Si la idea y el sentimiento están esparcidos por la Naturaleza, el
amor á la Naturaleza no ha dominado siempre en el arte. Hay épocas
enteras en que parece estar ciego el hombre á los esplendores
del Universo. Ni la estrella en el cielo, ni la luciérnaga en la
tierra, ni el torrente espumoso que baja como una tormenta de las
altas cimas, ni la gota de rocío que se suspende como una lágrima
á las hojas de las flores, hieren su atencion. Las reacciones
místicas contra el delirio y el desenfreno de los sentidos explican
satisfactoriamente este hecho. El poeta monástico ó el poeta guerrero
se conmueven más á la vista de los altares ó de los campamentos que
á la vista del sol naciente ó del mar en calma; miéntras el poeta
antiguo, coronado de pámpanos y de hiedra, con la copa de Chipre en
las manos y la miel de Chio en los labios, quiere contemplar desde
mullido lecho de hojas de rosas el cielo y las ondas, los bosques
y los promontorios, las cordilleras ceñidas de nieve y las islas
salpicadas de espumas, en el admirable golfo de Parthénope. La poesía
está do quier está la hermosura. Puede ser un monasterio hermoso
y hermosa una orgía. Pero no me negaréis que el sentimiento de la
Naturaleza da mucho vigor y mucho encanto á los poetas. Admirables
son el horizonte y el campo reflejándose en las profundidades de
nuestra alma. Los cantores de la Naturaleza, pues, nos encantan
siempre. Y entre los cantores de la Naturaleza ninguno como Virgilio.
En el aula de latinidad, cuando las declinaciones y los diptongos
empolvan vuestro pensamiento, Virgilio os trae el aire balsámico de
la majada, el olor del tomillo, la sombra de las hayas, el eco de la
zampoña, el arrullo de la tórtola, el misterio de la sublime caida de
la tarde al bajar la sombra de los altos montes y subir los ganados
á los escondidos apriscos. Allí veis y ois las aves que anuncian el
tiempo como las Sibilas del aire y como las profetisas del Universo
apareciendo segun las tempestades ó las bonanzas; la grulla que se
levanta de los valles; la golondrina que riza con sus alas jamas
fatigadas el borde espumoso de las ondas; los lúgubres cuervos que
hacen estremecer la atmósfera con su vuelo y sus graznidos; los
pájaros acuáticos, tanto aquellos que surcan los mares como aquellos
que surcan las lagunas, sumergiéndose en las aguas, sacando luégo
erguidas sus cabezas, para escapar con sus bandadas léjos de la
tormenta; el ronco grito de la corneja que llama á las nubes y á
los torrentes del cielo; el triste mochuelo gimiendo en los altos
techos durante la callada noche como para contrastar la serenata
que da el ruiseñor en la enramada al dulce objeto de sus cánticos y
de sus amores. Cuando en las artes descendeis de uno de esos poetas
idealistas y soñadores á Virgilio, os sucede como al descender de los
elevados picos donde el aire se enrarece, al hondo valle henchido de
oxígeno y embalsamado de esencias.