Los norteamericanos creen que no tienen vocación artística, y afectan

desdeñar las producciones del arte, como fruto de sociedades viejas

y corrompidas por el lujo. Yo he creído, sin embargo, sorprender el

sentimiento profundo, exquisito, de lo bello y de lo grande de este

pueblo que marcha de carrera en busca del bienestar material, y va

dejando a su paso incompletas todas sus obras y a medio hacer. ¿Qué no

entra por nada en el sentimiento del bello ideal, la beldad moral? ¿Qué

pueblo del mundo ha sentido más hondamente esta necesidad de confort,

de decencia, de holgura, de bienestar, de cultura de la inteligencia?

¿Qué pueblo ha sentido más horror por el espectáculo de lo feo, la

pobreza, la ignorancia, la borrachera, la degradación física y moral,

que es como la corteza y la primera apariencia de las sociedades

europeas? En Roma, de entre los monumentos y las basílicas se alargan

manos muy cuidadas pidiendo limosna.

No hablaré de los hoteles, bancos, iglesias, embarcaderos y acueductos

que en toda la Unión asumen formas monumentales; mucho menos de las

columnas, obeliscos de cierta grandeza y elevación que en honor de

Wáshington y de Franklin se alzan en Boston, Filadelfia y Nueva York.

Todas estas son muestras, o más bien, productos artísticos, pero que no

revelan el sentimiento norteamericano del arte. Los europeos emigrados

ahora dos siglos, o emigrando actualmente, comunican por fuerza y

como necesidad de existencia los medios artísticos que poseen. Pero

no es este el arte americano, pues que no doy este nombre sino a la

manifestación de aquella constante y seguida aspiración de un pueblo

en prosecución de una idea nacional, que existe y se revela en cada

hombre, por generaciones sucesivas. Llamóle arte, no a los grados

de civilización de los diversos pueblos, sino al genio, al carácter

nacional en cuanto reviste formas tangibles y afecta su historia. ¿Cuál

era el arte romano? Sin duda que no se dará este nombre a los diversos

órdenes de arquitectura, a la estatuaria y demás decoraciones, cuyas

formas habían adoptado de los griegos, imitándolas, entremezclándolas,

y adaptándolas a sus trabajos. Llamo arte romano a aquel sentimiento

grandioso que hacía concebir las Termas, el Coliseo, la tumba de

Adriano, los acueductos de Segovia y el anfiteatro de Nimes; al

espíritu monumental y dominador de la tierra y de los obstáculos que

ella oponía a la continuidad y facilidad de dilatación y permanencia

de la grande y perseverante idea artística romana, la incorporación de

la tierra conocida bajo el dominio de sus leyes, y la adopción de los

cultos, de las civilizaciones y de las costumbres de todos los pueblos.

Una revolución interna, la elevación de la plebe, y otra externa, la

incorporación de los bárbaros, destruyeron la obra romana, como una

plétora a que no pudo resistir aquel cuerpo que tenía que digerir un

mundo de un golpe.

Acaso los yankees están amenazados de sucumbir bajo el peso de una

elaboración interna tan amenazante como la de la plebe romana. Todos

tiemblan hoy porque aquel coloso de una civilización tan completa

y tan vasta no vaya a morir en las convulsiones que le prepara la

emancipación de la raza negra; incidente de una magnitud amenazante,

y sin embargo, tan extraño a la civilización norteamericana en su

esencia, como sería extraño a las leyes internas de nuestro globo el

que un cometa de los millares que andan errantes por el espacio, se

estrellase contra él un día y lo hiciese periclitar.

¿Dónde está, pues, el genio artístico americano? No lejos del Capitolio

de Washington en una casita modesta, sobre un bufete de madera de

pino sin barnizar, mostráronnos a mí y a mi amigo Astaburuaga, quien

me conducía a aquel retrete, un modelo de un monumento que debía

erigirse a la memoria del héroe norteamericano. La construcción se

compone de un gran edificio de formas jónicas de cuyo centro se

eleva una aguja. Según la escala que tiene al pie el diseño, mide en

alto todo él, dos metros más que la pirámide de Cheops en Egipto. La

arquitectura es una combinación, más o menos feliz, de formas y géneros

conocidos, herencia de todos los pueblos civilizados. Lo que en aquel

monumento hay del genio yankee es la altura, es decir, el sentimiento

nacional de sobrepasar en osadía a la especie humana entera, a todas

las civilizaciones y a todos los siglos. Dos metros más alto que el

monumento más alto construído por los hombres, he aquí el sentimiento

de lo grande, de lo sin rival que caracteriza a aquel pueblo;

sentimiento que ha preludiado o seguido a las más grandes épocas que ha

alcanzado alguna porción del género humano. A este mismo sentimiento

obedeció el pueblo que construyó las pirámides; ese mismo sentimiento

aconsejó hacer del monte Athos una estatua de Alejandro, cuya mano

tendría las fuentes naturales del río; ese sentimiento, en fin, inspiró

la idea del coliseo de Nerón, el coliseo su vecino, y ese sentimiento

dirigió la construcción de San Pedro en Roma, el camino del Simplón,

etc., etc.

La idea de elevar aquel monumento a Washington, ha sido acogida en

la Unión con entusiasmo febril, nada más que porque respondía a la

aspiración nacional de sobreponerse a las demás naciones[8]. Vese

este espíritu en la arquitectura naval. El buque que no mide dos

mil quinientas toneladas no merece llamar la atención ni engreir al

pueblo como un trofeo de su gloria. ¿Qué dijera Colón que atravesó el

océano en carabelas de ochenta toneladas, si viera flotar sobre las

aguas aquellos monstruos que pueden esconder en su seno cincuenta mil

quintales de nieve o de granito, porque granito canteado y nieve, son

dos mercaderías de exportación de que los norteamericanos hacen un

comercio de algunos millones?... Hace cosa de diez años que atormenta

a los yankees la idea de atravesar el continente americano con un

camino de hierro desde Nueva York hasta el Oregon, uniendo el Atlántico

con el Pacífico, e interponiéndose ellos entre la Europa y el Asia,

de manera de pasarles con la derecha a los ingleses lo que con la

izquierda hubiesen cogido en las costas de la China y del Japón[9]. No

han inventado, sin duda, los americanos ni el camino de hierro, ni el

buque, ni el orden jónico; pero suyas son las colosales aplicaciones y

los perfeccionamientos que introducen diariamente en su construcción;

pues si no han podido mejorar los órdenes arquitectónicos, algo de un

carácter nacional les han añadido a los conocidos, como la estatua de

Franklin sosteniendo el pararrayos en el pináculo de las cúpulas, como

ya lo he indicado antes, y la mazorca de maiz como coronación y remate,

en lugar del piñón antiguo. El embarcadero de los caminos de hierro, el

viaducto, el puente, el hotel y otras construcciones, que reclaman las

necesidades de nuestra época, pueden dar en los Estados Unidos formas

arquitectónicas desconocidas en los siglos pasados y que estereotipen

un carácter peculiar a cada clase de monumento.

La parte económica del monumento de Washington revela otro de los

signos del genio artístico de los yankees. Levántase aquella obra

colosal, por medio de una suscripción popular de solo algunas monedas

de cobre por individuo. Así cada año la nación en masa trae a los pies

de la estatua del grande hombre, tipo del bello ideal nacional, un

tributo espontáneo de gratitud y alabanza; y en este punto pueden darse

por vencidas todas las naciones de la tierra. Todos los monumentos

del mundo están amasados con lágrimas e iniquidades; y el mismo

San Pedro de Roma, no es _gloriam Dei_ la que enarra, sino la

perversidad y las extorsiones de sus ministros. Roma contiene hoy

en monumentos, como ahora dos mil años, la sangre y los despojos de

la tierra. Versalles, el Escorial, el Arco de l’Etoile, todos los

monumentos del mundo protestan contra el despotismo de quien fueron

antojo y vanidosa ostentación. Pero el monumento de Washington es tan

puro, como la idea inmortal que representa. Las generaciones pueden

sucederse embelleciéndolo de año en año por siglos enteros, sin que

una idea triste acongoje el ánimo del espectador más complacido que

asombrado. Veinte millones de ciudadanos felices hoy, mañana ciento,

consagran una ínfima parte de su trabajo a solemnizar el más noble

y el más grande de los recuerdos históricos, la personificación de

la dignidad moral más alta que se haya ofrecido a la especie humana.

¿Qué es Napoleón mirado desde esa altura? El último y el más sublime

de los bandidos que han asolado la tierra y cubiértola de cadáveres,

para poner su orgullo en lucha con la obra de la perfección social que

destruyó con la república. ¿Qué es Washington sepultado al lado de su

mujer en un obscuro y solitario rincón de la casa que habitó? El genio

de la humanidad moderna, el principio de una era que asoma, y que ya

deja marcado al mundo el camino de justicia, de igualdad y de trabajo

laborioso que seguirá.

Deben decorar el interior del monumento de Washington, piedras e

inscripciones enviadas por todos los Estados de la Unión, las ciudades

y las corporaciones, y sociedades científicas, filantrópicas, y aun

industriales[10]. Aquel sistema de contribución popular y espontánea

para la realización de un pensamiento nacional, constituye, a mi

juicio, la muestra más clara de la existencia de un sentimiento

artístico nacional. No sé si hay en Europa pueblos que en masa se

apasionen por la realización de una idea, si no son los franceses de

cierta clase, y lo que ha hecho en la edad media el catolicismo, por

medio de las corporaciones de artesanos. Pero en los Estados Unidos,

si este sentimiento no está del todo desenvuelto en la masa de la

nación, lejos de morir como el bello espíritu cristiano de la edad

media, está en germen apenas, y toma cada día formas más aparentes. No

hay ciudad de alguna importancia que no tenga en los Estados Unidos su

rudimento de museo, en que están bárbaramente mezcladas obras de arte,

curiosidades traídas por los navegantes, objetos de historia natural,

y aun representaciones grotescas de escenas ocurridas en los mares

u otros puntos y que han preocupado al público. Esas colecciones se

enseñan al curioso por una retribución, y aquella retribución forma

un capital que se emplea incesantemente en enriquecer, embellecer y

completar las colecciones para excitar más y más la curiosidad. Durante

mi permanencia en Nueva York, estaba en exhibición una bellísima

estatua en mármol de Carrara, ejecutada en Roma por Poper, joven

artista norteamericano de rara habilidad. La estatua representaba una

cautiva georgiana, no siendo más que una Venus con cadenas. Era, acaso,

la vez primera que los puritanos veían expuesta una de esas bellas

desnudeces femeniles con que tanto se familiariza uno, ennobleciéndose

el pudor, en los museos de Italia y de Francia. Los primeros días hubo

grande escándalo; pero concluyeron al fin las gazmoñas por levantar los

ojos y habituarse a contemplar la beldad artística en aquel espejo de

mármol. El resultado fué que la exposición de la estatua tomó el camino

de hierro, y fué de ciudad en ciudad exhibiéndose a los ojos rudos del

pueblo, y reuniendo, en cambio de sorpresas, cuchicheos y admiraciones

de los espectadores, sendos pesos fuertes; por manera que el artista

obtuvo en recompensa de su talento, más de lo que Canova u Horace

Vernet obtuvieron nunca por sus más afamados _capi d’opera_. Estas

costumbres y esta ovación popular prometen al arte americano estímulos

más poderosos, gloria más retumbante que la que los reyes de la tierra

han podido conceder jamás, gastando en fomentar las bellas artes rentas

que no son suyas, y que arrancan para sus placeres el sudor de los

pueblos. No es esta una paradoja; hase comprobado ya que los gastos

que hacen por suscripciones gratuitas en Norte América los ciudadanos

y aun las señoras para costear los trabajos de los astrónomos de

Cincinnati, exceden en mucho a las rentas acordadas por el gobierno

inglés para los mismos fines. No está, pues, lejos el día en que los

grandes artistas europeos vengan tras del lucro a pasear por los

Estados Unidos sus obras maestras, recogiendo pesos a millares mientras

el gusto nacional se educa, y más tarde codiciando la ovación que al

talento haga un pueblo, juez competente ya en materia de arte. Las

cantatrices y bailarinas célebres empiezan a mostrar el camino que más

tarde seguirán los pintores y los estatuarios. Tan genial es aquella

ambulancia del arte en Norte América, que no hace muchos años hubo un

teatro magnífico, construído sobre un buque que iba dando funciones a

ambas márgenes de un río, a medida que llegaba a una villa o ciudad de

consideración.

Tienen los norteamericanos costumbres públicas y privadas que se

prestarían al desarrollo de las artes. La vida afanosa que llevan y la

excitación de los negocios los fuerza a viajar continuamente, mostrando

cierta necesidad de emociones, de ver y de agitarse, que los lleva en

romería a la cascada del Niágara, a los lagos y a las ciudades de la

costa. Esta parte antigua de la Unión ejerce sobre la población del

interior una grande influencia moral, como que allí está el centro

del movimiento inteligente y mercantil, y la sede del gobierno; y

como todas las familias del interior son originarias de los antiguos

Estados, los ojos se vuelven siempre hacia la patria primitiva,

embelleciendo los recuerdos, la carencia de los goces a que los padres

estuvieron habituados.

Washington, la capital nominal de la Unión, aprovechará, sin duda, en

un porvenir próximo, de estas disposiciones del espíritu nacional, si

el Capitolio, el Museo de Inventos y el monumento elevado a Washington,

hubiesen de ser acompañados por otras atracciones que hiciesen al

fin de la capital un centro de espectáculos que muevan la curiosidad

de los viajeros y despierten el nacionalismo. Residencia de los

Senadores, ministros y altos funcionarios, como asimismo, de los

representantes de las otras naciones, Washington podría embellecer sus

veladas con la ópera, y las artes dramáticas y coreográficas, si las

ideas religiosas no opusiesen a ello fuertes obstáculos.

Añádase a esto que el sentimiento de unidad, de centralización, y

de dirección, lucha con desventaja contra la energía individual y

local, base de la organización política de aquel país, y resultado

del espíritu protestante. No conozco hecho en contrario, si no es el

_Board_ de Educación de Massachusetts, que ha logrado al fin

sobreponerse a las resistencias y espontaneidad local en materia

de enseñanza, imprimiendo una impulsión científica y sistemada a

la educación general del Estado. ¿Podría extender esta influencia

sobre toda la Unión, partiendo de un centro único y oficial? Si tal

sucediera, lo que es obra del tiempo, diríase que se obraba una

revolución radical en la vida de aquel pueblo. El movimiento de

mejora y sistema en la educación primaria principió en Boston, Nueva

York, Maine y los demás Estados, hasta los del Oeste, pusiéronse

luego en movimiento; pero, cada uno de por sí, adoptando variantes y

aplicaciones, según lo aconsejaba la dirección impresa a la opinión.

Es posible que aquellos Estados lleguen a tener al fin una legislación

idéntica, sin ser por eso común, ni ligada a un centro general. La

civilización y el poder de los individuos es igual a la suma de los

individuos que la componen; pero no es esa suma, representada por

el Estado, como nos lo dictan nuestras ideas latinas en materia de

gobierno. La estadística, los monumentos, todo se hace por agregaciones

parciales; y tal es la idea de la negación de la personalidad del

Estado, que después de una guerra se venden en pública subasta los

buques, los fusiles y los cañones que sirvieron para hacer efectiva la

fuerza nacional.

En despecho de todo esto, los americanos han tenido la pretensión de

honrar un arte nacional, llamando tal a los productos artísticos

salidos de ingenios americanos. Idea mezquina para nación tan

cosmopolita, y emigrada de los antiguos pueblos europeos. Los

norteamericanos debieran, como nación, emprender la conquista de

los monumentos de las artes de Europa. A cada momento se anuncia en

Venecia, en Génova y en Florencia la venta de Museos particulares

que cuentan Ticianos, Españolettos, Carrachos y aun Rafaeles. Los

franceses han saqueado la España de Murillos, Zurbaranes y Velázquez,

y aun la Irlanda se ha enriquecido de bellezas artísticas, mientras

que los cónsules bárbaros de Norte América no sienten siquiera la

tentación de Marcelo al ver las estatuas de Corinto. Cien mil pesos

anuales destinados a la adquisición de las obras de los maestros

antiguos y modernos, echarían en los Estados Unidos la base del futuro

arte americano. En Francia, cuán adelantada es aquella nación en las

bellas artes, pues lo es más que la Italia, siéntese la necesidad

de trasportar en copia al menos todos los grandes modelos del arte

extranjero. Washington debiera enseñar las imitaciones perfectas y

como para servir de escuela, de la Rotunda de Agripa, del Partenon de

Atenas, de la Catedral de Ruan, como modelo del gótico, y de media

docena más de edificios célebres. Así se convertiría en capital

artística aquella aldea buena para nada y rebelde al tiempo y al

progreso, que agranda y embellece a vista de ojo todas las ciudades

americanas; pues Washington, no siendo centro comercial ni naciendo el

movimiento político de su seno, adonde viene, por el contrario, desde

afuera, está condenada a no ser nunca gran cosa, si no se apodera

del único principio orgánico que ella puede centralizar, que es la

impulsión artística y la concentración monumental que trae a la nación

a un centro común de vanidad, de gloria y de veneración.

Hay ya un establecimiento en Washington, que atrae las miradas de toda

la nación, el cual es visitado diariamente como escuela nacional. La

Oficina de Patentes encierra en un museo de modelos la historia de los

progresos que las artes industriales han hecho desde su creación.

Trece mil quinientas veinte y tres patentes por invenciones y mejoras

se habían otorgado hasta 1844, perteneciendo al año de 1843 quinientas

treinta y una. En este ramo de la actividad inteligente del país han

procedido, como debieran proceder en todo lo que tiene relación con

la cultura, a saber: importando primero, plagiando, saqueando a las

otras naciones para enriquecer de datos su espíritu, y obrar después.

Los resultados no se han hecho aguardar. De un extracto del informe

sobre exportación de máquinas hecho en 1841 ante la Cámara de los

Comunes en Inglaterra resulta que preguntado el informante si la

Inglaterra debe de una manera notable a los extranjeros invenciones en

maquinaria, fué respondido: “podría decir que la mayor parte de los

nuevos inventos últimamente introducidos en las fábricas de este país,

vienen de afuera; pero necesito hacer comprender que no son mejoras

en máquinas, sino inventos enteramente nuevos. Hay ciertamente muchos

perfeccionamientos emanados de este país, pero temo que la mayoría de

las invenciones realmente nuevas, esto es, ideas nuevas enteramente

en la aplicación de ciertos procedimientos, por máquinas nuevas, o

por medios nuevos, traen su origen de fuera, y principalmente, de

_América_.”

Esta confesión de la Inglaterra de su esterilidad en la maquinaria, y

de la invasora fecundidad de su joven rival, es el grito lúgubre de los

náufragos que saben que no hay socorro posible. Norte América invade

hoy al mundo, no ya con productos e inventos, sino con ingenieros,

artífices y maquinistas que van a enseñar las artes de producir mucho a

poca costa, osarlo todo y realizar maravillas.

He insistido en aquel extraño atraso artístico, fruto de preocupaciones

heredadas, porque, no sólo en las artes útiles, sino en los trabajos

de la inteligencia, los norteamericanos empiezan a tomar una posición

propia. Conoce usted a Cooper, a Washington Irving, a Prescott, a

Bancroff y Sparks, como historiadores de primer orden de las cosas

americanas, osando algunos de ellos emprender la aclaración de algunos

episodios de la historia europea; pero aun es más grande el número de

escritores de renombre que han tratado las cuestiones especulativas

de filosofía, economía, política y teología. Baste decir que en doce

años hasta 1842, se han publicado ciento seis obras originales sobre

biografía; ciento dieciocho sobre geografía e historia americana;

noventa y una sobre lo mismo con respecto a otros países; diez y

nueve de filosofía; ciento tres de poesías; y ciento quince novelas,

mientras que casi en el mismo tiempo trescientas ochenta y dos obras

originales americanas habían sido reimpresas en Inglaterra, y aceptadas

por aquel público mismo que veinte años antes preguntaba por boca

de una revista: ¿quién lee libros americanos? Oradores y estadistas

como Everett, Webster, Calloum, Clay, los poseen iguales solo en la

Francia y la Inglaterra, siendo de notar que el brillo en los trabajos

históricos y en la elocuencia empieza a ser como en Francia, escalón

que conduce al poder y la influencia sobre la opinión pública. Los

viajeros, los naturalistas, arqueólogos de cosas americanas, geólogos y

astrónomos que emprenden enriquecer, y aun rehacer la ciencia, abundan

comparativamente, mostrando por los resultados que obtienen en sus

trabajos, que están mucho más adelantados que lo que la Europa hubiera

creido, a no tener a cada momento que aceptarlos.

Diráme usted que toda esta reseña de los progresos intelectuales de los

americanos no tiene nada de común con Washington, la desierta capital;

pero, ¿dónde colocar estas reminiscencias y cómo darles cuerpo y unidad

si no se inventa un centro a que referirlas?

Mi permanencia en Washington se prolongó de un día más sobre el tiempo

convenido con Arcos, pues nos habíamos dado cita últimamente en

Harrisburg en el _United-States-Hotel_, que yo había señalado como

punto de reunión.

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