V.

Los padres de Francisco se inquietaban mucho de los trasportes de

su hijo, ellos que no se habian inquietado tanto de sus placeres.

Parecíales que en tal estado perdia la salud y arriesgaba la vida.

Lo que más les apenaba era ver el demacrado rostro, la rugosa piel,

los ojos vidriosos, las manos huesosas, la frente surcada, los

pómulos caldeados, trémulos todos los músculos, ahuyentado el sueño

de sus párpados enrojecidos, ocupada la mente de visiones, fuera de

su cauce natural la vida, como si perteneciese á otro mundo. Las

tradiciones refieren que un dia se fué á comunicar la vocacion de

penitente al padre desconsolado. Temblaba en los labios de Francisco

la palabra y crujíanle los huesos en las rodillas. Apénas acertaba

á proferir una frase, porque preveia cuánta amargura iba á derramar

en las paternales entrañas. Su familia habia soñado para aquel hijo

querido con una posicion desahogada, con un comercio agrandado,

con provechosos viajes allende los montes, con un matrimonio de

conveniencia, con un influjo político en aquellas repúblicas donde

ya comenzaba á sopreponerse la nobleza del trabajo á la nobleza del

combate. Imaginaos cuánta sería su pena al oirle que despreciaba

toda aquella fortuna aglomerada con tantos desvelos para él; que la

queria repartir entre los pobres; que iba á darse á la soledad y á

la contemplacion de las cosas eternas; que tosco sayal bastábale

para sus carnes manchadas por el pecado, grosera cuerda para sus

maldecidos ríñones, las hierbas del campo para alimento, las

cavernas para vivienda y para reparar sus fuerzas, por toda licor el

agua que la lluvia deposita en las líneas de las peñas, donde las

aves se embriagan y toman fuerzas para perderse en lo infinito y

henchirlo de cánticos que son verdaderas alabanzas al Criador.

Los padres no quieren jamas una carrera demasiado vertiginosa para

sus hijos, un ministerio que pudiera traerles mucha gloria, pero

tambien muchos dolores. Sublimemente egoistas, por preservarlos

hasta del tormento de las humanas grandezas y del vahido de las

inaccesibles alturas, los llaman á la felicidad vulgar que se

encierra siempre en las doradas medianías de la vida. El padre

de Ovidio no queria que su hijo cantase, como si adivinára que

los cantares le habian de arrastrar al destierro y le habian de

entristecer toda la existencia; el padre de Petrarca no queria

tampoco oir que fuese, aquél á quien habia consagrado para sacerdote

de la Iglesia, amante de las Musas, como si temiera dolores tan

agudos en gloria tan grande cual un amor sin esperanza; el padre

de Miguel Ángel le vedaba el buril, los pinceles y le arrancaba de

los talleres, adivinando aquel genio aislado en su gloria como el

Dios semítico en la eternidad, dolorido por las desproporciones

gigantescas entre las ideas y los medios de expresion, sin

precedentes y sin posteridad, sin mujer y sin hijos, sin familia y

sin amigos, sólo con el peso de sus pensamientos, grande, muy grande

despues de su muerte, pero desdichado, muy desdichado en la vida.

El buen comerciante Bernardone queria para su Francisco el hogar

y no las cavernas, el amor y no el tormento, la fortuna y no la

miseria, la felicidad y no el combate, un lecho mullido en invierno

y no la lluvia y el viento, un abrigo contra las tempestades y no el

deshecho oleaje de embravecido mar de lágrimas, la felicidad vulgar

y no la penitencia, la vida ordinaria y tranquila, pero no el dolor

y el martirio, aunque luégo le valiesen la inmortalidad. Así es que,

ciego de cólera, le castigó duramente. Todavía se enseña en Asis el

sitio donde le encerró y le ató para que no se escapase á emprender

sus vocaciones celestes. Todavía se ve en una Iglesia el fondo de la

oscura mazmorra, la efigie del santo en oracion, su cuerpo atado con

duras cuerdas, mustia luz iluminándole en aquel tormento aceptado con

resignacion como una nueva prueba de su amor á Dios. La madre, la

madre cariñosa, amante, con las entrañas desgarradas, fué á soltar al

pobre pajarillo enjaulado, á dejarle todo el aire y todo el cielo por

que suspiraba, áun á costa de verlo llevarse en aquel vuelo desde el

sacro nido al frio claustro su corazon á pedazos. El santo corrió

á su arbitrio por montes y por valles, se hincó en las alturas y se

encerró en las cavernas; predicó á las aves del cielo y á los hijos

del hombre; se armó contra todas las pruebas que pudieran aguardarle

de estas dos ideas, de que el dolor debia tomarse como un presente

del cielo y la muerte misma tenerse despues de sus horrores y de

sus tristezas como una perfecta vision de Dios. Pero su familia no

podia creer en esas extraordinarias vocaciones. El refran evangélico

de que nadie puede ser profeta en su patria, se confirma siempre.

La familia, los amigos, ven demasiado cerca las enfermedades del

niño, las pasiones del jóven, las faltas del hombre, las miserias

de la vida diaria para creer que pueda trasformar una edad, redimir

un mundo, torcer la corriente de los tiempos, levantarse á las

alturas donde brillan y truenan los héroes y los dioses de la

historia. No saben los seres vulgares, allá en su órbita estrecha,

de cuánto poder está dotada una fe profunda y de cuántas maravillas

es capaz una virtud incontrastable. En aquellos predestinados á

renovar el espíritu, á purificar la tierra, suele poner la previsora

Providencia facultades en armonía con sus maravillosos fines, como

la naturaleza da órganos en proporcion con sus respectivos destinos

en la vida universal á todos los seres orgánicos. Una vocacion

extraordinaria, un trabajo hercúleo, una elocuencia maravillosa,

un amor incomprensible al combate y al martirio, una inspiracion

febril, suelen, desequilibrando las facultades, dar al predestinado,

juntamente con inmarcesibles glorias, irremediables desgracias y

defectos. Al fin, toda verdadera grandeza se resuelve en verdadero

martirio, y algo hay por necesidad que quitar de todo cuanto favorece

á la familia y al hogar, en aquellos destinados á servir desde los

resplandores de la gloria, esa hoguera voracísima y martirizadora, á

toda la humanidad y á toda la tierra.

Imagínese el efecto que produjera entre el vulgo ver convertido

en penitente al galan, y sus cánticos en sermones, y sus brocados

en sayal, y sus amores fáciles en heridas profundas, y sus orgías

en penitencia, y su vida ligera en muerte anticipada por el

sacrificio y por el martirio. Unos se reian á hurtadillas, pero

otros á mandíbulas batientes y en su cara. Los más le tenian por

loco. Tirábanle los chiquillos de la calle piedra y barro; azuzaban

los perros para que le mordieran; seguíanle en tropel como á un

bicho raro, mofándose de él, escarneciéndole, insultándole, entre

la pública algazara. Pero contra todas estas amarguras tenía el

pobre solitario su incontrastable resignacion. No hay sino leer el

capítulo octavo del libro titulado: _Fioretti di San Francesco_,

que se encuentra á cada paso por las librerías de Italia. Andaba

el santo en compañía de un su hermano en Cristo llamado Leon desde

Peruza á la Vírgen de los Ángeles, por mal camino y agrio tiempo.

El viento era huracanado, y el frio intensísimo. Viendo Francisco

tiritar á Leon, propúsole una especie de problema, á saber: que

acertára dónde estaba la verdadera alegría. Leon no podia acertar,

y San Francisco le dijo: ¿Pues no es verdadera alegría volver el

oido al sordo, el movimiento al paralítico, la vista al ciego,

la vida al muerto; ni saber todas las lenguas, ni profesar todas

las ciencias, ni descubrir todos los misterios de lo pasado y los

secretos de lo porvenir, ni conocer las cosas divinas y humanas, ni

predicar de tal manera que se convirtiesen por un solo sermon todos

los infieles á la fe? encontraríase la verdadera alegría en que, al

llegar á nuestro convento, calados por la lluvia, transidos de frio,

exhaustos de fuerzas, muertos de hambre, y llamar á la portería, el

portero nos preguntase quienes éramos, y dándole nuestros nombres,

nos desconociese y nos creyese dos malhechores errantes por el mundo

en acecho de las ajenas haciendas, y saliera y nos agarrára por la

cogulla y nos derribára al suelo, y arrastrándonos sobre el barro

helado, nos diese con nudoso palo tal paliza, que nos quedáramos

ambos por muertos, amoratados de los piés á la cabeza; que entre los

dones del Espíritu Santo el mayor es vencerse á sí mismo y soportar

todas las injurias y todos los dolores y todas las tribulaciones por

la gloria de Cristo. Así, al principio de su conversion, viéndole

triste y cabizbajo sus amigos, preguntábanle si se fijaba al cabo

en alguna dama y padecia de amor, á lo cual contestaba en el estilo

caballeresco propio de los libros más leidos entónces, que el amor

le metia en su fragua y lo abrasaba y lo enrojecia como á hierro

candente, trastornándole por una dama cuyo recuerdo tenía siempre en

la memoria, y el nombre en los labios, y la divisa en el pecho; la

más noble, hermosa y buena que podia soñarse, á saber: la pobreza,

hija del cielo y tendida sobre los estercoleros de la tierra, pero

con poder bastante á desasirlo de todas las miserias terrestres y

elevarlo á la vision de Dios y á la compañía de los ángeles, pues

recibió á Cristo en el establo y lo condujo hasta el Calvario, y

cuando sus discípulos le abandonaban y corrian á ocultarse de las

iras de los tiranos y de las furias de los elementos y la Vírgen

Madre no podia llegar hasta su divino cuerpo desde el pié de la Cruz,

la pobreza, invisible, pero presente en lo alto, le abrazaba y le

veia más cerca que nunca como la esposa inseparable del Redentor,

tanto en vida como en muerte.

Llevado de estas inspiraciones, fundó sobre aquel férreo mundo

feudal la órden de su nombre, que se alzaba en estas tres virtudes

capitales: en la castidad más pura, en la pobreza más grande y en

la obediencia más ciega, como holocaustos ofrecidos á la pasion y

á la memoria de Cristo. Y despues de haber consumido su vida en

la caridad; despues de haber organizado su Asociacion, compuesta

de pobres y humildes; despues de haber sido un ideal viviente de

penitencia, á los cuarenta y cuatro años, atormentado por todo género

de enfermedades, absorto en toda suerte de éxtasis, perteneciendo

á este mundo por los últimos eslabones del tiempo y de la vida, y

á otro mundo mejor por los llamamientos de su inquieto deseo, San

Francisco entró en agonía y al comprender que no le quedaba en este

bajo mundo cosa alguna por intentar, y que se iba á otra vida,

apretóse sayal y cilicio, amontonó como lecho propio de su cuerpo

desgarrado frias cenizas, hincó las rodillas y plegó las manos, puso

los ojos en el crucifijo, llamó á los monjes sus compañeros para que

en torno suyo entonáran al són del órgano la poesía y los cánticos

compuestos en las horas de místico deliquio, los cuales encerraban

el _Te Deum_ consagrado por todas las cosas creadas desde el sol

hasta la luciérnaga á su Creador, y recibiendo la muerte en sus

párpados como si recibiera tranquilo sueño, volóse el alma en pos

de lo infinito, á la manera de una melodía religiosa, de una nube de

incienso, de una amorosa plegaria, de una etérea llama.

La muerte es verdadera trasfiguracion. El sér más vulgar crece y se

vuelve un sér sagrado en el sepulcro. Encierran los cadáveres en

su ataud sus errores, sus faltas y sus vicios, como si fueran los

gusanos de la podedumbre y sólo exhalan los aromas de la virtud, como

si la virtud solamente fuera el alma inmortal. No debiamos pintar la

muerte como un esqueleto, con los ojos cavernosos, huecos, vacíos, y

la guadaña en las huesosas manos despojadas de venas, fibras, nervios

y piel; debiamos pintarla como divino ángel, sonriente, gozoso,

luminoso, que recoge las almas en sus blancas inmaculadas alas y á

traves de lo infinito, entre los coros de las estrellas, se las lleva

para engarzarlas allá en la inmensidad de los cielos. El sepulcro

vacío, oscuro, silencioso, donde todo acaba, es un océano de luz y

de vida. El problema de nuestra existencia no está en vivir, sino

en morir; no está en pasar por este mundo, donde todos combaten,

quieran ó no; está en llegar al puerto seguro de la muerte, donde

todos descansan. La creencia general no se engaña cuando afirma que

nuestra tumba es cuna, nuestro ataud lecho, y el cadáver podrido para

este mundo un recien nacido para otro mundo mejor. Así, en cuanto

el pobre penitente de la Porciúncula se perdió en las tinieblas

de la muerte, comenzó á brillar en sus sienes la aureola de la

inmortalidad. Todo cuanto habia de vulgar en su vida, de desordenado

en sus palabras, de extraño en su proceder, de original y hasta

insensato en sus maneras y en sus costumbres, todo se perdió, y sólo

quedaron los resplandores de su alma en los cielos, las cadencias

de sus cánticos en los aires, las huellas de sus virtudes en la

tierra, el eco de su predicacion religiosa en los oidos, las llamas

de su caridad en los corazones, las historias de su vida y de su

muerte trasformadas por la fe en una religiosa leyenda. El calavera

de los juegos y de las jácaras, el rey de los festines orgiásticos,

el ambicioso de principados y castillos, el pobre loco á quien su

padre ataba en una prision, el extravagante insensato, á quien los

pilluelos tiraban piedras, muerto, enterrado, envuelto en esa tierra

del sepulcro donde todas las grandezas acaban, pasó á ser el santo

de los santos, el nuevo Cristo con sus manos y sus piés y su costado

abiertos por la fe, el intermediario privilegiado entre el cielo y la

tierra que debe estar durante toda la historia de rodillas en alturas

inaccesibles para interceder con Dios á favor de la Humanidad, el

ángel del Apocalípsis, entrevisto por San Juan desde su isla de

Pátmos, que ha de venir, cuando los soles se apaguen, y se pulvericen

los mundos, y se enrollen los cielos como un pergamino abrasado, á

recoger las almas justas y guiarlas á las serenas alturas y á la

incomunicable presencia del Eterno.

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 22 / 46 题