Hube de regresarme a Baltimore y de allí tomar el ferrocarril que

conduce a aquella cuidad; y no bien hube llegado a la posta, empecé

a inquirirme del _United-States-Hotel_. ¡Cuál fué mi sorpresa al

saber que en Harrisburg no había hotel con aquel nombre! Como en toda

ciudad norteamericana hay uno que lo lleva, yo había dado a mi futuro

compañero de viaje cita al que suponía debía haber en Harrisburg. Con

trabajo pude indagar el paradero de Arcos, que había dejado escrito en

el libro del hotel de la posta, estas lacónicas palabras, dirigidas

a mí: “Le aguardo en Chamberburg.” Asaz mohino y cariacontecido por

este contratiempo me dirigí a Chamberburg, donde, después de recorrer

las posadas con inquietud creciente, nadie supo darme noticia de la

persona por quien preguntaba, tanto más cuanto que hablando Arcos el

inglés con una rara perfección, y gangoseándolo por travesura cuando

se dirigía a norteamericanos, nadie, ni los mismos que habían hablado

con él, me daba noticia del joven español por quien yo preguntaba

en un inglés que hacía estremecer las fibras a los pobres yankees.

Entreteníame aún la esperanza de que estuviese en los alrededores

cazando, pues en nuestro programa de viaje entraba una expedición

campestre en los Montes Alleghanies. Al fin supe que había dejado en

la posta una esquela, en que me repetía lo de Harrisburg: “Lo aguardo

en Pittsburg”. _¡Malheureux!_ exclamé yo acongojado. ¡Cincuenta

leguas de Chamberburg a Pittsburg, los Alleghanies de por medio, diez

pesos de pasaje en la diligencia, y no cuento sino con tres o cuatro

en el bolsillo, suficientes apenas para pagar el hotel en que estoy

alojado! Supe, pidiendo detalles circunstanciados sobre la indiscreta

partida de mi intangible precursor, que no habiendo en el saco de heno

que lleva encima para proveer a los caballos, y que allí debía viajar

dos días y dos noches, impulsado a tanto sacrificio por la inquietud

juvenil de una sabandija incapaz de aguardar en un lugar ocho horas,

que era la diferencia de tren a tren que nos llevábamos en el camino

de hierro. Heme aquí, pues, en el corazón de los Estados Unidos,

como quien dice tierra adentro, sin un medio, haciéndome entender

a duras penas y rodeado de aquellas caras impasibles y heladas de

los americanos. ¡Qué susto y qué aflicciones pasé en Chamberburg! A

cada momento llamaba al dueño del hotel y de palabra y por escrito le

exponía mi situación.--Un joven que va adelante lleva mi dinero, sin

saber que no traigo el necesario para los gastos de camino. Me piden

diez pesos de pasaje en la posta y no tengo sino cuatro para pagar el

hotel. Pero tengo algunos objetos de valor intrínseco en mi maleta y

quiero que la posta los retenga hasta que haya cubierto mi pasaje en

Pittsburg.--El posadero, al oir esta lamentable historia, se encogía

de hombros por toda respuesta. Contaba mis cuitas al maestre de posta

y se quedaba mirándome como si no le hubiese dicho nada. Dos días de

continuo suplicio y de desesperación habían pasado ya, y lo peor era

que no había asiento en la diligencia, por venir todos contratados

desde Filadelfia, como complemento del camino de hierro que termina

allí. Al fin me sugirieron escribir a Arcos por el telégrafo eléctrico,

lo que hice en cuarenta palabras por valor de cuatro reales, y en los

términos más sentidos. No obstante aquel laconismo telegráfico, “no

sea usted animal”... era la introducción de mi misiva, y le contaba

lo que por su indiscreción me sucedía.--¿Dónde está el sujeto a quien

se dirige?--En el _United-States-Hotel_, contesté yo, dudando

ahora si en Pittsburg habría un hotel de aquel nombre; y para no darme

un nuevo chasco, indiqué que se le buscase en todos los hoteles más

aparentes de la ciudad.

Tardaba la respuesta a mi impaciencia y a mi miedo de no dar con aquel

calavera, y no despegaba los ojos de la maquinita que con golpecitos

redoblados indicaba a cada momento el paso de misivas a otros puntos,

y que no se anotaban allí, por no venir precedidas de la palabra

Chamberburg y la señal preventiva y convencional para llamar la

atención del oficinista. Voy a preguntar, me dijo; y tocando a su vez

su aparato, se sucedieron golpecillos, con cuya mayor o menor duración

trazaba el punzón magnetizado a cincuenta leguas la pregunta que se

hacía desde Chamberburg.--¿Qué hay del joven Arcos que se mandó

buscar?... Y un momento después... señal de atención a Chamberburg...

Contestan, me dijo el oficinista, acercándose al aparato; y el punzón

de Chamberburg trazaba sus puntos sobre tira de papel que el cilindro

va desarrollando poco a poco. ¡Qué hubiera dado por leer yo mismo

aquellos carácteres que consisten en puntos y líneas, obrados por la

presión en la superficie blanca del papel. Concluída la operación, tomó

la tira de papel y leyó: “No se le encuentra en ninguna parte. Se ha

mandado de nuevo a buscarlo”.--Dos horas después nueva interrogación,

nuevo martirio de aguardar un sí o un no de que dependía el sosiego o

la desesperación, y nuevo y definitivo... no hay tal individuo...!

Quedé punto menos que si me hubiese caído un rayo. Entonces,

interesándose en mi suerte y haciendo conjeturas el hostelero, nombró a

Filadelfia. ¡Cómo Filadelfia! le interrumpí yo; es en Pittsburg donde

está Arcos y donde han debido buscarlo.--Acabaremos, me respondió;

como es en Filadelfia donde se paga la diligencia, el oficinista del

telégrafo ha creído que es allí donde usted recomienda que le tomen

pasaje; _but no matter_, voy a corregir el error; y dirigiéndose

a la puerta se detuvo, y señalando a la oficina me dijo: ya cerraron,

hasta mañana a las ocho... Las grandes pasiones del ánimo no pueden

desahogarse sino en el idioma patrio, y aunque el inglés tiene un

pasable _goddam_ para casos especiales, preferí el español

que es tan rotundo y sonoro para lanzar un ahullido de rabia. Los

yankees están poco habituados a las manifestaciones de las pasiones

meridionales, y el huésped, oyéndome maldecir con excitación profunda

en idioma extraño, me miró espantado; y haciéndome seña con la mano,

como para que me detuviera un momento antes de morderlos a todos o

suicidarme, salió corriendo a la calle, en busca sin duda de algún

alguacil para que me aprehendiese. ¡Esto sólo me faltaba ya! y aquella

idea me volvió repentinamente la compostura que en mi aflicción había

perdido por un momento. Minutos después volvió a entrar acompañado de

un sujeto que traía la pluma a la oreja y que con frialdad me preguntó

en inglés primero, en francés en seguida, y luego alguna palabra

en español, la causa de mi turbación, de que lo había instruído el

posadero. Contéle en breves palabras lo que me pasaba, indiquéle mi

procedencia y destino, suplicándole intercediese en la posta para que

se tomase mi reloj y otros objetos en rehenes hasta haber satisfecho

en Pittsburg el pasaje. El individuo aquel me escuchó sin que un

músculo de su fisonomía impasible se moviese, y cuando hube acabado

de hablar, me dijo en francés:--Señor, lo único que puedo hacer...

(¡Qué introducción! me dije yo para mi coleto y tragando saliva...)

lo único que puedo hacer es pagar el hotel y el pasaje de usted hasta

Pittsburg, a condición de que llegado usted a aquella ciudad, haga

abonar en el _Merchants-Manufactory-bank_, en cuenta de Lesley y

Cía. de Chamberburg, la cantidad que usted crea necesario anticiparle

aquí.--Tuve necesidad de tomar una larga aspiración de aire para

responderle: pero, señor, gracias; pero usted no me conoce, y si puedo

darle alguna garantía...--No vale la pena; personas en la situación de

usted, señor, no engañan nunca; y diciendo estas palabras se despidió

de mí hasta más tarde. Comíme en seguida un real de manzanas, pues que

hambre era lo que había despertado la serie de emociones por que había

pasado durante tres días. Aproveché la tarde en recorrer la ciudad y

alrededores; necesitaba caminar, agitar mis miembros para creerme y

sentirme dueño de mí mismo. En la primera noche se me apareció mi ángel

custodio, cargado de libros; traíame un tomo de Quevedo, otro del Tasso

en italiano y uno o dos mamotretos en francés para que me distrajese.

Consagróme algunos momentos hablando alternativamente en español y en

francés; díjome que conocía el latín y el griego, inquirióse sobre

algunos detalles de mi viaje y me deseó buena noche al retirarse.

Al siguiente día volvió y me dió cuatro billetes de a cinco pesos, no

obstante mi empeño de devolverle uno por innecesario; y como ya se

retirase, regresó diciéndome casi ruborizado: Usted me perdone señor,

pero se me ha quedado otro billete en el bolsillo que ruego a usted

agregue a los anteriores. Este hombre había excedido más de la suma

que yo había indicado, porque en resumidas cuentas yo solo necesitaba

diez pesos. Comprendí el sentimiento delicado que lo impulsaba e

hice una débil resistencia a recibirlo, aceptándolo con cordialidad.

La diligencia partió al fin, y yo volví a mi estado de quietud de

ánimo ordinario, complaciéndome de haber tenido ocasión, aunque tan

penosa para mí, de dar lugar a manifestación tan noble y simpática

como aquella del caballero Lesley. La noche sobrevino, apareció la

luna plácida en el horizonte, y la diligencia empezó a remontar,

pausadamente, los montes Alleghanies. Cuando habíamos llegado a la

parte más elevada, bajaron algunos pasajeros, y una voz de mujer dijo

en francés dentro de la diligencia: bajen a ver el paisaje que es

bellísimo. Aprovécheme de la indicación, descendí tras los otros, y

pude gozar en efecto de uno de los espectáculos más bellos y apacibles

de la naturaleza. Los montes Alleghanies están cubiertos hasta la

cima de una frondosa y espesa vegetación; las copas de los árboles

de las lomadas inferiores, iluminadas de lo alto por los rayos de la

luna, presentaban el aspecto de un mar nebuloso y azulado, que por el

cambio continuo del espectador iba desarrollando sus olas silenciosas

y obscuras, sintiéndose, sin embargo, aquella excitación que causa en

el ánimo la vista de objetos que se conocen y comprenden, pero que

no pueden discernirse bien, porque el órgano no alcanza o la luz es

incierta y vagorosa.

Al llegar a una posada, después de habernos recogido a nuestro

vehículo, la misma voz dijo, siempre en francés: aquí se desciende

a tomar algo, porque marcharemos toda la noche sin parar. Bajé yo,

en consecuencia, y presentándose a la puerta una señora, ofrecíla la

mano para que se apoyase. Volvimos a poco a tomar nuestros asientos,

continuóse el viaje, y empezaba a sentir somnolencia, cuando la misma

voz de antes, y que era la señora aquella, me dijo con timidez:

creo, señor, que usted se ha visto en algunas dificultades.--¡Yo! No,

señora, contestéle perentoriamente, y la conversación terminó ahí;

pero mientras yo recapacitaba sobre esta pregunta, la señora añadió

con visibles muestras de turbación: Usted me dispense, señor, si le

he hecho una pregunta indiscreta, pero esta mañana en Chamberburg,

me hallaba por casualidad en una pieza, desde donde no pude dejar de

oír lo que contaba usted a un caballero.--En efecto, señora, pero

usted supo, sin duda, que todo quedó allanado.--¿Y qué piensa usted

hacer, señor, si no encontrase a su compañero en Pittsburg?--Me asusta

usted, señora, con su pregunta. No he pensado en ello, y tiemblo de

sospechar que tal cosa sea posible. Me volvería a Nueva York o a

Wáshington donde tengo conocidos.--¿Y por qué no continuaría su viaje

adelante?--¿Cómo he de engolfarme en un país desconocido, señora, sin

fondos?--Le decía a usted esto, porque mi casa está cinco leguas más

acá de Nueva Orleans, y deseaba ofrecérsela a usted. Desde allí puede

usted tomar noticia de su amigo; y si no lo encontrase, escribir a su

país y aguardar a que le manden lo que necesita.--La noble acción de

Mr. Lesley había, según lo visto, sido contagiosa. Aquella señora lo

había oído todo, y quería a su vez completar la obra. Esta reflexión me

vino antes, tocado como estaba por el buen proceder, de otra a que, su

sexo podría haber dado pretexto; la señora me dijo en seguida, acaso

para responder a la posibilidad de una sospecha, que hacía seis semanas

que acababa de perder a su marido, y que iba a poner orden en los

negocios de su casa de Orleans. Acompañábala una hijita de nueve años

y ambas vestían de luto completo. Era la madre, pues, y no la mujer,

la que ofrecía el asilo doméstico a un desconocido que debía también

tener madre; y obedeciendo a esta idea que santificaba la oferta y la

aceptación, traté en adelante a la señora con menos reserva, seguro,

sin embargo, de que no llegaría el caso por ella previsto.

Llegamos a Pittsburg, y la señora me hizo prevenir que partía por un

vapor y que si aceptaba su ofrecimiento fuese a tomar pasaje en el

mismo vapor. Salí a buscar a Arcos en el _United-States-Hotel_;

porque ¿dónde había de encontrarlo sino allí? Afortunadamente para mí

había en efecto en Pittsburg un hotel de los Estados Unidos, donde

encontré a mi Arcos, que a la sazón escribía en los diarios un aviso,

previniéndome su paradero y justificándose de lo que ya empezaba a

sentir por mi demora, que había sido una niñería. Venía dispuesto a

reconvenirlo amigable, pero seriamente; mas, me puso una cara tan

cómicamente angustiada al verme, que hube de soltar la risa y tenderle

la mano. Salimos juntos inmediatamente, y contándole mi historia en el

camino nos dirigimos al vapor _Martha Wáshington_, en que había

tomado pasaje la señora, a fin de darla las gracias y prevenirla de mi

hallazgo, para que no partiese con el temor de que quedase yo aislado.

En efecto, no bien hube puesto el pie en la espaciosa cámara del buque,

cuando del extremo opuesto, levantóse la señora que había estado en

acecho aguardándome, y dirigiéndose hacia mí con disimulo, fingió

darme la mano, para pasarme ocultamente un bolsillo de oro. Presentéle

sin aceptarlo la buena pieza que me acompañaba y que había ocasionado

todas aquellas tragedias, y ambos la dimos un millón de gracias por

su solicitud; y como si la ingratitud fuera la recompensa de tan

desinteresado proceder, he olvidado su nombre, habiéndonos separado en

Cincinnati para no volvernos a ver más.

[8] El monumento está ya en vías de ejecución y asombrosamente

avanzado, según lo anuncian los diarios. En 1842 ni los cimientos

estaban indicados aún, pues la presteza de la ejecución es otra de las

condiciones del arte yankee.--_Nota del autor_, 1850.

[9] Esta idea es muy anterior a la adquisición de California, y la

de ponerse en contacto con la China y la India, como de los secretos

móviles populares de la guerra de Méjico, que les trajo aquella

conquista.--_Nota del autor._

[10] California ha mandado ya sus cuarzos entremezclados de oro.

CINCINNATI

De Pittsburg, que no tuve tiempo de examinar, el vapor por 5 pesos

lleva al viajero a Cincinnati cuatrocientas cincuenta y cinco millas

Ohio abajo. El magnífico río da nombre al Estado, si bien principia a

ser navegado desde la Pensilvania. Otra vez he hablado de la riqueza

de aquel suelo privilegiado, dónde sobre lechos inconmensurables de

carbón bituminoso, se extienden llanuras de bosques y de cultivo,

accidentadas por montes que esconden el hierro en sus flancos, y de

cuyas faldas fluyen canales como el Ohio que se liga al Mississipi y

sus afluentes, y somete un mundo al alcance de sus manufacturas.

Para darle noticia del progreso asombroso del estado del Ohio, debo

principiar por el _sicut erat in principio_, es decir, el aspecto

del país ayer no más. Este estado se extiende unas 40.000 millas

cuadradas desde la margen del Ohio hasta el lago Erie, al norte. La

parte sur y este del terreno del Ohio es llano y fertilísimo; el

resto, accidentado de montículos, encierra valles hermosos, sabanas,

pantanos, y terreno quebrado. La cantidad de tierras arables se reputa

en 35.000 millas, el resto es la parte cenagosa, quebrada o estéril.

Hasta 1840 la parte labrada no pasaba de 12.000 millas. El primer

establecimiento se hizo en 1788 en Marieta. La población cristiana se

presentó en el Estado en 1802, en número de 50.000 habitantes. En 1810

había aumentado a 230.760; en 1820, a 937.679; y en 1840, a más de un

millón y medio. Hoy tiene más de dos millones. No soy yo ahora quien

hace esta comparación. Copio de un librejo. “Dícese que el territorio

de los Estados Unidos es un noveno o cuando más un octavo de la parte

del continente colonizado por los españoles. Sin embargo, en todas

aquellas vastas regiones conquistadas por Cortés y Pizarro no pasan de

dos millones de habitantes de sangre pura española, de manera que no

sobrepasan en mucho en número a la población del Ohio en medio siglo,

y quedan muy atrás en riqueza y civilización”. Si la observación no es

del todo exacta el aumento de población de la América española desde

aquella época es sin duda infinitamente inferior. Méjico y la República

Argentina han disminuído el número de sus habitantes; bien es verdad

que es artículo orgánico de la constitución política de los nuevos

estados sudamericanos ignorar siempre cuántos bípedos habitan el país.

Nuestros gobiernos sabrán un día oficialmente cuántas estrellas hay en

el cielo, como los niños traviesos suelen deshojar una rosa para saber

cuántos pétalos tiene; pero saber cuál es el número de habitantes de su

país, _¡fi donc!_ ¡Un gobierno descender a tan mezquinos detalles!

Toda la organización norteamericana reposa en el censo decenal y en

el catastro de la propiedad; y hay reglas para calcular cada día el

aumento de población, y sus resultados tienen certeza administrativa.

El censo de 1850 está calculado en veinte y dos millones[11]; el de

1860 en veintinueve; el de 70 en treinta y ocho millones; el de 80 en

cincuenta millones; el de 1890 en sesenta y tres millones, y el de 1900

en ochenta millones. Habrá error quizá en un pico de diez o veinte

millones de más.

El valor de los productos del Ohio ascendió en 1840 a circumcirca de

veinte millones de duros, entre los cuales figuraban cinco millones

de cecinas y animales domésticos, y cinco millones de artículos

manufacturados. Como la población de aquel Estado es aproximadamente la

que se le atribuye a Chile (porque la verdad es un secreto que Dios se

reserva entre los inexcrutables de su política _à lui_) juzgará

usted que Chile ha debido producir veinte millones, todos los años que

hace que está teniendo millón y medio de habitantes. Es verdad que no

contentos los habitantes del Ohío con las facilidades que les ofrece

su río, han abierto siete canales navegables que penetran en el país,

los cuales producían de beneficio ochenta y ocho mil pesos en 1843,

y ciento setenta y dos mil seiscientos cincuenta y nueve en 1844,

esto es, el doble del año anterior, lo que prueba que la cantidad de

productos había doblado de un año a otro.

Este Estado se halla poblado generalmente por los nuevos inmigrantes

compuestos de alemanes, irlandeses y otras naciones. Estos labradores

aumentan en número todos los días, y forman una mayoría sobre los

yankees _pur sang_, de donde resulta que les ganan siempre las

elecciones, unidos los extranjeros de origen al partido demócrata.

Esto desespera a los puritanos, pues que siendo por lo general muy

ignorantes los europeos, y en gran número católicos de Irlanda, lo que

no constituye una patente de sapiencia, se oponen a todas las mejoras

útiles, y se niegan a contribuir para escuelas, canales, caminos,

mostrando la mayor indiferencia por la llegada de cartas y periódicos,

“al mismo tiempo, dice un autor, que están siempre dispuestos a dar sus

votos a los demagogos, que estarían prontos a hundir el país en la más

violenta carrera de cambios políticos”. Esta coincidencia con ciertos

países que nosotros conocemos, me hace creer que cuanto más ignorante

y menos dispuesto a promover las mejoras útiles, es un pueblo, más

aspira a cambios políticos, como aquellos animales despeados que dejan

el camino trillado por mejorar, y se meten en la pedrazón y en los

derrumbaderos.

Para azuzar a estos demócratas indisciplinados hay la _Stump

oratory_, así llamada por la ocurrencia de algún candidato popular

de treparse a la copa de un árbol para dirigirse a su rudo auditorio.

Un viajero inglés refiere en estos términos el discurso que le contó

uno de estos personajes. “Un labrador que entró en el coche de

Worcester, habló con vehemencia contra la nueva tarifa, que dijo,

sacrificaba los agricultores del Oeste a los manufactureros de Nueva

Inglaterra, quienes querían forzarlos a comprar sus efectos hechizos,

mientras que las materias primeras de Ohio y del Oeste estaban

excluídas del mercado de Inglaterra. Elogióme las ventajas de que

gozaba en los Estados Unidos, compadeciéndose de la masa del pueblo

inglés, privada de sus derechos políticos y expuesta a la opresión y

tiranía del rico. Con la mira de distraerlo, le dije que un día antes

había visto en la ciudad de Columbus, a un ministro predicando en

idioma welche ante una congregación de trescientas personas; que estos

y otros pobres labradores irlandeses y alemanes eran ignorantes de

las leyes e instituciones norteamericanas, y personas sin educación

alguna, y que cómo se les había de permitir influir y dominar en las

elecciones como sabía que lo acababan de hacer en Ohio. Sobre este

tópico me espetó una oración, cuyo tema fué la igualdad de derechos de

todos los hombres, la división que algunos querían establecer entre los

antiguos y los nuevos plantadores, la buena política de recibir a los

inmigrantes cuando la población era escasa, la ventaja de las escuelas

comunales, y últimamente el mal de dotar universidades, que dijo son

_un nido de aristócratas_.

Este odio popular contra las universidades no quita que haya, y muy

bien dotada, una universidad en Atenas, otra en Oxford, otra en

Willoughly; siete colegios en varias otras ciudades; varios institutos

teológicos; setenta y cinco academias, y cinco mil doscientas escuelas.

La ciudad principal de este Estado es Cincinnati, cuya población es de

cincuenta mil habitantes, y está situada en la abertura de un valle

delicioso formado por colinas que van ascendiendo suavemente hasta la

altura de trescientos pies, enseñando en sus flancos grupos de árboles

y aun manchas de bosque. La ciudad está situada en dos terraplenes

uno más alto que el otro quince a veinte varas. En el desembarcadero

la playa está cubierta de losas hasta la parte más baja del río, y

hay muelles cuya superficie sube y baja con la marea. Las calles

están sombreadas de árboles y muy bien pobladas de edificios. Sus

comunicaciones con el interior las facilitan canales que la ligan con

el lago Erie y el canal Wabasch. Hay además, ferrocarriles, caminos

macadamizados y vecinales. El canal Whitewater se extiende 70 millas

al interior. Como es bueno saber lo que puede hacerse en treinta años,

recordaré a usted que esta ciudad fué reconocida tal en 1819 y fundada

aldea en 1789. De su puerto parte un vapor diario para Pittsburg, y

otros para San Luis, Nueva Orleans río abajo, también diariamente.

Diligencias hacen la travesía entre las vecinas ciudades en todas

direcciones. Hay cuarenta iglesias, un teatro, un museo, una oficina

de venta de tierras del Estado, cuatro mercados, y un consistorio. La

ciudad se suple de agua del río, levantada por poderosas máquinas de

vapor.

Pero lo que más distingue a Cincinnati son el crecido número de

sociedades literarias, científicas y filantrópicas, de las cuales

haré a usted breve mención, tanto más que en adelante me abstendré de

entrar en estos detalles. Me complazco en enumerar los elementos que

entran en la composición y en la vida de la sociedad americana, aun en

estos Estados de ayer, porque la comparación puede ser para nuestros

compatriotas una útil enseñanza. Un viajero inglés, Robertson[12]

hablando de Corrientes y Entre Ríos, en la República Argentina, dice:

“Me espanta al contemplar estos bellos países, considerar lo que han

dejado de hacer los españoles en tres siglos”. La idea es sublime y

profunda. ¡Lo que no han hecho en tres siglos! Espanta, en efecto. El

colegio de Cincinnati fundado en 1819 tiene excelentes tierras y un

hermoso edificio en el centro de la ciudad. El colegio de Woodward y el

de San Javier, fundado por los católicos, y el seminario presbiteriano

tiene dieciséis mil volúmenes en sus bibliotecas, dotación y profesores

correspondientes a los ramos de enseñanza. El colegio de medicina

del Ohio, fundado en 1825, posee hermosos edificios y está bajo la

dirección de un consejo de directores; tiene dos mil volúmenes y

aparatos completos de anatomía, anatomía comparada, cirugía, química

y materia médica. El colegio de jurisprudencia está relacionado con

el de Cincinnati. El instituto de mecánica fué creado en 1829 para

instrucción de mecánicos, y da cursos de artes y ciencias; posee

importantes aparatos de física y química, una biblioteca y un salón

de lectura. En una de sus salas se reune la Academia Occidental de

Ciencias Naturales; en otro salón se tiene una feria anual para fomento

de las artes y de las manufacturas. Una escuela normal para instrucción

de maestros fué establecida en 1821.

La biblioteca mercantil para jóvenes dependientes tiene un salón de

lectura y dos mil volúmenes. La biblioteca de aprendices cuenta mayor

número de volúmenes. Hay dos asilos católicos, el asilo para huérfanos

y una casa de pobres. Los establecimientos que no son sostenidos por

asociaciones espontáneas, costéalos el Estado con rentas especiales

cobradas para el objeto. En materia de rentas de escuelas la ley obliga

a contribuir al sostén de las que existen, aun a aquellos pobladores

que están diseminados entre los bosques. Los poseedores de vastas

extensiones de territorio desierto están además obligados a contribuir

a todas las cargas del Estado, y cuando están ausentes y atrasados en

el pago, el _sheriff_ toma una porción de terreno y la vende en

pública subasta. De este modo la ley cuida de que los propietarios

ricos no monopolicen la tierra, esperando sin cultivarla aprovechar del

valor accesorio y progresivo que le va dando el tiempo. La ocupación de

este país empezó desde las márgenes del Ohío hacia el Norte. Cuando se

terminó el canal de Erie, que ponía en comunicación el Ohio con lagos,

el Hudson, Nueva York y el Atlántico, otro movimiento de población

comenzó a invadir desde el lago Erie hasta el Sur, quedando un inmenso

bosque en el centro para dar colocación sucesiva a las generaciones

venideras, pues la previsión de la ley de hacer pagar su parte de

impuesto a los poseedores, hace que pocos quieran hacer la adquisición,

si no es con el ánimo de trabajarlas inmediatamente.

Estados Unidos · 第 15 / 16 段