IV.

Si la idea y el sentimiento están esparcidos por la Naturaleza, el

amor á la Naturaleza no ha dominado siempre en el arte. Hay épocas

enteras en que parece estar ciego el hombre á los esplendores

del Universo. Ni la estrella en el cielo, ni la luciérnaga en la

tierra, ni el torrente espumoso que baja como una tormenta de las

altas cimas, ni la gota de rocío que se suspende como una lágrima

á las hojas de las flores, hieren su atencion. Las reacciones

místicas contra el delirio y el desenfreno de los sentidos explican

satisfactoriamente este hecho. El poeta monástico ó el poeta guerrero

se conmueven más á la vista de los altares ó de los campamentos que

á la vista del sol naciente ó del mar en calma; miéntras el poeta

antiguo, coronado de pámpanos y de hiedra, con la copa de Chipre en

las manos y la miel de Chio en los labios, quiere contemplar desde

mullido lecho de hojas de rosas el cielo y las ondas, los bosques

y los promontorios, las cordilleras ceñidas de nieve y las islas

salpicadas de espumas, en el admirable golfo de Parthénope. La poesía

está do quier está la hermosura. Puede ser un monasterio hermoso

y hermosa una orgía. Pero no me negaréis que el sentimiento de la

Naturaleza da mucho vigor y mucho encanto á los poetas. Admirables

son el horizonte y el campo reflejándose en las profundidades de

nuestra alma. Los cantores de la Naturaleza, pues, nos encantan

siempre. Y entre los cantores de la Naturaleza ninguno como Virgilio.

En el aula de latinidad, cuando las declinaciones y los diptongos

empolvan vuestro pensamiento, Virgilio os trae el aire balsámico de

la majada, el olor del tomillo, la sombra de las hayas, el eco de la

zampoña, el arrullo de la tórtola, el misterio de la sublime caida de

la tarde al bajar la sombra de los altos montes y subir los ganados

á los escondidos apriscos. Allí veis y ois las aves que anuncian el

tiempo como las Sibilas del aire y como las profetisas del Universo

apareciendo segun las tempestades ó las bonanzas; la grulla que se

levanta de los valles; la golondrina que riza con sus alas jamas

fatigadas el borde espumoso de las ondas; los lúgubres cuervos que

hacen estremecer la atmósfera con su vuelo y sus graznidos; los

pájaros acuáticos, tanto aquellos que surcan los mares como aquellos

que surcan las lagunas, sumergiéndose en las aguas, sacando luégo

erguidas sus cabezas, para escapar con sus bandadas léjos de la

tormenta; el ronco grito de la corneja que llama á las nubes y á

los torrentes del cielo; el triste mochuelo gimiendo en los altos

techos durante la callada noche como para contrastar la serenata

que da el ruiseñor en la enramada al dulce objeto de sus cánticos y

de sus amores. Cuando en las artes descendeis de uno de esos poetas

idealistas y soñadores á Virgilio, os sucede como al descender de los

elevados picos donde el aire se enrarece, al hondo valle henchido de

oxígeno y embalsamado de esencias.

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 11 / 46 题