naturaleza. Accidentado por ligeras ondulaciones, ofrece una variedad
de aspecto que cambia a medida que se penetra en su solitario recinto.
Bosques seculares sombrean los terrenos bajos y aún las aguas de las
lluvias se depositan en lagunatos y zanjas. Un camino espacioso para
carruajes serpentea sin sujeción a merced de los accidentes del suelo;
las yerbas del campo crecen a sus anchas en matorrales y arbustos, y en
lo alto de las pequeñas colinas descuellan, ya aislados, ya en grupos,
arbolillos graciosos de los que forman la variada flora norteamericana.
Allí, en el seno de la Naturaleza, reposan, en sepulcros desparramados
a discreción por la vasta superficie, las cenizas de los que quisieron
dejar algún rastro sobre la tierra de su efímero pasaje. A la sombra de
una encina secular se abriga una tumba de estilo gótico; una linterna
de Diógenes corona un montículo, y en el fondo de un vallecito, entre
arbolillos vistosos, se muestra un templete griego, depositario de
un sarcófago. ¿No es cierto que este sistema de cementerios a la
rústica, verdadero campo de los muertos, infunde sentimientos de
plácida melancolía, aligerada por la contemplación de la Naturaleza,
volviéndole a ella los restos orgánicos de ella recibidos, para que
disponga sin sujeción y a su arbitrio nuevas combinaciones y nuevas
existencias? Al menos esta impresión me causaba la vista, desde alguna
parte elevada del cementerio, apoyado en un sepulcro, de Nueva York
coronada de humo, y Brooklyn su vecina, la Bahía hermosa con sus grupos
de buques cual bosque de invierno, y los estrechos agitados por la
marea que levantan los poderosos vapores, terminando la perspectiva el
océano, límite natural de cosas terrenas, frontera de lo infinito e
imagen imperfecta de la inmensidad.
El santuario de mi peregrinación era Boston, la reina de las escuelas
de enseñanza primaria, si bien cuando objetos de estudio nos llevan a
un punto, es permitido hacer un rodeo en busca de sitios pintorescos.
Para ir a Boston, pues, porque está al naciente del Hudson, dispuse
mi derrotero por Búfalo que está exactamente al Oeste. La cascada de
Niágara y los célebres lagos estaban de por medio, y no había que
trepidar en más o menos dóllars, no obstante el estado angustiado de
la plaza, que no tenía víveres (hablo de mi bolsa), sino para contados
días. Embarquéme en Nueva York a las siete de la mañana para Albany
(144 millas, un peso) a donde llegué a la tarde, pocos momentos antes
de la partida del tren de Búfalo (325 millas, doce pesos), en todo
469 millas en vapor o camino de hierro, y tres días de marcha, con
descansos de un cuarto de hora de distancia en distancia para comer y
almorzar.
El Hudson es poética, histórica y comercialmente hablando, el centro
de vida de los Estados Unidos. Camino de Boston, de Montreal, de
Quebec, de Búfalo, del Niágara y de los lagos; arteria principal por
donde fluyen los productos del Canadá, Vermont, Massachusetts, Jersey
y el estado de Nueva York; sus aguas están de continuo literalmente
cubiertas de naves, a punto de hacerse obstrucciones de la vía, como
en las calles de las grandes ciudades. Los vapores se cruzan como
exhalaciones meteóricas, y los remolques traen consigo una feria de
buques amarrados a sus costados que levantan con sus quillas una
verdadera marea a su frente. Catorce naves cargadas preceden y siguen
al motor, ocupando una ancha superficie del río. Los vapores de
transporte asumen en los ríos norteamericanos la forma y la elevación
de casas flotantes de dos pisos, con azotea y corredores.
Dan nuevo realce al espectáculo, de suyo grandioso por las formas
colosales de estos hoteles ambulantes, la apariencia culta, esmerada y
aun ceremoniosa de los pasajeros, pues es práctica general de hombres
y de mujeres ponerse vestidos de fiesta para hacer expediciones por
agua o ferrocarriles, si bien la fría reserva del carácter yankee y
su sociedad imprimen a estas grandes reuniones cierta fisonomía uraña
que en Europa sería tachada de aristocrática, siendo considerada en el
lugar de la escena por testigos europeos, como selvática, cuando solo
es en verdad reserva necesaria. Las damas ocupan la parte anterior
de los grandes salones y son el objeto de atenciones oficiales. Dan
todavía más animación a estos vapores la colocación de los prácticos y
timonel a la proa del buque, en lugar alto y aparente, y a veces debajo
de un elegante kiosco, dirigiendo, por cadenas que mueven un torno, el
timón del buque, desde donde pueden descubrir a cada instante su ruta,
cual si fueran realmente la cabeza y el alma inteligente de aquella
máquina. La campana suena a cada momento, anunciando la proximidad de
un lugar del tránsito, para que se preparen a desembarcar los que se
dirigen a él.
Desde lo alto de la azotea del buque, dominando ambas riberas, el
viajero ve desfilar delante de sí, villas risueñas, montículos
coronados por edificios y árboles, y a sus costados centenares de
buques de todas formas y dimensiones que hacen su camino en sentido
opuesto en aquella calle pública, inmensa, resplandeciente y tersa como
un espejo. Así pasan revista, desde la salida de Nueva York, al océano,
la bahía con su movible panorama de buques, y las pintorescas islas,
estrechos y canales. La ciudad de Jersey, en frente del embarcadero,
la roca de Weehawken, que sale exabrupto de entre las aguas y sirve
de base a una _villa_ edificada en su cumbre, pintoresco término
avanzado a la entrada de las _Palizadas_, que son una muralla
perpendicular de rocas acantiladas, que se alzan cuatrocientos y
quinientos pies sobre la superficie de las aguas, y costea el río por
espacio de veinte millas. Este accidente de la naturaleza da al paisaje
una grandiosidad indescriptible, mientras, por el otro lado, la ribera
ostenta villas, ciudades, arboledas, colinas y bosques que mantienen
la animación y despiertan la curiosidad. Alguna ruina también corona
alguna altura, y los nombres de Hamilton y Wáshington son recordados
por algunas piedras subsistentes de fuertes tomados y destruídos
durante la guerra de la independencia. Monumentos vivos son, empero,
Westpoint, la academia militar en cuyo recinto 230 cadetes guardan
permanentemente el fuego sagrado de las tradiciones y la ciencia de
la guerra. El asilo de los huérfanos, el hospital de locos y otros
edificios públicos prestan, desde las alturas, sus formas griegas a
la decoración del río que se las disputa al Rhin en belleza, y que no
tiene rival sino en la China en actividad y movimiento.
Al fin se presenta Albany, la capital política del estado de Nueva
York, porque parece que los congresos yankees huyen del bullicio de
las grandes ciudades. Los edificios públicos corresponden al título
de capital, aún más que a la extensión de la ciudad la importancia de
sus edificios particulares. El camino de hierro recorre desde allí 325
millas al oeste, pasando por Amsterdam, Jonda, Utica, Roma, Verona,
Manlius, Siracusa, Camillus, Séneca, Itaca, Waterloo, Génova, Viena,
Víctor, Byron, Batavia, Alejandro, Attica y otras muchas ciudades
que reunen en una línea los nombres de ciudades, países y hombres de
diversos tiempos y lugares.
Búfalo, término del viaje, está en el extremo este del lago Erie, que
lo es, a su vez, de la navegación del Hurón, el Michigan y el Superior.
La emigración alemana, sobre todo, ataca esta línea de navegación
por Chicago, que está al extremo oeste del Michigan y en contacto
con las cabeceras del Mississipi; y por Búfalo, que sirve de centro
a la navegación del Ohio por el canal de Cleveland y del Hudson por
el canal del Erie. La vista de esta ciudad, estrecha para el número
de habitantes que contiene, me hizo un efecto singular. Una turba de
buques de vapor dejaba escapar de sus chimeneas la gruesa mole de
humo del fuego que aún se está encendiendo. La descarga de pieles de
búfalo, y otras producciones del comercio con los salvajes, contrariaba
el movimiento de la procesión de pasajeros que se dirigen al puerto,
mientras que volviendo la vista a la ciudad, descubríanse sobre lo
alto de los edificios centenares de hombres ocupados afanosamente en
construir edificios nuevos, agrandándose la ciudad de improviso para
satisfacer a las necesidades de una población que cada año aumenta de
veinte mil almas. Búfalo tiene a su alcance, como todos los centros
predestinados de comercio futuro en la Unión, un depósito de carbón en
la península que forma el Michigan y el contiguo Huron.
De Búfalo adelante las obras humanas, ferrocarriles, villas nacientes
y plantaciones nuevas, deslucen las sublimes obras de la naturaleza.
Desde allí al norte principia el pedazo más bello de la tierra. El
río Niágara sale del Erie manso y cristalino, reflejando en sus
ondas rododendrones y encinas entremezcladas, formando a los lejos
lontananzas azuladas de selvas primitivas, bajo cuyas espesuras
pueden aún verse los rastros misteriosos del mocasín del indio
indómito. Abrese en dos al formar la grande isla, y recoge luego sus
aguas para prepararse al sublime juego de aguas que comienza en los
_Rápidos_, y termina en la _Cascada_. El rumor lejano de este
salto portentoso, la neblina que se alza en el cielo de partículas
acuáticas, la excitación que causa la proximidad de sensaciones de
largo tiempo esperadas y presentidas, traen al viajero desasosegado
y acusando de lentitud al tren que lo arrastra. Llégase por fin a
_Niágara-Falls_, villa que alimenta la concurrencia de curiosos,
desde donde el redoble pavoroso de la caída atruena los oídos, el
torbellino de agua se hace más visible, descollando blanquecino sobre
las copas de los árboles; y entre los claros que sus troncos dejan a
medida que uno se acerca, divísase contrastando con la opacidad de la
enramada sombría, algún pedazo de _rápidos_, como un fragmento
de plata bruñida. Son estos rápidos cascadas subacuáticas en que la
enorme masa del Niágara viene despeñándose, sobre un lecho de rocas
escarpadas, que no se presentan a la vista, y que dan al agua un
blanco marmóreo. Mil trágicas aventuras han ocurrido, desde el cazador
indio que distraído un momento por el ardor de la persecución sintióse
llevado de la corriente en su frágil piragua, y después de esfuerzos
sobrehumanos para resistirla, apuró su calabaza de aguardiente, y
de pie con los brazos cruzados se dejó llevar a la catarata, que ni
los cadáveres entrega de sus víctimas, hasta los presidiarios que
apoderados de un vapor, no supieron gobernar y vieron descender la mal
dirigida nave a los rápidos y la catarata, sepultándolos para siempre
el abismo sin fondo que ha excavado la caída. Hablábase del reciente
fin de un niño caído en los rápidos y que ya tenían de la mano en la
isla de la Cabra, que promedia las dos caídas, volvióseles a escapar.
Describir escena tan estupenda sería empeño vano. Lo colosal de las
dimensiones atenúa la impresión de pavor, como la distancia de las
estrellas nos las hace aparecer pequeñas. Cítanse con elogio los versos
que el espectáculo inspiró a una señorita.
Flow on for ever, in thy glorious robe
Of terror and beauty. God hath set
His rainbow on thy forehead; and the cloud
Mantled around thy feet. Awe he doth give
Thy voice of thunder, power to speak to Him
Eternally--bidding the lip of man
Keep silence; and upon thine altar pour
Incense of awe-struck praise[5].
Teníame por pasajero pasablemente erudito en punto a cascadas. Había
visto la de Tivolí, tan bella, tan artística y tan poéticamente
acompañada de recuerdos históricos; la del Rhin, la más grande que
ocurre en Europa, y aquellas cien que alegran el paisaje suizo en los
Alpes. La de Niágara, empero, sale de los términos de toda comparación;
es ella sola en la tierra el más terrífico espectáculo. Sus dimensiones
colosales, la enormidad de las masas de agua, y las líneas rectas que
describe, le quitan, empero, toda belleza, inspirando sólo sensaciones
de terror, admiración y aquel deleite sublime que acusa el espectáculo
de los grandes conflictos. Imaginaos un río cristalino, como el
Bío-Bío, descendiendo de golpe de un plano superior a otro inferior.
Cortado el borde perpendicularmente, el agua describirá un ángulo recto
al cambiar del plano horizontal al vertical, y desde allí, después de
revolverse sobre sí misma en torbellinos plateados, seguirá el nuevo
plano inferior con la misma mansedumbre que antes de caer. La belleza
de la cascada la hacen las puntas de rocas salientes, que fuerzan
el agua a retroceder, lanzarse en el aire, subdividirse en átomos e
impregnarse de luz.
La vista de las otras cascadas me había hecho sonreír de placer; más en
la del Niágara sentía que las piernas me temblaban, y aquella sensación
fiebrosa que indica que la sangre se retira de la cara. Llegándose a
ella por la isla de la Cabra, que la subdivide en dos, el ánimo viene
alegremente preparado por la escena menos tumultuosa que presentan los
rápidos, en que el Niágara desciende cincuenta pies en una milla. El
bosque primitivo que cubre la isla y oculta tras su ramaje la vecina
ciudad, la perspectiva aguas arriba en que el río viene caracoleando,
presenta uno de esos golpes de vista risueños, virginales, tan
comunes en los Estados Unidos. La cascada inglesa tiene la forma de
una herradura y cuatro cuadras de desenvolvimiento, sin accidente ni
interrupción alguna. La cascada del lado americano tiene doscientas
yardas de ancho y esto la hace llamar la chica. En ambas cae el agua
desde 165 pies y el canal excavado en la roca que la recibe, tiene cien
varas de profundidad y ciento treinta de ancho. Al ver escritas estas
cifras averiguadas por mensura, nótase la incompetencia del ojo humano
para abrazar las grandes superficies. San Pedro, en Roma, aparece una
estructura de dimensiones naturales, y la cascada del Niágara se achica
a la simple vista para ponerse al nivel de nuestra pequeñez.
El espesor de la masa de agua es de 21 pies, de manera que no pudiendo
atravesarla la luz, conserva su color verde en el centro de la caída.
Este accidente, que revela a los ojos la magnitud de la escena, aumenta
el pavor que inspira. Vésela desde una linterna o garito construído en
la isla de la Cabra; vésela mejor todavía porque se llega al borde de
ella desde el lado inglés, desde donde el ojo puede perfilar la línea
vertical de la caída y medir el abismo que gruñe como una tormenta
de rayos, o un aguacero de cañonazos a sus pies. Vésela en todo su
esplendor y magnificencia desde a bordo de un vapor que sube todos los
días del lago Ontario, llega cargado de pasajeros hasta cien yardas
de distancia de la caída, detiénese allí con su motor listo para
contrariar la atracción de los remolinos, tirita el casco sobre aquella
agua atormentada, y espumando como si estuviera en delirio, y vuelve
atrás con los pasajeros, satisfechos ya de emociones terríficas. Pero,
la cascada no se siente, no se palpa, sino descendiendo al abismo que
le sirve de base, envolviéndose para ello en capotes de goma elástica
y dejándose conducir de la mano por un guía debajo de la caída misma,
donde se ha practicado un camino en la roca, con pasamanos de fierro,
que garantizan de las caídas ocasionadas por la presencia de centenares
de anguilas mucosas y resbaladizas que se acogen entre las sinuosidades
de la roca. Colocado en el fondo de esta singular galería, aturdido,
anonadado por el ruido, recibiendo sobre su cuerpo la caída de gruesos
chorros de agua, ve delante de sí una muralla de cristal, que creyera
dura y estable si las filtraciones de goteras no causaran la presencia
del líquido elemento. Salido de aquel húmedo infierno, volviendo a ver
de nuevo el sol y el cielo, puede decirse que el corazón ha apurado la
sensación de lo sublime. Una batalla de doscientos mil combatientes no
causará emociones más profundas.
Del lado inglés hay un magnífico hotel y un museo, donde se muestran
búfalos vivos y se venden esponjas de mar y coral petrificados, que se
desprenden del suelo en que está la cascada. Aquello fué fondo de mar
en otro tiempo.
Distínguese esta caída de las otras del mundo en que está situada en
el centro de una llanura, sin que a primera vista se descubra la causa
de su existencia. Descendiendo, empero, hacia Ontario, el fenómeno se
explica fácilmente. El lago Erie está en el centro de una plataforma
espaciosísima sin accidente alguno. Este llano es la superficie
superior de una meseta, cuyo borde está cerca del Ontario, el cual está
situado sobre otra meseta inferior. La diferencia de nivel que hay
entre uno y otro lago es de 300 pies; y la caída del río Niágara que
los une entre sí, debe hacerse necesariamente en el borde del banco o
meseta superior, que está no lejos de las márgenes del Ontario. Pero la
caída se encuentra siete millas más arriba, y la roca está excavada en
un profundo zanjón de la altura de la caída. La catarata ha ido, pues,
cambiando de lugar, o más propiamente hablando, va lentamente en marcha
hacia el Erie, adonde llegará un día. Bastaría fijar, por medio de la
observación, la distancia que avanza al año la catarata, derrumbando
o carcomiendo la roca que le sirve de lecho, para sacar una parte de
la cronología del globo. Según el geólogo Lyell, admitiendo que solo
un pie retroceda por año, ha necesitado 39.000 años para llegar desde
el borde de la escarpa que está cerca de la ciudad de Queenston. Pero
modifican este cálculo las diferencias de la altura de la caída en
cada uno de los lugares de su estación, y la diversa resistencia que
han debido oponerle la mayor o menor adherencia de las rocas que va
encontrando. La primera vez que un europeo ha descripto la cascada, ha
sido en 1678, que lo fué por unos misioneros franceses que levantaron
de ella un diseño. Otra descripción hay de 1751; pero las observaciones
geológicas no comienzan sino de una época muy reciente. Desde 1815
adelante las dos caídas han ido alterando su forma por el derrumbe de
enormes trozos de rocas, y desde 1840 la isla de la Cabra ha perdido
algunos acres de terreno.
Mr. Lyell descubrió hasta cuatro millas más abajo del lugar de la
caída, el lecho antiquísimo del río sobre la superficie de la tierra
y aun a mayor altura de la que hoy tiene el Niágara. Las conchillas
fluviátiles que se encuentran en bancos de residuos en la isla de
la Cabra, se hallan perteneciendo a las mismas especies y épocas,
en una línea hacia el Ontario que señala la dirección que llevaba
el río. Tenemos, dice este geólogo, en el costado de los barrancos
que va dejando el Niágara, un cronómetro que mide ruda, pero
significativamente, la inmensa magnitud del intervalo de años que
separa el tiempo presente de la época en que el Niágara corría por
muchas millas más al Norte sobre la superficie de la plataforma. Este
cronómetro nos muestra cómo los dos sucesos que creemos coetáneos, la
desaparición de los mastodontes y la época de la primera población
de la tierra por el hombre, pueden estar a distancias infinitamente
remotas una de otra. El geólogo, añade, puede cavilar sobre estos
acontecimientos hasta que lleno de espanto y de admiración, olvida la
presencia de la catarata misma, y deja de percibir el movimiento de sus
aguas, ni oye su estampido al caer en el profundo abismo. Pero, así que
sus pensamientos vuelven al momento presente el estado de su espíritu,
las sensaciones despertadas en su corazón se hallarán en perfecta
armonía con la grandiosidad y belleza de la gloriosa escena que lo
rodea.
[5] Fluye por siempre, cubierta con tu glorioso ropaje de terror y
de beldad. Puso Dios sobre tu frente el iris, y una nube envuelve
cual manto tus pies. Te dió su voz de trueno con poder de hablarle
eternamente, sellando el labio humano, condenado a guardar silencio,
contentándose con derramar sobre tu altar el incienso de su hija,
adoración del terror.
CANADA
El ferrocarril que corre al costado del zanjón formado por la cascada
hasta Queenston, cerca del Ontario, lleva los pasajeros que se dirigen
hacia Quebec o el lago de Champlain. Después de haber saboreado aquel
magnífico espectáculo, iba yo en mi banco rumiando las emociones
pasadas, y dejando escapar, de vez en cuando, alguna exclamación de la
admiración que había experimentado. Un yankee, que me escuchaba con
la plácida frialdad que distingue a este tipo de hombre, me mostró la
cascada bajo un punto de vista nuevo. _Beautiful! Beautiful!_
decía, y para explicarme su manera de sentir la belleza, añadía: esta
cascada vale millones. Ya se han puesto algunas máquinas a lo largo
de los rápidos, de donde por canales poco costosos se sacan caídas
de agua para darles movimiento. Cuando la población de los Estados
se aglomere hacia este lado, el inmenso caudal de agua de la cascada
americana puede ser subdividido, y desviándolo, por canales que corran
sobre el terreno superior, traerlos a descargarlo al cauce inferior del
Niágara, a los puntos donde se hallen establecidas máquinas de tejidos
y de otras industrias. ¿Se imagina usted--me decía--que pueden usarse
motores de agua de la fuerza de cuarenta mil caballos si se necesita?
Entonces el Niágara será una calle flanqueada por ambos lados de siete
millas de usinas, cada una con su caída de agua del tamaño que la
necesite el motor. Los buques vendrán a atracar a la puerta y llevar
por el San Lorenzo, el Champlain, o el canal de Oswego, las mercaderías
a Europa o a Nueva York. _Beautiful! Beautiful!_ añadía, extasiado
en la aplicación útil de aquella mole enorme de agua, que hoy sólo
sirve para mostrar el poder de la Naturaleza. Yo creo que los yankees
están celosos de la cascada y que la han de ocupar, como ocupan y
pueblan los bosques.
Pasando de un ferrocarril a otro, en medio de bosques todavía
despoblados, atravesando villorrios apenas diseñados, sin poderse
uno dar cuenta cómo pueden andar vagones por aquellas soledades
desamparadas, se pasa a uno de _Stages_, diligencias que remiendan
intervalos sin rieles, y en Queenston va a alojarse a bordo del vapor
que espera el tren para descender el Ontario, tocando en Oswego,
boca del canal que liga este lago con el canal que une el Ontario
con el Hudson. Van Buren, el expresidente, promoviendo la abertura
de este canal auxiliar, dió valor a unos terrenos que poseía en las
inmediaciones, sin que nadie haya criticado su procedimiento de
egoísta; pues el canal completaba, realmente, el estupendo sistema de
comunicaciones acuáticas de que he hablado en otro lugar.
El país está aún despoblado por esta parte; el vapor del Ontario
se acerca a los barrancos, adonde salen los paisanotes de fraque y
las mozas envueltas en cachemiras a tomar pasaje. Divísanse a lo
lejos aisladas en el bosque aquellas cabañas de troncos de árboles
superpuestos, o de tablas descoloridas, que sirven de morada por los
primeros años al plantador que recién está descuajando el bosque. El
paisaje conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en
aquellos inimitables cuadros del _Ultimo Mohicano_. Ya he dicho
a Vd. que desde Búfalo hacia esta parte está el pedazo más bello de
la tierra. Sin la petulante lozanía de los trópicos y sin la fría
severidad de los bosques del Norte de la Europa, mézclanse en la
escena ríos como lagos, lagos como mares, rodeados de una vegetación
primorosa, artística en sus combinaciones y grandiosa en su conjunto.
Traíame arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza,
y, a veces, sorprendía en el fondo de mi corazón un sentimiento
extraño, que no había experimentado ni en París. Era el deseo secreto
de quedarme por ahí a vivir para siempre, hacerme yankee, y ver si
podría arrimar a la cascada alguna pobre fábrica para vivir. ¿Fábrica
de qué?... Y aquí el deleite de tan bella vida se me tornaba en
vergüenza, acordándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que
había visto en algunas aldeas de España, _Fábrica de fósforos_.
¡Y qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que nadie
necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y recuperar mi alegría,
no necesitaba más que tomarle el peso a mi descarnada bolsa, y echar
una ojeada sobre mi contaduría en general para no volver a pensar más
en ello.
Al vaciarse el Ontario en el río San Lorenzo hay un punto que se
llama Thousand Islands, las mil islas, que no son menos las que están
aglomeradas en un corto espacio. La escena fluvial más bella que la
Europa presenta es el Rin desde Maguncia y Colonia abajo. Yo lo había
recorrido hasta Harlem, frontera de la Holanda, desde donde por Utrecht
va un camino de hierro hasta Amsterdam, y de allí por La Haya se
desciende a Rotterdam para tomar el Escalda, que conduce a Amberes y
a Bruselas. Embellecen el Rin las tradiciones alemanas, los castillos
feudales que aún coronan las alturas; las ciudades renanas que ostentan
la estatua de Gutenberg, y la catedral de Colonia. Fluye el río
silencioso por entre quebradas sañudas y obscuras, sale a explayadas
que espacian la vista y enseñan las agujas de las iglesias de las
aldeas, y los viñedos que se esparcen enanos y casi rastreros por los
faldeos de las circunvecinas montañas. Más allá, y aproximándose a la
Holanda, el terreno baja, el río se ensancha, los molinos de viento
se suceden a los castillejos, y los ciénagos holandeses requieren los
canales que surcan el país en todas direcciones y los pasmosos diques
que oponen su hombro al porfiado y poderoso embate del océano, superior
en el nivel.