Pero continuemos un poco describiendo la fisonomía de los caminos. En

los lagos y en otros ríos de mayor longitud que el Hudson, los vapores

se acercan a los barrancos en puntos determinados, para renovar su

provisión de leña, operación que se hace en menos tiempo que el cambio

de mulas en las postas españolas o la renovación de pasajeros. Del

centro de un bosque secular y por sendas apenas practicables, vese

salir una familia de señoras en _toilette_ de baile, acompañadas

por caballeros vestidos del eterno frac negro, variado a veces por un

paletó, y cuando más un anciano con _surtú_ de terciopelo a la

puritana; cabellos blancos y largos hasta los hombros, a lo Franklin,

y sombrero redondo de copa baja. El carruaje que los conduce es de la

misma construcción y tan esmeradamente barnizado como los que circulan

en las calles de Washington. Los caballos con arneses relucientes,

pertenecen a la raza inglesa, que no ha perdido nada de su esbelta

belleza ni de su árabe conformación al emigrar al nuevo mundo; porque

el norteamericano, lejos de barbarizar como nosotros los elementos que

nos entregó al instalarnos colonos la civilización europea, trabaja por

perfeccionarlos más aún y hacerles dar un nuevo paso. El espectáculo

de esta _decencia_ uniforme, y de aquel bienestar general, si

bien satisface el corazón de los que gozan en contemplar a una porción

de la especie humana, dueña en proporciones comunes a todos, de los

goces y las ventajas de la asociación, cansa, al fin, la vista por su

monótona uniformidad; desluciendo el cuadro, a veces, la aparición de

un campesino con vestidos desordenados, levita descolorida y sucia, o

frac hecho harapos, lo que trae a la memoria del viajero el recuerdo

de los mendigos españoles o sudamericanos, de tan ingrata apariencia.

No hermosean el paisaje, por ejemplo, aquellos trajes romanescos de la

campiña de Nápoles; el sombrero con pluma empinada de las aguadoras

de Venecia; la mantilla de las manolas sevillanas; ni las vestiduras

recamadas de oro de las judías de Argel u Orán. ¡La Francia misma, que

manda a todos los pueblos el despótico decreto de sus modas, entretiene

al viajero con las cofias de las mujeres de campaña, invariables y

características en cada provincia, llegando en las inmediaciones de

Burdeos a asumir la aterrante altura de dos tercios de vara sobre la

cabeza, como aquellas peinetas formadas de la concha de un galápago

entero, que llenas de orgullo llevaron en un tiempo las damas de Buenos

Aires; analogía que unida a los pabellones y espuelas chilenos, me ha

hecho sospechar que el espíritu de provincia, de aldea, es por todas

partes fecundo en cosas abultadas!

Una paisanota de los Estados Unidos se conoce apenas por lo sonrosado

de sus mejillas, su cara redonda y regordeta y el sonreir candoroso y

_hébété_ que la distingue de las gentes de las ciudades. Fuera de

esto y un poco de peor gusto y menos desenfado para llevar la cachemira

o la manteleta, las mujeres norteamericanas pertenecen todas a una

misma clase, con tipos de fisonomía que por lo general honran a la

especie humana.

En este viaje que con usted, mi buen amigo, ando haciendo por todas

partes en los Estados Unidos, ya sea que nos paseemos en las galerías

o sobre la cubierta de los vapores, ya sea que prefiramos el más

sedentario vehículo de los ferrocarriles, al fin hemos de llegar, no

diré a las puertas de una ciudad, frase europea y que está indicando

las prisiones de que están circundadas, sino al desembarcadero, desde

donde, con trescientos pasajeros más, iremos a _acuartelarnos_

en uno de los magníficos hoteles cuyas carrozas con cuatro caballos

y domésticos elegantes, si no queremos seguir a pie la procesión con

nuestro saco de viaje bajo el brazo, nos aguardan a la puerta. Al

acercarse el vapor en que descendía el Mississipí, volviendo una de las

semicirculares curvas que describe aquella inmensa cuanto quieta mole

de agua, nos señalaron en el horizonte, dominando masas escalonadas de

bosques matizados por el otoño y a cuya base se extienden en líneas

de esmeralda las dilatadas plantaciones de azúcar, la cúpula de San

Carlos, consoladora muestra, después de 700 leguas de agua y bosque,

de la proximidad de Nueva Orleáns; y aunque el aspecto del paisaje

circunvecino no favorece la comparación, la vista de aquella lejana

cúpula me trajo a la memoria la de San Pedro en Roma, que se divisa

desde todos los puntos del horizonte como si ella sola existiese allí;

mostrándose tan colosal a veinte leguas, como no se la cree cuando es

considerada de cerca. Por fin, iba a ver en los Estados Unidos una

basílica de arquitectura clásica y de dimensiones dignas del culto.

Alguien nos preguntó si teníamos hotel para nuestro alojamiento,

indicándonos el de San Carlos, como el más bien servido. Desde la

cúpula, añadió, podrán ustedes tener al salir el sol el panorama más

vasto de la ciudad, el río, el lago y las vecinas campiñas. El San

Carlos que alzaba su erguida cabeza sobre las colinas y bosques de los

alrededores, el San Carlos que me había traído la reminiscencia de San

Pedro en Roma, ¡no era más que una fonda!

He aquí el pueblo rey que se construye palacios para reposar la cabeza

una noche bajo sus bóvedas; he aquí el culto tributado al hombre, en

cuanto hombre, y los prodigios del arte empleados, prodigados para

glorificar a las masas populares. Nerón tuvo su Domus Aurea; ¡entre los

romanos, los plebeyos tenían sus catacumbas tan sólo para abrigarse!

Nuestra admiración en nada disminuyó al acercarnos a la base del

soberbio palacio que envidiaran muchos príncipes europeos, y que

en los Estados Unidos, a excepción del Capitolio de Wáshington,

monumento alguno civil o religioso le es superior en dimensiones y

buen gusto. Sobre una subconstrucción de granito, destinada a bodegas

y almacenes, se alza un basamento de mármol blanco, que sirve de base

a doce columnas estriadas de orden compósito, y seis de las cuales,

avanzándose sobre el plan general, sostienen un bellísimo frontón. El

lienzo de las murallas que a ambos lados continúan el frontispicio,

contiene entre la altura correspondiente a la que media entre el

basamento y el arquitrabe de las columnas, cuatro órdenes de pisos,

conservando, sin embargo, sus ventanas proporciones arquitectónicas.

Debajo del pórtico formado por el frontón está la estatua de Wáshington

jupiterino, que guarda la entrada, la cual conduce a una espaciosa

rotonda, pavimentada de mármol, y que corresponde a la gran cúpula que

reposa sobre ella. En este espacioso recinto están distribuídas mesas

recargadas de colecciones de periódicos de toda la Unión y los de

Europa de quince días anteriores.

Las oficinas de la contaduría de la casa ocupan el frente; escalas

soberbias se enroscan en el aire sobre sí mismas cual serpientes de

bronce, para dar ascenso en todas direcciones a las habitaciones

superiores, hasta la misma cúpula, rodeada de una galería de columnas

corintias, en que termina el monumento. Profusa y ordenada turba de

sirvientes están prontos a obedecer la menor indicación del viajero; y

una chimenea que puede contener una tonelada de carbón de piedra, le

entretiene y conforta en el invierno, mientras se registra su nombre

en el gran libro, siempre abierto para este fin, y se le señalan

habitaciones a donde transportar su equipaje. Una iluminación de gas

poderosa distribuye por mil picos esparcidos en todo el ámbito del

edificio torrentes de luz solar. A la izquierda se extiende hacia el

fondo de la construcción el comedor, rodeado de columnas, alumbrado

por arañas colosales de bronce, y suficientemente ancho para contener

tres mesas de caoba que corren paralelas a lo largo del salón una

distancia de algo menos de media cuadra. Setecientos comensales

se reunen en torno de estas mesas en el invierno, época de mayor

actividad y concurrencia en Nueva Orleans. El interior del edificio

corresponde en lujo a estas colosales exterioridades. Mi compañero de

viaje, dominado por ideas sociales de un orden superior, se había en

conversaciones anteriores, mostrado punto menos que indiferente sobre

las ventajas de este o el otro sistema de gobierno. Pero, al recorrer

las calles internas que dan comunicación a centenares de habitaciones,

decoradas éstas con todas las gradaciones de lujo que pueden exigir

la condición diversa de los huéspedes, y que según él, se extendían a

distancias fabulosas, estoy convertido, me decía, por la intercesión

de San Carlos; ahora creo en la república, creo en la democracia,

creo en todo; perdono a los puritanos, aun aquel que comía salsa de

tomate crudo con la punta del cuchillo y antes de la sopa. ¡Todo debe

perdonársele, sin embargo, al pueblo que levanta monumentos a la sala

de comer, y corona con una cúpula como ésta la cocina!

El San Carlos, no obstante ser el San Pedro de los hoteles, no es por

eso ni el más espacioso ni el más sólido de los palacios populares,

si bien ha costado 700.000 duros su construcción. Cada gran ciudad de

los Estados Unidos se envanece de poseer dos o tres hoteles monstruos,

que luchan entre sí en lujo y _comfort_, menudeando al pueblo a

precios ínfimos. El _Astor-Hotel_ en Nueva York es una soberbia

construcción en granito que ocupa con su mole un costado de la plaza

de Wáshington; y en ninguno de los templos que abundan en aquella

ciudad se han invertido mayores sumas. Después que he visitado los

Estados Unidos, y visto los resultados obtenidos allí espontáneamente,

me he formado una rara preocupación, y es que para saber si una

máquina, un invento, o una doctrina social es útil y de aplicación o

desenvolvimiento futuro, se ha de poner a prueba en la piedra de toque

de la espontánea aplicación de los yankees. Los hoteles hacen hoy un

papel primordial en la vida doméstica de las naciones. Los pueblos

estacionarios, como la España y sus derivados, no necesitan hotel,

bástales el hogar doméstico; en los pueblos activos, con vida actual,

con porvenir, el hotel estará más arriba que toda otra construcción

pública. Hace cien años el hotel se conocía apenas en París, y no lo

era en todo el resto de la Europa. Hace 40 años que Fourier basaba su

teoría social en cuanto a habitaciones, en el falansterio, o el hotel,

capaz de contener dos mil personas, proporcionándoles comodidades

que no puede obtener la familia aislada en el hogar doméstico. La

prueba de que Fourier no andaba errado, es el hotel norteamericano,

que siguiendo la simple impulsión de conveniencia, ha tomado ya la

forma monumental y dimensiones punto menos que falansterianas. Las

iglesias cristianas subdivididas en sectas en los Estados Unidos, de

catedrales que eran antes, han descendido a capillas. Las flechas

del templo bajan a medida que las creencias se subdividen, mientras

que el hotel hereda la cúpula del tabernáculo antiguo, y toma las

formas de las termas de los emperadores, donde la importancia del

individuo ha llegado a la altura de la democracia norteamericana. La

arquitectura religiosa continúa secándose y marchitándose, al paso

que la arquitectura popular improvisa en todos los Estados Unidos,

formas, dimensiones y ordenanzas que acabarán por serle peculiares.

El banco americano es una construcción sólida como la caja de hierro,

con frontis jónico, y si no es jónica la construcción, es egipcia.

¿Por qué caen los yankees en estos órdenes tan macizos, para encerrar

la caja de hierro? Sobre todos los monumentos americanos se alza un

pararrayos; y domina ya el uso arquitectónico de poner en la cúspide de

las cúpulas, a guisa de pináculo, la estatua de Franklin, sosteniendo

el pararrayos. ¡Ya tenemos, pues, un Mercurio, encargado de guardar

el asilo doméstico, o una Santa Bárbara abogada contra rayos! Si los

americanos no han creado, pues, un orden de arquitectura, tendrán,

por lo menos, aplicaciones nacionales, carácter y forma sugeridos

por las instituciones políticas y sociales, como ha sucedido con

todas las arquitecturas que nos ha legado la antigüedad. Una rara

confusión reina hoy en Europa sobre la aplicación de las bellas

artes. El restablecimiento y reparación de las catedrales góticas, ha

seguido al movimiento de la literatura llamada romántica. El panteón

creado por la República francesa ha quedado acéfalo, como si esperara

aún tiempos mejores para llenar su objeto. El templo de la gloria

edificado por Napoleón, la construcción más griega, más olímpica que

vieron nunca romanos o franceses, es hoy el templo de la Magdalena,

cuya arquitectura risueña y plácida parece burlarse de las lágrimas

de la arrepentida Loreta de Jerusalén; y las imágenes de la virgen y

de los santos han ido a confundirse en los museos, y tenerse hombro

con hombro con las estatuas de los dioses paganos, o las desnudeces

de la pintura profana, en Roma, Londres, Dresde, o Florencia. En los

Estados Unidos las formas exteriores se apropian a los objetos del

culto, perdóneme la expresión. El Banco en jónico; el hotel en corintio

a veces, y monumental siempre, y el inventor del pararrayos tiene ya

su puesto elevado y su función arquitectónica, y hasta el piñón de la

arquitectura romana ha sido prolongado, para hacer de él la imagen de

la mazorca de maíz, símbolo de la agricultura americana.

En cuanto a la distribución interior del grande hotel, nada de más

normal que la ordenanza común a todos estos establecimientos. A la

entrada un pórtico, que contiene las oficinas de administración. Un

registro en que el huésped entrante inscribe su nombre, y a cuyo

margen el oficinista anota el número 560, o 227, que es el de la

cámara que se le destina, y cuya campanilla, como todas las de la

casa, cae en cerradas hileras a la misma oficina. En el vestíbulo

están fijados todos los carteles de la ciudad para conocimientos del

viajero. La representación teatral, el _meeting_, el sermón

del día, los vapores que parten, el movimiento de los caminos de

hierro, etc. En un salón inmediato está el gabinete de lectura que

contiene los principales diarios de la Unión y las últimas fechas de

Europa. Un salón de fumar, y cuatro o cinco salas de conversación y

de recibo, completan por esta parte las comodidades públicas de la

casa. Baños termales están a toda hora a disposición de los huéspedes.

Las señoras tienen igualmente sus salones de recibo y de tertulia,

decorados con gracia y lujo. Dos o tres pianos entran en el material

de estos establecimientos. A las 7 y media de la mañana la vibración

insoportable del _hong-hong_ chino, recorriendo todas las galerías de

comunicación, avisa a los habitantes que es llegada la hora de ponerse

de pie. A las ocho nuevo y más prolongado rumor anuncia estar el

almuerzo servido. La turbamulta de los conventuales acude, se precipita

de cada una de las avenidas, hacia la entrada del inmenso refectorio.

Aquí principia a mostrarse la vida de este pueblo tan serio cuando

ríe como cuando come. Donde todos los hombres son iguales al último

individuo de la sociedad, no hay protección para el débil, por la

misma razón que no hay jerarquías que separen a los poderosos. ¡Ay

de las mujeres en este acto solemne de la soberanía popular! si los

reglamentos provisorios del hotel no viniesen en su ayuda:

“Art. 1.º Nadie podrá sentarse a la mesa común, hasta que las damas,

con sus consortes, o deudos, hayan ocupado la cabecera y costados

contiguos de la mesa.

“Art. 2.º Se suplica al público que no fume ni masque tabaco en la mesa.

“Art. 3.º A un golpe de campanilla los varones se sentarán en los

asientos que quedaren.”

Sobreentendidas estas disposiciones, el pueblo gastrónomo se alinea

detrás de los asientos, con ambas manos puestas sobre el espaldar

de la silla, y por derecha e izquierda vista al sirviente que ha de

administrar el apetecido companillazo. Toma este el sonoro instrumento

en mano, y la noble línea se conmueve; al menor movimiento indicativo

de la campana, los cuerpos describen ondulaciones como las espigas de

trigo al más ligero soplo de la brisa. Alzase la campanilla en actitud

de sonar, y una descarga cerrada de sillas removidas con estrépito

acompaña, si no precede al retintín chillón del cobre agitado, e

instantáneamente un fuego graneado de platos, cuchillos y tenedores

que se chocan entre sí, se prolonga durante cinco minutos, pudiendo

por el rumor tempestuoso que se difunde por el aire, saberse a media

legua a la redonda que se come en un hotel. Imposible seguir con la

vista las evoluciones que se suceden en aquella batahola, no obstante

la actividad y destreza de cincuenta domésticos, que tratan de dar

cierto orden acompasado al destapar de las viandas, o al verter té o

café. El norteamericano tiene destinados dos minutos para almorzar,

cinco para comer, diez para fumar o mascar tabaco, y todos los momentos

desocupados para echar una ojeada sobre el diario que usted está

leyendo, único diario que le interesa puesto que otro está ya ocupado

de él.

Almuerzo, _lunch_ a las once, comida, y el té, son las cuatro

colaciones de ordenanza de aquellas comunidades que se renuevan todos

los días, sin que la regla estorbe el que se administre el almuerzo

a las cinco de la mañana para los que han de partir en un vapor o

convoy matinal, ni falte nunca una refacción servida para todos los

que llegan, no importa la hora del día o de la noche. Y luego, ¡qué

incongruencias! ¡qué incestos! ¡y qué promiscuaciones en los manjares!

El yankee _pur sang_, se sirve en un mismo plato, conjunta o

sucesivamente, todas las viandas, postres y frutas. ¡Hemos visto a uno

del _Far-West_, país de dudosa situación, como el Ophir de los

fenicios, principiar la comida por salsa de tomates frescos, tomada en

cantidad enorme, sola y con la punta del cuchillo! ¡Patatas dulces con

vinagre! Estábamos helados de horror, y mi compañero de viaje lleno de

gastronómica indignación al ver estas abominaciones: y no llueve fuego

del cielo, exclamaba: los pecados de Sodoma y Gomorra debieron ser

menores que los que cometen a cada paso estos puritanos!

En los salones de lectura, cuatro o cinco moscones se le apoyarán

pesadamente en los hombros para leer el mismo trozo de la letra

menudísima que está usted leyendo. Si baja usted una escala, o quiere

introducirse por una puerta, por poca que sea la concurrencia,

el que se suceda lo empujará por apoyarse en algo. Si fuma usted

tranquilamente su cigarro, un pasante se lo sacará de la boca para

encender el suyo, y si usted no anda listo para recibirlo, se encargará

él en persona de metérselo de nuevo en la boca. Si tiene usted un

libro en las manos, con tal que lo cierre un poco para mirar hacia

otra parte, su vecino se apoderará de él para leerse dos capítulos

de seguida. Si los botones de su paletó tienen relieve de cabezas de

venado, caballos o javalíes, cuantos lo noten vendrán a recorrerlos

uno a uno, haciendo girar la persona de usted de derecha a izquierda,

de izquierda a derecha, para mejor inspeccionar el museo ambulante.

Ultimamente, si usted lleva barba completa en los países del Norte, lo

cual indica que es usted francés o polaco, a cada paso se encuentra

encerrado en medio de un círculo de hombres que lo contemplan con

curiosidad infantil, llamando a sus amigos o conocidos para que

satisfagan de cuerpo presente su novedosa curiosidad.

Todas estas libertades, bien entendido, puede usted tomárselas con los

otros a su vez, sin que nadie reclame de ello ni dé el menor síntoma

de serle desagradable. Pero, donde el genio y los instintos nacionales

brillan en su verdadera luz, es en las actitudes yankees en sociedad.

Esto merece algunas explicaciones. En un pueblo que como éste avanza

cien leguas de frontera por año, se improvisa un estado en seis meses,

se transporta de un extremo a otro de la Unión en algunas horas, y

emigra al Oregon, deben gozar de tan alta estima los pies, como la

cabeza entre los que piensan, o el pecho entre los que cantan. En Norte

América verá usted muestras a cada paso del culto religioso que la

nación tributa a sus nobles y dignos instrumentos de riqueza: los pies.

Conversando con usted el yankee de educación esmerada, levantará él un

pie a la altura de la rodilla, sacarále el zapato para acariciarlo, y

oir las quejas que contra el excesivo servicio puedan poner los dedos.

Cuatro individuos sentados en torno de una mesa de mármol pondrán

infaliblemente sus ocho pies sobre ella, a no ser que puedan procurarse

un asiento forrado en terciopelo, que en cuanto a blandura prefieren

los yankees el mármol. En el Fremonthotel, de Boston, he visto siete

dandies yankees en discusión amigable, sentados como sigue: dos con

los pies sobre la mesa; uno con los dichos sobre el cojín de una silla

adyacente; otro con una pierna pasada sobre el brazo de la silla

propia; otro con ambos talones apoyados en el borde del cojín de su

propia silla, de manera de apoyar la barba entre las dos rodillas; otro

abrazando o empiernando el espaldar de la silla, de la misma manera que

nosotros solemos apoyar el brazo. Esta postura imposible para los otros

pueblos del mundo, la he ensayado sin éxito, y se la recomiendo a usted

para administrarse unos calambres en castigo de alguna indiscreción;

otro, en fin, si no están ya los siete, en alguna otra posición

absurda. No recuerdo si he visto norteamericanos sentados en la espalda

de silla con los pies en el cojín: de lo que estoy seguro es que nunca

vi uno que se preciase de cortés en la postura natural. El estar

acostados es el fuerte de la elegancia, y los entendidos reservan este

rasgo de buen gusto para cuando hay damas, o cuando un locófoco oye un

_speech whig_. El secretario de la legación chilena, al llegar a

Wáshington, tuvo necesidad de hablar a un diputado. Acude al Capitolio,

se informa de su asiento durante la sesión, llega, al fin, hasta el

punto donde Mr. N. roncaba profundamente acostado en su asiento con las

piernas extendidas sobre el asiento de su vecino. Hubo de despertarlo,

y una vez entendido sobre el asunto que lo traía, se acomodó del otro

lado, esperando, sin duda, que concluyese el interminable discurso

de algún orador de opinión contraria. Los americanos, en política y

religión, profesan el admirable y conciliante principio de que no debe

discutirse sino con los que son de su propia secta u opinión. Este

sistema se funda en el pleno conocimiento de la naturaleza humana. El

orador yankee se esfuerza en confirmar a los suyos en sus creencias,

más bien que en persuadir a los contrarios, que duermen en el entre

tanto, o piensan en sus negocios. La conclusión de todo esto es que los

yankees son los animalitos más inciviles que llevan fraque o paletó

debajo del sol. Así lo han declarado jueces tan competentes, como el

capitán Marryat, Miss Trolop y otros viajeros; bien es verdad que si

en Francia, y en Inglaterra, los carboneros, leñadores y fogoneros se

sentasen a la misma mesa, con los artistas, diputados, banqueros y

propietarios, como sucede en los Estados Unidos, otra opinión formarían

los europeos de su propia cultura. En los países cultos, los buenos

modales tienen su límite natural. El lord inglés es incivil por orgullo

y por desprecio a sus inferiores, mientras que la gran mayoría lo es

por brutalidad e ignorancia. En los Estados Unidos la civilización se

ejerce sobre una masa tan grande, que la depuración se hace lentamente,

reaccionando la influencia de la masa grosera sobre el individuo,

y forzándole a adoptar los hábitos de la mayoría, y creando, al

fin, una especie de gusto nacional que se convierte en orgullo y en

preocupación. Los europeos se burlan de estos hábitos de rudeza, más

aparente que real, y los yankees, por espíritu de contradicción, se

obstinan en ellos, y pretenden ponerlos bajo la égida de la libertad

y del espíritu americano. Sin favorecer estos hábitos, ni empeñarme

en disculparlos, después de haber recorrido las primeras naciones

del mundo cristiano, estoy convencido de que los norteamericanos son

el único pueblo culto que existe en la tierra, el último resultado

obtenido de la civilización moderna.

Los americanos en masa llevan reloj, en Francia no lo usa un décimo de

la nación. Los americanos en masa visten fraque y los otros vestidos

complementarios, aseados y de buena calidad. En Francia viste blusa de

anquín los cuatro quintos de la nación.

Usan los yankees, en masa, cocinas económicas, arado Durand y coche.

Habitan casas cómodas, aseadas. El jornalero gana un duro al día.

Tienen caminos de hierro, canales artificiales y ríos navegables, en

mayor número y recorriendo mayores distancias que toda Europa junta.

La estadística comparativa de los caminos de hierro era como sigue: En

1845: Inglaterra, 1800 millas; Alemania, 1339; Francia, 560; Estados

Unidos, 4000; lo que equivale a 86 millas en Inglaterra por cada millón

de habitantes; 16 en Francia, 222 en los Estados Unidos. Sus líneas

de telégrafos eléctricos están hoy, únicas en el mundo, puestas a

disposición del pueblo, pudiendo en fracciones inapreciables de tiempo,

enviar avisos y órdenes de un extremo a otro de la Unión.

El único pueblo del mundo que lee en masa, que usa de la escritura

para todas sus necesidades, donde 2000 periódicos satisfacen la

curiosidad pública, son los Estados Unidos, y donde la educación como

el bienestar están por todas partes difundidos y al alcance de los que

quieran obtenerlo. ¿Están uno y otro en igual caso en punto alguno de

la tierra? La Francia tiene 270.000 electores, esto es, entre treinta

y seis millones de individuos de la nación más antiguamente civilizada

del mundo, los únicos que por la ley no están declarados bestias:

puesto que no les reconoce raza para gobernarse.

Estados Unidos · 第 2 / 16 段