VI.

Conocido el San Francisco de la historia, precisa conocer el San

Francisco de la leyenda. Por poco que ésta se estudie, obsérvase

desde luégo un empeño preestablecido de aproximar la vida del Santo á

la vida de Cristo. La leyenda os dirá que se presentó hermoso ángel

á su madre en la preñez para decirle todo el precio de la criatura

engendrada en sus entrañas y para mandarle que pariera en pobre

establo. El guía que nos acompañaba por el intrincado laberinto de

las pendientes calles de Asis, decíanos en la Chiesa Nuova levantada

sobre el sitio que ocupaba la casa de San Francisco, enseñándonos una

puerta: «Por aquí entró el ángel enviado de Dios y por aquí salió

la santa madre á dar á luz su hijo en la cuadra y prepararle por

toda cuna un pesebre.» Francisco tiene doce apóstoles y entre estos

apóstoles un Júdas que lo vende y se ahorca. De sus discípulos, uno

fué arrebatado hasta el tercer cielo como San Pablo; otro tocado

en sus labios por carbones encendidos para que cantára eternamente

celestes alabanzas como Isaías; éste, trasportado á ver cara á

cara á Dios y á departir con él amistosamente como Moises; aquél,

suspendido de alas tan potentes como las alas del águila de San Juan

Evangelista, y el de más allá canonizado por Dios mismo en la gloria,

ántes de ser canonizado por el Papa en San Pedro. Leed el capítulo

primero de las _Fioretti di San Francesco_.

Cierto dia, el más noble y el más rico de los caballeros de Asis,

viendo la piedad de Francisco y la entereza con que soportaba todas

las injurias, llevóselo á su casa para examinar de cerca tanta

virtud. Acostáronse ambos amigos en el mismo cuarto, y Francisco no

se atrevia á rezar, temeroso de que Bernardo arguyera de farisáicas

sus devociones. Pero como fingiera éste haberse dormido pronto y

roncára con fuerza, el mendigo se hincó de rodillas y estuvo toda

la noche invocando á Dios para que socorriera á la desfallecida

humanidad. Al dia siguiente Bernardo pidió á Francisco que le

admitiera en su compañía y le dejára vivir su misma vida. Convino

éste, pero á condicion de ir juntos á misa y de consultar juntos

el Evangelio. Tres veces le abrieron y tres veces toparon con las

máximas que prescriben dejar todos los bienes de la vida para abrazar

la cruz y no llevar al viaje de este mundo ni sandalias, ni zurron,

ni báculo, y repartirlo todo entre los pobres, sin desvelarse por

el vestido ó por el alimento, pudiendo estar seguros los buenos de

que les sostendrá quien sostiene á las aves del aire, las cuales ni

siembran ni cosechan, y de que les vestirá quien viste á los lirios

del valle, los cuales ni hilan ni tejen. Y las mayores riquezas

de Asis, que eran las riquezas de Bernardo, pasaron de sus manos

á manos de los pobres. Y un avaro llamado Silvestre, como viera

repartir tanto dinero á los franciscanos, reclamó el importe de unas

piedras entregadas al Santo para erigir piadosa iglesia. Y como si

los tesoros de Bernardo no hubieran de agotarse, díjole Francisco

al avaro que fuera á sus cajas y tomase cuanto le pidiese el gusto.

Sacó el avaro á su arbitrio las monedas que debian satisfacerlo, y se

encontró ménos satisfecho que nunca. Y vió en sueños á San Francisco

y de sus labios saliendo inmensa cruz, cuya cima tocaba al cielo y

cuyos brazos á Oriente y á Occidente. Y se convirtió y fué uno de los

doce apóstoles, predicando el desprecio de todas las riquezas y el

amor á Dios.

Y los ángeles vienen del cielo á conversar con los frailes humildes

y amenazar á los frailes orgullosos, conduciendo á aquéllos á

Santiago de Galicia á traves así de las altas montañas como de

los profundos rios, y entregando á éstos á las reconvenciones del

Seráfico Padre San Francisco. Y entre los frailes humildes, Bernardo

fué enviado á Bolonia para que allí fundase un monasterio de la

franciscana órden. Y como se presentára en medio de la plaza vestido

toscamente, reíanse de él las mujeres, apedreábanle los mozalbetes,

tirábanle fuertemente de la capucha los pequeñuelos y le maldecia y

le injuriaba todo el mundo. Pero él, sereno, devoraba las injurias

y las bendecia en su interior, porque le procuraban el dar una

prueba relevante de su paciencia y el medir toda la fuerza de su

resignacion. Un durísimo legista que vió tanta virtud, preguntóle

cómo podia vencerse á sí mismo, y Bernardo le entregó las santas

ordenanzas de su convento. Sintióse el legista convertido é instaló

en su propia casa la religion seráfica. Y en alabanza á Dios, fuese

San Francisco al borde risueño de uno de los hermosos lagos de

Italia. Tenía allí un amigo, llamó á su puerta en la madrugada del

Miércoles de Ceniza, y le rogó que ántes de rayar el alba le llevase

á una isla del lago y le dejase cuarenta dias y cuarenta noches para

ayunar como Cristo, sin decirle á nadie dónde estaba y sin ir á

buscarle hasta el Juéves Santo. Llevóse dos panes y en cuarenta dias

sólo se comió medio. Y áun este medio se lo comió por humildad, por

no igualarse con Cristo, el cual en los cuarenta dias con cuarenta

noches que estuviera en el desierto, no probó bocado. San Francisco

tuvo allí por todo asilo, durante toda la Cuaresma, una zarza, y

despues en memoria de su penitencia, se elevó un monasterio, y á la

sombra del monasterio una ciudad.

Y como cierta tarde bajase Francisco al convento de los Ángeles

desde la selva donde habia ido á rezar y le siguieran las gentes en

tropel para recoger su palabra, preguntóle el hermano Maesso la causa

de que sin ser ni hermoso de cuerpo, ni despierto de inteligencia,

ni noble de orígen, todos se agolpáran á escucharle, á bendecirle,

á obedecerle, y el Santo le respondió que lo debia á la divina

misericordia, la cual, viéndolo entre los más pecadores y los más

viles y más oscuros, le habia escogido para sus obras milagrosas,

confundiendo con tan despreciable criatura la nobleza, la fuerza,

la ciencia del mundo, y demostrando que todo viene de Dios, cuando

por gracia de Dios puede así trasformarse en ángel de los cielos

pobre gusanillo de los campos. Y una vez que iban Francisco y Maesso

á Francia, mendigaron en ostentosa ciudad. Y Francisco, reducido ya

de estatura, demacrado de rostro á causa de sus maceraciones, apénas

recogió ninguna limosna, en tanto que Maesso, en la flor de los años

y lleno de gracia, llevó consigo, no ya mendrugos, sino panes. Y

los pusieron los dos hermanos sobre una piedra que brillaba á los

ojos del Santo como próvida mesa, y á los ojos de Maesso aparecia

como el extremo de la miseria. Y á fin de apartarlo de estas dudas y

sostenerlo en el amor á la pobreza, desanduvo el camino andado, se

volvió de la ruta de Francia á la basílica de Roma, y allí oró tanto,

que Pedro y Pablo descendieron del cielo al templo y se presentaron

resplandecientes de celeste luz á Francisco para mantener sus fuerzas

y alentarlo en la pública profesion de la pobreza. Y no solamente vió

á Pedro y Pablo, sino que vió con todos sus hermanos á Jesus mismo,

pues un dia que estaba rodeado de los monjes más rudos, los cuales

hablaban de Dios en el lenguaje más elocuente, se les apareció el

Salvador en la forma de un jóven hermosísimo y todos quedaron como

ciegos y cayeron como muertos, de la misma suerte que los apóstoles

cuando resplandeció á sus ojos la luz divina del Tabor.

Los prodigios menudeaban en torno del Santo á medida que crecia en

virtudes y se ejercitaba en austeras penitencias. En cierta ocasion

que le importunaban los frailes para que recibiese á comer á Santa

Clara, convidóla á partir el pan sobre la dura tierra, y cuando se

acababa el banquete púsose á hablar de Dios con tan vivos trasportes,

que encendió en la llama de su palabra bosques, campos, convento,

hasta el punto de creerlos todos cuantos pasaban presa de voraz

incendio y próximos á reducirse á cenizas; creencia de cuya falsedad

se persuadieron observando que aquel fuego milagrosísimo resplandecia

y no quemaba, pues era como la espesa llama de un espíritu animado

en el divino amor. Otro dia recibió órden de no reducirse á orar,

sino de correr á la predicacion y sin curarse de senda ni camino,

confiando su palabra á la Providencia, como las palmas confian su

pólen al viento, encontró á muchedumbre de campesinos y les predicó

la virtud, y como quisieran seguirlo, mandóles que se quedáran en sus

viviendas, pues él tenía mensajeros en todas partes, y dirigiéndose á

bandadas de pájaros, las cuales formaban misteriosos círculos sobre

su cabeza, los conjuró á sembrar la palabra divina y á este conjuro

se dividieron como en legiones, yéndose unas á Oriente y otras á

Occidente, éstas á Septentrion y aquéllas á Mediodía á repetir en

sus divinos gorjeos cuanto habian oido. Otra vez fuese á Rieti y

predicó á la puerta de una iglesia en el campo. Acudieron tantas

muchedumbres en torno de la iglesia que talaron una viña llena

de racimos. El rector de tan sagrado lugar se arrepintió de haber

consentido la predicacion cuando el Santo le dijo: «¿Cuántas cargas

de vino cogias de tus cepas todos los años?—Doce, le respondió.—Pues

en nombre de Dios te prometo que este año, de los pocos racimos

olvidados bajo los sarmientos desnudos, cogerás veinte cargas.»

Y vino el mes de Octubre y cortó mezquinos racimos que apénas

tenian unos cuantos granos, y de tan corta vendimia resultaron las

veinte cargas. Y no habia ciudad por San Francisco habitada que no

tuviera algun testimonio de su poder sobrenatural y de su facultad

de obrar milagros. Hallábanse los habitantes de Gubio poseidos del

más espantoso terror. Un lobo feroz andaba por los alrededores y

arremetia así á los ganados como á las personas, encarnizadamente.

Nadie osaba venir á la poblacion ni de la poblacion apartarse. San

Francisco prometió que él concluiría estrecho pacto entre la ciudad y

el lobo, á cuyo fin se encaminó hácia el término más frecuentado por

las correrías y más castigado por los dientes de la feroz alimaña.

Seguíanle innumerables curiosos, pero en cuanto se acercó el peligro

dejáronle solo, abandonado á su ciega confianza. Así que lo atisbó

el lobo, dirigióse á él furioso, babeantes las quijadas, encendidos

los ojos, erizada la piel; pero San Francisco le hizo la señal de

la cruz é inmediatamente se detuvo como desconcertado y confuso.

Entónces el Santo le pronunció elocuente discurso conjurándole á

dejar sus crueldades; á vivir en paz con los vecinos de Gubio, para

lo cual, en cambio de la deseada sumision prometióle que satisfarian

su hambre y respetarian su vida. El lobo tendió su mano al Santo en

señal de asentimiento y le acompañó hasta la ciudad como un perro.

Y llegados allá predicó un sermon Francisco diciendo que las gentes

tenian mucho miedo á las fauces del lobo y poco á otras fauces

más terribles, á las fauces del infierno. Y renovó en la plaza el

pacto hecho en los campos con el lobo, el cual, en testimonio de su

asentimiento, alzó la pata y la puso entre las manos del Santo. Y

desde entónces el lobo vivió en Gubio como un perro hasta su muerte

natural, y los habitantes le alimentaban y le agasajaban en memoria

de San Francisco. Y domesticaba éste las tórtolas de las selvas y

vencia los demonios del infierno y sellaba con la nocion de la eterna

justicia almas perdidas en las argucias de la mundana jurisprudencia

y recogia en las faldas de su sayal, como en amiga madriguera, las

liebres perseguidas, y curaba y limpiaba los cuerpos podridos de los

leprosos y convertia los ladrones y los asesinos á manera de Cristo

en lo alto de la cruz y lograba que la madre de Dios se apareciese

á sus hermanos enfermos, y yéndose un dia á Babilonia, como cayese

prisionero, á punto de morir, dirigióse al Sultan mahometano con tan

tiernas palabras y con promesas tales, que tocado en su empedernido

corazon el infiel, le prometió convertirse en cuanto el Santo pasase

de este mundo al otro y le enviára por medios sobrenaturales dos

franciscanos que vertiesen sobre su frente tenebrosa el agua bendita

y regeneradora del bautismo.

Despues de todo esto, no puede ya extrañarnos el imperio ejercido

por San Francisco sobre las cosas, tanto animadas como inanimadas.

Metíase en las selvas á predicar á los pájaros y mandaba á su

discípulo predilecto, el portugues San Antonio de Pádua á que

predicase á los peces. Su predicacion á los hombres tenía por objeto

mejorarlos, á fin de hermosear en ellos la imágen de Dios que cada

cual lleva dentro de sí mismo, y la predicacion á los irracionales

tenía por objeto asociarlos á las alabanzas contínuas que entonaba

al Criador. Decíales á las aves en sus discursos cosas de una

extrema delicadeza; decíales cuanta gratitud debian á Dios que en

las pajillas del campo y en las lanas dejadas por los corderos sobre

los abrojos les daba materia para sus nidos, y del fondo de un

humilde huevo las levantaba con el calor de la vida á los cielos,

vistiéndolas de brillante plumaje para que adornasen el espacio,

dotándolas de canoras gargantas para que entonasen suaves cánticos,

de resistentes alas para que recorriesen lo infinito, de un pecho que

podia respirar en las más apartadas alturas y de una vista que podia

recoger de hito en hito los solares rayos para que se confundiesen

con las estrellas; favores no otorgados á los demas seres, y por

los cuales se hallaban como obligadas á componer un coro eterno, á

producir un _Te Deum_ inacabable, á ser en la catedral del universo

como las trompetas del órgano maravilloso destinado á acompañar

con sus melodías y sus acordes las oraciones de todos los seres

cuyos misteriosos rumores llenan la inmensa Naturaleza. Y si veia

un corderillo conducido al matadero, lo rescataba y le devolvia á

la vida; si una tórtola enjaulada, le abria las puertas de su jaula

y la tornaba á la libertad; una liebre perseguida la recogia en

las faldas de su hábito y le señalaba el camino de la madriguera.

Poeta, y poeta entusiasta; abrasado en las llamas del misticismo;

conociendo el estrecho parentesco de su cuerpo con el cuerpo de los

demas animales, como conocia el estrecho parentesco de su alma con

el alma de los ángeles, subíase á las alturas, hincábase en los

peñascos, abria en cruz los brazos y conjuraba á su hermano el sol

y á su hermana la luna; al viento que pasaba sobre su cabeza y al

torrente que se despeñaba á sus piés; al gusanillo perdido en los

abismos y al astro perdido en el éter; á todas las cosas creadas

é increadas, para que entonasen á una con él, mirando al cielo y

adivinando á Dios, cánticos de amor. Sí; que el amor le tenía loco,

fuera de sí, en una fragua donde se abrasaban todas las fibras de

su carne y hervian todas las gotas de su sangre, amor inmenso, amor

eterno, de todo su sér, originario de Dios mismo y consagrado á la

dolorida humanidad, semejante al que poseyó á Cristo y le obligó á

dejar los cielos por la tierra, la compañía de los ángeles por las

injurias de los hombres, las cimas del Empíreo por las cimas del

Calvario; el trono luminoso del Eterno, por la cruz ignominiosa del

esclavo. Una noche de estío hallábase en oracion al borde de parlero

arroyo en las maravillosas campiñas de Italia. Todo convidaba al

éxtasis: la claridad de los horizontes, el resplandor de la luna, el

murmullo de los bosques, la plateada cinta de las aguas, el aroma

de las flores, las estrellas que resaltaban bajo la blanca gasa

tendida por el astro de la noche y las luciolas errantes entre las

hojas de los árboles como enjambres de celestes aereolitos. Á tanta

hermosura le faltaba una voz y pronto canoro ruiseñor, escondido en

el ramaje, comienza á entonar sus serenatas, sus arpegios divinos,

sus sartas de notas semejantes á las efusiones de misterioso espíritu

encendido en ardentísimo amor. San Francisco creyó que el pájaro

alababa á Dios y creyó tambien que no debia dejarlo solo en esta

religiosa obra. Así que el ruiseñor suspendia su gorjeo, elevaba la

voz el Santo, y entonaba una de sus místicas canciones con todos

los primores que le permitia la garganta y todo el estro de su

inagotable inspiracion. Excitado el pájaro por la voz humana, volvia

á cantar con mayor fuerza y con mayor belleza de voz y de escalas.

En aquella soledad y en aquella noche, al borde de los arrojaos y á

la luz de la luna, bajo las ramas de un verde primaveral y sobre la

hierba florida, parecian pájaro y Santo dos pastores de las Églogas

de Teócrito y de Virgilio, entonando por las campiñas de Arcádia

ó de Parthénope, en poético desafío, sendas canciones de amor. Al

fin, la voz del ruiseñor venció á la voz del Santo. Con su natural

candidez no se sonrojó de confesar éste que en alabar á Dios vencia

el ave de los cielos al pobre poeta de la tierra. Mas la música le

era indispensable á la expresion de esos sentimientos intensísimos

en cuyo calor estalla y se rompe la frágil palabra humana. Cuando

llegaba al extremo de la pasion, al extremo del éxtasis, al extremo

de sus religiosas exaltaciones, daba de mano á la palabra, al

discurso, al verso, acogiéndose á los cánticos y á las melodías como

formas propias de las inspiraciones más sublimes y, sobre todo, de

aquellas que provienen ó de la religion ó del amor. Despues de su

conversion, cantaba los objetos sacros con el mismo fuego y con el

mismo empeño con que en sus mocedades cantára los objetos profanos.

Y no solamente cantaba, se complacia en oir cantar á los demas,

cosa que por todo extremo le exaltaba, pues le abria el cielo de

nuevas místicas visiones. Un dia, al término ya de su carrera, bajo

el peso de sus penitencias y de sus maceraciones, deseó recrearse y

esparcirse un poco oyendo alguna sonata. Los ángeles del cielo que

por mandato de Dios miraban hasta el fondo de aquella alma purísima,

penetráronse de su deseo y quisieron satisfacerlo. Dejaron, pues, la

eterna luz y descendieron á nuestras tinieblas. Era de noche y San

Francisco oraba en su celda. De pronto, los venidos al traves de lo

infinito desde las cimas etéreas á nuestro oscuro abismo, suspensos

de sus alas en torno de la reja, pulsando sus laúdes, aquellos mismos

que acompañan los _hosannas_ de la gloria y los conciertos de los

astros, difundieron unas melodías tan puras en los aires y llegaron

hasta el alma extática del Santo con emociones tan profundas, que

creyóse muerto de místico placer y trasportado á la eterna vida. No

es mucho, por tanto, que á la hora de su muerte, en misteriosa tarde,

cuando se habia desvanecido el crepúsculo y acercado la noche, las

hijas de la luz, las profetisas del alba, las cantoras de la mañana,

las alondras, abandonaran todas en tropel sus nidos de barro y

vinieran á bañarse en los resplandores espirituales de aquel tránsito

sublime, en tal modo que la bellísima alma del Santo, al tomar su

vuelo hácia la eternidad, no dejó ni un momento de oir los cánticos

de las sencillas aves que le despedian desde la tierra, confundidos

con los cánticos de los ángeles y de los serafines que saludaban su

triunfal entrada en la gloria.

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 23 / 46 题