Extraordinarias y maravillosas circunstancias concurrian, por
rara coincidencia, en el sitio, en el tiempo, en la nacion donde
brotó la órden franciscana. Escoged el autor que os parezca ménos
hiperbólico y más sencillo; el que dé ménos parte en la historia á
lo sobrenatural y mayor á los hechos; un positivista, un realista
en el sentido artístico de la palabra, un analizador, el cual, en
vez de resucitar esta época la diseque, Maquiavelo, por ejemplo, y
veréis lo crítico del tiempo realzado por la divina mision de San
Francisco. El Pontificado se levanta espléndido despues de haber
conseguido la inmolacion de la prematura ciencia de Abelardo y de la
prematura rebeldía de Arnaldo, reduciendo el Imperio á ser lo que
deseaba Gregorio VII enfrente de la Iglesia como la luna enfrente del
sol. El Imperio griego, que se ha preservado de los bárbaros y que
ha desarrollado la metafísica antigua aplicándola al dogma, acepta
la invasion latina como si resucitára la unidad descompuesta por
Diocleciano; anegada en diluvios de sangre. Las cruzadas se detienen
á pesar del rápido triunfo de Federico de Suabia, sin poder pasar
el límite del desierto, cuando en los tiempos anteriores parecian
impulsadas por el espíritu de Dios, y comienza á ceder el feudalismo
á la creciente marea de la democracia, que llegará desde el fondo de
los municipios á las cúspides de los castillos.
Y luégo, cuando el Santo ha muerto y la leyenda del Santo nace,
los tiempos cambian profundamente, como si la segunda mitad del
siglo décimotercio fuera contraria á la primera mitad. Apénas ha
subido el Pontificado á su cénit con Inocencio III, cuando, muerto
éste, declina hácia su ocaso. Los güelfos y los gibelinos combaten
como nunca, exarcebándose en crueldad y encarnizamiento. El gran
combatiente Erzelino, hombre feroz é implacable, que representaba
con justos títulos en las guerras contínuas y sangrientas á los
gibelinos, degüella doce mil ciudadanos de Pádua. El Papa Urbano VI
llama contra sus enemigos al feroz Cárlos de Anjou, que desembarca en
Ostia con gran golpe de gentes llevadas en treinta galeras é inaugura
una piratería contínua por las costas del Mediterráneo italiano. La
sangre real de Conradino, descendiente de los Emperadores de Alemania
é inmolado en afrentoso cadalso por Cárlos de Anjou, salpica la
corona del Rey de Nápoles y la tiara del Pontífice de Roma, como
su guante de desafío lanzado bajo el hacha del verdugo es recogido
por la mano de los aragoneses, que llevaron nuevos elementos de
dominacion pero tambien de combate, á la desgarrada Italia. Los
franceses que sostenian á los angevinos, son degollados todos á la
señal de un astrólogo en Fiorli y al toque de vísperas en Palermo.
El Pontificado recibe por este tiempo cada dia una herida que
le produce irremediable decadencia política. El penúltimo papa
del siglo décimotercio, Celestino V, revelaria esta decadencia
si no la revelasen otros muchos hechos y personajes históricos.
Dos años y tres meses yació por tierra el trono pontificio sin
Pontífice que lo ocupase, á causa de las turbulentas rivalidades
del Sacro Colegio dividido en tres bandos irreconciliables. Por
fin, uno de los cardenales propone elegir pobre anacoreta, ajeno
á las mundanas ambiciones, desconocido del mundo y menospreciador
de sus vanidades, dado desde los más tiernos años al ayuno y á la
penitencia en las selvas y en las montañas de la tierra de Apulia,
nacido al pié de los castillos feudales en los campos parthenópeos
de una sierva familia de jornaleros, educado como los lobeznos y
como los aguiluchos en las cavernas; reducido á la soledad desde los
primeros años, y por lo mismo apto para sobreponerse al torbellino
de las humanas pasiones y regir la Iglesia por amor á Cristo que no
dejaria de prosperar su sublime pontificado, en cuyos dias habrian de
renovarse los tiempos heroicos del cristianismo y reinar las máximas
sagradas del Evangelio. Á estas consideraciones, el Sacro Colegio
le elige por voto unánime. Cuando la diputacion de cardenales,
atravesando montañas que parecian inaccesibles, selvas que parecian
inexplorables, llanuras que parecian desiertas, lo encuentra al borde
de los torrentes, en la desnudez más completa, confundido casi con
los seres irracionales y materiales, semejante al San Jerónimo que
ha consagrado la tradicion religiosa en los cuadros de los pintores
ascéticos, el anacoreta espantado no alcanza á entender de qué le
hablan y rehusa el irse con los embajadores, prefiriendo á todas las
pompas y á todas las dominaciones del mundo, su austera soledad. Dos
reyes, uno de Nápoles y otro de Hungría, van á los desfiladeros,
donde se mantiene de hierbas y se viste de hiedra, como un sacerdote
contemplativo de la India, para echarse de rodillas á sus plantas
y rogarle que salve á la Iglesia, bañándole los piés con torrentes
de lágrimas y perturbándole la cabeza con suspiros y súplicas hasta
obligarle á ceder y conducirlo á Aquila en la patriarcal montura en
que Cristo llegó triunfante á Jerusalen, llevada por manos reales del
ramal y seguida de obispos, arzobispos, caballeros, todos vestidos de
púrpura y brocado, como para realzar la humildad del pobre penitente
hecho jefe espiritual del catolicismo y representante de Dios sobre
la tierra por súbita intervencion de la Providencia. En Agosto de
1294 fué coronado y en Diciembre del mismo año tenía hecha ya pública
dejacion de su tiara. No habia remedio: en las ciudades se ahogaba su
pecho acostumbrado al aire libre de las selvas; en las intrigas de
los palacios se perdia su inteligencia consagrada á la contemplacion
pura de la verdad religiosa y al éxtasis más completo: la mesa del
festin repugnaba á quien comia el duro pan de los siervos y bebia en
el hueco de las manos el agua pura de los torrentes; la corona de oro
y pedrería abrumaba aquella cabeza, acostumbrada como los lirios del
valle á una corona de rocío; en las alturas del poder sufria vértigos
su mirada, propia sólo para contemplar como las águilas frente á
frente el sol en las sublimes alturas de las montañas, y la presencia
de los hombres aterraba al que se creia por sus oraciones y por sus
ayunos, sólo con sus pensamientos místicos y sus prácticas piadosas,
en presencia siempre de Dios. Á mayor abundamiento, refieren los
historiadores que el ambicioso cardenal Gaetani, aspirando á ser su
sucesor, le ponia emboscadas á cada paso, le llenaba de escrúpulos
la conciencia, le fingia voces de condenados y trompetas de los
ángeles del Apocalípsis en las largas noches de invierno, para
reducirlo á deponer su corona y á tornar á su desierto. Y en efecto,
abdica la tiara y corre á la Apulia en demanda del anhelado reposo.
Pero Gaetani, que alcanza su codiciada sucesion bajo el nombre de
Bonifacio VIII, manda emisarios que le liberten de un competidor
peligroso. Avisado con tiempo el pobre Celestino V, corre á las
playas, toma una barca de pescador y rema para ganar las costas de
Dalmacia y perderse en más apartados desiertos. Pero los vientos
y las olas le arrojan nuevamente á las costas de Italia, donde
su perseguidor le apresa y le encierra dentro de una torre, tumba
anticipada que presencia una agonía de diez meses y recoge el cadáver
de aquel penitente exaltado desde las cavernas al trono y caido desde
el trono en los calabozos, imágen fiel de las deshechas borrascas de
sus rudos tiempos.
La órden de San Francisco debia, por su orígen y por su carácter
democrático, oponerse á estos desórdenes del pontificado y contribuir
por tanto á la decadencia de la institucion que podriamos llamar
fundamento único de la moral religiosa en la Edad Media. El más
ilustre de los franciscanos, despues del fundador, fué Jacopone de
Todi. Educado en Bolonia, perito en el derecho, rico y poderoso,
casado con idolatrada y hermosísima mujer, nada le faltaba de todo
cuanto llama felicidad el mundo. Un dia del siglo décimotercio,
á los cuarenta años de la muerte de San Francisco, celebrándose
alegres fiestas y espectáculos en Todi, se hunde un tablado y mueren
tristemente en la catástrofe numerosas personas. Entre los muertos se
encuentra la idolatrada esposa de Jacopone, el cual sólo tiene tiempo
para recoger entre sus brazos el cuerpo desgarrado y aspirar en los
labios el suspiro último de su idolatrada compañera. Desde aquel
dia arroja su toga y toma el sayal; abandona el mundo y abraza la
penitencia; cierra los libros de Ciceron y abre los libros de piedad;
renuncia á los discursos elocuentes y entona los versos místicos;
deja la compañía de los jurisconsultos y sigue la compañía de los
franciscanos; huye los aplausos y busca los sarcasmos de las gentes;
reparte sus bienes y se resigna á la pobreza; renuncia á las locuras
insensatas del mundo y sigue la divina locura de la Cruz. Para
conocer hasta donde llega su inspiracion, basta decir que es autor
del _Stabat Mater_, esa sublime elegía cuyos acentos no podemos oir
el Viérnes Santo entre los altares desnudos, el santuario solitario,
el templo oscuro y la Cruz recien descubierta, sin que nuestro
corazon se inunde de tristeza y participe de todos los dolores de
la Vírgen Madre durante la pasion. Jacopone es contemporáneo de
Celestino V. Naturalmente, el asceta debia desde el claustro exaltar
al asceta que se eleva al trono. Á mayor abundamiento, en los
cinco meses que duró el reinado de Celestino, el principal empeño
de éste debia ser reformar, en sentido cada dia más austero, las
órdenes monásticas, y en este empeño debia sostenerle el austerísimo
poeta. Luégo, Celestino abdica y Bonifacio VIII le sucede. Jacopone
debia seguir al penitente en su desgracia y condenar la ambicion
coronada con la humilde corona de Cristo. Así, firma la protesta
de aquellos que niegan la validez de la eleccion de Bonifacio. Y
á la protesta añade sátiras en las cuales dice que el nuevo Papa
vive en los delirios y ambiciones de este mundo como la salamandra
en el fuego. Bonifacio VIII no podia sufrir estas injurias y con
gran ejército se dirige á Palestrina, donde estaban los cardenales
protestantes y su exaltado poeta. Largo sitio sufre la ciudad, pero
al cabo se entrega, y el Papa busca al cantor y lo encierra en
húmedo calabozo. Los escritores Wisseman, Döllinger, defienden al
Papa y no pueden negar, sin embargo, la autenticidad de todos estos
hechos. Jacopone es arrojado entre tinieblas eternas. Enormes cadenas
le abruman; el agua podrida de una letrina apaga su sed, y contra
tantos dolores sólo encuentra alivio en su desprecio de las dichas
del mundo y en su exaltacion por el dolor. Estando en la cárcel se
convocó el gran jubileo de 1300 que vino á torturar su alma áun más
que su cuerpo, pues oia al traves de las paredes de su cárcel los
cánticos sagrados y el paso de los peregrinos encaminándose á Roma,
sin poder participar de sus místicas alegrías. En vano demandaba
misericordia al representante de un Dios todo misericordioso. Una
vez que Bonifacio pasaba por la calle de su calabozo, segun cuentan
autores de todo crédito, se asomó á los barrotes de su reja y le
dijo: «¿Cuándo saldrás, Jacopone?—Cuando tú entres, Bonifacio», le
respondió el franciscano. Y en efecto, á los pocos dias, los Colonnas
se dirigen á Agnani y entran en el palacio del Papa. Éste, no
teniendo ninguna defensa material, se fia por completo á su autoridad
religiosa, se ciñe sus vestiduras sacerdotales, se cubre con su
áurea tiara, empuña su báculo y se sienta en el trono, sobre cuya
cima agita las blancas alas el Espíritu-Santo. Los invasores entran,
lo desacatan, lo abofetean y lo arrojan en una prision. Por fin,
los habitantes de la ciudad le libertan y se va á Roma. Pero sale
de manos de los Colonnas para caer en manos de los Orsinis. Y allí
muere á los treinta y siete dias de haber recibido el bofeton que
sella la decadencia del Pontificado y muere en un acceso de febril
locura engendrada por el sentimiento de sus humillaciones, por haber
querido ser un Papa más grande, más fuerte y más imperioso de lo que
consentia el espíritu de su tiempo. Jacopone, libertado de su prision
por el sucesor de Bonifacio VIII, tiene hoy un nombre glorioso entre
los poetas y un nombre bienaventurado entre los santos. Su espíritu
democrático contribuyó, como todo el espíritu de su órden, al
quebrantamiento y á la decadencia de la autoridad teocrática en la
Edad Media.
Lo cierto es que la órden de San Francisco, á sabiendas ó no,
contribuye á descomponer los dos elementos capitales de aquellos
tiempos: el feudalismo y la teocracia. No medimos al pronto la
trascendencia de una idea, porque no conocemos toda su naturaleza, y
una idea contiene siempre otra larga serie de ideas. Tal afirmacion,
que parece puramente artística, puramente filosófica, resulta luégo
una afirmacion política y social. Por ejemplo, el romanticismo
literario era una revolucion, tanto en España como en Francia,
porque se levantaba contra las reglas de una poética tradicional y
cortesana. Tened por cierto que los franciscanos ignoraban el destino
social de su aparicion necesaria en el mundo; pero lo cumplian
ignorándolo. Por eso el alma de la nueva sociedad, que estalla en
el siglo décimosexto, contará siempre entre sus Bautistas al Padre
Seráfico y entre los precedentes de su aparicion á la seráfica órden,
puesto que representa un término dialéctico en el desarrollo de su
idea progresiva y un necesario predecesor en la genealogía larguísima
de sus progenitores.
El cristianismo se habia convertido en una doctrina de autoridad,
indispensablemente para cumplir estos dos ministerios capitales en
la transicion dolorosa del antiguo mundo al mundo moderno; para
sustituir con algun principio de unidad moral la soberanía política
perdida por Roma y para educar y domar con una verdadera disciplina
religiosa la inteligencia inculta y la voluntad indómita de los
bárbaros. Esta doctrina, que desde el siglo primero al siglo cuarto
fuera una doctrina del pueblo, desde el siglo cuarto al siglo
décimotercio se convierte en una doctrina del Imperio. Por tal razon,
á no dudarlo, cuantos tratan de fundar la autoridad, ó sobre las
ruinas de la antigua Roma ó sobre la cerviz de las nuevas tribus
en la larga descomposicion de las sociedades paganas y en la no
ménos larga recomposicion de las sociedades modernas, se acogen al
catolicismo. Constantino lo saca de las sombras de las catacumbas al
aire de la libertad; Teodosio lo declara religion oficial violentando
la conciencia pagana del senado romano; Carlo-Magno funda sobre
sus dogmas un pacto político, y cree que sería imposible sujetar
la barbarie de su tiempo sin pedirle inspiracion y fuerza, para lo
cual se arroja á los piés del Pontífice y besa, de rodillas sobre
el suelo durísimo, cada una de las gradas que se extienden al pié
del templo vaticano. Los Papas mismos contribuyen á este fin, porque
desde Gregorio Magno á Gregorio VII y desde Gregorio VII á Inocencio
III no hacen más que fulminar sus rayos contra todas las rebeldías
del individualismo religioso ó político y rehacer, por medio de su
autoridad dogmática, la autoridad social en sus tempestuosos tiempos.
El primero en reanudar la tradicion puramente evangélica, es San
Francisco de Asis. Diríase al verlo que ha salido de las catacumbas,
que ha orado en sus tinieblas eternas, que ha visto flamear como una
amenaza sobre su cabeza los cetros y las espadas de los poderosos y
arder á sus piés como un infierno las hogueras de los mártires. Para
sus penitencias, busca, como los primitivos apóstoles, el desierto;
para sus cánticos y oraciones, el acompañamiento de las aves del
cielo y el incienso de las flores del campo; para el apostolado de su
doctrina, el pobre y el mendigo, porque su objeto es llorar con los
que lloran, padecer con los que padecen, morir por los desvalidos y
por los opresos. El espíritu democrático del Evangelio renace en él
con toda su pristina pureza. Y se oye en coro sublime, sobre un mundo
de autoridad, de fuerza, de guerra, donde la espada es el primer
derecho y la victoria es la primer razon, sonar el eterno tema de la
oracion en la montaña: bienaventurados los humildes, los débiles, los
pobres, los desgraciados, los ignorantes, los atribulados, porque
de ellos será el reino de los cielos. Y San Francisco resucitaba la
verdadera doctrina cristiana, puesto que toda la enseñanza evangélica
es una enseñanza democrática. La han preparado los profetas, y los
profetas no son más que los tribunos religiosos consagrados á
combatir la idolatría de los reyes. Jamas ha dicho Milton contra
Cárlos I, ni Mirabeau contra Luis XVI, ni Tácito contra Tiberio lo
que ha dicho Samuel contra Saul en sus esfuerzos para impedir la
trasformacion monárquica de Judá. El Bautista vive preparando las
vías del Salvador, y muere al capricho de una córte, al antojo de una
cortesana, al mandato de un poderoso de la tierra, enemigo natural de
las revelaciones del cielo. El dia que la Vírgen siente palpitar el
divino Hijo en sus entrañas se exalta de alegría, y alaba á Dios en
términos que parecen arrancados á una arenga tribunicia: _potentes
deposuit de sede et exaltavit humiles; exurientes implevit bonis, et
divites missit inanes_. El pueblo de Cristo es un pueblo de esclavos;
su familia, una familia destronada; su padre, un carpintero; su
cuna, un establo; sus primeros devotos, los pastores; sus primeros
enemigos, los escribas y los fariseos que componian la aristocracia
de Jerusalen; sus primeros apóstoles, los pobres pescadores; su
primer perseguidor, un Heródes; su mayor enemigo, un Caifás; su juez,
un Pilátos; su templo, el desierto lleno de ideas y no la sinagoga
teocrática llena de tinieblas; sus bienaventuranzas, la promesa de
consuelo á los afligidos y de libertad á los opresos; su doctrina
religiosa venida de un solo Dios y consagrada á todos los hombres,
doctrina de igualdad; su vida, un combate con la supersticion y el
privilegio; su muerte, un divino holocausto por la salud de todos
los desheredados, y una eterna acusacion á la soberbia de todos los
tiranos.
Esa tendencia democrática de la doctrina cristiana resucitaba el
Santo, en una sociedad tan fundada en la guerra y en la fuerza de
la autoridad como la misma sociedad romana. Á la cabeza del mundo
habia un papa con tres coronas y con extenso patrimonio temporal,
donacion de Pipino, agrandada por la piadosa condesa Matilde y que
era el signo de la autoridad moral del pontificado. Á la cabeza del
mundo habia un emperador cuyo poder estaba siempre en litigio y cuyo
litigio era una guerra perpétua. La soberanía estaba en la propiedad
y la propiedad se extendia, á pesar de tres siglos de cristianismo,
sobre las personas. Los valerosos, que habian sometido una compañía
á sus mandatos y luchado con ella contra otros enemigos en armas,
tomaban sus conquistas por una propiedad, y sobre la propiedad
constituian todas las jurisdicciones, desde la jurisdiccion del rey
hasta la jurisdiccion del juez y desde la jurisdiccion del juez hasta
la jurisdiccion del verdugo. Los reyes no eran más que los jefes,
los primeros, los más fuertes de aquella sociedad de conquistadores
y terratenientes, siempre armados para defender su propiedad ó
conquistar la propiedad ajena. Los obispos, los abades, los monjes
eran señores feudales y ejercian todas las jurisdicciones anexas al
privilegio señorial. Las ciudades mismas donde comenzaba á brotar la
raíz de la democracia se constituian como una personalidad jurídica
con ejercicio de derechos señoriales y luchaban rudamente con las
otras ciudades en aquella guerra universal por la propiedad. Y en
mundo constituido de tal suerte, la voz de un religioso se levanta
por los campos, por las calles, por las encrucijadas, predicando
que está la perfeccion cristiana en la humildad, en la pobreza, en
la miseria; entre los siervos, entre los desheredados, entre los
mendigos. Naturalmente, las castas se rompian, la igualdad avanzaba,
los maldecidos por los malos usos, los esclavizados por las bárbaras
leyes, entraban en el claustro y se colocaban á la cabeza de todas
las clases ungidos por la religion, y de esta suerte se fundaba con
las mismas órdenes monásticas más desavenidas del mundo, más ajenas
á la vida real, más consagradas á sus ayunos y á sus oraciones, por
vías misteriosas y providenciales, una sólida, una profunda, una
invariable democracia que debia fundar una nueva sociedad.
Así es que la órden franciscana engendra inmediatamente una secta,
la cual rompe toda la doctrina ortodoxa y despierta la tendencia
vivísima á creer en segura renovacion dogmática despues de la
renovacion moral para el establecimiento de progresiva Iglesia donde
sean perpétuas las relaciones del cielo con la conciencia del hombre.
Evangelio eterno se llama el sistema teológico erigido en creencia
complementaria del cristianismo por estos hermanos de San Francisco.
Dos revelaciones religiosas han esclarecido el alma humana. Primero,
en el comienzo de las edades, cuando la tierra todavía está cercana
á su creacion, aparece en los desiertos, y ante la tienda de los
patriarcas, en la zarza del Horeb y en las tempestades del Sinaí,
aquella revelacion que los franciscanos llaman del Padre, por ser
de Dios puro, de la primer persona de la Trinidad, revelacion
apropiada á un pueblo primitivo que se ha educado en la servidumbre
de Egipto al pié de las Pirámides; que se ha redimido por una
peregrinacion nómada desde el África al Asia hasta llegar á su tierra
de Palestina; que ha necesitado, junto á los preceptos morales,
preceptos higiénicos y políticos para iniciar la lenta y trabajosa
educacion de humanidad en el crecimiento de su vida sobre la tierra
y de su conciencia en lo infinito. Pero á la revelacion del Padre
sucede la revelacion del Hijo. Aquélla se verifica en el comienzo
de los tiempos y ésta en su madurez; aquélla cuando las sociedades
civiles nacen bajo la tienda de los patriarcas, y éstas cuando las
sociedades civiles se completan y robustecen por las instituciones
del derecho romano; aquélla en el relampagueo de las cumbres del
Sinaí, y ésta en la sublime desnudez del Calvario; aquélla por la
tonante voz de un Dios airado, y ésta por la humilde sangre de un
mártir sin mancha, siendo la primera la revelacion del Sér, y la
segunda la revelacion del amor; la primera, la revelacion de Jehová,
y la segunda, la revelacion del Verbo; la primera, la revelacion del
Padre, y la segunda, la revelacion del Hijo, necesarias ambas para el
desarrollo de nuestro espíritu en la tierra y para su comunicacion
estrecha con el cielo. Y así como la sociedad patriarcal se iluminó
en la revelacion del Padre ó del Sér, y la sociedad romana con la
revelacion del Hijo ó del Amor, nuestra sociedad se iluminará con la
revelacion del Espíritu ó de la Ciencia. Y de esta suerte, la órden
franciscana rompe, por la apoteósis del mendigo, la sociedad feudal,
y por la esperanza en el advenimiento del Espíritu Santo para revelar
una verdad más clara en una conciencia más humana, la autoridad
teocrática.
Despues de esto, ya podeis explicaros los dos siglos que han de
suceder al siglo de San Francisco: el poder de los gremios; la
extension de los municipios, las libertades tempestuosas, las
asambleas populares, los síndicos elevándose á la altura de los
reyes, los nobles perdiendo su imperio sobre los siervos, las artes
emancipándose de la tutela litúrgica y yendo á renovar el calor de
su sangre en la savia de los campos, el cisma en vigor, la Iglesia
en crísis, la conciencia en rebeldía los Concilios llenos de
aspiraciones democráticas, las lenguas vulgares elevadas á expensas
de la ciencia, el escolasticismo hundido, la razon preparada para
entrar triunfante en la filosofía, y la conciencia pidiendo la
sustitucion de todos los sacerdocios quebrantados, y el derecho á
interpretar la naturaleza, y el espíritu con su libre exámen que
forjará otra nueva Europa.
Uno de los misterios mayores que hay en la vida, es el enlace de las
causas con los efectos. ¿Á qué cometa habrá pertenecido la materia de
que estamos formados? ¡Cuántas revoluciones habrán sido necesarias,
cuántas catástrofes, qué de terremotos, qué de levantamientos del
suelo y de erupciones del fuego central para producir la arcilla del
frágil vaso de vidrio donde apagamos nuestra sed! ¿De qué sustancia
se habrá alimentado ó en qué bosque ó selva habrá crecido, cuántas
flores habrá llevado, cuántos nidos, cuántos frutos el árbol señalado
ya por el destino para ser mi mortaja? ¿Á dónde habrá ido á parar la
primera lágrima evaporada de mi mejilla, ó irá á parar el último
suspiro de mi pecho en esa fragua contínua de la vida que se llama
atmósfera? Pues más difícil todavía es saber cómo penetra la idea
en la palabra y la palabra en la conciencia para pasar luégo de los
individuos á las colectividades y producir nuevos organismos sociales
en estas cristalizaciones incesantes de las ideas que forman como
las bases de la sociedad, la cual parece tan sólida á primera vista
y está sujeta á una renovacion permanente. En el convento de San
Francisco de Asis, á la luz cernida por los rosetones ojivales, al
cántico exhalado de los coros semibizantinos, al rumor que producen
los rezos de los creyentes bajo las bóvedas sembradas de estrellas y
los pasos de los peregrinos sobre las losas del pavimento de mármol;
entre aquellos ángeles y aquellos santos que se destacan de los muros
como ideas vivientes; entre aquellas estatuas tendidas sobre los
sarcófagos, que os hablan de la eternidad con sus labios de piedra;
creeis estar delante de una de esas rocas donde acaban los terrenos
primitivos y empiezan los terrenos secundarios ó terciarios del
planeta, como que estais en presencia del monumento sublime donde se
trasformó la Edad Media y empezó el espíritu moderno por virtud de
la palabra de un penitente, que con su amor impulsó á la tierra en
su carrera por el espacio, y acercó á nuestras manos los apartados
cielos donde se trasfigura la conciencia. Así ha podido el sentido
comun llamar al pobre penitente de Asis, el Cristo de la Edad Media.