activo que mantiene la vida en aquellos pueblos, religioso, político,
industrial, lleno del espíritu antiguo de las colonias, como, asimismo,
accesible a todos los progresos de la inteligencia moderna, el
descendiente de los viejos peregrinos, el heredero de sus tradiciones
de resignación y de endurecimiento al trabajo manual, el elaborador de
las grandes ideas sociales y morales que constituyen la nacionalidad
norteamericana, el habitante, en fin, de los Estados de la Nueva
Inglaterra, Maine, New Hampshire, Massachusetts, etc. He aquí la raza
bramínica de los Estados Unidos. Como los bramanes descendiendo de las
montañas del Himalaya, los habitantes de aquellos antiguos Estados,
se diseminan hacia el Oeste de la Unión, educando con su ejemplo
y sus prácticas a los pueblos nuevos que surgen sin pericia y sin
ciencia sobre la faz de la tierra apenas desmontada. Recuerda Vd. que
los peregrinos eran ciento cincuenta sabios, pensadores, fanáticos,
entusiastas, políticos, emigrados y probados por todas las calamidades
que pueden caer sobre los hombres; recuerda Vd., sin duda, que no
quisieron que con ellos se embarcase un sirviente al alejarse de las
costas de la Europa, resueltos como estaban a labrar la tierra con sus
propias manos y no reconocer desigualdades sociales en la nueva patria
que iban a buscar en la América: recuerda Vd., que se sentaron todos
debajo de una encina de donde hoy está Boston, y después de dar gracias
al Dios de Israel por su feliz arribo, discutieron las leyes que se
darían para gloria de Jehová y su libertad personal; recuerda Vd., por
fin, que esos hombres en aquella época establecieron escuelas públicas,
obligando a cada padre, tutor o patrón de niños, a darles educación
elemental para el espíritu y un oficio manual para el sustento del
cuerpo. Pues bien, los hijos de aquella escogida porción de la especie
humana, son aun hoy los mentores y los directores de las nuevas
generaciones. Créese que más de un millón de familias descienden,
en toda la Unión de aquella noble estirpe. Ellos han impreso en la
fisonomía del yankee aquella plácida bondad que se nota en la clase más
educada. Ellos llevan a toda la Unión la aptitud manual que hace de un
norteamericano una maestranza ambulante; la energía férrea para luchar
con las dificultades y vencerlas; y la aptitud moral e intelectual que
lo pone al nivel, si no en la línea superior, a lo mejor de la especie
humana. Estos emigrantes del Norte disciplinan las poblaciones nuevas,
les inyectan su espíritu en los mítines que presiden y provocan; en las
escuelas, en los libros, en las elecciones y en la práctica de todas
las instituciones norteamericanas. Las grandes empresas de colonización
y ferrocarriles, los bancos y las sociedades, ellos las inician y
llevan a cabo. Así es que la barbarie producida por el aislamiento
de los bosques, y la relajación de las prácticas republicanas,
introducidas por los emigrantes, encuentran en los descendientes de los
puritanos y peregrinos un dique y un astringente. Hay, pues, flujo y
reflujo, entre estas dos fuerzas contrarias; y por más que fuera rápida
la dilatación de la Unión y la mezcla y yuxtaposición de los pueblos,
ellos acabarían, al fin, por dar homogeneidad al todo y conservarle
el tipo original y nuevo, tradicional y progresivo que distingue a
aquel pueblo. ¿Sucede cosa igual en el resto del mundo en formas tan
perceptibles y constantes?
Acaso, creerá Vd. que aquellos instrumentos de pulimento y purificación
nacional, a fuer de herederos de las antiguas creencias de los
peregrinos, mantienen la inmovilidad de las ideas y constituyen una
secta aparte. Bajo el aspecto religioso, los Estados Unidos presentan
el mismo espectáculo que las costumbres, y que la superficie de la
tierra. En ninguna parte del mundo puede decirse con más propiedad
que Dios está hecho a imagen y semejanza de los hombres. Los
norteamericanos tienen de Dios las ideas elevadas que de su esencia
nos han transmitido los hebreos por medio del cristianismo; pero las
sectas religiosas y las prácticas se adaptan allí a la inteligencia
popular, descienden a una especie que llamaría fetichismo si tuviese
por símbolos ídolos o manitúes; y se eleva hasta la filosofía pura,
el deísmo, sin perder su carácter profundamente religioso, y aun
sin salir de las grandes fórmulas morales del cristianismo. Como en
todos los pueblos eminentemente religiosos, hay hoy en este momento
en los Estados Unidos, santos, profetas, enviados de Dios, descensión
y ascensión visible del Espíritu Santo, y comunión entre el cielo y
la tierra. Hay religiones nuevas, que están naciendo y prometiendo
absorber toda la tierra; los mormones, son de ayer, y sus inspirados y
pontífices hacen milagros; testigo de ello que durante mi residencia
en los Estados Unidos, un profano descubrió que la luz pálida que
arrojaba el semblante del santo varón, procedía de una fricción que se
había dado con fósforo. El venerable pontífice no se dió por vencido,
diciendo que todos los milagros habían sido preparados así, ni sufrió
en lo menor la fe y fervor de los creyentes, que hoy ascienden a más
de ciento cincuenta mil.
Hay religiones danzantes, y los fieles, después de haber oído la
oración del pastor, se lanzan a bailar hasta que el numen del baile
se despierta, y el cuerpo se lanza a hacer cabriolas frenéticas,
e indescriptibles. Entonces créese iluminado el paciente, que cae
al fin extenuado y demente. Como he visto en el baile Mabille, de
París, a la Reina Pomaré, la Rigolette, y otras celebridades hacer
diabluras, no me dejo atrapar fácilmente por estas manifestaciones del
Espíritu Santo. Sobre estas capas inferiores del culto en los Estados
Unidos descuellan disidencias cristianas más respetables, tales como
baptistas, metodistas, presbiterianos, congregacionalistas, cristianos,
episcopalistas, luteranos, alemanes reformados, católicos romanos,
amigos, universalistas, unitarios y otras sectas, entre las cuales
yo incluiría los deístas puros; pues, tal es el espíritu religioso
y tolerante de aquel país, que la negación de toda religión, lo que
nosotros llamamos la impiedad, forma una secta aparte contra la cual
nadie levanta la voz. Como una muestra de las proporciones que guardan
estas divisiones, apuntaré que los baptistas tienen 1.130 iglesias
y 4.907 pastores; los episcopalistas 950 iglesias, servidas por 849
pastores; los católicos 912 iglesias con 545 sacerdotes; los unitarios
200 iglesias con 174 pastores, guardando todos los demás una proporción
descendente, según su colocación.
He dicho tolerante en el sentido genuíno que los americanos dan a esta
palabra. Las sectas religiosas, forman en los Estados Unidos verdaderas
cofradías y naciones religiosas, no obstante estar entremezcladas en
las ciudades y en los campos. El médico, el escribano, el proveedor de
carne, el boticario de la casa, y aun el botero, han de ser de la misma
creencia de quien lo ocupa. Hay guerra sorda, proselitismo, en este
sentido. Pero la tolerancia se muestra en la impasibilidad con que un
metodista oiría contradecir sus dogmas por un católico y viceversa;
porque en los Estados Unidos los católicos que profesan por dogma la
intolerancia religiosa, son como aquellos tigres sin uñas ni dientes
que solemos criar en las casas. No se ha oído hasta ahora que un
católico haya mordido a nadie en Estados Unidos, donde hallan muy buena
la libertad religiosa de que disfrutan a sus anchas, no sin salvar
almas todos los años de los engaños falaces del tentador.
Este caos religioso, aquellas cien verdades contradictorias están,
a su vez, sufriendo una elaboración, lenta, es verdad, pero segura,
ascendente. Mientras la barbarie mormónica hace sus progresos la
filosofía religiosa de los descendientes de los peregrinos viene
de alto abajo descendiendo hasta las profundidades de la sociedad,
acercando las distancias que separan todas las disidencias, echando
entre ellas blandas ligaduras que concluyen por estrecharlas, y que
terminarán al fin en absorberlas en el unitarismo, secta nueva,
panteísta, en cuanto admite todas las disidencias y respeta todos
los bautismos, por cuyo intermedio se ha transmitido la gracia,
y elevándose a regiones más encumbradas, desprendiéndose de toda
interpretación religiosa, concluye por reunir en un sólo abrazo
a judíos, mahometanos y cristianos, prescindiendo de milagros y
ministerios, como cosas que no cuadran con la forma orgánica que Dios
ha dado al espíritu humano, y clasificándolos en el número de las
figuras de la retórica. La moral del cristianismo como expresión y
regla de la vida humana, como punto de reunión asequible y aceptable
por todas las naciones, he aquí el único dogma que admiten, como la
virtud y la humanidad el único culto y la única práctica que prescriben
a los creyentes.
Esta filosofía religiosa se extiende con rapidez en los seis Estados de
Nueva Inglaterra, tiene su centro en Boston, la Atenas norteamericana,
y como propagadores a los hombres más sabios de los Estados.
Como Vd. ve, el espíritu puritano ha estado en actividad durante dos
siglos, y marcha a darse conclusiones pacíficas, conciliadoras,
obrando siempre el progreso sin romper en guerra con los hechos
existentes, trabajándolos sin destruirlos violentamente, como lo
emprendió la filosofía nacida del catolicismo en el siglo XVIII, y que
tan poco camino ha hecho. Si recuerda el espíritu religioso que campea
en los escritos de Franklin, notará que estas manifestaciones tienen
antecedentes en la filosofía de buen sentido que inició aquel grande
hombre práctico.
Concluyo de todo esto, mi buen amigo, en una cosa que hará pararse los
pelos de horror a los buenos yanquis, y es que marchan derecho a la
unidad de creencias y que un día no muy remoto la Unión presentará al
mundo el espectáculo de un pueblo católico devoto, sin forma religiosa
aparente, filósofo sin abjurar el cristianismo, exactamente como los
chinos han concluído por tener una religión sin culto, cuyo grande
apóstol es Confucio, el moralista que con el auxilio de su razón dió
con el axioma: No hagas lo que no quieras que te hagan a ti mismo,
añadiéndole este sublime corolario: y “sacrifícate por la masa”.
Si tal sucediera, y debe suceder, cuán grande y fecundo habrá de ser
para la humanidad el experimento hecho en aquella porción que dará por
resultado la dignificación del hombre por la igualdad de derechos, la
elevación moral por la desaparición de las sectas religiosas que ahora
lo subdividen, enérgico por las facultades físicas, y eminentemente
civilizado por la apropiación a su existencia y bienestar de todos los
progresos de la inteligencia humana. Norteamericano es el principio de
la tolerancia religiosa que está inscripto en todas las constituciones
y pasado ya a axioma vulgar; en Norte América fué por primera vez
pronunciada esta palabra que debía restañar la sangre que la humanidad
ha derramado a torrentes, y venido destilando hasta nosotros desde los
primeros tiempos del mundo. Católicos, cuáqueros, calvinistas, todas
estas variantes de una misma fe, venían a las colonias norteamericanas,
a yuxtaponerse, sin mezclarse, prevaleciendo los odios que había
engendrado la lucha en la Europa. Los padres peregrinos eran los
más celosos exclusivistas, porque habían atravesado el mundo, dice
Bancroft, para gozar el privilegio de vivir por sí mismos. La guerra
religiosa, la persecución había ya estallado entre aquellos miserables
restos de un naufragio común, despedazándose entre sí, en lugar
de prestarse mutuo auxilio y amparo para resistir a la desgracia.
Perseguían en Europa los anglicanos a los disidentes; los católicos a
los herejes; quemaban a porfía la Inquisición y Calvino, papas y reyes,
mahometanos y cristianos, de manera que usted no sabía adónde darse
vuelta sin riesgo de que lo hiciesen _biftec_. En Febrero de 1631,
llegó a América un joven maestro lleno del espíritu de Dios, y dotado
de preciosos dones. Llamábase Rogerio Williams. Tenía entonces poco
más de treinta años; pero su alma había madurado ya una doctrina que
le aseguró la inmortalidad, al mismo tiempo que su aplicación ha dado
paz religiosa al mundo americano. Era puritano y venía huyendo de la
persecución de la Inglaterra; pero sus agravios personales no habían
sido parte a obscurecer su clara inteligencia. La profundidad de su
espíritu le había descubierto la naturaleza de la intolerancia, y él,
sólo él, llegó al principio que es su único remedio efectivo. Anunció
su principio bajo la simple proposición de santidad de conciencia.
El magistrado civil podía reprimir el crimen, pero jamás dar reglas
a la opinión; castigar los delitos, pero nunca violar la libertad
del alma. Esta nueva contenía en sí misma una reforma completa de la
jurisprudencia teológica, borrando del código de las leyes el delito
de felonía por no conformidad; extinguiendo las hogueras que por tanto
tiempo había tenido encendidas la persecución; derogando toda ley que
hiciese obligatoria la observancia religiosa; aboliendo los diezmos y
toda contribución forzosa para el sostén de la iglesia; dando igual
protección a toda forma de fe religiosa, sin permitir que la autoridad
del gobierno civil se alistase contra la mezquita del musulmán, contra
el altar del adorador del fuego, la sinagoga judía, o la catedral
romana.
Los principios de Roger Williams lo pusieron en perpetua lucha con
el clero y gobierno de Massachussetts. Williams no pactaba con la
intolerancia, porque decía: la doctrina de la persecución por causas
de conciencia es evidente y lamentablemente contraria a la doctrina de
Cristo Jesús.
Los magistrados insistían en exigir la presencia de todo hombre en el
oficio divino, Williams reprobaba la ley, mirando como una abierta
violación de los derechos de un hombre compelerlo a unirse con
aquellos de creencia diversa; arrastrar al templo a los incrédulos
o mal querientes, era santificar la hipocresía. Una alma incrédula,
añadía, está muerta en pecado, y forzar al indiferente en una creencia
a entrar en otra, es como mudar de mortajas a un cadáver. Nadie debe
ser obligado a adorar, por mantener una creencia, sin su propio
consentimiento.
Qué, le contestaban los puritanos, ¿el trabajador no merece su
salario?--Que se lo pague el que lo ocupa, replicaba el heresiarca
de la tolerancia. Su perspicacia le hizo desde entonces prever la
influencia de sus principios en el gobierno de las sociedades. En los
últimos días de su vida confirmó sus primeras ideas diciendo: “será
un acto de misericordia y de justicia para las naciones esclavizadas
romper el yugo de la opresión del alma, como es de fuerza obligatoria,
hacer que todos y cada interés y conciencia preserven la libertad y la
paz comunes”[4].
¡Y la luz fué! Desde Williams acá unos más pronto, otros más de mala
gana y refunfuñando, han tenido que apagar sus tizoncitos y dejarse de
esa bufonada de mal género que consiste en quemar hombres para mayor
honra y gloria de Dios.
No tengo con qué acabar cuando yo entro en el campo de la teología;
me vuelvo yankee como usted ve, y hasta gangoso me pongo al leer
estos razonamientos. Pero mal que le pese, tengo aún que apuntar una
de las fuerzas de regeneración, propaganda y auxilio al moroso que
tienen en movimiento la inteligencia en Norte América y fuerzan a
marchar adelante a los rezagados. Su origen y su forma es religiosa,
si bien sus efectos se hacen sentir en todos los aspectos sociales.
Hablo del espíritu de asociación religiosa y filantrópica, que pone
en actividad millares de voluntades para la consecución de un fin
laudable y consagra caudales gigantescos a la prosecución de su obra.
En este punto el norteamericano se ha creado necesidades espirituales
tan dispendiosas e imprescindibles como las del cuerpo mismo, y esta
provisión de necesidades del ánimo, aquel tiempo, trabajo y dinero
empleado en dejar satisfecho un deseo, una preocupación, muestra
cuán activa es la vida moral de aquel pueblo. ¿Quién pudiera ser más
infatigable propagandista que el católico exclusivo para quien no hay
salvación fuera de la iglesia, y está en posesión de una verdad, de
que ve a tantos millares de sus semejantes extraviados? Preguntadle al
clero más intolerante cuánto dinero gasta de su bolsillo para proseguir
la reducción de los infieles, la moralización de las masas. Poquísimo,
por desgracia, y ese poco no es debido al sentimiento religioso que
lo anima, sino a las cualidades personales y a las predisposiciones
de ánimo del que se consagra a las obras de propaganda y filantropía.
¿A quién le ha ocurrido en la América española intentar una cruzada
contra la borrachera? En Estados Unidos se cuentan ya por millares los
propagandistas celosos de la templanza, y por cientos de miles los
que han subscripto la obligación de no probar licores, hasta que la
raza humana se cure de esta enfermedad que desbarata toda economía y
destruye toda moralidad.
El norteamericano satisface deberes, y llena necesidades de su corazón
y de su espíritu con su dinero; y si hubiera de formar su presupuesto
anual de gastos diría 100 en comer y vestir, 20 en propagar las
buenas ideas religiosas, 10 para obras de filantropía, 50 para fines
políticos, 20 para civilización de los bárbaros. Así distribuída la
inversión del fruto del trabajo, se permite la libertad de mostrarse
egoísta, duro e interesado.
_La Sociedad americana de templanza_ data desde 1826 y ya en 1835
había en el país ocho mil sociedades, con millón y medio de miembros.
La caridad por los borrachos no se limita a buenos ejemplos. Cuatro
mil destiladores de aguardientes desmontaron sus alambiques, ocho mil
comerciantes se abstuvieron de vender licores, y mil doscientos buques
se hicieron a la vela sin provisión de aguardiente. La legislatura de
Massachusetts prohibió la venta de líquidos alcohólicos por menos de
15 galones. _The tract society_, que tiene por objeto moralizar
las clases ambulantes, como los marineros y otros, publicó en 1835
cincuenta y tres millones de páginas. _La Sociedad americana de
escuelas dominicales_, formada en 1824, recolectaba diez años
después 136.855 pesos en un año, había hecho 600 publicaciones
diversas, y estaba en contacto con 16.000 escuelas, 115.000 maestros,
cerca de 800.000 discípulos.
La _Sociedad bíblica americana_ ha recibido desde su fundación
hasta ahora poco, dos millones y medio de pesos, y abandonado a la
circulación cerca de cuatro millones de ejemplares de la Biblia. Omito
hablar a Vd. de las misiones en el Occidente, en cuyos países una
sola de ellas mantiene 308 misioneros, 478 escuelas, 17 imprentas, 4
fundiciones de tipos para imprimir libros en idiomas ignorados aun de
nombre en Europa. Los resultados de las misiones americanas en Sandwich
los conocemos todos para que haya de detenerme sobre ellos, pues mi
ánimo al recordar todas estas sociedades es sólo hacer sensible una
de las muchas fuerzas civilizadoras que están en continua acción para
mejorar moral, religiosa y políticamente la condición del pueblo.
No es raro ver un banquero como Girard, que deja millón y medio de
duros para que se funde un colegio en que se eduquen jóvenes bajo
ciertas condiciones por él prescriptas, y otros filántropos que, como
Franklin, dejen un fondo para que dentro de dos siglos se disponga
de los intereses capitalizados. En todo este enorme y complicado
trabajo nacional, verá Vd. predominar una grande idea, la igualdad; un
sentimiento, el religioso, depurado de las formas exteriores; un medio,
la asociación, que es el alma y la base de toda la existencia nacional
e individual de aquel pueblo.
[4] _History of the United States_, by George Bancroft.
ELECCIONES
Dos cosas me habían hecho desear inspeccionar personalmente los Estados
Unidos. La colonización y la práctica del sistema electoral; el modo de
poblar el desierto, y la manera de proveer al gobierno de la sociedad.
Sobre lo primero mis deseos quedaron satisfechos, y pude ver claro, y
darme cuenta de todo el mecanismo. Un hecho al parecer tan espontáneo,
tan irregular, encierra, sin embargo, una teoría, una ciencia y un
arte. Hay un sistema de principios, de leyes y de reglas para colonizar
prósperamente, de cuya infracción u olvido han resultado todas las
poblaciones raquíticas de nuestros países. Río de Janeiro, Montevideo,
Buenos Aires, Valparaíso, son ciudades posteriores a la formación de
las colonias españolas. Toda la ocupación de la América del Sur está
montada en los errores más garrafales en el arte de poblar; y la mitad
de los desastres de nuestras repúblicas estaban ya preparados por el
sistema de colonización española. Era esta una mina que debió reventar
con el fuego de la independencia. Mis aserciones las justificaré en un
trabajo especial sobre los sistemas y medios de población y ocupación
del territorio. Creo con esto haber llenado un vacío en nuestros
conocimientos americanos.
No anduve tan feliz en materia de elecciones. Es cosa ésta para
vista, pues por lo que hace a principios generales, cada Estado, y la
constitución de los Estados Unidos en general, dan idea insuficiente.
Durante mis rápidas excursiones en aquel país, no me cupo en suerte ver
elecciones sino una, en Baltimore, de mayor autoridad, equivalente a la
de lord mayor de Londres, a lo que creo. Era preciso haber presenciado
muchas elecciones, en distintos lugares y con diversos objetos, para
penetrar en la práctica de las instituciones norteamericanas, el juego
de las pasiones políticas, y las combinaciones de los partidos. ¿Puede
haber materia de estudio político más grande que la del medio preciso,
exacto, de hacer llegar a los destinos públicos el hombre más apto para
desempeñarlos? Podemos estar seguros de haber confiado la ejecución de
un cuadro, de un palacio, de una nave al primer artista o constructor
de la tierra; pero, ¿podremos acercarnos siquiera a la verdad cuando
se trata en un Estado de confiar a un individuo, diputado, presidente
o corregidor, el encargo de producir el mayor bien posible para toda
una sociedad, y, acaso, para generaciones y para la humanidad entera?
El sistema electoral es, todavía, un caos por desembrollar; un germen
apenas fecundado, y sólo en los Estados Unidos se ha desenvuelto lo
bastante por una práctica comparativamente larga.
El único incidente electoral que presencié fué el empeño de los
diarios demócratas en exaltar a los irlandeses emigrantes contra el
candidato del partido _whig_, invitándolos a que se reuniesen con
los demócratas en la elección. Este espectáculo no era por cierto muy
edificante. La chusma irlandesa, apenas llegada de Europa, es allá lo
que en Chile son los rotos, y al juicio de uno y otros, echado en la
balanza en cuanto conocimiento de la conveniencia pública, no le da,
sin duda, mucha importancia.
No pudiendo de propia experiencia transmitirle mi juicio sobre lo que
no vi en materia de elecciones, lo suplo extractando de los viajes
del frenologista Combe, cuanto a este respecto ha dejado escrito. Es
un buen testigo, y su saber, el ser inglés, amar la república, y una
imparcialidad y franqueza sincera, lo hacen un juez competente y una
autoridad. Lo que sigue es una traducción de este autor:
“A lo que he podido comprender, los candidatos para los empleos del
Estado no van de puerta en puerta a solicitar votos en Massachussetts,
como lo he visto en Escocia. Estamos en vísperas de una elección
anual, y se han convocado _meetings_ preparatorios por cada
uno de los partidos de la ciudad. Estos eligen para representante
delegados preparatorios de todas las asambleas, y preparan una lista de
candidatos para ser propuestos a su partido, como personas competentes
para llenar el empleo vacante. Llámanse estas listas _tickets_.
El _ticket whig_ como el _ticket_ democrático se anuncian
por los diarios de los respectivos partidos, siendo el uno sostenido,
y atacado el otro con todos los hechos, argumentos, agudezas y aun
me temo que por todas las invenciones, falsedades, que el talento
y la malicia de cada partido puede aducir en sostén de sus propios
candidatos y en desdoro de los contrarios. Debemos deplorar el olvido
de la verdad, cortesía y delicadeza que estas luchas traen en la
prensa pública, sin embargo de que todos los que se han mezclado en la
vida pública saben que prácticas semejantes deshonran en una grande
extensión la prensa británica.