¿Cómo ha sido formada la leyenda de San Francisco? El sentido vulgar
cree que en cuanto se habla de la leyenda de un santo, de un héroe,
de un reformador, se niega implícitamente su histórica existencia.
Nada más infundado. Todos los críticos reconocen unánimes cuán fácil
es convertir una relacion histórica en una relacion legendaria, ó
aumentar las proporciones de los hechos ciertos con los espejismos
de la exaltada fantasía. Sobre datos históricos indudables pueden
levantarse con suma facilidad leyendas inverosímiles. Que San
Francisco vivió en Asis, predicó, evangelizó, fundó su órden, influyó
poderosamente en su tiempo y entregó el alma á los cuarenta años en
rígida penitencia, cosa es evidente, por todos admitida, de nadie
negada. Pero que en torno de esta figura histórica se extiende como
una luz fantástica, tampoco admite duda alguna. Así que muere, la
trasfiguracion del Santo se verifica hasta el punto de que aquellos
mismos empeñados en no verle sino á traves de las ligerezas de su
juventud y de las exaltaciones de su edad madura, le creen preservado
del más irredimible y más fatal de todos nuestros forzosos tributos á
la naturaleza; del tributo de la muerte. Los superiores de su órden
inflaman de tal modo con el relato de sus milagros la imaginacion
popular, que en tres años se alza en Asis su inmenso monasterio, como
si hubieran descendido á fabricarlo por sobrenatural llamamiento los
ángeles del cielo. Y sucede esto, porque en los palacios y en las
cabañas, entre ricos y pobres, se conocen los hechos de Francisco
piadosamente aumentados por la fe y admitidos por la índole propia
de aquellos tiempos. La devocion se extiende en tales términos, que
cincuenta años despues de su muerte los artistas corren todos en
tropel á revestir de los cuadros nacientes en la fantasía regenerada,
la tumba de un mendigo. Ya en el mismo siglo décimotercio, la
epopeya de Francisco de Asis está escrita en hexámetros de latin
eclesiástico. Y ántes de que el siglo décimocuarto se desarrolle, la
traducen los fieles al habla de los trovadores y la ponen junto á
los libros de caballería. Su historia crece en maravillas á medida
que á mayor distancia del Santo se relata por fidelísimos devotos.
La relacion de Celano, en prosa y en latin, cuatro años despues de
la muerte de Francisco, es la más sencilla. La relacion de los tres
socios, ó de los tres discípulos, _Vita à tribus sociis_, escrita más
tarde para corregir y completar la obra de Celano, admite en mucho
mayor grado lo sobrenatural y lo maravilloso. La distancia en el
tiempo suele ser al reves de la distancia en el espacio, aumenta los
objetos.
Luégo, un filósofo escribe la vida de San Francisco de Asis y la
escribe para demostrar una tésis fundamental de su filosofía. Este
filósofo es San Buenaventura. Su sistema se deriva de Platon, y por
lo mismo se relaciona más estrechamente con el arte y con la poesía
que ningun otro sistema de aquel tiempo. Para conocer los hechos y
las ideas, lo existente y lo posible, la naturaleza y el espíritu, la
ciencia y el Criador, no tenemos bastante con las luces naturales y
con el puro raciocinio; necesitamos la intuicion sobrenatural, cuya
mirada se aguza más que en las argumentaciones dialécticas, en la
caridad y en el amor. El mundo ideal ó de los arquetipos eternos,
el mundo exterior ó de las realidades imperfectas, el mundo de las
ideas increadas y el mundo de los seres creados, propio aquél de los
ángeles y éste de las bestias, exigen, si no han de estar separados,
si han de ser comprendidos el uno por el otro, puesto que al cabo
forman los dos volúmenes de un mismo libro, las dos páginas de una
misma hoja, sólo que una página mira hácia lo divino, hácia arriba
y otra hácia lo material, hácia abajo; exigen estos dos mundos,
decia, si han de ser comprendidos, una entidad mediadora, un ente
intermedio, con algo de los ángeles y algo de las bestias: el hombre,
el cual no conoce las esencias, sino sus manifestaciones externas,
no conoce las sustancias, sino los fenómenos y no puede elevarse
hasta lo permanente, hasta lo absoluto, hasta lo eterno, hasta las
leyes que son obra del Verbo y hasta el Verbo mismo que es esencia
de Dios, ni por la percepcion, que sólo ve lo externo; ni por el
sentimiento, que sólo adivina la belleza en las proporciones; ni por
el juicio, que sólo conoce la relacion de los fenómenos; sino por
algo más grande, por un arranque soberano de la voluntad, por un
impulso ciego del sentimiento, por la mística plegaria del creyente,
exaltado, trasfigurado, fuera de sí, en arrobamiento, en éxtasis,
viendo las ideas y los arquetipos en Dios y los mundos como sombras
de esas ideas y de esos arquetipos en los espacios. Y no podia
presentarse ideal más perfecto de los trasportes del corazon, de sus
arrebatos y deliquios, de los impulsos á lo sobrenatural que este
pobre, este mendigo, este cenobita, muerto para sí y sólo viviente
para la humanidad; elevado desde las cenizas y el cilicio á la
intuicion de Dios; ántes un gusanillo de la tierra y luégo un íris
que luce sobre el diluvio de nuestras lágrimas; un Elías atravesando
los espacios en el ígneo carro de abrasador misticismo; el ángel
que San Juan viera en el Apocalípsis, apareciendo por el Oriente y
llevando el sello de Dios en las manos; sér de inmensa grandeza, sér
casi divino, que ha llegado á esta sublime trasfiguracion por la
virtud de religiosa exaltacion y por los milagros de religioso amor.
En la órden de San Francisco se profesaba como una especie de
superior adoracion á Dios, la poesía. El Santo mismo ha compuesto
versos que pasaron de boca en boca sin fijarse, sin escribirse hasta
muy tarde. Ozanam confiesa en su bellísimo libro sobre los poetas
franciscanos en el siglo décimotercio, que la oda ó himno al sol es
citado por la vez primera por Bartolomé de Pisa á fines del siglo
décimocuarto y que el poema al amor divino sólo aparece en San
Bernardino de Siena, el cual escribe cien años despues de la muerte
de San Francisco. El crítico Crescimbeni publicó el himno al sol como
muestra de antigua versificacion italiana, y otro crítico le reprochó
lo mucho añadido y lo mucho quitado so color de correccion, diciendo
que por este método podia convertirse un discurso de Demóstenes en
una oda de Anacreonte. Por aquel tiempo, Italia celebraba grandiosos
espectáculos. Ya eran torneos y justas; ya procesiones en que se
veian millares de personas vestidas con túnicas blancas y coronadas
con flores várias; ya jubileos donde trescientos mil peregrinos
se congregaban en torno de un sepulcro; ya autos sacramentales en
los claustros de las iglesias que representaban misterios de la
religion; ya capítulos como el que tuvo la órden tercera de San
Francisco, compuesto de cinco mil hermanos congregados en el campo,
al aire libre; fiestas muy gustadas del pueblo, que las amenizaba
con el esparcimiento propio del carácter italiano, con las populares
improvisaciones poéticas. Y aquí, en estas congregaciones, brotaba la
poesía popular, la poesía vertida en el habla de los pueblos, cada
vez más alejados del latin eclesiástico. Y la órden franciscana,
órden esencialmente democrática, órden de puro carácter evangélico,
órden popular, debia, para ganarse las muchedumbres, hacer dos cosas
igualmente gratas al pueblo: trovar, y trovar en la lengua del vulgo.
Así, poco á poco se iba creando la democracia, se iba desprendiendo
el arte y la ciencia del idioma de las aristocracias teocráticas para
usar el idioma de todo el mundo. Y era natural, naturalísimo, que
los franciscanos trovasen la poética vida de su seráfico fundador
y que la trovasen para el pueblo. Fray Pacífico, que acompañaba á
Francisco, á la manera del evangelista San Juan á Jesucristo, compuso
versos místicos en alabanza al inmortal fundador. Y su asunto no
podia ser más legendario. Alzó una noche los ojos al cielo y vió la
gloria, los santos, los mártires, las vírgenes, los ángeles, los
arcángeles, los serafines, los querubines, todas las jerarquías de
los seres celestes. Y en aquellos luminosos círculos sin fin, en
aquellas espléndidas esferas, por las altas cimas del Empíreo, vió
un sitio vacante; el sitio de un ángel destronado como Luzbel, y
caido desde la eterna luz en las eternas tinieblas. Y aquel sitio
angélico estaba reservado en el pensamiento de Dios al bienaventurado
Padre San Francisco. El pueblo, que toma por realidad la poesía, lo
alcanzaba tambien á descubrir allí y le consagraba su apasionado
culto y sus fervientes oraciones.
Así, poco á poco la leyenda se fué formando y se fué sustituyendo
á la historia. Un siglo más maduro que el siglo décimotercio
necesitaba reunir las tradiciones franciscanas en su conjunto y
darles la apariencia de relatos históricos. El siglo décimocuarto
es el siglo en que la prosa italiana se fija definitivamente. Y el
siglo décimocuarto es el siglo en que se escribe _I Fioretti di San
Francesco_ en prosa. No intenteis averiguar el autor de esa leyenda.
Las obras que representan el ideal de un siglo tan admirablemente
como esa obra mística, no tienen autores personales; nacen como las
catedrales que se levantan por todo un pueblo entusiasmado, el cual
eleva las piedras á los cielos, obedeciendo el llamamiento y la
órden de un arquitecto invisible. No las leais tampoco en ninguna
traduccion moderna. Nuestras lenguas son demasiado sábias para verter
todo el candor de la primitiva fe. La misma traduccion de Ozanam, con
ser obra de este literato puramente católico, de ideas ortodoxas, de
creencias purísimas, cuya fe no se desmintió un momento, está muy
léjos de verter en su correcto frances académico toda la inocencia
de ese libro. Para comprenderlo mejor, sería necesario admirarlo en
el pergamino de los primitivos códices, donde áun se conservará el
calor de la ardiente mano que trazára aquellas páginas y el borron
de alguna lágrima ferviente. No pudiendo procurarse esto, convendria
leer las _Florecillas franciscanas_ en esos libros de feria impresos
en tosco papel y con primitivas láminas, donde sobre la rudeza de la
forma resplandece el alma de un pueblo. Seguramente hay que devorarlo
en el italiano de la Edad Media. Su carácter iguala al candor de una
pintura de Cimabue, al dibujo de una viñeta de breviario, al eco
de una salmodia gregoriana, al _Stabat Mater_ en su no aprendida
sencillez que llega á lo sublime.
Las leyendas no han quitado su grandeza á ninguno de los seres sobre
los cuales han tendido sus redes de oro y perlas. Guillermo Tell vive
todavía. Cuando atravesais el lago de los Cuatro Cantones, cuando
veis resplandecer en la cima de los Alpes la nieve eterna y en el
fondo de los valles el lago celeste, la sombra que corre por todos
aquellos encantados espacios es la sombra del gran cazador que dió
muerte á un tirano y vida á un pueblo. La historia ha querido, por
una de sus extrañas coincidencias, que la personalidad histórica de
Zuinglio, el creador de la conciencia religiosa de Suiza, tenga el
lugar de su muerte cerca de la capilla de Guillermo Tell, el creador
legendario de la conciencia política de Suiza. Desde lo alto del
Righi, podeis ver la iglesia de Zuinglio desierta de peregrinos. Y en
el lago de los Cuatro Cantones veréis todos los dias barcas que se
dirigen á llevar peregrinos al sitio donde la tradicion ha convenido
en poner la leyenda del arquero inmortal, fundador de la secular
República de Helvecia. Y en aquel espléndido paisaje los versos de
Schiller, las notas de Rossini, las narraciones de la leyenda no
hacen más que aumentar la realidad del héroe, tan duradero como la
misma naturaleza. Pero la crítica os dirá que una parte considerable
de la poblacion suiza proviene de las costas del Báltico, de los
pueblos boreales, y que en esas costas, entre esos pueblos se ha
encontrado tradicion semejante á la tradicion de Guillermo Tell,
el cazador obligado á traspasar con aguda flecha la manzana puesta
sobre la cabeza de su hijo por la alevosía de un tirano, para el cual
guarda su víctima la otra flecha.
Nosotros no podemos extrañarnos de nada, porque hay en la historia
nacional un personaje parecido, símbolo de la independencia naciente,
orígen de la literatura patria, personificacion del genio hispano;
nuestro Cid Campeador. La crítica histórica del pasado siglo llegó
á negar su existencia. Eruditísimo sabio consagró un libro entero
á demostrar que el héroe aparecia en nuestros anales como una
especie de fantástica figura formada por los rayos de la exaltada
fantasía popular y semejante á las mentidas islas que la refraccion
de la luz dibuja en los purpurinos cielos del África. La especie
pasó de los libros nacionales á los libros extranjeros, y uno de
nuestros más grandes oradores tradujo la historia del célebre autor
inglés que negaba rotundamente la historia del Cid. Dábase tal viso
de verdad á la ligera crítica, que Rodrigo de Vivar se desvanecia
como héroe engañoso de falso cronicon. Inútilmente los devotos de
las glorias nacionales se hundian en los archivos, registraban los
pergaminos y veian el nombre del Cid en los últimos versos latinos
que precedieron á los primeros balbuceos de la lengua castellana.
«Ya lo veis, decian los críticos, héroe de versos, de poemas, de
romances, un Amadis de Gaula. No teneis más remedio que renunciar
á él como habeis renunciado á Bernardo del Carpio.» Los eruditos
continuaban su trabajo titánico y descubrian huellas del nombre
de Rodrigo en los documentos del siglo undécimo. Y los críticos
decian que del nombre no dudaban; pero dudaban de la verdad de los
hechos atribuidos á ese nombre. Y el Cid se enlaza á toda nuestra
historia: al orígen de las Córtes, por la Jura en Santa Gadea; al
engrandecimiento de Castilla, por sus estrechas relaciones con
D. Fernando I; al combate de los nobles con los reyes, por sus
altivas relaciones con D. Alfonso VI; á las clases populares, por
sus venganzas en los Condes de Carrion y sus protestas contra las
innovaciones religiosas; á la toma de Toledo, en cuyos muros se
dibuja aún la sombra del héroe; á la conquista de Valencia, que lleva
su glorioso nombre; al rescate de todo nuestro suelo, pues en sus
correrías por la España árabe quebrantó los brillantísimos reinos
nacidos entre las ruinas del Califato de Córdoba; al comienzo de la
lengua, porque sus leyendas, sus poemas, los cantares consagrados
á sus hazañas, son los primeros vagidos del habla nacional; y, por
último, á nuestra literatura entera, donde el Cid anima al Romancero
y el Romancero anima al teatro para producir aquellos milagros de
genio, cuyo imperio se dilatará todavía más que el imperio inmenso
de nuestras conquistas y de nuestros descubrimientos por toda la
redondez de la tierra. Inmensa pérdida la de un héroe así en nuestros
anales, pérdida irreparable que arrancaba á un tiempo la raíz de
nuestra literatura, de nuestra nacionalidad y de nuestra historia.
Pero la crítica no tiene entrañas. Y se restauró la erudicion árabe y
se comenzó el estudio de la Historia de España en las relaciones de
nuestros enemigos, y se vió que el Cid existia con sus principales
hazañas, y dejaba en el suelo mahometano y en los mahometanos
anales, un reguero de luto y de terror tan grande como el reguero de
luz y de gloria que dejára en nuestros anales y en nuestro patrio
suelo. Y la verdad histórica no fué obstáculo para que cada clase
creára un Cid á su imágen y semejanza; los nobles, el Cid altivo
con los reyes y pendenciero en el palacio; los reyes, el Cid leal y
monárquico que resplandece en las obras de Alfonso X; los pueblos,
el Cid que no transige con el regicidio consumado al pié de Zamora,
y que castiga á los Condes feudales orgullosos de su prosapia, y que
amenaza á la Roma pontificia por las maniobras contra la liturgia
mozárabe y contra la Iglesia nacional; hasta los monjes, el Cid,
sentado ante el altar mayor de San Pedro de Cardeña, despues de
muerto, y que resucita y saca la espada cuando un judío quiere
mesarle las barbas; de suerte que cada clase, cada aspiracion pone
sus ideas, sus intereses, sus recuerdos en el grandioso ideal de todo
nuestro pueblo, y el Cid de la leyenda resulta tan verdadero y tan
vivo como el Cid de la Historia, y pasa del cronicon al poema latino,
del poema latino á la leyenda de sus mocedades, de la leyenda de sus
mocedades al poema de su nombre, del poema de su nombre al Romancero,
del Romancero al teatro, siempre creciendo á medida que crece y se
agranda el genio nacional.
Así, no podeis extrañar ya el nacimiento y el desarrollo de las
leyendas religiosas, la parte que tiene en ellas el hecho histórico
y la parte que tiene la poesía. Evocad las crísis entre mundos que
nacen y mundos que espiran; trasladaos á tiempos de paz universal
propicia á la actividad del pensamiento despues de universales
guerras, ó á tiempos de guerras, que exigen fuerzas sobrehumanas
y son gérmenes de trasformaciones profundas; recorred aquellos
desiertos poblados de ideas y poblados de penitentes, aquellas
ciudades donde se espera siempre una revelacion que apague la sed
del espíritu y un salvador que rompa las cadenas con que estamos
atados al límite; evocad todo el prestigio de sitios como las
Pirámides, como la Meca, como Jerusalen, como Alejandría, en que se
han condensado los misterios y han relampagueado las ideas; ved la
aptitud de esas razas orientales educadas en lugares tan brillantes
que las arenas resplandecen como si fueran luminosas y los profetas
surgen como seres naturales de tan privilegiadas regiones; añadid
la índole de esos pueblos para la creencia, la sed del martirio
que en ellos se despierta, su vocacion al doble apostolado de
la palabra y de la espada; reconoced la tendencia de las ideas
científicas á penetrar de un lado en los abismos más insondables
de los principios metafísicos, y por otro lado á encarnarse en las
verdades más prácticas de la moral; notad luégo cómo los ideales que
ciertas gentes ven por superior inteligencia en sí, no pueden verse
de todos si no se encarnan en seres aparte de virtudes ó méritos
sobresalientes, y explicaréis con sencillez el orígen de tantas y
tantas leyendas como consuelan á los pueblos y á los hombres en
las tristes asperezas de la realidad, y los congregan en torno de
un templo ó de un sepulcro y les dan la idea de lo infinito para
expresar lo supremamente bello en el arte y penetrar por su esperanza
desde las tristes condiciones de nuestra vida, en la inmortalidad.