Allá va el mundo en masa, y sabe Dios los dolores que va a costar

habituar a los goces de la vida, despertar la inteligencia de esos

millones de seres humanos que durante tantos miles de años han servido

para abrigar con el calor de sus entrañas los pies de los nobles que

volvían de la caza. ¿Qué es el capital? preguntan hoy los economistas.

El capital es el representante del trabajo de las generaciones pasadas

legado a las presentes; tienen capitales los que han heredado el fruto

del trabajo de los siglos pasados, como las aristocracias, y los que

lo han adquirido en este y el pasado siglo con los descubrimientos de

las ciencias industriales y las especulaciones del comercio; es decir,

poquísimos en proporción de la masa pobre de las naciones. He aquí, en

mi humilde sentir, el origen de la desenfrenada pasión norteamericana.

Veinte millones de seres humanos, todos a un tiempo, están haciendo

capital, para ellos y para sus hijos; nación que nació ayer en suelo

virgen y a quién los siglos pasados no le habían dejado en herencia

sino bosques primitivos, ríos inexplorados, tierras incultas. Despertad

en Francia o en Inglaterra, por ejemplo, esos veinte millones de

pobres que trabajando veinte horas diarias, se amotinan por conseguir

solamente que el salario les baste para no morir de hambre, sin aspirar

a un porvenir mejor, sin osar soñarlo siquiera, como pretensiones

impropias de su esfera; poned a los rotos de Chile en la alta esfera

de las especulaciones, con la idea fija de hacer pronto una fortuna

de cincuenta mil pesos, y veréis mostrarse entonces las pasiones

infernales que están aletargadas en el ánimo del pueblo. El roto os

pide diez reales por el objeto que venderá por uno, si le ofrecen

uno, y todavía os habrá engañado. Un chileno cree honrada a la masa

de su nación por serlo él y por desprecio al miserable roto, que, sin

embargo, forma la gran mayoría. Tal es la explicación del fenómeno

que llama la atención en los Estados Unidos. Toda la energía del

carácter de la nación en masa está aplicada a esta grande empresa de

las generaciones actuales, acumular capital, apropiarse el mayor número

de bienes para establecerse en la vida. La revolución francesa vió por

otro camino, aunque conduciendo al mismo fin, desenvolverse la energía

moral de la nación; la gloria militar puesta al alcance de quién

supiera conquistarla, el bastón de mariscal en la boca de los cañones

del enemigo, y sabe usted los prodigios obrados por aquella nación.

El norteamericano lucha con la naturaleza, se endurece contra las

dificultades por llegar al supremo bien que su posición social le hace

codiciar: el bienestar; y si la moral se pone de por medio cuando

él iba a tocar su bien, ¿qué extraño es que la aparte a un lado lo

bastante para pasar, o la dé un empellón si persiste en interponerse?

Porque el norteamericano es el pueblo, es la masa, es la humanidad no

muy moralizada todavía, cubierta allí en todas sus graduaciones de

desenvolvimiento bajo una apariencia común. ¿Quién es este hombre? se

preguntará usted en cualquiera parte del mundo; y su fisonomía exterior

le responderá: es un roto, un labriego, un mendigo, un clérigo, un

comerciante. En los Estados Unidos todos los hombres son a la vista un

solo hombre, el norteamericano. Así, pues, la libertad y la igualdad

producen aquellos defectos morales, que no existen tan aparentes en

otras partes, porque el grueso de la nación está inhabilitado para

manifestarlos. ¡Qué escándalo dieran si llegasen de improviso a ser

picados por la tarántula!

Contribuyen a hacerlo más manifiesto las peculiaridades de la

organización de aquel país. Es tal el sentimiento de vida que se

experimenta en los Estados Unidos, tal la confianza en el porvenir,

tal la fe que se tiene en los resultados del trabajo, y tan grande

la esfera del movimiento, que el crédito reposa en la existencia del

individuo más bien que en la garantía de la propiedad. Un hombre

trabajando adquirirá infaliblemente. La estadística de la progresión

en que va la riqueza lo demuestra; luego, todo hombre que trabaja

tiene crédito. Ejemplo: un individuo remonta el Mississipi en un

vapor y propone la compra de 4000 barricas de harina. El vendedor

dice su precio y queda aceptado, después de preguntar quién es el

banquero del comprador. El vendedor escribe a Nueva York al banquero

indicado, pidiendo la solvibilidad del individuo, y con la respuesta:

posee 4000 pesos, crédito bueno, el contrato queda concluído a cuatro

meses de plazo, a pagar en Londres, donde se venderá la harina al

banquero del vendedor. Llegado el término del contrato el vendedor

ve el precio corriente de las harinas en Londres, en la época en que

ha debido efectuarse la venta y ya sabe a qué atenerse en cuanto a

la solvibilidad de su deudor. ¡Cuántos tropezones ha dado un yankee

para llegar a tener fortuna! Aquí llamamos quiebras; allá negocios

frustrados solamente, que irritan la actividad en lugar de paralizarla.

Cuando el especulador es un Estado, el pícaro se presenta más

desfachatado. El Estado agencia capitales en Inglaterra para abrir

caminos de hierro, los obtiene y realiza su empresa; pero como es un

Estado naciente del Oeste, donde la población y la riqueza no son

grandes, los peajes no producen por largos años el interés del dinero,

el Estado deudor promete, aplaza de hoy a mañana el pago sinceramente,

miente, en seguida, por necesidad, se enfada de que le estén exigiendo,

y últimamente, un día amanece de mal humor, pone a la puerta al

acreedor importuno, y le declara en sus propias barbas, y a la faz

de todo el mundo, que _repudia_ la deuda, es decir que no paga.

¿Demandarlo? ¿Ante quién? He aquí el primer pícaro que se presenta

en el mundo, que no conoce juez en la tierra; el pueblo soberano. El

Presidente, el Congreso, el Juez supremo nada pueden contra esta clase

de bellacos. El gobierno mismo del Estado nada puede; ni la clase culta

y por tanto con vergüenza, porque emanando el poder del voto de la

muchedumbre ignorante y bribona, no acepta esta contribución nueva para

pagar la deuda contraída. Así se han conducido Mississipi, Illinois,

Indiana, Michigan, Arkansas y algunos otros más. ¡Qué bulla han metido

los banqueros en Londres con aquella magnífica muestra de la más

insigne felonía! Y, ¿qué remedio?

Aquí principia el reverso de la medalla. Los diarios de Europa hacen

llover como sobre Sodoma y Gomorra el fuego de la execración universal,

y los Estados alzados se ríen con insolencia de tales bravatas. Mas en

los Estados que no han participado del crimen, principia una reacción

en nombre de la dignidad nacional, del honor de la Unión mancillado,

y los delincuentes soberanos empiezan a ponerse serios. Una línea de

circunvalación se establece en torno de ellos, y desde allí la opinión

pública los fulmina a mansalva. La clase ilustrada de los Estados que

han _repudiado_ las deudas siente la indignidad del procedimiento;

pero ¿qué hacer contra la mayoría que lo sostiene? Un diario entra

tímidamente en la cuestión; copia como por incidente algún artículo

censorio. Desde luego reconoce que dadas las circunstancias en que el

Estado se halló, y la insolencia de los ingleses, hizo perfectamente

bien, y les ha dado una lección severa, para que en adelante respeten

mejor la dignidad de un Estado soberano (tramposo). Pero las

circunstancias empiezan a cambiar felizmente la propiedad se desarrolla

rápidamente. ¿No convendría, _to repeal_ la _repudiación_?

¿Al menos reconsiderar el asunto, arbitrar medios, etc.?

El pueblo soberano oye ya sin enojarse. Al día siguiente le insinúan

ideas de honor, sentimientos de generosidad, hasta que al fin la

opinión pública se forma, la reprobación excitada afuera halla ecos

en el Estado, un sentimiento de vergüenza apunta en los semblantes;

voces enérgicas se levantan en la minoría del Congreso, el movimiento

se generaliza, y el Estado criminal vuelve sobre sus pasos, entabla

negociaciones con los banqueros defraudados, y concluye por reconocer

por legítima la deuda del capital, y ofrece un 60 por ciento de los

intereses. Otro Estado, no habiendo podido terminar el canal en que

invirtió los capitales, pide que se le den las sumas necesarias para

llevarlo a cabo, y pagará todo. Un Estado, en fin, permanece inerte en

despecho del clamoreo universal, porque es muy pobre, muy apartado, y

no se admire usted, muy bruto.

Esto último requiere explicaciones.

GEOGRAFIA MORAL

Había pintado el plan iconográfico de la viabilidad de los Estados

Unidos, que si no es la base de la prosperidad de aquel país, es su

instrumento, como los dedos del hombre son los fieles ejecutores de su

pensamiento. Hay, también, una geografía moral en aquel país, cuyas

facciones principales necesito señalar. Conocido el suelo, verá usted

las corrientes civilizadoras que llevan a todos los extremos de la

Unión la mejora, la luz y el progreso moral.

Conoce usted la historia y la colocación de los trece Estados

primitivos de la Unión americana. Dos siglos habían depositado allí

las grandes ideas políticas y religiosas que la Inglaterra había

arrojado sucesivamente de su seno. Bancroft ha hecho el inventario de

esas ideas, colocándolas cada una en la localidad que ocuparon desde

su establecimiento, con los peregrinos en la Nueva Inglaterra, con

los cuáqueros en la Pensilvania, con los católicos en el Maryland.

Aquella colonización fué menos de hombres que se trasladaban de un

país a otro, que de ideas políticas y religiosas que pedían aire y

espacio para explayarse. Sus frutos han sido la república americana,

frutos muy anteriores a la revolución francesa. La declaración de los

derechos del hombre hecha por el Congreso de los Estados Unidos en

1776, es la primera página de la historia del mundo moderno, y todas

las revoluciones políticas que se seguirán en la tierra, un comentario

de aquellos simples dogmas del sentido común.

La declaración de la independencia fué como aquel creced y multiplicaos

de Dios a los hebreos. Desde entonces las ideas y los hombres se

pusieron en marcha hacia el interior; la república empezó a parir

_territorios_ que se convertían luego en _Estados_, como

un pólipo que echa al costado de su tronco nuevas ramas. Observe el

movimiento de las repúblicas sudamericanas desde su independencia

adelante, y verá cuán notable es la diferencia. Chile subdivide sus

antiguas provincias, pero sin aumentar ni el territorio poblado, ni el

número de sus ciudades. Las antiguas Provincias Unidas del Río de la

Plata ven desmembrarse su territorio, y de sus fragmentos constituirse

estados raquíticos y absurdos, mientras que las provincias que aún

quedan llevando el nombre argentino, se despueblan de día en día,

extinguiéndose sus antiguos planteles de ciudades como luces que se

apagan. Maine tenía, por ejemplo, en 1790, 96.000 habitantes; 151.000

en 1800; 228.705 en 1810; 400.000 en 1830; 501.793 en 1840. Nueva York

tenía 340.120 en 1790; 586.766 en 1800; 959.949 en 1810; 1.372.812 en

1820; 1.918.608 en 1830; 2.428.921 en 1840.

Pero a este movimiento de concentración se añade otro de dilatación.

Mississipi aparece en 1800 con 8.850 habitantes; en 1840, contaba ya

375.651. Arkansas no suena hasta 1820, en que presenta una población

de 14.273 habitantes; en 1840 tiene cerca de cien mil. Indiana

contaba en 1810, 4.762; treinta años después, 685.866. Ultimamente

Ohio, que en 1800 registró una población de 40.365, contaba en 1840

un acrecentamiento de más de millón y medio. Asómbrese usted de

este diluvio de hombres que los primeros colonos en un desierto ven

llegar y establecerse en los alrededores. Me han mostrado un hombre

que no era viejo, el cual había visto nacer, desenvolverse y crecer

uno de aquellos grandes estados. ¿De dónde salen estos hombres,

desde que ya no hay Deucaliones que los produzcan tirando piedras

hacia atrás? La inmigración europea figura en segundo plano en estas

sucesivas inmigraciones, por más que aparentemente sea su número muy

considerable. Los Estados viejos o adultos engendran a los que van

apareciendo. El _indian hater_, odiador del indio, va adelante,

esparciendo los miembros de esta singular secta instintiva, que tiene

por único dogma perseguir al salvaje, por único apetito el exterminio

de las razas indígenas. Nadie lo ha mandado; él va solo al bosque

con su rifle y sus perros a dar caza a los salvajes, ahuyentarlos

y hacerles abandonar las cacerías de sus padres. Detrás vienen los

_squatters_, misántropos que buscan la soledad por morada, el

peligro por emociones, y el trabajo de desmontar por solaz. Siguen a

distancia los _pioneers_ abriendo las selvas, sembrando la tierra

y diseminándose en una grande esfera. Vienen en seguida los empresarios

capitalistas con emigrantes por peones, y fundando ciudades y aldeas

según que los accidentes del terreno lo aconsejan. Sobre estos cuadros

viene en seguida a colocarse la inmigración propietaria, mecánica,

industrial, joven, que se desprende de los Estados antiguos a buscar y

crear la fortuna.

En esta expansión de la población norteamericana se muestran grados

de civilización muy marcados, desapareciendo casi del todo en los

extremos, al oeste por la diseminación de los habitantes y la rudeza de

las ocupaciones campestres, al sur por la presencia de los esclavos, y

por las tradiciones españolas o francesas. Medio siglo bastaría para

que la barbarie incurable de nuestras campañas argentinas se mostrase

en las extremidades de la Unión, si los elementos vivos de regeneración

que encierra aquel país no constituyesen un flujo y reflujo que tiene

en actividad toda la masa, y evita que las partes lejanas o aisladas se

estagnen y degeneren.

¡La inmigración europea es allí un elemento de barbarie, quién lo

creyera! El europeo, irlandés o alemán, francés o español, salvo

las excepciones naturales, sale de las clases menesterosas de

Europa, ignorante de ordinario, y siempre no avezado a las prácticas

republicanas de la tierra. ¿Cómo hacer que el inmigrante comprenda

de un golpe aquel complicado mecanismo de instituciones municipales,

provinciales y nacionales, y más que todo, que se apasione como el

yankee por cada una de ellas, y las crea ligadas con su existencia y

como parte de su ser, de tal manera que si descuidara ocuparse de ellas

y de los intereses a que se ligan, temería que su vida y su conciencia

estaban a un tiempo en peligro? ¿Cómo habituarlo al _meeting_ a

que a cada instante recurre el pueblo para expresar _his sentiment;_

y una vez expresado, una vez votados una serie de _and to be further

resolved_, sentir aquel desahogo y como descargo de un peso que

experimenta el norteamericano, como si hubiera producido un hecho, o

desvanecido la opinión que combate? Así es que los extranjeros son en

los Estados Unidos la piedra de escándalo, y la levadura de corrupción

que se introduce anualmente en la masa de la sangre de aquella nación

tan antiguamente educada en las prácticas de la libertad. El partido

_whig_, que es la parte más racional de la nación, ha intentado

muchas veces poner trabas a la inmigración, y sobre todo prolongar

por muchos años el aprendizaje, que requiere el uso de los derechos

políticos. El partido nativista, hoy extinto, trató de crear una

especie de fanatismo nacional, parecido, aunque por motivos contrarios,

a nuestro _americanismo_; pero disiparon luego el interés de cada

Estado naciente los primeros nubarrones de preocupación que empezaban a

levantarse. Los Estados antiguos podían prescindir de los extranjeros,

pues que ya estaban densamente poblados y ofrecen poco aliciente a

los advenedizos. No así los estados del oeste, que pusieron desde

entonces en pública subasta la ciudadanía, bajando a porfía los años

de residencia y excusando requisitos para obtenerla.

Contra esta relajación de la disciplina de los mayores y la más

sensible que trae la diseminación de la población de las campañas, la

organización social de aquel país tiene medios eficacísimos y que ya

hubieran producido sus resultados, si no fuese una obra interminable

mientras continúen llegando _i barbari_ de Europa por centenas de

miles, y hayan acres de bosques por descuajar por millares de millones.

Estas fuerzas de atracción, depuración y pulimento, son tan importantes

que me permitirá usted irlas enumerando.

La posta diaria es la que más sensiblemente obra. La posta sonará a

las puertas de cada aldea lejana y depositará en ella, en algún papel

público, un tópico de conversación, y una noticia de las novedades de

la Unión. Usted concibe que es imposible barbarizarse donde la posta,

como una gotera diaria, está disolviendo toda indiferencia nacida del

aislamiento. No olvide que esta posta recorre 134.000 millas, y que en

partes tiene por auxiliar el telégrafo.

Paso por alto la influencia civilizadora e irritante de la prensa

periódica.

El juicio por jurados llama a los hombres de las campañas a cada

instante a reunirse, para juzgar causas criminales, y el payo juez

oye la acusación y la defensa, pesa las razones, compulsa leyes, se

habitúa a su mecanismo y juzga con toda seguridad de conciencia. El

hábito del jurado ha creado el crimen civil, impune, horrible, que

se llama la _Ley de Lynch_. Como Jesús decía: “Donde quiera que

estaréis reunidos tres en mi nombre, yo estaré con vosotros”, la

_Lynch’s law_ ha dicho al yankee de los bosques: “Donde quiera

que os reunáis siete en nombre de la voluntad del pueblo, la justicia

será con vosotros”. Guárdese usted en el Far-West o en los Estados

de esclavos de encontrarse con siete hombres reunidos y provocar sus

pasiones. Será usted colgado por aquellos jueces, más terribles y más

arbitrarios que los jueces invisibles de los tribunales secretos de

la Alemania antigua. La ley lo permite, y aquellas conciencias torvas

quedan exentas de todo remordimiento, ni más ni menos que el inquisidor

español que veía arder la víctima que con sus ardides había llevado a

la hoguera; así la religión y la democracia caen en el crimen cuando se

exageran sus principios y sus objetos.

No ejerce menor influencia civilizadora la elección de presidente.

El norteamericano hace cincuenta elecciones al año. Derrotado en el

consejo de instrucción pública, se echa con el mismo ardor en la

de sacristán de su capilla; si pierde allí, espera con redoblado

encarnizamiento la de _attorney_, la de diputados para su Estado

o la de gobernador. No lo exalta menos la que requiere la renovación

de las cámaras, e incuba un año entero su ojeriza contra un candidato

para la presidencia y su amor por otro. Entonces la Unión se agita por

sus cimientos; los _squatters_ salen de los bosques como sombras

evocadas por un conjuro. La suerte de cada uno de aquellos galápagos,

está comprometida en el éxito; amenaza no sobrevivir al triunfo del

candidato _whig_, cual si dijéramos retrógrado; y si el escrutinio

deja burladas sus esperanzas, aprieta los puños se alejan en dirección

a su morada, jurando desquitarse en la elección de pastor de su

doctrina.

La elección de presidente es, pues, el único vínculo que une entre

sí a todos los extremos de la Unión, la preocupación nacional única

que conmueve a un tiempo a todos los hombres y a todos los Estados.

La lucha electoral, es, por tanto, un despertador, una escuela y un

estimulante que hace revivir la vida adormecida por las distancias y la

rudeza del trabajo.

Pero el mayor de todos los reactivos constitúyelo el sentimiento

religioso. Pasma, sin duda, a un católico tibio que llega de nuestros

países ver la escala extensa y elevada en que la religión obra, en

medio de aquella extrema libertad. Desde luego la Biblia está en toda

la Unión, desde el _loghouse_ del bosque hasta los hoteles de las

grandes ciudades, obrando en bien y en mal, los efectos de su lectura

diaria. Digo en mal, porque el apego a la letra del texto produce

consecuencias desastrosas en los ánimos estrechos. Sábese que en la

nueva Inglaterra rigieron por mucho tiempo las leyes de Moisés; tal

era y es aún la idea de la perfección inmaculada de cada frase y de

cada versículo de la Biblia. A bordo de un buque se hablaba de las

maravillas del cloroformo. Un médico aseguraba que podía aplicarse

sin peligro a los alumbramientos.--¿Y usted lo aplicará a su mujer?

preguntaba un puritano presente.--¿Por qué no?--Pues yo no lo haría,

replicó seriamente el interlocutor.--Eso depende del grado de confianza

de cada uno en su eficacia.--No, señor; el Génesis dice: parirá la

mujer con dolores; y usted contraría la voluntad de Dios. Como se ve,

la cuestión del cloroformo era mirada por el lado de la conciencia, y

medida su bondad en el cartabón de la Biblia.

El acento nasal de los yanquis, más pronunciado en el interior,

viéneles de la lectura cotidiana de la Biblia; pero en despecho de

estos pequeños inconvenientes, produce, por otra parte, resultados

inmensos. La historia aunque trunca, los preceptos de la moral, las

frases evangélicas, se pegan a la mente del lector; y la plática del

pastor se refiere cual comentario a aquellos puntos que el oyente

conoce y sobre cuya significación su ruda mente pedía esclarecimientos.

La lluvia de la palabra cae entonces sobre terreno abierto y sediente,

y no como la de nuestros predicadores ordinarios, que la arrojan

al viento en las plazas públicas, condimentándolas no pocas veces

con groserías para que sirvan éstas de mordiente al caer sobre las

naturalezas brutas del pueblo. La polémica de las sectas da más

animación y actualidad a estas lecturas, y la vida entera de un hombre

no basta para penetrar en los misterios que encierra en inmenso

catálogo su libro sagrado. Sesenta y siete colegios de teología

difunden por toda la Unión la ciencia religiosa, mientras que alcanzan

apenas a diez los consagrados a las leyes, produciendo, sin embargo,

un número de más de veinte mil abogados. El número de obras originales

sobre aquel punto es tres veces mayor en los Estados Unidos que el de

otras consagradas a investigaciones de la ciencia. Esta peculiaridad

nacional hará de aquel pueblo una entidad aparte en el mundo moderno.

Para mantener el fuego sagrado, hay en viaje permanente por las

campañas remotas, millares de pastores viajeros, que pasan toda

su vida en misión; hombres rudos y enérgicos que llevan a todas

partes la agitación, despiertan los ánimos, excitándolos a la

contemplación de las verdades eternas. Son éstos verdaderos ejercicios

espirituales, como los de los católicos; más espirituales aún, pues,

sin amedrentarlos con las penas del infierno, el pastor o los pastores

reunidos en un mitin religioso, al aire libre o en algún galpón

improvisado, sacuden las embotadas inteligencias de los campesinos,

les presentan la imagen de Dios en formas grandiosas, inconcebibles;

y cuando el estimulante ha producido su efecto, envían a las mujeres

al bosque de un lado y a los hombres del otro, para que mediten a sus

solas, se encuentren en presencia de sí mismos viendo su nada, su

desamparo y sus defectos morales.

Los resultados de esta curación moral son extraños e inexplicables.

Las mujeres entran en delirio, se tuercen y revuelcan por el suelo,

echando espumarajos; lloran los hombres y aprietan los puños, hasta

que, al fin, un himno religioso, entonado en coro, empieza, lentamente,

a dulcificar aquellas santas amarguras; la razón recobra su imperio,

la conciencia se aquieta y tranquiliza, y una profunda melancolía se

pinta en los semblantes, mezclada de síntomas de bondad moral, como si

hubiese robustecídose el sentimiento de lo justo con aquel vomitivo

aplicado al espíritu. Los profanos que han presenciado estas escenas

en las campañas, atribuyen aquellos efectos singulares de la palabra

a la excitación que producen sobre el cerebro las ideas elevadas,

en personas que por la monotonía de la vida aislada que llevan,

pasan meses enteros sin experimentar emoción alguna de placer ni de

dolor. Es aquel un drama entre Dios y la criatura, cuyas peripecias

tienen despierto al auditorio que es la parte más activa de la

representación. Acaso el cerebro tiene movimientos y revoluciones como

otros órganos del cuerpo humano también. Pero en todo caso el habitante

del Far West en nada se parece al bárbaro pastor o al labrador de

nuestras campañas, pues que está abundantemente preparado para oir

la palabra divina por la lectura de la Biblia y por los comentarios

teológicos de los divinistas. Pero lo que de todo esto importa para

mi objeto, es que mediante los ejercicios religiosos, las disidencias

teológicas y los pastores ambulantes, aquella grande masa humana vive

toda en fermentación, y la inteligencia de los más apartados habitantes

de los centros se conserva despierta, activa, y con sus poros abiertos

para recibir toda clase de cultura. A semejanza de una cuba, que no

importa la calidad del líquido que encierre, se mantiene ajustada y

apta para servir; mientras que si se le deja vacía, las duelas se

tuercen, los arcos se aflojan y queda con la acción del tiempo y las

fluctuaciones de la intemperie, inutilizada para siempre.

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