Pero en el mundo no todos tienen este culto mio por la Naturaleza,
no todos sienten este dulce arrobamiento por los bellos espectáculos
de la vida. Hay muchas armonías, pero junto á muchas batallas. Si
al levantar los ojos á las esferas y ver el concertado movimiento
de los astros puede pareceros el universo un poema, al convertirlos
á la tierra y descubrir el ódio de unos seres á otros seres, sus
mutuos encarnizados combates, las heridas que se abren, la sangre
que se sacan y vierten, la muerte que se infieren, el universo puede
pareceros una interminable, infinita, universal guerra.
Si cada sér no tuviera á su lado su contrario, llenaria pronto
él solo con su prole toda la creacion. Un elefante, el animal de
instintos más castos y de reproduccion más tardía, á la vuelta de
cuatro ó cinco siglos, podria tener una descendencia de quince
millones de elefantes. Por eso la muerte es tan creadora y tan
necesaria y tan fecunda como la vida. Por eso en cada punto del
espacio se amontonan las cunas y los sepulcros. Por eso junto á
cada planta hay otra que le dispute el aire, la luz, el jugo de la
tierra, el rocío de los cielos; junto á cada animal, otros animales
que se persiguen como ejércitos enemigos y se exterminan crueles en
eterno duelo á muerte. La vaca en el Paraguay lucha con un moscon que
comienza por zumbar en su oido y concluye por anidar en su ombligo. Y
aquel moscon la mata. Los naturalistas dicen que si los moscones no
acabáran de esa suerte con las vacas, acabarian las vacas, en tiempo
relativamente corto, con la lujuriosa vegetacion del Paraguay. Y
entre nosotros, en la especie humana, así como hay quien considera
la Naturaleza un templo y desearia no profanarla ni con una gota de
sangre, no oscurecerla ni con una nube de ódio, hay quien siente á
la vista de la ligera liebre el instinto del galgo ó del sabueso; al
roce de las alas de un pajarillo el impulso del águila ó del milano,
y viviria como el feroz cazador de la leyenda alemana en lucha
perpétua, entre montones de despojos, produciendo eternamente la
muerte; anegándose en mares de sangre.
Llevábamos aquella tarde en nuestra compañía un cazador. El cántico y
el vuelo de las dos inocentes avecillas no conmovieron su empedernido
corazon. Donde nosotros veiamos el amor, la familia, un matrimonio,
unos hijos, él veia, con la crueldad del asesino, su presa. De pié,
á nuestra espalda, sin que tuviéramos tiempo de evitarlo, apuntó á
los pajarillos una escopeta de grande alcance y derribó á uno de
ellos herido en el ala por tierra. No os podré decir lo que pasó en
mi corazon. El pobre animal arrancado del cielo como una estrella que
se desengarzára de su centro de gravedad; herido en los órganos que
le dan el dominio de los aires; separado violentamente de su esposa,
de la compañera del alma, de todos los encantos y de todos los amores
de su vida; imposibilitado de volver al nido en que quizá piaban sus
hijuelos, mirábanos con ojos de dulce y por lo mismo desgarradora
reconvencion, preguntándonos qué daño nos habia hecho para inferirle
tan bárbaro y tan neroniano castigo. Este sér nervioso, movible,
pequeño, habia subido y subido en raudo vuelo á las alturas para huir
de las sombras, para recoger los rayos del sol, para contemplar
por más tiempo la luz, esa idea del Universo; y el hombre con sus
bárbaras máquinas y maquinaciones le precipitaba en la oscuridad,
en el dolor, en la muerte. Pocos momentos ántes respiraba hasta por
las plumas. Sus alas se tendian suavemente en los aires, su pecho
se hinchaba de vivificador oxígeno, lucian sus ojos abrillantados
por el éter, y un minuto y un fragmento de plomo habian bastado á
destruir su ventura. Pero lo desgarrador de aquella escena era la
pobre viuda, más herida en el corazon que su compañero en las alas.
Bajaba como abatiéndose al dolor. Volvia á subir cual si quisiera
mover á volar con su ejemplo. Trazaba espirales en torno del inerte
cuerpo. Se detenia sobre el ramo cercano y le llamaba con desgarrador
llamamiento. Aquel pío era una escala de sollozos, de plañidos,
de quejas. Cada nota, aguda como un grito, llenaba el espacio de
torrentes de lágrimas. Oíanse todas las gradaciones del dolor, la
pena, la tristeza, la amargura, la desesperacion el anhelo por la
muerte. Cuando Julieta se levanta de su sepulcro y se encuentra á su
esposo herido y agonizando á sus plantas, no dice cosas tan tristes,
tan amargas, tan profundas, como las que decia en sus gorjeos de
duelo á los aires la pobre alondra viuda. Todos nos mirábamos y todos
sentiamos profundo enternecimiento. Hasta al cazador endurecido
le remordia la conciencia por haber roto aquel lazo de dos seres
atados por el amor. Yo me acordé confusamente de mi infancia, de los
primeros dias de orfandad, de la viudez de mi madre y de su lloro.
¡Oh! el sentimiento y la idea están esparcidos como la luz, como el
calor, como la vida, por todo el Universo.