humano, se presenta a luchar con toda comparación posible. Aquí la
escena se dilata hasta donde la vista alcanza, sin encontrar, sin
embargo, objeto que introduzca la monotonía. El pasaje por entre las
mil islas es un sueño de hadas. Era el otoño, y los árboles de la
flora americana estaban ya matizados de colores de ópalo, amarillo y
púrpura, que tanto codician los pintores para las escenas rústicas. Hay
la encina norteamericana y otros árboles que se tiñen de rojo puro, y
tan subido que desde leguas atraen la mirada por su extrañeza. De este
ropaje estaban vestidas las islas, grandes algunas como para contener
una aldea, y tan pequeñas otras que parecían una canastilla de flores
flotando sobre las aguas. El San Lorenzo vuelve a hacer rápidos saltos
de distancia en distancia, lo que da a sus aguas cristalinas un blanco
esmaltado y sin espuma, por estar a mucha profundidad las rocas que
quiebran el agua. La corriente del río se presenta, entonces, como un
ancho reguero de plata, accidentado por aquellas cucas islas que traen
al espectador alborotado, cambiando la escena a cada paso, agrupándose
en formas y en cadencias caprichosas, descubriendo nuevos horizontes a
cada paso, hasta no entenderse en el laberinto que forman. Cuando el
vapor va a entrar en los rápidos, el maquinista detiene el motor, la
corriente de aquel canal de molino arrebata el buque, y el piloto con
mano firme lo endilga por entre los escollos y remansos que se forman
en aquella catarata continua. No sé si me han engañado; sesenta millas
hacemos, díjonos el piloto, mirando sin pestañear un pasaje difícil
que teníamos por delante. El tren expreso entre Manchester y Liverpool
hacía también 60 millas. Llégase a Kingston, ciudad del Alto Canadá,
cómpranse manzanas por hacer alguna cosa, y la noche mediante, llégase
a Montreal, la ciudad francesa de esta parte de las colonias británicas.
El hotel Donegana, espacioso como nuestros claustros y arreglado en
todo como los grandes hoteles norteamericanos, acoge al pasajero
derrengado y mal traído, a merced de vagones, _stages_ complementarios
y vapores. El _hong-hong_ no falta para triturarle al infeliz los
nervios, si se obstina en dormir una hora más.
¡Montreal, qué joya para figurar en impresiones de viaje! Dumas ignora
el tesoro que hay allí sepultado a sólo diez u once días de vapor
de Francia. Es la ciudad más adelantada del mundo en cuanto a la
aplicación y generalización de los medios más perfectos de construcción
civil. Las casas son de piedra de cantería o ladrillo. Las techumbres
están cubiertas de un manto de zinc, lo que da a la ciudad un aspecto
reluciente. El pavimento de las calles todas es de palo a pique como el
que se ha ensayado en París en frente de la Opera Cómica, y construído
bajo el mismo principio, y las aceras son de tablones atravesados y
montados sobre barrotes que permiten al agua escurrirse por debajo.
Bajo este respecto Montreal es la ciudad más altamente civilizada
que existe en el globo; pero hay un aspecto moral por donde es una
curiosidad fósil digna de observación.
Sábese que el Alto y Bajo Canadá fué cedido a la Inglaterra por Luis
XIV, al fin de las desastrosas guerras que amargaron el ocaso de
sus días e hicieron pagar caro a la Francia el orgullo de sus reyes
y la arrogancia de sus ejércitos; triste y merecido fin que tienen
esos triunfos con que la fortuna engalana los primeros pasos de la
vida de los tiranos. La vejez trae sus arrugas, la conciencia sus
remordimientos, y el cansancio y la extenuación de los pueblos la
debilidad que da reparación a los ofendidos. Con Napoleón repitióse el
mismo cuento y con nuestro imbécil se reproducirá el mismo hecho, muy a
expensas nuestras.
¡Vuelvo siempre a mis carneros! La población francesa de Montreal
lloró, como Cartago condenada a la destrucción, el día en que se
le anunció que había sido tratada como mercancía, entregada cual
vil rebaño a la odiada Inglaterra. Pero, el llorar y el mesarse los
cabellos en nada cambiaba la situación que la madre patria les hacía,
y hubieron de resignarse a su suerte desamparada. Desde entonces se
rompió el vínculo que los ligaba a la madre patria y no oyeron hablar
más de la Francia. Sus revoluciones posteriores, la república, el
imperio, la restauración y la casi restauración, han pasado sin que el
vulgo sepa de tan grandes sucesos, sino de oídas, aquello más notable;
pero sin sucesión, sin formar ya parte de la historia nacional.
Los libros franceses dejaron de penetrar en la colonia inglesa, y todo
progreso en las ideas, toda novedad literaria o filosófica dejó para
los infelices de ser continuación y consecuencia de aquel movimiento de
ideas que comenzó en el reinado de Luis XIV y continuó con Rousseau,
Voltaire y el siglo XVIII. Para los franceses de Montreal, pues, la
Francia, la única Francia posible, es la Francia del gran rey con
su corte de Versalles, su etiqueta y su lujo asiático; los únicos
poetas, Corneille y Racine; las únicas glorias militares, las del gran
Condé, Catinant, Villars y Turena. El canadiense es ceremonioso como
un cortesano antiguo, y tan quisquilloso en punto a hidalguía, que
la genealogía de las familias es allí espejo que no ha de empañar ni
por el contacto mácula alguna. Viviendo bajo la dominación inglesa de
un siglo a esta parte, las madres no enseñan a sus hijas el inglés,
para ponerlas en la imposibilidad de oír a los odiosos opresores de
su raza; cuando en las calles se pregunta a los paseantes algo en
inglés, puede desfilar toda la población por delante, sin que haya
una persona de origen francés que se dé por entendida de lo que se
le pregunta. Hablad en francés y entonces las miradas se vuelven de
todas partes, los semblantes sonríen y la buena voluntad y el deseo
_d’être agréable_ vese pintado en la blanda ondulación de cada
músculo. “¡Ah! ¡señor, me decía un joven, con voz conmovida, viene
usted de Francia; qué feliz es Vd.! ¡Oh, la Francia, nuestra patria!
¡Si supiera ella lo que ha hecho, entregándonos a los ingleses! Ya se
ha arrepentido, ¿no es así? Porque ni aun en sus reproches querrían
ofender a este tipo de la nacionalidad de su raza.
La religión se ha hecho un arma de oposición a los dominadores, y el
catolicismo una trinchera adonde se ha acogido toda la vida de este
pueblo desmembrado. El catolicismo cuan estable es en sus dogmas, ha
marchado, sin embargo, con los siglos, y afectando nuevas formas, para
adaptarse a las nuevas instituciones. Si queréis volver una página
de un siglo de su historia y verlo tal cual era, después de salido de
la Edad Media, id a Montreal y lo encontraréis en todo su primitivo
candor, lleno de savia y de fuerza y concentrando en sí, como en España
en tiempos de la reina Isabel, el patriotismo, el poder, y la fuente
del heroísmo. Hacia la base del monte que da nominación a la ciudad, se
levanta una hermosa casilla de ladrillo rodeada de árboles y colocada
en una pequeña elevación del terreno que la hace más pintoresca. Esta
casa, que me había llamado la atención, tiene tapiadas las puertas
y está abandonada. Preguntando a un canadiense el motivo de lo que
veía, “¡Que no sabe! me dijo, la casa del Judío. Y bien.--Del alma en
pena, _le revenant_. Un judío (si esta apelación no es, como lo
sospecho, todavía una muestra del viejo catolicismo) un judío era
el dueño de esa casa. Una noche, tarde de la noche, oyóse un tiro.
Al día siguiente los vecinos lo encontraron muerto, suicidado. Sus
compatriotas quisieron ocupar la casa; pero el alma del condenado
volvía a su habitación todas las noches, revolvía papeles, oíanse
gemidos y ruidos de cadenas. En vano han querido después habitar la
casa; esto hace ya veinte años, algunos vecinos pobres han intentado
ocuparla. El alma del condenado vuelve; las luces se apagan solas, y
comienzan los gemidos y el ruido de cadenas. La autoridad ha mandado
al fin amurallar las puertas, por miedo que la casa se convierta en
guarida de ladrones”.
Yo escuchaba maravillado este cuento, que me traía a la memoria escenas
de mi infancia, oyendo horripilado historias de ánimas y aparecidos,
y miraba a mi hombre de hito en hito para ver si creía realmente lo
que me estaba contando, y si no concluía como algunos clérigos en
Roma que le enseñan a uno la mesa con tres patas en que almorzaba
Jesucristo con San Pedro y San Juan, y que concluyen por reírse de la
conseja cuando uno les pone cierta cara. Esta vez, empero, había en
la voz y en lo profundo de los ojos del narrador tal convicción, que
mostrar duda siquiera habría sido desmoralizarlo, porque la sencillez
de su espíritu, la sanción dada por todos, aun por la autoridad, a
esta tradición, no le habrían dejado sospechar que hubiera ningún ser
racional que dudase de la posibilidad de tales sucesos.
Sobrevino el domingo y me dirigí a la catedral para visitarla. Jamás
había podido imaginarme espectáculo más imponente. Habíame enfriado
Roma con su Semana Santa y sus ceremonias. San Pedro es en esos días,
como siempre, un suntuoso desierto. Los romanos preguntan: ¿Ha estado
Vd. en San Pedro? ¿Ha visto al Papa?--Ellos no van nunca a la gran
basílica y pocas veces a las demás iglesias. Si en Roma sucede eso,
imagínese lo que sucederá en Francia, España y el resto de la Italia.
No recuerdo dónde he encontrado en diversas iglesias tres sacerdotes
que decían misa sin un solo oyente o alguna vieja mendiga por todo
acompañamiento.
En la gótica catedral de Montreal había ese domingo de quince a
veinte mil almas oyendo la misa mayor. La población católica no se
desobliga del precepto, sino oyendo la misa episcopal, pontificada con
una pompa sencilla, servida por setenta y dos acólitos, monacillos y
oficiantes que pude contar por los bonetes en forma de conos truncados
y altos de una tercia que llevaban los oficiantes. No ofreciendo
suficiente espacio el pavimento de la catedral para tanto concurso,
se han adaptado a las naves exteriores dos anchas galerías salientes
que hacen dos corridas de palcos por ambos lados de la iglesia; y
las cuatro y el piso estaban llenos. Predicaba a la sazón el cura la
plática doctrinal; un profundo silencio reinaba en aquella inmensa
congregación, y una señora que me veía de pie, con los ojos y con la
mano me invitaba cortésmente a tomar asiento a su lado, en las lunetas
de madera que cubren toda la superficie del vasto edificio, más ancho
que la catedral de Santiago. Esto que veía entonces, sucedía siempre y
las acomodaciones de la iglesia me lo decían demasiado.
Al día siguiente encontré en las calles larga procesión de niños en dos
filas y precedido por una cruz con paño llevada por un clérigo, que
se dirigían a la iglesia cantando en coro las alabanzas, seguidos del
cura y sotacuras, a oír la misa diaria, antes de entrar a las clases.
El cura, como fué práctica en los antiguos tiempos, es el maestro
de escuela de la parroquia, y los sotacuras son sus ayudantes si es
numerosa. Adoctrínalos con amor en todas las creencias; fortifícalos
contra toda innovación peligrosa y contra toda tibieza que pueda dar
entrada en sus almas al odiado protestantismo de sus amos. Así el
catolicismo se ha endurecido y reconcentrado para hacer frente a la
destitución de la raza y del idioma, y se apega a las añejas prácticas
y aun a las supersticiones más frívolas por no dar su brazo a torcer.
Todo esto es santo, bello, tierno, patriótico y ortodoxo, sin duda.
Pero, ¡ah, que está de Dios que no ha de haber cosa cumplida en este
mundo! Los católicos de Montreal poseen y cultivan una ignorancia
desesperante. Alejados de la administración, porque temen contaminarse
si aceptan empleos, viven ajenos de todo movimiento de la vida
pública. Al lado de los yankees, gobernados por la Inglaterra, no
poseen ninguna industria, cultivan mal la tierra, y la pobreza, la
obscuridad, la nulidad y la miseria los viene cercenando y estrechando
de todas partes. Hoy vende una familia patricia su casa que compra un
comerciante inglés, y mañana sus hijos están en la indigencia, y como
no tienen ni instrucción ni habilidad manual, concluyen sus nietos por
ser mozos de cordel o domésticos. Calcúlase que en un siglo más habrá
desaparecido este pueblo, incapaz de vivir en la sociedad actual y
obstinado por patriotismo en perpetuar un modo de ser que lo aniquila
lentamente.
Los ingleses, en tanto, se desenvuelven por el comercio, por el
ejercicio del poder, por la inmigración y por la vida británica, tan
llena de expansión y actividad. Agitan los ingleses la separación de la
metrópoli y maldicen el día que vencieron a Montgomery, que les traía
la independencia.
Montreal es un emporio de las peleterías del Norte, y los almacenes
están llenos de la variedad infinita de producciones que forman este
ramo. Después de haber visto aquella ciudad encantadora y que bajo las
formas más modernas encierra la población más vieja, hube de dirigirme
a Quebec, donde quería examinar una caserna que el gobierno inglés
había establecido para recepción de inmigrantes irlandeses. Dáseles
allí ración y ocupación diaria hasta que se les destina a los terrenos
que se han señalado para las nuevas plantaciones. A veces creo que no
debemos pensar en cosas nuevas, sino buscar dónde está ya realizada
la idea que nos embarga. Traía desde Alemania el pensamiento de estas
grandes hospederías, para acoger inmigrantes en nuestros países, y
hablándole de ello a Astaburuaga en Nueva York, indicóme la existencia
de ésta. Al tomar pasaje en San Lázaro abajo, vínome el remordimiento
de aquella prodigalidad de dinero con que iba haciendo mis viajes,
cual si fuera un príncipe ruso. Siete pesos debía costarme de ida y
vuelta la excursión a Quebec, duplicado de Montreal, ciudad menos bella
y pueblo menos virgen que el que había visto. ¡Siete pesos! Tomé un
vapor para atravesar el San Lorenzo con asiento en el ferrocarril de la
Pradera, que lleva a orillas del lago Champlain, camino de Nueva York,
tomando a lo largo el larguísimo lago, viendo aproximarse las costas,
alejarse o cruzarse puntas de tierra entrantes y ensenadas, variándose
el panorama con una movilidad infinita, hasta que llega a Whitehall,
donde se toma pasaje por un canal que conduce a Troya, desde donde el
camino de hierro lleva a Boston, fin de mi excursión por este lado.
Reasumamos la parte económica del viaje. De Búfalo a la cascada, camino
de hierro, 1 peso, 22 millas. De Niágara Falls a Lewiston, camino de
hierro, _stage_, 6 pesos, 31 millas. Lago Ontario a Montreal,
vapor, 10 pesos. De Montreal a la Prairie, vapor y ferrocarril, 1 peso.
De la Prairie, Lago Champlain a Whitehall, 1 peso; diligencia a Troya,
3 pesos; ferrocarril a Greenbush, 3 pesos.
BOSTON
La ciudad puritana, la Menfis de la civilización yankee, tenía 18.000
habitantes en 1790, 33.000 en 1810 y 114.360 en 1845. La ciudad está
fundada sobre una península, cuyo istmo de una milla sirve de principal
comunicación con el continente, si bien muchos puentes echados sobre
la bahía interior establecen nuevas líneas de contacto. Suaves colinas
accidentan el suelo y dan a la perspectiva puntos de vista agradables.
Vive aún la encina a cuya sombra se reunieron los _Peregrinos_
para darse las leyes fundamentales. En Boston se dictó aquella famosa
ley de educación pública general y obligatoria de 1676, que ha
preludiado a la habilitación del género humano. En Boston se reunieron
en _meetings_ los colonos y resolvieron no pagar el derecho del
té, abstenerse del uso de esta infusión y arrojar al mar las cajas de
té del estanco. En Boston se disparó el primer fusilazo en la guerra de
la Independencia. En Boston están las escuelas públicas convertidas en
templos por la magnificencia de su arquitectura, y cada viviente paga
un peso anual por educar a los hijos de sus semejantes, y cada niño
pobre consume al año siete pesos de renta pública para educarse. En
Boston está la sede y el centro del unitarismo religioso, que propende
a reunir en un centro común todas las subdivisiones de secta y elevar
la creencia al rango de filosofía religiosa y moral. De Boston, en
fin, salen esos enjambres de colonizadores que llevan al Far West las
instituciones, la ciencia y la práctica del gobierno, el espíritu
yankee y las artes manuales que presiden a la toma de posesión de la
tierra. Cuatro líneas de vapores lo ligan con la Europa. Un ferrocarril
corre la costa hasta Portland en el Maine; otro hasta Concordia lo
pone en comunicación con el Estado de Nueva Hampshire; otro con Troya
y sus líneas y canales afluentes; tres con Nueva York, completándose
con líneas de navegación por mar o por la sonda de Long Island. Sus
hoteles son el primor de los Estados Unidos y el Fremont Hotel pasa
por superior a todos en elegancia y _comfort_.
Había llegado de noche y entregádome a ese sueño de ganapán que termina
las trasnochadas e incomodidades de un afanoso viaje. A las tres de
la mañana me despiertan golpes redoblados a mi puerta, y una risa
prolongada y burlona que apenas podía contenerse. Acababa de llegar en
la noche; alma nacida podía saber que ya me hallaba en Boston, y sin
embargo, el burlón repetía muriéndose de risa: Abra, Sarmiento, soy
yo.--¿Quién es yo?--Y creía hacerme desesperar.--Yo, Casaffoust.
Una noche en Nápoles tomaba helados en un café con un joven francés.
Como viese entrar a un individuo, dije a mi compañero en francés: Aquel
joven es americano, del mediodía, es de Buenos Aires. ¿Hay, realmente,
un tipo nacional argentino? Rugendas sabe reproducirlo con el lápiz,
y yo esta vez acertaba a conocer por la fisonomía a un compatriota.
Acercóse con reserva, miróme con frecuencia y al fin se aventuró a
decirme: “Creo, señor, haberle oído que soy americano”. En efecto, era
porteño, uno de esos caracteres enérgicos que se abren paso en el mundo
por su propio esfuerzo. Salido joven de su país, se había establecido
en Río de Janeiro, pasado a Valparaíso, Bolivia y Lima, y últimamente
asentádose en la América Central, donde, habiendo engrosado su fortuna,
había empezado a creer que el mundo no estaría satisfecho si él no lo
recorría. Despedímonos en Nápoles y nos encontramos de nuevo en Roma.
Allí tomó él para Trieste y yo debía salir más tarde para Florencia. Al
entrar en un café en Venecia, Casaffoust nos tapó la puerta; acababa
de desembarcar. No debíamos vernos más. El día que llegué a París lo
encontré de manos a boca en el bulevar América. En el hotel donde un
mes después fuí a alojarme en Londres, encontré a Casaffoust, que comía
a la sazón. ¡Era éste un fantasma que me perseguía! Después de cruzar
los brazos uno y otro para contemplarnos con extrañeza, nos echábamos
a reír de esta singularidad. Desde Londres partió al fin para Belice
en el _Istmo_, desde donde debía arribar a Costa Rica. No quiso
dirigirse, como yo se lo aconsejaba, a los Estados Unidos. La noche
que llegaba yo a Boston, partía él del mismo hotel, y mientras pagaba
su cuenta, leía en el libro de pasajeros, abierto ante sus ojos, _D.
F. Sarmiento_, entre los últimos llegados. Suspendió su viaje,
acompañóme dos días, y nos separamos prometiéndonos con las mayores
veras, no volvernos a encontrar más, porque aquella tenacidad me iba ya
dando que pensar. Esta vez lo hemos cumplido: no nos hemos visto más.
El principal objeto de mi viaje era ver a Mr. Horace Mann, el
secretario del _Board_ de Educación, el gran reformador de la educación
primaria, viajero como yo en busca de métodos y sistemas por Europa
y hombre que al fondo inagotable de bondad y de filantropía reunía
en sus actos y sus escritos una rara prudencia y un profundo saber.
Vivía fuera de Boston, y hube de tomar el ferrocarril para dirigirme
a Newton East, pequeña aldea de su residencia. Pasamos largas horas
de conferencias en dos días consecutivos. Contóme sus tribulaciones
y las dificultades con que su grande obra había tenido que luchar,
por las preocupaciones populares sobre educación, y los celos locales
y de secta, y la mezquindad democrática que deslucía las mejores
instituciones. La legislatura misma del Estado había estado a punto de
destruirle su trabajo, destituirlo y disolver la comisión de educación,
cediendo a los móviles más indignos, la envidia y la rutina. Su trabajo
era inmenso y la retribución escasa, enterándola él en su ánimo con los
frutos ya cosechados y el porvenir que abría a su país. Creaba allí, a
su lado, un plantel de maestras de escuela que visité con su señora, y
donde, no sin asombro, vi mujeres que pagaban una pensión para estudiar
matemáticas, química, botánica y anatomía, como ramos complementarios
de su educación. Eran niñas pobres que tomaban dinero anticipado para
costear su educación, debiendo pagarlo cuando se colocasen en las
escuelas como maestras; y como los salarios que se pagan son subidos,
el negocio era seguro y lucrativo para los prestamistas. Gracias a
sus desvelos, el Estado de Massachusetts, de que es Boston la capital,
contenía en 1846, en las trescientas nueve ciudades y villas que lo
forman, 3475 escuelas públicas, con 2589 maestros hombres y 5000
maestras, asistidas por 174.084 niños. Observe Vd. que el número de
maestros de escuelas es mayor en este Estado que el monto total del
ejército permanente de Chile, y el tercio del de todos los Estados
Unidos.
La población del Estado es de 737.700 habitantes, y los niños en estado
de asistir a la escuela, 203.877.
Las rentas destinadas para sostener la educación pública son 650.000
pesos, recolectados por contribución de escuelas[6]. Además de las
escuelas hay en Massachusetts 77 colegios públicos incorporados, con
3700 estudiantes y 1091 colegios y escuelas particulares, con 24.318
discípulos, los cuales pagan 277.690 pesos por la enseñanza que reciben.
Además de estas pasmosas sumas, cada localidad posee fondos cuyos
productos están especialmente destinados a la enseñanza. Estos fondos
producían quince mil pesos de censo, a los que se añadían más de ocho
mil pesos de sobrantes de rentas ordinarias que eran aplicadas por la
administración a este santo objeto.
Para más ilustración de mi asunto, añadiré a Vd. que este Estado sólo
tiene siete mil quinientas millas cuadradas o treinta leguas de ancho
sobre sesenta y tres de largo. En este reducido espacio hay, como
he dicho, más de setecientos mil habitantes, dueños de trescientos
millones de pesos.
Usted ve, mi querido amigo, que estos yankees tienen el derecho de
ser impertinentes. Cien habitantes por milla, cuatrocientos pesos
de capital por persona, una escuela o colegio para cada doscientos
habitantes, cinco pesos de renta anual para cada niño, y además
los colegios; esto para preparar el espíritu. Para la materia o
la producción tiene Boston una red de caminos de hierro, otra de
canales, otra de ríos, y una línea de costas; para el pensamiento
tiene la cátedra del evangelio y cuarenta y cinco diarios, periódicos
y revistas; y para el buen orden de todo, la educación de todos sus
funcionarios, los _meetings_ frecuentes por objeto de utilidad
y conveniencia pública y las sociedades religiosas, filantrópicas y
otras que dan dirección e impulso a todo. ¿Puede concebirse cosa más
bella que la obligación en que está Mr. Mann, secretario del _Board_
de Educación, de viajar una parte del año, convocar a una reunión
educacional a la población de cada aldea y ciudad adonde llega, subir a
la tribuna y predicar un sermón sobre educación primaria, demostrar las
ventajas prácticas que de su difusión resultan, estimular a los pobres,
vencer el egoísmo, allanar dificultades, aconsejar a los maestros y
hacer las indicaciones, proponer las mejoras en las escuelas que su
ciencia, su bondad y su experiencia le sugieren?