Existen hoy dos clases de artistas igualmente detestables: unos,
menospreciadores del Universo, cuyas armonías no oyen, cuyos colores
y matices no ven, cuya admirable totalidad no comprenden, prefiriendo
encerrarse en los abismos de su propia inteligencia, en la oscuridad
de sus ideas y dar forma sólo á sus ensueños, como si la totalidad
del sér estuviera en nosotros, y fuera de nosotros no hubiese
hermosura alguna ni inspiracion posible; otros que copian servilmente
la Naturaleza, que en sus obras la reproducen como en una fotografía,
que á fuerza de repetirla concluyen por disecarla, destruyéndola en
la servil miniatura de sus fragmentos, como aquel poeta citado por
Richter, que consagró un poema épico entero al momento del parto y al
arte dificilísimo de los comadrones y de las parteras. La poesía es
un grado de la idea superior á la Naturaleza. El poeta debe recogerla
como un ángel, trayendo á su seno los resplandores de otros mundos
y animándola con el calor y á la luz de lo ideal. Así era Virgilio;
reproducia la Naturaleza, embelleciéndola, y demostraba que en el
sentimiento del poeta, como en la idea del filósofo, crece y se
espiritualiza y se acerca la Naturaleza al Eterno.
La obra por excelencia de Virgilio, es el poema de las _Geórgicas_.
Podriais bien exactamente calificarlo llamándole epopeya del trabajo
en oposicion á esa epopeya de la guerra que preside y acompaña á
toda la historia. El poeta canta, desde la semilla depositada en la
tierra, imperceptible, confinando con el no sér y gérmen de nuevos
seres, hasta la zumbadora abeja, hija de la luz, elaboradora de
la miel, que confina con el mundo superior y cuasi divino de la
inteligencia. La ley de la unidad en la variedad reina con imperio en
todo el poema. Los seres se esparcen, se diversifican, se irradian
por los espacios en várias individualidades que luégo se juntan
y se armonizan en reinos, en géneros, en familias, en especies,
hasta llegar á confundirse, como en su atmósfera, en el espíritu
universal de la creacion. Así se corresponden, desde la cinta de la
hierba parásita en los abismos de la tierra, hasta el cometa, esa
cinta de materia cósmica perdida en los abismos del cielo. Los seres
inertes toman el humano sentimiento y la idea humana, animándose á
su vivificador soplo, como los cuerpos opacos y frios se iluminan
y se calientan en la luz y en el calor del sol. El laurel conoce y
desea la gloria; el ingerto presiente las flores y los frutos que
ha de darle pronto la nueva savia recibida en sus fibras; la encina
contempla orgullosa y vencedora á las generaciones de hombres y de
dioses que arrebatan bajo sus eternas ramas los siglos; la primavera
hincha con su amor desde la yema del arbusto hasta la linfa del
arroyo; y el éter desciende en copiosas lluvias sobre el seno de
su esposa la tierra, para fecundizar los gérmenes innumerables de
la vida. ¡Oh religion de la Naturaleza! Virgilio no es aquel avaro
cultivador de otros tiempos, que solamente ve en los campos la
riqueza y pretende herirlos con su azadon y su arado para explotarlos
cual abundosa mina; es el sacerdote que tiene un culto, el poeta
que tiene un sentimiento, el sabio que tiene una idea y vierte
todos estos elementos de vida en los prados, en los bosques, en los
viñedos, en la siembra, como nueva y más fecunda lluvia.
¿Quién no te admirará, alma Naturaleza? Ya tengas la alegría del
amanecer ó la tristeza del vespertino crepúsculo; va muestres
la serenidad del lago terso como cristal ó el furor del Océano
embravecido por el azote de la tormenta; ahora brames en el huracan ó
cantes en el céfiro, ahora amontones opacas nubes ó pintes la rosácea
boreal aurora; lo mismo entre los témpanos del polo semejantes á
sepulcrales cordilleras y frios como la muerte que entre las selvas
del trópico enardecidas por las llamas de la ardentísima vida; lo
mismo en el insecto microscópico, frágil y fugaz como una aspiracion
del no ser, al ser que en los eternos é inconmensurables soles de
soles; desde las caliginosas sombras del abismo hasta la brillante
fosforescencia de los mares y desde los infusorios hasta la Vía
Láctea, así como encierras en sus primeras manifestaciones la vida,
revelas en sus primeros resplandores la hermosura.
Repitámoslo mil veces; Virgilio será el eterno modelo de los poetas
que deseen cantar la Naturaleza. El libro cuarto de las _Geórgicas_
nunca se agota, oloroso como la salvia, tierno como la cera, dulce
como la miel. La abeja, la trabajadora abeja, ha inspirado desde el
primero al postrer hexámetro.
_Aerii mellis cœlestia dona exequar._
Allí está el tiempo propicio y el lugar favorable á las abejas,
preservado aquél de todos los rigores, así en frio como en calor,
preservado éste y sus floridos pastos del diente de la oveja y de
la ternerilla, del roce de los tachonados lagartos y de la pezuña
de los importunos chivos, para que puedan á su arbitrio dejar la
vibrante colmena é ir por los aires embalsamados y luminosos, bajo
las sombras de las palmas y el olivo, junto al fugitivo arroyuelo,
sobre la hierba abrillantada de rocío, desplegando el aguijon de oro
y las cristalinas alas, á libar los jugos de las flores próvidamente
apercibidas que deben ser desde el salvaje tomillo hasta la tierna y
delicada violeta. Seguidlas y las veréis cómo aglutinan con resinosas
sustancias las rústicas paredes de su taller; cómo, así que el aire
se entibia y se perfuma, vuelan juntas en cantor enjambre á los rayos
del sol y ya rozan las hojillas del arbusto, ya la clara superficie
de las aguas; cómo vuelven, despues del goce de esta grata libertad
y del juego de estos caprichosos giros, á abrir sus celdillas de
blanca cera y depositar sus tesoros de dulce miel; cómo suben luégo,
hasta perderse en los cielos, de la misma manera que sus compañeras
las estrellas para agruparse más tarde sobre las ramas de frondoso
árbol en forma de animados racimos; cómo, á veces, se enemistan y
se combaten desafiándose á descomunal batalla en que luchan con la
ira de los héroes homéricos, hasta caer muertas sobre la tierra cual
caen las bellotas de la encina sacudidas por el viento para que se
cumpla la ley allí presentida del triunfo de las más fuertes y de las
más hermosas; cómo trabajan en comun todas para todas y educan á sus
generaciones en sabio ejemplo y adoran sus penates y nos dejan su
áureo líquido semejante á condensaciones de la eterna luz.
Despues de haberlo leido, amaréis, como Virgilio, los rosales de
Pesthum que florecen dos veces al año; la pálida achicoria, que se
regocija al beso de la lluvia; el narciso, lento en mostrar sus
galas; el rizado apio, la viciosa hiedra, el mirto enamorado de las
frescas riberas: envidiaréis al viejo labrador de Tarento que tiene
por toda propiedad algunas yugadas de tierra, ingrata al trabajo,
incapaz de dar así prados como viñas, y que, sin embargo, produce
sabrosas legumbres entre festones de blancos lirios y rosadas
verbenas para que su dueño no envidie á los reyes y pueda todas
las noches, al tornar del trabajo, cenar manjares no comprados:
bendeciréis á Júpiter que dotó á las abejas de sus más seguros
instintos en premio de haber oido el címbalo de las Coribantes, y
haberlo alimentado en los antros del monte Oriteo; y concluiréis
siguiendo en su errante carrera por los bosques y en su descenso á
las hondas regiones de las aguas al pastor Aristeo, y sacrificaréis
con él en desagravio de Eurídice y de las nepeas ninfas, novillos
jamas sujetos á la coyunda, de cuyos abandonados despojos se levantan
á las alturas, despues de nueve auroras, nubes de canoros enjambres.
_Namque dabunt veniam votis, irasque remittent._