Abraza el cementerio un espacio inmenso de terreno en el estado de

naturaleza. Accidentado por ligeras ondulaciones, ofrece una variedad

de aspecto que cambia a medida que se penetra en su solitario recinto.

Bosques seculares sombrean los terrenos bajos y aún las aguas de las

lluvias se depositan en lagunatos y zanjas. Un camino espacioso para

carruajes serpentea sin sujeción a merced de los accidentes del suelo;

las yerbas del campo crecen a sus anchas en matorrales y arbustos, y en

lo alto de las pequeñas colinas descuellan, ya aislados, ya en grupos,

arbolillos graciosos de los que forman la variada flora norteamericana.

Allí, en el seno de la Naturaleza, reposan, en sepulcros desparramados

a discreción por la vasta superficie, las cenizas de los que quisieron

dejar algún rastro sobre la tierra de su efímero pasaje. A la sombra de

una encina secular se abriga una tumba de estilo gótico; una linterna

de Diógenes corona un montículo, y en el fondo de un vallecito, entre

arbolillos vistosos, se muestra un templete griego, depositario de

un sarcófago. ¿No es cierto que este sistema de cementerios a la

rústica, verdadero campo de los muertos, infunde sentimientos de

plácida melancolía, aligerada por la contemplación de la Naturaleza,

volviéndole a ella los restos orgánicos de ella recibidos, para que

disponga sin sujeción y a su arbitrio nuevas combinaciones y nuevas

existencias? Al menos esta impresión me causaba la vista, desde alguna

parte elevada del cementerio, apoyado en un sepulcro, de Nueva York

coronada de humo, y Brooklyn su vecina, la Bahía hermosa con sus grupos

de buques cual bosque de invierno, y los estrechos agitados por la

marea que levantan los poderosos vapores, terminando la perspectiva el

océano, límite natural de cosas terrenas, frontera de lo infinito e

imagen imperfecta de la inmensidad.

El santuario de mi peregrinación era Boston, la reina de las escuelas

de enseñanza primaria, si bien cuando objetos de estudio nos llevan a

un punto, es permitido hacer un rodeo en busca de sitios pintorescos.

Para ir a Boston, pues, porque está al naciente del Hudson, dispuse

mi derrotero por Búfalo que está exactamente al Oeste. La cascada de

Niágara y los célebres lagos estaban de por medio, y no había que

trepidar en más o menos dóllars, no obstante el estado angustiado de

la plaza, que no tenía víveres (hablo de mi bolsa), sino para contados

días. Embarquéme en Nueva York a las siete de la mañana para Albany

(144 millas, un peso) a donde llegué a la tarde, pocos momentos antes

de la partida del tren de Búfalo (325 millas, doce pesos), en todo

469 millas en vapor o camino de hierro, y tres días de marcha, con

descansos de un cuarto de hora de distancia en distancia para comer y

almorzar.

El Hudson es poética, histórica y comercialmente hablando, el centro

de vida de los Estados Unidos. Camino de Boston, de Montreal, de

Quebec, de Búfalo, del Niágara y de los lagos; arteria principal por

donde fluyen los productos del Canadá, Vermont, Massachusetts, Jersey

y el estado de Nueva York; sus aguas están de continuo literalmente

cubiertas de naves, a punto de hacerse obstrucciones de la vía, como

en las calles de las grandes ciudades. Los vapores se cruzan como

exhalaciones meteóricas, y los remolques traen consigo una feria de

buques amarrados a sus costados que levantan con sus quillas una

verdadera marea a su frente. Catorce naves cargadas preceden y siguen

al motor, ocupando una ancha superficie del río. Los vapores de

transporte asumen en los ríos norteamericanos la forma y la elevación

de casas flotantes de dos pisos, con azotea y corredores.

Dan nuevo realce al espectáculo, de suyo grandioso por las formas

colosales de estos hoteles ambulantes, la apariencia culta, esmerada y

aun ceremoniosa de los pasajeros, pues es práctica general de hombres

y de mujeres ponerse vestidos de fiesta para hacer expediciones por

agua o ferrocarriles, si bien la fría reserva del carácter yankee y

su sociedad imprimen a estas grandes reuniones cierta fisonomía uraña

que en Europa sería tachada de aristocrática, siendo considerada en el

lugar de la escena por testigos europeos, como selvática, cuando solo

es en verdad reserva necesaria. Las damas ocupan la parte anterior

de los grandes salones y son el objeto de atenciones oficiales. Dan

todavía más animación a estos vapores la colocación de los prácticos y

timonel a la proa del buque, en lugar alto y aparente, y a veces debajo

de un elegante kiosco, dirigiendo, por cadenas que mueven un torno, el

timón del buque, desde donde pueden descubrir a cada instante su ruta,

cual si fueran realmente la cabeza y el alma inteligente de aquella

máquina. La campana suena a cada momento, anunciando la proximidad de

un lugar del tránsito, para que se preparen a desembarcar los que se

dirigen a él.

Desde lo alto de la azotea del buque, dominando ambas riberas, el

viajero ve desfilar delante de sí, villas risueñas, montículos

coronados por edificios y árboles, y a sus costados centenares de

buques de todas formas y dimensiones que hacen su camino en sentido

opuesto en aquella calle pública, inmensa, resplandeciente y tersa como

un espejo. Así pasan revista, desde la salida de Nueva York, al océano,

la bahía con su movible panorama de buques, y las pintorescas islas,

estrechos y canales. La ciudad de Jersey, en frente del embarcadero,

la roca de Weehawken, que sale exabrupto de entre las aguas y sirve

de base a una _villa_ edificada en su cumbre, pintoresco término

avanzado a la entrada de las _Palizadas_, que son una muralla

perpendicular de rocas acantiladas, que se alzan cuatrocientos y

quinientos pies sobre la superficie de las aguas, y costea el río por

espacio de veinte millas. Este accidente de la naturaleza da al paisaje

una grandiosidad indescriptible, mientras, por el otro lado, la ribera

ostenta villas, ciudades, arboledas, colinas y bosques que mantienen

la animación y despiertan la curiosidad. Alguna ruina también corona

alguna altura, y los nombres de Hamilton y Wáshington son recordados

por algunas piedras subsistentes de fuertes tomados y destruídos

durante la guerra de la independencia. Monumentos vivos son, empero,

Westpoint, la academia militar en cuyo recinto 230 cadetes guardan

permanentemente el fuego sagrado de las tradiciones y la ciencia de

la guerra. El asilo de los huérfanos, el hospital de locos y otros

edificios públicos prestan, desde las alturas, sus formas griegas a

la decoración del río que se las disputa al Rhin en belleza, y que no

tiene rival sino en la China en actividad y movimiento.

Al fin se presenta Albany, la capital política del estado de Nueva

York, porque parece que los congresos yankees huyen del bullicio de

las grandes ciudades. Los edificios públicos corresponden al título

de capital, aún más que a la extensión de la ciudad la importancia de

sus edificios particulares. El camino de hierro recorre desde allí 325

millas al oeste, pasando por Amsterdam, Jonda, Utica, Roma, Verona,

Manlius, Siracusa, Camillus, Séneca, Itaca, Waterloo, Génova, Viena,

Víctor, Byron, Batavia, Alejandro, Attica y otras muchas ciudades

que reunen en una línea los nombres de ciudades, países y hombres de

diversos tiempos y lugares.

Búfalo, término del viaje, está en el extremo este del lago Erie, que

lo es, a su vez, de la navegación del Hurón, el Michigan y el Superior.

La emigración alemana, sobre todo, ataca esta línea de navegación

por Chicago, que está al extremo oeste del Michigan y en contacto

con las cabeceras del Mississipi; y por Búfalo, que sirve de centro

a la navegación del Ohio por el canal de Cleveland y del Hudson por

el canal del Erie. La vista de esta ciudad, estrecha para el número

de habitantes que contiene, me hizo un efecto singular. Una turba de

buques de vapor dejaba escapar de sus chimeneas la gruesa mole de

humo del fuego que aún se está encendiendo. La descarga de pieles de

búfalo, y otras producciones del comercio con los salvajes, contrariaba

el movimiento de la procesión de pasajeros que se dirigen al puerto,

mientras que volviendo la vista a la ciudad, descubríanse sobre lo

alto de los edificios centenares de hombres ocupados afanosamente en

construir edificios nuevos, agrandándose la ciudad de improviso para

satisfacer a las necesidades de una población que cada año aumenta de

veinte mil almas. Búfalo tiene a su alcance, como todos los centros

predestinados de comercio futuro en la Unión, un depósito de carbón en

la península que forma el Michigan y el contiguo Huron.

De Búfalo adelante las obras humanas, ferrocarriles, villas nacientes

y plantaciones nuevas, deslucen las sublimes obras de la naturaleza.

Desde allí al norte principia el pedazo más bello de la tierra. El

río Niágara sale del Erie manso y cristalino, reflejando en sus

ondas rododendrones y encinas entremezcladas, formando a los lejos

lontananzas azuladas de selvas primitivas, bajo cuyas espesuras

pueden aún verse los rastros misteriosos del mocasín del indio

indómito. Abrese en dos al formar la grande isla, y recoge luego sus

aguas para prepararse al sublime juego de aguas que comienza en los

_Rápidos_, y termina en la _Cascada_. El rumor lejano de este

salto portentoso, la neblina que se alza en el cielo de partículas

acuáticas, la excitación que causa la proximidad de sensaciones de

largo tiempo esperadas y presentidas, traen al viajero desasosegado

y acusando de lentitud al tren que lo arrastra. Llégase por fin a

_Niágara-Falls_, villa que alimenta la concurrencia de curiosos,

desde donde el redoble pavoroso de la caída atruena los oídos, el

torbellino de agua se hace más visible, descollando blanquecino sobre

las copas de los árboles; y entre los claros que sus troncos dejan a

medida que uno se acerca, divísase contrastando con la opacidad de la

enramada sombría, algún pedazo de _rápidos_, como un fragmento

de plata bruñida. Son estos rápidos cascadas subacuáticas en que la

enorme masa del Niágara viene despeñándose, sobre un lecho de rocas

escarpadas, que no se presentan a la vista, y que dan al agua un

blanco marmóreo. Mil trágicas aventuras han ocurrido, desde el cazador

indio que distraído un momento por el ardor de la persecución sintióse

llevado de la corriente en su frágil piragua, y después de esfuerzos

sobrehumanos para resistirla, apuró su calabaza de aguardiente, y

de pie con los brazos cruzados se dejó llevar a la catarata, que ni

los cadáveres entrega de sus víctimas, hasta los presidiarios que

apoderados de un vapor, no supieron gobernar y vieron descender la mal

dirigida nave a los rápidos y la catarata, sepultándolos para siempre

el abismo sin fondo que ha excavado la caída. Hablábase del reciente

fin de un niño caído en los rápidos y que ya tenían de la mano en la

isla de la Cabra, que promedia las dos caídas, volvióseles a escapar.

Describir escena tan estupenda sería empeño vano. Lo colosal de las

dimensiones atenúa la impresión de pavor, como la distancia de las

estrellas nos las hace aparecer pequeñas. Cítanse con elogio los versos

que el espectáculo inspiró a una señorita.

Flow on for ever, in thy glorious robe

Of terror and beauty. God hath set

His rainbow on thy forehead; and the cloud

Mantled around thy feet. Awe he doth give

Thy voice of thunder, power to speak to Him

Eternally--bidding the lip of man

Keep silence; and upon thine altar pour

Incense of awe-struck praise[5].

Teníame por pasajero pasablemente erudito en punto a cascadas. Había

visto la de Tivolí, tan bella, tan artística y tan poéticamente

acompañada de recuerdos históricos; la del Rhin, la más grande que

ocurre en Europa, y aquellas cien que alegran el paisaje suizo en los

Alpes. La de Niágara, empero, sale de los términos de toda comparación;

es ella sola en la tierra el más terrífico espectáculo. Sus dimensiones

colosales, la enormidad de las masas de agua, y las líneas rectas que

describe, le quitan, empero, toda belleza, inspirando sólo sensaciones

de terror, admiración y aquel deleite sublime que acusa el espectáculo

de los grandes conflictos. Imaginaos un río cristalino, como el

Bío-Bío, descendiendo de golpe de un plano superior a otro inferior.

Cortado el borde perpendicularmente, el agua describirá un ángulo recto

al cambiar del plano horizontal al vertical, y desde allí, después de

revolverse sobre sí misma en torbellinos plateados, seguirá el nuevo

plano inferior con la misma mansedumbre que antes de caer. La belleza

de la cascada la hacen las puntas de rocas salientes, que fuerzan

el agua a retroceder, lanzarse en el aire, subdividirse en átomos e

impregnarse de luz.

La vista de las otras cascadas me había hecho sonreír de placer; más en

la del Niágara sentía que las piernas me temblaban, y aquella sensación

fiebrosa que indica que la sangre se retira de la cara. Llegándose a

ella por la isla de la Cabra, que la subdivide en dos, el ánimo viene

alegremente preparado por la escena menos tumultuosa que presentan los

rápidos, en que el Niágara desciende cincuenta pies en una milla. El

bosque primitivo que cubre la isla y oculta tras su ramaje la vecina

ciudad, la perspectiva aguas arriba en que el río viene caracoleando,

presenta uno de esos golpes de vista risueños, virginales, tan

comunes en los Estados Unidos. La cascada inglesa tiene la forma de

una herradura y cuatro cuadras de desenvolvimiento, sin accidente ni

interrupción alguna. La cascada del lado americano tiene doscientas

yardas de ancho y esto la hace llamar la chica. En ambas cae el agua

desde 165 pies y el canal excavado en la roca que la recibe, tiene cien

varas de profundidad y ciento treinta de ancho. Al ver escritas estas

cifras averiguadas por mensura, nótase la incompetencia del ojo humano

para abrazar las grandes superficies. San Pedro, en Roma, aparece una

estructura de dimensiones naturales, y la cascada del Niágara se achica

a la simple vista para ponerse al nivel de nuestra pequeñez.

El espesor de la masa de agua es de 21 pies, de manera que no pudiendo

atravesarla la luz, conserva su color verde en el centro de la caída.

Este accidente, que revela a los ojos la magnitud de la escena, aumenta

el pavor que inspira. Vésela desde una linterna o garito construído en

la isla de la Cabra; vésela mejor todavía porque se llega al borde de

ella desde el lado inglés, desde donde el ojo puede perfilar la línea

vertical de la caída y medir el abismo que gruñe como una tormenta

de rayos, o un aguacero de cañonazos a sus pies. Vésela en todo su

esplendor y magnificencia desde a bordo de un vapor que sube todos los

días del lago Ontario, llega cargado de pasajeros hasta cien yardas

de distancia de la caída, detiénese allí con su motor listo para

contrariar la atracción de los remolinos, tirita el casco sobre aquella

agua atormentada, y espumando como si estuviera en delirio, y vuelve

atrás con los pasajeros, satisfechos ya de emociones terríficas. Pero,

la cascada no se siente, no se palpa, sino descendiendo al abismo que

le sirve de base, envolviéndose para ello en capotes de goma elástica

y dejándose conducir de la mano por un guía debajo de la caída misma,

donde se ha practicado un camino en la roca, con pasamanos de fierro,

que garantizan de las caídas ocasionadas por la presencia de centenares

de anguilas mucosas y resbaladizas que se acogen entre las sinuosidades

de la roca. Colocado en el fondo de esta singular galería, aturdido,

anonadado por el ruido, recibiendo sobre su cuerpo la caída de gruesos

chorros de agua, ve delante de sí una muralla de cristal, que creyera

dura y estable si las filtraciones de goteras no causaran la presencia

del líquido elemento. Salido de aquel húmedo infierno, volviendo a ver

de nuevo el sol y el cielo, puede decirse que el corazón ha apurado la

sensación de lo sublime. Una batalla de doscientos mil combatientes no

causará emociones más profundas.

Del lado inglés hay un magnífico hotel y un museo, donde se muestran

búfalos vivos y se venden esponjas de mar y coral petrificados, que se

desprenden del suelo en que está la cascada. Aquello fué fondo de mar

en otro tiempo.

Distínguese esta caída de las otras del mundo en que está situada en

el centro de una llanura, sin que a primera vista se descubra la causa

de su existencia. Descendiendo, empero, hacia Ontario, el fenómeno se

explica fácilmente. El lago Erie está en el centro de una plataforma

espaciosísima sin accidente alguno. Este llano es la superficie

superior de una meseta, cuyo borde está cerca del Ontario, el cual está

situado sobre otra meseta inferior. La diferencia de nivel que hay

entre uno y otro lago es de 300 pies; y la caída del río Niágara que

los une entre sí, debe hacerse necesariamente en el borde del banco o

meseta superior, que está no lejos de las márgenes del Ontario. Pero la

caída se encuentra siete millas más arriba, y la roca está excavada en

un profundo zanjón de la altura de la caída. La catarata ha ido, pues,

cambiando de lugar, o más propiamente hablando, va lentamente en marcha

hacia el Erie, adonde llegará un día. Bastaría fijar, por medio de la

observación, la distancia que avanza al año la catarata, derrumbando

o carcomiendo la roca que le sirve de lecho, para sacar una parte de

la cronología del globo. Según el geólogo Lyell, admitiendo que solo

un pie retroceda por año, ha necesitado 39.000 años para llegar desde

el borde de la escarpa que está cerca de la ciudad de Queenston. Pero

modifican este cálculo las diferencias de la altura de la caída en

cada uno de los lugares de su estación, y la diversa resistencia que

han debido oponerle la mayor o menor adherencia de las rocas que va

encontrando. La primera vez que un europeo ha descripto la cascada, ha

sido en 1678, que lo fué por unos misioneros franceses que levantaron

de ella un diseño. Otra descripción hay de 1751; pero las observaciones

geológicas no comienzan sino de una época muy reciente. Desde 1815

adelante las dos caídas han ido alterando su forma por el derrumbe de

enormes trozos de rocas, y desde 1840 la isla de la Cabra ha perdido

algunos acres de terreno.

Mr. Lyell descubrió hasta cuatro millas más abajo del lugar de la

caída, el lecho antiquísimo del río sobre la superficie de la tierra

y aun a mayor altura de la que hoy tiene el Niágara. Las conchillas

fluviátiles que se encuentran en bancos de residuos en la isla de

la Cabra, se hallan perteneciendo a las mismas especies y épocas,

en una línea hacia el Ontario que señala la dirección que llevaba

el río. Tenemos, dice este geólogo, en el costado de los barrancos

que va dejando el Niágara, un cronómetro que mide ruda, pero

significativamente, la inmensa magnitud del intervalo de años que

separa el tiempo presente de la época en que el Niágara corría por

muchas millas más al Norte sobre la superficie de la plataforma. Este

cronómetro nos muestra cómo los dos sucesos que creemos coetáneos, la

desaparición de los mastodontes y la época de la primera población

de la tierra por el hombre, pueden estar a distancias infinitamente

remotas una de otra. El geólogo, añade, puede cavilar sobre estos

acontecimientos hasta que lleno de espanto y de admiración, olvida la

presencia de la catarata misma, y deja de percibir el movimiento de sus

aguas, ni oye su estampido al caer en el profundo abismo. Pero, así que

sus pensamientos vuelven al momento presente el estado de su espíritu,

las sensaciones despertadas en su corazón se hallarán en perfecta

armonía con la grandiosidad y belleza de la gloriosa escena que lo

rodea.

[5] Fluye por siempre, cubierta con tu glorioso ropaje de terror y

de beldad. Puso Dios sobre tu frente el iris, y una nube envuelve

cual manto tus pies. Te dió su voz de trueno con poder de hablarle

eternamente, sellando el labio humano, condenado a guardar silencio,

contentándose con derramar sobre tu altar el incienso de su hija,

adoración del terror.

CANADA

El ferrocarril que corre al costado del zanjón formado por la cascada

hasta Queenston, cerca del Ontario, lleva los pasajeros que se dirigen

hacia Quebec o el lago de Champlain. Después de haber saboreado aquel

magnífico espectáculo, iba yo en mi banco rumiando las emociones

pasadas, y dejando escapar, de vez en cuando, alguna exclamación de la

admiración que había experimentado. Un yankee, que me escuchaba con

la plácida frialdad que distingue a este tipo de hombre, me mostró la

cascada bajo un punto de vista nuevo. _Beautiful! Beautiful!_

decía, y para explicarme su manera de sentir la belleza, añadía: esta

cascada vale millones. Ya se han puesto algunas máquinas a lo largo

de los rápidos, de donde por canales poco costosos se sacan caídas

de agua para darles movimiento. Cuando la población de los Estados

se aglomere hacia este lado, el inmenso caudal de agua de la cascada

americana puede ser subdividido, y desviándolo, por canales que corran

sobre el terreno superior, traerlos a descargarlo al cauce inferior del

Niágara, a los puntos donde se hallen establecidas máquinas de tejidos

y de otras industrias. ¿Se imagina usted--me decía--que pueden usarse

motores de agua de la fuerza de cuarenta mil caballos si se necesita?

Entonces el Niágara será una calle flanqueada por ambos lados de siete

millas de usinas, cada una con su caída de agua del tamaño que la

necesite el motor. Los buques vendrán a atracar a la puerta y llevar

por el San Lorenzo, el Champlain, o el canal de Oswego, las mercaderías

a Europa o a Nueva York. _Beautiful! Beautiful!_ añadía, extasiado

en la aplicación útil de aquella mole enorme de agua, que hoy sólo

sirve para mostrar el poder de la Naturaleza. Yo creo que los yankees

están celosos de la cascada y que la han de ocupar, como ocupan y

pueblan los bosques.

Pasando de un ferrocarril a otro, en medio de bosques todavía

despoblados, atravesando villorrios apenas diseñados, sin poderse

uno dar cuenta cómo pueden andar vagones por aquellas soledades

desamparadas, se pasa a uno de _Stages_, diligencias que remiendan

intervalos sin rieles, y en Queenston va a alojarse a bordo del vapor

que espera el tren para descender el Ontario, tocando en Oswego,

boca del canal que liga este lago con el canal que une el Ontario

con el Hudson. Van Buren, el expresidente, promoviendo la abertura

de este canal auxiliar, dió valor a unos terrenos que poseía en las

inmediaciones, sin que nadie haya criticado su procedimiento de

egoísta; pues el canal completaba, realmente, el estupendo sistema de

comunicaciones acuáticas de que he hablado en otro lugar.

El país está aún despoblado por esta parte; el vapor del Ontario

se acerca a los barrancos, adonde salen los paisanotes de fraque y

las mozas envueltas en cachemiras a tomar pasaje. Divísanse a lo

lejos aisladas en el bosque aquellas cabañas de troncos de árboles

superpuestos, o de tablas descoloridas, que sirven de morada por los

primeros años al plantador que recién está descuajando el bosque. El

paisaje conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en

aquellos inimitables cuadros del _Ultimo Mohicano_. Ya he dicho

a Vd. que desde Búfalo hacia esta parte está el pedazo más bello de

la tierra. Sin la petulante lozanía de los trópicos y sin la fría

severidad de los bosques del Norte de la Europa, mézclanse en la

escena ríos como lagos, lagos como mares, rodeados de una vegetación

primorosa, artística en sus combinaciones y grandiosa en su conjunto.

Traíame arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza,

y, a veces, sorprendía en el fondo de mi corazón un sentimiento

extraño, que no había experimentado ni en París. Era el deseo secreto

de quedarme por ahí a vivir para siempre, hacerme yankee, y ver si

podría arrimar a la cascada alguna pobre fábrica para vivir. ¿Fábrica

de qué?... Y aquí el deleite de tan bella vida se me tornaba en

vergüenza, acordándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que

había visto en algunas aldeas de España, _Fábrica de fósforos_.

¡Y qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que nadie

necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y recuperar mi alegría,

no necesitaba más que tomarle el peso a mi descarnada bolsa, y echar

una ojeada sobre mi contaduría en general para no volver a pensar más

en ello.

Al vaciarse el Ontario en el río San Lorenzo hay un punto que se

llama Thousand Islands, las mil islas, que no son menos las que están

aglomeradas en un corto espacio. La escena fluvial más bella que la

Europa presenta es el Rin desde Maguncia y Colonia abajo. Yo lo había

recorrido hasta Harlem, frontera de la Holanda, desde donde por Utrecht

va un camino de hierro hasta Amsterdam, y de allí por La Haya se

desciende a Rotterdam para tomar el Escalda, que conduce a Amberes y

a Bruselas. Embellecen el Rin las tradiciones alemanas, los castillos

feudales que aún coronan las alturas; las ciudades renanas que ostentan

la estatua de Gutenberg, y la catedral de Colonia. Fluye el río

silencioso por entre quebradas sañudas y obscuras, sale a explayadas

que espacian la vista y enseñan las agujas de las iglesias de las

aldeas, y los viñedos que se esparcen enanos y casi rastreros por los

faldeos de las circunvecinas montañas. Más allá, y aproximándose a la

Holanda, el terreno baja, el río se ensancha, los molinos de viento

se suceden a los castillejos, y los ciénagos holandeses requieren los

canales que surcan el país en todas direcciones y los pasmosos diques

que oponen su hombro al porfiado y poderoso embate del océano, superior

en el nivel.

Estados Unidos · 第 10 / 16 段