.... _ita ut serviamus in novitate spiritus, et non in vetustate
litteræ_.
(San Pablo á los Romanos.)
I
Rendido ya de lo mucho que se prolongara la consulta aquella tarde tan
gris y melancólica del mes de Marzo, el Doctor Moragas se echó atrás
en el sillón; suspiró arqueando el pecho; se atusó el cabello blanco y
rizoso, y tendió involuntariamente la mano hacia el último número de
la _Revue de Psychiatrie_, intonso aún, puesto sobre la mesa al lado
de cartas sin abrir y periódicos fajados. Mas antes de que deslizase
la plegadera de marfil entre las hojas del primer pliego, abrióse
con estrépito la puerta frontera á la mesa escritorio, y saltando,
rebosando risa, batiendo palmas, entró una criatura de tres á cuatro
años, que no paró en su vertiginosa carrera hasta abrazarse á una
pierna del Doctor.
—¡Nené!—exclamó él alzándola en vilo.—¡Si aún no son las dos! Á ver
cómo se larga V. de aquí. ¿Quién la manda venir mientras está uno
ocupado?
Reía á más y mejor la chiquilla. Su cara era un poema de júbilo. Sus
ojuelos, guiñados con picardía deliciosa, negros y vivos, contrastaban
con la finura un tanto clorótica de la tez. Entre sus labios puros
asomaba la lengüecilla color de rosa. El rubio y laso cabello le tapaba
la frente y se esparcía como una madeja de seda cruda por los hombros.
Al levantarla el Doctor, ella pugnó por mesarle las barbas ó el pelo,
provocando el regaño cómico que siempre resultaba de atentados por el
estilo.
Desde la entrada de la criatura, parecía menos severo el aspecto
de la habitación, alumbrada por dos ventanas que dejaban paso á la
velada claridad del sol marinedino. Bien conocía Nené los rincones de
aquel lugar austero, y sabía adonde dirigir la mirada y el dedito
imperioso con que los niños señalan la dirección de su encaprichada
voluntad. No era á los tupidos cortinajes; no á las altas estanterías,
al través de cuyos vidrios se transparentaba á veces el tono rojo
de una encuadernación flamante; menos aún á la parte baja de las
mismas estanterías, donde, relucientes de limpieza y rigurosamente
clasificadas, brillaban las herramientas quirúrgicas: los trócares,
bisturíes, pinzas y tijeras de misteriosa forma en sus cajas de zapa
y terciopelo; los forceps presentando la concavidad de acero de su
terrible cuchara; los espéculos, que recuerdan á la vez el instrumento
óptico y el de tortura....
Tampoco atraían á la inocente los medrosos bustos que patentizaban
los sistemas nervioso y venoso, y que miraban siniestramente con su
ojo blanco, descarnado, sin párpados; ni aquella silla tan rara,
que se desarticulaba adoptando todas las posiciones; ni el ancha
palangana rodeada de esponjas y botecitos de ácido fénico; ni los
objetos informes, de goma vulcanizada; ni nada, en fin, de lo que
allí era propiamente ciencia curativa. ¡No! Desde el punto en que
atravesaba la puerta, dirigíase flechada Nené hacia una esquina de la
habitación, á la izquierda del sillón del Doctor, donde, suspendida
de la pared por cordones de seda, había una ligera canasta forrada de
raso. Era la famosa báscula pesa-bebés, el mejor medio de comprobar
si la leche de las nodrizas reune condiciones, nutre ó desnutre al
crío; y en su acolchado hueco, á manera de imagen ó símbolo del rorro
viviente, veíase un cromo, un nene de cartón, desnudo, agachado,
apoyadito con las manos en el fondo de la canasta, alzando la cara
mofletuda y abriendo sus enormes ojazos azules. El cromo era el ídolo
de Nené, que tendía las manos para alcanzar á su altura, chillando:
«Nino selo, Nino selo.»—«Vamos á ver,» contestaba el Doctor, «¿qué
quieres tú que te traiga hoy el Niño del cielo?» Había minutos
de duda, de incertidumbre, de combate entre diversas tentaciones
igualmente fascinadoras.—«Tayamelos.... rotilas.... amendas.... no,
no, galetas.... Un chupa-chupa....» El chupa-chupa prevalecía al fin,
y el Doctor, levantándose ágilmente y ejecutando con limpieza suma el
escamoteo, deslizaba del bolsillo de su batín al fondo de la canasta un
trozo de piñonate. Aupando después á Nené, el hallazgo de la deseada
golosina era una explosión de gritos de gozo y risotadas mutuas.
Preparábase alguna comedia de este género, porque Nené ya gobernaba
hacia la báscula, cuando asomó por la puerta lateral, que sin duda
conducía á la antesala, un criado, que al ver al Doctor con la niña en
brazos, quedóse indeciso. Moragas, contrariado, frunció el entrecejo.
—¿Qué ocurre?
—Uno que ahora mismito llega.... Dice que si pudiera entrar lo
estimaría mucho; que ya vino antes, y como había tanta _familia_....
Alzó la vista el médico, y se fijó en la esfera del reloj de pared.
Marcaba las dos.... menos cinco. Esclavo del deber, Moragas se resignó.
—Bueno, que entre.... Nené, á jugar con la muchacha.... Ahora no da
nada el _Nino selo_. Ya sabes que mientras hay consulta....
Nené obedeció, muy contra su voluntad. Antes de volverse, dejando
cerrada la puerta que le incomunicaba con la chiquilla, el Doctor
adivinó de pie en el umbral al tardío cliente. Delataba su presencia
un anhelar indefinible, la congoja de una respiración; y al encararse
con él, el médico le vió inmóvil, encorvado, aferrando con ambas manos
contra el estómago el hongo verdoso y bisunto.
Moragas mascó un «siéntese», y se encaminó á su sillón, calando
nerviosamente los quevedos de oro y adquiriendo repentina gravedad. Su
mirada cayó sobre el enfermo como caería un martillo, y en su memoria
hubo una tensión repentina y violenta. «¿Dónde he visto yo esta cara?»
El hombre no saludó. Sin soltar el sombrero y con movimiento torpe,
ocupó el asiento de la silla que el Doctor le indicara; sentado y todo,
su respiración siguió produciendo aquel murmullo hosco y entrecortado,
que era como un hervor pulmonar. Á las primeras interrogaciones del
Doctor, rutinarias, claras, categóricas, contestó de modo reticente y
confuso, dominado tal vez por el vago miedo y el conato de disimulo
ante la ciencia que caracteriza en las consultas médicas á las gentes
de baja estofa; pero, al mismo tiempo, expresándose con términos más
rebuscados y escogidos de lo que prometía su pelaje. Moragas precisó
el interrogatorio, ahondando, entregado ya por completo á su tarea.
«¿Hace mucho que nota V. esos ataques de bilis? Los insomnios, ¿son
frecuentes? ¿Todas las noches, ó por temporadas? ¿Trabaja V. en alguna
oficina; se pasa largas horas sentado?»
—No, señor,—contestó el cliente con voz sorda y lenta.—Yo apenas
trabajo. Vivo descansadamente; vamos, sin obligación.
Al parecer nada tenía de particular la frase, y, sin embargo, le sonó
á Moragas de extraño modo, renovándole la punzada de la curiosidad
y el prurito de recordar en qué sitio y ocasión había visto á aquel
hombre. Volvió á fijar sus ojos, más escrutadores aún, en la cara
del enfermo. En realidad, las trazas de éste concordaban muy mal
con la aristocrática afirmación de vida descansada que acababa de
hacer. Su vestir era el vestir sórdido y fúnebre de la mesocracia más
modesta, cuando se funde con el pueblo propiamente dicho: hongo sucio
y maltratado, terno de un negro ala de mosca, compuesto de mal cortada
cazadora y angosto pantalón, corbata de seda negra, lustrosa y anudada
al descuido, camisa de tres ó cuatro días de fecha, leontina de plata,
borceguíes de becerro resquebrajado sin embetunar, y en las manos nada
absolutamente: ni paraguas, ni bastón. No suelen andar así los ricos, á
quienes por obra y gracia de Dios les caen del cielo las hogazas.
—¿Según eso, no hace V. ejercicio ninguno?—preguntó Moragas, que creía
proseguir el interrogatorio facultativo, pero se iba por la tangente de
la excitada curiosidad.
—Como ejercicio, sí....—respondió opacamente el hombre.—Paseo
muchísimo. Á veces ando dos y tres leguas y no me canso. Algo se
trabaja también en la casa. No es uno ningún holgazán.
—No he dicho que V. lo sea,—replicó con inflexión de severidad el
médico.—Yo tengo que enterarme, si he de saber lo que anda descompuesto
en V. ¿Á ver? Reclínese allí,—ordenó, señalando hacia un ancho diván
colocado entre las dos ventanas del gabinete.
Obedeció el enfermo, y Moragas, acercándose, le desabrochó los
últimos botones del chaleco, tactando y apoyando de plano su mano
izquierda, abierta, sobre la región del hipocondrio. Luego, con los
nudillos de la derecha, verificó rápidamente la percusión, auscultando
hasta dónde ascendía el sonido mate peculiar del hígado. Mientras
realizaba estas operaciones, adquiría su rostro movible una expresión
firme é inteligente, al par que el del enfermo revelaba ansia, casi
angustia.—«Puede V. levantarse»—articuló Moragas, que se volvía ya á su
sillón, canturreando entre dientes, acto mecánico en él.
Fijó otra vez la mirada en el consultante: ahora auscultaba y tactaba,
por decirlo así, su fisonomía. Moragas, aunque del vitalismo pensaba
horrores, no era el médico materialista que sólo atiende á la corteza:
sin hacer caso de ese escolástico duendecillo llamado _fuerza vital_,
nadie concedía mayor influencia que él á los fenómenos de conciencia y
á las misteriosas actividades psico-físicas, irreductibles al proceso
meramente fisiológico. «Ahí, en el cerebro ó en el alma (no disputemos
por voces), está el regulador humano», solía decir. En muchos
desfallecimientos de la materia veía lo que tiene que ver un observador
culto y sagaz: el reflejo de estados morales íntimos y secretos, que
no siempre se consultan, porque ni el mismo que los padece tiene valor
para desentrañarlos. Dígase la verdad: Moragas admitía la recíproca:
á veces curó melancolías y violencias de carácter con píldoras de
áloes ó dosis de bromuro. Él sabía que formamos una totalidad, un
conjunto armónico, y que apenas hay males del cuerpo ó del espíritu
aisladamente. En el cliente que tenía delante, su instinto le señalaba
un _caso_ moral, un hombre en quien el infarto del hígado procedía de
circunstancias y sucesos de la vida.
—¿Bebe V.?—preguntóle secamente, con cierta dureza.
—Á veces.... una chispa de caña....
—¿Una chispa no más? V. no se consulta bien, mi amigo. V. quiere
engañarme, y no estamos á engañarnos aquí.
—No le engaño á V., no señor; porque que un hombre tome un vaso ó
dos, ó tres si á mano viene, me parece á mí que no hace cuenta. Hay
ocasiones que no se puede menos, y pongo yo á cualquiera á que no eche
un trago....
—Pues V. no debe echar ninguno,—advirtió el médico endulzando la voz,
porque notó en la del cliente tonos muy amargos.—Le prohíbo á V. que lo
cate hasta Noche Buena lo menos.
¿Pero dónde diablos había visto Moragas al individuo aquel? ¿Cuándo
cruzara ante sus ojos la figura luenga, enjuta y como doblegada; la
silueta que tenía algo de furtiva, algo que inspiraba indefinible
alejamiento y recelo? Á cada instante reconstruía con más precisión
la frente cuadrangular, anchísima, el pelo gris echado atrás como por
una violenta ráfaga de aire, los enfosados ojos que parecían mirar
hacia dentro, las facciones oblicuas, los pómulos abultados, la marcada
asimetría facial, signo frecuente de desequilibrio ó perturbación en
las facultades del alma. Si el médico tuviese delante un espejo, y
pudiese establecer comparaciones entre su figura y la del individuo
á quien examinaba, comprendería mejor la impresión de repulsa que
estaba sintiendo, y la atribuiría á lo marcado del contraste. Era la
actitud de Moragas de desenfado, por mejor decir, de esa petulancia
cordial que impone simpatías: diríase que siempre se disponía á
avanzar, presentando el pecho, adelantando la cabeza, tendiendo la
nariz husmeadora y grande. El enfermo, al contrario, parecía como que,
obedeciendo al instinto de ciertos insectos repugnantes, se hallaba
constantemente dispuesto á retroceder, á agazaparse, á buscar un
rincón sombrío. Al comprobar la repulsión que le infundía el cliente,
el médico se regañó á sí propio, tuvo un impulso de bondad, y mientras
tomaba la hoja de papel para escribir una especie de directorio á que
había de sujetarse el enfermo, con la izquierda cogió de una purera de
caoba un cigarro, y se lo alargó, diciéndole:—«Fume V.»
Al mismo punto en que las yemas de sus dedos rozaron las del cliente,
la obscura reminiscencia que flotaba en su memoria dió un latido agudo,
y casi se condensó. Moragas creyó que iba á recordar...., y no recordó
todavía. Vió una niebla, detrás un rayito de pálida luz....; mas todo
se borró al rasgueo de la pluma sobre la cuartilla blanca. Mientras
escribía, notaba (sin verlo) que el cliente no se había atrevido ni á
encender el cigarro ni á guardárselo en el bolsillo de la americana.
Moragas firmó, rubricó, secó en el vade, y tendió la hoja al enfermo.
Éste permaneció un momento indeciso, con la hoja en la mano y la mirada
errante por la alfombra. Al fin se resolvió, hablando torpemente,
llamando al médico por su nombre de pila.
—Y.... dispénseme...., ¿y cuánto tengo que abonarle, Don Pelayo?
—¿Por eso?—repuso Moragas.—Según.... Si es V. pobre de verdad, deme
lo menos que pueda...., ó no me dé nada, que es lo mejor. Si tiene V.
medios...., entonces, dos duros.
El hombre echó mano pausadamente al bolsillo del chaleco, revolvió con
tres dedos en sus profundidades, y sacó dos duritos brillantes, del
nuevo cuño del nene, que depositó con reverencia en un cenicero de
bronce.
—Pues muchísimas gracias, señor de Moragas,—pronunció con cierto
aplomo, como si el acto de pagar le hubiese dado títulos que antes
no tenía.—No molesto más. Volveré, con su permiso, á decirle cómo me
prueban los remedios.
—Sí. Vuelva V. Observe el método, y no descuide la enfermedad. No es de
muerte, á no sobrevenir complicaciones; pero.... merece atenderse.
—Si uno no tuviera hijos,—contestó el hombre, alentado por aquellas
pocas palabras levemente cordiales,—tanto daba morir un poco antes como
un poco después. Al fin y al cabo se ha de morir, ¿verdad? Pues año más
ó menos, poco interesa; digo, á mí me lo parece. Pero los hijos duelen
mucho, y dejarlos pereciendo.... Vaya, á su obediencia, Don Pelayo.
Acababa de caer la cortina de la puerta; aún se oían en la antesala
los pasos del cliente, cuando Moragas se alzaba del sillón, un tanto
desazonado y nervioso.
—Lo dicho; yo conozco á este pájaro, y le conozco de _algo_ raro;
vamos, que no me cabe duda. Es particular que no caiga en la cuenta
desde luego, tan harto como está uno aquí en Marineda de rozarse con
todo bicho viviente. Y él, forastero no es, porque.... no; ¡si quedó en
volver de cuando en cuando á ver cómo le sienta el método prescrito!
No; ¡qué va á ser forastero! Moraguitas (el Doctor solía interpelarse
á sí propio en esta forma), ¿por qué no le has preguntado el nombre á
ese tío? ¿Por qué no te enteraste de dónde vive? ¡Bah! Tiempo hay; se
lo preguntaré cuando vuelva. De todos modos, me llama la atención no
acertar qué casta de punto es este....
—¡Nené!—gritó, aproximándose á la puerta por donde había salido la
chiquilla.
Pero la Nené no asomó su hociquito salado, y el Doctor, obedeciendo
á otra excitación caprichosa, volvió á la mesa, tomó la plegadera,
y emprendió de nuevo cortar las hojas de la _Revue_. Había allí
un artículo sobre los morfinómanos que debía de ser completo,
interesante.... Entretenidas las manos en la operación mecánica de
rasgar la doblez del papel, proseguía en su cerebro distraído el sordo
combate de la memoria, el impulso de la noción que quería abrirse
calle entre otras infinitas, depositadas, como en placa fonográfica,
en aquel misterioso archivo de nuestros conocimientos. Sin duda una
viva ola de sangre refrescó el rincón en que el recuerdo dormía,
porque de improviso se destacó, claro y victorioso. Sintió Moragas el
bienestar que causa el cese de la obsesión; pero apenas disipada la
rápida impresión, casi física, de libertad y sosiego, el médico notó un
estremecimiento profundo; enrojecióse su tez, hasta la misma raíz del
plateado cabello; temblaron sus labios, chispearon sus ojos, se dilató
su nariz, y Moragas, pegando un puñetazo en la mesa, exclamó en voz
alta y resonante:
—Ya sé.... El verdugo.... (Interjección furiosa y redonda.) ¡El
verdugo! (Otra más airada.)
Inmediatamente se arrancó del bolsillo el pañuelo; con las puntas de
los dedos envueltas en él tomó las dos monedas relucientes; abrió de
golpe la ventana, y dejó caer el dinero sobre las losas de la calle,
donde rebotó con son argentino.
En aquel instante la Nené empujaba la puerta. Venía gorjeando; pero
al ver á su padre que se volvía cerrando las vidrieras y destellando
cólera y horror, quedóse paradita en el umbral, con ese instinto de las
criaturas, que se hacen cargo de la situación psíquica mejor que nadie,
y murmuró por lo bajo:
—¡Papá riñe.... papá riñe!