La idea de mirar y admirar el paisaje donde nació Virgilio, me llevó
á la ciudad de Mantua. Las expresivas palabras _Mantua me genuit_
vagaban por mis labios desde los primeros años de mi existencia.
Mantua es gran plaza fuerte, una de las más poderosas de Europa,
integrante parte del cuadrilátero con que el despotismo extranjero
tenía como crucificada á la pobre Italia. Parece imposible; pero en
tan estrecho recinto, oprimidos por espesos muros, á la sombra de las
ceñudas fortalezas; allí donde sólo se oian los pasos del austriaco
que celaba con la ardiente mecha aplicada al oido de sus cañones;
sin salida ni retirada posible á causa de las lagunas del Mincio,
auxiliares de las fortificaciones, los patriotas conspiraban. Frente
al palacio ducal brilla un monumento con los bustos de estos mártires
inmolados á la independencia de su nacion, á la libertad de sus
conciudadanos. Por esta escala de dolores, con tristísimas coronas de
agudas espinas á las sienes, amontonando los huesos de sus hijos, las
naciones suben desde el abatimiento en la servidumbre á la vida en la
libertad. Caminamos al cumplimiento del ideal entre dos hileras de
cadalsos. El dolor tiene pasmosa fecundidad.
Estar en una ciudad italiana y no ver algunos ejemplares de sus
artes, francamente, es imposible. Así, despues de haber visitado
la catedral, que no me llamó grandemente la atencion, visité la
basílica de San Andres, que por sus sólidas pilastras, sus atrevidos
arcos, sus largas líneas, sus grandiosas curvas, su alta y atrevida
rotonda, me pareció una iglesia imponente, poco austera, como todas
las iglesias italianas, sobrecargada quizás de adornos y de objetos
artísticos, pero grandiosa.
¡Ah! por todos estos monumentos se descubre que el paganismo quedó
vivo allí, y que el Renacimiento comienza en el suelo itálico á
la hora misma en que comienza la cultura moderna. En el siglo
décimosexto, nosotros construimos edificios de gótico florido. No
hay sino ver el San Juan de los Reyes en Toledo ó la fachada de la
catedral nueva en Salamanca. Pero las gentes de Italia, enamoradas
de Roma, á mediados del siglo décimoquinto, elevan muchas de sus
iglesias poniendo una sucesion de arcos romanos y echando sobre estos
arcos las majestuosas bóvedas. La basílica de San Andres pertenece al
número de las iglesias greco-romanas, que abundan tanto en todos los
territorios de Italia.
Visitar una ciudad italiana y no conocer en ella algun gran pintor,
tambien es imposible. Cada artista tiene su ciudad. Si quereis
conocer á Luini id á Milan, si á Corregio id á Parma, si á Andrea
del Sarto á Florencia, si á Beccafiume á Siena, si á Signorelli á
Orvieto, si á Rafael á Roma, si á los Carraccios á Bolonia, si al
Giotto á Pádua, si á Julio Romano á Mantua. En esta ciudad encontró
poderoso príncipe que le protegiera, riquezas que le auxiliaran,
libertad para inspirarse en el recóndito manantial de sus ideas.
Julio Romano ha pasado á la posteridad como el discípulo predilecto
de Rafael de Urbino y como el heredero de su genio. En una gran parte
de los cuadros más admirados por el mundo, su lápiz ó su pincel
han obedecido las inspiraciones soberanas del inmortal maestro. En
las logias, éste sólo pintó de su mano el primero y último cuadro:
_La Creacion_, que comienza aquella epopeya religiosa evocando el
Universo á la virtud creadora de la palabra divina lanzada por el
Eterno; y _La Cena_, que la termina instituyendo el sacramento de
la eterna comunicacion del hombre con Dios. En las maravillosas
estancias hay paredes enteras debidas al pincel de Julio Romano,
aunque sean fidelísimos traslados de los cartones rafaelinos. Es uno
de los satélites de aquel planeta ó de los planetas de aquel sol.
Su genio, sin embargo, no tiene la tranquila armonía, la calma
profunda, la serenidad celeste, la perfeccion clásica del genio de
Rafael. Julio Romano gusta de lo exagerado, de lo extravagante,
y á veces de lo feo. Bajo este concepto puede y debe llamársele
un artista romántico. Así, en cuadro de ideal Vírgen, obra de
Rafael, ha puesto una gata, como alzando al empíreo la humildad del
hogar doméstico; y en la gran batalla de Constantino y Maxencio
ha pintado en primer término un enano grotesco y monstruoso, que
jamas hubiera permitido el maestro en cuyo genio renacia la majestad
de Fídias. Por eso, donde Julio Romano se muestra en toda su
ingenuidad, donde aparece tal como lo habia forjado naturaleza, es
en Mantua; allí, jefe de escuela, soberano de sí mismo, rodeado de
discípulos innumerables, compartiendo la autoridad con los duques del
territorio, gozando de córte y de presupuesto, como si constituyera
su genio solo un Estado. La sustitucion del ateniense, del
florentino, del pagano Papa Leon X, que, no pudiendo conversar con
los antiguos dioses, conversa con sus descendientes los artistas; la
sustitucion del Papa Leon X por su sombrío sucesor Adriano, teólogo,
y nada más que teólogo, flamenco incapaz de toda inspiracion, enemigo
del arte, le ahuyentó de la Ciudad Eterna, que parece otra vez
herida por los bárbaros, asaltada por el glacial genio del Norte,
á cuyo helado soplo pierden sus alas y se encierran tristemente en
sus larvas las risueñas ideas. Cuando llega á Mantua no tiene Julio
Romano caballo, y el Duque le regala su caballo favorito; no tiene
hogar, y el Duque le regala un palacio; no tiene ahorros, y el Duque
le envia brocados, terciopelos, joyas, que podrian ciertamente
envidiar los más poderosos príncipes. Su fortuna llega á tal extremo,
que merece por las fiestas dispuestas en su loor y los teatros
levantados y los torneos y las danzas y las decoraciones y los
saraos ser tratado por Cárlos V, el dueño de Europa, como uno de sus
compañeros: que entónces lucia junto á la corona de los reyes la
aureola de los pintores.
Hay tanta diferencia entre Rafael y Julio Romano como entre Virgilio
y Ovidio, como entre Garcilaso y Góngora. Aquella idealidad que
el pintor melodioso por excelencia traia de las catedrales de la
Edad Media para unirla con las formas perfectas de la antigüedad
clásica resucitada, se pierde, se extingue en sus discípulos, los
cuales, en cuanto los ojos del maestro y su sonrisa dulcísima se
apagaron, caen precipitados en profunda oscuridad y no vuelven
á entrever la conjuncion del espíritu moderno con el espíritu
antiguo, verdadero secreto de la grandeza del Renacimiento. Julio
es un pagano, pero un pagano por cuyo cuerpo corren las chispas de
nuestra electricidad y por cuya alma atraviesan nuestros dolores y
nuestras inquietudes. Poco ó nada sabe ya en Mantua de la pintura
rafaeliana, de aquella inspiracion religiosa unida á la belleza
griega, de aquel espiritualismo encendido sobre las aras de mármol
penthélico; su genio fogoso, inarmónico, violento se lanza á los
piés de los antiguos dioses griegos y se contagia con su sensualismo
acrisolado y purificado en la mente platónica y cristiana de
Rafael. Evocando los cuadros de la primitiva escuela de Siena y de
Umbría para ponerlos junto á los frescos del palacio de Mantua ó
de la casa del Té, se nota que el espíritu humano ha andado tanto
y se ha trasformado tanto como pudiera andar y trasformarse de las
Pirámides de Egipto al Parthenon de Grecia. Julio Romano me parece
uno de esos pensadores alejandrinos que, deseando resucitar á los
antiguos dioses griegos á fin de conservar la sabiduría de Aténas y
la fuerza de Roma, sin las cuales no se concibe la existencia del
mundo, los hincha, los agranda, los agiganta desmedidamente con
ideas orientales, platónicas, hasta cristianas, especie de filtros
inútiles, bien pronto convertidos en corrosivos venenos, porque
merced á ellos pierden los dioses la serenidad celeste, la dulce
sonrisa, el tranquilo gozo, la perfecta hermosura con que juntaban
en dulces desposorios y entre guirnaldas de flores la tierra con el
cielo.
Para conocerlo es necesario estudiarlo en el Palacio del Té, en
Mantua, en aquella su obra maestra, que es respecto á Julio Romano
como la capilla Sixtina respecto á Miguel Ángel, como las estancias
del Vaticano respecto á Rafael, como la sacristía de Siena respecto
á Pinturrichio. Pocas veces se verá un palacio ideado, delineado,
construido, pintado por un solo artista. Es una gran quinta, ó, como
nosotros decimos, un sitio real de los Duques de Mantua cerca de la
ciudad. Los dos principales salones, pintados al fresco por Julio
Romano y sus discípulos, vienen á ser el salon de Psíquis y el salon
de los Gigantes; aquél por la gracia, y éste por el atrevimiento;
aquél por la armonía y éste por la hipérbole; aquél por la clásica
expresion de dulzura, y éste por la exagerada expresion de violencia;
como si quisiera representar el lado femenino junto al lado viril del
arte.
Nadie puede olvidar á Psíquis, la pobre perseguida de Vénus, la
hermosísima doncella que goza en la oscuridad, acostada sobre un
lecho de flores, las caricias del amor suspenso á su pensamiento y
á sus labios, cuando deseosa de verlo, de contemplarlo, enciende su
lámpara y le sorprende en el sueño extasiada, y le admira extática y
le ama con más pasion y le desea eternamente á su lado, en su lecho,
hasta que una gota de aceite hirviendo cae sobre las espaldas del
enamorado despertándole; y al verse conocido, examinado, él, que es
un misterio, él, que gusta de las sombras, él, que presta á todos
su ceguera, huye y se desvanece en los aires sin dejar más que un
resplandor, un aroma, un recuerdo, como para atormentar eternamente
á la pobre jóven, fiel imágen del alma humana enamorada de lo
infinito, cuya inmensidad siente dentro y fuera de sí, en su idea y
en la Naturaleza, pero sin poder jamas ni verla ni alcanzarla.
Mirad esas paredes. Aquí Psíquis está en el baño, y rosados
amorcillos derraman sobre el agua y sobre su cuerpo olorosas
esencias; allá Mercurio prepara el banquete nupcial, y las Gracias,
dignas por su hermosura y por su felicidad del florido y risueño
Albano esparcen flores sobre la mesa de los festines, miéntras las
bacantes, henchidas de vida y de placer, danzan furiosas, entonando
canciones al viejo Sileno, sostenido en su embriaguez por los
sátiros; acullá, entre ramajes, guirnaldas, pámpanos, lucen los vasos
y los jarros de plata y oro; en un costado se apoya el perezoso Baco,
cual si acabára de llegar á Occidente desde la lejana India, con los
tachonados tigres asiáticos á sus plantas; y sobre todos resalta la
doncella enamorada, la prometida al amor, circuida de ninfas que la
acompañan tanto en felicidad como en hermosura, mirando entre el
celaje la cuadriga del sol cuyos caballos despiden la luz de sus
crines, y respirando el aire renovado por el balsámico soplo del
céfiro; cuadros deslumbradores que han visto el cielo de Grecia, los
laures y las encinas de Dodona, las cumbres del Hibla y del Himeto,
la ola del mar de la Jonia quebrándose en el coro de las islas
griegas, el sol que ha engendrado las cigarras y las abejas de la
Atica, la vida y la alegría de los antiguos dioses.
La última estancia es la estancia de los Gigantes. Á no dudarlo,
Julio Romano se ha inspirado en genio semejante al suyo, en el genio
de Ovidio, grandioso tambien y tambien audaz, pero señalando con el
desequilibrio de sus pasiones y la violencia de sus ideas, y los
contrastes de su estilo, el comienzo de irremediable decaimiento en
las romanas letras, cuya perfeccion representará eternamente otro
genio semejante á Rafael de Urbino, el inmortal Virgilio. Pues bien;
Ovidio en el canto tercero del primer libro de sus Metamorfoseos
presenta el cielo inseguro, los dioses recelosos, como amenazados
por los gigantes que, para escalar sus alturas y abrirse paso entre
el éter, apilan montañas sobre montañas, las cuales ya tocaban
con sus cumbres en las divinas moradas cuando Júpiter fulmina sus
rayos y abate el Olimpo, y hiere á Osa y á Pelion, y aplasta á
los rebeldes, de cuya sangre humeante animó la madre tierra los
hombres, despiadada raza, como sus sanguinarios padres, ébria de
ódios y hambrienta de matanzas. ¡Con qué grandeza colosal y extraña
originalidad reproduce Julio Romano estas fábulas! Es la epopeya de
las ruinas: restos como de un naufragio y de un incendio al mismo
tiempo; catástrofe del universo como si se abriera la tierra y se
desplomáran los cielos; ciudades enteras desarraigadas de sus bases
y convirtiéndose en cenizas; columnas rotas en mil pedazos como las
armas de un abandonado campo de batalla; rocas que se precipitan por
todas partes, semejando las gotas de un diluvio de moles; gigantes de
cuerpos colosales, de actitudes increibles, con sus ojos lucientes
como hornos, con sus bocas abiertas como abismos, con sus brazos de
la robustez de los troncos, y sus piernas de la dureza del hierro,
unos todavía de pié, otros huyendo, heridos éstos por el rayo,
aplastados aquéllos por los montes, miéntras allá en las alturas
todo es terror y ódio, porque el trono de Júpiter relampaguea y el
cielo entero se abrasa en imponente tempestad y los grandes dioses
huyen á regiones serenas y Neptuno detiene á sus delfines y Apolo
á sus caballos para que no los precipiten á la pelea y Vénus pide
proteccion á la cólera de Marte y Pomona tiembla como el arbusto
sacudido por el viento y las ninfas huyendo de la tormenta se
refugian en el seno de Páris y Juno enciende la ira divina y Eolo
sopla huracanes y la guerra abrasa así el tiempo como la eternidad
y así los cielos como la tierra, aterrando á los dioses y á los
titanes, todos envueltos en sus torbellinos de destruccion y de
muerte.