“2.ª Todo poseedor, en los seis primeros meses después de registrado su

lote, habrá hecho permanentes mejoras en el terreno, ya edificando o

cercando, o bien ocupando el terreno en un año de la data del registro;

o en caso de no ocuparlo, pagar en tesorería cinco pesos anuales, y

en caso de no ocuparlo o no pagar la suma antedicha, el título será

considerado como abandonado; proveyéndose que los no residentes en

este país no pueden aprovechar de esta ley; y proveyéndose, además

que los residentes en este territorio que se ausentasen por negocios

particulares por dos años, podrán conservar la propiedad pagando cinco

pesos anuales al tesoro.

“3.ª Ningún individuo podrá tomar posesión de más de un cuarto de

milla cuadrada, o 640 acres, en una forma cuadrada u oblonga. Ningún

individuo podrá poseer dos lotes a un mismo tiempo.

“5.ª Las líneas de los límites de todos los lotes se conformarán tan

aproximadamente cuanto sea posible con los puntos cardinales.”[2]

Este pueblo, lleva, como Vd. ve, en su cerebro, orgánicamente, cual

si fueran una conciencia política, ciertos principios constitutivos

de la asociación: la ciencia política pasada a sentimiento moral

complementario del hombre, del pueblo, de la chusma; la municipalidad

convertida en regla de asociación espontánea; la libertad de conciencia

y de pensamiento; el juicio por jurados. Si quiere Vd. medir el

camino que ha andado aquel pueblo, reuna Vd. un grupo, no del vulgo

de ingleses, franceses, chilenos o argentinos, sino de las clases

cultas, y pídales de improviso que se constituyan en asociación, y

no sabrán qué se les pide, cuanto y más fijar con precisión, como

aquellos aventureros del Oregón, las bases en que ha de reposar el

gobierno de una sociedad que va a nacer, y que, por la distancia y los

desiertos que la dejan separada del resto de la Unión, queda de hecho

y de derecho desligada de la patria común.[3] Algunos años más tarde

de estos rudimentos dispersos, surgirá un territorio; y del territorio

un Estado para aumentar una nueva estrella en la constelación de

los Estados Norteamericanos, con sus mismas leyes, sus prácticas,

sus instituciones civiles y políticas, y sobre todo, con su carácter

peculiar de nacionalidad, marcado con el sello enérgico de aquel coloso.

Hay un fenómeno que se realiza en los Estados Unidos, y que no obstante

de referirse a principios fundamentales inherentes a la especie

humana, no ha sido hasta hoy de una manera precisa establecido. Hasta

de palabra adecuada carecen para indicarlo los idiomas. Pretender

señalarlo en dos páginas sería el índice o el plan de un gran libro.

¿Qué es la moral? El código de preceptos que ha dado en seis mil años

el contacto de un hombre con otro, a fin de que vivan en paz sin

hacerse mal, amándose, procurándose el bien. La moral que nos liga

a Dios por nuestros padres, está después de Confucio, de Sócrates y

Franklin, adivinada, encontrada. Si algo le falta para ser perfecta

por el estudio humano y los sentimientos del corazón, la revelación la

completa en cuanto a la parte de los hombres más desligada de nosotros

mismos, que es el prójimo, el extranjero, el enemigo, clasificaciones

que distinguen tres grados de separación; por las leyes el prójimo es

indiferente; el extranjero, la tela de que se hizo siempre el esclavo;

para el enemigo, cesan todos los vínculos de la familia humana, la

muerte está pronta para él, sin remordimiento, con gloria. Cuando el

hombre se llame el enemigo, entonces deja de formar parte de nuestra

especie; ni las leyes, ni religión alguna han podido hasta hoy nada

contra los efectos morales de esta clasificación.

Pero la moral se refiere a las acciones de los individuos solamente.

¿Cómo se llama aquella otra parte de la vida del hombre, en cuanto

a miembro de un rebaño, de una colmena, o de una bandada, puesto

que pertenece a la especie de los animales gregarios? Preguntádselo

al czar de Rusia, a un lord del parlamento, a Rousseau, a Rosas, a

Franklin, y cada uno os dará un bellísimo sistema de política, esto

es, de preceptos, de obligaciones, derechos y deberes que sirvan de

regla a los individuos en relación con la masa, con la sociedad. Los

unos pretenderán que el _uno_ que gobierna hará para el bien

común todo lo que le dé la gana; otros sostendrán que los lores son

los que tienen el derecho de hacer su soberana voluntad, y no faltará

quien sostenga que cada individuo tiene su parte de ingerencia en los

negocios de todos, bien que esto dependerá de la cantidad de bienes

que haya acumulado, o bien del estado de su razón. La política humana,

pues, no ha hecho tantos progresos como la moral, y puede ser todavía

puesta aquella ciencia primordial en el número de las especulativas,

no obstante referirse al hecho más antiguo, más duradero, más actual,

que es la sociedad en que vivimos. A la especie humana en general

le falta un sentido, si es posible decirlo. A la _conciencia_

que regla las acciones morales entre los hombres, falta añadir otra

cosa que indique con la misma seguridad los deberes y derechos

que constituyen la asociación, la moral en grande, obrando sobre

millones de hombres, entre familias, ciudades, estados y naciones,

completada más tarde por las leyes de la humanidad entera. La ciudad

de Atenas parece que había adquirido este sentimiento; más tarde lo

tuvieron los patricios romanos; pero aquéllo lo destruyeron éstos,

hiriéndolo por la abertura que deja hasta hoy la moral, a saber, por

la clasificación del _enemigo_; y a los últimos los destruyó y

dispersó la _plebe_, que adquiría a la sombra del patriciado

el mismo sentimiento, y por los _extranjeros_, que de enemigos

conquistados, pasaron a sentir la gana de formar parte del senado

romano.

Perdóneme Vd. esta tirada pedantesca, sin la cual no puedo explicar

mi idea. La población en masa de los Estados Unidos ha adquirido este

sentimiento, esta conciencia política, pues no sé qué nombre darle. El

cómo lo ha adquirido lo barruntará Vd. en la historia de los Estados

Unidos por Bancroft. Es un hecho que se ha venido preparando de cuatro

siglos; es la práctica de doctrinas y partidos vencidos y rechazados

en Europa, y que con los peregrinos, los puritanos, los cuáqueros, el

_habeas corpus_, el parlamento, el juri, la tierra despoblada, la

distancia, el aislamiento, la naturaleza salvaje, la independencia,

etc., se ha venido desenvolviendo, perfeccionando, arraigando. En

Inglaterra hay libertades políticas y religiosas para los lores y los

comerciantes; en Francia para los que escriben o gobiernan; el pueblo,

la masa bruta, pobre, desheredada, no _siente_ nada todavía

sobre su posición como miembros de una sociedad; serán gobernados

monárquicamente, aristocráticamente, teocráticamente, según lo quieran,

o no puedan resistirlo, los propietarios, los abogados, los militares,

los literatos.

En Norte América, el yankee será fatalmente republicano, por la

perfección que adquiere su sentimiento político, que es ya claro y fijo

como la conciencia moral; porque es de dogma que la moral es adquirida,

sin lo cual la revelación era inútil, y no se ha hecho revelación

alguna a los hombres para guiarse en sus relaciones con la masa. Si una

parte de la Union defiende y mantiene la esclavitud, es porque en esa

parte la conciencia moral en cuanto al extranjero de raza, aprisionado,

cazado, débil, ignorante, está en la categoría del _enemigo_, y

por tanto, la moral no le favorece; pero, en todos los demás Estados,

en todas las clases, o más bien, en la clase única que forma la

sociedad, el sentimiento _político_, que debe ser inherente al

hombre, como la razón y la conciencia, está completamente desenvuelto.

De aquí nace que donde quiera que se reunan diez yankees, pobres,

andrajosos, estúpidos, antes de poner el hacha al pie de los árboles

para construirse una morada, se reunen para arreglar las bases de la

asociación; un día llegará en que no se escriba este pacto, porque

estará sobre-entendido siempre: y este pacto es, como ha visto usted en

la ley orgánica del Oregon, una serie de dogmas, un decálogo. Cada uno

creerá lo que cree; cada uno nombrará quien haya de gobernarlo; cada

uno dirá de palabra y por escrito su pensamiento; será juzgado por un

jurado, y se le admitirá fianza de cárcel segura por todo delito que no

merezca pena capital.

Pero esta parte es solo la que puede formularse, que hay otra que

está en las ideas y en las adquisiciones hechas; y es la más digna

de estudiarse. Por ejemplo: un hombre no llega a la plenitud de su

desenvolvimiento moral e inteligente sino por la educación; luego la

sociedad debe completar al padre en la crianza de su hijo. Las escuelas

gratuítas son coetáneas y a veces anteriores a la fundación de una

villa. La sociedad necesita tener una voz suya, como cada individuo

tiene la que le sirve para expresar sus sentimientos, opiniones y

deseos; luego habrá _meetings_ y cámara de representantes que

_enacte_ todos los quereres, y prensa diaria que se ocupe de los

intereses, pasiones e ideas de grandes masas. Como la sociedad, aunque

naciendo en el seno de los bosques, es hija y heredera de todas las

adquisiciones de la civilización del mundo, aspirará a tener desde

luego, o lo más pronto, posta diaria, caminos, puertos, ferrocarriles,

telégrafos, etc., y de pieza en pieza llega usted hasta el arado, el

vestido, los utensilios de cocina perfeccionados, de patente, el último

resultado de la ciencia humana para todos, para cada uno.

Estos detalles, que pueden parecer triviales, constituyen, sin embargo,

un hecho único en la historia del mundo. Vengo de recorrer la Europa,

de admirar sus monumentos, de prosternarme ante su ciencia, asombrado

todavía de los prodigios de sus artes; pero he visto sus millones de

campesinos, proletarios y artesanos viles, degradados, indignos de ser

contados entre los hombres; la costra de mugre que cubre sus cuerpos,

los harapos y andrajos de que visten, no revelan bastante las tinieblas

de su espíritu; y en materia de política, de organización social,

aquellas tinieblas alcanzan a obscurecer la mente de los sabios, de

los banqueros y de los nobles. Imagínese usted veinte millones de

hombres que saben lo bastante, leen diariamente lo necesario para tener

en ejercicio su razón, sus pasiones públicas o políticas; que tienen

que comer y vestir, que en la pobreza mantienen esperanzas fundadas,

realizables de un porvenir feliz, que alojan en sus viajes en un hotel

cómodo y espacioso, que viajan sentados en cojines muelles, que llevan

cartera y mapa geográfico en su bolsillo, que vuelan por los aires

en alas del vapor, que están diariamente al corriente de todo lo que

pasa en el mundo, que discuten sin cesar sobre intereses públicos

que los agitan vivamente, que se sienten legisladores y artífices de

la prosperidad nacional; imagínese usted este cúmulo de actividad,

de goces, de fuerzas, de progresos, obrando a un tiempo sobre los

veinte millones, con rarísimas excepciones, y sentirá usted lo que

he sentido yo, al ver esta sociedad sobre cuyos edificios y plazas

parece que brilla con más vivacidad el sol, y cuyos miembros muestran

en sus proyectos, empresas y trabajos una virilidad que deja muy atrás

a la especie humana en general. Los norteamericanos sólo pueden ser

comparados hoy a los romanos antiguos, sin otra diferencia que los

primeros conquistan sobre la naturaleza ruda por el trabajo propio,

mientras los otros se apoderaban por la guerra del fruto creado por el

trabajo ajeno. La misma superioridad viril, la misma pertinencia, la

misma estrategia, la misma preocupación de un porvenir de poder y de

grandeza.

Su buque es el mejor del mundo, el más barato, el más grande. Si en

alta mar encontráis en un día de bolina una nave que cruza arrebatada

por la borrasca, cuyas bocanadas inflan a reventar las velas, juanetes,

alas y arrastraderas, el capitán francés, español o inglés de vuestro

buque que ha tomado rizos a la vela mayor, os dirá a qué nación

pertenece; os dirá, rechinando los dientes de cólera que es yankee; lo

conoce en el tamaño, en la audacia, y más que todo en que pasa rozando

su buque sin izar la bandera para saludarlo.

En los puertos o docks europeos vuestra vista tropezará con un

departamento especial en que están reunidas fragatas colosales, que

parecen pertenecer a otro mundo, a otros hombres; son los buques

yankees que principiaron por agrandarse para contener mayor número de

balas de algodón y han concluído por hacer un género en la construcción

naval. Quince buques de vapor de los que hacen el servicio del Hudson,

unidos por sus quillas y proas describen una calle de madera de una

milla de largo. Si en un día de tempestad veis en el Havre o en

Liverpool un buque empeñado en tomar la mar, es un buque yankee que

tenía anunciada para aquel día su salida, y que el honor al pabellón,

la gloria de las estrellas de su bandera, le prohiben aguardar, como

lo harán los buques de otras naciones, a que el viento abonance.

¿Qué buques son los que persiguen las ballenas en los mares polares?

Son casi exclusivamente los norteamericanos; y dentro de ese casco

solitario, de aquel _squatter_ de las aguas, encontraréis una

tripulación escasa, que no bebe licores, porque pertenece a la sociedad

de templanza, hombres endurecidos en las fatigas, que arrancan a los

peligros de la muerte un peculio para establecerse en los Estados

cuando vuelvan, para tomar un lote de tierra y labrarse una propiedad

y levantar una casa, y contar a sus hijos alrededor de la estufa de

hierro colado sus aventuras de mar. El año pasado la reina Victoria se

paseaba en su suntuoso _yacht_, acompañada del príncipe Alberto,

por la bahía de Falmouth. Los buques todos estaban empavesados para

honrar a las regias visitas. Sobre el tope del palo mayor de una

fragata norteamericana veíase un marinero yankee parado en un pie,

balanceándose con el buque que se mecía sobre sus anclas y tendiendo al

aire su sombrero en una mano en señal de saludo. He aquí la expresión

jeroglífica de la marina yankee. La reina se enfermó a la vista de

aquel espectáculo. Un marinero inglés hubo, picado de amor nacional, de

repetir la prueba. La reina lo prohibió con sus señales de espanto. ¿Lo

habría hecho? No lo hizo, y eso basta. Era una imitación de la audacia

ajena; el hombre es capaz de eso y mucho más; pero sólo el genio de un

pueblo inspira la idea y el coraje de ejecutarlo.

Me detengo en este punto de la marina norteamericana, porque el buque

es para el yankee su medio internacional, la prolongación de su nación

para ponerse en contacto con todas las otras de la tierra; y en esta

época de movimiento universal, el pueblo que tenga buques más ligeros,

de construcción más barata y por tanto de fletes menos subidos, es el

rey del universo. En el Mediterráneo, en los mares de la India y el

Pacífico, anulan, suprimen y alejan de día en día toda otra marina y

todo otro comercio que el suyo. Oh, reyes de la tierra, que habéis

insultado por tantos siglos a la especie humana, que habéis puesto

el pie de nuestros esbirros sobre los progresos de la razón y del

sentimiento político de los pueblos revolucionarios, dentro de veinte

años, el nombre de la República norteamericana será para vosotros

como el de Roma para los reyes bárbaros. Las teorías, las utopías, de

vuestros filósofos, desacreditadas, ridiculizadas por la tradición, la

legitimidad, el _hecho consumado_, bien entendido que apoyados en

medio millón de bayonetas, para que el ridículo sea eficaz, encontrarán

el hecho también luminoso y triunfante.

Cuando los Estados de la Unión se cuenten por centenares, y los

habitantes por cientos de millones, educados, vestidos y hartos, ¿qué

váis a oponer a la voluntad tan soberana de la gran República en los

negocios del mundo? ¿Vuestros guardianes de pordioseros? ¡Pero os

olvidáis de las naves americanas que os bloquearían en todos los mares,

en todos los puertos! Dios ha querido, al fin, que se hallen reunidos

en un solo hecho, en una sola nación, la tierra virgen que permite a

la sociedad dilatarse hasta el infinito, sin temor de la miseria; el

hierro que completa las fuerzas humanas; el carbón de piedra que agita

las máquinas; los bosques que proveen de materiales a la arquitectura

naval; la educación popular, que desenvuelve por la instrucción general

la fuerza de producción en todos los individuos de una nación; la

libertad religiosa que atrae a los pueblos en masa a incorporarse en

la población; la libertad política que mira con horror el despotismo y

las familias privilegiadas; la República, en fin, fuerte, ascendente

como un astro nuevo en el cielo; y todos estos hechos se eslabonan

entre sí, la libertad y la tierra abundante; el hierro y el genio

industrial; la democracia y la superioridad de los buques. Empeñaos en

desunirlos por las teorías y la especulación; decid que la libertad,

la educación popular, no entran por nada en esta prosperidad inaudita,

que conduce fatalmente a una supremacía indisputable; el _hecho_

será siempre el mismo, que en las monarquías europeas se han reunido la

decrepitud, las revoluciones, la pobreza, la ignorancia, la barbarie

y la degradación del mayor número. Escupid al cielo, y ponderadnos

las ventajas de la monarquía. La tierra se os vuelve estéril bajo las

plantas, y la República os lleva sus cereales para alimentaros; la

ignorancia de la muchedumbre sirve de base a vuestros tronos, y la

corona que orna vuestras sienes brilla cual flor sobre ruinas; medio

millón de soldados guardan el equilibrio de los celos y de la envidia

de unos soberanos con otros, mientras la República, colocada por la

Providencia en terreno propicio, como colmena de abejas, ahorra esas

sumas inmensas para convertirlas en medios de prosperidad que da su

rédito en acrecentamiento de poder y de fuerza. Vuestra ciencia y

vuestras vigilias sirven sólo para aumentar el esplendor de aquélla.

_Sic vos non vobis_ inventáis telégrafos eléctricos para que la

unión active sus comunicaciones; _sic vos non vobis_ creasteis los

rieles para que rodasen las producciones y el comercio norteamericano.

Franklin tuvo la audacia de presentarse en la corte más fastuosa del

mundo con sus zapatos herrados de labriego y sus vestidos de paño

burdo; vosotros tendréis un día que esconder vuestros cetros, coronas y

zarandajas doradas para presentaros ante la República, por temor de que

no os ponga a la puerta, como a cómicos o truhanes de carnestolendas.

¡Oh! me exalta, mi querido amigo, la idea de presentir el momento en

que los sufrimientos de tantos siglos, de tantos millones de hombres,

la violación de tantos principios santos, por la fuerza material

de los hechos elevados a teoría, a ciencia, encontrarán también el

_hecho_ que los aplaste, los domine y desmoralice. ¡El día

del grande escándalo de la República fuerte, rica de centenares de

millones, no está lejos! El progreso de la población norteamericana lo

está indicando; ella aumenta como ciento, y las otras naciones sólo

como uno; las cifras van a equilibrarse y a cambiar en seguida las

proporciones; y ¿estas cifras numéricas no expresarán lo que encierra

en sí de fuerzas productoras y de energía física y moral del pueblo

avezado a las prácticas de la libertad, del trabajo y de la asociación?

[1] _Journal of Travels over the Rocky Mountains to the Mouth of the

Columbia River, made the years 1845 and 1846._

[2] Ley orgánica del Oregón, sancionada el 5 de julio de 1845.

[3] El presidente de Estados Unidos, en el Mensaje de 1848, pedía que

se invitase a los habitantes del Oregón a entrar en relaciones con la

Unión y reconociesen la autoridad común, como un territorio.

AVARICIA Y MALA FE

Tan fatigado lo considero de seguirme en estas excursiones que al

rápido andar de las ideas hago por los extremos aportados de la Unión,

tras de alguna manifestación de la vida de este pueblo, que para

su solaz quiero en adelante, en vías de puntos de descanso, poner

epígrafes a las materias que iré tratando. Usted ha comprendido, sin

duda, que el que precede anuncia que voy a hablar del carácter moral

de esta nación. En aquellas dos palabras se reasume, en efecto, el

reproche que hacen, más bien diré, el tizne que afea el carácter moral

yankee, y el entusiasmo por las instituciones democráticas se resfría

al ver las brechas que a la moral individual hacen, y no hay pueblo

medio civilizado que no se sienta superior a los yankees por este lado

al menos, al revés de las grandes naciones antiguas y modernas, de Roma

y la Inglaterra, en que el Estado era un bandido famoso, mientras los

individuos que lo componían practicaban las virtudes más austeras.

Los Estados Unidos como gobierno son irreprochables en sus actos

públicos, mientras que los individuos que lo forman adolecen de

vicios repugnantes de que se creen menos sujetas las demás naciones.

¿Dependerá esto de una peculiaridad de la raza sajona? ¿Vendrá de la

amalgama de tantos pueblos diversos? ¿Será fruto ingrato de la libertad

y de la democracia?

No se espante si muestro que a esta última causa más que a otra

ninguna atribuyo el mal moral que aqueja a aquellos pueblos. La

avaricia es hija legítima de la igualdad, como el fraude viene ¡¡cosa

extraña al parecer!! de la libertad misma. Es la especie humana que se

muestra allí, sin disfraz alguno, tal como ella es, en el período de

civilización que ha alcanzado, y tal como se mostrará todavía durante

algunos siglos más, mientras no se termine la profunda revolución que

se está obrando en los destinos humanos, cuya delantera llevan los

Estados Unidos.

El mundo se transforma, y la moral también. No se escandalice usted.

Como la aplicación del vapor a la locomoción, como la electricidad a la

transmisión de la palabra, los Estados Unidos han precedido a todos los

demás pueblos en añadir un principio a la moral humana en relación con

la democracia. ¡Franklin! Todos los moralistas antiguos y modernos han

seguido las huellas de una moral que, dando por sentada, por fatal y

necesaria la existencia de una gran masa de sufrimientos, de pobreza y

de abyecciones, localizaba el sentimiento moral, dando por atenuaciones

la limosna del rico y la resignación del pobre. Desde las castas

inmóviles de indios y egipcios, hasta la esclavitud y el proletariado

normal de la Europa, todos los sistemas de moral han flaqueado por

ahí. Franklin ha sido el primero que ha dicho: bienestar y virtud; sed

virtuosos para que podáis adquirir; adquirid para poder ser virtuosos.

Mucho se aproximaba Moisés en sus doctrinas morales a estos principios,

cuando decía: honrad a vuestros padres para que así viváis largo tiempo

sobre la tierra prometida. Todas las leyes modernas están basadas en

este principio nuevo de moral. Abrir a la sociedad en masa, de par en

par, las puertas al bienestar y a la riqueza.

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