Los padres de Francisco se inquietaban mucho de los trasportes de
su hijo, ellos que no se habian inquietado tanto de sus placeres.
Parecíales que en tal estado perdia la salud y arriesgaba la vida.
Lo que más les apenaba era ver el demacrado rostro, la rugosa piel,
los ojos vidriosos, las manos huesosas, la frente surcada, los
pómulos caldeados, trémulos todos los músculos, ahuyentado el sueño
de sus párpados enrojecidos, ocupada la mente de visiones, fuera de
su cauce natural la vida, como si perteneciese á otro mundo. Las
tradiciones refieren que un dia se fué á comunicar la vocacion de
penitente al padre desconsolado. Temblaba en los labios de Francisco
la palabra y crujíanle los huesos en las rodillas. Apénas acertaba
á proferir una frase, porque preveia cuánta amargura iba á derramar
en las paternales entrañas. Su familia habia soñado para aquel hijo
querido con una posicion desahogada, con un comercio agrandado,
con provechosos viajes allende los montes, con un matrimonio de
conveniencia, con un influjo político en aquellas repúblicas donde
ya comenzaba á sopreponerse la nobleza del trabajo á la nobleza del
combate. Imaginaos cuánta sería su pena al oirle que despreciaba
toda aquella fortuna aglomerada con tantos desvelos para él; que la
queria repartir entre los pobres; que iba á darse á la soledad y á
la contemplacion de las cosas eternas; que tosco sayal bastábale
para sus carnes manchadas por el pecado, grosera cuerda para sus
maldecidos ríñones, las hierbas del campo para alimento, las
cavernas para vivienda y para reparar sus fuerzas, por toda licor el
agua que la lluvia deposita en las líneas de las peñas, donde las
aves se embriagan y toman fuerzas para perderse en lo infinito y
henchirlo de cánticos que son verdaderas alabanzas al Criador.
Los padres no quieren jamas una carrera demasiado vertiginosa para
sus hijos, un ministerio que pudiera traerles mucha gloria, pero
tambien muchos dolores. Sublimemente egoistas, por preservarlos
hasta del tormento de las humanas grandezas y del vahido de las
inaccesibles alturas, los llaman á la felicidad vulgar que se
encierra siempre en las doradas medianías de la vida. El padre
de Ovidio no queria que su hijo cantase, como si adivinára que
los cantares le habian de arrastrar al destierro y le habian de
entristecer toda la existencia; el padre de Petrarca no queria
tampoco oir que fuese, aquél á quien habia consagrado para sacerdote
de la Iglesia, amante de las Musas, como si temiera dolores tan
agudos en gloria tan grande cual un amor sin esperanza; el padre
de Miguel Ángel le vedaba el buril, los pinceles y le arrancaba de
los talleres, adivinando aquel genio aislado en su gloria como el
Dios semítico en la eternidad, dolorido por las desproporciones
gigantescas entre las ideas y los medios de expresion, sin
precedentes y sin posteridad, sin mujer y sin hijos, sin familia y
sin amigos, sólo con el peso de sus pensamientos, grande, muy grande
despues de su muerte, pero desdichado, muy desdichado en la vida.
El buen comerciante Bernardone queria para su Francisco el hogar
y no las cavernas, el amor y no el tormento, la fortuna y no la
miseria, la felicidad y no el combate, un lecho mullido en invierno
y no la lluvia y el viento, un abrigo contra las tempestades y no el
deshecho oleaje de embravecido mar de lágrimas, la felicidad vulgar
y no la penitencia, la vida ordinaria y tranquila, pero no el dolor
y el martirio, aunque luégo le valiesen la inmortalidad. Así es que,
ciego de cólera, le castigó duramente. Todavía se enseña en Asis el
sitio donde le encerró y le ató para que no se escapase á emprender
sus vocaciones celestes. Todavía se ve en una Iglesia el fondo de la
oscura mazmorra, la efigie del santo en oracion, su cuerpo atado con
duras cuerdas, mustia luz iluminándole en aquel tormento aceptado con
resignacion como una nueva prueba de su amor á Dios. La madre, la
madre cariñosa, amante, con las entrañas desgarradas, fué á soltar al
pobre pajarillo enjaulado, á dejarle todo el aire y todo el cielo por
que suspiraba, áun á costa de verlo llevarse en aquel vuelo desde el
sacro nido al frio claustro su corazon á pedazos. El santo corrió
á su arbitrio por montes y por valles, se hincó en las alturas y se
encerró en las cavernas; predicó á las aves del cielo y á los hijos
del hombre; se armó contra todas las pruebas que pudieran aguardarle
de estas dos ideas, de que el dolor debia tomarse como un presente
del cielo y la muerte misma tenerse despues de sus horrores y de
sus tristezas como una perfecta vision de Dios. Pero su familia no
podia creer en esas extraordinarias vocaciones. El refran evangélico
de que nadie puede ser profeta en su patria, se confirma siempre.
La familia, los amigos, ven demasiado cerca las enfermedades del
niño, las pasiones del jóven, las faltas del hombre, las miserias
de la vida diaria para creer que pueda trasformar una edad, redimir
un mundo, torcer la corriente de los tiempos, levantarse á las
alturas donde brillan y truenan los héroes y los dioses de la
historia. No saben los seres vulgares, allá en su órbita estrecha,
de cuánto poder está dotada una fe profunda y de cuántas maravillas
es capaz una virtud incontrastable. En aquellos predestinados á
renovar el espíritu, á purificar la tierra, suele poner la previsora
Providencia facultades en armonía con sus maravillosos fines, como
la naturaleza da órganos en proporcion con sus respectivos destinos
en la vida universal á todos los seres orgánicos. Una vocacion
extraordinaria, un trabajo hercúleo, una elocuencia maravillosa,
un amor incomprensible al combate y al martirio, una inspiracion
febril, suelen, desequilibrando las facultades, dar al predestinado,
juntamente con inmarcesibles glorias, irremediables desgracias y
defectos. Al fin, toda verdadera grandeza se resuelve en verdadero
martirio, y algo hay por necesidad que quitar de todo cuanto favorece
á la familia y al hogar, en aquellos destinados á servir desde los
resplandores de la gloria, esa hoguera voracísima y martirizadora, á
toda la humanidad y á toda la tierra.
Imagínese el efecto que produjera entre el vulgo ver convertido
en penitente al galan, y sus cánticos en sermones, y sus brocados
en sayal, y sus amores fáciles en heridas profundas, y sus orgías
en penitencia, y su vida ligera en muerte anticipada por el
sacrificio y por el martirio. Unos se reian á hurtadillas, pero
otros á mandíbulas batientes y en su cara. Los más le tenian por
loco. Tirábanle los chiquillos de la calle piedra y barro; azuzaban
los perros para que le mordieran; seguíanle en tropel como á un
bicho raro, mofándose de él, escarneciéndole, insultándole, entre
la pública algazara. Pero contra todas estas amarguras tenía el
pobre solitario su incontrastable resignacion. No hay sino leer el
capítulo octavo del libro titulado: _Fioretti di San Francesco_,
que se encuentra á cada paso por las librerías de Italia. Andaba
el santo en compañía de un su hermano en Cristo llamado Leon desde
Peruza á la Vírgen de los Ángeles, por mal camino y agrio tiempo.
El viento era huracanado, y el frio intensísimo. Viendo Francisco
tiritar á Leon, propúsole una especie de problema, á saber: que
acertára dónde estaba la verdadera alegría. Leon no podia acertar,
y San Francisco le dijo: ¿Pues no es verdadera alegría volver el
oido al sordo, el movimiento al paralítico, la vista al ciego,
la vida al muerto; ni saber todas las lenguas, ni profesar todas
las ciencias, ni descubrir todos los misterios de lo pasado y los
secretos de lo porvenir, ni conocer las cosas divinas y humanas, ni
predicar de tal manera que se convirtiesen por un solo sermon todos
los infieles á la fe? encontraríase la verdadera alegría en que, al
llegar á nuestro convento, calados por la lluvia, transidos de frio,
exhaustos de fuerzas, muertos de hambre, y llamar á la portería, el
portero nos preguntase quienes éramos, y dándole nuestros nombres,
nos desconociese y nos creyese dos malhechores errantes por el mundo
en acecho de las ajenas haciendas, y saliera y nos agarrára por la
cogulla y nos derribára al suelo, y arrastrándonos sobre el barro
helado, nos diese con nudoso palo tal paliza, que nos quedáramos
ambos por muertos, amoratados de los piés á la cabeza; que entre los
dones del Espíritu Santo el mayor es vencerse á sí mismo y soportar
todas las injurias y todos los dolores y todas las tribulaciones por
la gloria de Cristo. Así, al principio de su conversion, viéndole
triste y cabizbajo sus amigos, preguntábanle si se fijaba al cabo
en alguna dama y padecia de amor, á lo cual contestaba en el estilo
caballeresco propio de los libros más leidos entónces, que el amor
le metia en su fragua y lo abrasaba y lo enrojecia como á hierro
candente, trastornándole por una dama cuyo recuerdo tenía siempre en
la memoria, y el nombre en los labios, y la divisa en el pecho; la
más noble, hermosa y buena que podia soñarse, á saber: la pobreza,
hija del cielo y tendida sobre los estercoleros de la tierra, pero
con poder bastante á desasirlo de todas las miserias terrestres y
elevarlo á la vision de Dios y á la compañía de los ángeles, pues
recibió á Cristo en el establo y lo condujo hasta el Calvario, y
cuando sus discípulos le abandonaban y corrian á ocultarse de las
iras de los tiranos y de las furias de los elementos y la Vírgen
Madre no podia llegar hasta su divino cuerpo desde el pié de la Cruz,
la pobreza, invisible, pero presente en lo alto, le abrazaba y le
veia más cerca que nunca como la esposa inseparable del Redentor,
tanto en vida como en muerte.
Llevado de estas inspiraciones, fundó sobre aquel férreo mundo
feudal la órden de su nombre, que se alzaba en estas tres virtudes
capitales: en la castidad más pura, en la pobreza más grande y en
la obediencia más ciega, como holocaustos ofrecidos á la pasion y
á la memoria de Cristo. Y despues de haber consumido su vida en
la caridad; despues de haber organizado su Asociacion, compuesta
de pobres y humildes; despues de haber sido un ideal viviente de
penitencia, á los cuarenta y cuatro años, atormentado por todo género
de enfermedades, absorto en toda suerte de éxtasis, perteneciendo
á este mundo por los últimos eslabones del tiempo y de la vida, y
á otro mundo mejor por los llamamientos de su inquieto deseo, San
Francisco entró en agonía y al comprender que no le quedaba en este
bajo mundo cosa alguna por intentar, y que se iba á otra vida,
apretóse sayal y cilicio, amontonó como lecho propio de su cuerpo
desgarrado frias cenizas, hincó las rodillas y plegó las manos, puso
los ojos en el crucifijo, llamó á los monjes sus compañeros para que
en torno suyo entonáran al són del órgano la poesía y los cánticos
compuestos en las horas de místico deliquio, los cuales encerraban
el _Te Deum_ consagrado por todas las cosas creadas desde el sol
hasta la luciérnaga á su Creador, y recibiendo la muerte en sus
párpados como si recibiera tranquilo sueño, volóse el alma en pos
de lo infinito, á la manera de una melodía religiosa, de una nube de
incienso, de una amorosa plegaria, de una etérea llama.
La muerte es verdadera trasfiguracion. El sér más vulgar crece y se
vuelve un sér sagrado en el sepulcro. Encierran los cadáveres en
su ataud sus errores, sus faltas y sus vicios, como si fueran los
gusanos de la podedumbre y sólo exhalan los aromas de la virtud, como
si la virtud solamente fuera el alma inmortal. No debiamos pintar la
muerte como un esqueleto, con los ojos cavernosos, huecos, vacíos, y
la guadaña en las huesosas manos despojadas de venas, fibras, nervios
y piel; debiamos pintarla como divino ángel, sonriente, gozoso,
luminoso, que recoge las almas en sus blancas inmaculadas alas y á
traves de lo infinito, entre los coros de las estrellas, se las lleva
para engarzarlas allá en la inmensidad de los cielos. El sepulcro
vacío, oscuro, silencioso, donde todo acaba, es un océano de luz y
de vida. El problema de nuestra existencia no está en vivir, sino
en morir; no está en pasar por este mundo, donde todos combaten,
quieran ó no; está en llegar al puerto seguro de la muerte, donde
todos descansan. La creencia general no se engaña cuando afirma que
nuestra tumba es cuna, nuestro ataud lecho, y el cadáver podrido para
este mundo un recien nacido para otro mundo mejor. Así, en cuanto
el pobre penitente de la Porciúncula se perdió en las tinieblas
de la muerte, comenzó á brillar en sus sienes la aureola de la
inmortalidad. Todo cuanto habia de vulgar en su vida, de desordenado
en sus palabras, de extraño en su proceder, de original y hasta
insensato en sus maneras y en sus costumbres, todo se perdió, y sólo
quedaron los resplandores de su alma en los cielos, las cadencias
de sus cánticos en los aires, las huellas de sus virtudes en la
tierra, el eco de su predicacion religiosa en los oidos, las llamas
de su caridad en los corazones, las historias de su vida y de su
muerte trasformadas por la fe en una religiosa leyenda. El calavera
de los juegos y de las jácaras, el rey de los festines orgiásticos,
el ambicioso de principados y castillos, el pobre loco á quien su
padre ataba en una prision, el extravagante insensato, á quien los
pilluelos tiraban piedras, muerto, enterrado, envuelto en esa tierra
del sepulcro donde todas las grandezas acaban, pasó á ser el santo
de los santos, el nuevo Cristo con sus manos y sus piés y su costado
abiertos por la fe, el intermediario privilegiado entre el cielo y la
tierra que debe estar durante toda la historia de rodillas en alturas
inaccesibles para interceder con Dios á favor de la Humanidad, el
ángel del Apocalípsis, entrevisto por San Juan desde su isla de
Pátmos, que ha de venir, cuando los soles se apaguen, y se pulvericen
los mundos, y se enrollen los cielos como un pergamino abrasado, á
recoger las almas justas y guiarlas á las serenas alturas y á la
incomunicable presencia del Eterno.