Antes de entrar en Italia, miremos un instante esta region de la
Engadina, suiza por la historia y la geografía y la política,
italiana por la lengua, derivada del antiguo latino.
Cuando habitais un pueblo que ha sabido aliar el órden con la
libertad, la autoridad social con la democracia individualista,
la libertad en el pensamiento con la sensatez en la conducta, la
eleccion de las autoridades todas con el respeto y la obediencia,
no os canseis de verlo, de estudiarlo, de admirarlo, como no me
canso yo de ver, de estudiar, de admirar esta nobilísima Suiza. Lo
primero que salta á vuestra vista es la ausencia completa de ese
elemento demagógico tan opuesto al órden regular y al desarrollo
legítimo de la autoridad como al progreso y al afianzamiento de
todas las libertades. En seguida veis que los pueblos libres son
pueblos pacientes, que detestan las improvisaciones, que no entienden
la palabra revolucion, gratísima á los oidos de nuestros pueblos
latinos, los cuales en su inexperiencia sacuden la parálisis para
moverse en la embriaguez, y despiertan de la embriaguez para caer
nuevamente en la parálisis. ¿Sabeis cuánto tiempo le ha costado á
Suiza llegar á la reforma de 1848? Diez y siete años. ¿Sabeis cuánto
tiempo le ha costado desde que se inició hasta hoy su última reforma
constitucional? Diez años. Presentada al pueblo, fué puesta en tela
de contradictorio juicio, discutida largamente, desechada várias
veces, y despues de maduras reformas y de prudentes pactos, votada
por unos, combatida por otros; mas en cuanto tuvo la sancion legítima
de una mayoría constitucional, obedecida y acatada por todos.
El poder manda, dentro de la órbita de sus facultades legítimas, con
grande imperio, y se oculta en el seno de la sociedad, como Dios en
el seno de la naturaleza y de la conciencia. El plebiscito es casi
continuado, no ese plebiscito impuesto en medio del silencio por un
césar omnipotente á un pueblo siervo, sino el plebiscito libre en
sus discusiones, lleno de conciencia, que despide y recoge las ideas
despues de haberlas hecho pasar sucesivamente por várias esferas y
haberlas visto en diversas apelaciones, para que maduren y puedan ser
aceptables y aceptadas en la viviente realidad.
Yo me encuentro en el canton de los grisones, el más grande y el
ménos poblado de toda Suiza. Estamos á cuatro mil metros sobre el
nivel del mar. Estos pueblos, perdidos en sus montañas inaccesibles,
no tienen ni la cultura ni la riqueza que los grandes pueblos,
Ginebra y Zurich. Sin embargo, no encontraréis ni un pobre siquiera
que os pida limosna. No veréis ningun campesino desnudo, ninguno
descalzo, ninguno con el vestido remendado ó á jirones. Hablan
aquí, en la parte que se llama la Engadina, donde yo habito, una
especie de lengua romana que ellos presentan como la más pura y la
más antigua de las lenguas neo-latinas, inmediatamente derivada de
_sermo rusticus_, usual en las provincias del antiguo imperio. Y
siendo éste su lenguaje nativo, todos hablan aleman, muchos aleman é
italiano, algunos aleman, italiano y frances Si vais á un caserío,
encontraréis un maestro de escuela pagado en parte por el comun de
vecinos y en parte por el presupuesto del Estado. Recorreis estos
desfiladeros; las montañas inaccesibles se amontonan sobre vuestras
cabezas; las nieves eternas bajan hasta vuestros piés; las selvas
inexploradas se tienden á vuestra vista; el oso aulla en vuestros
oidos; el águila grita junto á su nido; os envuelven los vapores de
las nubes en formacion; os aturden las cataratas derretidas de los
grandes ventisqueros, despeñadas por los altos riscos; y en medio de
soledades donde imaginais encontraros salvajes tribus, el telégrafo
tiende su hilo misterioso para llevar en sus chispas los acentos de
la humana palabra y unir entre sí con su red, verdadero nervio de la
cultura moderna, estos apartados y diversos pueblos.
Hace pocos dias estuvimos en Guarda, una aldea de doscientas ochenta
almas, en medio de los desfiladeros, con vistas admirables sobre los
picos de las altas nevadas montañas. Tiene un camino general que
pasa á corta distancia de sus casas. ¿Creeis que se ha contentado
con eso? No; ha abierto un camino vecinal suyo, en zig-zags, sobre
la montaña abrupta, con su suelo firme como una roca y cómodo como
una sala, con sus contrafuertes semejantes á grandes fortalezas,
con sus alcantarillas para el desagüe de las cascadas que bajan
de otros montes más altos, con sus puentes, con sus barandas
erigidas sobre abismos insondables y en territorios que parecen
verdaderamente inaccesibles. Pues no se han contentado con esto. En
cada encrucijada de la aldea advertiréis una especie de tapadera ó
portezuela de hierro con su correspondiente cerradura, por donde pasa
la distribucion de las aguas, acomodada de suerte que pueda subir á
todas partes, no sólo para la limpieza, sino tambien para apagar los
incendios. El maestro tiene poco sueldo, cuatrocientos francos que
le da el humilde Municipio; doscientos que le da el canton por seis
meses de trabajo: pero este sueldo precario le basta para enseñar en
dos lenguas las nociones primeras de la instruccion indispensable á
la vida. La insignificante aldea, perdida como un nido de águilas
en el corazon de los Alpes, tiene su correspondiente estacion
telegráfica, cuando en España no la tienen pueblos de dos mil
vecinos, como por ejemplo, Villajoyosa, en la provincia de Alicante.
Son de ver, al toque de la campana, las reuniones de este pueblo, que
no sólo nombra sus alcaldes y sus magistrados, no sólo administra sus
bienes de propios, no sólo se dirige á sí mismo en su vida municipal,
sino que nombra representantes encargados de proponerle leyes, y se
reserva el derecho de admitirlas ó rechazarlas, el supremo derecho de
sancion.
Esta aldea tiene crédito, y apela á su crédito como cualquier Estado.
Necesita una obra de utilidad general, y encuentra inmediatamente á
mano los medios de realizarla, pues recurre á un empréstito, cuyos
intereses paga con religiosidad, cuyo capital amortiza con presteza.
El campesino, que vota los impuestos; que interviene en la direccion
no solamente del Municipio, sino tambien del Estado; que discute
y examina por sí los ingresos; que se reserva decidir sobre la
admision de las leyes; que vive ocupado en la cosa pública, á la
manera de los antiguos ciudadanos de Aténas, acaba de sacudir de su
mente toda utopia, por apreciar el valor de las ideas, por conocer
las dificultades de la realidad, por adquirir la madurez de los
hombres de Estado; y léjos de precipitarse á subvertirlo todo, se
refrena, se domina y viene á ser conservador, y conservador cuidadoso
de las instituciones que tantas ventajas le reportan. Comparadlo
con el ganado de siervos que pide en Bretaña la restauracion de
Enrique V; con el guerrillero homicida que desgarra las entrañas de
su patria para sostener á Cárlos VII; con el elector ciego que vota
al candidato del Imperio nacido en el perjurio del 2 de Diciembre y
muerto en la infamia de Metz; con el demagogo de nuestras ciudades
que, ébrio de vino y de ódio, vocifera en los clubs pidiendo que se
corten trescientas mil cabezas para reformar la sociedad; y luégo
decidme si es provechosa ó no la larga educacion que procura la
práctica constante de seguras y nunca interrumpidas libertades en el
seno de verdadera democracia.
La libertad religiosa es completa, absoluta. Habia penetrado tan poco
el catolicismo en sus conciencias, que en el siglo XVI cambiaron
los grisones de religion por medio de disposiciones municipales.
Un consejero de Estado me contaba que en uno de estos pueblos pasó
escena bien singular y bien dramática. Los aldeanos quisieron
adherirse á la reforma y se lo comunicaron así á su cura. El cura era
un sacerdote virtuoso, anciano, muy querido universalmente, y dijo
que por nada en el mundo cambiaria de religion, resuelto á morir en
la que sus padres le habian enseñado y él contínuamente habia creido
y profesado, bendiciendo á unos, casando á otros, sirviendo en sus
dolores y en sus tribulaciones á todos.
Los buenos campesinos, que habian visto al santo varon desligado de
todos los lazos terrenales, atento sólo á sus deberes religiosos,
caritativo con el pobre, próvido con el enfermo; en la próspera
como en la adversa suerte tranquilo y sonriente; sin más móvil que
su fe purísima y sin más fin que el cumplimiento de sus deberes
sacerdotales, no quisieron amargar sus últimos dias y juraron
aguardar á su muerte para convertirse oficialmente al protestantismo.
En efecto; continuaron yendo á la misa católica, practicando los
deberes de su antiguo culto, como si todavía lo llevaran entero en
el alma, decididos á esperar la extincion natural de la vida del
anciano, que tocaba en su ocaso. Al morir le enterraron segun los
antiguos ritos, le depusieron en la tumba con oraciones y responsos
católicos, y cumplido este deber y observado el compromiso, abrazaron
unánimes en su concejo municipal, por medio de un voto solemne, la
religion protestante.
La intolerancia entró tambien por estas montañas; la intolerancia
luterana, que muchas veces llegó á parecerse á la intolerancia
católica. El principio absoluto de que el ciudadano está obligado á
profesar la religion del Estado, el súbdito la religion del Monarca,
fué sostenido con las armas en la mano por los príncipes y por los
pueblos de una y otra creencia. Así, en Alemania, por ejemplo, dos
docenas de señores cambiaban á su grado, por motivos políticos y
personales, de religion, de fe, y obligaban á sus vasallos á orar
ante los altares de la Vírgen, ó á decir que el culto á la Vírgen
merece el nombre de supersticion; á comulgar sólo con la hostia, ó
á comulgar con la hostia y el cáliz; á creer en la virtud de las
obras, ó á esperarlo todo de la divina gracia; á recoger y adorar
las reliquias, ó á herir y pulverizar las imágenes; como si la
inspiracion de lo alto se hubiera agarrado á los tronos cual á las
montañas las nubes, y fueran los reyes, al mismo tiempo que jefes del
Estado y generales del ejército, sacerdotes reveladores y profetas.
Las guerras de religion desencadenaron la intolerancia mutua de unos
y otros creyentes. Y los grisones ciertamente no podian sustraerse
á esta ley general de la historia. En la baja Engadina todos los
pueblos son protestantes, si se exceptúa la jurisdiccion de Tarasp.
Pero la antigua intolerancia ha cedido, y la libertad religiosa se
ha arraigado. En medio de estas poblaciones, que tienen por práctica
piadosa casi exclusiva la lectura de su Biblia y la asistencia el
domingo á los oficios de su iglesia, en que se predican sermones de
moral y se cantan salmos de David, pasan los frailes capuchinos con
su traje de estameña, sus sandalias clásicas, su rosario al cinto,
su libro de devocion en la mano, luenga la barba, calada la capucha,
murmurando rezos que en otro tiempo hubieran ahogado los protestantes
por fuerza, á título de supersticiones intolerables; y todo el mundo
los mira con serena curiosidad y los saluda con religioso respeto.
Hace pocos años no hubiera sido posible en Ardetz una iglesia
católica; hoy se han reunido varios fieles; la han levantado en verde
pradera, con sus ojivas y su torre gótica; han llamado un cura que la
dirija, al par de un sacristan que la guarde; y allí se entregan á
sus oraciones, doblemente amparados por los derechos que garantiza la
Constitucion nacional y por la tolerancia religiosa que penetra cada
dia más en las costumbres. Ved cómo las instituciones democráticas,
por su flexibilidad maravillosa, por su tendencia á la renovacion
y al progreso, por su armonía con la razon humana, sirven, como no
puede servir ningun otro género de instituciones, al desarrollo del
espíritu moderno y al cumplimiento de las reformas pacíficas.
Y no creais que han desarrollado como un idilio su libertad en estas
montañas. Tambien, tambien pasaron por males gravísimos. El látigo
del feudalismo azotó sus espaldas. Los hierros pesaron sobre sus piés
y sobre sus brazos. En las alturas el más fuerte se instalaba y hacía
subir las piedras á lomo á sus víctimas, para construir castillos que
fueran palacios de los señores, calabozos de los vasallos. No acabais
nunca de oir historias terribles de esos tiempos funestos. Donato,
el señor de Vartz, invita un dia á tres campesinos á suculento
banquete, les festeja en su espléndido comedor, les regala con la
mejor caza de sus bosques, la mejor pesca de sus rios y el vino más
antiguo de sus bodegas; manda despues al uno que corte leña, al otro
que dé un paseo y al tercero que concilie el sueño; y cuando ya ha
pasado algun tiempo, los ata á los tres, los tiende en el suelo,
les abre el vientre para ver cuál de ellos ha digerido más pronto
la comida. El intendente de Gardovall, paseándose por las cercanías
de su castillo, ha visto á la hija del campesino Adan, y se ha
enamorado perdidamente de ella, de sus dulces ojos, de sus rosados
labios, de su rubor virginal, de sus trenzas negras y larguísimas,
de su talle y de su apostura. Mas un rico-hombre, de estirpe feudal,
no puede enlazarse con plebeya vírgen, flor nacida en el estiércol
de los campos. Debe la muchacha contentarse con ser la barragana
del noble. Y por ende el intendente manda al padre que la lleve á
su lecho. El padre se pone sus mejores ropas, viste á su hija con
el traje de desposada, y la lleva de la mano al castillo. Cuando la
ve entrar tan aderezada y tan ruborosa, el caballero siente hervir
brutal deseo en sus venas henchidas de lujuria. «No os acercaréis
á mi hija, dice el labrador al caballero, sino despues de haberos
casado legítimamente con ella.» El noble lanza una carcajada y tiende
sus brazos para estrechar á la gallarda doncella. Pero el padre
saca un puñal y se lo clava en el corazon, dejándole muerto á las
plantas de la codiciada niña. El Baron de Fardun se pasea por sus
campos, recorre los trabajos de sus siervos, entra en las cabañas;
y en vez de alentarlos y sostenerlos, se divierte en dirigirles
groseros insultos ó jugarles pesadas bromas. El campesino Chaldar
está con sus hijos comiendo, á pobre pero limpia mesa, humeante y
bien condimentada sopa, cuando entra el gran señor y escupe en el
apetitoso plato. Levántase el siervo, se abalanza furioso á él, le
agarra por las orejas, le arrastra al plato, le hunde el rostro en el
caldo hirviente, diciéndole: «Perro maldito, comételo tú, puesto que
lo has condimentado», y le degüella como á un cerdo con su tajante
cuchillo de cocina.
Aquella lucha no era durable. Debia concluir, ó por el exterminio de
los vasallos ó por la derrota de los señores. Hacía ya dos siglos
entónces que los cuatro cantones del lago de Lucerna se juntáran en
el seno de los bosques umbríos, todavía perfumados por el aliento
creador; al borde de las azules aguas que reverberan la luz de los
cielos; al pié de las montañas cuyas bases alfombran los prados y
cuyas cimas cubren con cúpulas y rotondas de diamantes las eternas
nieves, para invocar á Dios en el templo más digno de su esencia
incomunicable, ante el altar más propio de su grandeza; y jurarle
sobre los huesos de los muertos y sobre la cabeza de los pequeñuelos,
su resolucion de morir mil veces ántes que tolerar la soberbia de sus
dominadores. Y la sombra de Guillermo Tell, cantado por los bateleros
á las orillas de los rios, por los pastores en las laderas de los
montes al són de las hondas y de las esquilas; esa sombra, que era
la personificacion de una idea y de un alma, revestida con todos
los atributos de su patria, el arco del cazador á la espalda, el
remo del barquero en la mano, su hijo redimido á su lado, el cielo,
el torrente, el bosque, el lago á su frente, la flecha libertadora
silbando en los aires, y el tirano tendido y yerto á sus vencedoras
plantas; esa sombra, corria de cima en cima, de cúspide en cúspide,
de desfiladero en desfiladero, llamando los fuertes montañeses á la
libertad y prometiéndoles una república inmaculada, la república de
Suiza. Los grisones cedieron al cercano ejemplo y fundaron su liga
de plebeyos, base de su confederacion republicana. Salieron los
montañeses de sus cabañas, como águilas de sus nidos, y escalaron
los castillos y vencieron á sus tiranos. Era aquel tiempo en que mil
quinientos republicanos suizos morian todos como los griegos en las
Termópilas, para contener á treinta mil mercenarios de las funestas
bandas anglofrancas, mandadas por un Delfin de Francia; aquel
tiempo en que los aristócratas de Basilea, recorriendo los campos
de matanza cubiertos de cadáveres traspasados por espesas flechas,
exclamaban, como el bárbaro Vitelio en los campos de Betriaco, «¡esta
sangre huele á rosas!»; aquellos tiempos en que diez fugitivos
escapados entre mil quinientos muertos de la universal inmolacion,
aparecen marcados con un hierro candente por la mano de sus propios
compatriotas; aquellos tiempos en que arden á la par ciento diez
poblaciones arrojadas al fuego por los tiranos, en castigo de haber
querido defender la libertad, la patria y la república; que no
concede naturaleza ningun gran progreso sino á los grandes esfuerzos,
y no vence ninguna idea sino en virtud de altísimos y redentores
sacrificios.