El edificio pertenece al orden corintio y está construido con la

hermosa piedra blanca norteamericana que llaman _freestone_. Está

situado sobre una eminencia y elevado 78 pies sobre la altura de la

marea, y se compone de un edificio central, dos alas y una proyección

en el costado oeste, presentando un frente de 352 pies, incluyendo

las alas. Al este el frontón tiene 65 pies de ancho, sobre el cual

se avanza un pórtico de veintidós columnas de 38 pies de alto. La

gran cúpula central tiene 120 pies de alto, y la rotonda que forma

en el interior 90 de diámetro, adornada con esculturas, y altos

relieves. En el ala del sud está la cámara en que se reune la Sala de

Representantes, de forma circular de 96 pies de diámetro y 60 de alto,

cubierta por una cúpula que sostiene veinticuatro columnas de jaspe

americano con capiteles de mármol blanco de Italia. Al lado opuesto,

en una rotonda algo semejante, pero de más pequeñas dimensiones, se

congrega el Senado; y en un piso inferior y menos ornamentado, tiene

sus audiencias la Suprema Corte de los Estados Unidos. Hay, además,

sesenta departamentos para reunión de las comisiones, y residencia de

empleados del congreso. Una muralla de piedra rodea el edificio; un

depósito de gas provee a la iluminación especial de todo el espacioso

monumento, pudiendo alimentar seis mil picos que se encienden para las

iluminaciones; y en aquellos momentos estaba para terminarse el aparato

para colocar sobre la cúpula central, en un mástil de diez y seis varas

de alto, una luz eléctrica que debía iluminar la ciudad y acaso el

distrito de Columbia entero. ¡Bello símbolo por cierto, de la misión

de aquella casa, desde cuyo recinto sale la luz de la inteligencia,

iluminando toda la nación! Acordábamonos con Astaburuaga, quien me

servía de cicerone en el examen del edificio, de aquella camarilla de

diputados que habíamos dejado en Chile, en la que los representantes

están ensacados en una especie de vainas laterales, o si pudiese

llevarse la comparación a terreno irrespetuoso, cual bostitas de

cordero en una tripa, repitiéndonos al oído el viejo adagio: ruín es el

que por ruín se tiene. Los locos en Londres, en Génova y otros puntos

de Europa, moran en palacios más nobles que el que cubre a nuestros

congresos en América.

Pues que ya he empezado a describir edificios, concluiré con los

pocos que llaman la atención del viajero en la presunta capital de

los Estados Unidos. White House, la casa blanca como la llama el

pueblo, es el palacio presidencial, y está colocada en la parte aún

desierta de la población, en el punto donde se cruzan las calles de

Pensilvania, Virginia, Connecticut, New York y Vermont, rodeada de un

parque de veinte acres de terreno, y sobre una elevación de cuarenta

y cuatro pies sobre el río. El frontis que sirve de entrada por la

plaza de Lafayette hacia el norte, y el que da al sur sobre el jardín,

domina el hermoso panorama de la ciudad, el río Potomack, las costas

de Maryland y de Virginia. En el frente del norte hay un hermoso

pórtico que reposa sobre cuatro columnas jónicas. Una intercolumnación

exterior sirve para poner a cubierto los carruajes de los visitantes.

El espacio intermediario está destinado para el tránsito a pie, y una

elevada plataforma conduce de ambos lados a la puerta de entrada. El

interior del palacio está pasablemente ornamentado, aunque no tanto

cuanto correspondiera al presidente de los Estados Unidos. El servicio

de palacio es modesto, y aun mezquino en las exterioridades. Vese

al presidente paseándose solo por las hermosas avenidas del jardín

adyacente; uno o dos porteros en librea, únicos servidores que el

Estado pone a su servicio, no siendo permitido al presidente tener

guardias en torno de su persona. El presidente recibe sin ceremonia a

los que desean verlo, y hay un día de la semana, y dos o tres días del

año, en que todo estante o habitante tiene derecho de entrarse hasta

la habitación del presidente. El 4 de julio la plaza de Lafayette se

llena de carruajes de los visitantes en aquel día de felicitaciones;

descienden éstos del carruaje, y tras ellos el cochero, que encomienda

los caballos a algún muchacho mediante algunos centavos. El presidente

está en aquellos días en verdadera exhibición; los cocheros se abren

paso por entre la multitud haciendo resonar sobre el pavimento de

mármol sus botas herradas, llegan ante el presidente y le tienden una

mano callosa que aprieta la suya fuertemente y la sacude mirándole la

cara y riéndosele con fisonomía bonaza, provocativa, y satisfecha;

tornan a sus caballos, volviendo de vez en cuando la cara para mirar

al presidente, a obtener un último _piping_, de gusto y de

felitación. ¡Pobre presidente de la democracia!

Hacia el lado oriente del White House hay extensos edificios, y otros

dos hacia el occidente, los cuales están destinados para las oficinas

de los ministros de hacienda, guerra y marina. La Posta general es un

palacio del orden corintio; y la tesorería ostenta una columnata de 457

pies de largo. La oficina de patentes, depósito de modelos de inventos,

con un pórtico imitado en la forma y en la extensión del Partenón de

Atenas, tendrá, cuando se terminen las alas, cuatrocientos pies de

largo, encerrando en la parte concluída un salón de 275 pies de largo y

65 de ancho.

Hay, además, en Wáshington 30 templos de diversas congregaciones, doce

colegios (academias), una universidad, tres bancos, dos asilos para

huérfanos, un consistorio municipal, un hospital, una penitenciaria, un

teatro y algunos edificios particulares, que dan cierta apariencia a

aquel plantel de la ciudad.

Mi residencia en Wáshington fué uno de aquellos oasis de felicidad

íntima, doméstica, en que el corazón se lleva la mayor parte, y que tan

preciosos son para el que vaga por luengas tierras. El señor Carvallo,

enviado extraordinario de Chile, se obstinó en darme hospitalidad en

la casa de su embajada; su señora me prodigó cuantas atenciones puede

hacer recordar la familia, y si algo faltara para estar a mis anchas,

mi amigo Astaburuaga, secretario del agente chileno, me acompañaba a

todas partes, poniendo a mi disposición su práctica y conocimiento de

Wáshington. Así él podía mostrarme en la avenida de Pensilvania, entre

las jóvenes transeuntes que llamaban nuestra atención, cuál era la hija

de un senador, la de un banquero, una simple modista u otra persona

menos calificable. La sencillez del vestido, sus paseos y trajines por

las calles, sin nadie que las acompañe, y el detenerse aun a mirar

cualquier cosa que llame la atención, dan una idea del decoro de las

costumbres norteamericanas, y de aquella libertad de que goza la mujer

soltera entre ellos.

Quería mi amigo Astaburuaga ponerme en contacto con el redactor del

_Wáshington Intelligencer_, diario muy importante de la capital,

por tanto, de _opposition_ entonces, pues en aquel momento

dominaban en el gobierno con Mr. Taylor los demócratas. Encontrámoslo

en campo abierto sobre el terreno destinado a la fundación de un

colegio, para cuyo sostén legó un ciudadano millón y medio de pesos,

rodeado de siete u ocho jóvenes, y ocupados en discutir las bases, a lo

que supe después, de un gran proyecto. Mr. Johnson, el diarista, era el

presidente de edad nombrado para presidir a la instalación. Acercámonos

nosotros a distancia comedida, esperando que la sesión se levantase,

temerosos de ser importunos, como cuando nuestras gentes rezan, que

debe esperarse a que se santigüen para saludarlas. Dirigíalas el

presidente la palabra; contestaba alguno; replicaba un tercero en

tono sentencioso y frío, y oídos los pareceres, el presidente sometía

a votación la materia, contando los gangosos _yes, yes, nay,

yes, nay_, y declarando cuál era el punto sancionado. Repitióse

varias veces el procedimiento, y el fuego graneado _yes, nay, nay,

yes, yes_, terminó, al fin, el asunto. Entonces, se acercaron a

Astaburuaga, sucediéronse las recíprocas presentaciones de costumbre,

y supe, andando la conversación, que se habían reunido allí para echar

los cimientos de una asociación con el grande objeto de... ¡jugar a la

bocha! ¡Oh! ¡los yankees!

Habíase, pues, propuesto, discutido y aprobado con una fuerte mayoría

de dos o tres votos.--1.º presidente, que lo fué Mr. Johnson local,

aquel donde estaban reunidos; hora de reunión, las cuatro de la tarde;

extensión del juego, reglas, arbitración en los casos litigiosos,

multas por infracción, etc. Era y es Mr. Johnson[7] un sujeto de

cuarenta años, hijo de un general de la independencia del mismo nombre,

culto de modales e instruido, cual correspondía al director de un

diario trascendental. Pasamos días enteros en discusiones las más

acaloradas sobre un punto, en que no habría esperado contradictores

en los Estados Unidos, a saber, la democracia y la república. Mr.

Johnson estaba bajo la pata del partido demócrata que domina desde

la presidencia Polk, y ofendido, desmoralizado por la tiranía de sus

opresores, porque en los Estados Unidos la mayoría dominante en el

gobierno es implacable e intolerante, maldecía de la república, de

la democracia y de aquella licencia ignorante y brutal que se decora

con el nombre de libertad. El mérito obscurecido, y eso es cierto;

el interés público descuidado, y eso también es cierto en muchos

casos; los servicios olvidados o miserablemente retribuidos, cosa

que es de regla en los Estados Unidos; en fin, la pasión de partido

sirviendo de criterio y de peso y medida para juzgar de todos y de

todo; el charlatanismo preferido a la ciencia, y las pasiones menos

justificables sirviendo de impulso a la dirección de la opinión

pública, todas estas tachas y otras muchas que afean las democracias,

las pasaba en revista para hacerme detestar aquella libertad de que yo

me mostraba tan apasionado. Cuando yo me empeñaba en contradecirlo, me

decía con sinceridad: “lo que yo quiero es que Vd. no se alucine con

esta apariencia de orden, de prosperidad y de progreso, y los atribuya

a la forma de gobierno. Bajo esta corteza no encontrará sino miserias,

pasiones indignas, ignorancia y caprichos. Lo que yo me propongo es

que no vaya Vd. a la América del Sud a proponernos por modelo de

gobierno”. Otras veces, más aplacado, me confesaba que la exasperación

en que lo tenía la tiranía del partido contrario, a él que era hijo

de un general ilustre, a él que estaba por la educación preparado para

ocupar en la sociedad lugar mejor, ofuscaba, a veces, su razón y le

hacía exagerar los inconvenientes muy reales del gobierno popular.

Sin embargo, de estas atenuaciones, diferíamos en puntos esenciales.

Sostenía él, por ejemplo, que la libertad es en las naciones una de

las fases que recorren. La libertad engendra la licencia; la licencia

trae la anarquía; la anarquía el despotismo. Aquí hay un momento de

alto; mientras el despotismo se consolida, mientras teme, es cruel,

sanguinario y desconfiado. Cuando está de todos aceptado, entra en

una época de indulgencia y de tolerancia que hace nacer el bienestar,

y da lugar al desarrollo de todas las facultades físicas y morales

de los hombres. Con la civilización y la seguridad, la libertad se

desenvuelve, el pueblo conquista uno a uno sus derechos, discute en

seguida el principio de la autoridad que lo gobierna, y de la extrema

libertad pasa a la licencia, y de ahí a la anarquía, volviendo a

recorrer aquel ciclo fatal en que está encerrada eternamente la vida de

las naciones.

Esta doctrina, que la primera vez que se presentó obtuvo de su autor

un pomposo título de la _scienza nuova_, puede apoyarse con un

poco de maña y de sagacidad en la historia de todos los pueblos, desde

Grecia y Roma hasta los tiempos modernos; y uno y otro la invocábamos

en nuestro apoyo, luchando, a brazo partido, en la polémica y

disputándonos, palmo a palmo el terreno en cada hecho de aquellos que,

sin poner en duda su autenticidad histórica, traducíamos de diverso

modo.

Mi argumentación iba por otro camino. La humanidad, decía yo, que es

el conjunto de las sociedades, tiene en la historia su alto, en las

épocas su ancho, y su organización íntima en la vida de cada pueblo.

Aseméjase el mundo moral al mundo físico. La historia de la tierra

se encuentra en las capas geológicas que revelan el mundo monstruoso

que ha precedido al nuestro; si se la toma desde los polos hacia el

Ecuador, mostrará las graduaciones de temperatura y de vegetación

que diversifican su especie; y si la consideramos desde los valles,

remontando hacia la cumbre de las montañas, nos ofrecerá el mismo

fenómeno de graduación de climas y de producciones.

La historia es, pues, la geología moral. Veamos si sus capas diversas

han experimentado mejora y progreso. Supongamos un día antiguo en que

la tierra se nos presenta poblada. ¿Qué es lo que vemos? Casi todo el

globo sumido en la barbarie; imperios poderosos cuyas facciones, si no

es la conquista y la violencia, no alcanzamos a discernir bien. Al fin,

la Grecia, una mínima porción de la tierra, brilla por la libertad, la

democracia, las bellas artes y la ciencia. No entremos en detalles.

Roma se asimila a la Grecia, destruye a Cartago y somete al mundo. Pero

Roma desenvuelve la noción del derecho y extiende su práctica por toda

la tierra culta, que es, sin embargo, una pequeña fracción del globo.

Como los romanos a los griegos y al Egipto, los bárbaros de todos

los extremos del imperio romano se los absorben a ellos; esto es, se

asimilan a él, se agregan a la masa civilizada. La edad media es la

obra de fusión. A fines del siglo XV la Europa entera está en posesión

de las conquistas hechas por el pensamiento humano durante cuatro o

seis mil años. Con el renacimiento concurren Lutero, Galileo, Colón,

Bacón y otros. La América se agrega a la masa de pueblos civilizados,

y en esta parte se pone en práctica la noción del derecho que está

en todos los espíritus y cuyo desarrollo embarazan aún en Europa las

escorias que ha dejado la edad media. Lleguemos de un golpe al siglo

XIX, y abramos el mapamundi. ¿Dónde están los bárbaros? Guarecidos en

las islas, trabajados por la Rusia en las estepas de la alta Asia o

sepultados en el interior inaccesible del Africa. La parte civilizada

y en posesión más o menos de la libertad, o en vía de completarla, es

la mayoría de la humanidad, mayoría numérica, mayoría moral, de fuerza,

de inteligencia y de goces. Tiene hoy en su poder la parte más rica,

más templada, más productiva del globo; tiene el cañón, el vapor y

la imprenta para someter el resto salvaje del mundo, asimilárselo o

aniquilarlo. En vista de este espectáculo, ¿cómo se quiere someter a

un ciclo el movimiento social de las naciones, comparándolas con los

ejemplos truncos, aislados, que nos han dejado las naciones antiguas?

Si hubiera un ciclo tal, es preciso convenir en que, así como se

ha agrandado inmensamente la esfera de las naciones que tienen que

recorrerlo a un tiempo, así deben ser largas las épocas en que se han

de suceder las diversas fases; y yo me río de la general tiranía que ha

de pesar sobre el mundo desde la India y los confines de la Rusia hasta

los Montes Rocallosos en América dentro de mil millares de años.

Ahora miremos a los pueblos por su espesor o su organización íntima,

aunque no sea posible considerarlos sin relación a las épocas

históricas. Pero supongamos un pueblo de Italia que se perpetúa en

un punto del territorio desde las épocas históricas; la población

de Fiézzole, por ejemplo, que es florentina, toscana, y ha sido

romana, etrusca, pelasga, autóctona e indígena, si no ha tenido

otros nombres intermediarios. ¿Cómo eran estos pueblos y cómo son?

¿Qué transformaciones han experimentado? Primero antropófagos; en

seguida haciendo sacrificios humanos en los templos, más tarde

haciendo esclavos a los prisioneros en la guerra, y ejerciendo la

guerra de pillaje y de devastación como industria y ocupación. Los

conquistadores se distribuyen el suelo conquistado y los hombres; nacen

las aristocracias y el pueblo siervo, la chusma ignorante y sujeta a la

tortura en los tribunales de justicia, a la miseria y la degradación.

El cristianismo encontró al mundo organizado así. Pongámonos ahora a

contemplarlo desde el siglo XIX, y desde los Estados Unidos, desde el

seno de esta comarca que usted maldice como el prototipo del desorden

moral y político. No hay guerra, no hay señores ni aristocracia;

no hay pueblo en el sentido romano; hay la nación, con igualdad de

derechos, con industria personal para vivir, con máquinas auxiliares

del trabajo, ferrocarriles, telégrafos, prensas, escuelas primarias,

colegios, asilos, hospitales, penitenciarías, etc., etc. Observe la

organización íntima de esta parte de la humanidad, de esta Atica

moderna que ocupa, sin embargo, medio continente; y cuán atrás

supongamos al resto de las naciones, no se necesita mayor esfuerzo

de ánimo para suponer que han de llegar a ese grado de habilitación

de todos los individuos de la sociedad, porque todas están labradas

por las mismas ideas y las mismas instituciones. Desde que haya una

escuela en una villa, una prensa en una ciudad, un buque en el mar

y un hospicio para enfermos, la democracia y la igualdad comenzarán

a existir. El resultado de todo esto es que la masa en elaboración

es inmensa, que no hay naciones o pueblos propiamente dichos y que

la libertad individual está en cada punto del globo apoyada por

la humanidad civilizada entera; y cuando hubiese un pueblo que se

inclinase a entrar en el ciclo fatal del despotismo que se les asigna,

el espectáculo, la influencia de cien otros que entran en el período

de libertad lo retendrían en la fatal pendiente. El primer período del

ciclo fué la antropofagia. ¿Qué pueblo ha vuelto a recorrerlo una vez

salido de él? El último es la democracia. ¿Qué pueblo ha sido demócrata

en el sentido moderno y con los medios organizados hoy de hacerlo

efectivo la prensa y la industria y un mundo civilizado en el exterior

que le sirva de atmósfera favorable y que haya salido de ese terreno

para fundar monarquías aristocráticas? ¿Las repúblicas italianas?

Sobre este tópico nos batíamos sin cesar Mr. Johnson y yo. A veces me

decía: “Nada fueran las masas americanas, si no viniesen todos los años

trescientos mil salvajes de Europa que echan a perder la fusión y

hacen de la mejora de la opinión una cántara de las Danaides”.

--¡Ah, si tuvieran ustedes, como nosotros en Sud América, que luchar

con una masa en la cual el europeo, tan atrasado como lo encuentran

ustedes, es un elemento precioso y escaso de civilización y de

libertad!...

[7] Ahora es empleado de una oficina, y está, a lo que Astaburuaga me

escribe, en todo su apogeo, pues domina el partido whig.--El autor.

EL ARTE AMERICANO

A quince millas de distancia de Wáshington está Mount-Vernon, la

morada y la tumba de aquel grande hombre que la humanidad entera ha

aceptado como un santo, grande por la virtud y el más grande de los

hombres por haber puesto la piedra angular al edificio de la nación

única del mundo que ve claro su porvenir y cuyo porvenir es el bello

ideal de la grandeza de las naciones modernas. Tomo una descripción

que encuentro a mano del santuario yankee, de aquella Santa Caaba, de

plácido recuerdo: “Después de haber cabalgado un corto espacio por

medio de bosques, que de vez en cuando se abren en oasis de culturas

aisladas, mi amigo me señaló una piedra hundida en el terreno al lado

del camino, que, según me dijo, marcaba el principio de la quinta de

Mount-Vernon. Todavía marchamos dos millas antes de ver la puerta y la

morada del portero. Después de haber entrado, recorrimos una distancia

de cerca de media milla; y el camino de carruajes seguía atravesando un

terreno muy variado y sombreado por árboles grandes en toda la lozanía

de los bosques. Cruzamos un torrente, pasamos un arroyo, sintiéndonos

tan en medio de la naturaleza primitiva que la vista de la casa y el

huerto que la rodea casi hizo sobre mi ánimo el efecto de un encuentro

inesperado. La aproximación a la casa se hace por el frente del oeste.

La puerta del gran patio da a una extensa habitación en la cual

entramos. No fué el hábito, sino un sentimiento más y más profundo, el

que me hizo quitar el sombrero de la cabeza y marchar con precaución

como si pisara una tierra sagrada... Las piezas de la casa son

espaciosas y campea cierta elegancia en su acomodo; pero el conjunto

es notable por su extrema simplicidad. Todo cuanto la mirada abraza

parece respirar la santidad de aquellas reliquias públicas, y todas las

cosas se conservan casi en el mismo estado en que Wáshington las dejó.

Todo americano, y principalmente, los jóvenes que visitan este lugar,

experimentan una fuerte impresión que durará toda su vida... A cierta

distancia de la casa, en un lugar retirado, está la tumba nueva de la

familia, compuesta de una simple estructura de ladrillo con una puerta

de hierro, por entre cuyas rejas se divisan dos sarcófagos de mármol

blanco, el uno al costado del otro, los cuales contienen los restos de

Wáshington y de su mujer. La antigua tumba de familia en que estaba

colocado al principio, estuvo en una situación más pintoresca, sobre

una colina dominando el panorama de Potomack; pero la presente está más

retirada, lo que fué una razón para determinar los deseos del hombre

modesto”.

¡Cuánto arte no se descubre en la colocación de esta tumba, cuánta

grandeza en su obscuridad, y cuán americano y nacional es aquel

acompañamiento de bosques primitivos, torrentes agrestes y arroyuelos

en el estado de naturaleza! Esta es la artística morada de Wáshington,

el plantador norteamericano, el genio de la democracia apenas

posesionada de la naturaleza inculta. Adriano estaba bien en la que hoy

es el castillo San Angelo; Rafael en la Rotonda de Agripa, que él puso

sobre pilares en San Pedro; Napoleón bajo la cúpula de los Inválidos;

pero los manes de Wáshington habrían vagado largo tiempo en rededor

de su sepulcro si le hubiese faltado la perspectiva y la sombra de

los árboles seculares de los bosques, rodeando el asilo doméstico y

combinando la naturaleza inculta con el fruto del trabajo personal del

norteamericano.

Y, sin embargo, Wáshington, el héroe de la independencia

norteamericana, el fundador del pueblo trabajador y positivo, estaba

destinado, también, a inspirar el sentimiento de las bellas artes a

los hijos de los puritanos, y volver a esta familia, descarriada por

preocupaciones religiosas, el camino en que la humanidad ha marchado

siempre, desde el fetiche informe que adora en su infancia, hasta las

Pirámides de Egipto, el Coliseo romano, el Partenón, o el moderno

San Pedro. Las ruinas de Palenque, las esculturas encontradas por

Stephen en Centro América, como las estatuas de Miguel Angel o las

pinturas de Rafael, son todas páginas de un mismo libro, que señalan

el día en que cada nación tuvo conciencia de sí misma y perpetuando

la memoria de lo pasado o endureciendo en piedra o en bronce una

idea, empezó a mirarse viva en las edades futuras, legando a las

venideras generaciones monumentos, estatuas y obras públicas que

demandan siglos de elaboración. A veces me ocurre la idea de que

tanto hicieron los egipcios trabajar a los hebreos cautivos en la

construcción de pirámides y otros monumentos, que cuando aquella chusma

se sublevó y tomó el desierto, juró no permitir que en la tierra de

promisión que iban buscando, se levantasen monumentos ni se erigiesen

estatuas, acordándose, sin duda, de los palos que les habían dado

los sobrestantes egipcios. ¿Cómo explicarse de otro modo el horror

a los templos y a las imágenes que muestra Moisés, el discípulo de

los sacerdotes egipcios? El arte es la realización del hombre, es

el hombre mismo, puesto que, no siendo, al parecer, necesario a su

existencia, como lo muestran los demás animales, es, sin embargo, la

preocupación más constante desde la vida salvaje hasta el pináculo de

la civilización. Tengo para mí que Roma ha muerto sofocada por los

monumentos, que éste es el fin de las grandes ciudades de la historia

y que París ha de acabar por fin por cuajar su suelo de monumentos

públicos, de manera que al final de los siglos la población se acoja

a las catacumbas, que minan el suelo, por no haber espacio para ella

sobre la superficie de la tierra. Cuando se dice que los primeros

cristianos se ocultaban en las catacumbas de Roma, huyendo de la

persecución, me parece que se toma un hecho por otro. La exploración de

aquellas inmensas cavernas y perforaciones muestra hoy al arqueólogo

los restos de tres siglos de arte cristiano primitivo, lo que prueba

que durante tres siglos y hasta la destrucción de la ciudad monumental

por Atila, la plebe romana vivió alojada en las catacumbas, donde

tenía sus templos, plazas subterráneas, mercados y cementerios. Es

ridículo pensar que en una ciudad vivan escondidos durante tres siglos

cientos de miles de habitantes, que a cada momento necesitan ponerse en

contacto con el exterior, para proveer a sus necesidades.

Mahoma y los protestantes no deben citarse en materia de bellas artes

como una nueva aberración de la naturaleza humana, puesto que la obra

de estas dos reacciones en contra no son más que recrudescencias de la

ojeriza de Moisés contra las pirámides, a causa del mal trato dado a

los hebreos; gato escaldado, en materia de asentar piedras.

Estados Unidos · 第 13 / 16 段