Publico hoy el segundo volúmen de los _Recuerdos de Italia_, escrito
con el mismo método y los mismos procedimientos del primero.
Donde quiera que un monumento, una ciudad, una persona ilustre,
un territorio célebre han herido mi atencion, heme parado á
contemplarlos y describirlos, dando en bosquejo fugaz, no sólo idea
concreta de ellos, sino cuenta exacta de la serie de ideas que me
han inspirado sus celajes, sus líneas, sus recuerdos, sus ruinas,
su destino en la historia, su misterio en la poesía y en el arte.
Muchas veces la personalidad histórica que de un paisaje se levanta,
lo borra con su luz como el sol á las estrellas y lo supera con toda
la superioridad que tiene el espíritu sobre la naturaleza. Esta
consideracion me ha llevado á unir el nombre de Virgilio á Mantua,
el nombre de San Francisco á Asis, el nombre de Tasso á Sorrento.
En cambio no me atreví á recordar casi que hay una tiranía horrible
unida á la isla de Capri, que hay un nombre abominable ligado con
aquellos hermosos promontorios, el nombre de Tiberio; porque,
decidido á elevar la conciencia humana como una hostia consagrada
hácia lo infinito en pos del ideal, no quiero recordar ni sus
desfallecimientos ni sus eclipses, ni sus sombrías noches, sobre todo
cuando estudio y describo paisajes, épocas, monumentos á mi arbitrio.
Deseoso de dar á alguno de mis amigos pruebas verdaderas de afecto,
les he dedicado en su dia y vuelvo á dedicarles ahora alguno de estos
trabajos. Al señor D. Alfredo Adolfo Camús, mi antiguo catedrático
en letras clásicas, varon ilustre de extraordinaria ciencia, á quien
debemos ya várias generaciones la iniciacion segura en el templo de
la antigüedad, le he dedicado un escrito á lo antiguo consagrado;
el estudio conocido con el nombre de _Mantua y Virgilio_, pálido
reflejo de la multitud de ideas recogidas en su sábia enseñanza,
lejano eco de las admirables lecciones de su cátedra, pobre desquite
de la ingratitud con que ha pagado la pública Administracion
cuarenta años de no interrumpidos servicios á los grandes ideales
literarios y á la ilustracion de la juventud española. Compañero en
la visita á los claustros y á las iglesias de Asis, guía ilustre mio
en aquel inmortal cenobio que se eleva como la tumba de Cristo en
la cima de las edades; gran artista, honra de la Pintura española,
el Sr. Casado del Alisal, cuyos consejos, cuyas advertencias, cuyas
ideas en mis paseos por Roma y sus alrededores no olvidaré jamas,
ha recibido con afecto la dedicatoria del Monasterio franciscano y
de sus riquezas artísticas. Lo mismo ha hecho mi fraternal amigo el
Sr. D. Buenaventura de Abarzuza respecto á la parte de este trabajo
consagrada á referir cómo la vida del Santo se convirtió en leyenda
y cómo la leyenda influyó soberanamente en la transformacion de las
ideas por aquellos tiempos creadores, por aquel siglo décimotercio,
de tanto y tan decisivo influjo en la humanidad y sus destinos.
Profundo talento político el talento del Sr. Abarzuza, conocedor como
pocos de la misteriosa manera con que los puros ideales penetran en
la realidad y la transforman, ha aceptado este pobre recuerdo que yo
debia á quien tanta luz me ha dado en difíciles circunstancias con
sus profundas consideraciones, y tanta experiencia con sus admirables
puntos de vista sobre los movimientos de esta máquina social tan
complicada y tan compleja.
He mezclado, como en el primer tomo, á las consideraciones
filosóficas, históricas, literarias y artísticas, consideraciones
políticas: que al cabo la política no es otra cosa sino la
cristalizacion de todas las ideas, y su resultado social. Así es que,
no sin intento deliberado, he puesto junto al espectáculo que ofrece
y á la enseñanza que da la democracia de los Grisones, el espectáculo
que ofrece y la enseñanza que da el despótico reino de Monaco. La
libertad ha hecho fecundas las áridas crestas de unas montañas
envueltas en el sudario de perdurables inviernos, y la tiranía ha
manchado las playas hermosísimas donde la naturaleza y el espíritu
brillan con sus más bellos resplandores. É igual idea de libertad me
ha llevado á encarecer la democrática ciudad de Florencia, ese faro
del espíritu moderno, y á publicar el discurso que pronuncié en el
banquete dado en mi obsequio por los representantes de la prensa y de
la tribuna progresistas en su Ateneo de Roma. Eternamente vivirán
en mi memoria aquella velada y aquellos obsequios. Los promovió mi
amigo, el gran orador Mancini, asociándose todos los representantes
más ilustres del partido que mantiene la libertad en Italia. Mi
gratitud por tantas distinciones, será eterna. Y en prueba de ella
voy, despues de un año, sin auxilio de ningun apunte, sin consultar
ningun periódico, á describirla, y de su descripcion resultará su
importancia. De dos cosas prescindiré por completo: primero, de la
parte de elogios consagrados á mí, elogios naturales en fiestas de
esta clase, que yo omito por razones de delicadeza, pero que no
pagaré jamas con la moneda de un olvido ingratísimo; y segundo, de la
parte de etiqueta y de ceremonia, propias de todos estos festejos,
y á mis lectores poco interesante. Lo que en realidad interesa á
todos, el número de ideas principales vertidas en aquella fiesta,
queda en estas páginas con su inextinguible resonancia, como queda
en mi corazon y en mi memoria. El primero en hablar fué el ilustre
repúblico Depretis, que preside actualmente el Consejo de Ministros.
Sus palabras tuvieron grande importancia, como inspiradas en esta
idea capital: en la union de Italia y España. Efectivamente, si hay
naciones que puedan reunirse en comunidad de ideas son estas dos
grandes naciones mediterráneas. Tenemos nombres que son españoles é
italianos, como Colon, Doria, Farnesio y Ribera. Los agravios mutuos,
como nuestras sendas conquistas, pueden olvidarse y perdonarse
fácilmente, que medios de relacion eran al cabo en los duros pasados
tiempos. Pero nosotros no podemos olvidar la influencia de Italia en
sucesos como las conquistas de Mallorca y Almería en artistas como
Juanes y Velazquez, en escritores como Garcilaso y como Cervántes. Y
los italianos jamas olvidarán que nosotros convertimos en verdadero
paraíso sus campos partenopeos desecando las lagunas infectas; que
nosotros amparamos aquella democrática república de Génova, tan
española como cualquiera de nuestras más españolas regiones; que
nosotros emprendimos con esa misma Génova y Venecia la inmortal
hazaña de Lepanto.
Despues del Sr. Depretis se alzó el Sr. Crispi. Gran conocedor de
nuestra historia y de nuestra política; su discurso tuvo un sentido
práctico, propio de quien ha defendido tan prácticamente y con tanto
tacto la libertad en Italia. Narró el estado de marasmo en que
habia caido Europa ántes de nuestra revolucion de Setiembre. Todo
el mundo creia en Italia imposible coronar la obra de la unidad con
la reivindicacion de Roma, y en Francia sustituir al Imperio la
forma natural de aquella democracia, la República. Y estalló nuestra
revolucion y sembró tantas ideas en las conciencias, que hasta los
ánimos más apocados se movieron á la esperanza y hasta los pueblos
más oprimidos pensaron en su resurreccion. El Imperio, viéndose
perdido, pasó de la libertad á la guerra para evitar un inevitable
naufragio. Y el espíritu inmortal de la libertad entregó á Francia su
República y á Italia su capital. Atronadores aplausos, consagrados á
la revolucion de Setiembre y á sus representantes, resonaron en aquel
salon lleno de ilustres defensores de la libertad italiana.
Un senador, el general Fabrizi, habló despues del Sr. Crispi, y
recordó su afecto filial á España y los servicios prestados á la
libertad en la penúltima guerra civil por él y otros compañeros cuyos
corazones laten todavía como en la juventud al recordar y evocar
nuestras gloriosas libertades. Efectivamente, la amistad de ambos
pueblos aparece tan estrecha, que la Constitucion de 1812 goza
igual renombre en Italia y en España; y los más ilustres generales
italianos, como Fabrizi, como Fanti, como Cialdini, han derramado
bajo nuestras banderas su sangre por la libertad de la antigua
España á la manera que el inmortal Garibaldi la ha derramado tambien
por la emancipacion de la jóven América. Despues hablaron los dos
diputados, Sres. Nicotera, hoy ministro de la Gobernacion, y Bertani,
representante de la democracia más avanzada en el Congreso italiano.
El primero pronunció un discurso en que resaltaba el más profundo
sentido político sobre la regla y la medida á que deben someterse
los pueblos latinos para fundar instituciones libres que resulten
duraderas en el suelo de nuestras históricas penínsulas meridionales
sembradas de tantas y tan pasmosas ruinas. El segundo, antiguo
defensor de la más avanzada democracia, al lado de sentimientos
generosos y de ideas levantadas, dirigió algunas reconvenciones á la
nacion española por lo que él llamaba ingratitud á mis servicios,
palabras que explican las protestas de mi discurso; pues agradeciendo
la exaltada amistad que las proferia, ni por un momento era dado
tolerar cosa alguna que directa ó indirectamente cediera en desdoro
de nuestra amada patria. En todo cuanto se refirió al espíritu de
libertad que animó á Italia y á España durante el siglo estuvo el Sr.
Bertani en lo cierto y habló con elocuencia inspirada por ideas de
justicia.
Dos discursos se pronunciaron despues igualmente notables; uno del
jóven príncipe Odescalchi y otro del gran historiador y filósofo
Ferrari. Quien conozca á Roma no puede ménos de conocer á Odescalchi,
y quien admire á Italia no puede ménos de admirar á Ferrari. El
primero visita los talleres de todos los artistas; estudia las
piedras de aquel suelo donde por todas partes encontrais grandes
pensamientos petrificados en maravillosas ruinas; reune y clasifica
museos que en pocos años crecen y se abrillantan, merced á la
riqueza artística de tan privilegiada tierra, miéntras el segundo,
maestro sin rival de la historia en los tiempos modernos, digno
sucesor de Maquiavelo y de Vico, posee la astronomía digámoslo así,
de las sociedades humanas, como Galileo poseyera la astronomía
de los cielos. Por desgracia una enfermedad terrible, y en su
juventud y en su robustez bien extraña, ha herido al príncipe, y
la implacable muerte nos ha arrebatado al filósofo. Imposible decir
aquí cuánto dolor he sentido al saber una y otra nueva, porque
tambien es imposible decir el afecto que ambos me profesaban y á
que correspondia como correspondo á todos los afectos, con usura.
Italia ha perdido en el príncipe un sacerdote entusiasta del culto de
la patria, y en el escritor uno de sus más profundos y más grandes
pensadores; yo dos fraternales amigos. Odescalchi habló con el calor
propio de sus años y con la belleza propia de su lengua; habló
largamente del genio artístico de nuestras dos naciones, y Ferrari
habló de una manera maravillosa de nuestra historia, del saber de
nuestros andaluces, del nacimiento de nuestro idioma; de las obras
científicas que dábamos al mundo en el siglo décimotercio, del
esmalte oriental que traiamos á la poesía moderna; de la libertad
de los municipios castellanos y del sentido popular de nuestro
derecho foral; del genio dramático que poseyeron nuestros poetas,
y del sentimiento de pundonor que despertaron en la Europa feudal
nuestros caballeros; de todas las virtudes y de todas las glorias,
en fin, de esta España á quien la humanidad debe la revelacion y el
conocimiento de nuestro hermosísimo planeta.
Á tantas muestras de entusiasmo como iban mezcladas con estos
profundos pensamientos filosóficos, literarios, políticos é
históricos, pude corresponder y correspondí con mi discurso, pálido
entre tanta luz, y pobre entre tanta profusion de talento y de
ingenio. Pero hablo de todo esto en el prólogo porque el discurso
resume la idea práctica que me ha movido á escribir así mis libros
sobre Italia como mis libros sobre Francia, reservándome para más
tarde publicar, si tengo tiempo y fuerza, alguno tambien sobre
Portugal. Y esta idea, es la union de los pueblos latinos en espíritu
que prepare para mañana, para dias mejores, una confederacion que
será ornamento de la humanidad y de su historia. Sembremos con los
ojos puestos en este grande ideal; sembremos cuanto podamos. No nos
curemos de qué tiempo ni qué generacion recogerán esta siembra. Como
vivimos en las generaciones pasadas vivirémos en las generaciones
futuras participando, dada la inmortalidad del humano espíritu, de
sus grandezas y de sus glorias.