ESTADOS UNIDOS
DOMINGO F. SARMIENTO
Nació en San Juan el 15 de febrero de 1811. Aprendió primeras letras en
la _Escuela de la patria_; en 1821 no consiguió una beca para el
seminario de Loreto, de Córdoba; circunstancias adversas impidiéronle
continuar sus estudios en el Colegio de Ciencias Morales, de Buenos
Aires. En 1826 se dedicó a enseñar los primeros rudimentos del saber a
los mocetones de San Francisco, en San Luis. Vuelto a San Juan (1872)
vióse obligado a ganarse el sustento trabajando como dependiente en
un almacén; en sus momentos libres leyó las cartillas de ciencias y
artes que estaban allí de venta. Desde esa fecha hasta su muerte vivió
estudiando y enseñando.
Afiliado al unitarismo, desde 1829, tocóle emigrar a Chile. Allí
fué maestro de escuela municipal en una aldea, abrió un despacho de
bebidas, fué dependiente de comercio, trabajó en una mina, hasta
regresar a San Juan (1837). Tuvo entonces ocasión de ensanchar sus
conocimientos, y dos años más tarde organizó un colegio y fundó un
periódico, _El Zonda_, cuya publicación le costó la cárcel. Emigró
a Chile en 1840. En Valparaíso fué redactor de _El Mercurio_ y en
Santiago fundó _El Nacional_. En 1842 organizó la Escuela Normal
de Preceptores, de que fué director, sin apartarse del periodismo de
combate. De 1845 a 1848 viajó por Europa y Estados Unidos, continuando
a su regreso las tareas educacionales y periodísticas. En 1852 se
incorporó al ejército de Urquiza, apartándose de éste poco después
de caer Rosas. Emigró nuevamente, y en Chile rompió su amistad con
Alberdi, para siempre. Con varia fortuna política fué muchas veces
diputado, senador, ministro, gobernador de San Juan (1862-1864) y
Presidente de la República (1868-1874). Fué repetidamente Director y
Superintendente de Escuelas, provincial y nacional, tocándole sostener
luchas memorables con los partidos reaccionarios, en defensa de la
escuela laica.
Su enorme labor escrita (Obras Completas, LII volúmenes) es, en
grandísima parte, periodística y de oportunidad. Sus obras principales
son: _Facundo_ (1845), _De la educación popular_ (1848), _Argirópolis_
(1850), _Recuerdos de Provincia_ (1850), _Comentarios de la
Constitución_ (1853), _Conflicto y armonías de las razas en América_
(1883), etc.
Su característica fué la lucha por la educación pública. Por el
número y la variedad de sus iniciativas, no tiene parangón con ningún
otro americano; su eficacia como agitador de espíritus fué absoluta,
ejercitando para ello sus dos vocaciones fundamentales: el magisterio y
el periodismo. Centuplicando su vida en un perenne afán de aprender y
enseñar, dejó rastro firme en cuantas cosas posó su mano.
El 11 de septiembre de 1888, falleció en el Paraguay, donde fuera en
busca de remedio a sus achaques. La posteridad, unánime, le ha señalado
como el más eminente de los argentinos.
“LA CULTURA ARGENTINA”
DOMINGO F. SARMIENTO
VIAJES
III
ESTADOS UNIDOS
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VACCARO, Avenida de Mayo 638.--Buenos Aires
1922
ESTADOS UNIDOS
_Señor don Valentín Alsina._
Noviembre 12 de 1847.
Salgo de los Estados Unidos, mi estimado amigo, en aquel estado de
excitación que causa el espectáculo de un drama nuevo, lleno de
peripecias, sin plan, sin unidad, erizado de crímenes que alumbran
con su luz siniestra actos de heroísmo y abnegación, en medio de los
esplendores fabulosos de decoraciones que remedan bosques seculares,
praderas floridas, montañas sañudas, o habitaciones humanas en cuyo
pacífico recinto reinan la virtud y la inocencia. Quiero decirle
que salgo triste, pensativo, complacido y abismado; la mitad de mis
ilusiones rotas o ajadas, mientras que otras luchan con el raciocinio
para decorar de nuevo aquel panorama imaginario en que encerramos
siempre las ideas que no hemos visto, como damos una fisonomía y un
metal de voz al amigo que sólo por cartas conocemos. Los Estados Unidos
son una cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a
la primera vista, y frustra la espectación pugnando contra las ideas
recibidas, y no obstante este disparate inconcebible es grande y noble,
sublime a veces, regular siempre; y con tales muestras de permanencia
y de fuerza orgánica se presenta, que el ridículo se deslizaría sobre
su superficie como la impotente bala sobre las duras escamas del
caimán. No es aquel cuerpo social un ser deforme, monstruo de las
especies conocidas, sino como un animal nuevo producido por la creación
política, extraño como aquellos megaterios cuyos huesos se presentan
aún sobre la superficie de la tierra. De manera que para aprender o
contemplarlo, es preciso antes educar el juicio propio, disimulando
sus aparentes faltas orgánicas, a fin de apreciarlo en su propia
índole, no sin riesgo de, vencida la primera extrañeza, apasionarse por
él, hallarlo bello, y proclamar un nuevo criterio de las cosas humanas,
como lo hizo el romanticismo para hacerse perdonar sus monstruosidades
al derrocar al viejo ídolo de la poética romano-francesa.
Educados Vd. y yo, mi buen amigo, bajo la vara de hierro del más
sublime de los tiranos, combatiéndolo sin cesar en nombre del derecho,
de la justicia, en nombre de la república, en fin, como realización
de las conclusiones a que la conciencia y la inteligencia humana
han llegado, Vd. y yo, como tantos otros nos hemos envanecido y
alentado al divisar en medio de la noche de plomo que pesa sobre la
América del Sur, la aureola de luz con que se alumbra el Norte. Por
fin, nos hemos dicho para endurecernos contra los males presentes:
la república existe, fuerte, invencible; la luz se irradiará hasta
nosotros cuando el Sud refleje al Norte. ¡Y cierto, la república es!
Solo que al contemplarla de cerca, se halla que bajo muchos respectos
no corresponde a la idea abstracta que de ella teníamos. Al mismo
tiempo que en Norte América han desaparecido las más feas úlceras de
la especie humana, se presentan algunas cicatrizadas ya aún entre los
pueblos europeos, y que aquí se convierten en cáncer, al paso que
se originan dolencias nuevas para las que aún no se busca ni conoce
remedio. Así, pues, nuestra república, libertad y fuerza, inteligencia
y belleza; aquella república de nuestros sueños para cuando el mal
aconsejado tirano cayera, y sobre cuya organización discutíamos
candorosamente entre nosotros en el destierro, y bajo el duro aguijón
de las necesidades del momento; aquella república, mi querido amigo,
es un _desiderátum_ todavía, posible en la tierra, si hay Dios
que para bien dirige los lentos destinos humanos, si la justicia es un
sentimiento inherente a nuestra naturaleza, su ley orgánica y el fin de
su larga preparación.
Si no temiera, pues, que la citación diese lugar a un concepto
equivocado, diría al darle cuenta de mis impresiones en los Estados
Unidos, lo que Voltaire hace decir a Bruto:
Et je cherche ici Rome, et ne la trouve plus!
Como en Roma o en Venecia existió el patriarcado, aquí existe
la democracia; la República, la cosa pública vendrá más tarde.
Consuélenos, empero, la idea de que estos demócratas son hoy en la
tierra los que más en camino van de hallar la incógnita que dará
la solución política que buscan a obscuras los pueblos cristianos,
tropezando en la monarquía como en Europa, o atajados por el despotismo
brutal como en nuestra pobre patria.
No espere que dé a Vd. una descripción ordenada de los Estados
Unidos, no obstante que he visitado todas sus grandes ciudades, y
atravesado o seguido los límites de veinte y uno de sus más ricos
Estados. Quiero seguir otro camino. A la altura de civilización a
que ha llegado la parte más noble de la especie humana, para que una
nación sea eminentemente poderosa o susceptible de serlo, se requieren
condiciones territoriales que nada puede suplir permanentemente. Si
Dios me encargara de formar una gran república, nuestra república _à
nous_, por ejemplo, no admitiría tan serio encargo, sino a condición
de que me diese estas bases por lo menos: espacio sin límites conocidos
para que se huelguen un día en él doscientos millones de habitantes;
ancha exposición a los mares, costas acribilladas de golfos y bahías;
superficie variada sin que oponga dificultades a los caminos de hierro
y canales que habrán de cruzar el estado en todas direcciones; y como
no consentiré jamás en suprimir lo de los ferrocarriles, ha de haber
tanto carbón de piedra y tanto hierro, que el año de gracia cuatro mil
setecientos cincuenta y uno, se estén aún explotando las minas como el
primer día. La extrema abundancia de madera de construcción sería el
único obstáculo que soportaría para el fácil descuajo de la tierra;
encargándome yo, personalmente, de dar dirección oportuna a los ríos
navegables que habrían de atravesar el país en todas direcciones,
convertirse en lagos donde la perspectiva lo requiriese, desembocar
en todos los mares, ligar entre sí todos los climas, a fin de que las
producciones de los polos viniesen en vía recta a los países tropicales
y vice versa. Luego para mis miras futuras pediría abundancia por
doquier de mármoles, granitos, pórfidos y otras piedras de cantería,
sin las cuales las naciones no pueden imprimir a la tierra olvidadiza
el rastro eterno de sus plantas.
¡País de Cucaña! diría un francés. ¡La ínsula Barataria! apuntaría un
español. ¡Imbéciles! Son los Estados Unidos, tal cual los ha formado
Dios, y jurara que al crear este pedazo de mundo, se sabía muy bien
él, que allá por el siglo XIX, los desechos de su pobre humanidad
pisoteada en otras partes, esclavizada, o muriéndose de hambre a fin
de que huelguen los pocos, vendrían a reunirse aquí, desenvolverse
sin obstáculo, engrandecerse, y vengar con su ejemplo a la especie
humana de tantos siglos de tutela leonina y de sufrimientos. ¿Por qué
no descubrieron los romanos aquella tierra eminentemente adaptada para
la industria que ellos no ejercitaron, para la invasión pacífica del
colono, y tan pródiga de bienestar para el individuo? ¿Por qué la raza
sajona tropezó con este pedazo de mundo que tan bien cuadraba con sus
instintos industriales, y por qué a la raza española le cupo en suerte
la América del Sur, donde había minas de plata y oro e indios mansos
y abyectos, que venían de perlas a su pereza de amo, a su atraso e
ineptitud industrial? ¿No hay orden y premeditación en todos estos
casos? ¿No hay Providencia? ¡Oh! amigo, Dios es la más fácil solución
de todas estas dificultades.
Olvidé pedir para mi república, y lo hago aquí para que conste, que se
me dé por vecinos pueblos de la estirpe española, México por ejemplo, y
allá en el horizonte, Cuba, un istmo, etc.
No soy yo el primero que ha sido sorprendido por éste apropósito de la
naturaleza en los Estados Unidos. Un compañero de viaje escribía a uno
de sus amigos de Europa:
“No tengo noticia de lugar alguno donde Dios se haya sobrepasado a sí
mismo como aquí. Estaba muy de buen humor, sin duda, cuando bosquejaba
estos grados 0° a 6° de longitud, Este y Oeste de Wáshington. ¡Esto es
bello y trazado con soltura! Cada río tiene seis millas de ancho, cada
lago cuatrocientas por lo menos de circunferencia; por todas partes
bosques inmensos de árboles en perfecta armonía con el paisaje. Ni una
sola colina, ni una sola isla árida; vegetación por todas partes, como
allá en sus montañas de los Pirineos”.
En cuanto a la ordenación general de este país, daré a Vd. algunas
ligeras nociones. Supóngase un espacio cuadrado de tierra que mida
dos millones y medio de millas cuadradas, bañados por mares diversos
hacia el Sur, oriente y occidente. Al Norte un río, salido de una
cadena de lagos tan capaces como el mar Caspio, sirviéndole de límite,
y proporcionándole una línea de navegación desde lo más recóndito del
interior, hasta las costas del Atlántico. Mas como la boca del San
Lorenzo, que es aquel río término, cae fuera de los límites de los
Estados, a la altura de Montreal, se dirige hacia el Sur no más ancho
que un río, al lago Champlain, hasta tocar casi con las fuentes de
Hudson, que por este medio ofrece al emporio de Nueva York comunicación
acuática con los lagos y el alto y bajo Canadá.
Como el cuadrado que nos hemos trazado es poco menos grande que la
Europa, necesitaba en teoría una arteria interior, por donde hubiese
de circular y penetrar la vida. Para llenar este requisito, desde las
inmediaciones del lago Erie, se desprende hacia el Sur el Mississipi,
el más caudaloso río de la tierra, y corriendo en seguida navegable
por mil quinientas millas, incorpora en su caudal las aguas del Ohio,
el Arkansas, el Illinois, el Missouri, el Tenessee, el Awash y muchos
otros que de oriente y occidente, vienen alternativamente arrastrando
sobre sus turbias ondas los productos de las plantaciones más remotas,
hasta el Golfo de México. Porque hay esto de notable en la distribución
de las aguas de Norte América, que las unas se reunen en un inmenso
receptáculo y marchan al oriente reunidas en el San Lorenzo: las otras
se dirigen hacia el Sur, y se aglomeran en el Mississipi, no quedando
independientes de aquellos dos grandes sistemas de desagüe, sino el
Hudson, el Potomack y el Susquehanna.
Muy bisoños se habrían mostrado los yankees, si no hubiesen completado
por canales el conocido plan de la Providencia, de manera que las
mercadería del Canadá tengan camino acuático a Nueva York o a Orleans
indistintamente, recorriendo para ello una línea de navegación interna,
mayor que la que la que media entre América y Europa. Por otra parte,
como un estado americano ha de vivir necesariamente de la exportación
de sus materias primas, sus cereales y peleterías, su exposición debe
ser de preferencia al Atlántico; y su necesidad primera, que de todos
los puntos converjan y concurran sus vías de comunicación a las bocas
y orificios de aquel inmenso pólipo, cuya simple estructura no ofrece
sino tubo intestinal y bocas. Pero supóngase que el estado de larva ha
de pasar por diversas transformaciones, hasta entrar en la familia de
los animales más perfectos, y dotados de diversos sistemas, sanguíneo,
nervioso, digestivo, etc.; entonces la vida se hace más complicada, y
el animal no existe ya para la boca, sino la boca para el animal. La
vida interna haciéndose más complicada exige vasos secretorios, donde
se preparen mejor los alimentos; lo que equivale a decir, porque ya la
alegoría fastidia, que con el exceso de la población y el desarrollo
de la riqueza, nace una industria nacional, y el estado, sin disminuir
su movimiento de exportación e importación, adquiere, al fin, una
vida interna que necesita satisfacer por sí mismo y para sí mismo.
La China en Asia, la Alemania y la Francia en Europa, dan un ejemplo
de esta vida interior, que da pábulo a industrias poderosas, y mayor
acumulación de riquezas. Cuando este caso llegue para los Estados
Unidos, se concibe que las ciudades del litoral no serán los únicos
focos de riquezas, pues para promediar las distancias, habrá en el
centro del Estado, nuevos focos industriales que derramen e irradien a
los extremos, los productos del trabajo nacional. Ahora, busque Vd. en
el mapa de los Estados Unidos un punto a propósito para esta secreción
interna, reuniendo además las condiciones de viabilidad y abundancia
de elementos de fabricación, hierro, maderas, carbón, etc. Si Vd. no
lo encuentra tan pronto, yo se lo indicaré. Hacia lo interior de la
Pensilvania, los ríos Ohio, Alleghany y Monongahela se reunen para
dirigirse al Mississipi, la grande arteria que distribuye y concreta
como hemos visto el movimiento interior.
En la confluencia de estos ríos está situada Pittsburg, que por canales
artificiales y ferrocarriles comunica con Baltimore en la bahía de
Chesapeake, Filadelfia, New York, Boston al Norte. Removiendo un
poco la superficie de la tierra sobre que está fundada Pittsburg,
se encuentra un manto de carbón de piedra, el cual se extiende unas
catorce mil millas cuadradas, esto es, un espacio un poco menor que
la Inglaterra entera. Por todo el país circunvecino y a orillas de
los ríos, los propietarios pueden bajo el hogar doméstico, abrir una
boca de mina, para extraer esta substancia, alimenticia de fábricas;
y en Marieta hemos descendido del vapor y atravesado dos calles de la
ciudad, entrándonos sin más rodeos en una mina de carbón bituminoso,
que del interior de una colina sacaban en carretillas de mano, para
hacerlo derramarse en seguida, hasta sobre la cubierta del buque que
atracan a la orilla del río a recibirlo. De alli en caravanas de
angadas informes, que sin velas, ni remos, se abandonan a merced de
la corriente de los ríos, va el carbón hasta Nueva Orleans, a hacer
concurrencia ventajosa a la leña que se corta en los inmediatos bosques
y cuyo precio se regula por el salario diario del leñador. Esto por
lo que hace al carbón, que en cuanto al hierro se le encuentra en
igual abundancia por todas partes, y gracias a estas envidiables
ventajas de posición, Pittsburg se alza hoy en medio de las selvas
americanas, envuelta en su denso manto de humo hediondo y espeso, que
la hace llamar ya el Birmingham yankee, y será el Londres futuro, por
la multitud de sus fábricas, sus algodones, que remontan desde Nueva
Orleans, para ser allí pintados o tejidos por mecanismos que avanzan
en perfección casi siempre a los inventos europeos. Como una muestra
de lo que puede ser Pittsburg, recordaré que a fines del siglo pasado,
el territorio adyacente estaba aún en poder de los salvajes; en 1800,
contenía ya, 45.000 habitantes, y en 1845, montaba la población a dos
millones.
¡Como la población de los Estados Unidos avanza hacia el Pacífico
setecientas millas de frente por año, más tarde será necesario un foco
industrial todavía más adentro, a cuyo fin se ha dispuesto que donde el
Misouri, que corre unas 1.200 millas, se echa en el Mississipi, y no
lejos del punto en que de la parte opuesta desemboca el Ohio, haya otro
depósito de carbón de piedra que, a lo que ha podido averiguarse hasta
ahora, ocupa un área de cosa de 60.000 millas cuadradas!
Yo no quiero hacer cómplice a la Providencia de todas las usurpaciones
norteamericanas, ni de su mal ejemplo, que en un período más o menos
remoto, puede atraerle, unirle políticamente o anexarle, como ellos
llaman, el Canadá, México, etc. Entonces, la unión de hombres libres
principiará en el Polo Norte, para venir a terminar por falta de tierra
en el istmo de Panamá.
Para entonces estarán los lagos en el centro de la unión gigante,
y para entonces también el Estado de Michigan, envuelto como una
península por el lago del mismo nombre, el Huron, el Saint-Clair, y
la base del Erie, podrá dar fructuosa ocupación al enorme depósito de
carbón que contiene en su centro. En espectación de aquel suceso, y
por aquellos mares de agua dulce, empieza ya a surgir del haz de la
tierra, Buffalo, ciudad que sin haber sido aldea siquiera, contaba hace
un año 30.000 habitantes, y contará hoy 50.000, según los términos de
la progresión yankee. Un camino de hierro, que desde Albany atraviesa
sin pretensión alguna cinco grados de longitud, derrama en sus calles
todos los días una avenida de hombres, que desde Europa, y remontando
el Hudson, vienen a escogerse, entre los bosques intermediarios, algún
pedazo de tierra donde fijar una nueva familia, como aquellas razas
de Sem y de Jafet, que partían desde la Babel antigua a repartirse
entre sí la tierra despoblada. Igual confusión de lenguas entre los
que llegan; si bien la tierra les imprime la suya a poco andar, y
como el agua frotando las superficies angulosas de diversas piedras
conforma los guijarros cual si fueran una familia de hermanos, así,
reuniéndose, mezclándose entre sí esas avenidas de fragmentos de
sociedades antiguas, se forma la nueva, la más joven y osada república
del mundo. ¡Oh! ¡Cuánta verdad tangible hay en los misterios morales
de nuestra raza; cuántas relaciones íntimas, inevitables, muestran
las cosas físicas! La libertad emigrada al norte da al hombre que
llega alas para volar; ruedan torrentes humanos por entre las selvas
primitivas, y la palabra pasa muda sobre sus cabezas en hilos de
hierro, para ir a activar a lo lejos aquella invasión del hombre sobre
el suelo que le estaba reservado; del espíritu envejecido y experto
sobre la materia inculta aún, y esperando, desde _ab initio_, que
se le dé forma. Franklin, como Vd. sabe, fué el primero que tomó en
sus manos el terrible rayo, y lo explicó al mundo asombrado. Partiendo
del descubrimiento de Franklin (hablo en el sentido práctico del
pararrayos, con que él dotó a la humanidad), Volta, Oersted, Alexander,
Ampere, Arago, habían escrito y tentado mucho sobre la telegrafía
eléctrica, cuando Morse, norteamericano, hizo sus ensayos mediante los
30.000 pesos que el congreso de los Estados Unidos dió para costearlos.
¿No es singular que haya cabido a los Estados Unidos la gloria de
haber inventado el pararrayos y el éter sulfúrico, para ahorrar dos
grandes males a la humanidad, e impreso a los movimientos del hombre
rapideces planetarias, con la aplicación del vapor hecha por Fulton
y con la telegrafía eléctrica por Morse? En Francia dejé líneas de
telégrafos de este género en vía de ensayo, de Ruan a París, de París
a Lille, y esto para el servicio del gobierno. En los Estados Unidos
había en el momento de mi salida: de Nueva York un círculo que liga con
Wáshington, Baltimore, Filadelfia, y vuelve a Nueva York, 455 millas;
otro anillo que liga a Nueva York, New Haven, Hartford, Springfield,
Boston, y vuelve a Nueva York, 452 millas. Una línea a Albany que parte
desde el mismo centro, 150, y de allí extiende un brazo a Buffalo, 250
millas. Otra a Rochester, 252; otra a Montreal, 205. La diligencia que
lleva diariamente la correspondencia por toda la Unión recorre 142.295
millas, y 853 millas describen los canales artificiales. Rodean los
estados 3.600 millas de mar y 1.200 de lagos. Nueva York sirve de
puerto de navegación interna de ríos, canales y lagos de 3.000 millas;
Nueva Orleans a otra de 20.000, subdividida en ríos navegables, y que
uniéndose por el Mississippi, con los lagos y el San Lorenzo, puede
producir la más pasmosa línea de circunnavegación interior y fluvial.
La naturaleza había ejecutado las grandes fracciones del territorio
de la Unión; pero sin la profunda ciencia de la riqueza pública que
poseen los norteamericanos, la obra habría quedado incompleta. Desde
Filadelfia a San Luis, como de Buenos Aires a Mendoza, atraviesa el
estado una gran ruta nacional, porque en este sentido el país no es
viable por canales, pues los declives de las aguas se inclinan al Sud
y al Este. Pero del lago Erie, desciende un canal navegable, que,
uniéndose al Ohio entre Cincinnati y Pittsburg, trae con fletes ínfimos
los productos del extremo norte del lago superior y del Canadá hasta
Nueva Orleans. Del extremo este del mismo lago Erie parte otro canal,
que, después de haberse puesto en contacto por una ramificación con
el lago Ontario, a la altura de Troya desemboca en el Hudson, y liga
por agua a Chicago, que está a 14 grados de distancia al occidente,
con Nueva York y Quebec. Desde Pittsburg parte un canal faldeando los
montes Alleghanies, que pone en contacto acuático a Filadelfia en
el Atlántico, con Nueva Orleans en el Golfo de México, describiendo
una ruta a través del continente, de más de mil leguas. Inútil sería
detenerse en las líneas de caminos de hierro, que completan en parte
las de lagos, o se cruzan con ellas, facilitando a cada Estado, a cada
ciudad y a cada aldea, las comunicaciones baratas, rápidas, diarias,
fáciles, al alcance de todas las fortunas, apropiadas a todas las
mercaderías. Tocqueville ha dicho que los caminos de hierro bajaron de
un cuarto los costos de transporte. Los canales han abolido casi el
flete, pues apenas es sensible; y, sin embargo, tal es la afluencia de
productos, que, estas obras, producen al Estado millones de renta anual.
Del aspecto general del país, o de su arquitectura, como distribución
de los medios de acción puestos por Dios y utilizados y completados
por el hombre, pasaré sin transición a la aldea, centro de la vida
política, como la familia lo es de la vida doméstica. Los Estados
Unidos están en ella con todos sus accidentes, cosa que no puede
decirse de nación alguna. La aldea francesa o chilena es la negación
de la Francia o de Chile, y nadie quisiera aceptar ni sus costumbres,
ni sus vestidos, ni sus ideas, como manifestación de la civilización
nacional. La aldea norteamericana es ya todo el Estado, con su gobierno
civil, su prensa, sus escuelas, sus bancos, su municipalidad, su
censo, su espíritu y su apariencia. Del seno de un bosque primitivo,
la diligencia o los vagones salen a un pequeño espacio desmontado
en cuyo centro se alzan diez o doce casas. Estas son de ladrillo,
construido con el auxilio de máquinas, lo que da a sus costados la
tersura de figuras matemáticas, uniéndolos entre sí con argamasa en
filetes finísimos y rectos. Levántanse aquéllas en dos pisos cubiertas
de techumbre de madera pintada. Puertas y ventanas pintadas de blanco,
sujetan y cierran cerraduras de patente; y _stores_ verdes animan
y varían la regularidad de la distribución. Fíjome en estos detalles
porque ellos solos bastan para caracterizar un pueblo y suscitan un
cúmulo de reflexiones. La primera que me ha embargado al presenciar
tanta ostentación de riqueza y de bienestar, es la que suministra
la comparación de las fuerzas productivas de las naciones. Chile,
por ejemplo, y lo que es aplicable a Chile lo es a toda la América
española, Chile tiene millón y medio de habitantes. ¿En qué proporción
están las casas, que de tales merezcan el nombre, con las familias
que lo habitan? Pues en los Estados Unidos todos los hombres viven
en casas, tales como las que he delineado al principio, rodeados de
todos los instrumentos más adelantados de la civilización, salvo los
_pioneers_ que habitan aún los bosques, salvo los transeuntes
que se albergan en inmensos hoteles. De aquí resulta un fenómeno
económico que apuntaré ligeramente. Supongo que veinte millones de
norteamericanos habiten un millón de casas. ¿Cuánto capital invertido
en satisfacer esta sola necesidad? Fabricantes de ladrillos a la
mecánica han hecho con sus productos fortunas colosales; fábricas
de cerrajería de patente venden sus obras por cantidades cien veces
mayores que en cualquiera otra parte del mundo, para servir a menor
número de hombres. Las estufas de hierro colado que se aplican al uso
doméstico en todas las aldeas, bastarían a dar movimiento y ocupación
a las fábricas de Londres; y el avalúo de las casas que habitan los
norteamericanos en las aldeas, no diré más pobres, porque el término es
impropio, equivaldría a la riqueza territorial e inmueble de cualquiera
de nuestros estados.
La cocina, más o menos espaciosa, según el número de individuos
de la familia, consta de un aparato económico de hierro fundido,
formando parte de él un servicio completo de cacerolas y de utensilios
culinarios, todo obra de alguna fábrica que se ocupa de este ramo.
En algún departamento interior se guardan arados del autor francés
que los inventó, y el instrumento de agricultura más poderoso que se
conoce: su reja abre un surco de media vara de ancho; una cuchilla
movible va rozando las yerbas, y el menor esfuerzo del labrador la
aparta del encuentro del tronco de un árbol. Su ligera obra de madera
está constantemente pintada de colorado, y los arneses de los caballos
que lo tiran son de obra de talabartería, lustrosa siempre y con
hebillas amarillas y adornos en bronce para ajustarlos. Las hachas de
la casa son también de patente y de la construcción más aventajada
que se conoce; pues el hacha es la trompa del elefante del yankee, su
mondadientes y su dedo, como entre nosotros el cuchillo, o la navaja
entre los españoles. Una carretela de cuatro ruedas, ligera como las
patas de un escarabajo, siempre barnizada y lustrosa como recién sacada
de la fábrica, con arneses brillantes, completos y tales como no los
llevan iguales los _fiacres_ de París, facilitan la locomoción de
los habitantes. Una máquina sirve para desgranar el maíz; otra para
limpiar el trigo; y cada operación agrícola o doméstica, llama en su
ayuda el talento inventivo de los fabricantes. El terreno adyacente
a la casa y que sirve de jardín de horticultura, está separado de la
calle o camino público por una balaustrada de madera, pintada de blanco
en toda su extensión y de la forma más artística. No se olvide Vd. que
estoy describiéndole una pobre aldea que aún no cuenta doce casas,
rodeada todavía de bosques no descuajados y apartada por centenares
de leguas de las grandes ciudades. Mi aldea, pues, tiene varios
establecimientos públicos, alguna fábrica de cerveza, una panadería,
varios bodegones o figonerías, todos con el anuncio en letras de oro,
perfectamente ejecutadas por algún fabricante de letras. Este es un
punto capital. Los anuncios en los Estados Unidos son por toda la Unión
una obra de arte, y la muestra más inequívoca del adelanto del país.
Me he divertido en España y en toda la América del Sud, examinando
aquellos letreros donde los hay, hechos con caracteres raquíticos,
jorobados y ostentando, en errores de ortografía, la ignorancia supina
del artesano o aficionado que los formó.
El norteamericano es un literato clásico en materia de anuncios, y una
letra chueca o gorda, o un error ortográfico expondría al locatario
a ver desierto su mostrador. Dos hoteles ha de haber por lo menos
en la aldea para alojamiento de los pasajeros; una imprenta para un
diario diminuto, un banco y una capilla. La oficina de la posta recibe
diariamente los periódicos de la vecindad o las grandes ciudades, a que
están subscriptos los aldeanos; y cartas, paquetes y transeuntes han
de llegar y salir de ella diariamente; pues el transporte de la mala,
aún a los puntos más distantes, se hace en vehículos de cuatro ruedas
y con comodidades para pasajeros. Las calles, que se van delineando
a medida que la población crece, tienen como las grandes ciudades,
treinta varas de ancho, inclusas las aceras de seis varas que deben
quedar de cada costado, sombreadas por líneas de árboles que desde
luego plantan. El centro de la calle es, mientras no hay medios de
empedrarlo, un ciénago en que hozan todos los cerdos de la aldea, los
cuales ocupan tan encumbrado lugar en la economía doméstica, que sus
productos en toda la Unión corren parejas con los cultivos de trigo.
Y como es regla que según el nido ha de ser el pájaro, diré una palabra
sobre el villano. Si es bodegonero, almacenero o de otra profesión
secundaria, su traje diario se compone de las piezas siguientes: botas
charoladas, pantalón y frac de paño negro, chaleco de raso ídem,
corbata de gró, un pequeño casquete o gorrita de paño; y pendiente
de un cordón negro, un chisme de oro que representa un lápiz o una
llave. En la punta de este cordón y muy sumido en el bolsillo está la
pieza más curiosa del traje del yankee. Si Vd. quiere estudiar las
transformaciones que el reloj ha experimentado desde su invención
hasta nuestros días, pida Vd. la hora a cuanto yankee encuentre. Verá
Vd. relojes fósiles, relojes mastodontes, relojes fantasmas, relojes
guarida de sabandijas, relojes de tres pisos, inflados, con puente
levadizo y escalera secreta, para descender con linterna a darles
cuerda. El padrón del reloj de Dulcamara, en el _Elixir de Amor_,
emigró con los primeros puritanos, y sus descendientes gozan del
derecho de ciudadanía, y están alistados en el partido temible de los
_nativistas_, que profesan las doctrinas del _americanismo_
más exaltado. Cada buque que llega de Europa trae centenares de estos
emigrantes, los cuales, vendidos a la mejor postura en Nueva York,
Boston, Nueva Orleans, Baltimore, desde el precio de doce reales para
arriba, proveen a esta demanda nacional y popular de relojes. Tiene
el yankee una cartera en el bolsillo, y al acostarse en la cama traza
a la ligera jeroglíficos que indican el camino que tiene trazado a
sus acciones del día siguiente. No se crea que hay exageración en
esta común distribución de los medios civilizados a las aldeas como a
las ciudades, y a los hombres de todas clases. Tomo a la ventura las
villitas más pequeñas, cuya descripción me cae a la mano. Bennington
contiene un consistorio, una iglesia, dos academias (colegios), un
banco y cerca de 300 habitantes.
Norwich, en la orilla derecha del Connecticut, contiene varias
iglesias, un banco y 700 habitantes.
Haverhill tiene un consistorio, un banco, una iglesia, una academia y
sesenta casas, etc.
Hacia el Oeste, donde la civilización declina, y en el _Far West_,
donde casi se extingue, por el desparramo de la población en las
campañas, el aspecto cambia, sin duda: el bienestar se reduce a lo
estrictamente necesario, y la casa se convierte en el _log house_,
construido en veinticuatro horas, de palos superpuestos y cruzándose
en las esquinas por medio de muescas; pero aún en estas remotas
plantaciones, hay igualdad perfecta de aspecto en la población, en el
vestido, en los modales, y aún en la inteligencia; el comerciante,
el doctor, el _sheriff_, el cultivador, todos tienen el mismo
aspecto. El campesino es padre de familia, es propietario de doscientos
acres de tierra o de dos mil, no importa para el caso. Sus instrumentos
aratorios, sus _engines_, son los mismos, es decir, los mejores
conocidos; y si acierta a darse en la vecindad un mitin religioso, de
lo profundo de los bosques, descendiendo de las montañas, asomándose
por todos los caminos, veráse los campesinos a caballo en grandes
cabalgatas, con su pantalón y su frac negro, y las niñas con los
vestidos de los géneros más frescos y las formas más graciosas. A bordo
de un vapor en una larga navegación, habíame tocado de vez en cuando
acercarme a un sujeto perfectamente vestido y que se hacía notar por
el cortés desembarazo de los modales. Una mañana, al acercarnos a una
ciudad, le ví, no sin sorpresa, sacar de su camarote un caja, templarla
y comenzar a tocar la llamada, invitando al enganche a los jóvenes del
lugar. ¡Era tambor! A veces la cadena del reloj caía sobre el parche
y embarazaba momentáneamente el juego de los palillos. La igualdad
es, pues, absoluta en las costumbres y en las formas. Los grados de
civilización o de riqueza no están expresados como entre nosotros por
cortes especiales de vestido. No hay chaqueta, ni poncho, sino un
vestido común y hasta una rudeza común de modales que mantiene las
apariencias de igualdad en la educación.
Pero aún no es esta la parte más característica de aquel pueblo: es su
aptitud para apropiarse, generalizar, _vulgarizar_, conservar y
perfeccionar todos los usos, instrumentos, procederes y auxilios que la
más adelantada civilización ha puesto en manos de los hombres. En esto
los Estados Unidos son únicos en la tierra. No hay rutina invencible
que demore por siglos la adopción de una mejora conocida; hay por el
contrario una predisposición a adoptar todo. El anuncio hecho por un
diario de una modificación en el arado, por ejemplo, lo transcriben
en un día todos los periódicos de la Unión. Al día siguiente se habla
de ello en todas las plantaciones, y los herreros y fabricantes han
ensayado en doscientos puntos de la Unión esta práctica. Id a hacer o a
esperar cosa semejante en un siglo en España, Francia o nuestra América.
El diccionario de Salvá, porque el de la Academia no hace fe hoy, dice,
definiendo la palabra _civilización_, que es “aquel grado de
cultura que adquieren pueblos y personas, cuando de la rudeza natural
pasan al primor, elegancia y dulzura de voces y costumbres propio de
gente culta”. Yo llamaría a esto _civilidad_; pues, las voces
muy relamidas, ni las costumbres en extremo muelles, representan la
perfección moral y física, ni las fuerzas que el hombre civilizado
desarrolla para someter a su uso la naturaleza.
Después de las aldeas de los Estados Unidos, llama de preferencia
la atención del viajero el movimiento de los caminos que las unen
entre sí, ya sean carriles, macadamizados, ferrocarriles o ríos
navegables. Si Dios llamara repentinamente a cuentas al mundo,
sorprendería en marcha, como a las hormigas, a los dos tercios de
la población norteamericana, de donde resulta lo mismo que he dicho
de los edificios; pues viajando todos, no hay empresa imposible ni
improductiva en materia de viabilidad. Ciento veinte leguas de camino
de hierro se hacen en veinticuatro horas desde Albany hasta Buffalo
por doce pesos; y por quince, inclusas cuatro opíparas y suculentas
comidas diarias, dos mil doscientas millas de navegación de vapor en
diez días, desde Cincinnati hasta Nueva Orleans, por los ríos Ohio o
Mississippi. El vapor o el convoy del ferrocarril atraviesa bosques
primitivos, entre cuyas enramadas, obscuras y solitarias, teme el
viajero meditabundo ver aparecer el último resto de las tribus salvajes
que no hace diez años llamaban a aquellos parajes las cacerías de sus
padres.
La concurrencia de los pasajeros permite la baratura del pasaje; y
la baratura del pasaje tienta a viajar a los que no tienen objeto
preciso para ello; el yankee sale de su casa a respirar un poco de
aire, a tomar un paseo, y hace de ida y vuelta cincuenta leguas en un
vapor o un convoy, y vuelve a continuar sus ocupaciones. Cuando el
ojo certero de la industria descubre un trayecto de ferrocarril, una
asociación lo abre lo suficiente para indicar la vía; de los árboles
volteados se hacen las líneas del futuro ferrocarril, poniéndoles
sobrepuestas planchuelas delgadas de hierro. El convoy se lanza con
tiento al principio, equilibrándose, aquí caigo, allí levanto sobre
esta peligrosa vía; los pasajeros llueven de todas partes y con los
productos que dejan, se construye entonces el verdadero camino, nunca
seguro, por no hacerlo costoso, lo que no aumenta en mucho el número de
desgracias. El convoy es siempre cómodo, espacioso, y si los cojines
no son tan muelles como los de la primera clase en Francia, no son
tampoco tan estúpidamente duros como los de segunda en Inglaterra;
pues en los Estados Unidos, no habiendo sino una clase en la sociedad,
la cual la forma _el hombre_, no hay tres y aún cuatro clases
de vagones, como sucede en Europa. Pero, donde el lujo y la grandeza
norteamericanas se ostentan sin rival en la tierra, es en los vapores
de los ríos del norte. Cloacas o cáscaras de nuez parecerían a su lado
los que navegan en el Mediterráneo. Son palacios flotantes de tres
pisos, con galerías y azoteas para pasearse. Brilla el oro en los
capiteles y arquitrabes de las mil columnas que, como en el _Isaac
Newton_, flanquean cámaras monstruos, capaces de contener en su seno
al senado y cámara de diputados. Colgaduras de damasco artísticamente
prendidas disimulan los camarotes para quinientos pasajeros, comedores
colosos con mesa sin fin de caoba bruñida y servicio de porcelana y
plata para mil comensales. Puede este buque recibir dos mil pasajeros;
tiene 750 lechos, 200 camarotes independientes; mide 341 pies de largo,
85 de ancho, y carga además 1.450 toneladas.
El vapor _Hendrick_ mide 341 pies de largo y 72 de ancho; tiene
150 camarotes independientes; 600 lechos con colchones de pluma, dando
_accommodations_ en general para dos mil pasajeros, todo por un
dólar, corriendo la distancia de 144 millas. Un habitante de Nueva York
va a Troya o Albany en la noche; habla por la mañana del día siguiente
con su corresponsal, y en la tarde está en Nueva York de regreso, a
vacar de las ocupaciones del día, habiendo hecho en la interrupción
de diez o doce horas de tiempo hábil, cien leguas de camino. El
sudamericano que acaba de desembarcar de Europa, donde se ha extasiado
admirando los progresos de la industria y el poder del hombre, se
pregunta atónito al ver aquellas colosales construcciones americanas,
aquellas facilidades de locomoción, si realmente la Europa está a la
cabeza de la civilización del mundo. Marinos franceses, ingleses y
sardos, he visto expresar sin disimulo su asombro de encontrarse tan
pequeños, tan atrás de este pueblo gigantesco.
Hay en aquellos buques del Hudson un _sancta sanctorum_, en cuyo
recinto no penetra el ojo del profano, una morada misteriosa, de
cuyas delicias puede cuando más tenerse sospechas por las bocanadas
de perfumes que se escapan al abrirse momentáneamente la puerta.
Los norteamericanos se han creado costumbres que no tienen ejemplo
ni antecedentes en la tierra. La mujer soltera, o el _hombre de
sexo femenino_, es libre como las mariposas hasta el momento de
encerrarse en el capullo doméstico para llenar con el matrimonio sus
funciones sociales. Antes de esta época viaja sola, vaga por las calles
de las ciudades y mantiene amoríos castos a la par que desenvueltos
a la luz del público, bajo el ojo indiferente de sus padres. Recibe
visitas de personas que no se han presentado a la familia, y a las dos
de la mañana vuelve de un baile a su casa acompañada por aquel con
quien ha valseado o polkeado exclusivamente toda la noche. Los buenos
puritanos de sus padres la hacen bromas a veces con el tal, de cuyos
amores han sido instruídos por la voz pública, y la taimada se complace
en derrotar las conjeturas, desmintiendo la evidencia.
Después de dos o tres años de _flirtear_, este es el verbo
norteamericano, bailes, paseos, viajes y coqueterías, la niña de la
historia, en el almuerzo y como quién no quiere la cosa, pregunta a
sus padres si conocen a un joven alto, rubio, maquinista de profesión,
que suele venir a verla, de vez en cuando, todos los días. Hacía un
año que estaban esperando esta introducción. El desenlace es que hay
en la familia un enlace convenido, de que se da parte a los padres
la víspera, los cuales ya lo sabían por todas las comadres de la
vecindad. Celebrado el desposorio, los novios toman en el acto el
próximo camino de hierro, y salen a ostentar su felicidad por bosques,
villas, ciudades y hoteles. En los vagones se las ve siempre a estas
encantadoras parejas de jóvenes de veinte años, abrazados, reposándose
el uno en el seno del otro, y prodigándose caricias tan expresivas que
edifican a todos los circunstantes, haciéndoles formar el propósito
de casarse inmediatamente, aún a los más contumaces solterones. No
puede hacerse en términos más insinuantes que esta exposición al aire
libre de las embriagueces matrimoniales, la propaganda del casamiento.
Debido a esto es que el yankee no llega nunca a la edad de veinte
y cinco años sin tener ya una familia numerosa; y yo no me explico
de otro modo la asombrosa propagación de la especie en aquel suelo
afortunado. En 1790 la población constaba de cerca de cuatro millones;
1800, cinco millones; 1810, siete millones; 1820, nueve millones; 1830,
doce millones; 1840, diez y siete millones; 1850, contará veinte y tres
millones. La inmigración influye en estas cifras; pero en proporciones
limitadas. El inmigrante no es un animal prolífico, hasta que ha
recibido el baño yankee.
Volviendo, pues, a los millares de novios que andan enardeciendo y
vivificando la atmósfera con sus hálitos de primavera, los vapores del
Hudson y de otros ríos clásicos les tienen preparados departamentos
_ad hoc_. ¡Llámase este recinto la _cámara de la novia_!
Vidrios de colores esmaltados imprimen a la discreta luz que penetra
en ella, todos los suaves colores del iris; lámparas rosadas arden
por la noche; y de noche y de día el perfume de las flores, las aguas
odoríferas y los aromas que se queman aguzan la sed de placer que
consume a sus escogidos moradores. Las fábricas de París no han creado
damascos ni muselinas suficientemente costosas, para envolver entre sus
sueltos pliegues y bajo techumbres doradas las legítimas saturnales
de la _cámara de la novia_. Después de haber visto la cascada
del Niágara, bañándose en las fuentes termales de Saratoga, pasado
en revista cien ciudades y recorrido mil leguas de país, los novios
vuelven, después de quince días, extenuados, maravillados y contentos,
a aburrirse santamente en el hogar doméstico. La mujer ha dicho adiós
para siempre al mundo, de cuyos placeres gozó tanto tiempo con entera
libertad; a las selvas frescas de verdura, testigos de sus amores, a
la cascada, a los caminos y a los ríos. En adelante, el cerrado asilo
doméstico es su penitencia perpetua; el _roastbeef_ su acusador
eterno; el hormigueo de chiquillos rubios y retozones, su torcedor
continuo; y un marido incivil, aunque _good natured_, sudón de día
y roncador de noche, su cómplice y su fantasma. Atribuyo a aquellos
amores ambulantes en que termina el _flirteo_ americano, la
manía de viajar que distingue al yankee, de quien puede decirse que
nace viajero. El furor de viajar crece en proporciones espantosas año
por año. Los productos de todas las obras públicas, ferrocarriles,
puentes y canales en los diversos estados, en 1844, comparados con
los de 1843, mostraron un aumento de cuatro millones de dóllars; lo
que hizo subir en solo aquel año de ochenta millones el valor de los
trabajos, computando el rédito al cinco por ciento. Sabe de memoria
todas las distancias, y a la vista de una ciudad, en los vagones o en
los vapores, hay un movimiento general de echar mano a la faltriquera,
desdoblar el mapa topográfico de los alrededores y señalar con el dedo
el punto de la cuestión. Una sola casa de Nueva York ha vendido en diez
años millón y medio de atlas y mapas para el uso popular. Es seguro
que en París no hay ninguna que haya hecho emisión igual para proveer
al mundo entero. Cada estado tiene su carta geológica, que muestra la
composición del suelo y los elementos explotables que contiene; cada
condado su carta topográfica en diez ediciones diversas de todos los
tamaños y de todos los precios. Apenas se tiró el primer cañonazo en
la frontera mejicana, la Unión fué inundada por millones de mapas de
Méjico, en los cuales el yankee traza los movimientos del ejército,
da batallas, avanza, toma a la capital y se estaciona allí, hasta que
las nuevas noticias venidas por el telégrafo, lo orientan sobre la
verdadera posición de los ejércitos, para hacerlos marchar de nuevo,
con el dedo puesto en el mapa y a fuerza de conjeturas y cálculos,
lo pone _a la hora de ésta_ dentro de la ciudad de Méjico. Los
mejicanos pueden ir a recibir lecciones de los leñadores yankees sobre
la topografía, producciones y ventajas del país que sin conocer habitan.