La palabra evoluciona, cambia lentamente, ya en su significación, ya en
su forma fónica. Despréndese de este hecho trascendental de la moderna
ciencia del lenguaje, que los idiomas propiamente hablando no pueden
llamarse padres ó madres é hijos, que el castellano no es, por ej.,
hijo del latín, sino el mismo latín plebeyo en un cierto momento de su
evolución. Así como el latín vulgar de la época del Imperio, aunque
distinto del de la época de la República, es el mismo en un momento
dado de su evolución, así lo es el habla romana de España del s. VI
y el habla del s. XII y la del s. XVI y la del s. XX. Es un solo río
considerado en distintos puntos de su curso. Pero considerado ese río
desde el s. III antes de J. C. al s. III después de J. C., en su curso
entre la gente romana se observa que tiene ciertos caracteres bastante
distintos de los que ofrece entre la gente española desde el s. IX, en
que podemos descubrirlo en palabras sueltas, hasta el s. XX: al primer
curso del río llamamos latín vulgar, al segundo romance castellano.
Como se ve, un mismo río primitivo se dividió en dos, uno que siguió
entre los romanos, otro derivado que llegó á España. Entre los mismos
romanos existió otra derivación, la del latín literario, que á poco de
nacer desapareció, como desaparece el Guadiana en medio de su curso.
Las lenguas nacen, por consiguiente, pues el castellano nació ó derivó
del latín; pero ese nacimiento no es instantáneo, sino evolutivo. Es
imposible fijar el momento del nacimiento; sólo se conoce la diferencia
de cauce y de aguas tomando en consideración un largo espacio de
tiempo. Más que nacimiento, es ésta una evolución. Pero esa evolución
puede ser más ó menos lenta ó precipitada. El castellano ha cambiado
poquísimo desde el s. XIII, tal como se encuentra en las _Partidas_,
es decir, en siete siglos, si se compara con el cambio sufrido por el
francés desde el s. XV al s. XVII, es decir, en dos siglos, pasando
del antiguo francés por el medio francés al francés moderno. Para un
francés, no iniciado, del s. XVII era incomprensible un escrito del
s. XIII ó del s. XIV, mientras que las _Partidas_ son inteligibles
para todo español medianamente instruído. Así creo yo que el latín
vulgar un siglo ó tal vez medio siglo después de traído á España,
sería ininteligible en labios de españoles de pura raza para los puros
romanos. Y es que pasando ese latín á labios extranjeros acostumbrados
á otra fonética, hubo de evolucionar rápidamente, además del gran
caudal de vocablos indígenas que se latinizaron, ó mejor dicho, se
romancearon, acomodándose á la turquesa latino-hispánica de la nueva
lengua.
La evolución fonética es _gradual_, están las voces en continuo cambio;
pero la diferencia no se echa de ver sino á la larga, por verificarse
pasando por grados infinitesimales, insensibles dentro de una misma
generación. No se pasó de un salto de laudare á loar. La articulación
necesaria para pronunciar la- fué cerrándose, y abriéndose la de u, de
modo que llegó un momento en que sonaba un sonido medio entre a y u, ó
sea o, lo-; las explosivas suaves, como la -d-, fueron perdiendo fuerza
hasta desaparecer, y resultó lodare, loare, y la e final sin acento
fué perdiéndose poco á poco. Esta evolución débese, por consiguiente, á
las condiciones requeridas para la articulación de voces consecutivas.
La ley del menor esfuerzo, ó sea de la economía muscular, lleva á no
distinguir bien las dos articulaciones a, u, articulando á medias cada
una de estas vocales. Como hay que cerrar la boca para la u, no se
abre tanto como se debiera para emitir clara la a, de donde resulta
una a que tiende á o; y al pasar de la a á la u no se cierra lo
bastante la cavidad oral, de modo que resulta una u que tiende á o: y
llega un momento en que ambos sonidos a, u, se encuentran en una sola
articulación intermedia o.
La evolución fonética es, por lo mismo, _inconsciente_, pues se
opera tan lentamente que es insensible el paso, y cada individuo, no
sabiendo cómo se pronunciaba antes de venir él al mundo, toma el sonido
corriente y contribuye á la evolución en una parte infinitesimal,
practicando inconscientemente la ley de la economía muscular.
Es además la evolución tan _regular_, que obedece á leyes constantes
dentro de un cierto territorio en el que las comunicaciones conservan
unificada el habla. Si au no acentuado se hace o en loar de laudare,
también se hace o en oir de audire, en posar de pausare; la d
desaparece en loar y en oir, la -e en loar, oir, posar. Si examen dió
enjambre, bien puede asegurarse que lumen dará lumbre y costumen
costumbre y homen hombre: un mismo fonema no puede evolucionar de
dos maneras diferentes, puesto en las mismas circunstancias. Pero
cambiadas éstas, la evolución cambiará, venciendo otra ley fisiológica
distinta. Tal sucede en los dialectos, los cuales no se ajustan á
unidades geográficas ó políticas, sino propiamente á identidad de
circunstancias. Ni hay propiamente dialectos, sino caracteres que se
combinan de diversas maneras; de modo que el habla de un territorio
tendrá algunos caracteres comunes con el habla de sus vecinos del
oriente, y otros que no los tendrá comunes más que con el habla de
sus vecinos de occidente. Los límites dentro de los cuales existe tal
carácter fonético no coinciden siempre con los que encierran tal otro
carácter fonético ó tales otros caracteres fonéticos, ni coinciden con
los límites territoriales de una provincia ó nación.
El fonema _lio_ latino se hace _llo_ en Galicia, Portugal y Provenza,
mientras que en Castilla se hace _jo_; la _f_ desaparece en Castilla
y en Gascuña, conservándose en el resto de la Romanía, á pesar de
estar separadas esas dos regiones; pero es que en ambas rechazaba
tal articulación el fonetismo euskérico indígena pre-romano. Los
límites naturales, como montañas, ríos, etc., que dificultan la
comunicación entre dos regiones, son los únicos que pueden cambiar
las circunstancias de manera que la evolución fonética sea distinta.
Pero como se ve por el ejemplo anterior, á pesar de esa separación la
evolución puede ser la misma cuando coincide un principio fisiológico
que la endereza en determinada dirección.
Las excepciones no son más que aparentes, responden á otras leyes que
obraban más intensamente en otras circunstancias. Es lo que sucede en
los fenómenos todos de la naturaleza, que por distintos que parezcan
nunca son excepcionales, sino debidos á diversas combinaciones de
las mismas leyes físicas, que de suyo obran cuanto les permiten las
circunstancias. _Acto_ y _hecho_ vienen de _actum_ y de _factum_.
Pero _hecho_ es efecto de la evolución natural; _acto_ es un préstamo
directo de los eruditos más ó menos mal acomodado al castellano; nada,
pues, extraño que en el uno ct se haya convertido en ch, conservándose
en el otro sin modificación: en cambio actum dió auto en portugués,
de donde pasó al castellano. Chamiza, chamarasca, chamusco, vienen de
flamma, lo mismo que llama y flamígero; pero el último es erudito,
los tres primeros responden al fonetismo del NO. De las diversas
circunstancias en que evolucionaron las palabras resultan los
_dobletes_: plegar y llegar de plicare, fingir y heñir de fingere,
comparar y comprar de comparare, computar y contar de computare,
reputar y retar de reputare, aduana y divan de dîûân, arsenal, dársena
y atarazana de dâr aç-çanagha. Al revés, por la evolución llegan á
coincidir formas, partidas de puntos muy distantes: acerico viene de
faciem y de aciare. Si aquéllas pudieran llamarse formas _divergentes_,
éstas se dirían _convergentes_.
Es un hecho notabilísimo en la formación de los romances la
simultaneidad en algunos procedimientos. Todos han convertido en
artículos, que el latín desconocía el pronombre ille y el numeral unus;
del primero salió el artículo definido el, del segundo el indefinido
un. Todos desecharon los casos de la declinación, supliéndolos con las
preposiciones. Todos desechan el futuro latino y forman otro nuevo
con el infinitivo y el presente de indicativo de haber: amar he,
amar has, amar ha, ó amaré, amarás, amará. Todos desechan la pasiva
sustituyéndola con las formas compuestas del verbo ser: amor = soy
amado. Todos abandonan el género neutro, no conservándose más que
rastros en el artículo y pronombres castellanos. Todos emplean los
verbos auxiliares haber, ser, estar, y aun otros varios. Todos forman
los adverbios con la palabra -mente añadida al adjetivo en femenino,
dichosa-mente, buena-mente, loca-mente, folle-ment, heureuse-ment,
bonne-ment. Todos conservan la acentuación latina, aunque en el francés
parezca superficialmente lo contrario por efecto de las contracciones
y de tender á la acentuación aguda, dejada la grave de las demás.
¿La razón de este fenómeno? El único elemento común, que es el latín
popular. El latín hablado tendía al análisis, como el griego y el
sanskrit, como se ve comparando los diversos momentos históricos
de estas lenguas. Ahora bien, todos esos hechos simultáneamente
verificados en los romances, se verificaron igualmente en los
derivados del griego y del sanskrit. Y todos esos hechos comunes
son manifestaciones de la tendencia á la estructura analítica. Esa
tendencia responde á la orientación del pensamiento, que en toda la
familia indo-europea se dirigía de la síntesis al análisis. Y no sólo
en toda la familia, sino que estoy por decir que en todo el género
humano existe esta tendencia. Las lenguas todas muestran este cambio en
mayor ó menor grado, los dialectos arábigos respecto del árabe antiguo,
las lenguas camíticas, las indo-chinas, etc.
El sintetismo fué condición del pensamiento primitivo, el análisis
del pensamiento posterior de la humanidad. Cuanto más antiguas las
lenguas, son más sintéticas. No fueron, pues, los bárbaros los que por
ignorancia no pudieron entender ni conservar las desinencias latinas.
Los bárbaros las tenían en sus lenguas lo mismo que el latín, los
bárbaros llegaron cuando los romances estaban ya formados y sin esas
desinencias, las desinencias se iban perdiendo y se perdieron más ó
menos en las germánicas lo mismo que en las latinas, la tendencia
analítica dominaba y dominó después lo mismo en todas las lenguas.
Dogma capital de los romanistas es que el latín vulgar en la época del
Imperio era una lengua uniforme en toda la Romanía, y que sólo así
se explica la conformidad esencial que se nota en todas las lenguas
románicas. Sin duda podía llamarse único el idioma romano de toda la
Romanía: la gramática, el fondo general del léxico, gran parte del
fonetismo, eran comunes; y esto basta para explicar esa conformidad
y parentesco de los romances. Ni hay que olvidar que perteneciendo
todos estos países á una misma civilización romana, siendo el latín
para todos ellos el único medio de comunicación social y científica,
y añadiéndose la unidad religiosa, que de todos ellos formó la que se
llamó Cristiandad, aun después de caer el Imperio, las ideas y las
palabras siempre estuvieron en continuo y mutuo cambio entre todos
ellos. Las lenguas románicas no pudieron ser más que dialectos de un
idioma común románico.
Pero los romanistas han exagerado esa unidad, como exageraron los
indianistas boppianos la unidad indo-europea. Hora es ya de que, como
éstos, volvamos más bien los ojos á lo que cada romance ofrece de
individual é idiomático. Sólo así podremos ahondar en la evolución
particular semántica y fonética de cada uno de ellos, ver su potencia
creadora y distinguir los procedimientos psíquicos de cada raza. El
fonetismo del latín vulgar fué el punto de partida común á todas las
lenguas románicas; pero el fonetismo indígena de cada una de las razas
que comprendía la Romanía, le dió una ú otra dirección, formando los
diversos dialectos latinos, ó sean las lenguas románicas.
La nueva dirección, que también merced al elemento indígena tomó el
latín vulgar en España, le hizo evolucionar paulatinamente. Y aquí
entra de lleno la historia, la única que nos puede explicar los
diversos pasos que fué dando el fonetismo castellano: sólo ella nos
puede decir cuándo y cómo el fonema lio, lia ha parado en el jo,
ja actual; ge, gi, en je, ji; ke, ki, en ce, ci, etc., etc. Para
reducir á breve sistema las leyes evolutivas que cambiaron el latín
vulgar en romance castellano, hay que partir de muy pocos principios
fisiológicos, hay que recoger brevemente los datos que la lingüística
moderna ha alcanzado acerca del fonetismo del latín vulgar, y hay que
firmar las leyes con la mayor parte de los radicales; es lo que he
procurado hacer en la Fonética de _La Lengua de Cervantes_.
La ley del universo es la de la economía: nada se crea, y se desecha
todo lo no necesario. Esta ley rige en la lucha del dinamismo de la
materia, lo mismo que en la lucha de los organismos por la existencia.
La sobrevivencia del más fuerte, la resultante de fuerzas y leyes
físicas, son el resultado de esa lucha. El lenguaje es en cierto
modo un ser inerte expuesto á los influjos del medio ambiente, y en
cierto modo un organismo: en él la economía enciende la lucha y da
por resultado la evolución fonética de las tendencias más poderosas,
borrando los efectos de las vencidas y neutralizadas. La forma ó
unidad lingüística es en el lenguaje el cuerpo, el acento es su alma.
Forman cuerpo los sonidos reunidos en una forma, y su alma ó centro de
gravedad es la sílaba acentuada. De aquí los dos factores que modifican
y alteran el fonetismo: el influjo de unos sonidos en otros por formar
un solo cuerpo en una forma dada, en un vocablo; y la acentuación.
Ambos obran merced al silabismo, quiero decir que los sonidos de por
sí casi serían inmutables, si no fuera por estar reunidos formando un
cuerpo total, cuya unidad fonética está en el acento. El influjo de
unos sonidos en otros, especie de atracción ó de reacción, de armonía
ó desarmonía, de asimilación ó disimilación, responde fisiológicamente
al principio económico del menor esfuerzo en la articulación. Pero al
mismo responde el influjo del acento, pues cargando en una de las
sílabas, centraliza en ella la mayor parte de la energía articulativa,
haciéndola más fuerte y aun acrecentando su valor fónico, á expensas
de las demás sílabas, sobre todo de las más cercanas al centro
de gravedad, las cuales, desprovistas de energía, se debilitan ó
desaparecen.
De estos dos factores, la acentuación es la que más ha influído en la
alteración de las vocales; la vecindad de los sonidos ha influído más
en la de las consonantes. Hay que tratar, pues, por separado estas
dos clases de sonidos. En las vocales la acentuación ha obtenido
efectos más generales; pero la vecindad de los sonidos, aunque en
menor extensión, ha tenido más potencia intensiva, contrarrestando los
efectos de la acentuación. De aquí que los efectos del acento puedan
ponerse como efectos de leyes generales, y los de la vecindad fónica
como excepciones de esas leyes, aunque de hecho sean también leyes, más
potentes en intensidad, aunque sean más raros los casos en que pueden
obrar.