habilitado para tener juicio y voluntad en los negocios políticos, y
lo tiene, en efecto. En cambio, la Francia tiene un rey, cuatrocientos
mil soldados, fortificaciones de París que han costado dos mil millones
de francos, y un pueblo que se muere de hambre. Los norteamericanos
viven sin gobierno, y su ejército permanente monta sólo a nueve mil
hombres, siendo necesario hacer un viaje a puntos determinados para
ver el equipo y apariencia de los soldados norteamericanos; pues que
hay familias y aldeas de la Unión que jamás han visto un soldado.
Muchos vicios de carácter tachan los europeos y aun los sudamericanos
a los yankees. Por lo que a mí respecta, miro con veneración esos
mismos defectos, atribuyéndoselos a la especie humana, al siglo, a las
preocupaciones hereditarias y a la imperfección de la inteligencia.
Un pueblo compuesto de todos los pueblos del mundo, libre como la
conciencia, como el aire, sin tutores, sin ejército, y sin bastillas,
es la resultante de todos los antecedentes humanos, europeos y
cristianos. Sus defectos deben, pues, ser los de la raza humana en un
período dado de desenvolvimiento. Pero como nación, los Estados Unidos
son el último resultado de la lógica humana. No tiene reyes, ni nobles,
ni clases privilegiadas, ni hombres nacidos para mandar, ni máquinas
humanas nacidas para obedecer. ¿No es este resultado conforme a las
ideas de justicia y de igualdad que la cristiandad acepta en teoría? El
bienestar está distribuído con más generalidad que en pueblo alguno;
la población se aumenta según leyes desconocidas hasta hoy entre las
otras naciones; la producción sigue una progresión asombrosa. ¿No
entrará, como pretenden los europeos, por nada de esto la libertad
de acción, y la falta de gobierno? Dícese que la facilidad de ocupar
nuevos terrenos, es la causa de tanta prosperidad. Pero, ¿por qué en
la América del Sud, donde es igualmente fácil y aun más ocupar nuevas
tierras, ni la población ni la riqueza aumentan, y hay ciudades y aun
capitales tan estacionarias, que no han edificado cien casas nuevas en
diez años? Aún no se ha hecho en nación alguna el censo de la capacidad
inteligente de sus moradores. Cuéntase la población por el número de
habitantes, y de las cifras acumuladas deduce su fuerza y valimento.
Acaso para la guerra, mirado el hombre como máquina de destrucción,
puede ser significativo este dato estadístico; mas una peculiaridad
de los Estados Unidos hace que aun en este caso falle el cálculo.
Un yankee para matar hombres equivale a muchos de otras naciones,
de manera que la fuerza destructora de la nación puede contarse en
doscientos millones de habitantes. El rifle es el arma nacional, el
tiro al blanco la diversión de los niños en los estados que tienen
bosques, y cazar ardillas a bala en los árboles, tostándoles las patas
para no lastimar la piel, la destreza asombrosa que adquieren todos.
La estadística de los Estados Unidos muestra el número de hombres
adultos que corresponden a veinte millones de habitantes, todos
educados, leyendo, escribiendo, y gozando de derechos políticos
con excepciones que no alcanzan a desnaturalizar el rigor de las
deducciones: el hombre con hogar, o con la certidumbre de tenerlo; el
hombre fuera del alcance de la garra del hambre y de la desesperación;
el hombre con esperanza de un porvenir tal como la imaginación puede
inventarlo; el hombre con sentimientos y necesidades políticas; el
hombre, en fin, dueño de sí mismo, y elevado su espíritu por la
educación y el sentimiento de su dignidad. Dícese que el hombre es un
ser racional, por cuanto es susceptible de llegar a la adquisición y
al ejercicio de la razón; y en este sentido país ninguno de la tierra
cuenta con mayor número de seres racionales, aunque le exceda diez
veces en el de habitantes.
No es cosa fácil mostrar cómo obra la libertad para producir los
prodigios de prosperidad que los Estados Unidos ostentan. ¿La libertad
de cultos puede producir riquezas? ¿Cómo obra la facultad de ir a esta
u otra capilla, de creer en este o en el otro dogma para desenvolver
fuerzas productoras? Para cada secta religiosa las otras son como si
no existieran, y por tanto, la libertad es nula en sus efectos para
cada una separadamente. Los europeos lo atribuyen a las facilidades que
ofrece un país nuevo, con terrenos vírgenes y de fácil adquisición,
lo cual fuera explicación satisfactoria, si la América del Sud, cuan
grande es, no tuviera mayor extensión de terrenos vírgenes, igual
facilidad para obtenerlos, y sin embargo, atraso, pobreza e ignorancia
mayor, si cabe, que la que muestran las masas europeas. Luego, no basta
la circunstancia de ser países nuevos en cuya extensión pueda dilatarse
la esfera de acción.
Muchas veces me ocurrirá acudir a este censo moral e intelectual para
tratar de explicar los fenómenos sociales que sorprenden en América.
Ahora, sólo estableceré un hecho, y es que la aptitud de la raza
sajona no es tampoco explicación de la causa del gran desenvolvimiento
norteamericano. Ingleses son los habitantes de ambas riberas del río
Niágara, y sin embargo, allí donde las colonias inglesas se tocan con
las poblaciones norteamericanas, el ojo percibe que son dos pueblos
distintos. Un viajero inglés, después de haber descripto varias
muestras de industria y progreso del lado americano de la cascada,
añade:
“Ahora estoy de nuevo bajo la jurisdicción de las leyes y del gobierno
inglés, y por tanto, ya no me creo extranjero. Aunque los americanos
en general son civiles y afables, sin embargo un inglés, extranjero
en medio de ellos, es importunado y disgustado por sus jactancias de
proezas en la última guerra, y su superioridad sobre todas las otras
naciones, asentando como un hecho incuestionable que los americanos
sobrepasan a todas las otras naciones en virtud, saber, valor,
libertad, gobierno y toda otra excelencia. No obstante, por más que
merezcan el ridículo por este flaco, yo no puedo menos de admirar la
energía y espíritu de empresa que muestran en todo, y deploro la apatía
del gobierno inglés con respecto a la mejora de estas provincias. Una
sola mirada echada sobre las riberas del Niágara basta para mostrar
de qué lado está el gobierno más efectivo. Del lado de los Estados
Unidos se levantan grandes ciudades, numerosos puertos con muelles para
protegerlos en las radas, o diligencias corriendo a lo largo de los
caminos; y la actividad del comercio mostrándose en todas direcciones.
En el lado del Canadá, aunque dividido por el cauce de un río, en un
_antiguo establecimiento_, y al parecer con _mejor tierra_,
hay sólo dos o tres almacenes, una taberna o dos, un puerto tal como
Dios lo hizo y sin obras que lo defiendan; uno o dos buquecitos
anclados, y algún desembarcadero accidental.”
Otro viajero, después de describir varias muestras de la industria
creciente del lado americano, añade “el país que atravesamos (del lado
canadiense) estaba muy avanzado en las cosechas, sin que se viesen
señales de intentar recogerlas. Donde quiera que nos deteníamos para
mudar caballos, nos asaltaban bandas de chicuelos vendiendo manzanas,
y por la primera vez vimos de este lado algunos _mendigos_”. No
hace mucho tiempo que una grande inmigración venida del Canadá volvió
a emigrar a los Estados Unidos. Los caminos de hierro, como medio
de riqueza y civilización, son comunes a la Europa y a los Estados
Unidos, y como en ambos países datan de ayer solo, en ellos puede
estudiarse el espíritu que preside a ambas sociedades. En Francia los
trabajos de nivelación, como todo lo que constituye el ferrocarril, son
cuidadosamente examinados por los ingenieros antes de ser entregados a
la circulación; verjas de madera resguardan por ambos lados sus bordes;
dobles líneas de rieles de hierro fundido facilitan el movimiento
en opuestas dirección; si un camino vecinal atraviesa el trayecto,
fuertes puertas resguardan su entrada, cerrándose escrupulosamente
un cuarto de hora antes que lleguen los vagones, a fin de evitar
accidentes. De distancia en distancia, por toda la extensión del
camino, están apostados centinelas que descubren el espacio y anuncian
con banderolas de diversos colores si hay peligro u obstáculos que
detengan el convoy, que no parte del desembarcadero sino cuatro minutos
después que una falange de vigilantes se ha cerciorado de que todos
los transeuntes ocupan sus lugares, las puertas están cerradas, y el
camino expedito, y nadie cerca ni a una vara de distancia del paso
del tren. Todo ha sido previsto, calculado, examinado, de manera de
dormir tranquilo en aquella cárcel herméticamente cerrada. Veamos,
ahora, lo que pasa en los Estados Unidos. El ferrocarril atraviesa
leguas de bosques, primitivos, donde aún no se ha establecido morada
humana. Como la empresa carece de fondos, los rieles son de madera,
con una planchuela de fierro, que se desclava con frecuencia, y el ojo
del maquinista escudriña incesantemente por temor de un desastre. Una
sola línea basta para la ida y venida de los trenes, habiendo ojos de
buey de distancia en distancia donde un tren de ida aguarda que pase
por el costado opuesto el otro de vuelta. Un alma no hay que instruya
de las accidentes ocurridos. El camino atraviesa las villas y los
niños están en las puertas de sus casas o en medio del camino mismo
atisbando el pasaje del tren para divertirse; el camino de hierro a
más de calle es camino vecinal, y el viajero puede ver las gentes que
se apartan lo bastante para dejarlo pasar, y continuar en seguida su
marcha. En lugar de puertas en los caminos vecinales que atraviesa
el ferrocarril, hay simplemente una tabla escrita que dice _tengan
cuidado con la campana cuando se acerque_; jeroglífico que previene
al carretero que lo abrirá en dos si se ha metido inprudentemente de
por medio en el momento del pasaje del tren, que parte lentamente del
embarcadero, y mientras va marchando saltan a bordo los pasajeros,
descienden los vendedores de frutas y periódicos, y se pasean de un
vagón a otro todos, por distraerse, por sentirse libres, aun en el
rápido vuelo del vapor. Las vacas gustan de reposarse en el explayado
del camino, y la locomotora norteamericana va precedida de una trompa
triangular que tiene por caritativa misión arrojar a los costados a
estas indiscretas criaturas que pueden ser molidas por las ruedas, y
no es raro el caso de que algún muchacho dormido sea arrojado a cuatro
varas por un trompazo de aquellos que salvándole la vida le rompen
o dislocan un miembro. Los resultados físicos y morales de ambos
sistemas son demasiado perceptibles. La Europa, con su antigua ciencia
y sus riquezas acumuladas de siglos, no ha podido abrir la mitad de
los caminos de hierro que facilitan el movimiento en Norteamérica. El
europeo es un menor que está bajo la tutela protectora del estado;
su instinto de conservación no es reputado suficiente preservativo;
verjas, puertas, vigilantes, señales preventivas, inspección, seguros,
todo se ha puesto en ejercicio para conservarle la vida; todo menos
su razón, su discernimiento, su arrojo, su libertad; todo, menos su
derecho de cuidarse a sí mismo, su intención y su voluntad. El yankee
se guarda a sí mismo, y, si quiere matarse, nadie se lo estorbará;
si se viene siguiendo el tren, por alcanzarlo, y si se atreve a dar
un salto y cogerse de una barra, salvando las ruedas, dueño es de
hacerlo; si el pilluelo vendedor de diarios, llevado por el deseo de
expender un número más, ha dejado que el tren tome toda su carrera
y salta en tierra, todos le aplaudirán la destreza con que cae
parado, y sigue a pie su camino. He aquí como se forma el carácter
de las naciones y como se usa de la libertad. Acaso hay un poco más
de víctimas y de accidentes, pero hay en cambio hombres libres y no
presos disciplinados, a quienes se les administra la vida. La palabra
_pasaporte_ es desconocida en los Estados, y el yankee que logra
ver uno de estos protocolos europeos en que consta cada movimiento que
ha hecho el viajero, lo muestra a los otros con señales de horror y de
asco. El niño que quiere tomar el ferrocarril, el vapor o la barca del
canal, la niña soltera que va a hacer una visita a doscientas leguas de
distancia, no encontrarán jamás quién les pregunte con qué objeto, con
qué permiso se alejan del hogar paterno. Usan de su libertad y de su
derecho de moverse. De ahí nace que el niño yankee espanta al europeo
por su desenvoltura, su prudencia cautelosa, su conocimiento de la
vida a los diez años. ¿Cómo le va a usted en su negocio?, le preguntaba
Arcos, mi compañero de viaje, a un listo muchachuelo que nos hacía
el inventario comentado de los libros, periódicos y panfletos que se
empeñaba en hacernos comprar. Va bien; hace tres años que gano mi vida
en él y tengo ya 300 pesos guardados. Este año reuniré los quinientos
que necesito para hacer compañía con Williams y poner una librería,
y explotar todo el Estado. Este comerciante tenía de nueve a diez
años. ¿Es usted propietario, preguntábamos a un mocetón que viajaba al
Far-West? Sí; voy a comprar tierras; ¡tengo 600 pesos!
Al lado del trayecto del camino de hierro va el telégrafo eléctrico,
que por ahorrar camino a veces, se separa de la vía ordinaria, se hunde
en la espesura de los bosques y lleva a doscientas leguas las noticias
más interesantes. Cuando en 1847 se hacían en Francia entre Ruan y
París los primeros ensayos, la prensa anunciaba la existencia de 1.635
millas de telégrafos en los Estados Unidos; cuando yo llegué había
3.000 millas; y mientras atravesé el país que media entre Nueva York y
Nueva Orleáns, se formó una asociación y se puso en actividad una línea
entre la primera de aquellas ciudades y Montreal en el bajo Canadá, a
donde había estado yo quince días antes. Hoy habrá 10.000 millas, y
dentro de poquísimos años, medirán los telégrafos las mismas ochenta
mil millas que recorre la posta. En Francia el telégrafo es para el
uso del gobierno, es asunto de estado; en los Estados Unidos, es simple
negocio de movimiento y actividad, y se le aceptarían correspondencias
a la administración tan sólo porque paga el porte. ¿Puede llegar a más
alto punto el extravío de las ideas, que hace que los liberales, los
republicanos, consientan en Francia en este monopolio, y en carecer
de los medios de comunicación más expeditos? En Harrisburg, población
de 4.500 almas, el telégrafo eléctrico tenía empleo diario para traer
apurado al encargado de servicio, mientras que en Francia, aún no había
podido hacerse un miserable ensayo. Hago estas comparaciones para
mostrar la diversa atmósfera en que se educa el pueblo y la energía
moral y física que desenvuelve. En Francia hay tres categorías de
vagones, en Inglaterra cuatro; la nobleza se mide por el dinero que
puede pagar cada uno, y los empresarios para envilecer al hombre que
paga poco, han acumulado comodidades y lujo en la 1.ª clase, y dejado
tablas rasas, estrechas y duras para los de 3.ª. No sé por qué no han
puesto púas en los asientos para mortificar al pobre. En los Estados
Unidos el vagón es una sala de veinte varas de largo y espaciosa de
ancho, con asientos de espalda movible, de manera de formar corrillo
cuatro asientos, volviéndose dos a opuesto lado, con una callejuela
de por medio para facilitar el movimiento, y abiertos los vagones por
ambos lados, de manera que el curioso pueda trasladarse del primero
al último, durante la marcha, y el aire penetre libremente por todas
partes. Las comodidades y los cojines son excelentes e iguales, y por
tanto el precio del pasaje es el mismo para todos. Me han mostrado a
mi lado el gobernador de un Estado, y las callosidades de las manos
de mi otro vecino me revelaban en él un rudo leñador. Así se educa el
sentimiento de la igualdad, por el respeto al hombre. La aristocracia
veneciana estableció la igualdad en la adusta pobreza de las góndolas
por no herir la envidia de los nobles pobres; la democracia de Norte
América ha distribuído el _comfort_ y el lujo igualmente en todos
los vagones para alentar y honrar la pobreza. Estos solos hechos
bastan para medir la libertad y el espíritu de ambas naciones. El
_Times_ decía una vez que si la Francia hubiese abolido el
pasaporte, habría hecho más progresos en la libertad que no los ha
hecho con medio siglo de revoluciones y sus avanzadas teorías sociales,
y en los Estados Unidos pueden estudiarse los efectos.
He aquí un débil cuadro del espectáculo de la libertad en Norte
América. En medio de las ciudades el hombre se cría salvaje, si es
posible decirlo; la mujer de cualquiera condición que sea, vaga sola
por las calles y los caminos desde la edad de doce años, _flirtea_
hasta los quince, se casa con quien quiere, viaja y se sepulta en el
nuevo hogar a preparar la familia; el niño acude desde temprano a las
escuelas, se familiariza con los libros y las ideas de los hombres; es
el mismo hombre hecho a los quince años, y desde entonces toda tutela
desaparece a su vista. No ha visto soldados, no conoce gendarmes; el
motín de las calles lo divierte, lo exalta y lo educa; sus pasiones se
desenvuelven en toda su lozanía y vigor; tiene una profesión y se casa
a los veinte años, seguro de sí mismo y de su porvenir. El progreso
general de la Unión lo arrastrará en despecho suyo y avanzará sus
negocios propios. Y entonces, ¡cuántos sueños grandiosos agitan para
llegar a la fortuna! ¿Es artesano? Una grande asociación, una fábrica
para cubrir los estados con los productos de su arte, o bien un invento
europeo aún no introducido en el país, o una mejora sobre los aparatos
conocidos o una invención nueva, porque nada arredra hoy al yankee.
Largo tiempo he creído que el patrimonio norteamericano era y sería por
muchos años apropiarse, apoderarse de los progresos de la inteligencia
humana. La ciencia europea inventa, y la práctica americana populariza
la cocina económica, el arado Durand, la locomotora, el telégrafo.
Nada más natural, y sin embargo, nada hay menos exacto. Los datos
estadísticos colectados en estos últimos años, muestran que diez
partes de los inventos y mejoras adoptados en Inglaterra son de origen
norteamericano. Han modificado la máquina de vapor; mejorado la
quilla del buque; perfeccionado el vagón, a punto de exportarse estos
artículos para la Europa misma, y preferirse en Rusia y otros puntos
los empresarios y artífices americanos para todo lo que constituye la
viabilidad. El puente yankee de madera, que a veces atraviesa doce
cuadras en un río y soporta los trenes cargados de productos agrícolas,
sobre pedestales y armazón al parecer deleznable, es, sin embargo, el
fruto del más profundo estudio de las leyes de la gravitación, de la
repercusión, elasticidad y equilibrio de las fuerzas combinadas. El
artífice yankee posee ya el puente reducido a arte mecánica, y lo alza
donde quiera a prueba de torrentes, huracanes y pesos enormes. La mitad
de los aparatos de labranza son invención de su ingenio, y el molino de
vapor, como la barrica en que envasija las harinas, son la obra de sus
fábricas y de sus combinaciones para producir inmensos resultados con
limitadísimos medios.
Pero donde más brilla la capacidad de desenvolvimiento del
norteamericano, es en la posesión de la tierra que va a ser el plantel
de una nueva familia. En medio de la civilización más avanzada, los
hijos de Noé se reparten la tierra despoblada, o los Nemrod echan
los fundamentos de una Babilonia. Dejo a un lado los que siguen el
paso ordinario de las sociedades que se dilatan, agregando a la villa
naciente una casa nueva, a la heredad labrada nuevos campos rosados.
El Estado es el depositario fiel del gran caudal de tierras que
pertenecen a la federación, y para administrar a cada uno su parte
de propiedad, no consiente ni intermediarios especuladores, ni
oscilaciones de precios que cierren la puerta de la adquisición a las
pequeñas fortunas. La tierra vale diez reales el acre; y este dato es
el punto de partida para el futuro propietario. Hay un procedimiento
en la distribución de las tierras de cuya simétrica belleza sólo Dios
puede darse de antemano cuenta.
El Estado manda sus ingenieros a delinear las tierras vendibles,
tomando por base de la mensura un meridiano del cielo. Si a cien
leguas de distancia al sur o al norte ha de medirse otra porción de
tierra, los ingenieros buscarán el mismo meridiano, para que un día,
dentro de dos siglos quizás aparezcan completas y sin interrupción
aquellas líneas que han venido dividiendo el continente en zonas, cual
si fuera una pequeña heredad. Esta agrimensura rectilínea es privativa
del genio americano. La propiedad en la provincia de Buenos Aires, en
aquella pampa lisa como la mesa del geómetra, fué forzada por el genio
de Rivadavia a encuadrarse en paralelógramos, triángulos y figuras de
fácil conmensuración, de manera que se reprodujesen sin esfuerzo en
el mapa que daba el departamento topográfico cada diez años, pudiendo
por la comparación de las varias ediciones, estudiarse a vista de ojo
el movimiento de la propiedad, buscando un término medio de extensión,
subdividiéndose por las particiones entre herederos las grandes
propiedades, acumulándose las pequeñas, por la necesidad de apropiarlas
a la cría del ganado.