían nada que ver con el _personaje_.... Por lo demás,
todo el barrio sabía que María estaba resuelta á tomar el tole «con
el primero que se presentara....» Se lo había dejado decir muchas
veces.... «Y si no encuentro un desesperado, lo mismo da; yo me
gobernaré.... No faltan casas de las Nueve tejas por el mundo....»
La casa de las Nueve tejas,—Rojo lo recordó,—era un lugar infame,
llamado así por lo angosto de su fachada, que coronaban únicamente
nueve tejas, y famoso por esta misma singularidad en el mapa del
vicio marinedino.—No era, pues, la fatalidad pasional lo que había
deshecho el hogar de Rojo...., sino otro sentimiento, el que impulsa
á huir de una ignominia refugiándose en distinta ignominia.... ¿mayor
ó menor? Arduo problema, que las comadres del barrio tenían resuelto
de plano en sentido desfavorable al cónyuge. «Á mujer de bien no me
gana ni la reina,—decía una varonil tocinera del mercado,—pero si Dios
y la Virgen me castigasen con tomar el marido mío semejante oficio,
á fe de Colasa que me iba con los soldados del Cuartel.» Y esto lo
profería la comadre delante de su propio legítimo dueño y señor, el
cual respondía con mucha flema y convencimiento: «Y que te sobra decir
verdá, mujer.... Porque ciertas cosas abochornan la cara.... Yo soy
matachín, con perdón, de puercos, y á mucha honra, que nadie tiene por
qué despreciarme; pero primero me metía á recoger _mundicia_ en las
cuadras, que á matachín de cristianos.» Pocos meses después de la fuga
de María, cuando fué público que, abandonada por su cómplice, se había
dado completamente á la vida airada en Vivero, y que rodaba por las
calles, las comadres tuvieron para ella más piedad, para el marido más
aversión.... Sólo la Marinera decía sin rebozo que ella no aprobaba á
María Roldán, teniendo María Roldán una criatura.... Y esta opinión,
defendida valerosamente, le había costado devorar insultos, porque,
según las mencionadas comadres, «ella defendía á Rojo porque le servía
de criada, lo cual era una bajeza muy indecente».
Si no precisamente en estos incidentes mismos, en lo que se relacionaba
con ellos, estaban fijos los pensares de Rojo cuando entró á esperar
que se averiguase el paradero de su hijo. Tanto, que necesitó hacer un
esfuerzo para volver á la realidad y concretar sus ideas en esta sola:
«¿Y Telmo?» Dos golpes á la puerta, con el puño, apresurados, rápidos,
y la voz quejumbrosa de la Marinera, que decía ahogándose:—Señor
Rojo...., señor Rojo.... ¡Ay! ¡Madre mía de la Guardia! Señor Rojo....,
¡que dicen que el niño suyo está muy malito, muy lastimado, sin poderse
mover!.... Que se lo dijeron á mi chiquilla unas mujeres de las que
bajan á la fuente del Castillo....—Rojo salió con ímpetu, y cogiendo
de un brazo á Juliana, gritó:—¿Dónde está el muchacho? ¿Dónde?—En San
Wintila.... Crucificado á pedradas.... Vaya allá, señor Rojo.... Yo no
tengo vista, que si la tuviese....—El padre no escuchaba ya: volaba
por la cuesta arriba, para precipitarse luego por las pendientes
del sendero tortuoso. La difusa claridad de la noche, ayudada por la
argentina luz de la saliente luna, que empezaba á surgir de los montes
que cierran la bahía, ayudaba á Rojo, salvándole de rodar y batir con
su cuerpo en la escollera.
En la playa tranquila, misteriosamente iluminada por la claridad lunar,
que derramaba sobre la superficie del agua como una lluvia de hoces
de plata bruñida, no se oía sino el blando murmurio de las olas al
encontrarse acariciándose; y el sosiego y quietud del aire, la negrura
de las peñas contrastando con el fosfórico verdor del mar, la majestad
que á tal hora y en tal sitio adquiría el castillo desmantelado, eran
como ironía mofadora de la angustia del hombre que buscaba en aquellas
peñas y rocas lo único que tenía y amaba en el mundo.
Saltaba Rojo por la escollera, sin cuidarse de la probabilidad de
un peligroso traspié. Á pocos brincos estuvo dentro del fortín. La
luna alumbraba claramente el interior; á su luz el padre pudo salvar
la escombradura, y sobre un montón de piedras divisó á Telmo,
ensangrentado y exánime: ni se movía, ni se quejaba.
Rojo se abalanzó como á una presa al cuerpo inerte, y lo palpó con
ávidas manos, rugiendo de gozo al sentir calor y flexibilidad de vida
en los magullados miembros. Un suspiro le dilató el pecho: tomó al
niño en brazos, se lo cargó al hombro, y emprendió la subida, sin la
precipitación de antes, porque tenía que cuidar de su inestimable
carga. Ahora el herido gemía; sin duda el movimiento, por poco que
fuese, reavivaba sus dolores. Rojo multiplicaba las interrogaciones
entrecortadas y ansiosas, las palabras de bronca ternura dichas á
media voz, tratando de acomodar al muchacho lo mejor posible para que
no sufriese, apoyando la dolorida cabeza en su propio seno, cogiendo
á Telmo con manos de algodón, por decirlo así. Sin duda que el niño
no estaba ni muerto ni moribundo....; pero ¡Dios que perdonas y
castigas! ¿Estaría herido muy gravemente? ¿Tendría pierna ó brazo roto?
¿Le sobrevendría mortal complicación? ¿Quedaría para toda su vida
estropeado y deforme?
Cuando Rojo iba calculando estas probabilidades, había rebasado ya la
montuosa pendiente que se inclina hacia el castillo, y entraba en la
carretera, orillada por las tapias de los dos camposantos de Marineda,
el católico y el protestante ó _disidente_. La rotondita de la capilla
católica se recortaba sobre el cielo claro, y su cruz infundió al
corazón de Rojo deseos de implorar á la Divinidad, de pedir á alguien
que todo lo puede lo que no esperaba de los hombres. Aquella súplica
brotó con energía inmensa, con salvaje ímpetu, con esa fuerza que
parece suficiente para imponer la voluntad de la criatura humana hasta
al mismo Árbitro de la creación. Sin pretensión alguna de heroicidad,
como quien hace la cosa más natural, Rojo se encaró con su Dios,—porque
lo tenía,—y le dijo como quien propone un trato: «De morir alguien, que
sea yo.... El niño que viva, que sane.» Al hacer esta deprecación, la
mirada de Rojo pasó, de la cruz del cementerio, á la linterna del Faro
que se alzaba á lo lejos; alto, solitario, sublime, y como en aquel
punto mismo la intermitente mirada de luz reapareciese con purísimo
destello, refulgiendo entre las nubes, Rojo percibió una voz interior
que decía: «Vivirá, sanará.»
La puerta del rancho se había quedado abierta de paren par, el
quinqué luciendo, y Juliana la Marinera, medio á tientas como solía,
y atortolada además por el susto, daba vueltas, mudando de sitio un
cacharro, atizando la lumbre, y repitiendo á media voz: «¡Jesús, Jesús!
¡Virgen de la Guardia!» Al entrar Rojo con el niño á cuestas, la mujer
exhaló un chillido de conmiseración, se apresuró, quiso enterarse....
Pero ya el padre, con delicadeza de nodriza que deposita en la cuna
al crío, colocaba al herido sobre la cama, y se volvía para exclamar
anheloso:
—Vaya á buscar un médico, señora Juliana.... ¡Por el alma de su padre,
tráigame un médico!....