El castillo de San Wintila es uno de los varios fortines con que los
ingenieros á la Vauban del pasado siglo guarnecieron la embocadura
de la bahía marinedina, para resguardar la plaza de nuevos ataques
y embestidas del inglés. Á fin de llenar mejor su objeto defensivo,
tenía anexo un parque de artillería, servido por un polvorín colocado
á conveniente distancia. Para los tiempos de Nelson, en que si el
pundonor y la sublime noción del deber militar estaban en su punto, no
se habían inventado y refinado y perfeccionado como hoy los ingenios
y máquinas de guerra, el castillo de San Wintila era excelente
baluarte, capaz de sostener y vigilar la boca de la ría, hostilizando
á cualquier buque enemigo que asomase á su entrada. Con todo, según
suele suceder en España desde tiempo inmemorial, la línea de fortines
que reforzaba la costa de Marineda no es lo más adelantado de aquel
mismo período en que se construyó: tiene resabios del sistema de
fortificación medio-eval, y las formas románticas del castillo roquero
pugnan con el exacto trazado geométrico de la casamata. Por eso,
al caer la tarde ó de noche, el castillo de San Wintila, ya medio
desmoronado, posee cierta belleza misteriosa de ruina, y representa
dos siglos más de los que realmente cuenta. Hace mayor este encanto
lo pintoresco de su situación. En la zona agreste y desierta que
Marineda prolonga hacia el Océano,—ancha península de bordes ondulados
y caprichosos como la fimbria de una falda de seda,—la costa, después
de señalar con suave escotadura la negra línea de peñascos que orlan el
cementerio, de pronto dibuja una ensenada que, penetrando profundamente
en la orilla, se cierra casi, á la parte del mar, por estrecha
garganta, forma debida á la prolongación y ensanche del arrecife
sobre el cual se yergue el castillo. Al lado opuesto del que oprime la
angosta boca, estrecho ó canal de la ensenada, se extiende redonda,
suave, blanca, deliciosa, una playa de finísima arena.
Aun cuando este arenal presente por tierra el acceso más fácil para los
que quieran penetrar en el castillo, nuestra partida eligió descender
pasando por delante de la capilla, bajada acaso más rápida, pero
también con más exposición á desnucarse, rodando de algún precipicio al
arrecife ó al fondo de la caleta. La turbulencia de los primeros años
goza en arrostrar obstáculos y en encontrar dificultades vencibles.
Más que ninguno se complacía Telmo en el ejercicio arriesgado de
correr, mejor dicho, de rodar por aquellas pendientes, desdeñando
la senda abierta y franca. Quería demostrar á sus compañeros de una
hora que atesoraba como cualquiera y mayor grado que nadie, valor,
resolución, agilidad y destreza. Ellos, dejándole precipitarse solo,
iban en bandada, cruzando risas, insultos, excitaciones, retos,
órdenes y empellones. Á la cabeza marchaban Froilán Neira y Restituto
Taconer, sin dignarse mirar al _pandote_, al que, con su presencia y su
complacencia, hacía posible la representación del drama.
Al llegar á la fuente que corta la senda, antes de que, haciéndose más
impracticable y peligrosa, descienda á la playa, la partida se detuvo
á tomar un resuello. Algunos, sofocadísimos, acercáronse á la fuente,
con ganas de beber del caño el agua famosa de San Wintila, tenida
por medicinal: hubo quien colmó de líquido la gorra, y acanalando
la visera, apagó la sed en tal guisa: otros, menos sedientos y más
deseosos de cháchara, la emprendieron con unas pobres mujeres que
abrevaban en el pilón dos ó tres parejas de grandes bueyes rojos.
Fué aquello un diluvio de chanzonetas en dialecto.—«Comadre, ¿me da
á mí de beber?»—«Véndame los bueyes, comadre.»—«¿Á cómo vale cada
cuerno?»—«¿Quiere dos perros chicos por la pareja?»—«Ese tiene un
sobrehueso en el rabo: aguarde, que se lo voy á amputar.» Rompieron
las mujerucas en gritos y denuestos, lo mismo que si las pellizcaran.
Telmo vió en la broma pretexto de _asociarse_, de intimar con la
partida, y llegándose bonitamente á uno de los bueyes, sacando una
navajilla ó cortaplumas que siempre llevaba consigo, y ocultándola
en la mano cerrada, la clavó con disimulo en el hocico del animal,
que saltó enfurecido, bramando y mugiendo, arrastrando en pos de sí
á la mujer que tenía la cuerda. ¡Aquí de Dios y del rey! Ya no fué
refunfuñar ni gruñir; no fueron gritos ni quejas, sino alarido de
muerte el que alzaron las aldeanas. «Socorro, socorro.... Lambones,
papulitos del infierno, cochinos, señoritos de basura, hemos de ir
al juez que vos eche á presidio....» Á la sazón reparó una de las
mujeres en Telmo, á quien conocía por razón de vecindad, y su fisonomía
descompuesta se inflamó aún más de desprecio y odio. «¡Tú habías de
ser, hijo de mal padre, malacaste, tiñoso, retoño de la horca!.... ¡Á
tu padre y á ti os habían de agarrotar, en vez de ser vosotros quien
agarrota á los infelices!.... ¡Valientes señoritos de estiércol esos
que se juntan con una pudrición como tú!....»
Fué como perdigonada repentina que dispersa un bando de gorriones. Los
chicos alzaron el vuelo, dejando en pos de sí clamoreo confuso, un
_¡uuú!_ largo y burlón, impotente recurso para ocultar la vergüenza y
el interior berrinche. Telmo también clamaba, también gritaba _¡uuú!_;
pero sus mejillas iban carmesíes y sus pupilas preñadas de cierto
salado licor que reabsorbió con sobrehumano esfuerzo.
Ya pisaban el arrecife y deteníanse al pie de las murallas del
castillo. Allí era preciso celebrar nuevo consejo. _Cartucho_ y
_Edisón_ centraron el corro, dejando á Telmo fuera. Instintivamente,
por movimiento propio del alma humana, y sobre todo de la infantil,
cerrada á la generosidad y á la equidad, los chicos, al sentir la
mortificación del incidente ocurrido, echaban toda la culpa á Telmo,
á Telmo, que iba á ser su víctima dentro de breves instantes. Al
cargarle la parte más dura y peligrosa del juego, se les figuraba
ser justicieros, justicieros á raja tabla. ¿No había dicho la mujer
aquella que Telmo merecía el garrote? Cuanto más se le apretase, más se
cumpliría la ley de la justicia, que infama á su propio ejecutor hasta
pasada la cuarta generación—mejor dicho, eternamente.—No juraría yo que
estas filosofías las razonasen y dedujesen con rigor los alumnos del
Instituto marinedino; pero llevaban el germen de ellas en el corazón y
en el cerebro y á su impulso obedecían.
Después de haber conferenciado obra de un minuto, intimaron á Telmo
las disposiciones militares. «Oyes tú...., hazte bien cargo...., no
nos fastidies. Tú eras la guarnición del castillo, y nosotros lo
tomábamos por asalto. Te metes en él, y desde allí te defiendes como
puedas. Pero, ¡barajas!, si te escondes, no vale. Hemos de verte en las
ventanas ó en las troneras ó en la puerta ó en lo alto del muro...., en
fin, que hemos de verte. Si te escondes, eres un camastrón, mamalón,
mulo, miedoso. ¿Entendiste?»
Telmo levantó su graciosa cabeza de negrito blanco; sacudió briosamente
la ensortijada zalea; una sonrisa vanidosa dilató sus labios gruesos,
y afianzando la mano en la cadera, respondió enérgicamente: «¡Contra!
Ni soy miedoso, ni me escondo, ¡barajas! Para entrar en el castillo,
tendréis que matarme.»
¡Genio eminentemente español de las defensas heroicas de plazas y
castillos, en que un puñado de hombres entretiene y domina á un
ejército numeroso! ¡Morella, Numancia, Zaragoza, Sagunto! Nunca vuestro
espíritu impulsó á nadie con más fuerza que al bizarro Telmo, cuando
á brincos, á gatas, veloz como una lagartija, se encaramaba por el
interior del ruinoso y destechado fortín para aparecer, descubierto
el cuerpo todo, derramando denuedo, sobre el adarve. En los minutos
anteriores á su ascensión por las paredes, no le había faltado
tiempo de llenar bolsillos y boina de piedras redondeadas y no muy
gruesas,—las mejores para arrojadizas,—é improvisar una honda con
la manga de la camisa, que arrancó de un tirón. Más que en aquel
imperfecto instrumento, fiaba en sus brazos fuertes y nerviosos. Era
ambidextro, y contaba ayudarse con la izquierda.
El ejército sitiador, replegado en compacta masa á la entrada del
arrecife, exhaló un grito viendo aparecer sobre el adarve á la
guarnición. Era el aullido que corea la salida del toro del toril. Cada
muchacho escondía su proyectil en el hueco de la mano: más de doce
brazos hicieron á la vez el molinete, y una nube de piedras, venciendo
la gravedad, subió en busca de la cabeza del intrépido adalid. La ley
caballeresca de las _pedreas_ infantiles, que manda no disparar sino
á las piernas, allí no se observaba; ¿ni qué ley había de observarse
con semejante adversario? Pero él, raudo y precavido, esquivó la nube
corriendo como un gamo á la parte opuesta del adarve; y sin perder paso
ni carrera, hizo el molinete á su vez, y la piedra, silbando al ras
de la tierra como un reptil, fué á percutir la canilla de _Cartucho_,
que exhaló un grito de dolor. «¡Barajitas con ese, que me ha roto la
espinilla! ¡Piedras, puño, piedras en él!»
Como los otros se reían, _Cartucho_ rumió entre dientes dolorosos
ayes; sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no flaqueó su energía.
Al contrario: diríase que la rabia del golpe inflamaba su coraje.
Tenía fama de excelente tirador de piedra: eligió del suelo una, bien
lisa y monda, afilada lo mismo que un hacha, y antes de arrojarla, se
detuvo. Telmo esquivara la nueva descarga de piedras lanzada contra él
por medio de una maniobra análoga á la anterior: huyendo prontamente
al otro extremo del adarve, y refugiándose en un cubo. Esta ocasión
aguardaba _Cartucho_. Calculó adonde se replegaba Telmo, y allá
disparó el guijarro con mano certera. El proyectil alcanzó á Telmo en
un hombro. El sitiado se detuvo, paralizado sin duda por el golpe. No
obstante, ni llevó la mano á la parte lastimada, ni se abrió su boca
para exhalar una queja. Lo que hizo fué evitar la segunda peladilla,
adoptando una estrategia de salvaje. Presentaba el derruido murallón
bastantes desigualdades, y los huecos de los arrancados ó desquiciados
sillares dejaban sitio para que pudiese una persona agarrarse,
sostenerse, ocultarse, y parapetarse en caso de necesidad. Telmo eligió
uno de esos huecos, favorables á su plan de defensa, colocándose de
tal suerte, que si, para lanzar las piedras, sacaba fuera del adarve
todo el pecho, al ver venir la granizada, podía descolgarse apoyando un
pie en el hueco, y quedar protegido por el muro. Sus dos brazos, como
aspas de molino, salían por cima del adarve, arrojando proyectiles con
tanto acierto, que ya tres sitiadores cojeaban; lo cual revelaba la
caballerosidad de Telmo, que, acosado, sitiado por enemigos numerosos,
solo allí para defenderse contra un ejército, acataba la ley del código
de honor: disparaba únicamente á las piernas.
Comprendían sin embargo los asaltantes que aquello era cuestión de
tiempo, y esto mismo cebaba más su fiereza y su coraje. De trece
ó catorce piedras lanzadas á la vez, ¿no había de tocar alguna al
defensor? ¿No habían de herir aquella cabeza que incesantemente se
alzaba y hundía, á modo de diablillo en caja de chasco? En lucha tan
desigual, á Telmo le tocaba sucumbir. Froilán Neira (_Edisón_), el más
listo de la partida, la única inteligencia calculadora de la reunión,
tuvo una idea luminosa.
—No haremos nada, ¡puño! mientras nos estemos aquí apiñados.... Así
él sabe de dónde viene la piedra y se escabulle.... Á repartirse.
Callobre, Augusto y Montenegro, allí.... Rafael y Santos, á la
derecha.... Los demás, en aquella peña alta.... Yo, en esta otra.... ¡Y
á la cabeza! En el pecho duele pero no aturde.... Á la cabeza, entre
los dos ojos, que eso derrenga á un buey.
Diciendo y haciendo, el hábil _Edisón_ fué á empericotarse en el
arrecife, punto señalado para consumar su hazaña. Era un peñasco negro,
picudo, resbaladizo por las verdes algas que lo revestían, y en su
centro, una excavación contenía agua de mar, clara y tibia, especie
de ensenada en miniatura, en cuyo fondo se veía vibrar sus tenazas á
los cangrejos y esponjarse á un pólipo verde botella. El mar, el mar
verdadero, bañaba el pie del escollo, y _Edisón_ se mojó las botas para
tomar aquella ventajosa posición. No le importaba. Estribó firmemente
en la meseta superior del peñasco; acechó, y al ver rebasar del muro
la cabeza del sitiado, apuntó á la rizosa vedija de cabellos, alzó el
brazo, lo revolvió tres veces con pausa.... ¡Ah! lo que es esta sí que
había hecho blanco.
La cabeza desapareció de la rasante del murallón.... Los sitiadores
exhalaron un grito de triunfo ronco y fiero.... Pero la cabeza
reaparecía, pálida, surcada por un hilo de sangre; serena, fruncido
el ceño, sublimada por radiante expresión de gozo y de heroísmo,
y las dos manos, á un tiempo, enviaban á las piernas de _Edisón_
dos proyectiles.... Ambos acertaron, y sin causar grave daño al
caudillo, lograron no obstante, por la falsa posición en que se
encontraba,—parecida á la del coloso de Rodas,—derribarle de su
pedestal. Cayó, y cayó al mar de plano, y el agua salobre penetró en
sus orejas y en sus pulmones, aturdiéndole. Mas como allí se hacía
pie, el chico, guiado por el instinto de conservación, braceó y logró
salir al playal. El incidente había distraído y aun asustado un poco á
sus compañeros: todos abandonaron sus posiciones y se dirigieron á la
arena, con la vaga aprensión de algún trágico suceso. _Edisón_ surgió
chorreando y bufando de vergüenza, enseñando el puño á la guarnición
del inexpugnable castillo. Como si fuese una consigna, todos los de la
partida arrojaron á Telmo, en defecto de las inútiles piedras, algún
insulto. «¡Cobardón, mandria, bocalán; á que no te pones como antes
sobre la pared!.... ¡Te escondes, y desde el escondite disparas! ¡No
vale, miedoso! ¡Traición!»
Con la serenidad de la tarde, la quietud de las olas, el silencio de
aquellos parajes solitarios, las injurias llegaban altas y estridentes
al defensor de San Wintila. Y no se sabe cuál fué más pronto, si oirlas
ó trepar por las grietas y presentarse de cuerpo entero sobre el
adarve, con las manos vacías, los brazos desdeñosamente cruzados sobre
el pecho, ensangrentada la faz, el traje desgarrado. Su actitud era de
reto y provocación, de un reto orgulloso, de vencedor y héroe.
Los chicos, sin consultarse, se inclinaron para coger cada uno
su piedra, y sin concierto, á intervalos desiguales, hicieron el
molinete, lanzaron el proyectil.... Telmo, inmóvil, sin descruzar los
brazos, ni poner en práctica sus acostumbrados medios de defensa,
sin correr por el adarve ni descolgarse buscando la protección del
muro, aguardaba.... ¿Cuál de aquellas piedras fué la que primero le
alcanzó? La escrupulosidad histórica obliga á confesar que no se sabe.
Probablemente le tocaron dos á un tiempo: una en el brazo izquierdo,
otra sobre una oreja, junto á la sien. Y tampoco se sabe por obra de
cuál de las dos abrió los brazos como el ave que quiere volar, y se
desplomó hacia atrás, precipitado en el vacío.
Quedáronse los muchachos aturdidos ante su victoria. No la celebraron
con gritos ni con clamoreo triunfal. Hagámosles justicia: la conciencia
les argüía. Sus corazones nuevos y frescos, sus almas no baqueteadas
aún por las componendas de la experiencia y de la vida, les decían á
gritos que el lauro estaba manchado de infame cieno. Reinó entre ellos
el silencio más profundo. Se miraron. El ruido blando y sordo del
mar al estrellarse en la playa, el chapoteo de las olitas contra los
escollos del canal, les parecieron voces acusadoras.
—¡Contra!—se atrevió á decir _Cartucho_, el más desalmado
guerrillero.—¡Lo hemos jericopleado, señores! Duro, por hacer burla de
nosotros.
—¡Barajas! ¿Y si está muerto? La hicimos buena....—indicó _Edisón_, el
más previsor, hablando muy bajo, por si le oía el juez.
—¡Qué muerto, ni qué!.... Un _croquis_ ó dos en la cabeza.... Un
chichón más ó menos,—opinó Augusto, rapaz de dos lustros y algunos
meses, ya asiduo fumador de _elegantes_.
—Á verlo, á verlo,—exclamó Montenegro, tomando á brincos el camino de
la fortaleza.
Siguiéronle los demás. Era el arrecife peligroso, resbaladizo; pero
los chicos saltariqueaban por él lo mismo que gaviotas. La entrada
del fortín no tenía puerta alguna; únicamente amontonadas piedras
obstruían el ingreso, y grandes dovelas caídas y poderosos sillares
volcados formaban una especie de barricada, que zarzas y ortigas
hacían más inaccesible. Salvado aquel obstáculo, tenían que cruzar
los sitiadores una poternita baja, y entraban en lo que debió de ser
cuerpo de guardia de los antiguos defensores de la fortaleza, pues aún
se veían, en el murallón, señales del fuego de la chimenea ó cocina en
la pared denegrida por el humo. Allí, sobre un montón de escombros que
había recibido su cuerpo al caer de lo alto del adarve, yacía Telmo,
ensangrentado, blanco como la cal, sin movimiento ni señal alguna de
vida. Los vencedores se quedaron de una pieza.
—Ó está muerto ó lo parece,—dijo Montenegro con pavor.
—¿Qué muerto ni qué muerto? Se finge para asustarnos,—declaró
_Cartucho_.
—No seas bárbaro,—respondió _Edisón_, siempre en competencia con
el hijo del armero, que le vencía en vigor, y á quien él vencía en
meollo.—No seas cafre. Está muy mal. La hicimos, ¡barajas!
—Pues ahora.... no hay más camino que _liscarse_. ¡Y pronto!
—¿Y _ese_? ¿Lo dejamos así, como á un gato que se cayó de la buhardilla?
—¿Qué remedio? ¿Te quieres quedar tú á cuidarlo?
—_El padre_ vive ahí cerca, al lado del Campo Santo,—advirtió Augusto
el fumador.—Podíamos avisar....
—Cállate tú, cállate tú, tapón.... Á ver si te moneas conmigo....
¿Avisar al padre? Á mí no me da la gana de ir á casa del padre, ¡contra!
—Ni á mí....
—Ni á mí....
—Ni á mí, aunque me ofrezcan cien duros....
—Pues largo, que á lo mejor los municipales nos pillan.... Cada uno por
su lado. ¡Arre!