VII.

¿Cómo ha sido formada la leyenda de San Francisco? El sentido vulgar

cree que en cuanto se habla de la leyenda de un santo, de un héroe,

de un reformador, se niega implícitamente su histórica existencia.

Nada más infundado. Todos los críticos reconocen unánimes cuán fácil

es convertir una relacion histórica en una relacion legendaria, ó

aumentar las proporciones de los hechos ciertos con los espejismos

de la exaltada fantasía. Sobre datos históricos indudables pueden

levantarse con suma facilidad leyendas inverosímiles. Que San

Francisco vivió en Asis, predicó, evangelizó, fundó su órden, influyó

poderosamente en su tiempo y entregó el alma á los cuarenta años en

rígida penitencia, cosa es evidente, por todos admitida, de nadie

negada. Pero que en torno de esta figura histórica se extiende como

una luz fantástica, tampoco admite duda alguna. Así que muere, la

trasfiguracion del Santo se verifica hasta el punto de que aquellos

mismos empeñados en no verle sino á traves de las ligerezas de su

juventud y de las exaltaciones de su edad madura, le creen preservado

del más irredimible y más fatal de todos nuestros forzosos tributos á

la naturaleza; del tributo de la muerte. Los superiores de su órden

inflaman de tal modo con el relato de sus milagros la imaginacion

popular, que en tres años se alza en Asis su inmenso monasterio, como

si hubieran descendido á fabricarlo por sobrenatural llamamiento los

ángeles del cielo. Y sucede esto, porque en los palacios y en las

cabañas, entre ricos y pobres, se conocen los hechos de Francisco

piadosamente aumentados por la fe y admitidos por la índole propia

de aquellos tiempos. La devocion se extiende en tales términos, que

cincuenta años despues de su muerte los artistas corren todos en

tropel á revestir de los cuadros nacientes en la fantasía regenerada,

la tumba de un mendigo. Ya en el mismo siglo décimotercio, la

epopeya de Francisco de Asis está escrita en hexámetros de latin

eclesiástico. Y ántes de que el siglo décimocuarto se desarrolle, la

traducen los fieles al habla de los trovadores y la ponen junto á

los libros de caballería. Su historia crece en maravillas á medida

que á mayor distancia del Santo se relata por fidelísimos devotos.

La relacion de Celano, en prosa y en latin, cuatro años despues de

la muerte de Francisco, es la más sencilla. La relacion de los tres

socios, ó de los tres discípulos, _Vita à tribus sociis_, escrita más

tarde para corregir y completar la obra de Celano, admite en mucho

mayor grado lo sobrenatural y lo maravilloso. La distancia en el

tiempo suele ser al reves de la distancia en el espacio, aumenta los

objetos.

Luégo, un filósofo escribe la vida de San Francisco de Asis y la

escribe para demostrar una tésis fundamental de su filosofía. Este

filósofo es San Buenaventura. Su sistema se deriva de Platon, y por

lo mismo se relaciona más estrechamente con el arte y con la poesía

que ningun otro sistema de aquel tiempo. Para conocer los hechos y

las ideas, lo existente y lo posible, la naturaleza y el espíritu, la

ciencia y el Criador, no tenemos bastante con las luces naturales y

con el puro raciocinio; necesitamos la intuicion sobrenatural, cuya

mirada se aguza más que en las argumentaciones dialécticas, en la

caridad y en el amor. El mundo ideal ó de los arquetipos eternos,

el mundo exterior ó de las realidades imperfectas, el mundo de las

ideas increadas y el mundo de los seres creados, propio aquél de los

ángeles y éste de las bestias, exigen, si no han de estar separados,

si han de ser comprendidos el uno por el otro, puesto que al cabo

forman los dos volúmenes de un mismo libro, las dos páginas de una

misma hoja, sólo que una página mira hácia lo divino, hácia arriba

y otra hácia lo material, hácia abajo; exigen estos dos mundos,

decia, si han de ser comprendidos, una entidad mediadora, un ente

intermedio, con algo de los ángeles y algo de las bestias: el hombre,

el cual no conoce las esencias, sino sus manifestaciones externas,

no conoce las sustancias, sino los fenómenos y no puede elevarse

hasta lo permanente, hasta lo absoluto, hasta lo eterno, hasta las

leyes que son obra del Verbo y hasta el Verbo mismo que es esencia

de Dios, ni por la percepcion, que sólo ve lo externo; ni por el

sentimiento, que sólo adivina la belleza en las proporciones; ni por

el juicio, que sólo conoce la relacion de los fenómenos; sino por

algo más grande, por un arranque soberano de la voluntad, por un

impulso ciego del sentimiento, por la mística plegaria del creyente,

exaltado, trasfigurado, fuera de sí, en arrobamiento, en éxtasis,

viendo las ideas y los arquetipos en Dios y los mundos como sombras

de esas ideas y de esos arquetipos en los espacios. Y no podia

presentarse ideal más perfecto de los trasportes del corazon, de sus

arrebatos y deliquios, de los impulsos á lo sobrenatural que este

pobre, este mendigo, este cenobita, muerto para sí y sólo viviente

para la humanidad; elevado desde las cenizas y el cilicio á la

intuicion de Dios; ántes un gusanillo de la tierra y luégo un íris

que luce sobre el diluvio de nuestras lágrimas; un Elías atravesando

los espacios en el ígneo carro de abrasador misticismo; el ángel

que San Juan viera en el Apocalípsis, apareciendo por el Oriente y

llevando el sello de Dios en las manos; sér de inmensa grandeza, sér

casi divino, que ha llegado á esta sublime trasfiguracion por la

virtud de religiosa exaltacion y por los milagros de religioso amor.

En la órden de San Francisco se profesaba como una especie de

superior adoracion á Dios, la poesía. El Santo mismo ha compuesto

versos que pasaron de boca en boca sin fijarse, sin escribirse hasta

muy tarde. Ozanam confiesa en su bellísimo libro sobre los poetas

franciscanos en el siglo décimotercio, que la oda ó himno al sol es

citado por la vez primera por Bartolomé de Pisa á fines del siglo

décimocuarto y que el poema al amor divino sólo aparece en San

Bernardino de Siena, el cual escribe cien años despues de la muerte

de San Francisco. El crítico Crescimbeni publicó el himno al sol como

muestra de antigua versificacion italiana, y otro crítico le reprochó

lo mucho añadido y lo mucho quitado so color de correccion, diciendo

que por este método podia convertirse un discurso de Demóstenes en

una oda de Anacreonte. Por aquel tiempo, Italia celebraba grandiosos

espectáculos. Ya eran torneos y justas; ya procesiones en que se

veian millares de personas vestidas con túnicas blancas y coronadas

con flores várias; ya jubileos donde trescientos mil peregrinos

se congregaban en torno de un sepulcro; ya autos sacramentales en

los claustros de las iglesias que representaban misterios de la

religion; ya capítulos como el que tuvo la órden tercera de San

Francisco, compuesto de cinco mil hermanos congregados en el campo,

al aire libre; fiestas muy gustadas del pueblo, que las amenizaba

con el esparcimiento propio del carácter italiano, con las populares

improvisaciones poéticas. Y aquí, en estas congregaciones, brotaba la

poesía popular, la poesía vertida en el habla de los pueblos, cada

vez más alejados del latin eclesiástico. Y la órden franciscana,

órden esencialmente democrática, órden de puro carácter evangélico,

órden popular, debia, para ganarse las muchedumbres, hacer dos cosas

igualmente gratas al pueblo: trovar, y trovar en la lengua del vulgo.

Así, poco á poco se iba creando la democracia, se iba desprendiendo

el arte y la ciencia del idioma de las aristocracias teocráticas para

usar el idioma de todo el mundo. Y era natural, naturalísimo, que

los franciscanos trovasen la poética vida de su seráfico fundador

y que la trovasen para el pueblo. Fray Pacífico, que acompañaba á

Francisco, á la manera del evangelista San Juan á Jesucristo, compuso

versos místicos en alabanza al inmortal fundador. Y su asunto no

podia ser más legendario. Alzó una noche los ojos al cielo y vió la

gloria, los santos, los mártires, las vírgenes, los ángeles, los

arcángeles, los serafines, los querubines, todas las jerarquías de

los seres celestes. Y en aquellos luminosos círculos sin fin, en

aquellas espléndidas esferas, por las altas cimas del Empíreo, vió

un sitio vacante; el sitio de un ángel destronado como Luzbel, y

caido desde la eterna luz en las eternas tinieblas. Y aquel sitio

angélico estaba reservado en el pensamiento de Dios al bienaventurado

Padre San Francisco. El pueblo, que toma por realidad la poesía, lo

alcanzaba tambien á descubrir allí y le consagraba su apasionado

culto y sus fervientes oraciones.

Así, poco á poco la leyenda se fué formando y se fué sustituyendo

á la historia. Un siglo más maduro que el siglo décimotercio

necesitaba reunir las tradiciones franciscanas en su conjunto y

darles la apariencia de relatos históricos. El siglo décimocuarto

es el siglo en que la prosa italiana se fija definitivamente. Y el

siglo décimocuarto es el siglo en que se escribe _I Fioretti di San

Francesco_ en prosa. No intenteis averiguar el autor de esa leyenda.

Las obras que representan el ideal de un siglo tan admirablemente

como esa obra mística, no tienen autores personales; nacen como las

catedrales que se levantan por todo un pueblo entusiasmado, el cual

eleva las piedras á los cielos, obedeciendo el llamamiento y la

órden de un arquitecto invisible. No las leais tampoco en ninguna

traduccion moderna. Nuestras lenguas son demasiado sábias para verter

todo el candor de la primitiva fe. La misma traduccion de Ozanam, con

ser obra de este literato puramente católico, de ideas ortodoxas, de

creencias purísimas, cuya fe no se desmintió un momento, está muy

léjos de verter en su correcto frances académico toda la inocencia

de ese libro. Para comprenderlo mejor, sería necesario admirarlo en

el pergamino de los primitivos códices, donde áun se conservará el

calor de la ardiente mano que trazára aquellas páginas y el borron

de alguna lágrima ferviente. No pudiendo procurarse esto, convendria

leer las _Florecillas franciscanas_ en esos libros de feria impresos

en tosco papel y con primitivas láminas, donde sobre la rudeza de la

forma resplandece el alma de un pueblo. Seguramente hay que devorarlo

en el italiano de la Edad Media. Su carácter iguala al candor de una

pintura de Cimabue, al dibujo de una viñeta de breviario, al eco

de una salmodia gregoriana, al _Stabat Mater_ en su no aprendida

sencillez que llega á lo sublime.

Las leyendas no han quitado su grandeza á ninguno de los seres sobre

los cuales han tendido sus redes de oro y perlas. Guillermo Tell vive

todavía. Cuando atravesais el lago de los Cuatro Cantones, cuando

veis resplandecer en la cima de los Alpes la nieve eterna y en el

fondo de los valles el lago celeste, la sombra que corre por todos

aquellos encantados espacios es la sombra del gran cazador que dió

muerte á un tirano y vida á un pueblo. La historia ha querido, por

una de sus extrañas coincidencias, que la personalidad histórica de

Zuinglio, el creador de la conciencia religiosa de Suiza, tenga el

lugar de su muerte cerca de la capilla de Guillermo Tell, el creador

legendario de la conciencia política de Suiza. Desde lo alto del

Righi, podeis ver la iglesia de Zuinglio desierta de peregrinos. Y en

el lago de los Cuatro Cantones veréis todos los dias barcas que se

dirigen á llevar peregrinos al sitio donde la tradicion ha convenido

en poner la leyenda del arquero inmortal, fundador de la secular

República de Helvecia. Y en aquel espléndido paisaje los versos de

Schiller, las notas de Rossini, las narraciones de la leyenda no

hacen más que aumentar la realidad del héroe, tan duradero como la

misma naturaleza. Pero la crítica os dirá que una parte considerable

de la poblacion suiza proviene de las costas del Báltico, de los

pueblos boreales, y que en esas costas, entre esos pueblos se ha

encontrado tradicion semejante á la tradicion de Guillermo Tell,

el cazador obligado á traspasar con aguda flecha la manzana puesta

sobre la cabeza de su hijo por la alevosía de un tirano, para el cual

guarda su víctima la otra flecha.

Nosotros no podemos extrañarnos de nada, porque hay en la historia

nacional un personaje parecido, símbolo de la independencia naciente,

orígen de la literatura patria, personificacion del genio hispano;

nuestro Cid Campeador. La crítica histórica del pasado siglo llegó

á negar su existencia. Eruditísimo sabio consagró un libro entero

á demostrar que el héroe aparecia en nuestros anales como una

especie de fantástica figura formada por los rayos de la exaltada

fantasía popular y semejante á las mentidas islas que la refraccion

de la luz dibuja en los purpurinos cielos del África. La especie

pasó de los libros nacionales á los libros extranjeros, y uno de

nuestros más grandes oradores tradujo la historia del célebre autor

inglés que negaba rotundamente la historia del Cid. Dábase tal viso

de verdad á la ligera crítica, que Rodrigo de Vivar se desvanecia

como héroe engañoso de falso cronicon. Inútilmente los devotos de

las glorias nacionales se hundian en los archivos, registraban los

pergaminos y veian el nombre del Cid en los últimos versos latinos

que precedieron á los primeros balbuceos de la lengua castellana.

«Ya lo veis, decian los críticos, héroe de versos, de poemas, de

romances, un Amadis de Gaula. No teneis más remedio que renunciar

á él como habeis renunciado á Bernardo del Carpio.» Los eruditos

continuaban su trabajo titánico y descubrian huellas del nombre

de Rodrigo en los documentos del siglo undécimo. Y los críticos

decian que del nombre no dudaban; pero dudaban de la verdad de los

hechos atribuidos á ese nombre. Y el Cid se enlaza á toda nuestra

historia: al orígen de las Córtes, por la Jura en Santa Gadea; al

engrandecimiento de Castilla, por sus estrechas relaciones con

D. Fernando I; al combate de los nobles con los reyes, por sus

altivas relaciones con D. Alfonso VI; á las clases populares, por

sus venganzas en los Condes de Carrion y sus protestas contra las

innovaciones religiosas; á la toma de Toledo, en cuyos muros se

dibuja aún la sombra del héroe; á la conquista de Valencia, que lleva

su glorioso nombre; al rescate de todo nuestro suelo, pues en sus

correrías por la España árabe quebrantó los brillantísimos reinos

nacidos entre las ruinas del Califato de Córdoba; al comienzo de la

lengua, porque sus leyendas, sus poemas, los cantares consagrados

á sus hazañas, son los primeros vagidos del habla nacional; y, por

último, á nuestra literatura entera, donde el Cid anima al Romancero

y el Romancero anima al teatro para producir aquellos milagros de

genio, cuyo imperio se dilatará todavía más que el imperio inmenso

de nuestras conquistas y de nuestros descubrimientos por toda la

redondez de la tierra. Inmensa pérdida la de un héroe así en nuestros

anales, pérdida irreparable que arrancaba á un tiempo la raíz de

nuestra literatura, de nuestra nacionalidad y de nuestra historia.

Pero la crítica no tiene entrañas. Y se restauró la erudicion árabe y

se comenzó el estudio de la Historia de España en las relaciones de

nuestros enemigos, y se vió que el Cid existia con sus principales

hazañas, y dejaba en el suelo mahometano y en los mahometanos

anales, un reguero de luto y de terror tan grande como el reguero de

luz y de gloria que dejára en nuestros anales y en nuestro patrio

suelo. Y la verdad histórica no fué obstáculo para que cada clase

creára un Cid á su imágen y semejanza; los nobles, el Cid altivo

con los reyes y pendenciero en el palacio; los reyes, el Cid leal y

monárquico que resplandece en las obras de Alfonso X; los pueblos,

el Cid que no transige con el regicidio consumado al pié de Zamora,

y que castiga á los Condes feudales orgullosos de su prosapia, y que

amenaza á la Roma pontificia por las maniobras contra la liturgia

mozárabe y contra la Iglesia nacional; hasta los monjes, el Cid,

sentado ante el altar mayor de San Pedro de Cardeña, despues de

muerto, y que resucita y saca la espada cuando un judío quiere

mesarle las barbas; de suerte que cada clase, cada aspiracion pone

sus ideas, sus intereses, sus recuerdos en el grandioso ideal de todo

nuestro pueblo, y el Cid de la leyenda resulta tan verdadero y tan

vivo como el Cid de la Historia, y pasa del cronicon al poema latino,

del poema latino á la leyenda de sus mocedades, de la leyenda de sus

mocedades al poema de su nombre, del poema de su nombre al Romancero,

del Romancero al teatro, siempre creciendo á medida que crece y se

agranda el genio nacional.

Así, no podeis extrañar ya el nacimiento y el desarrollo de las

leyendas religiosas, la parte que tiene en ellas el hecho histórico

y la parte que tiene la poesía. Evocad las crísis entre mundos que

nacen y mundos que espiran; trasladaos á tiempos de paz universal

propicia á la actividad del pensamiento despues de universales

guerras, ó á tiempos de guerras, que exigen fuerzas sobrehumanas

y son gérmenes de trasformaciones profundas; recorred aquellos

desiertos poblados de ideas y poblados de penitentes, aquellas

ciudades donde se espera siempre una revelacion que apague la sed

del espíritu y un salvador que rompa las cadenas con que estamos

atados al límite; evocad todo el prestigio de sitios como las

Pirámides, como la Meca, como Jerusalen, como Alejandría, en que se

han condensado los misterios y han relampagueado las ideas; ved la

aptitud de esas razas orientales educadas en lugares tan brillantes

que las arenas resplandecen como si fueran luminosas y los profetas

surgen como seres naturales de tan privilegiadas regiones; añadid

la índole de esos pueblos para la creencia, la sed del martirio

que en ellos se despierta, su vocacion al doble apostolado de

la palabra y de la espada; reconoced la tendencia de las ideas

científicas á penetrar de un lado en los abismos más insondables

de los principios metafísicos, y por otro lado á encarnarse en las

verdades más prácticas de la moral; notad luégo cómo los ideales que

ciertas gentes ven por superior inteligencia en sí, no pueden verse

de todos si no se encarnan en seres aparte de virtudes ó méritos

sobresalientes, y explicaréis con sencillez el orígen de tantas y

tantas leyendas como consuelan á los pueblos y á los hombres en

las tristes asperezas de la realidad, y los congregan en torno de

un templo ó de un sepulcro y les dan la idea de lo infinito para

expresar lo supremamente bello en el arte y penetrar por su esperanza

desde las tristes condiciones de nuestra vida, en la inmortalidad.

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 24 / 46 题