La verdad es que no hay monumento como el de Asis, ni vida como la de
San Francisco para estudiar uno de los hechos históricos en que más
empeñada, repito, se halla la ciencia moderna; el nacimiento de las
leyendas religiosas. Cada una de estas piedras da testimonio vivo de
cómo un hombre, sujeto á todas nuestras condiciones, se eleva en poco
tiempo á lo sobrenatural, perdiéndose en los celajes resplandecientes
de la fantasía hasta convertirse su persona histórica en mito, su
vida real en soñada leyenda. Extraordinarias facultades morales ó
intelectuales, á la verdad, le adornan; exaltada virtud, elocuente
palabra, efusivo amor, le llevan á grandes ideas y á grandes hechos:
las gentes le siguen, los sectarios le adoran, los discípulos lo
magnifican y poco á poco la fantasía inflamada lo trasfigura, y el
arte, el buril y el pincel acaban la obra iniciada, que crece y toma
diversas fases en los espejismos siempre movibles de las tradiciones.
Despues de algun tiempo puede resultar el pensamiento de Aristóteles,
puede resultar la poesía más verdadera que la historia, ó el
pensamiento de Platon que la belleza del mito sea sólo el resplandor
de su verdad intrínseca y el hombre del arte y de la poesía aparezca
más real que el hombre de la crítica y de la historia. Pero venid á
esta tierra de Asis; registrad estos sitios consagrados por una de
las más bellas figuras que guarda en sus anales la humanidad; id á
su casa, todavía señalada en las tradiciones, donde encontraréis el
recuerdo de los castigos impuestos por su familia á la extraordinaria
vocacion del santo; trasladaos á la humilde choza en que ve al
Crucificado en sus éxtasis y traza la órden seráfica en sus
meditaciones; salid luégo al templo-cenobio y sentiréis cómo un
jóven falto de ciencia y de letras, movido sólo del amor, tras una
vida exaltadísima por la intuicion de lo sobrenatural y la práctica
de las predicaciones; tras un sacrificio contínuo por el bien de
los demas hombres, puede tener en la piedad de los creyentes cuna
sobrenatural y sobrenatural sepulcro; herir en la imaginacion de los
poetas la tierra estéril y hacerla brotar un raudal de inspiraciones;
promover y despertar en la mente plástica de los pintores un cielo
de grandiosos pasajes que animen con místicas reverberaciones y
extáticas figuras tablas y lienzo, bóveda y pared, claustros y altar;
crecer en la fe de sus sectarios hasta el punto de que combatan y
mueran por su persona ó por su doctrina, exaltando una y otra hasta
los límites altísimos de la leyenda y convirtiéndolas en gracioso
ideal de las venideras generaciones.
Nada hay más rico que la leyenda religiosa de San Francisco de Asis,
y nada hay más sencillo que su vida histórica. Cierto comerciante
de paños y una buena mujer son sus padres. El comerciante se llama
Pedro Bernardone, y hace contínuos viajes allende los montes en
tierra de Francia. Á la vuelta de uno de estos viajes, encuéntrase
hermoso y esperado hijo allá por los años de 1182. La madre le
habia puesto ya el nombre de Juan; pero el padre, en recuerdo y en
agradecimiento á la tierra de Francia, donde se habia enriquecido,
le puso el sobrenombre de Francisco. Su educacion fué algo esmerada,
si se atiende á la rudeza de aquel tiempo. Aprendió medianamente el
frances en las conversaciones con su padre, muy dado á este idioma,
y tomó alguna tintura de latin eclesiástico en el mejor seminario de
su pueblo. Su juventud pasó encendida en todas las pasiones y agitada
por todos los placeres. Lo elegante de su apostura y lo escogido de
sus maneras; la varonil belleza del rostro; la gracia y la fluidez de
la diccion cierta vena poética para escribir versos; cierta dulzura
para cantarlos, dábanle renombre de galante y traíanlo siempre entre
jácaras, comidas, aventuras, bullicios, serenatas, amores y orgías.
Habia en tales fiestas una especie de director á quien llamaban
rey, dándole baston ó cetro á la mano y ciñéndole á las sienes rica
corona de flores. El que tal cargo desempeñaba, distribuia los
papeles en las farsas públicas; dictaba á cada cual las canciones
y señalaba los sitios donde debia entonarlas; componia los coros y
los ensayaba; concertaba las parejas en los bailes; presidia las
comidas y las cenas. Así es que por las noches, en aquellas gozosas
fiestas, al verlo pasar precedido de las músicas, acompañado de los
humeantes hachones, dirigiendo numerosísima juventud que al són de
los instrumentos entonaba deliciosos coros, llamábanle todos alegría
de Asis, flor de sus campos, espejo de sus moradores. Su amor propio
era tan grande que recogia aquellas alabanzas y las guardaba en la
memoria, para repetirlas á cada instante; su ligereza tan extrema,
que requeria de amores á todas las jóvenes y no se fijaba en ninguna;
sus dispendios tales, que temia la familia verle disipar en las
larguezas de sus placeres los ahorros de tantos tiempos consagrados á
la economía y al trabajo.
La ambicion se juntó á sus demas pasiones para que ninguna de las
tormentas humanas dejára de atravesar aquella alma. Los libros de
caballería le trastornaron el seso. En la Edad Media no existia
esta inmensa distancia que existe hoy entre la realidad y la
imaginacion. Creíase hacedero el realizar con la voluntad lo soñado
en la mente. Un caballo y una lanza; un pecho férreo y un brazo
atrevido bastaban á dar seguridad de emprender las mayores aventuras
en aquella tierra movediza, á cada paso abierta por las hendiduras
de los volcanes, deshecha por los sacudimientos de los terremotos,
trasformada por las contínuas catástrofes. Un reino desaparecia
con la misma facilidad con que se formaba otro. Del Norte venian
tribus y del Sur tambien que trastornaban geografía y política.
La aparicion de un señor de Alemania en los Alpes ó de una legion
de Arabia en Sicilia, bastaban á desconcertar todos los pueblos y
á traer todas las guerras. Por las alturas constituíase cualquier
desalmado en príncipe feudal con sólo tener fuerza á sujetar á los
campesinos del llano y á limpiar de competidores el monte. Así es que
al ir Gauthier de Brienne en demanda de Sicilia á disputar al grande
Federico II, tan aborrecido de los Papas, la posesion del hermoso
reino, pensó Francisco de Asis en seguirlo, en pelear á su lado,
en ganarse á punta de lanza un castillo ó un reino donde saciar su
sed de placeres y ejercitar la febril actividad de sus ambiciones.
En sueños, despues de haber corrido muchas tierras, peleado con
innumerables gentes, ganádose fama de héroe en repetidos encuentros
y ruidosas víctimas, veia surgir de los abismos á los aires
riquísimo castillo, medio fortaleza y medio palacio, con salones
interminables donde campeaban, pendientes de las paredes, arneses,
penachos, cimeras, cascos, lanzas, broqueles, manoplas, escudos todos
riquísimos, capaces de deslumbrar los ojos más acostumbrados á la
plata, al oro, á la pedrería y preguntando á quién pertenecian tantas
maravillas, contestóle misteriosa voz que á él y á cuantos paladines
le siguieran. Sus deseos febriles y sus ensueños inquietos llevábanle
desde las aspiraciones del amor á las aspiraciones de la ambicion Su
biógrafo Celano le pone en los labios esta palabra que no deja lugar
á duda alguna sobre sus deseos de reinar: _Scio me magnum principem
futurum._
Al principiar el siglo décimotercio, las cruzadas retroceden, no
porque hayan conquistado el sepulcro de Cristo definitivamente
perdido para la cristiandad, á pesar de las victorias del gran
Federico II; sino porque han conquistado las populares comunidades,
iniciacion de la democracia sembrada para siempre en el suelo de
Europa. La voz de los misioneros que siglos ántes produjera un pueblo
nómada y armado, el cual desde nuestro continente se trasladaba al
Asia y moria abrasado en el desierto por el fuego de las arenas y el
fuego de la fe, esa voz que llevaba disuelto el espíritu católico,
se estrellaba en el renacimiento de la libertad y en el creciente
desarrollo del trabajo. Pero San Francisco, uno de los fundadores de
la democracia religiosa que debia acompañar á la democracia política,
fué á las últimas cruzadas, separacion verdadera entre el término de
los tiempos feudales y el principio de los tiempos modernos. Con la
misma alegría de siempre y con la misma ligereza, como si corriera á
una de las procesiones ó á una de las fiestas de su valle, corre á
las cercanas costas, se embarca en las pesadas galeras, aborda á las
playas de Damieta, entra en el ejército cristiano, y no bastando á su
exaltado celo y á su febril impaciencia la marcha lenta de aquellos
caballos y caballeros abrumados bajo el hierro de sus armaduras
pesadísimas, anda á pié por el desierto, penetra en el interior del
África, se avista con el jefe de las tribus árabes de Egipto, le
predica la fe cristiana, le propone mostrarle entrando en una hoguera
y saliendo ileso la verdad del Evangelio y deja allí una órden de
penitentes para que rodeen con sus plegarias y con sus martirios de
una especie de escudo religioso y de fortaleza moral inexpugnable,
el Santo Sepulcro que no han podido rescatar ni la autoridad de los
reyes ni la fuerza de los ejércitos.
¿Cómo se ha verificado esta trasformacion maravillosa?
Á la edad de veinticuatro ó veinticinco años, terrible enfermedad
le sobrecoge y le lleva á las puertas del sepulcro. Pero sale
triunfante de esta prueba, y en la convalecencia extrañas visiones
se dibujan confusamente por sus retinas caldeadas de ardentísima
calentura é hinchan su corazon de amores hasta entónces desconocidos,
como si toda su alma se desprendiese de las terrenales ligaduras y
sobrepuesta al cuerpo se recreára en contemplarse á sí misma y en
contemplar á traves de sus ideas, como á traves de claro vidrio, la
imágen de Dios. La fuerza de la costumbre, sin embargo, le llevaba á
sus antiguos placeres, cual si en ellos se encerrase toda su vida y
lo confundia con sus antiguos amores, cual si no pudiese sin ellos
pasar por este mundo. Un dia siente la ciudad estrecha, la tierra
árida, sus amistades insípidas, sus amores vanos, la campiña de Asis
como un desierto, el cielo como un pálido crepúsculo, sus ambiciones
como fantasmas y se propone desasirse del mundo y perderse en ideal
superior á la vida. Para llegar desde el torbellino y el huracan de
todos los placeres á este rudo ascetismo, habia necesitado pasar por
muchos y muy crueles tormentos. Lo que más le apenaba en tan suprema
crísis, era el horror que sentia hácia sí mismo, el menosprecio de
todo su sér, el remordimiento por su pasada vida, sus locos placeres,
sus locas ambiciones. Aparecia deforme y monstruoso á la mirada más
escudriñadora y más segura; á la mirada de su propia conciencia.
Queriendo combatirse á sí mismo, se lanzaba al torrente de sus
antiguas alegrías á ver si en el ruido y en el movimiento ensordecia
su interior hasta no oir esas voces de reconvencion y de angustia que
le trastornaban. Pero las fiestas públicas aumentaban su tristeza, el
canto le sonaba á carcajada histérica, el vino le sabía á vinagre,
los manjares á hiel, la hermosura á frio esqueleto, el amor á hastío,
la amistad mundana á mentira, y sobre los trasportes del placer oia
la salmodia de invisible entierro que llevaba á sepultar en lo pasado
toda su existencia tal como hasta entónces habia sido. La soledad se
convirtió en su única compañera. Allí, apartado del mundo, se veia
frente á frente á sí mismo y analizaba sus pasados afectos y argüia
contra sus ambiciones como contra sus pecados. Muchas veces los
amigos le asaltaban, le sacudian para arrancarlo de aquel sueño, le
llevaban á las fiestas; pero él, deseoso de no desmerecer á los ojos
mundanos de aquellas gentes y no revelar las interioridades del alma,
pretextaba buscar un tesoro, é iba á encerrarse en oscura caverna
donde, entre ayunos, maceraciones y penitencias, se alejaba de toda
su vida pasada y prometia y juraba abrazar otra vida contraria.
Cuando entraba en la caverna semejaba un hombre de este mundo, y
cuando salia semejaba un hombre de otro mundo, como si bajase de
alguna region sobrenatural, como si trajese en su retina y en su
frente resplandores de lejanos cielos, como si se trasparentára su
recóndita alma. Habia perdido toda idea del tiempo y del espacio
en que estaba, y tomado alas sobrenaturales y trasportádose á la
tarde suprema del Calvario, donde veia las tinieblas en los cielos
y los terremotos en la tierra; las piedras rompiéndose de dolor y
las estrellas disipándose en cenizas, la ciudad proterva iluminada
por el relámpago y el pueblo deicida iluminado por la ira; fuera los
esqueletos de su sepulcro y velados los ángeles en las nubes; las
santas mujeres confundiendo sus sollozos con los bramidos del huracan
y el discípulo amado y la Vírgen Madre al pié de la cruz en cuyos
brazos pendia el Hijo del Hombre sacrificado en desagravio al Eterno
por rescate de todas nuestras culpas, con la cabeza caida sobre el
pecho, las sienes traspasadas por espinas goteando sangre, abierto
el costado, desgarradas las manos y desgarrados los piés, próximo á
lanzar aquel último suspiro y aquel último gemido que llevó hasta
la eternidad el eco de nuestros dolores y la sombra de nuestras
acerbas tristezas en aquella última hora de la consumacion de todas
las profecías por el holocausto de la divina víctima y del milagro de
nuestra costosa redencion por el dolor y por el martirio. Y cuando
habia visto todo esto con los ojos y tocádolo con las manos, sus
sienes se taladraban, se abria su costado, llenábase de sangrientas
nubes su vista, caíasele sobre el pecho la cabeza, llagábanse sus
manos y sus piés, sentia en el alma todas las angustias como en el
cuerpo todos los dolores del divino mártir, y salia por calles, por
encrucijadas, por campos vertiendo lágrimas, pues aunque todos los
seres creados llorasen por toda una eternidad la muerte de Cristo,
no llegarian al dolor que tan sublime sacrificio debe merecer á la
humanidad regenerada. Y la transfiguracion de Francisco es como la
transfiguracion de Sócrates, como la transfiguracion de Cristo, como
todas las grandes transfiguraciones, en el dolor y en el martirio.