¡Extraño destino! Este poeta, clásico por excelencia, pertenece á las
edades modernas más todavía que á las antiguas edades. El anochecer
de un mundo y el alborear de otro se mezclan misteriosamente en sus
sienes iluminadas por dos crepúsculos. Tiene de los antiguos la forma
perfecta, la sobriedad austera, el gusto depuradísimo, los versos
tallados como el mármol de Páros, el arte de materializar las ideas
hasta ponerlas ante los ojos en relieve y de eterizar la materia
hasta convertirla en espíritu. Por estas cualidades universales de la
antigua cultura es un griego como Sófocles ó como Platon. Pero hay en
sus versos ya cierta melancolía profunda, cierta extraña tristeza,
la nostalgia de lo infinito, la aspiracion á otro ideal, que anuncian
como el advenimiento del espíritu divino y absoluto. Él se apresura
á escribir su epopeya, la epopeya que cierra, como la Iliada abre,
la risueña edad del heroismo. Él tiene impaciencia por asegurar en
sus cánticos la religion del derecho y con ella el eterno dominio de
Roma, presintiendo el nuevo ideal que contra el arte clásico elabora
en los abrasados desiertos de Judea un eterno enemigo de Roma: el
Oriente. Parecia que la ciudad reina estaba salvada de las asechanzas
de la serpiente asiática cuando Cleopatra muere en el sepulcro de
los Faraones y con ella se encierra bajo los arenales africanos
aquella Asia que habia seducido un momento á Antonio para devorar
en él á Roma, como ántes en Alejandro habia devorado á Grecia.
Pero en el fondo mismo de la clara civilizacion clásica tenía de
antiguo depositado la oscura esfinge oriental un enigma, los libros
sibilinos; y cuando este enigma se descifra, surge de sus oscuros
jeroglíficos el Dios-espíritu que matará al Dios-naturaleza, y con
él matará así á la Roma de los pretores y de los césares como á la
Grecia de los héroes y de los poetas.
Por eso en toda esta edad hay presentimiento universal de que algo
muere en la especie humana. Lucano ha visto que los dioses adoptaron
la causa aborrecida por Caton. Horacio y Juvenal han roto en sus
sátiras la antigua ecuacion griega entre el ideal y la forma; han
revelado el horrible contraste entre las leyes morales y la realidad
viviente, anunciando así la agonía de todo un mundo á la historia.
Job no hubiera dicho en su estercolero más que dice este verso
desesperante:
_Pulvis et umbra sumus._
Plutarco ha oido quejarse de muerte al dios Pan allá por los mares
de Sicilia. Tácito sólo tiene corazon para aborrecer y lengua para
maldecir á su tiempo. Los más alegres buscan á una en la orgía el
sueño más largo, el sueño de la muerte. Luciano se rie; pero su risa
epiléptica muestra que se han agotado las lágrimas. Los dioses todos
se van; pero ¡ay! vienen los nazarenos. La desesperacion es universal
en las artes. Y Virgilio se levanta
_Sicut inter viburna cupressi,_
como el poeta de la esperanza. En la bacante Parthénope, á las
orillas de aquel mar y entre el coro de aquellas islas que recuerdan
el mar y las islas de la antigua Grecia, ha visitado la gruta de
Cúmas y ha oido anunciar á la Sibila que desciende de los cielos
nueva raza de inmortales y comienza un nuevo órden y una nueva ley
en el sosegado curso de los siglos.
_Magnus ab integro seclorum nascitur ordo,_
_Jam nova progenies cœlo demittitur alto._
Por eso en la Edad Media, al impulso de aquella reaccion mística,
todos los genios de la antigüedad se apagan y Virgilio brilla sin
ocaso. Los padres de la Iglesia le admiten universalmente entre
los doctores y los poetas. Podrian escribirse cien volúmenes como
los dos eruditísimos que ha publicado el sabio profesor Comparetti
sobre las transformaciones del alma de Virgilio en la Edad Media y
en el Renacimiento, sin que materia tan vasta se agotase. Apénas ha
muerto, cuando ya lo menciona el Evangelio apócrifo de Nicodemus. Su
figura tiene cierta semejanza con la figura del apóstol San Juan,
cuya teología es griega, copiada casi de los diálogos de Platon.
Aquel cristianismo natural, de que habla Orígenes, traido consigo
por cada hombre al nacer, sustancia eterna del espíritu humano, se
encuentra en la piedad de Eneas y en las esperanzas despertadas por
el nacimiento de Polion. Lactancio, cuando lee la Égloga cuarta,
cree leer la epopeya de la segunda venida del Salvador en rosadas
nubes resplandecientes de gloria, llamando el Universo entero con sus
planetas y sus soles al supremo último juicio. Constantino el Grande
la traduce al griego y en cada uno de sus pensamientos ve confirmado
un dogma cristiano. San Agustin, al oir que morirá la serpiente y
desaparecerán las espinas y los vellones se teñirán por sí mismos y
las vacas llenarán de grado con blanca leche los odres y se vestirán
de lirios las colinas, cree oir la profecía sagrada de la redencion
universal. Las iglesias de Mantua entonan religiosos cánticos, en
que San Pedro llora sobre el sepulcro de Virgilio por no haberle
visto en vida y no haberle consigo arrastrado á la predicacion y al
martirio. San Jerónimo dice cómo se ha dudado de la autenticidad de
los libros sibilinos; pero tambien cómo al verlos repetidos en las
Églogas se afirma la existencia de Debóras y de Isaías de profetisas
y de profetas en el paganismo. El papa Inocencio III, en sermon
predicado bajo las bóvedas de San Pedro por la fiesta de Navidad,
cita el nombre del poeta mantuano para confirmar la venida de Cristo
á nuestro bajo mundo.
Desde su cuna de Mantua á su tumba de Parthénope, Virgilio ha pasado
entre aplausos y aclamaciones como cumple al vencedor en las más
difíciles y más porfiadas guerras; en las guerras del arte. La
expoliadora espada de los pretorianos se ha embotado en sus campos;
la frente de los Césares se ha inclinado en su presencia; los
espacios del teatro han resonado con los aplausos concedidos á sus
versos; las rodillas de la muchedumbre se han doblado á su sombra,
habiendo tenido que huir mil veces del mundo para huir de la fama y
de la gloria. Pero desde su tumba de Parthénope hasta nuestros dias,
ha pasado su alma por una carrera más larga aún y más gloriosa.
Volveos y la veréis por doquier en la liturgia sagrada, en los
libros caballerescos, en los romances castellanos, en las sentencias
teológicas de Bernardo de Chartres y de Juan de Salisbury, desde el
primer vagido de la razon emancipada en Abelardo hasta la plenitud de
su elocuencia en Marsilio Ficino, reinando con Platon y Aristóteles
sobre la conciencia humana, á la cual abre mágicos horizontes
con su áureo ramo, dirigiendo por los círculos del dolor y de la
purificacion, como un astro de primera magnitud, al poeta épico del
catolicismo, hasta elevarlo trasformado y perfecto á las cumbres del
cielo, á la compañía de Beatrice, á la vision mística de lo absoluto
en el inmenso seno del Eterno.
Leemos de contínuo á los grandes poetas. Hoy más que nunca debemos
templar la fantasía en esos modelos. Terrible desesperacion se
apodera del sentimiento y mella la voluntad. El suicidio, el
sacrificio, no ya de la vida de un dia, de todo el sér, de toda
el alma, se ha elevado en la nacion de los ensueños á verdadera
ciencia como en la antigua India. Oid la filosofía que va quedando
sobre tantas ruinas; oid el filósofo á la moda. Todo bien aparece
como una utopia, toda inspiracion como una flor venenosa; el mal
corre á manera de savia por las fibras de los vegetales y á manera
de sangre por las venas del animal; cada hombre se asemeja al ciego
topo que vive construyendo eternamente una vivienda jamas acabada,
y á la hormiga de Australia que nace con incontrastable instinto
suicida; el amor, solamente merece nuestras maldiciones: el gran
culpado, que al conservar y reproducir la vida, conserva y reproduce
la pena y la muerte; querer equivale á sufrir y sufrir á sér; la
inextinguible sed de lo perfecto tiene toda la intensidad de la sed
hidrópica, pero jamas tendrá satisfaccion sobre la tierra; la virtud
del genio, sólo sirve para agravar todas las penas y sólo merece el
nombre de enfermedad hipocondríaca; la existencia se llama combate,
pero combate donde existe esta seguridad únicamente; la seguridad de
horrible y definitiva derrota: todo nuestro gran trabajo se reduce
á querer sin motivo, á luchar sin objeto, á cazar ó ser cazados en
esta cacería infernal de todos los seres unos contra otros, á poner
bajo cada paletada de tierra un cementerio de innumerables animales,
á nacer y engendrar para morir, hasta que bajo los horizontes sólo
se descubran montones de esqueletos, y la perfeccion estribe en
aniquilar este horrible sarcasmo llamado la vida humana, burla que el
Eterno ha lanzado exclusivamente sobre nuestro pésimo planeta, sobre
este infierno sin esperanza y sin salida.
Para contrastar semejante pesimismo no hay como volver al seno del
grande arte, de la eterna poesía, y reconciliarse en sus espléndidos
cielos, al calor de su luz benéfica y al arrullo de sus cánticos
inmortales, con la Naturaleza, con la Humanidad y con Dios.