El error fatal de la colonización española en la América del Sur,

la llaga profunda que ha condenado a las generaciones actuales a

la inmovilidad y al atraso, viene de la manera de distribuir las

tierras. En Chile se hicieron concesiones de grandes lotes entre

los conquistadores, medidos de cerro a cerro, y desde la margen de

un río hasta la orilla de un arroyo. Se fundaron condados entre los

capitanes, y a la sombra de sus techos improvisados, debieron asilarse

los soldados, padres del inquilino, este labrador sin tierra, que crece

y se multiplica sin aumentar el número de edificios. El prurito de

ocupar tierras en nombre del rey hizo apoderarse de comarcas enteras,

distanciándose los propietarios, que en tres siglos no han alcanzado a

desmontar la tierra intermediaria. La ciudad por tanto quedaba en este

vasto plan suprimida, y las pocas aldeas de nueva creación después de

la conquista han sido _decretadas_ por los presidentes, contándose

cien por lo menos en Chile de este origen oficial y ficticio. Ved cómo

procede el norteamericano, recién llamado en el siglo XIX a conquistar

su pedazo de mundo para vivir, porque el gobierno ha cuidado de dejar

a todas las generaciones sucesivas su parte de tierra. La conscripción

de jóvenes aspirantes a la propiedad se apiña todos los años en torno

del martillo en que se venden las tierras públicas, y con su lote

numerado parte a tomar posesión de su propiedad, esperando que los

títulos en forma le vengan más tarde de las oficinas de Wáshington.

Los más enérgicos yankees, los misántropos, los selváticos, los

_squatters_, en fin, obran de una manera más romanesca, más

poética o más primitiva. Armados de su rifle se enmarañan en las

soledades vírgenes, matan por pasatiempo ardillas que triscan con

su movilidad incansable entre las ramas de los árboles; una bala

certera vuela al firmamento a precipitar un águila que cernía sus alas

majestuosamente sobre la verdinegra superficie que forman las copas de

los árboles; el hacha, su compañera fiel, cuando no fuere más que por

ejercitar las fuerzas, ha de echar cedros o robles al suelo. En estas

correrías vagabundas, el plantador indisciplinado busca un terreno

fértil, un punto de vista pintoresco, la margen de un río navegable,

y cuando se ha decidido en su elección, como en las épocas primitivas

del globo, dice esto es mío, y sin otra diligencia toma posesión de la

tierra en nombre del rey del mundo, que es el trabajo y la voluntad.

Si algún día llega hasta el límite que él ha trazado a su propiedad la

mensura de las tierras del Estado, la venta en almoneda sólo servirá

para decirle lo qué debe por lo que ha cultivado, según el precio a

que se vendan los adyacentes campos incultos; y no es raro que este

carácter indómito, insocial, alcanzado por las poblaciones que vienen

avanzando sobre el desierto, venda su quinta y se aleje con su familia,

sus bueyes y caballos, buscando la apetecida soledad de los bosques.

El yankee ha nacido irrevocablemente propietario; si nada posee ni

poseyó jamás, no dice que es pobre, sino que está pobre; los negocios

van mal; el país va en decadencia; y entonces los bosques primitivos

se presentan a su imaginación, obscuros, solitarios, apartados, y en

el centro de ellos, a la orilla de algún río desconocido, ve su futura

mansión, el humo de las chimeneas, los bueyes que vuelven con tardo

paso al caer de la tarde al redil, la dicha, en fin la propiedad que

le pertenece. Desde entonces no habla ya de otra cosa que de ir a

poblar, a ocupar tierras nuevas. Sus vigilias las pasa sobre la carta

geográfica, computando las jornadas, trazándose un camino para la

carreta; y en el diario no busca sino el anuncio de venta de terrenos

del Estado, o la ciudad nueva que se está construyendo en las orillas

del lago Superior.

Alejandro el Grande destruyendo a Tiro, tenía que devolver al comercio

del mundo un centro para reconcentrar las especies del Oriente, y

desde donde se derramasen en seguida por las costas del Mediterráneo.

La fundación de Alejandría le ha valido su renombre como muestra de

su perspicacia, no obstante que las vías comerciales eran conocidas y

el istmo de Suez la feria indispensable entre los mares de la India

y la Europa y el Africa de entonces. Esta obra la realizan todos los

días Alejandros norteamericanos que vagan en los desiertos buscando

puntos que un estudio profundo del porvenir señala como centros futuros

del comercio. El yankee, inventor de ciudades, profesa una ciencia

especulativa, que de inducción en inducción, lo conduce a adivinar el

sitio donde ha de florecer una ciudad futura. Con el mapa extendido

a la sombra de los bosques, su ojo profundo mide las distancias de

tiempo y de lugar, traza por la fuerza del pensamiento el rumbo que han

de llevar más tarde los caminos públicos; y encuentra en su mapa las

encrucijadas forzosas que han de hacer. Precede a la marcha invasora

de la población que se avanza sobre el desierto, y calcula el tiempo

que empleará la del norte y el que necesita la del sur, para acercarse

ambas al punto que estudia, que ha escogido en la confluencia de

dos ríos navegables. Entonces traza con mano segura el trayecto de

caminos de hierro que han de ligar el sistema comercial de los lagos

con su presunta metrópoli, los canales que pueden alimentar los ríos

y arroyos que halla a mano, y los millares de leguas de navegación

fluvial que quedan en todas direcciones sometidas como radios del

centro que imagina. Si después de fijados estos puntos, halla un

manto de carbón de piedra, o minas de hierro, levanta el plano de la

ciudad, la da nombre y vuelve a las poblaciones, a anunciar, por los

mil ecos del diarismo, el descubrimiento que ha hecho del local de una

ciudad famosa en el porvenir, centro de cien vías comerciales. El

público lee el anuncio, abre el mapa para verificar la exactitud de

las inducciones, y si halla acertados los cálculos, acude en tropel

a comprar lotes de terreno, cual en los que han de ser tajamares y

muelles, cual en derredor de la plaza de Wáshington o de Franklin;

y una Babel se levanta en un año, en medio de los bosques, afanados

todos por estar en posesión el día que lleguen a realizarse los grandes

destinos predichos por la ciencia topográfica a la ciudad. Abrense

en tanto caminos de comunicación; el diario del lugar da cuenta de

los progresos de la sociedad, la agricultura comienza, álzanse los

templos, los hoteles, los muelles y los bancos; puéblase de naves el

puerto, y la ciudad empieza en efecto a extender sus relaciones, y a

hacer sentir la urgencia de ligarse por caminos de hierro o canales a

los otros grandes centros de actividad. Cien ciudades en los lagos, en

el Misisipí y en otros puntos remotos, tienen este sabio y calculado

origen, y casi todos justifican por sus progresos asombrosos, la

certeza y la profundidad de los estudios económicos y sociales que les

sirvieron de origen.

Dos clases de seres humanos conozco, entre quienes sobrevive aún en

medio de nuestra actual mesura de carácter moral, el antiguo espíritu

heroico de las primeras edades de los pueblos. Los presidiarios de

Tolón y de Bicerte, y los emigrantes norteamericanos; todo el resto de

la especie humana ha caído en la atonía de la civilización. Las hazañas

de Francisco Pizarro o las de los Argonautas las reproduce a cada

momento la audacia inaudita del presidiario liberto; valor, constancia,

sufrimiento, disimulo y violación de toda ley moral, de todo principio

de honor y de justicia; todo es igual, sin que esto excluya cierta

grandeza de alma, cierta inteligencia profunda en los medios, que está

revelando el genio humano mal empleado, el Alejandro pervertido y

ocupado en matar a unos pocos transeuntes en lugar de asolar naciones y

ametrallar a millares, lo que ya cambia la escena y los nombres, guerra,

conquista, etc.

En los Estados Unidos aquellos caracteres acerados, que hay

distribuídos al uno por ciento en todas partes, se entregan a sus

instintos heroicos, sin nombre aún, para establecerse y multiplicarse.

El espíritu yankee se siente aprisionado en las ciudades; necesita ver

desde la puerta de su casa la dilatada y sombría columnata que forman

las encinas seculares de los bosques.

¿Por qué se ha muerto el espíritu colonizador entre nosotros, los

descendientes de la colonización oficial? Desde Colón hasta una época

no muy remota sin duda, la fundación de una ciudad española era solo un

escalón para apoyar la invasión de otros puntos apartados. La ocupación

del Perú traía aparejada la expedición de Almagro: cuando Mendoza se

defendía contra los araucanos en el sud, destacaba al oriente sesenta

lanceros al mando del capitán Jofré, para ir a asomarse al otro lado

de los Andes, y fundar dos ciudades, San Juan y Mendoza, solitarias en

medio de desiertos, a la orilla de los dos ríos que hallaron.

Contaré a usted el sistema entero de estas empresas que requieren

Hércules para realizarlas, y verá usted si merecen desprecio por los

motivos y por los medios, aquellas hazañas de nuestros conquistadores

de Sud América. Sabe usted cuánta irritación hubo, y cuánta necedad

dijeron de una y otra parte en la cuestión de límites del Oregón.

Todo quedó en paz después que americanos e ingleses se hubieron

racionalmente entendido, menos el espíritu yankee, que, como el cóndor

la sangre, había husmeado, en la discusión, tierras laborables, ríos,

bosques, puertos. La discusión comienza de nuevo en los diarios sobre

la posibilidad de sorberse el comercio de la China por el Oregón; sobre

la facilidad de abrir un camino de hierro de ocho días de marcha, desde

el Pacífico al Atlántico, y la ventaja de tomar el pan caliente aún

salido de Cincinnati, vía Oregón, y otros mil tópicos, inverosímiles y

absurdos para otro que no sea el yankee, habituado a no creer imposible

nada, desde que se puede concebir, él, que desde luego tiene adiestrada

su mente a concebir proyectos. Cuando la opinión está formada y

designados los rumbos que deben seguirse para ir a aquel Eldorado

remoto, se indica la estación oportuna para emigrar, y el punto de

partida, y el día designado por algunos emigrantes que invitan a todos

los aventureros de la Unión para acompañarlos en la gloriosa jornada.

El día del _rendez vous_, vense de todos los puntos del horizonte

llegar hileras de carros, cargados de mujeres, niños, gallinas, ollas,

arados, hachas, sillas, y toda clase de objetos de menaje; acompáñanles

arreas escasas de bueyes apestados y mulas y caballos rengos y mancos

que forman parte muy trabajada de la expedición, y sobre todo este

conjunto, dominando las caras bronceadas, acentuadas y serias de los

yankees vestidos de paletó, levita o fraque raído, con un rifle que le

sirve de bastón, y la mirada tranquila del puritano y del chacarero.

Si he de darle una idea exacta de estas emigraciones y del espíritu

yankee, necesito desde este momento ajustarme al hecho, y seguir los

incidentes diarios de una, entre ciento, de estas estupendas marchas

por el desierto, sin soldados, ni guardia, ni empleado público, ni

autoridad humana que les ligue a la Unión que dejan sin pesar estos

hijos de Noé.

En mayo de 1845 habían pasado por Independence, último término poblado

del Estado de... varias tropas de carros, que de a veinte y ocho,

que de a treinta y ocho, que de a ciento, dirigíanse con cortos

intervalos hacia el Oregón. El día 13 varias de estas partidas reunidas

en número de ciento setenta carros de la descripción arriba dicha,

viéronse ya rodeadas a la distancia de indios que rondaban por asaltar

el ganado mayor que montaba a cosa de dos mil cabezas, lo que hizo

pensar que era ya tiempo de organizar la colonia, y constituir el

estado ambulante; puesto que los oficiales y empleados públicos hasta

entonces en ejercicio, debían terminar sus funciones en Big-Soldier.

Los dos empleados que deben en primer lugar nombrarse son el piloto

(baqueano) y el capitán. Todo el camino se ha venido tratando en

las conversaciones de los carros y a la orilla del fuego en los

alojamientos, de esta suprema cuestión, y las candidaturas rivales

formando sus partidos. El 13 de mayo, cada carro lanza a la arena dos

hombres, por lo menos, a reunirse en asamblea electiva. Dos candidatos

para piloto se presentan; es el uno un tal Mr. Adams, que había

entrado tierra adentro hasta el fuerte Laramie, poseía el derrotero

(_maning_) de Gilpin, y tenía consigo un español que conocía el

país; Mr. Adams, además, ha sido uno de los que más han contribuido a

excitar la _fiebre del Oregón_, esto es, el deseo de emigrar. Mr.

Adams pide 500 pesos por servir de piloto si la honorable asamblea se

digna elegirlo.

Mr. Meek es un viejo montañés del corte del Trampero de Cooper; ha

pasado muchos años en los Montes Rocallosos como traficante y trampero,

y ha propuesto, como el otro, pilotearlos hasta el fuerte Vancouver,

por 250 pesos, de los cuales sólo pedía 30 pesos. Se hace moción para

postergar hasta el día siguiente la elección, cuando se ve al viejo

Meek, venir a escape en su caballo, los ojos y la mano vueltos hacia

el campo. Los indios se llevan el ganado, dice con precipitación;

la asamblea se disuelve, y cinco minutos después estaba convertida

en escuadrón de caballería armado de rifle y daga, y marchando en

buen orden sobre el enemigo. A distancia de dos millas divisa una

aldea de indios; la soldadesca se echa sobre los _wigwams_, y

los indios sobrecojidos de espanto, las mujeres llorando, los niños

escondiéndose, no saben qué imaginarse de aquel ataque de los caras

pálidas. Los jefes indios se presentan a ofrecer la pipa de paz, y

protestan enérgicamente contra la imputación que pesa sobre ellos.

Un desgaritado que venía llegando a la aldea es cogido y llevado

preso. Nómbranse jueces, y el prisionero se presenta a la barra.

Preguntado, lisa y llanamente, si es criminal o no, contesta con un

gruñido de terror. Su causa se instruye en forma entonces; se oyen las

deposiciones de los testigos, y no siendo suficiente la evidencia de

los cargos alegados contra él, se le absuelve completamente, quedando

probado por el contrario que ha sido una falsa alarma para posponer la

elección. Serenados los espíritus, y depuestos los rifles, vuelve la

sociedad a constituirse en asamblea electoral, y se procede a votación,

de la que resultan electos, el trampero Meek como piloto y Mr. Welch

capitán, con los demás empleados necesarios para el buen gobierno,

tales como tenientes, sargentos, jueces, etc. La marcha principia

el 14 de mayo. Cinco millas el 16. El 17 se separan 16 carros, y se

reunen al cuerpo principal. El 18 alcanza a un _wigwam_ de los

indios Caw, rateros insignes que se conducen honorablemente con la

sociedad y la proveen de víveres en cambio de productos de la Unión.

El 19 la minoría vencida en las elecciones protesta contra la voluntad

de la mayoría. Para satisfacer las ambiciones burladas se conviene

en dividir la masa en 3 cuerpos, cada uno de los cuales elegirá sus

propios jefes y oficiales, no reconociéndose otra autoridad general

que la del piloto y la de Mr. Welch. Antes de separarse se convino

pagar el piloto, y para ello, se nombra un _tesorero_, quien

después de dar las fianzas correspondientes, procede a colectar los

fondos; algunos se niegan redondamente a pagar, y otros ex ciudadanos

no tienen blanca. Después de haber arreglado satisfactoriamente éstos

y otros puntos, se procede al nombramiento de oficiales para cada uno

de los tres grupos, haciéndose en cada uno reglamentos respecto al

buen gobierno de la compañía, y la marcha continúa el 20. El 23 el

piloto avisa que el punto donde se hallan es el último donde pueden

procurarse repuestos para ejes y pértigos para las carretas. El camino

se va midiendo con una cadena diariamente, y se lleva un diario de todo

lo ocurrido, aspecto del país, accidentes, pasto, leña, agua, maderas,

ríos, pasajes, búfalos, etc., torcaces, conejos, etc. etc. Junio 2: una

compañía propone desligarse del compromiso en que están de aguardarse

en las marchas. La moción es rechazada. 15. Alto. Una manada de búfalos

cae a tiro de rifle, matan algunos y hacen charque. La escena que el

campo presenta en este momento está así descripta en el diario de

viaje: “Los cazadores, volviendo con las reses, algunos erigiendo

palizadas, otros secando carne. Las mujeres unas estaban lavando,

planchando otras, muchas cosiendo. De dos tiendas, flautas hacían oir

sus desusadas melodías en aquellas soledades; otras se oía cantar; tal

lee su biblia, tal otro recorre una novela. Un predicador campbellista

entona, por fin, un himno preparatorio para el oficio religioso”. Junio

24: llegan al fuerte Laramie, 630 millas distante de Independence.

Durante dos días se ocupan en renovar las herraduras de los caballos, y

reuniendo entre todos provisiones, azúcar, café, tabaco, dan un paquete

a los indios siomos, precedido de un parlamento. “Hace tiempo, dijo el

jefe indio, que algunos jefes blancos pasaron Missouri arriba, diciendo

que eran amigos de los hombres de piel roja. Este país pertenece a

los pieles rojas, pero sus hermanos blancos lo atraviesan cazando y

dispersando los animales. De esto modo los indios pierden sus únicos

medios de subsistencia para sostener a sus mujeres e hijos. Los niños

del hombre rojo piden alimento, y no hay alimento que darles. Era

costumbre cuando los blancos pasaban, hacer presentes de pólvora y

plomo a sus amigos los indios. Su tribu es numerosa, pero la mayor

parte de la gente ha ido a las montañas a cazar. Antes que los blancos

viniesen, la caza era mansa y fácil de coger; pero ahora los blancos

la han espantado; y el hombre rojo necesita trepar a las montañas en

su busca; el hombre rojo necesita largas carabinas ahora.” Un yankee

que para el caso hace de jefe blanco, se expresa en estos términos.

“Nosotros vamos viajando a las grandes aguas del Oeste. Nuestro gran

Padre poseía un extenso país allí, y vamos yendo a establecernos en

él. Con este fin traemos nuestras mujeres y nuestros hijos. Nos vemos

forzados a atravesar por las tierras de los hombres rojos, pero lo

hacemos como amigos y no como enemigos. Como amigos les damos una

fiesta, les apretamos la mano y fumamos con ellos la pipa de paz. Ellos

saben que venimos como amigos trayendo con nosotros nuestras mujeres

e hijos. El hombre rojo no lleva sus _squaws_ al combate; ni las

caras blancas tampoco. Pero amigos como somos, estamos prontos para

volvernos enemigos; y si se nos molesta castigaremos a los agresores.

Algunos de nosotros piensan volverse. Nuestros padres, hermanos e

hijos, vienen en pos de nosotros, y esperamos que los hombres rojos

los traten con bondad. Nosotros nos conducimos pacíficamente; dejadnos

partir. No somos traficantes y no tenemos ni pólvora ni plomo que dar.

¡Vamos a arar y plantar la tierra!”

Septiembre 3. “Caminamos este día quince millas hasta Malheur. En este

lugar se abre el camino en dos, y es muy temible para los inmigrantes

el tomar mal camino. Meek, que había sido contratado como nuestro

piloto al Oregon, indujo a cerca de doscientas familias, con sus

vagones y ganado, a seguir por el camino de la izquierda, diez días

antes de nuestra llegada a la encrucijada. Por largo trecho encontraron

un camino excelente, con abundancia de pasto, leña y agua; en seguida

dirigieron su marcha a unas montañas estériles donde por muchos días

carecieron de agua, y cuando la encontraban era tan mala que ni aun

para el ganado era potable. Pero, aun así, era fuerza hacer uso de

ella. La fiebre que se llama de campamento estalló bien pronto.”

“Al fin llegaron a un ciénago que intentaron en vano atravesar; y como

viesen que se extendía mucho hacia el Sud, no obstante el parecer del

baqueano Meek, enderezaron al río de las Caídas, que recorrieron para

arriba y para abajo, buscando vado, que no se encontró en ninguna

parte. Sus sufrimientos aumentaban de día en día, pues sus provisiones

se iban concluyendo rápidamente, el ganado estaba exhausto, y muchos

de los que formaban la caravana padecían enfermedades graves. Al fin,

Meek les informó que estaban a dos días de distancia solamente de

Dalles. Dos hombres salieron a caballo en busca de la estación de los

Metodistas con provisiones para dos días.”

“Después de haber caminado diez días sin parar, llegaron a Dalles; en

el camino un indio les dió un conejo y un pescado, y con este alimento

hicieron los dos su jornada de diez días. Cuando llegaron a Dalles, sus

fuerzas estaban tan estenuadas, que sus miembros se habían empalado, y

fué necesario desmontarlos del caballo. En este lugar encontraron un

viejo montañés, llamado el negro Harris, que se ofreció a conducirlos,

saliendo con varios otros en busca de la compañía perdida, a la que

hallaron reducida a la última extremidad, exhausta por las fatigas, y

desesperando ya de salir a los establecimientos. Encontróse un lugar

por donde el ganado podía atravesar a nado el río, después de lo cual

era preciso hacerlo subir un ascenso casi perpendicular. Mayores

dificultades había para pasar los carros. Una larga cuerda fué echada

a través del río, atando fuertemente sus puntas de ambos lados en las

rocas. Un carro liviano fué suspendido con correderas en la cuerda,

y con cuerdas para llevarlo a uno y otro lado del río; esta especie

de cuna (andarivel), servía para trasportar las familias de un lado a

otro del río con toda seguridad. El pasaje de este río ocupó algunas

semanas. La distancia a Dalles era de 35 millas, adonde llegaron del 13

al 14 de octubre. Como 20 habían perecido víctimas de las enfermedades,

y otros murieron después de haber llegado...”

Setiembre 7. “Este día viajamos cerca de doce millas. El camino es hoy

más áspero que ayer. A veces va por el fondo de un torrente, a veces

por el faldeo de una montaña, tan rápido que se necesitan dos o tres

hombres trabajando del lado de arriba para sostener el equilibrio de

los carros. El torrente y camino están tan encajonados en montañas,

que en varios puntos es casi imposible continuar. Vistas las montañas

desde este punto, parecen murallas perpendiculares y por tanto lisas.

Alegran de vez en cuando la vista algunos grupos de cedros macilentos;

pero en el torrente es tal la espesura de las malezas espinosas, que

es casi imposible pasar... pero sabiendo que los que nos han precedido

han vencido estas dificultades, hacemos el último esfuerzo y pasamos.”

* * * * *

Noviembre 1.º “Ahora estamos en el lugar destinado, en un período no

distante, a ser un punto importante en la historia comercial de la

Unión como centro del comercio de la China y de la India. Atravesando

el bosque que se extiende al Este de la ciudad, vimos la ciudad de

Oregon y las caídas de Villa-Mate, al mismo tiempo. Tan llenos de

gratitud nos sentíamos de haber llegado a los establecimientos de los

blancos, y de admiración a la vista del volumen de las aguas de las

cataratas, que la caravana hizo alto, y en este momento de felicidad

repasamos con el pensamiento todos nuestros trabajos, con más rapidez

que lo que la lengua o la escritura pueden hacer. Desde Independence

hasta el Fuerte Laramie, 692 millas; de allí al Fuerte Hall, 585; al

Fuerte Rois, 281; a los Dalles, 305; de Dalles a la ciudad de Oregon,

160 millas, haciendo la total distancia de despoblado 1960 millas.”

* * * * *

“Tanto tiempo habíamos permanecido entre los salvajes, que nuestra

apariencia se asemejaba mucho a la de ellos; pero cuando hubimos

cambiado de vestido y afeitádonos al uso de los blancos, no nos

podíamos reconocer unos a otros. Largo tiempo habíamos hecho vida

común, sufrido juntos privaciones y penas, y en los peligros contado

con la ayuda común. Los vínculos de los afectos se habían estrechado

entre nosotros, y cuando hubimos de separarnos, cada uno sentía

desgarrársele el corazón; pero como ya habíamos roto otros vínculos

más fuertes aún, cada uno tomó su partido, y en algunas horas nuestra

compañía se dispersó tomando cada uno diferentes direcciones.”[1]

Cuando uno lee la narración de aventuras como estas, se siente sin

duda orgulloso de pertenecer a la raza humana. Ninguna de las grandes

pasiones que han obrado los prodigios de la historia, está aquí en

juego para fanatizar el espíritu: ni la desesperación de los restos

del grande ejército, ni el amor a la patria de los 10.000 espartanos

echados entre los bárbaros, ni la sed de oro, de gloria y de sangre de

los conquistadores españoles. Hombres de aquel temple tenían en los

Estados tierras de propiedad pública para afincarse; familias que los

ayudasen; ganados para auxiliarse en las rudas labores de la tierra.

Atraviesan 600 leguas de desiertos para realizar una grande idea,

ellos, el desecho del pueblo norteamericano, quieren que la Unión

ostente sus estrellas en el firmamento del Pacífico, que se realice

el sueño dorado de acercar la India y la China, y arrebatar estos

mercados a la Inglaterra. Se sacrifican, pues, a una idea de porvenir

nacional, porque el yankee no ignora que la primera generación de las

nuevas plantaciones, abona solo la tierra con su sudor para que gocen

las venideras; y cuando en el Oregón se han reunido algunos centenares

de familias, los jefes, dejando a un lado el hacha con que destruyen

lentamente los bosques para labrarse un campo, y crear su propiedad, se

reunen en asamblea deliberante, “con el objeto de fijar los principios

de libertad civil y religiosa, como la base de todas las leyes y

constituciones que puedan en adelante adoptarse”, y estatuyen:

“Artículo 1.º Ninguna persona que se conduzca de una manera regular

y ordenada, será molestada a causa de su modo de adoración o sus

sentimientos religiosos.

“Art. 2.º Los habitantes de dicho territorio gozarán siempre de los

beneficios del escrito _habeas corpus_, del juicio por jurados,

de una proporcionada representación del pueblo en la legislatura,

y de procedimientos judiciales conformes a la secuela de las leyes

ordinarias. Todas las personas podrán dar fianzas, excepto por delitos

capitales y cuando las pruebas sean evidentes, y las presunciones

graves. Ningún hombre será privado de su libertad sino por juicio de

sus pares, o la ley de la tierra...

“Art. 3.º Siendo necesarias para el buen gobierno y felicidad de la

especie humana, la religión, moralidad e instrucción, serán siempre

fomentadas las escuelas y todos los medios de educación.

“Art. 5.º Ninguna persona será privada de llevar armas para su propia

defensa; no se autoriza pesquisas ni registros sin motivo fundado; la

libertad de la prensa no será restringida; ni el pueblo será privado

del derecho de reunirse pacíficamente a discutir los asuntos que halle

por conveniente.

“Art. 6.º Los poderes del gobierno serán divididos en tres distintos

departamentos: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, etc., etc.”

_Ley de tierras_: “Toda persona que posea o en adelante pretenda

poseer tierra en este territorio, designará la extensión de su

propiedad por medio de límites naturales, o por mojones en las esquinas

y sobre los costados del lote, y hará registrar la extensión y límites

de tal lote en la oficina del escribano del lugar, en un libro que

será llevado para aquel objeto, en el término de veinte días después

de hecho el pedido; proveyéndose, que los que están en posesión del

territorio, tendrán doce meses contados desde la sanción de esta ley,

para hacer la descripción del lote de tierras en el libro de los

registros; proveyéndose, además, que el dicho poseedor declarará el

tamaño, forma y ubicación del terreno.

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