clase de sociedad a quien dan el apodo de la aristocracia de los
puercos, por haberse enriquecido con esta industria. Anualmente se
salan en los saladeros de Cincinnati doscientos mil puercos, y llegada
la estación de la cosecha, puéblanse los establos de madera de los
alrededores y acuden de toda la Unión los compradores de manteca,
jamones, etc. Apenas es posible creer a qué sumas enormes da origen
esta industria. Lo más notable es que en Cincinnati los puercos viven
por millares en las calles sin propietario particular. Los vecinos
toman uno para engordar en sus casas, los niños se montan en ellos
si los logran coger, y la policía manda matarlos cuando se propagan
demasiado. Cincinnati es, pues, el país donde se amarran los perros con
longaniza y no se las comen.
Cuatro o cinco días pasamos con Arcos en Cincinnati dejándonos llevar
por el placer de recorrer sus calles y alrededores, visitar su museo,
y holgarnos en el _far niente_ del turista. En Cincinnati fué
donde Arcos, viendo a un pacífico yankee que leía su Biblia, sentado
a la puerta de su tendejón, se paró delante de él, le sacó de la boca
el cigarro que fumaba, prendió el suyo, volvió a metérselo, y siguió
su camino sin que el buen hombre hubiese levantado la vista, ni hecho
otro movimiento que abrir la boca para que le ensartaran el cigarro.
Paciencia, hermano, en cambio de alguna impertinencia vuestra.
Embarcámonos en un vapor de grandes dimensiones y el tercero que
descendía el Misisipí desde que se tuvo noticias de que habían ya
cesado los estragos de la fiebre amarilla, periódica en Nueva Orleans,
en el verano. De Cincinnati a aquella ciudad hay 1548 millas, que se
hacen en once días de navegación de vapor, marchando de día y de noche
sin otros intervalos que los necesarios para cargar leña, o cambiar
pasajeros en las ciudades y embarcaderos del litoral. Cuatro comidas
abundantes y opíparas se sirven, contando con el _lunch_; y viaje,
comida y servicio de once días cuesta quince pesos, algo menos que lo
que se pagaría por vivir el mismo tiempo en un hotel.
Poco diré a usted de las ciudades a cuyos puertos y muelles va
sucesivamente atracando el vapor en el trayecto, pues que en ninguna
permanecimos lo suficiente para conservar ni aun reminiscencia distinta
de ella. Marieta, Luisville, Roma, Cairo, se suceden de día en día,
hasta que el país bárbaro, el Far West, empieza, y la escena recobra su
carácter agreste y semisalvaje.
El viaje del Misisipí es uno de los más bellos y que más duraderos y
más plácidos recuerdos me haya dejado. El majestuoso río desciende
ondulando blandamente por el seno del valle más grande que existe en
la tierra. La escena cambia a cada ondulación, y un ancho moderado
del más grande de los ríos permite que la vista alcance en esta y la
otra ribera, a calar por entre la sombría enramada de los bosques, y
esparcirse en las sabanas y aberturas que hace la vegetación mayor de
vez en cuando. El encuentro de un vapor es un incidente deseado, por
la proximidad y rapidez del pasaje, mientras que la vista cae desde
lo alto de las galerías del palacio flotante, sobre una escuadra de
angadas que descienden a merced de la corriente cargadas de carbón de
piedra; se ve más allá un falte o mercachifle que va en su buquecillo
de vela, vendiendo al detalle por las vecinas aldeas sus chismes y
baratijas. Descender a las ciudades y aldeas adonde el vapor toca,
correr por las calles, meternos en una mina, curiosearlo todo, comprar
manzanas y bizcochos, con el oído atento a la campana que anuncia la
próxima partida, era regalo y codiciada variante que no dejábamos de
añadir a nuestras emociones, como nunca dejábamos de saltar sobre un
barranco, ganar el bosque y correr un rato, mientras el vapor estaba
cargando leña para quemar en sus hogueras.
Arcos, que había principiado nuestra asociación con una niñada, se
propuso en aquellos días conquistar mi afecto, haciendo ostentación
de cuanto salero y jovialidad hay en su carácter, alimentados por
un inagotable repertorio de cuentos absurdos, ridículos, eróticos,
tales cuales sólo sabe atesorar la juventud calavera de París o de
Madrid. Ibamos con esto de zambra y fiesta permanentes, a punto de ser
conocidos y notados por trescientos pasajeros del vapor.
Servíase a bordo la mesa tres veces para dar abasto a tan crecido
número de comensales, y como todos se atropellasen para tomar asiento
en la primera, nos quedamos el segundo día para la segunda, la que
dejamos el tercero para estar a nuestras anchas, hasta que al fin
nos arreglamos a comer en la cuarta con los criados, en la que nos
iba perfectamente, prolongando la sobremesa los dos solos por horas
como lo habríamos hecho en el _Astor-Hotel_. Gustáronnos
las melazas que los primeros días sirviéronnos de postre, y como
faltasen al quinto, reclamamos pidiendo la presencia de las melazas;
razón por la que un mozo descendía corriendo en los desembarcaderos
a comprarla en los bodegones vecinos, “para los señores españoles
que se enferman--decía--si no comen melazas”. Hablábamos recio en
español en la mesa, y reíamos con tal desenfado que atraíamos en torno
nuestro un círculo de huasos ya hartos, a vernos comer, gozándose en
nuestro inextinguible buen humor. Una mañana Arcos la emprendió con un
bonazo de ministro protestante.--Señor, le decía, ¿de qué profesión
es usted?--Presbiteriano, señor.--Dígame, ¿cuáles son los dogmas
especiales de esta creencia? Y el padre procedía bondadosamente a
satisfacerlo.--Pero Vd., señor, decía Arcos con aire convencido, y como
si ambos estuvieran de inteligencia, usted no cree nada de eso por
supuesto. Es Vd. demasiado sensato para poner fe en esas bromas.--Las
facciones del infeliz sometido a tortura semejante, se contraían como
cuando nos pisan un callo. El buen clérigo se ponía de todos colores, y
medio indignado, medio suplicante, hacía profesión de fe solemne de su
creencia. Pero el implacable y serio burlón le replicaba con un aplomo
imperturbable:--¡Comprendo, comprendo! Vd. predica y sostiene ante el
público esas doctrinas; vive Vd. de ello y la dignidad de su carácter
así lo exige; pero aquí entre nosotros, vamos, yo sé lo que hay en
plata.
Otra vez estaba rodeado de un grupo de yankees horripilados de
oírlo, y levantando más y más la voz, para que el escándalo fuese
mayor.--¡Gobierno, decía, es el del Emperador de Rusia! ¡Eso sí que
es un gobierno! Cuando un general delinque o desagrada a su soberano,
¡se le desatan los calzones y se le dan quinientos azotes! ¡Pero
estas repúblicas! esto es un escándalo y un desorden. ¿Qué significan
vuestras elecciones, y qué sabe Vd. ni Vd., añadía, dirigiéndose a
éste o al otro de sus auditores espantados, lo que conviene al Estado,
cuándo debe hacerse la guerra y cuándo la paz? Al pueblo sólo le toca
pagar los gastos de la corte del soberano, que gobierna por derecho
divino...
Y esto dicho con una seriedad y una afectación de estar de ello
convencido, que aquellos hombres se hacían cruces de oírlo; y pasada
la tormenta se lo señalaban unos a otros, mostrándolo como a un animal
extraño, un ruso o un loco peligroso. Todo esto para reír después y
alimentar la francachela. ¿No se le antoja una vez persuadir a una
cuarentona llena de colgajos y de colorete, que yo era sobrino de
Abd-el-Kader que viajaba de incógnito, favoreciendo esta broma la
circunstancia de ser el único en aquellos parajes que llevara la barba
entera y la birreta griega? Habíala ya medio persuadido, hablábale en
español para que ella creyese que era el árabe, exagerando el sonito de
la J, y se empeñaba en que me pusiese albornoz para completar el chasco.
Más tarde me mostró este joven la parte seria de su carácter, que no es
menos notable por el buen sentido que lo caracteriza, a lo que se añade
mucho trato de la sociedad y la rara habilidad de revestir las formas
populares en lenguaje y porte, cualidades que con su instrucción en
materias económicas, lo harían un joven espectable si supiese dominar
las impaciencias de un espíritu impresionable que no contienen ideas
fijas y sentimientos de moralidad teórica, aunque su conducta sea
regular. Necesito añadir estas rectificaciones por temor de que sin
ellas hiciese pasar plaza de truhán en mi narración a un compañero de
viaje que me acompañó cuatro meses y me prestó amigables servicios.
La vecindad de Nueva Orleáns se deja presentir por alteraciones
visibles en la materia de la cultura y por la forma de los edificios.
Divísanse haciendas, y en ellas líneas de casuchas de madera de la
misma forma y capacidad todas, mostrando que el libre albedrío no
ha presidido a su construcción. La tierra está dividida en lotes
más grandes; la población rural aislada desaparece; y las raras
habitaciones que de cuando en cuando se presentan, asumen formas y
extensión que acusan la presencia de una aristocracia campestre.
Aquellas casitas iguales son, en efecto, las habitaciones de los
señores amos. Esta es la aristocracia de las balas de algodón y de las
bolsas de azúcar, fruto del sudor de los esclavos. ¡Ah, la esclavitud,
la llaga profunda y la fístula incurable que amenaza gangrenar el
cuerpo robusto de la Unión! ¡Qué fatal error fué el de Wáshington y de
los grandes filósofos que hicieron la declaración de los derechos del
hombre, al dejar a los plantadores del Sur sus esclavos; ¿y por qué
rara fatalidad los Estados Unidos, que en la práctica han realizado
los últimos progresos del sentimiento de igualdad y de caridad, están
condenados a dar las postreras batallas contra la injusticia antigua de
hombre a hombre, vencida ya en todo el resto de la tierra?
La esclavitud de los Estados Unidos es hoy una cuestión sin solución
posible; son cuatro millones de negros, y dentro de veinte años serán
ocho. Rescatados, ¿quién paga los mil millones de pesos que valen?
Libertos, ¿qué se hace con esta raza negra odiada por la raza blanca?
En tiempo de Wáshington y treinta años después, el cinismo de la
teoría no venía a justificar en el ánimo de los amos la codicia de
la práctica; pero hoy la esclavitud está apoyada en doctrina, porque
se ha hecho el alma de la sociedad que la explota. Entonces era más
reducido el número de esclavos, y por tanto más cancelable económica
y numéricamente. Mientras tanto la esclavitud tiene en los Estados
yankees genuinos, y éstos son los más ricos, poblados y numerosos,
antagonistas implacables, fanáticos. El espíritu puritano de igualdad
y de justicia se eleva en el Norte a la altura de un sentimiento
religioso. Abominan de ella como de una lepra y de una mancha que
deshonra a la Unión, y en su ardor predican la cruzada contra los
réprobos que explotan la abyección de una raza maldecida.
Echámosles en cara a los norteamericanos su perpetuación. ¡Dios mío!
vale tanto como afligir y humillar las canas del padre virtuoso,
echándole en cara los desmanes de su hijo pródigo. La esclavitud es
una vegetación parásita que la colonización inglesa ha dejado pegada
al árbol frondoso de las libertades americanas. No se atrevieron a
arrancarla de raíz cuando podaron el árbol, dejando al tiempo que la
matase, y la parásita ha crecido y amenaza desgajar el árbol entero.
Los estados libres son superiores en número y riqueza a los estados de
esclavos. En el Congreso, en las leyes no conquistará la esclavitud un
palmo de terreno más al Norte de la línea que el hecho existente se
ha trazado. Si la guerra sobreviene, ¿los negros irán a batirse con
los blancos para evitar que les quiten sus cadenas? ¿Los amos formarán
ejércitos para guardar sus esclavos? La separación en estados libres y
en estados esclavos, tan cacareada por los estados del Sur, traería la
desaparición de la esclavitud. Pero, ¿adónde irían cuatro millones de
libertos? He aquí un nudo gordiano que la espada no puede cortar y que
llena de sombras lúgubres el porvenir tan claro y radioso sin eso de
la Unión Americana. Ni avanzar ni retroceder pueden; y mientras tanto
la raza pulula, se desenvuelve, se civiliza y crece. Una guerra de
razas para dentro de un siglo, guerra de exterminio, o una nación negra
atrasada y vil, al lado de otra blanca la más poderosa y culta de la
tierra.
Desde Pittsburg hasta Nueva Orleáns habíamos atravesado diez estados
de los que no entraron en la primitiva federación. La ciudad de
Nueva Orleáns es la capital de la Luisiana, originariamente francesa
y cuya promiscua población se compone hoy de criollos americanos,
españoles y franceses. La apariencia de la ciudad desde el puerto es
magnífica, y los vapores sólo, que están de continuo en sus ancladeros
por centenares, bastan para revelar la actividad comercial de sus
habitantes. Puede decirse que el vapor se inventó para el Mississipí.
Antes de su aplicación a la navegación fluvial, echaban meses y meses
las raras barcas que remontaban los ríos, como sucede hoy en el Paraná
y Uruguay; los buques de alta mar cruzaban muchos días en el golfo
de Méjico acechando la ocasión favorable de tomar la difícil entrada
del caudaloso río que a muchas leguas de la costa lleva aún su cauce
en el fondo del mar flanqueado de bancos peligrosísimos. Inventóse,
empero, el vapor, y bandadas de remolques remolinean en la embocadura
para lanzarse en el golfo, apenas divisan en el lejano horizonte
una vela. Millares de vapores recorren el río arriba, dispersándose
hacia todos los rumbos de horizonte, siguiendo las vías acuáticas
en que por centenares se subdivide el canal principal a medida que
se le incorporan ríos tributarios; y cuando el valle del Mississipí
esté ocupado por el hombre, espantará, sin duda, la masa de productos
que vendrá a acumularse en Nueva Orleáns, quedando estrecho el canal
anchuroso que desde aquella ciudad conduce al golfo para la no
interrumpida procesión de buques que han de ir a desparramarse como
puñados de granos en la inmensidad del océano, porque el Mississipí es
la única salida que ofrece un mundo entero.
Desgraciadamente, Nueva Orleáns está incurablemente enferma; la fiebre
amarilla aparece periódicamente en su recinto todos los años desde
tal día del año, hasta tal otro, mata a los que no huyen del seno
de la ciudad, y vuelve a convalecer y restablecer su salud hasta la
misma época del año siguiente. A una legua de la ciudad la salubridad
es completa, y ni por contagio alcanza aquel azote periódico. Tenía
en 1840 ciento dos mil habitantes, número que no aumenta en grandes
proporciones, no obstante ser el desembarcadero de la emigración
francesa.
Residimos en Nueva Orleáns diez días hasta contratar pasaje para la
Habana en un malísimo y pestilente buquecillo de vela, que como la
falúa del Mediterráneo que me condujo de Mallorca a Argel, llevaba su
carga de cerdos, con el aditamento de tres o cuatro tísicos moribundos,
que partían con nosotros camarotes estrechísimos, calientes y llenos de
telarañas. El mundo norteamericano concluía, y principiábamos a sentir
con anticipación las colonias españolas adonde nos dirigíamos.
[11] Ha pasado al verificarlo de ventitrés.--_El autor._
[12] _Letters on the Paraguay._
INDICE
_Pág._
Domingo F. Sarmiento 4
Estados Unidos 7
Avaricia y mala fe 74
Geografía moral 80
Elecciones 98
Nueva York 118
Canadá 134
Boston 144
Baltimore, Filadelfia 151
Wáshington 156
El Arte Americano 169
Cincinnati 190
Notas
Se corrigieron errores obvios de puntuación e la ortografia. Se
mantuvieron algunas palabras con o sin acentos como en el texto
original cuando no se redujo la comprensión.(Obvious errors in
punctuation and spelling were fixed. Some improperly accented words
were left as in the original text when it did not impact comprehension.)
Existieron alguna inconsistencia en la ortografía de los nombres de
lugares o palabras donde parece que el autor tenia la intención de usar
el nombre en inglés. En estes casos, se corrigió la ortografía a usar la
correcta en inglés. (There was some inconsistency in the spelling of
the names of places or words where it seems that the author intended to
use the name in English. In these cases, the spelling was corrected to
use the correct one in English.)