Telmo, al despertar, se metió los puños en los ojos, lamentando haber
perdido el sueño, que era bonito. ¡Como que se trataba de revistas,
paradas y simulacros, y él se había visto á sí propio convertido en
Capitán General de Cantabria, luciendo un uniforme todavía más majo
que el de gala, ostentando plumeros, penachos, galones, cordones,
estrellas, caracoleando sobre brioso alazán tostado, y con un sable
formal, formal, no de palo, sino de reluciente acero!
El despertar no podía ser más distinto de lo soñado. El niño vió á su
alrededor lo de todos los días, cuadro feo y triste: el camaranchón
sórdido, descuidado, inmundo, que sudaba por todos sus poros desaliño
y abandono. ¡Cuánta melancolía transpiraban las paredes con su revoque
negruzco; el piso de baldosa desigual y cenicienta, mal cubierto aquí y
allí por viejísimos ruedos; las prendas de ropa, bastas, de mal corte y
paño burdo, más sucias que raídas, pendientes de clavos; las dos camas
de hierro pintadas de un azul carcelario, frío, con sus mantas de tonos
apagados y terrosos, y sus sábanas agujereadas, divorciadas del agua y
del jabón!
Telmo recordaba, como se recuerda un dulce ensueño, que antes, cuando
era pequeñito, había tenido, si no precisamente colchas de seda y
palacios por morada, al menos un interior bien cuidado, cuco, limpio:
él suponía que debió de ser así, porque le había quedado, de aquella
época ya difumada entre nieblas, una sensación de calor tibio, de
nido de plumón que envuelve y abriga. Entonces sus ropas eran aseadas
y se adaptaban á sus carnes; la comida estaba sazonada y gustosa; en
invierno un brasero calentaba la habitación; en verano se percibía
un conjunto claro y fresco, de cortinas planchadas y de visillos que
tamizaban la luz. Todo esto no lo detallaba el muchacho con precisión
absoluta; sus reminiscencias se confundían, y sólo se destacaba, con
pleno realce, un rostro de mujer, que, si diésemos voto á Telmo en
materias de hermosura, diríamos que era de belleza soberana. ¿Rubia ó
morena? ¿Muy joven ó en principios de madurez? Eso no lo sabía Telmo:
sólo sí que era preciosa, y esparcía en torno suyo bienestar, un
ambiente de espliego.
No la vió á su cabecera aquel día tampoco. Quien andaba por allí era el
padre, descolgando el sombrero ruín, para encasquetárselo sin previo
manejo de cepillo. Mientras el padre se cubría, Telmo recibió la
amonestación, á que ya estaba habituado.
—Á ver si te levantas. No haraganées más. Ahí en la cocina te quedan
las sopas. Á eso de las dos ve por la calle del Arroyal, que estaré
saliendo de casa de Don Pelayo Moragas.... tú bien la sabes, ¿eh? Pues
aguárdame allí, que te llevaré á casa de Rufino.
Dijo esto último á tiempo que ya salía, y el pestillo de la puerta cayó
con agrio chirrido.
El muchacho no hizo gran caso al consejo de «no haraganear». Constábale
que tanto sacaría en limpio de levantarse, como de quedarse otro rato
en la cama. Justamente el problema que todos los días necesitaba
resolver, era en qué se invierte una jornada, no teniendo deberes ni
distracciones de ninguna especie. Para él no había escuelas, colegios,
ni estudios; y tampoco serían los amigos quienes le embobasen,
porque ese gran aliciente de la niñez, primera manifestación de las
necesidades afectivas y primer desahogo del instinto de sociabilidad,
le era desconocido. Quedábale el recurso de vagabundear sin tregua por
las calles, de ir como ánima en pena, buscando algún rincón donde no le
conociesen.
Permaneció cosa de media hora entre sábanas, cerrando los ojos para
volver á soñar, si era posible, más cosas bonitas de aquellas del
género bélico. Lo que es él, así se empeñase el demonio, militar sería.
No de tropa, no; jefe, y de los de alta graduación. Lo menos coronel.
Y con montura. ¡Dónde habrá placer como regir un caballo gallardo,
fogoso! Eso será la misma gloria.
Decidióse por fin á echar una pierna fuera de la cama, y tras la pierna
todo el cuerpo. Púsose los pantalones, que por cierto tenían más de un
siete y la orilla festoneada de barro; los suspendió como pudo de los
tirantes de orillo; vistió la chaqueta, nueva y decente; encasquetó en
la pelona una mala boina castaña, y no se le ocurrió ni acercarse al
palanganero de hierro, donde podría remediar algo la suciedad de manos
y rostro, ni arar con el batidor la enmarañada pelambrera. El abandono
de su educación había arraigado en su naturaleza infantil, y á fuer de
legítimo idealista, soñaba con brillantes galones y garzotas blancas,
mientras su cuerpo y sus trajes y su vivienda daban asco. Con los cinco
mandamientos, en vez de cuchara, despachó la cazuela de sopa grumosa y
fría, y ya le tienen Vds. dispuesto á echarse á la calle.
Cuando salió del camaranchón, pudo verse que Telmo no era guapo.
Tampoco ha de negársele alguna gracia y gentileza, algún atractivo
de ese que caracteriza á los pilluelos, por sucios y derrotados que
estén. La arremangada nariz tenía su chiste, lo mismo que los gruesos
labios de bermellón, afeados por la forma de la caja dentaria, que
los proyectaba demasiadamente hacia fuera. La frente, lobulosa,
retrocedía un poco, y la cabeza era de esas lisas por el occipucio,
como si hubiesen recibido un corte, un hachazo,—cabezas de vanidosos,
de ideólogos,—salvando algún tanto lo acentuado de esta conformación,
el bonito pelo negro, ensortijado y tupido como vellón de oveja. Los
ojos, infinitamente expresivos, de córnea azulada, líquida y brillante,
eran dos espejos del corazón del muchacho: en ellos el placer, la
pena, la altivez, la humillación, el entusiasmo, la vergüenza, se
pintaban fiel é instantáneamente, reflejando un alma abierta y fogosa.
Aquellos ojos pedían comunicación; buscaban á la gente, al mundo, para
derramarse en él. En conjunto, la cabeza del niño recordaba la de un
negro.... blanco, si es permitida la antítesis. No sólo el diseño de
las facciones, pero la expresión candorosa de cómico orgullo que se
advierte en la fisonomía de los negros ya civilizados y manumitidos,
completaban la semejanza de Telmo con el tipo africano, y por su rostro
también pasaban las ráfagas de tristeza y receloso encogimiento que
caracterizan á las razas obscuras, cuando aún no borraron el estigma de
la esclavitud.
Al cruzar la puerta, lo primero que notó Telmo fué una sensación,
ya acostumbrada, de bienestar, bajo la caricia del aire exterior.
Aborrecía las cuatro paredes, y nunca ave cautiva en jaula, fiera
circunscrita entre barras de hierro ó gas sellado en redoma, aspiró
con más energía á la plenitud del espacio. Si le gustaba lo apacible y
bello, lo grandioso, lo inmenso, le arrebataba.
Su segunda impresión fué distinta: observó que el sol, toldado entre
nubes, ya empezaba á descender de la mitad del cielo, señal de que él,
Telmo, se había descuidado, y probablemente sería tarde para reunirse
con su padre á la puerta del señor de Moragas. Este pensamiento le
espoleó. De su padre había adquirido la noción escueta y coercitiva
del literalismo, de la obediencia á los poderes constituidos, y la
practicaba; obedecía sin reverenciar ni temer, y sentía incurrir en
falta por la falta misma, no por las consecuencias, pues no había allí
verdadero rigor paternal. Salió disparado; la distancia, aunque tenida
por respetable en Marineda, era un juego para las piernas ágiles del
chico. Además, todo cuesta abajo, y con sitios donde se puede ir á la
carrera como el Campo de Belona y el Páramo de Solares, que desde hace
bastantes años lucha por ser plaza de _Mariperez_—nombre de la heroína
popular de la linda capital marinedina.
Precisamente, en la cuesta rápida que baja del alto terraplén, donde
se asienta el Cuartel de infantería, al Páramo de Solares, encontró
Telmo una tentación que le hizo perder algunos minutos. Desemboca
en aquella cuesta la vetusta calle donde, en un caseretón no menos
averiado, se acomodaba como podía el Instituto de segunda enseñanza;
y los chicos, entre dos clases, solían desparramarse en bulliciosa
bandada por el Campo de Belona, ejecutando á su modo evoluciones
militares y simulacros, no siempre incruentos, de batallas, en que los
proyectiles mortíferos que debemos á los adelantos de la ciencia, eran
sustituidos por los que la naturaleza ó las obras de cantería brindan
á la juventud. ¡Con qué envidia miró Telmo á aquella falange! ¡Cómo
se le iban los ojos tras ella! Si le fuese _permitido_ unirse á la
partida y terciar en sus empresas, ¡quién duda que á las primeras de
cambio ganaría los entorchados y hasta la cruz laureada! Su expresiva
fisonomía se entenebreció, y tuvo uno de sus minutos de tristeza, que
eran como fugitivos eclipses de toda esperanza en el porvenir. Detúvose
oyendo el bullicio escandaloso, la alborotada gritería de aquellos
cachidiablos, y, al fin, resolviéndose, á manera del que dice á una
torta sabrosa «ahí te quedas, porque no puedo meterte el diente», tomó
por el Páramo de Solares, costeó los soportales nuevos, y fué á parar
á la calle de Vergara, que nombran Arroyal todos los marinedinos. Bien
conocía la casa de Moragas, y frente al portal se situó para aguardar
á que su padre saliese. Sus ojos recorrían, sin embargo, toda la
extensión de la calle, y á uno de estos giros de pupila, vió la silueta
paternal que desaparecía á lo lejos, bajo las arcadas que sirven de
vestíbulo al Teatro. ¡Ya había salido, y él no estaba allí! ¡Qué diría!
El chico iba emprender la carrera, cuando un incidente singular le
detuvo. La ventana de Moragas se había abierto de prisa, con estrépito
de vidrios; asomó un brazo, un blanco puño de camisa, una mano larga y
flexible, y dos monedas de plata, brillantes y sonoras, cayeron sobre
las baldosas de la acera.... Todo en un decir Jesús.—Telmo se precipitó
á recogerlas, instintivamente. Sólo cuando las tuvo bien cautivas en el
hueco de la mano, le entraron ciertos escrupulillos.
¿Subiría á restituir las monedas? Digámoslo sin ambajes: la vacilación
duró muy poco. Telmo no tomaría, á buen seguro, un céntimo del ajeno
bien contra la voluntad de su dueño; en cambio, con la lógica directa
de la infancia, creía que quien tira por las ventanas el dinero no ha
de censurar á quien lo recoja. Si por un momento le dominó la idea
de echar escalera arriba y restituir su presa, la desechó al punto,
tratándose mentalmente de _páparo_; y, con resuelto ademán, sepultó los
dos duros en el hondo bolsillo de su chaqueta.
Ya no pensaba en reunirse con su padre. Aquel tesoro le imprimió
dirección distinta. Por de pronto, le sugirió que ya estaba en
situación de alternar con los demás muchachos. No era un concepto
reflexivo; más bien un instintivo cálculo, que le decía que el dinero,
en este pícaro mundo, cubre y facilita muchas cosas. Él no podía
apreciar lo exiguo de la suma; no había visto junta, en toda su vida,
otra igual, ni parecida siquiera, y los cuarenta reales que danzaban
en su faltriquera se le figuraban asiático tesoro. Con dos duros todo
se puede emprender, y todo se alcanza. Telmo, dueño de cuarenta reales,
no podía ser el mismo Telmo de á diario, él que no encontraba chico que
se asociase á sus juegos, él que en todas partes recogía envenenada
cosecha de sofiones y repulsas.
Dilatado el corazón por la esperanza, tan fulminante en la niñez,
Telmo, sin acordarse de que tenía padre en el mundo, echó por el Páramo
de Solares arriba, alcanzando en breve la cuesta. ¡Con qué presteza
la subió! Desde la cima, dominaba la extensión del Campo de Belona.
Allá en el fondo, junto al parapeto, bullía el grupo á que soñaba
incorporarse. Á dispararse otra vez. La partida no prestaba atención á
aquel chiquillo, que corría tanto, que las suelas de sus zapatos, desde
lejos, parecían girar. Los alumnos del Instituto provincial marinedino
deliberaban ¡cáspita! y la deliberación les tenía endiosados. ¡Como que
se trataba nada menos que de un consejo de guerra!
Traían entre ceja y ceja, desde principio de curso, el propósito, el
designio heroico de una batalla memorable: aspiraban á reñir la mayor y
más homérica _pedrea_ que han presenciado los siglos. Hartos estaban ya
de juegos bobos, de inocentes _piñas_ repartidas á diestro y siniestro.
¿Qué valían tales escaramuzas? No; denme Vds. un combate real y
efectivo, donde los dos caudillos, Restituto Taconer (alias _Cartucho_)
y Froilán Neira (por otro nombre _Edisón_) ganasen imperecedera
nombradía. Aquel día les ayudaba la suerte: el Sr. Roncesvalles,
catedrático de Historia, había tenido la feliz ocurrencia de quedarse
en cama, no sé con cuál entripado ó alifafe, y los chicos disponían
de la tarde entera para sus demoniuras; tarde que, además, habiendo
roto el sol la cortina de niebla, por su serenidad hermosa convidaba á
esparcimiento.
Reducida quedaba la dificultad á buscar un sitio donde los guardias
municipales no oliesen la quema. Sobre esto versaba la deliberación.
La mayoría propuso la escollera llamada del Parrochal, y también del
_Emperador_, por ser tradición—demostrada con sólidos argumentos en
un folletito del Sr. Roncesvalles—que á aquella parte de la muralla
marinedina, y al pie de su vieja poterna, había atracado la lancha ó
bote que conducía al César Carlos V cuando vino á celebrar Córtes y
pedir subsidios en la ciudad de Marineda. Era el punto muy estratégico,
por estar la muralla derruida á trozos, y abundar portillos y grietas
que permitían burlar la persecución de los más activos polizontes.
En cambio, ¡barajas!, el sitio se registraba perfectamente desde las
ventanas de la Audiencia, Cárcel, Capitanía general, y de muchísimas
casas particulares; y apenas silbase en el aire la primer peladilla
de arroyo, no faltaría un mala alma que avisase al jefe de la ronda y
les echase encima los agentes. Había otro lugar precioso: ¡conchas!,
de primor, que ni inventado; un lugar que tenía ya preparadito el
escenario y el _argumento_ del hecho de armas que se proponían realizar
aquellos valientes.... ¡El castillo de San Wintila!
Allí, allí sí que la acción podía adornarse con todos los requisitos
que, según les enseñaban á ellos en clase de retórica, necesita la
tragedia: peripecias, prótasis, epítasis y catástrofe. Por allí sí
que rara vez, ó puede decirse que nunca, aportaba un agente de la
autoridad, con el bastón alzado y la lengua regañona é insultante. Allí
sí.... Pero ¡barajas! ¿Qué teníamos con eso? El asalto del castillo de
San Wintila no era realizable sin que existiese un héroe, dispuesto á
sacrificarse para mayor diversión y recreo de los demás; hacía falta
un _pandote_, y nadie lo quería ser; todos aspiraban al lucido puesto
de asaltantes. Hablóse de echar la china y la paja-perra; mas nadie
se avino á fiar en los azares de la suerte. ¿Azares? Ó trampas....
¡Vaya V. á saber! No, no; no hay confianza en la cuadrilla.... Sobre
esto se armaba un gran vocerío, una acalorada discusión.—«Sois unos
panarras, no servís para maldito....»—«Sí, sí, pues anda y sirve
tú....; á ver si eres tú el que te mamas las piedras....»—«Hombre, pues
á suertes....; la suerte es igual para todos.»—«Me cargo en la suerte;
siempre haréis escamoteos y chanchullos....»—«Al Parrochal, hombre, al
Parrochal, que allí no hay esas dificultades....»—«Pero ¡barajas! ¡Si
en seguida asoma el General los bigotes, y avisa á los municipales para
jericoplearnos!....»
Desalado, sudoroso y con el alma al borde de la boca, que abría de un
jeme por no asfixiarse en su veloz corrida, llegaba entonces Telmo á
juntarse con la banda.—«¿Qué querrá éste?»—gruñó _Cartucho_, fijándole
de reojo con sus ojuelos maliciosos y bizcos.—«¿Quién es?»—preguntó un
novato del grupo.—Y el hijo del armero silabeó misteriosamente:—«¿Que
quién es, barajas? El cachorro del _buchí_».—«¡Contra! No me da la gana
de jugar con él.»—«¡Déjalo, barajas! que ya tenemos _pandote_»,—replicó
el caudillo con la firmeza y previsión del hábil estratégico que, en
acciones de guerra, sabe aprovechar todo recurso.
Telmo se había parado, poseído de increíble timidez, á pocos pasos de
la hueste. Toda la incitación de su esperanza; todo el pueril aplomo
que le inspiraba la posesión de las dos brillantes monedas, trocóse
en encogimiento horrible al verse próximo á la sociedad, que era para
él lo que para la mujer tachada, el severo círculo aristocrático,
¡más inexpugnable que una muralla de hierro!, donde no logra penetrar
nunca.—Telmo _sentía_ físicamente el peso de su traje destrozado,
descuidado y sucio, en presencia de aquellos niños que, aun en medio
del desorden del juego, revelaban en su ropa más ó menos lujosa, pero
aseada y bien recosida, el cuidado de dedos femeniles, el esmero de una
madre, la posesión de un hogar. ¡Cuán felices ellos, con su cuaderno
de apuntes en el bolsillo, emblema de la fraternidad escolar, con su
alegre compañerismo, con sus horas de juego, con sus estudios que les
habían de granjear un puesto entre las gentes, y cuán desdichado él, á
quien tenían derecho de rechazar á puntapiés, como á can sarnoso!
Permanecía clavado en el mismo lugar, sin ánimos para decir palabra,
agitada la respiración, repentinamente pálidas las mejillas, el
corazón bailarín. Los dos pedazos de plata en que había fundado todas
sus osadas hipótesis, le parecían ahora más ínfimos que dos ruedas de
plomo. Sintió impulsos de agarrarlos y tirarlos también, imitando á
la persona que sacó el brazo por la ventana de Moragas. ¡Qué idiotez,
suponer que con aquellas monedas se podía comprar el derecho de
asociarse á los chicos del Instituto! Ni siquiera prestaban el valor
necesario para pronunciar intrépidamente la frase sacramental: «¿Me
dejáis jugar con vosotros?»
La súplica sólo la formularon sus ojos, fijos con angustia en ambos
cabecillas, quienes, á su vez, le consideraban con cierto desdén ó
altanería indulgente. Al fin _Edisón_, entre despreciativo y magnánimo,
se _dignó_ dirigirle la palabra.
—Vamos á la playa de San Wintila. ¿Te quieres tú venir?
Telmo imaginó que se abrían los cielos y que escuchaba los cánticos de
los serafines. Paralizado por la emoción, con la cabeza dijo que sí.
—Has de obedecer como un recluta.
Nuevo balanceo de cabeza.
—Has de hacer lo que te manden.... y ojo con el miedo.
Ademán de resolución.
—Pues andando. ¡Liscaááá!
Á este grito de guerra, toda la partida salió corriendo.