MONTE-CARLO.

Me detengo en Monte-Carlo, y la amenidad del sitio, la pureza del

cielo, el aire que baja de las montañas, el rumor que sube de las

olas, oblíganme á tomar la pluma y á escribir cuatro rasgos, con

el fin de bosquejar un pobre borrador trazado sobre las rodillas

en los descansos de largo viaje y en los postres de tenacísimo

maréo. Monte-Carlo, como su nombre enseña, es una eminencia; y esta

eminencia, como quizá todo el mundo sabe, contiene con otro peñon

cercano toda una monarquía, y de las monarquías más duraderas, más

permanentes, más seguras de toda Europa. Esta monarquía será como

desde las primeras verjas del Botánico al obelisco de la fuente

Castellana en todo su largo; y en su ancho como desde la Puerta de

Alcalá al café Suizo. No necesitais subiros á ninguna altura para

abarcarla en toda su magnitud, de Oriente á Poniente, de Norte

á Mediodía. Con una hora de coche y dos pesetas y media teneis

bastante para recorrerla en todas sus direcciones y escudriñar lo

más esencial y necesario de su sencilla geografía. Francia la rodea

como rodea el Océano las conchas de su seno. Y la proximidad de esa

grande Italia, muestra que en la política y en las distribuciones

geográficas hay desproporcion tan grande como la que existe en las

esferas zoológicas entre la pulga y el elefante. Así es que los

viajeros no se cansan nunca de preguntar dónde está la aduana,

dónde la frontera, dónde los magistrados, dónde las Córtes, dónde

el ejército y dónde la marina de este inmenso Imperio, parecido á

uno de esos teatros de carton que nuestro buen aleman de la calle de

la Montera vende para juegos de niños. El problema es más difícil

de lo que á primera vista parece y de lo que salta á primera vista.

Se concibe que Andorra, que San Marino, que las ciudades anseáticas

hayan podido existir, como puntos aislados entre constelaciones

inmensas, por la sencillez patriarcal y la baratura primitiva

de sus instituciones. Pero no se concibe que mil y doscientos

vasallos paguen y mantengan todos los arreos necesarios á una

lujosa monarquía. Así es que los alemanes, tan dados á la tradicion

histórica, á las instituciones feudales en perfecta consonancia con

su carácter y sus instintos individualistas, no han sostenido en este

nuestro siglo aquellos sus antiguos monarcas y aquellas sus antiguas

monarquías que contaban como único ejército los pinches de palacio,

vistiéndolos por la mañana el blanco uniforme de cocina, y á la tarde

el pintado uniforme de cuartel. La crítica acerba y la ironía amarga

de todos los escritores germánicos; los inmensos trabajos unitarios

de Prusia; los progresos de los tiempos, han por fin soterrado todos

esos vestiglos feudales que sacaban á duras penas la frente sobre la

inundacion general producida por el diluvio de nuestras revoluciones.

Si Monaco está situada en el centro de cualquier gran monarquía,

Monaco desaparece. Pero situada á las orillas del mar, en la

encrucijada de Génova y Saboya y Provenza, las rivalidades de sus

enemigos han sido poderosas á conmoverla muchas veces, pero jamas á

destruirla, apareciendo todavía con su carácter de aislado señorío

feudal, como en ciertos terrenos geológicos aparecen fósiles

perfectamente conservados, mudos y frios monumentos de los primeros

combates sostenidos por la naciente vida en este campo de batalla,

en este eterno cementerio que se llama la tierra. Lo cierto es que,

ora por una, ora por otra causa, la duracion de Monaco asombra y

extraña. El pacto de Carlo-Magno, sobre que estuvo levantada Europa

más de diez siglos, se ha roto; el inmenso Imperio bizantino, fundado

en competencia con el Imperio romano, se ha caido, desapareciendo

hasta sus ruinas; ya nada queda de aquel sacro régimen germánico,

cuya férrea corona llevó por tanto tiempo la poderosa casa austriaca;

del dominio inmenso allegado por Cárlos V y Felipe II en las cuatro

partes del planeta, sólo se ven aquí ó allá restos de naufragio; la

monarquía de los Papas se ha hundido, á pesar de su carácter sagrado,

de su importancia religiosa, de su ancianidad venerable; el poema

escrito por aquel genio en delirio que se llamaba Napoleon el Grande,

se ha disipado como el humo de sus cañones; los poderes más fuertes,

más queridos de la fortuna, más respetables para la historia,

rodaron al abismo; las dinastías más antiguas, como los Estuardos de

Inglaterra, corrieron del trono al destierro; y ese reino de Monaco y

su rey imperceptibles permanecen inmóviles sobre su escollo, como el

águila real en su nido, desafiando al tiempo y á las revoluciones.

Esta duracion que á muchos les incita á meditar sobre las catástrofes

históricas, incita á la generalidad de las gentes á broma y risa

y chacota. Un ciudadano inglés contempla el diminuto reino y sus

ejércitos de zarzuela con la misma imperturbable reserva con que

contempla las marmóreas rotondas de Roma ó las cristalinas pirámides

de los Alpes. Mas los viajeros provenzales, saboyanos y genoveses,

que en gran número acuden á esparcir el ánimo en Monaco los dias

festivos, bromean á todas horas con el inmenso Imperio. Uno dice que

la futura guerra continental no estallará hasta que los contendientes

sepan adónde se inclina la poderosa alianza de los monaqueses.

Otro cuenta que un aleman, despechado por razones que no son para

dichas, compró su correspondiente lancha cañonera; y se apercibe á

un bombardeo y á un desembarco que no puede ménos de ser terrible,

puesto que le acompañan dos ó tres amigos con sus correspondientes

criados. Éste recuerda cómo los dos artilleros del reino habian

perdido de tal manera los hábitos de su oficio, que, al cargar un

cañon para ofrecer los honores de las salvas al Rey en su natalicio,

por ignaros y torpes, estallaron al par de la pólvora. El de más

acá detiene al primer campesino que encuentra, y le pregunta si es

gentil-hombre ó chambelan de la córte. El de más allá saluda con

ridícula reverencia á los erguidos y graves centinelas. Grandes

grupos se paran á leer un tablero donde campean varios decretos de

D. Cárlos III, príncipe reinante, nombrando plenipotenciarios para

otras córtes y concediendo una gran cruz nada ménos que al Ministro

de Negocios extranjeros en Bélgica.

Yo no olvidaré nunca la conversacion que anudaron cierto gárrulo

comerciante de Marsella y cierto barbero no ménos gárrulo de San

Remo en la peluquería de Monaco. «Pero ¿cuántos soldados tiene

este rey? preguntaba el marselles.—Más de ochenta, decia el

barbero.—¿Y para qué necesita esos soldados?—Ya lo ve V., replicaba

el muchacho, para darse tono.—Todos los mozos hábiles de la nacion

estarán metidos en el ejército.—Se aumentó en estos últimos tiempos

considerablemente.—¿Considerablemente? Sin duda alguna teme Monaco

á Mr. de Bismarck. Estos malditos prusianos obligarán á todo el

mundo á gastos que concluyan por arruinarnos.—En Monaco nadie teme á

Bismarck, ni de sus ejércitos se acuerda. Pero nuestro Gobierno es

piadosísimo, y se ha quedado con algunos de los militares que tuvo

necesidad de licenciar el Papa.—Segun eso, los soldados monaqueses

son soldados mercenarios.—Justo. Y con ochenta soldados tiene el

ejército un número quizá mayor de oficiales.—Supongo que habrá cabos,

sargentos, tenientes, capitanes, comandantes, coroneles, generales y

generalísimos.—No se burle V., porque pudiera enterarse la policía

y pasarlo V. muy mal.—Me dice V. que Monaco tiene un ejército de

pura farsa, y luégo me encarga que no me burle y no murmure, como

si no acabára de darme el mal ejemplo. Francamente, no puedo seguir

su amistoso consejo; paréceme asistir á _Los Dioses del Olimpo_

de Offenbach. Creo que me he vuelto loco, ó por lo ménos que estoy

soñando. Tamaño reino es bueno para el teatro de los Bufos. ¿Y aquí

hay prensa?—Se publica un periódico cada ocho dias.—¿Hay Cámaras?—Ni

por pienso.—De suerte que teneis el placer de vivir en este diminuto

espacio, de pasar dos ó tres veces la frontera y la aduana cada dia

para visitar á un amigo, de contar con un ejército abrumador; y

ademas de todas estas lindezas, aguantais muy santamente un monarca

absoluto. Pues no envidio vuestra suerte.»

Merece, á la verdad, verse este ejército vistosísimo y

churrigueresco: sus pantalones galoneados de carmesí ó de oro, sus

historiados dormanes, sus relumbrantes chacós, las levitas celestes

de los oficiales, los varios multicolores cordones, los ondeantes

plumeros. Merecen verse los centinelas que nada guardan, las

fortalezas que para nada sirven, los cañones que á nadie amenazan,

los armazones de inverosímil nacion mandada por increible monarquía

Al examinar todo esto creeis emprender prácticamente los viajes

de Gulliver y encontraros en las regiones de los imperceptibles

enanillos. Se os figura que cuanto á vuestros ojos se despliega

es una decoracion arreglada en breves minutos para desarreglarla

así que concluya la fiesta, obra de algun redomado chusco. Á cada

minuto recordais el Micromegas de Voltaire, sólo que, en vez de haber

ido desde la tierra á un planeta mayor como Saturno, vais desde un

planeta inmenso á cabalgar sobre pequeño y fugacísimo aereolito

donde está grabado en miniatura un reino de mentirijillas. Es un

cuento de Perrault, una fábula de Lafontaine, un capricho de Goya,

una caricatura de Cham; cualquier cosa, ménos una realidad viviente,

ménos una institucion verdadera é histórica.

Y desde luégo llama sobre todo vuestra atencion el lado económico

de este Gobierno. Cuando veis mil trescientas personas dándose al

desmedido lujo de tener rey, heredero de la corona, familia de

príncipes é infantes, comparsas de chambelanes y de gentiles-hombres,

aristocracia oficial, clero privilegiado, ministerio completo,

Supremo Tribunal de Justicia, ejército con su correspondiente

estado mayor, cónsules y demas agentes diplomáticos en el exterior,

preguntais á todo el mundo: por baratos que sean tales servicios,

por mal pagados que estén tales cargos, ¿de dónde salen todas

estas misas? En ciertos períodos de la historia es facilísima

la explicacion. Los señores de Monaco son piratas que desde su

fortísimo peñon caen sobre las mareantes y les exigen á mano armada

cuantiosísimos tributos, ó los despojan de sus ricas mercancías.

En otros períodos, los vasallos pertenecen en plena propiedad á

su príncipe, y trabajan todos para que viva él solo. Ademas, no

fué Monaco tan breve y reducido como es hoy. Tenía algunas ricas

comarcas, algunos importantes municipios. Pero despues de la guerra

franco-austriaca, despues de la anexion de Niza á Francia, el monarca

de derecho divino vendió al emperador Napoleon, como si vendiera un

predio ó un caballo, la mayor parte de sus súbditos, la jurisdiccion

sobre casi todo su territorio, por la suma de tres millones de

francos, á bastante ménos precio que los negros. Tres millones de

francos dan todavía con sus intereses medios de vivir cómodamente á

un propietario ó rentista de las clases medias; y si á estos recursos

une otros recursos heredados de sus mayores, hasta á un grande, á un

príncipe, á un banquero le cae como miel sobre hojuelas esa suma en

que el Rey de Monaco vendió al Emperador de Francia la escasa manada

de sus vasallos. Pero, por rico que seais, si caeis en la monomanía

de llamaros Rey, de nombrar príncipes, de tener ejército, de revestir

á vuestros amigos con dignidades palatinas ó con ministerios

políticos ó administrativos, al poco tiempo debeis ir desde vuestra

casa, por loco, á Leganés; por pobre, al Pardo.

Uno de los inmediatos antecesores del príncipe reinante, resolvió

á maravilla este problema insoluble. Era un príncipe restaurado

por gracia del graciosísimo Talleyrand y por obra del reaccionario

Congreso de Viena. Habia pasado sus mocedades en París; y apénas

erigido de nuevo su trono y en él reinstalado, volvióse del estrecho

peñoncillo á la gran ciudad. En veinticinco años de reinado sólo

fué tres veces, y por pocos dias, á su reino. Vivir en París con la

categoría de rey en activo servicio, no es cosa tan hacedera ni tan

barata. Para procurarse las rentas necesarias á la empresa, Honorato

V, que así nuestro héroe se llamaba, montó una máquina feudal en

que prensaba de todas maneras á sus feudatarios y les hacía sudar

oro. ¡Cuánto los prensaria cuando soltaron en veinte años seis mil

pobres campesinos, veinticinco millones de reales sólo para su

príncipe! Á este fin se erigió director de colegio, mandando que

todos los monaqueses enviáran sus hijos al Instituto de su fundacion,

y prohibiendo enseñar hasta la doctrina á maestros que no fueran

sus maestros; y se hizo proveedor de harinas, mandando que ningun

monaqués ni extranjero, residente en Monaco, pudieran comer otro pan

que el pan de su príncipe. Así el propietario no tenía facultad de

sembrar sus tierras ni hacer su molienda, y por ende, no podia ni

cosechar trigo ni almacenar harinas. Veia el hondo surco abierto,

de donde en otro tiempo brotáran las ubérrimas espigas y no le era

dado fecundarlo con el sudor del trabajo, más próvido que la lluvia

del cielo. Ricos y pobres, sanos y enfermos estaban condenados,

bajo las más severas penas, á comer el mismo pan, el pan de su

Alteza Real, amasado con harinas de desecho, harinas averiadas,

indigestas, que á bajo precio se compraban en Marsella y Génova para

empedrar materialmente el estómago de las pobres gentes dotadas por

las gracias de Talleyrand y por las obras del Congreso vienense,

de todo un Honorato V, de un señor que, sin duda, no se merecian.

Los jornaleros de los alrededores dejaban, si iban á Monaco, el

pan á la puerta. Los caminantes se veian registrados, al llegar,

escrupulosamente, por si llevaban trasconejado algun bocadillo,

algun residuo de su merienda. El capitan de barco que aportaba con

galleta, debia pagar unas veces cien duros de multa, y perder otras

veces su embarcacion, de Real órden confiscada. Y lo que hacía con

los cereales el Príncipe hacía tambien con los ganados. No vinculaba

en sí la exclusiva de cultivo y venta, pero imponia á cada cabeza

un tributo enorme. Y para evitar las ocultaciones exigia que el

nacimiento de las reses y su muerte constasen oficialmente en papel

sellado por los públicos escribanos. Así, carneros, bueyes, cerdos,

tenian como mortales, partidas de nacimiento y partidas de defuncion.

Hasta los árboles ostentaban su número y su nombre. Los pleitos

eran innumerables. Pero todos iban á París, donde el Príncipe y

su abogado los decidian á su arbitrio. Sentencias dadas con todas

estas garantías de acierto se elevaban á definitivas é inapelables.

La justicia, el pan del alma, se repartia como el pan del cuerpo,

poco más ó ménos. Todas estas cosas se le ocurrieron á Honorato V

para explotar á sus súbditos y vivir en París. Pero no se le ocurrió

nunca convertir su reino en una casa de juego. Tal ingeniosísima

idea nació en nuestros tiempos. Hoy Monaco es un casino regio donde

se ejercen dia y noche la ruleta, el monte, el treinta y cuarenta,

y demas juegos prohibidos. Su corona espléndida, su bandera blanca,

sus armas y sus escudos, sus magistrados y su ejército, sirven para

escudar un garito. ¡Oh, peñon predestinado de antiguo á la infamia!

¿No eras mucho más noble cuando cobijabas un nido de piratas? M.

Blanc, empresario del casino, provee á los gastos excesivos que exige

el mantenimiento de este inmenso Imperio.

Y no cabe escudar la enormidad del hecho con la pequeñez del

reino. De breves territorios han brotado grandes hombres y

grandes cosas. Todas las ciudades griegas, cunas sagradas de los

antiguos filósofos, eran ciudadillas que engendraban los dioses

del pensamiento porque tenian abiertos á su mirada los cielos del

espíritu. Y lo mismo sucedia con las modernas ciudades italianas y

suizas. Pisa contaba un pequeño territorio; pero la libertad le daba

todo el mar, y la lucha con los vientos y las olas sus arranques

de heroismo y sus inspiraciones artísticas. Siena, apartada en sus

colinas, no podria llamarse vasta; pero en las asambleas tempestuosas

de su democracia brotaban los genios que debian embellecerla con sus

obras y trasmitir de gente en gente su nombre inmortal á los siglos.

Cuanto más pequeña era Florencia tenía más concentrado su calor

vital sobre aquel nido de las inspiraciones y de las ideas. Ginebra

estaba encerrada entre cuatro muros, y su estrechez no le importó

para educar á Calvino y parir á Rousseau. Un barrio, nada más que

un barrio de Génova se necesitó para cuna y para escuela de Colon,

cuyo nombre no habia de caber en el mundo. En todos estos reducidos

espacios se agitó una democracia, miéntras que en los peñascos de

Monaco se posó el feudalismo. La historia del mundo será siempre la

historia de la libertad.

¡Y qué hermoso el territorio de Monaco! Baste decir que se eleva

á las orillas del Mediterráneo; de ese mar espléndido semejante á

un pedazo de cielo caido sobre la tierra, el cual ya se oscurece

en verde profundo como inmensa esmeralda, ya se aclara en blanco

perla jaspeado de rosa como gigantesco ópalo; mar, cuyas aguas,

sensibles á todos los cambiantes de la luz y á todos los giros del

aire, os ofrecen de dia reflejos incomparables del sol, y por la

noche, ó el rielar de la luna en las ondas, ó las cintas de sus

fosfóricas estelas; obligándoos de contínuo á contemplar la brillante

inmensidad, á respirar las frescas brisas, á oir los misteriosos

rumores, con olvido tan grande del mundo y de vosotros mismos, que

llegais hasta el místico éxtasis en aquella vision de lo infinito,

capaz de seduciros, como una sirena, con su sonrisa, sin abrumaros,

como el Océano, con su grandeza. El aire es purísimo, el cielo

espléndido, la luz viva, el clima dulce, la temperatura agradable;

del Norte abrigada por altos desfiladeros y de los excesivos calores

libre por las contínuas brisas. En el mar engarzado se eleva á

setenta metros de altura el pintoresco peñon de Monaco, sobre cuya

cima campean, destacándose en el claro horizonte y apiñados como para

no caerse en las aguas desde aquella eminencia, palacios, casas,

iglesias, baluartes, cuarteles, castillos con sus correspondientes

aspilleras y sus muros ceñidos de caprichosa crestería, realzados

todos por los juegos de la luz verdaderamente mágica áun para ojos

acostumbrados á la luz de Andalucía, de Madrid y de Valencia. Luégo,

por las laderas del peñasco, en jardines difícilmente colgados sobre

los abismos, entre ferruginosos riscos que el sol unas veces ha

bruñido como si fueran de oro y que otras veces su propia naturaleza

mineral ha cubierto de colores violáceos y purpurinos, se elevan las

plantas gratas á cuantos en el Mediodía se han criado, consagradas

por el arte, pintorescas y várias y multiformes: la adelfa con sus

claras hojas y sus encendidas flores; las palmas que vibran y cantan

al beso de las brisas; el oloroso mirto, que parece, cuando florido,

nevado; los olivos de extraña magnitud casi ceñidos con los limoneros

cargados de áureos frutos; el rojo granado junto á la oscura encina;

los naranjales y las virgilianas hayas; el áloe con sus gigantescos

candeleros y el nopal con sus espinosas pencas; alfombras de

geranios; senderos de rosas y azucenas; el terebinto y el sauce;

los laureles y los arbustos de la pimienta; toda esa vegetacion

meridional con aires del Oriente, que ofrece á la vista el recorte

y los festones de sus hojas, al paladar el sabor de sus frutos, al

olfato el aroma de sus flores, á todo nuestro sér indescriptibles

encantos y hondas impresiones, estrechando fuertemente con sus

lazos las relaciones que existen entre la naturaleza y el espíritu,

embebido por la admiracion en aquellos grandes efluvios de vida,

como en el agua los peces, como en los aromas y en las esencias y en

los colores las mariposas y las abejas, como en la luz y en los aires

las canoras alondras.

Pero lo extraño allí es Monte-Carlo, otra eminencia unida á Monaco

por la calzada de la Condamina, que tiene de larga un kilómetro. En

lo alto se alza rectangular plaza limitada de un lado por olivares

que al pié de los Alpes marítimos se pierden, y de otro lado por

la inmensa superficie del celeste mar. En este valle, cortado á

manera de anfiteatro, y cuyas montañas ofrecen por doquier admirable

vegetacion, entre los bosques y las olas, al risueño borde de

tranquila ensenada, se descubren fondas, cafés, casinos con grandes

peristilos, tiendas preciosas, exposiciones de artes, salones de

lectura y recreo, tiros de pistola, teatros, fuentes monumentales,

terrazas interminables, pajareras llenas de aves, cascadas

deslizándose entre plantas del trópico, surtidores saliendo en

cristalinas columnas, escaleras y galerías de mármol que bajan hasta

el mismo mar, y que contienen verdaderos jardines del Oriente con sus

innumerables flores y sus grupos de gallardas palmas. ¿No es verdad

que esta naturaleza convida al bien y á la paz? ¿No es verdad que en

su seno sólo quisierais ver algun idilio ó escuchar alguna sonata de

esas que parecen el aleteo de angélicas almas en los oidos arrobados?

Cuando escuchais la sinfonía que Rossini ha puesto, como un pórtico

inmortal, á su gloriosa epopeya helvética, sentís el arte recogiendo

en sus alas todo cuanto hay de hermoso y divino en la naturaleza, el

susurro del viento en los bosques, el choque de la lluvia en el lago,

el rodar de la catarata entre las breñas, el cántico del pastor que

conduce al establo las vacas, el _hosanna_ á Dios creador y el himno

á la creadora libertad.

¿Y cómo en la naturaleza de Monaco se refugió el demonio del juego?

¡Qué cuadro! La desconfianza se dibuja en todos los actos de la vida

y en todas las escenas de esta tragicomedia. No espereis que os den

cosa alguna á crédito. Aún no habeis acabado de comer, y aunque

tengais albergue en la fonda clásica y depositado allí un equipaje,

garantía material de vuestro pago, vienen los mozos con su cepillo á

pediros ántes de los postres el precio de la comida. Cuanto consumís,

tanto pagais en el acto. Se ve que todo el mundo teme veros salir

sin un cuarto. Los tipos que encontrais á vuestro paso os llaman

poderosamente la atencion, por lo preocupados y por lo embebecidos

que andan en sus cálculos y en sus cavilaciones. Yo me encuentro

de tal manera fuera de mí, que no puedo ver rodar una moneda sin

creer que es la última á que un desgraciado libra su fortuna, ú

oir un tiro sin imaginar que es el tiro de algun suicidio. El tren

de Niza vomita todos los dias sobre esta playa desgraciadas mujeres

que husmean los favorecidos por la fortuna y los circundan de una

placentera córte. El vagabundo solitario, de seguro ha perdido. Yo me

figuro que todos estos jugadores respiran mal, que la involuntaria

retencion del aliento entre la puesta y la suerte les destroza el

pecho. Muchas tísis del alma y muchas tísis del pulmon se habrán

contraído en estos sitios. Lo más terrible que en ellos encuentro

es considerar cómo la dicha de unos, depende ¡ay! de la desdicha

de otros. No se devoran los peces en el fondo de los mares como se

devoran entre sí estos infelices en sus combates por la fortuna

dentro de los infernales círculos del juego.

El salon está revestido de lujo oriental y, sin embargo, parece

tétrico; está iluminado de brillantísima iluminacion y, sin embargo,

parece oscuro, como si lo ennegrecieran los pensamientos y las

sombras que se escapan de las almas. La próvida direccion ha puesto

en grande salon vecino una orquesta para divertir grátis los ocios de

aquellos que no juegan; y es casi imposible imaginar cuán terribles

son los contrastes entre las cadencias de la orquesta y el girar de

la ruleta. El banquero truena al medio de la mesa manejando una

especie de cetro con que distribuye el dinero. Á sus espaldas, otro,

en silla más elevada, fiscaliza sus operaciones; y frente á frente de

estos dos se ven otros dos en análogo sitio y situacion desempeñando

idéntico ministerio. Gran número de jugadores se sientan á la mesa;

otro gran número se agolpa de pié á sus espaldas. Gruesas cantidades

de oro en monedas mayores que la de uso corriente, resmas de billetes

franceses, paquetillos lacrados de mil francos se extienden en

grandes montones por todas partes. Extraña impresion producen el

dinero que allí suena; el siniestro giro de la bola de marfil que

entre los números rueda; las exclamaciones várias y los contínuos

cuchicheos; las errantes y expresivas miradas revelando afectos

diversos; las ganancias de los unos á expensas de la ruina de los

otros; el tinte moral, que sobre todos se refleja, semejante á un

ocaso de la humana conciencia.

Lo más horrible es ver mujeres hermosas, jóvenes, de aire

distinguido, de excelentes maneras, confundidas con todo el deshecho

y rebuja de la sociedad, y pendientes de aquella bola y de aquel

número fatales como de un casto y correspondido amor. La sombra

añadida á la sombra no importa nada, como el cero sumado al cero; mas

la sombra sobre el astro priva de luz y entristece así la vista como

el ánimo. Sobre la frente de la mujer el mal se ennegrece con más

profundas y oscuras tintas que sobre la frente del hombre. Quien cae

de más alto se destroza más terriblemente. Adan, del Paraíso pasó á

la tierra; pero Luzbel pasó de los cielos al infierno. La sociedad

humana exige más pureza y más virtud de la mujer que del hombre; y

la sociedad humana tiene razon como la tiene siempre en todos esos

sentimientos universales cuya duracion se confunde con el orígen y el

curso de los siglos. Terrible cosa es ver la pobre mujer de mundo,

halagüeña con el afortunado, incitándole á disipar en la orgía el oro

allegado en el juego; pero más terrible aún, más repugnante es ver

á la esposa casta, á la madre próvida, á la jóven llamada á fundar

una familia, ó porque el hastío la sobrecoge, ó porque la necesidad

la apremia, ó porque el vicio la seduce, en medio de todos los

desórdenes, soltando sobre un tapete el oro que debia reservar para

las economías de la casa, para la educacion de los hijos, para las

expansiones de la caridad necesarias á la ternura de sus verdaderos

sentimientos, á la delicadeza de su buen natural, á la exaltacion de

su apasionado carácter. Dígase lo que se quiera, la criatura humana

tiene en todos los laberintos y minuciosidades de la vida un medio de

orientarse: mirar á la conciencia en cayo fondo está Dios, como en

el fondo de los inmensos espacios la luz y lo infinito. Pregúntele

cada una de esas damas á su conciencia, y verémos si le contesta

que la musa del arte, la sacerdotisa del hogar, la diosa del amor,

vírgen ó madre, á cuya virtud fia el mundo la legitimidad de la

familia y la educacion del género humano, puede rebajarse más en una

casa de prostitucion que en una casa de juego. Terrible calamidad la

desenfrenada pasion de jugar. Entregándose el hombre á los azares de

la suerte, rindiendo culto al implacable destino, suprime la libertad

moral; y siempre que suprimais la libertad, habréis suprimido nuestra

naturaleza y levantado en su lugar el demonio del mal. ¡Oh! ¡Maldito

sea mil veces el juego que sustituye el azar á la libertad y la

confianza en la fortuna á la confianza en el trabajo!

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 5 / 46 题