Conocido el San Francisco de la historia, precisa conocer el San
Francisco de la leyenda. Por poco que ésta se estudie, obsérvase
desde luégo un empeño preestablecido de aproximar la vida del Santo á
la vida de Cristo. La leyenda os dirá que se presentó hermoso ángel
á su madre en la preñez para decirle todo el precio de la criatura
engendrada en sus entrañas y para mandarle que pariera en pobre
establo. El guía que nos acompañaba por el intrincado laberinto de
las pendientes calles de Asis, decíanos en la Chiesa Nuova levantada
sobre el sitio que ocupaba la casa de San Francisco, enseñándonos una
puerta: «Por aquí entró el ángel enviado de Dios y por aquí salió
la santa madre á dar á luz su hijo en la cuadra y prepararle por
toda cuna un pesebre.» Francisco tiene doce apóstoles y entre estos
apóstoles un Júdas que lo vende y se ahorca. De sus discípulos, uno
fué arrebatado hasta el tercer cielo como San Pablo; otro tocado
en sus labios por carbones encendidos para que cantára eternamente
celestes alabanzas como Isaías; éste, trasportado á ver cara á
cara á Dios y á departir con él amistosamente como Moises; aquél,
suspendido de alas tan potentes como las alas del águila de San Juan
Evangelista, y el de más allá canonizado por Dios mismo en la gloria,
ántes de ser canonizado por el Papa en San Pedro. Leed el capítulo
primero de las _Fioretti di San Francesco_.
Cierto dia, el más noble y el más rico de los caballeros de Asis,
viendo la piedad de Francisco y la entereza con que soportaba todas
las injurias, llevóselo á su casa para examinar de cerca tanta
virtud. Acostáronse ambos amigos en el mismo cuarto, y Francisco no
se atrevia á rezar, temeroso de que Bernardo arguyera de farisáicas
sus devociones. Pero como fingiera éste haberse dormido pronto y
roncára con fuerza, el mendigo se hincó de rodillas y estuvo toda
la noche invocando á Dios para que socorriera á la desfallecida
humanidad. Al dia siguiente Bernardo pidió á Francisco que le
admitiera en su compañía y le dejára vivir su misma vida. Convino
éste, pero á condicion de ir juntos á misa y de consultar juntos
el Evangelio. Tres veces le abrieron y tres veces toparon con las
máximas que prescriben dejar todos los bienes de la vida para abrazar
la cruz y no llevar al viaje de este mundo ni sandalias, ni zurron,
ni báculo, y repartirlo todo entre los pobres, sin desvelarse por
el vestido ó por el alimento, pudiendo estar seguros los buenos de
que les sostendrá quien sostiene á las aves del aire, las cuales ni
siembran ni cosechan, y de que les vestirá quien viste á los lirios
del valle, los cuales ni hilan ni tejen. Y las mayores riquezas
de Asis, que eran las riquezas de Bernardo, pasaron de sus manos
á manos de los pobres. Y un avaro llamado Silvestre, como viera
repartir tanto dinero á los franciscanos, reclamó el importe de unas
piedras entregadas al Santo para erigir piadosa iglesia. Y como si
los tesoros de Bernardo no hubieran de agotarse, díjole Francisco
al avaro que fuera á sus cajas y tomase cuanto le pidiese el gusto.
Sacó el avaro á su arbitrio las monedas que debian satisfacerlo, y se
encontró ménos satisfecho que nunca. Y vió en sueños á San Francisco
y de sus labios saliendo inmensa cruz, cuya cima tocaba al cielo y
cuyos brazos á Oriente y á Occidente. Y se convirtió y fué uno de los
doce apóstoles, predicando el desprecio de todas las riquezas y el
amor á Dios.
Y los ángeles vienen del cielo á conversar con los frailes humildes
y amenazar á los frailes orgullosos, conduciendo á aquéllos á
Santiago de Galicia á traves así de las altas montañas como de
los profundos rios, y entregando á éstos á las reconvenciones del
Seráfico Padre San Francisco. Y entre los frailes humildes, Bernardo
fué enviado á Bolonia para que allí fundase un monasterio de la
franciscana órden. Y como se presentára en medio de la plaza vestido
toscamente, reíanse de él las mujeres, apedreábanle los mozalbetes,
tirábanle fuertemente de la capucha los pequeñuelos y le maldecia y
le injuriaba todo el mundo. Pero él, sereno, devoraba las injurias
y las bendecia en su interior, porque le procuraban el dar una
prueba relevante de su paciencia y el medir toda la fuerza de su
resignacion. Un durísimo legista que vió tanta virtud, preguntóle
cómo podia vencerse á sí mismo, y Bernardo le entregó las santas
ordenanzas de su convento. Sintióse el legista convertido é instaló
en su propia casa la religion seráfica. Y en alabanza á Dios, fuese
San Francisco al borde risueño de uno de los hermosos lagos de
Italia. Tenía allí un amigo, llamó á su puerta en la madrugada del
Miércoles de Ceniza, y le rogó que ántes de rayar el alba le llevase
á una isla del lago y le dejase cuarenta dias y cuarenta noches para
ayunar como Cristo, sin decirle á nadie dónde estaba y sin ir á
buscarle hasta el Juéves Santo. Llevóse dos panes y en cuarenta dias
sólo se comió medio. Y áun este medio se lo comió por humildad, por
no igualarse con Cristo, el cual en los cuarenta dias con cuarenta
noches que estuviera en el desierto, no probó bocado. San Francisco
tuvo allí por todo asilo, durante toda la Cuaresma, una zarza, y
despues en memoria de su penitencia, se elevó un monasterio, y á la
sombra del monasterio una ciudad.
Y como cierta tarde bajase Francisco al convento de los Ángeles
desde la selva donde habia ido á rezar y le siguieran las gentes en
tropel para recoger su palabra, preguntóle el hermano Maesso la causa
de que sin ser ni hermoso de cuerpo, ni despierto de inteligencia,
ni noble de orígen, todos se agolpáran á escucharle, á bendecirle,
á obedecerle, y el Santo le respondió que lo debia á la divina
misericordia, la cual, viéndolo entre los más pecadores y los más
viles y más oscuros, le habia escogido para sus obras milagrosas,
confundiendo con tan despreciable criatura la nobleza, la fuerza,
la ciencia del mundo, y demostrando que todo viene de Dios, cuando
por gracia de Dios puede así trasformarse en ángel de los cielos
pobre gusanillo de los campos. Y una vez que iban Francisco y Maesso
á Francia, mendigaron en ostentosa ciudad. Y Francisco, reducido ya
de estatura, demacrado de rostro á causa de sus maceraciones, apénas
recogió ninguna limosna, en tanto que Maesso, en la flor de los años
y lleno de gracia, llevó consigo, no ya mendrugos, sino panes. Y
los pusieron los dos hermanos sobre una piedra que brillaba á los
ojos del Santo como próvida mesa, y á los ojos de Maesso aparecia
como el extremo de la miseria. Y á fin de apartarlo de estas dudas y
sostenerlo en el amor á la pobreza, desanduvo el camino andado, se
volvió de la ruta de Francia á la basílica de Roma, y allí oró tanto,
que Pedro y Pablo descendieron del cielo al templo y se presentaron
resplandecientes de celeste luz á Francisco para mantener sus fuerzas
y alentarlo en la pública profesion de la pobreza. Y no solamente vió
á Pedro y Pablo, sino que vió con todos sus hermanos á Jesus mismo,
pues un dia que estaba rodeado de los monjes más rudos, los cuales
hablaban de Dios en el lenguaje más elocuente, se les apareció el
Salvador en la forma de un jóven hermosísimo y todos quedaron como
ciegos y cayeron como muertos, de la misma suerte que los apóstoles
cuando resplandeció á sus ojos la luz divina del Tabor.
Los prodigios menudeaban en torno del Santo á medida que crecia en
virtudes y se ejercitaba en austeras penitencias. En cierta ocasion
que le importunaban los frailes para que recibiese á comer á Santa
Clara, convidóla á partir el pan sobre la dura tierra, y cuando se
acababa el banquete púsose á hablar de Dios con tan vivos trasportes,
que encendió en la llama de su palabra bosques, campos, convento,
hasta el punto de creerlos todos cuantos pasaban presa de voraz
incendio y próximos á reducirse á cenizas; creencia de cuya falsedad
se persuadieron observando que aquel fuego milagrosísimo resplandecia
y no quemaba, pues era como la espesa llama de un espíritu animado
en el divino amor. Otro dia recibió órden de no reducirse á orar,
sino de correr á la predicacion y sin curarse de senda ni camino,
confiando su palabra á la Providencia, como las palmas confian su
pólen al viento, encontró á muchedumbre de campesinos y les predicó
la virtud, y como quisieran seguirlo, mandóles que se quedáran en sus
viviendas, pues él tenía mensajeros en todas partes, y dirigiéndose á
bandadas de pájaros, las cuales formaban misteriosos círculos sobre
su cabeza, los conjuró á sembrar la palabra divina y á este conjuro
se dividieron como en legiones, yéndose unas á Oriente y otras á
Occidente, éstas á Septentrion y aquéllas á Mediodía á repetir en
sus divinos gorjeos cuanto habian oido. Otra vez fuese á Rieti y
predicó á la puerta de una iglesia en el campo. Acudieron tantas
muchedumbres en torno de la iglesia que talaron una viña llena
de racimos. El rector de tan sagrado lugar se arrepintió de haber
consentido la predicacion cuando el Santo le dijo: «¿Cuántas cargas
de vino cogias de tus cepas todos los años?—Doce, le respondió.—Pues
en nombre de Dios te prometo que este año, de los pocos racimos
olvidados bajo los sarmientos desnudos, cogerás veinte cargas.»
Y vino el mes de Octubre y cortó mezquinos racimos que apénas
tenian unos cuantos granos, y de tan corta vendimia resultaron las
veinte cargas. Y no habia ciudad por San Francisco habitada que no
tuviera algun testimonio de su poder sobrenatural y de su facultad
de obrar milagros. Hallábanse los habitantes de Gubio poseidos del
más espantoso terror. Un lobo feroz andaba por los alrededores y
arremetia así á los ganados como á las personas, encarnizadamente.
Nadie osaba venir á la poblacion ni de la poblacion apartarse. San
Francisco prometió que él concluiría estrecho pacto entre la ciudad y
el lobo, á cuyo fin se encaminó hácia el término más frecuentado por
las correrías y más castigado por los dientes de la feroz alimaña.
Seguíanle innumerables curiosos, pero en cuanto se acercó el peligro
dejáronle solo, abandonado á su ciega confianza. Así que lo atisbó
el lobo, dirigióse á él furioso, babeantes las quijadas, encendidos
los ojos, erizada la piel; pero San Francisco le hizo la señal de
la cruz é inmediatamente se detuvo como desconcertado y confuso.
Entónces el Santo le pronunció elocuente discurso conjurándole á
dejar sus crueldades; á vivir en paz con los vecinos de Gubio, para
lo cual, en cambio de la deseada sumision prometióle que satisfarian
su hambre y respetarian su vida. El lobo tendió su mano al Santo en
señal de asentimiento y le acompañó hasta la ciudad como un perro.
Y llegados allá predicó un sermon Francisco diciendo que las gentes
tenian mucho miedo á las fauces del lobo y poco á otras fauces
más terribles, á las fauces del infierno. Y renovó en la plaza el
pacto hecho en los campos con el lobo, el cual, en testimonio de su
asentimiento, alzó la pata y la puso entre las manos del Santo. Y
desde entónces el lobo vivió en Gubio como un perro hasta su muerte
natural, y los habitantes le alimentaban y le agasajaban en memoria
de San Francisco. Y domesticaba éste las tórtolas de las selvas y
vencia los demonios del infierno y sellaba con la nocion de la eterna
justicia almas perdidas en las argucias de la mundana jurisprudencia
y recogia en las faldas de su sayal, como en amiga madriguera, las
liebres perseguidas, y curaba y limpiaba los cuerpos podridos de los
leprosos y convertia los ladrones y los asesinos á manera de Cristo
en lo alto de la cruz y lograba que la madre de Dios se apareciese
á sus hermanos enfermos, y yéndose un dia á Babilonia, como cayese
prisionero, á punto de morir, dirigióse al Sultan mahometano con tan
tiernas palabras y con promesas tales, que tocado en su empedernido
corazon el infiel, le prometió convertirse en cuanto el Santo pasase
de este mundo al otro y le enviára por medios sobrenaturales dos
franciscanos que vertiesen sobre su frente tenebrosa el agua bendita
y regeneradora del bautismo.
Despues de todo esto, no puede ya extrañarnos el imperio ejercido
por San Francisco sobre las cosas, tanto animadas como inanimadas.
Metíase en las selvas á predicar á los pájaros y mandaba á su
discípulo predilecto, el portugues San Antonio de Pádua á que
predicase á los peces. Su predicacion á los hombres tenía por objeto
mejorarlos, á fin de hermosear en ellos la imágen de Dios que cada
cual lleva dentro de sí mismo, y la predicacion á los irracionales
tenía por objeto asociarlos á las alabanzas contínuas que entonaba
al Criador. Decíales á las aves en sus discursos cosas de una
extrema delicadeza; decíales cuanta gratitud debian á Dios que en
las pajillas del campo y en las lanas dejadas por los corderos sobre
los abrojos les daba materia para sus nidos, y del fondo de un
humilde huevo las levantaba con el calor de la vida á los cielos,
vistiéndolas de brillante plumaje para que adornasen el espacio,
dotándolas de canoras gargantas para que entonasen suaves cánticos,
de resistentes alas para que recorriesen lo infinito, de un pecho que
podia respirar en las más apartadas alturas y de una vista que podia
recoger de hito en hito los solares rayos para que se confundiesen
con las estrellas; favores no otorgados á los demas seres, y por
los cuales se hallaban como obligadas á componer un coro eterno, á
producir un _Te Deum_ inacabable, á ser en la catedral del universo
como las trompetas del órgano maravilloso destinado á acompañar
con sus melodías y sus acordes las oraciones de todos los seres
cuyos misteriosos rumores llenan la inmensa Naturaleza. Y si veia
un corderillo conducido al matadero, lo rescataba y le devolvia á
la vida; si una tórtola enjaulada, le abria las puertas de su jaula
y la tornaba á la libertad; una liebre perseguida la recogia en
las faldas de su hábito y le señalaba el camino de la madriguera.
Poeta, y poeta entusiasta; abrasado en las llamas del misticismo;
conociendo el estrecho parentesco de su cuerpo con el cuerpo de los
demas animales, como conocia el estrecho parentesco de su alma con
el alma de los ángeles, subíase á las alturas, hincábase en los
peñascos, abria en cruz los brazos y conjuraba á su hermano el sol
y á su hermana la luna; al viento que pasaba sobre su cabeza y al
torrente que se despeñaba á sus piés; al gusanillo perdido en los
abismos y al astro perdido en el éter; á todas las cosas creadas
é increadas, para que entonasen á una con él, mirando al cielo y
adivinando á Dios, cánticos de amor. Sí; que el amor le tenía loco,
fuera de sí, en una fragua donde se abrasaban todas las fibras de
su carne y hervian todas las gotas de su sangre, amor inmenso, amor
eterno, de todo su sér, originario de Dios mismo y consagrado á la
dolorida humanidad, semejante al que poseyó á Cristo y le obligó á
dejar los cielos por la tierra, la compañía de los ángeles por las
injurias de los hombres, las cimas del Empíreo por las cimas del
Calvario; el trono luminoso del Eterno, por la cruz ignominiosa del
esclavo. Una noche de estío hallábase en oracion al borde de parlero
arroyo en las maravillosas campiñas de Italia. Todo convidaba al
éxtasis: la claridad de los horizontes, el resplandor de la luna, el
murmullo de los bosques, la plateada cinta de las aguas, el aroma
de las flores, las estrellas que resaltaban bajo la blanca gasa
tendida por el astro de la noche y las luciolas errantes entre las
hojas de los árboles como enjambres de celestes aereolitos. Á tanta
hermosura le faltaba una voz y pronto canoro ruiseñor, escondido en
el ramaje, comienza á entonar sus serenatas, sus arpegios divinos,
sus sartas de notas semejantes á las efusiones de misterioso espíritu
encendido en ardentísimo amor. San Francisco creyó que el pájaro
alababa á Dios y creyó tambien que no debia dejarlo solo en esta
religiosa obra. Así que el ruiseñor suspendia su gorjeo, elevaba la
voz el Santo, y entonaba una de sus místicas canciones con todos
los primores que le permitia la garganta y todo el estro de su
inagotable inspiracion. Excitado el pájaro por la voz humana, volvia
á cantar con mayor fuerza y con mayor belleza de voz y de escalas.
En aquella soledad y en aquella noche, al borde de los arrojaos y á
la luz de la luna, bajo las ramas de un verde primaveral y sobre la
hierba florida, parecian pájaro y Santo dos pastores de las Églogas
de Teócrito y de Virgilio, entonando por las campiñas de Arcádia
ó de Parthénope, en poético desafío, sendas canciones de amor. Al
fin, la voz del ruiseñor venció á la voz del Santo. Con su natural
candidez no se sonrojó de confesar éste que en alabar á Dios vencia
el ave de los cielos al pobre poeta de la tierra. Mas la música le
era indispensable á la expresion de esos sentimientos intensísimos
en cuyo calor estalla y se rompe la frágil palabra humana. Cuando
llegaba al extremo de la pasion, al extremo del éxtasis, al extremo
de sus religiosas exaltaciones, daba de mano á la palabra, al
discurso, al verso, acogiéndose á los cánticos y á las melodías como
formas propias de las inspiraciones más sublimes y, sobre todo, de
aquellas que provienen ó de la religion ó del amor. Despues de su
conversion, cantaba los objetos sacros con el mismo fuego y con el
mismo empeño con que en sus mocedades cantára los objetos profanos.
Y no solamente cantaba, se complacia en oir cantar á los demas,
cosa que por todo extremo le exaltaba, pues le abria el cielo de
nuevas místicas visiones. Un dia, al término ya de su carrera, bajo
el peso de sus penitencias y de sus maceraciones, deseó recrearse y
esparcirse un poco oyendo alguna sonata. Los ángeles del cielo que
por mandato de Dios miraban hasta el fondo de aquella alma purísima,
penetráronse de su deseo y quisieron satisfacerlo. Dejaron, pues, la
eterna luz y descendieron á nuestras tinieblas. Era de noche y San
Francisco oraba en su celda. De pronto, los venidos al traves de lo
infinito desde las cimas etéreas á nuestro oscuro abismo, suspensos
de sus alas en torno de la reja, pulsando sus laúdes, aquellos mismos
que acompañan los _hosannas_ de la gloria y los conciertos de los
astros, difundieron unas melodías tan puras en los aires y llegaron
hasta el alma extática del Santo con emociones tan profundas, que
creyóse muerto de místico placer y trasportado á la eterna vida. No
es mucho, por tanto, que á la hora de su muerte, en misteriosa tarde,
cuando se habia desvanecido el crepúsculo y acercado la noche, las
hijas de la luz, las profetisas del alba, las cantoras de la mañana,
las alondras, abandonaran todas en tropel sus nidos de barro y
vinieran á bañarse en los resplandores espirituales de aquel tránsito
sublime, en tal modo que la bellísima alma del Santo, al tomar su
vuelo hácia la eternidad, no dejó ni un momento de oir los cánticos
de las sencillas aves que le despedian desde la tierra, confundidos
con los cánticos de los ángeles y de los serafines que saludaban su
triunfal entrada en la gloria.