la ciudad por un camino de hierro para las personas y por un canal
para las materias primas, está Lowell, el Birmingham de la industria
norteamericana. Aquí como en todas las cosas, brilla la soberana
inteligencia de este pueblo. ¿Cómo luchar con la fabricación inglesa,
producto de ingentes capitales empleados en las fábricas, y de salarios
ínfimos pagados a un pueblo miserable y andrajoso? Dícese que las
fábricas aumentan el capital, en razón de la miseria popular que
producen. Lowell es un desmentido a esta teoría. Ningunas ventajas o
escasísimas llevan a los ingleses en el costo de la materia prima;
pues, tanto vale llevar a Londres o a Boston por mar las balas de
algodón de la Florida; pero las diferencias de salarios son enormes, y
sin embargo, los tejidos de Lowell sostienen la concurrencia con los
ingleses en precio, y les aventajan de ordinario en calidad. ¿Cómo han
hecho este prodigio? Apurando todos los medios inteligentes de que el
país es tan rico. El obrero, el maquinista son hombres educados; su
trabajo, por tanto, es perfecto, sus medios ingeniosos; y pudiendo
calcular el tiempo y el producto, producen mayor cantidad de obra y más
perfecta.
Las hilanderas y trabajadoras son niñas educadas, sensibles a los
estímulos del deber y de la emulación. Vienen de ochenta leguas a la
redonda a buscar por sí medios de reunir un pequeño peculio; hijas de
labradores, más o menos acomodados, sus costumbres decorosas las ponen
a cubierto de la disolución. Buscan plata para establecerse, y en los
hombres que las rodean no ven sino un candidato a marido. Visten con
decencia, llevan media de seda los domingos, sombrilla y manteleta en
la calle; ahorran ciento cincuenta o doscientos pesos en algunos años y
se vuelven al seno de su familia, en aptitud de sufragar los gastos de
establecimiento de una nueva familia. Para obtener estos resultados hay
en Lowell hoteles cómodos y espaciosos que dan de comer y alojamientos
económicos a los obreros, disponiendo de bibliotecas, diarios y aun
pianos para las niñas que saben su poco de música. De todo el mal que
de los Estados Unidos han dicho los europeos, de todas las ventajas
de que los americanos se jactan y aquéllos les disputan o afean con
defectos que las contrabalancean, Lowell ha escapado a toda crítica y
ha quedado como un modelo y un ejemplo de lo que en la industria puede
dar el capital combinado con la elevación moral del obrero. Salarios
respectivamente subidos producen allí mejor obra y al mismo precio que
las fábricas de Londres, que asesinan a las generaciones.
Estos tejidos de Lowell, como los de Pittsburg y de doscientas fábricas
que se levantan en diversos puntos del territorio de la Unión, entran
por poco todavía en la masa de productos fabriles que inundan los
mercados del mundo. Se consumen la mayor parte en el interior del país,
y aun en esto los Estados Unidos presentan uno de esos resultados que
muestran en cifras luminosas cuánto es el bienestar de que goza la masa
de la población. Datos estadísticos de Francia muestran que aquella
nación sólo consume al año un metro de tejidos de algodón por persona,
y la Irlanda una y media yardas, mientras que los Estados Unidos
consumen veintiuna y media yardas por persona, lo que hace suponer que
no hay ganapán que no tenga sábanas y varias mudas de camisas. De este
dato los publicistas norteamericanos sacan una conclusión que no deja
de tener su valor. En lugar--dicen--de buscar mercados en el exterior
para nuestras fábricas, traigamos población para nuestros bosques. Si
nosotros hubiéramos de proveer de tejidos de algodón a la Irlanda,
que tiene cuatro millones de habitantes, habríamos suplido a sus
necesidades con seis millones de yardas de tejidos; mientras que para
consumir esos mismos seis millones, son bastantes 285.714 inmigrantes,
que es poco más o menos la cifra de la inmigración anual. Veinte años
de inmigración nos darán colocación para ciento veinte millones de
yardas de tejidos de algodón.
El consumo de los otros artículos manufacturados está en igual
proporción con los tejidos de algodón. El año 1842 se introdujeron
en los Estados once millones de pesos en tejidos de lana, veinte y
un millones en 1836, bien que en 1840 y 1842 anduvo de ocho a nueve
millones. En 1839 consumieron veinte y un millón de pesos en tejidos
de seda, quince millones en 1841, y nueve en 1842. Nueve millones de
tejidos de hilo en 1836, cerca de siete millones en 1841, habiendo
bajado a tres y medio en 1842. A este enorme consumo de productos
europeos corresponden cifras no menos abultadas de producciones
nacionales. Calculábase para el año 1843 como producto anual de la
agricultura, 65.387.597 dólares; de manufacturas, 239.836.224 dólares,
y del comercio, 79.721.086.
Hasta el año de 1825 no se había estampado en los Estados Unidos una
sola yarda de calicó (quimon). En 1836 se importaron de Inglaterra
ciento cincuenta millones de yardas, lo que según el censo de 1840 que
dió diez y siete millones de habitantes, toca a cada mujer (el tercio
del número tal) dos vestidos de a diez varas. En 1842 los estampados
norteamericanos subieron a la enorme suma de ciento cincuenta y ocho
millones de yardas, habiendo descendido la importación inglesa a sólo
quince millones. Las manufacturas de los Estados de Nueva Inglaterra
proveían en 1845 de mercado a un tercio del algodón que cosechan los
Estados del Sur, y los obreros consumían más harina y granos que la
cantidad exportada por el puerto de Nueva York.
Mr. Mann me favoreció con muchas cartas de introducción para sabios,
pedagogistas y hombres notables. Su nombre solo, era ya por todas
partes un pasaporte para mí. Tuve una larga conferencia con uno de
los ministros de Estado, quien me proveyó de una orden para que se
me entregasen varias colecciones de libros y documentos públicos que
me ponían al corriente del estado de la educación en Massachusetts y
después de ver cuanto digno encerraba la ciudad de ser visto, púseme
en camino para Nueva York, por una serie de ferrocarriles y vapores
combinados, que me pusieron no sé cómo, de día y de noche marchando, en
el desembarcadero de Nueva York.
[6] Esto ocurría en 1848; la renta había ascendido a 800.000
pesos.--_El A._
BALTIMORE, FILADELFIA
Lleno aún de las emociones de este viaje, el más _impresivo_ que
puede hacerse en quince días, viendo aún en mi imaginación la cascada
de Niágara, asistí a una representación del genial Tom Puce, el enano
de 25 pulgadas de alto.
Don Santiago Arcos me aguardaba con impaciencia para que emprendiéramos
el viaje de regreso a Chile. Cada vez que me hablaba de este asunto,
poníale yo la cara de un ministro del despacho, cuando no sabe si se
acordará o no lo que de él se solicita. Abríamos el mapa, trazábase
la ruta, y ya estábamos punto menos que en marcha, sin que yo diese
síntomas de convenir en nada. Hubimos al fin de explicarnos. Yo tenía
en caja veintidós guineas y como treinta papeles de a un peso, ni un
medio más, ni un medio menos. Al fin cogí a dos manos mi resolución
y expuse mi situación financiera con toda la dignidad de quien no
pide ni acepta auxilio, intimando mi ultimátum de separarme desde la
Habana, para seguir mi camino por Caracas. Arcos me había escuchado
con interés y aun le tentaba la perspectiva de atravesar las soledades
tropicales de la América del Sud, correr aventuras ignoradas, pasar
trabajos y no contar sino consigo mismo para sobreponerse a ellos;
pero el lado romanesco y varonil de su carácter no es menos aparente
que la jovialidad y franqueza que lo distingue. Cuando yo me esperaba
ofrecimientos y protestas, salióme con un baile pantomímico y un reir
a desternillarse, que me puso en nuevos gestos de dignidad. ¡Qué
bueno--decía saltando y riendo--pues si yo no tengo sino cuatrocientos
pesos! Hagamos compañía y donde se concluya el capital de ambos,
proveeremos según lo aconseje la gravedad del caso.
Dispusimos, pues, que yo continuaría pronto mi ruta a Wáshington por
Filadelfia y Baltimore, nos daríamos cita en Filadelfia para emprender
la jornada por Harrisburg y Pittsburg, para descender el Ohio y el
Mississipi hasta Nueva Orleáns, distante 22.234 millas del lugar donde
nos hallábamos; y acercándose la hora de la partida del tren de la
mañana para Filadelfia, hice aprisa mi maleta y la entrega de billetes
y guineas para que las cambiara, prestándome en cambio treinta o
cuarenta dólares para gastos de la excursión. Este pequeño incidente
es, sin embargo, el origen del más espantable drama de que he sido
víctima en mis viajes.
Lo fatigaría a Vd. si continuase describiéndole ciudades notables:
pero Filadelfia y Baltimore son tipos de la construcción civil de los
Estados Unidos que, a diferencia de Nueva York, conservan toda su
originalidad. Tienen los americanos el don de reducirlo todo a arte, y
aplicar el sentido común y los cálculos de la conveniencia a todas las
cosas. Conoce Vd. nuestras ciudades sudamericanas cortadas todas por
un mismo padrón, en calles a distancia de ciento cincuenta varas, de
doce de ancho, y cortándose en líneas rectas. Este damero parécenos el
bello ideal de la perfección. Pero propóngase Vd. ir del centro en una
dirección oblicua, o para fijar más los términos, si las calles corren
de Sur a Norte y de Este a Oeste, ¿cuánto espacio se necesita andar
para llegar el extremo Sudeste o Nordeste? Claro está que el doble de
la distancia que hay en línea recta, porque es necesario hacer zig-zag
de calle en calle, por el ángulo de cada cuadra a fin de buscar la
diagonal. La manzana de ciento cincuenta varas da en el centro setenta
y cinco de fondo a cada solar; espacio más que suficiente para tener
viña, hortaliza y arboleda en el interior de la casa; pero acumulándose
la población, este centro de las cuadras es un terreno inútil y que
fuerza a tomar a las habitaciones un frente en proporción, y diseminar
las casas. Después vienen los tubos de hierro para distribuir el agua
potable, los cañones de gas, etc., y se encuentra que los costos
para superficies tan grandes exceden a los posibles de los vecinos.
Los norteamericanos han inventado su plan de ciudades en atención a
todas estas circunstancias. La manzana tiene o puede tener 140 varas
de largo, pero sólo le dan 30 ó 50 de fondo, de manera que dos casas
pueden dar frente a ambas calles, y poblar bien la ciudad.
Como la calle es materia de comodidad pública y de recreo, tiene
de ordinario treinta varas, flanqueada a distancia de cinco o seis
de los edificios, de árboles coposos, que esparcen sombra en todas
direcciones. Las aceras son por tanto calles separadas e independientes
de la central, ancha de veinte varas, que está abandonada a carros,
jinetes, ómnibus y aun a ferrocarriles, que todos tienen espacio para
moverse. Crúzanse éstas en ángulos rectos; altérnanse en anchas y
angostas; intercéptalas de vez en cuando una ancha calle transversal
que conduce a los ángulos extremos de la ciudad; cambia de plan y
dirección todo el sistema de calles; redúcense más aun las manzanas
cerca de los puertos, y por todas partes presentan las calles asonadas
un bosque de árboles, que cierran a cierta distancia la perspectiva,
y por sobre sus copas las cúpulas de los bancos o de los hoteles, las
agujas de los templos y los frontispicios de los edificios del Estado.
Nada hay más holgado, aireado ni silvestre que estas calles de árboles
y de casas, en que el movimiento de los otros es una cosa que no nos
atañe ni interesa.
En Baltimore tomé el ferrocarril de Wáshington, y a poco andar cata
que venía en dirección opuesta y por los mismos rieles otro tren
de vagones. Grande alboroto adentro. ¡Qué sacar de cabezas por las
ventanillas, qué abrir de ojazos, al mirarnos unos a otros, qué agitar
de pañuelos, en fin, en ambos trenes, temerosos de que fuesen a darse
una topada y quedáramos todos hechos tortilla! Era el caso que con las
avenidas, se había desgringolado un puente, y el tren que venía era el
que había salido de Baltimore el día anterior. Tuvimos que echar pie
a tierra, y entre todos los pasajeros, metidos en el fango, levantar
punto menos que en peso la locomotora y el ténder y traerlos a la
culata del tren para que desde allí volviéramos a Baltimore.
No se podía ir a Wáshington, porque en los Estados Unidos, si no
hay camino de hierro, o canal o río, no se cree viable la tierra
de otro modo. Improvisóse en el acto un vapor que debía llevar los
pasajeros por un río hasta cierto punto; de allí tomar un fragmento
de ferrocarril; pasar a pie una distancia, tomar otro ferrocarril y
embarcarse en otro y entrar en Wáshington por la bahía de Chesapeake
y el río Potomack. El vapor de la Bahía era un cascarón de formas
abominables y de mal talante, lleno de camarotes superpuestos en seis o
siete pisos, como las gavetas de un inmenso armario. El _steward_
me señaló el mío en el quinto piso; pasóse el día en mirar el paisaje,
sobrevino la noche, solicitóme el sueño, y como las gallinas que miran
de hito en hito la rama donde han de posarse, anduve a vueltas un
rato, hasta que resolví emprender la jornada de llegar a mi camarote,
subiendo por los otros a guisa de lagartija. Iba ya a medio camino,
cuando empieza abajo un rumor de voces y de risas, que se convertía
por segundos en un _crescendo universal_. Yo seguía tranquilo mi
ascenso, y ya ponía una pierna dentro de mi agujero, cuando alguien me
toma de la otra y me dice qué sé yo qué barbaridades en el tono natal
del yankee. Vuelvo la vista y veo, ¡oh, rabia! que era yo el objeto
de la risa de trescientos gaznápiros. El tal me disputaba el lugar:
habíale colocado un pañuelo en señal de posesión, y hacía rato que me
estaba haciendo _opposition_, sin que yo interrumpiese mi ascenso.
Imagínese usted, amigo, mi situación en aquella postura incongruente,
expuesto a la vergüenza pública, hecho el objeto del ridículo de
aquella turbamulta.
No había más remedio que descolgarse, ocultar la cara entre ambas
manos, atravesar la muchedumbre y tirarse al agua. Yo hice algo mejor.
Bajéme, en efecto, dirigíme rápidamente a una luz que estaba por ahí,
y poniéndome en lugar donde los rayos me iluminasen perfectamente la
cara, con voz llena y estridente, con semblante contenido, pero severo,
dije, dirigiéndome a la multitud que aguardaba alguna nueva peripecia
para reirse más: ¡Señores! Si hay entre vosotros alguno que entienda
español o francés, hágame la gracia de manifestarse, porque necesito
explicarme, dar y pedir inmediatamente una satisfacción. Un profundo
silencio se había hecho en el intertanto. Los que no sabían el francés
en que hablaba, para no dar materia nueva al ridículo con mi mal
inglés, se miraban unos a otros, mientras que allá en el fondo oí quedo
repetir mis palabras traducidas al inglés. La escena había cambiado
completamente; el yankee es bueno de corazón, y todos sintieron
que me había llegado al alma aquella broma, que no tenía malicia
de su parte. Acercáronse algunos, dándome cordiales explicaciones,
vino el _opositor_ al hueco y me dijo en tono blando lo que
sucedía, abandoné yo mi posición de gato acosado, y fuí a dormir en
un espacioso camarote que en cambio me dió el _steward_, que en
pública audiencia había declarado que él me había asignado el camarote
disputado. El día siguiente pasélo tranquilo mirando las costas
de Virginia, llanuras espaciosas, cultivadas en parte, y en parte
cubiertas de sotillos, hasta que remontando el Potomack llegamos a un
barranco con honores de puerto mayor de Wáshington, la capital de los
Estados Unidos.
WASHINGTON
Sobre una eminencia que domina el panorama adyacente se alza el
Capitolio Americano, cuya primera piedra colocó Wáshington en 1793.
Este monumento es la capital de los Estados Unidos, que no reconocen
otra institución madre que el congreso. Reunirse para deliberar
sobre todas las cuestiones que afectan al interés de más de uno, es
el instinto nacional del pueblo norteamericano. La naciente colonia
de Virginia, fundada por una compañía de Londres, a quien el rey
había hecho una gran concesión de tierras, había, después de muchas
vicisitudes, caído bajo el gobierno provisorio de un tal Argall,
hombre violento y rapaz, que para hacerse obedecer de los colonos
proclamó la ley marcial. El trabajo de los colonos era confiscado en
favor del gobernador, y en castigo de ligeras faltas imponía meses
de trabajo forzado en sus haciendas. Las violencias del gobierno, la
trasplantación de la tiranía a América contenían la emigración europea,
mientras que los colonos, desalentados por los sufrimientos morales
de la opresión, empezaban a desmayar en su ruda tarea de descuajar la
tierra. Entonces los colonos elevaron su voz para pedir a la compañía
de Londres desagravio; y acusaron a Argall de defraudar a la compañía
misma, mientras daba rienda suelta a sus pasiones sobre los colonos.
Después de acaloradas luchas sus quejas fueron oídas, Argall depuesto y
desaprobado, y en su lugar enviado Yeardley, un Wáshington que tomó a
su cargo echar los cimientos de la futura organización de los Estados
Unidos.
Así, pues, la arbitrariedad de los gobernantes que cual polilla se
había introducido en América entre los bagajes de los primeros colonos,
fué extirpada antes que lograse fecundar los huevos en la patria
americana; y la ocupación constante de los colonos desde entonces,
en cada punto de las nacientes plantaciones, fué combatir ya las
pretensiones de los gobernadores enviados por la corona; ya negar el
_exequatur_ a las pragmáticas y decretos de los reyes mismos
de Inglaterra cuando invadían sus libertades; ya, en fin, oponerse
a los avances del parlamento inglés, cuya autoridad en materia de
impuesto no reconocieron jamás, por no estar las colonias directa
y debidamente representadas en el parlamento. La revolución de la
independencia fué el último acto del drama principiado en 1618 en
Virginia, y que concluyó en 1774, con la última batalla de la guerra de
la independencia.
¡Esto sucedía en 1618, a principios del siglo XVII, cuando la
Europa, sin exceptuar a la Inglaterra, yacía entregada al desenfreno
de la regia autoridad, y la hoguera y el hacha del verdugo, la
confiscación y el saqueo, eran el castigo, más que del crimen de la
debilidad de las víctimas! Puso Yeardley orden en todas las cosas,
libertando al diminuto plantel de colonos de todas las cargas hasta
entonces impuestas, y que no fuesen estrictamente necesarias para la
conservación y adelanto de la colonia. La autoridad del gobernador
fué limitada por un consejo, que tenía el derecho de revocar aquellas
disposiciones que juzgase injustas o perjudiciales, y los colonos
mismos fueron admitidos a participar en la legislación. En el mes
de junio de 1619, fué convocado en Jamestown el primer congreso
americano, la primera representación popular, compuesta del gobernador
y su consejo, y de los diputados por cada uno de los once miserables
villorrios que componían entonces la colonia de Virginia, para discutir
en él cuanta materia pudiese ofrecer medios de mejora y progreso
para la naciente colonia. La compañía de Londres, y no el rey, debía
ratificar las leyes así sancionadas. Aquella nación con congreso y
consejo de estado componíase tan sólo de seiscientas personas entre
niños, mujeres y hombres, en 1619; y en 1851, en otra parte del
suelo americano, las hay de millones de hombres que no habían tenido
fuerza ni dignidad suficiente para poner límites racionales al poder
inquisitorial y destructor que los domina. Aquella fué, pues, la aurora
de la libertad norteamericana; los colonos llenos de entusiasmo y con
el ánimo abierto a todas las esperanzas “empiezan a edificar casas, y
sembrar trigo”, seguros ya de tener una patria que no había por qué
temer abandonarían jamás.
Las legislaturas entran desde los principios en la organización de
casi todas las colonias, y se reunen congresos entre varias de ellas,
para resistir a las incursiones de los salvajes o mandar expediciones
de milicias combinadas para escarmentarlos. Wáshington en una época
posterior hizo conocer así a los Estados los talentos militares que
más tarde puso al servicio de la libertad de su patria. Cuando aun
el pensamiento de separarse de la Inglaterra no había apuntado en
cabeza alguna, las diversas colonias enviaban diputados a congresos
generales para acordar la marcha que debía seguirse, a fin de resistir
las pretensiones del parlamento inglés, como habían resistido al Largo
Parlamento, y como era la tradición constante de la tierra. Durante la
guerra de la independencia, el congreso emigraba de un punto a otro, y
los soldados amotinados, cobrando sus salarios, era al congreso a quien
dirigían sus quejas y sus amenazas. Todavía después de asegurada la
independencia, el congreso fué asaltado en Annápoles, que le servía de
asiento, y entonces Wáshington, dícese que sin otra idea política que
la necesidad de fijar el lugar de su residencia, indicó a Wáshington
para que reposase aquel tabernáculo de la alianza, como Salomón
construyó un templo en Jerusalén para el arca que contenía los libros
de la ley del pueblo hebreo.
En los Estados Unidos no hay capital propiamente dicha, o, más bien,
según la acepción latina que damos nosotros a esta palabra. Descúbrese
esto al contemplar la comparativa soledad de aquel monumento,
arrojado como por acaso en el centro de la villa, que no es centro
de nada, ni del país, ni de la inteligencia, ni de la riqueza, ni
de la cultura, ni de las vías comerciales. Colocada sobre la margen
izquierda del Potomack, a 120 millas más arriba de su desembocadura
en la bahía Chesapeake, ni el nombre de puerto merece el desierto
embarcadero donde atracan algunos buques. El distrito de Columbia es
la provincia de sesenta millas cuadradas que le queda, de las cien que
originariamente le concedieron los vecinos Estados de Maryland y de
Virginia. Esta última retiró el año pasado cuarenta millas que estaban
al lado opuesto del río y que la capital germen no puede fecundar; y
treinta y cinco mil habitantes es toda la población del Estado, de la
cual hay reunida en la capital más de veinticinco mil. Como se sabe, el
congreso es el soberano de este territorio.
La ciudad está rodeada de una serie de colinas de aspecto alegre,
cubiertas de verdura, y en algunos de sus declives cultivadas. El
terreno mismo de la ciudad es elevado, ocupando el centro el capitolio,
desde donde parten calles con dirección a los cuatro puntos cardinales,
dividiendo la ciudad en manzanas cuadradas como nuestras poblaciones.
Las calles llevan el nombre de los diversos Estados de la Unión, y
las principales de entre ellas, tienen cuarenta y cinco a cincuenta
varas de ancho. La mayor parte de ellas apenas están trazadas, pero la
de Pensilvania, que conduce del capitolio a la casa del presidente,
tiene aceras de nueve varas de ancho enlozadas y con líneas de árboles
de ambos costados. En torno del capitolio se extiende un jardín de
veintidós acres de terreno, adornado de gran variedad de árboles, y
animado por el bullicio de fuentes cristalinas, de modo que aquel
lugar, es también, a más de los altos fines de su existencia, un paseo
que atrae a los habitantes y transeuntes por la belleza de la situación.