VIII.

Existen hoy dos clases de artistas igualmente detestables: unos,

menospreciadores del Universo, cuyas armonías no oyen, cuyos colores

y matices no ven, cuya admirable totalidad no comprenden, prefiriendo

encerrarse en los abismos de su propia inteligencia, en la oscuridad

de sus ideas y dar forma sólo á sus ensueños, como si la totalidad

del sér estuviera en nosotros, y fuera de nosotros no hubiese

hermosura alguna ni inspiracion posible; otros que copian servilmente

la Naturaleza, que en sus obras la reproducen como en una fotografía,

que á fuerza de repetirla concluyen por disecarla, destruyéndola en

la servil miniatura de sus fragmentos, como aquel poeta citado por

Richter, que consagró un poema épico entero al momento del parto y al

arte dificilísimo de los comadrones y de las parteras. La poesía es

un grado de la idea superior á la Naturaleza. El poeta debe recogerla

como un ángel, trayendo á su seno los resplandores de otros mundos

y animándola con el calor y á la luz de lo ideal. Así era Virgilio;

reproducia la Naturaleza, embelleciéndola, y demostraba que en el

sentimiento del poeta, como en la idea del filósofo, crece y se

espiritualiza y se acerca la Naturaleza al Eterno.

La obra por excelencia de Virgilio, es el poema de las _Geórgicas_.

Podriais bien exactamente calificarlo llamándole epopeya del trabajo

en oposicion á esa epopeya de la guerra que preside y acompaña á

toda la historia. El poeta canta, desde la semilla depositada en la

tierra, imperceptible, confinando con el no sér y gérmen de nuevos

seres, hasta la zumbadora abeja, hija de la luz, elaboradora de

la miel, que confina con el mundo superior y cuasi divino de la

inteligencia. La ley de la unidad en la variedad reina con imperio en

todo el poema. Los seres se esparcen, se diversifican, se irradian

por los espacios en várias individualidades que luégo se juntan

y se armonizan en reinos, en géneros, en familias, en especies,

hasta llegar á confundirse, como en su atmósfera, en el espíritu

universal de la creacion. Así se corresponden, desde la cinta de la

hierba parásita en los abismos de la tierra, hasta el cometa, esa

cinta de materia cósmica perdida en los abismos del cielo. Los seres

inertes toman el humano sentimiento y la idea humana, animándose á

su vivificador soplo, como los cuerpos opacos y frios se iluminan

y se calientan en la luz y en el calor del sol. El laurel conoce y

desea la gloria; el ingerto presiente las flores y los frutos que

ha de darle pronto la nueva savia recibida en sus fibras; la encina

contempla orgullosa y vencedora á las generaciones de hombres y de

dioses que arrebatan bajo sus eternas ramas los siglos; la primavera

hincha con su amor desde la yema del arbusto hasta la linfa del

arroyo; y el éter desciende en copiosas lluvias sobre el seno de

su esposa la tierra, para fecundizar los gérmenes innumerables de

la vida. ¡Oh religion de la Naturaleza! Virgilio no es aquel avaro

cultivador de otros tiempos, que solamente ve en los campos la

riqueza y pretende herirlos con su azadon y su arado para explotarlos

cual abundosa mina; es el sacerdote que tiene un culto, el poeta

que tiene un sentimiento, el sabio que tiene una idea y vierte

todos estos elementos de vida en los prados, en los bosques, en los

viñedos, en la siembra, como nueva y más fecunda lluvia.

¿Quién no te admirará, alma Naturaleza? Ya tengas la alegría del

amanecer ó la tristeza del vespertino crepúsculo; va muestres

la serenidad del lago terso como cristal ó el furor del Océano

embravecido por el azote de la tormenta; ahora brames en el huracan ó

cantes en el céfiro, ahora amontones opacas nubes ó pintes la rosácea

boreal aurora; lo mismo entre los témpanos del polo semejantes á

sepulcrales cordilleras y frios como la muerte que entre las selvas

del trópico enardecidas por las llamas de la ardentísima vida; lo

mismo en el insecto microscópico, frágil y fugaz como una aspiracion

del no ser, al ser que en los eternos é inconmensurables soles de

soles; desde las caliginosas sombras del abismo hasta la brillante

fosforescencia de los mares y desde los infusorios hasta la Vía

Láctea, así como encierras en sus primeras manifestaciones la vida,

revelas en sus primeros resplandores la hermosura.

Repitámoslo mil veces; Virgilio será el eterno modelo de los poetas

que deseen cantar la Naturaleza. El libro cuarto de las _Geórgicas_

nunca se agota, oloroso como la salvia, tierno como la cera, dulce

como la miel. La abeja, la trabajadora abeja, ha inspirado desde el

primero al postrer hexámetro.

_Aerii mellis cœlestia dona exequar._

Allí está el tiempo propicio y el lugar favorable á las abejas,

preservado aquél de todos los rigores, así en frio como en calor,

preservado éste y sus floridos pastos del diente de la oveja y de

la ternerilla, del roce de los tachonados lagartos y de la pezuña

de los importunos chivos, para que puedan á su arbitrio dejar la

vibrante colmena é ir por los aires embalsamados y luminosos, bajo

las sombras de las palmas y el olivo, junto al fugitivo arroyuelo,

sobre la hierba abrillantada de rocío, desplegando el aguijon de oro

y las cristalinas alas, á libar los jugos de las flores próvidamente

apercibidas que deben ser desde el salvaje tomillo hasta la tierna y

delicada violeta. Seguidlas y las veréis cómo aglutinan con resinosas

sustancias las rústicas paredes de su taller; cómo, así que el aire

se entibia y se perfuma, vuelan juntas en cantor enjambre á los rayos

del sol y ya rozan las hojillas del arbusto, ya la clara superficie

de las aguas; cómo vuelven, despues del goce de esta grata libertad

y del juego de estos caprichosos giros, á abrir sus celdillas de

blanca cera y depositar sus tesoros de dulce miel; cómo suben luégo,

hasta perderse en los cielos, de la misma manera que sus compañeras

las estrellas para agruparse más tarde sobre las ramas de frondoso

árbol en forma de animados racimos; cómo, á veces, se enemistan y

se combaten desafiándose á descomunal batalla en que luchan con la

ira de los héroes homéricos, hasta caer muertas sobre la tierra cual

caen las bellotas de la encina sacudidas por el viento para que se

cumpla la ley allí presentida del triunfo de las más fuertes y de las

más hermosas; cómo trabajan en comun todas para todas y educan á sus

generaciones en sabio ejemplo y adoran sus penates y nos dejan su

áureo líquido semejante á condensaciones de la eterna luz.

Despues de haberlo leido, amaréis, como Virgilio, los rosales de

Pesthum que florecen dos veces al año; la pálida achicoria, que se

regocija al beso de la lluvia; el narciso, lento en mostrar sus

galas; el rizado apio, la viciosa hiedra, el mirto enamorado de las

frescas riberas: envidiaréis al viejo labrador de Tarento que tiene

por toda propiedad algunas yugadas de tierra, ingrata al trabajo,

incapaz de dar así prados como viñas, y que, sin embargo, produce

sabrosas legumbres entre festones de blancos lirios y rosadas

verbenas para que su dueño no envidie á los reyes y pueda todas

las noches, al tornar del trabajo, cenar manjares no comprados:

bendeciréis á Júpiter que dotó á las abejas de sus más seguros

instintos en premio de haber oido el címbalo de las Coribantes, y

haberlo alimentado en los antros del monte Oriteo; y concluiréis

siguiendo en su errante carrera por los bosques y en su descenso á

las hondas regiones de las aguas al pastor Aristeo, y sacrificaréis

con él en desagravio de Eurídice y de las nepeas ninfas, novillos

jamas sujetos á la coyunda, de cuyos abandonados despojos se levantan

á las alturas, despues de nueve auroras, nubes de canoros enjambres.

_Namque dabunt veniam votis, irasque remittent._

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 15 / 46 题